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Anti-Dühring/Primera Parte/XIII

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XIII
DIALECTICA. NEGACIÓN DE LA NEGACIÓN

«El boceto histórico de la génesis de la pretendida acumulación primitiva del capital en Inglaterra, relativamente es lo mejor que hay en el libro de Marx, y sería mejor todavía de no apoyarse en la muleta sabia y, además, en la muleta dialéctica. La negación de la negación de Hegel, en efecto, juega el papel de partera que saca el porvenir del seno del pasado. La abolición de la propiedad individual, efectuada de la manera indicada desde el siglo XVI, es la primera negación. A ésta seguirá una segunda abolición, caracterizada como la negación de la negación y que es como la restauración de la «propiedad individual», aunque en una forma más elevada, fundada en la posesión colectiva del suelo y de los instrumentos de trabajo. Esta nueva «propiedad individual» se llama por Marx «propiedad social» y en ella se muestra la unidad superior de Hegel en el seno de la cual la contradicción es aufgehodben, es decir, según el juego de palabras de Hegel, negada y conservada a la vez. La expropiación de los expropiadores es, por tanto, por decirlo así, el resultado automático de la realidad histórica en sus aspectos materiales y exteriores... Un hombre sensato difícilmente se dejará convencer por las chanzonetas hegelianas cual la negación de la negación, la necesidad de la propiedad común de la tierra y del capital... La nebulosa confusión de los conceptos de Marx, además no sorprenderá a quien sepa lo que puede imaginarse tomando por base la dialéctica de Hegel, o más bien las que han de resultar extravagancias. Observemos expresamente, para quien desconozca tales finezas, que para Hegel la primera negación es la idea de la caída original, tomada del catecismo y la segunda idea una unidad superior que conduce a la redención. ¿Cómo podría fundarse la lógica de los hechos en una bufonada analógica sacada de la religión?... El Sr. Marx se queda tranquilamente en la Nefelococigia de su propiedad—a la vez individual y social—y deja a sus adeptos el cuidado de resolver, por sí mismos, este profundo enigma dialéctico. Así habla el Sr. Dühring.

De esta manera Marx no puede probar la necesidad de la revolución social, el advenimiento de una sociedad fundada en la propiedad común de la tierra y de los medios de producción, creados por el trabajo; y no puede probarla sino invocando la negación de la negación de Hegel; y fundando su teoría socialista en la bufonada analógica tomada de la religión, llega al resultado de que en la sociedad futura existirá una propiedad, a la vez, individual y social, como unidad superior hegeliana de la contradicción resuelta.

Dejemos primero a un lado lo de la negación de la negación y consideremos la «propiedad a la vez individual y social». El Sr. Dühring la llama Nefelococigia—reino de las nubes—y en eso, cosa notable, tiene verdadera razón. Pero la desgracia está en que no es Marx quien se encuentra en esa Nefelococigia, sino precisamente el Sr. Dühring en persona. Así como anteriormente el Sr. Dühring, gracias a su virtuosidad en el método hegeliano del «delirio» podía dar por sabido, sin esfuerzo, lo que contendrían los volúmenes aún inacabados del Capital, asimismo puede ahora, sin gran esfuerzo, corregir a Marx con Hegel, atribuyéndole una unidad superior de la propiedad, de la cual Marx no ha dicho una palabra.

Marx dice: Es la negación de la negación, ella restablece la propiedad individual, pero basada en la conquista de la era capitalista, la cooperación de los trabajadores libres y la propiedad común de la tierra y de los medios de producción creados por el trabajo mismo. La transformación de la propiedad privada del individuo, parcelada y fundada en su trabajo personal, en propiedad capitalista, es naturalmente un proceso infinitamente más largo, penoso y difícil que la transformación de la propiedad privada capitalista, que descansa ya de hecho en el ejercicio social de la producción, en propiedad social». He ahí todo. El estado de cosas creado por la expropiación de los expropiadores se caracteriza de este modo por el restablecimiento de la propiedad privada, mas sobre la base de la propiedad social de la tierra y de los medios de producción creados por el trabajo mismo. Para quien sabe entender, esto significa que la propiedad social se extiende a la tierra y a los demás medios de producción y la propiedad individual a los productos y a los objetos de consumo. Y para que la cosa resulte comprensible aun para niños de seis años, Marx supone, página 56, una «asociación de hombres libres, que trabajan con medios comunes de producción y emplean concientemente sus fuerzas individuales de trabajo, como una fuerza de trabajo social» una asociación organizada según el plan socialista, y dice: «el producto total de la asociación es un producto social. Una parte de dicho producto sirve de nuevo de medios de producción, sigue siendo social, pero otra parte se consume, como medio de existencia por los miembros de la asociación y, por tanto, debe repartirse entre ellos. ¿No está bastante claro, ni aun para la cabeza hegelianizada del Sr. Dühring?

La propiedad a la vez individual y social, esa representación confusa, esa extravagancia inevitable con la dialéctica de Hegel, esa Nefelococigia, ese profundo enigma dialéctico que Marx deja a sus adeptos el cuidado de resolver; también es una libre creación imaginativa del Sr. Dühring. Marx, en su cualidad de pretenso hegeliano, debe proponernos como resultado de la negación de la negación una unidad superior verdadera, pero como no lo hace a gusto del Sr. Dühring, éste vuelve de nuevo a «su estilo noble y elevado» y atribuye a Marx «en interés de la plena verdad» cosas que son de la propia cosecha del Sr. Dühring. Un hombre tan totalmente incapaz de citar exactamente, aun por excepción, puede muy bien sentir una indignación moral por la «erudición china» de otras personas que siempre citan exactamente y que, de ese modo, «ocultan mal la falta de penetración del sistema de ideas de los escritores que citan». El señor Dühring tiene razón. ¡Viva la historia de gran estilo!

Hasta el presente hemos partido del supuesto de que, si el Sr. Dühring obstinadamente cita en falso, al menos es de buena fe, y que el hecho proviene de una incapacidad total de comprender, que le es propia, o también de un hábito propio de la historia de gran estilo, hábito que se tiene la costumbre de llamar negligencia y que consiste en citar de memoria. Pero parece que hemos llegado al punto en que en el señor Dühring también la cantidad se convierte en cualidad, pues cuando consideramos 1.º: que el pasaje de Marx en sí, es completamente claro y, además, se completa por otro pasaje del mismo libro, pasaje que en absoluto no puede ser indigno de atención; 2.º, que ni en la crítica de Ergänzungsblätter, citada anteriormente; ni en la primera edición de la Historia crítica, el Sr. Dühring ha descubierto semejante monstruosidad, «la propiedad a la vez individual y social» sino sólo en la segunda edición—en tercera lectura, por tanto—y que, en esa segunda edición, modificada en sentido socialista, el Sr. Dühring debía hacer decir a Marx las mayores extravagancias posibles acerca de la organización futura de la sociedad para poder presentar en contra suya, como lo hace y tan triunfalmente diciendo: «la comuna económica cuyo bosquejo jurídico y económico» he dado en mi curso—cuando consideramos todo eso, nos vemos forzados a concluir, que el Sr. Dühring nos obliga casi a admitir que es premeditadamente como, en este caso, «ha entendido obligadamente» el pensamiento de Marx—obligadamente para el Sr. Dühring.

¿Qué papel juega pues, en Marx, la negación de la negación? En las páginas 791 y siguientes, resume el resultado final de las investigaciones económicas e históricas de las cincuenta páginas precedentes, en que trata de lo que él llama la acumulación primitiva del capital. Antes de la era capitalista existía la pequeña industria, al menos en Inglaterra, y el trabajador tenía la propiedad individual de sus medios de producción. Lo que se llama la acumulación primitiva del capital, consiste en una expropiación de estos productores inmediatos, es decir, en la disolución de la propiedad privada, basada en el trabajo propio, del propietario, la cual fue posible porque la pequeña industria, de que hablamos, resulta incompatible con una producción y una sociedad estrechamente limitada por condiciones naturales y porque en cierto grado de desarrollo engendra los medios materiales de su propio anonadamiento. Tal anonadamiento, la transformación de los medios de producción individual y parcelaria, en medios de producción socialmente concentrados, constituye la prehistoria del capital. Cuando los trabajadores se cambian en proletarios, y las condiciones necesarias de su trabajo en capital; cuando el modo de producción capitalista descansa en sí mismo, se ve tomar una forma nueva a la socialización del trabajo que se persigue, asi como a la transformación de la tierra y de los demás medios de producción y, por consiguiente, a la expropiación de los propietarios de las propiedades privadas: Cuanto queda entonces por expropiar, no es ya el trabajador que explota por sí mismo, sino el capitalista que explota numerosos trabajadores. Tal expropiación se cumple por el juego de las leyes inmanentes de la misma producción capitalista, por la concentración de los capitales; cada capitalista mata muchos. Paralelamente a esta concentración o expropiación de numerosos capitalistas por algunos, se desarrolla la forma cooperativa del trabajo, en grado siempre creciente, la aplicación técnica conciente de la ciencia, la explotación común y sistemática del suelo, la transformación de los medios de trabajo en instrumentos de trabajo que no pueden utilizarse sino en común, y todos los medios de producción economizados como medios de producción común de un trabajo social combinado... Así, mientras disminuye de una manera constante el número de los magnates del capital, que usurpan y monopolizan todas las ventajas de dicha transformación, se ve crecer la miseria, la opresión, la servidumbre, la degradación, mas tambien la rebeldía de la clase trabajadora que aumenta sin cesar y que, por el mecanismo mismo de la producción capitalista, se alza, une y organiza. El capital deviene una traba para el modo de producción que con él y bajo él ha florecido. La concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanza un grado que se hace incompatible con su envoltura capitalista, ésta se rompe, la hora de la propiedad privada capitalista ha sonado, los expropiadores son expropiados»[1].

Y ahora pregunto yo al lector: ¿Dónde están, pues, «los entrelazamientos de dialéctica capciosa» o los arabescos de ideas, o «la idea compuesta y mal nacida» según la cual, finalmente, «todo es uno» o los «milagros dialécticos para los fieles» o «los misterios dialécticos» y las «contorsiones conforme a la doctrina hegeliana del Logos» sin la cual, según el Sr. Dühring, Marx no habría podido realizar su «evolución»? Marx prueba sencillamente y resume de modo breve en el pasaje citado, que: así como ha poco la pequeña industria engendra por su propia evolución las condiciones de su destrucción, es decir, la expropiación de los pequeños propietarios, y esto de un modo necesario; así también hoy la forma de producción capitalista ha engendrado las condiciones materiales de que debe morir. Tal proceso es un proceso histórico y si al mismo tiempo es un proceso dialéctico, Marx no tiene la culpa, por mucho que ello contraríe al Sr. Dühring.

Unicamente después de haber terminado con su prueba histórica y económica, Marx continúa: «La forma de producción y de apropiación capitalista, por tanto, la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad individual fundada en el trabajo personal. La negación de la producción capitalista se engendra por sí misma, con la necesidad de un proceso natural: es la negación de la negación...» (y lo que sigue es lo antes citado).

Así, cuando Marx califica tal fenómeno de negación de la negación, no piensa en probar por este medio su necesidad histórica, sino todo lo contrario. Cuando ha probado por la historia que, de hecho, el fenómeno se ha producido o debe producirse, lo designa al mismo tiempo como fenómeno que se cumple, según una ley dialéctica determinada. Y esto es todo. El Sr. Dühring atribuye, pues, de nuevo a Marx, lo que éste nunca dijo, cuando pretende que la negación de la negación debe jugar en este caso el papel de partera por cuyos cuidados el porvenir sale del seno del pasado, o cuando pretende que Marx exige como cosa de fe que, por la negación de la negación se convenza uno de la necesidad de la comunidad de la tierra y del capital (comunidad que es una contradicción encarnada del Sr. Dühring).

Es no tener la menor inteligencia de la naturaleza de la dialéctica, el considerarla como lo hace el Sr. Dühring, cual un simple instrumento de prueba, según la idea limitada que podría formarse de la lógica formal o de la matemática elemental. La lógica formal es, ante todo, un método para descubrir nuevos resultados, para progresar de lo conocido a lo desconocido, y esto mismo, sólo que en un sentido más elevado, es la dialéctica que, por lo mismo que sale del estrecho horizonte de la lógica formal, contiene además, el germen de una concepción más comprensiva del mundo.

Igual relación se halla en la matemática. La matemática elemental, la matemática de las magnitudes constantes, se mueve en los cuadros de la lógica formal—al menos en general y en lo principal—; la matemática de las magnitudes variables, cuya parte más importante constituye el cálculo infinitesimal, esencialmente, no es otra cosa, que la aplicación de la dialéctica a las cuestiones matemáticas. La simple preocupación de probar, le cede en este caso a las múltiples aplicaciones del método a nuevos objetos de investigación. Pero casi todas las pruebas de la matemática superior, y esto a partir del cálculo diferencial y de sus primeras pruebas, considerándolas rigurosamente, son falsas desde el punto de vista de la matemática elemental. Y no puede ser de otro modo, desde el momento que se quiere probar por medio de la lógica formal los resultados obtenidos en el campo de la dialéctica. Pretender probar a un metafísico craso como el Sr. Dühring cualquier cosa, mediante la pura dialéctica sería tan perder el tiempo cual si Leibnitz y sus discípulos quisieran probar a los matemáticos de su tiempo los principios del cálculo infinitesimal. La diferencial producía a esos matemáticos las mismas convulsiones que al Sr. Dühring la negación de la negación, en la cual, por otra parte, como veremos, la diferencial juega su papel. Aquellos señores cedieron al fin gruñendo (aquellos que no murieron en el entretanto), no porque estuviesen convencidos, sino porque los resultados eran siempre exactos. El Sr. Dühring, como dice, no tiene cuarenta años, y si alcanza la avanzada edad que le deseamos, podrá todavía ver algo semejante.

¿Pero qué es, pues, esa horrible negación de la negación que tanto amarga la vida al Sr. Dühring, y que representa para él la falta imperdonable, como en el cristianismo el pecado contra el espíritu santo? Un proceso muy sencillo que se cumple en todas partes y todos los días, que un niño puede comprender a poco que se le despoje de los cendales del misterio de que le cubrió la antigua filosofía idealista y que aun es útil encubrir a los metafísicos cojos del calibre del Sr. Dühring. Tomemos un grano de cebada. Millones de granos semejantes son triturados, hervidos, puestos en fermentación y consumidos finalmente en forma de cerveza. Pero si un grano de cebada encuentra las condiciones que le son normales, si cae en terreno favorable, sufre una transformación específica bajo la acción del calor y de la humedad, es decir, germina, y el grano como tal desaparece y es negado. ¿Pero cuál es el curso de la vida normal en esa planta? Crece, florece, es fecundada y al cabo produce de nuevo, granos de cebada; y cuando éstos llegan a madurar, el tallo muere y también, por su parte, es negado. Y como resultado de semejante negación de la negación, tenemos, de nuevo, el grano de cebada primordial, pero multiplicado, diez, veinte, treinta veces. Sin duda, los cereales varían muy lentamente y por eso la cebada de hoy es muy semejante a la de hace cien años. Pero cojamos una planta de adorno, fácil de modificar—por ejemplo, una dalia o una orquídea—, tratemos según los principios del arte del jardinero el germen y la planta que de él nace y obtendremos, como resultado la negación de la negación, no sólo de los gérmenes en mayor número, sino gérmenes cualitativamente mejorados que producirán las más bellas flores, y a cada renovación del proceso, cada nueva negación de la negación acentuará dicho perfeccionamiento. Tal proceso se cumple en la mayor parte de los insectos—por ejemplo, en las mariposas—de igual manera que en el grano de cebada. Semejantes insectos nacen del huevo por la negación del huevo mismo, sufren sus metamorfosis hasta la madurez sexual, se copulan y de nuevo son negados; mueren cuando el proceso generativo se efectúa y la hembra ha puesto numerosos huevos. Si para otras plantas y otros animales el proceso no se efectúa en una forma tan sencilla, que estos seres produzcan antes de morir, no una sino varias veces, granos, huevos o pequeños, eso no importa por el momento. Una cosa sola hemos de probar que, en ambos reinos del mundo orgánico, la negación de la negación existe realmente. Por añadidura, toda la geología es una serie de negaciones negadas, una serie sucesiva de formaciones minerales antiguas destruídas y de formaciones nuevas que se depositan. Desde luego, la costra terrestre primitiva, nacida del enfriamiento de la masa flúida, se rompe bajo la acción de las aguas, bajo la acción metereológica y, en virtud de la composición química de la atmósfera, los materiales, reducidos por tal modo a fragmentos, se estratifican en el fondo de los mares. Los levantamientos locales que, en ciertos parajes, suben el fondo del mar por cima de la superficie de las aguas, exponen de nuevo las partes de este yacimiento primitivo a la acción de la lluvia, del calor variable de las estaciones, y del oxígeno y carbono de la atmósfera. Las mismas influencias actúan en las masas rocosas que, provenientes del interior de la tierra, atravesaron las capas sucesivas, se fundieron y después se enfriaron. Sin cesar, durante millones de años, se forman nuevas capas, se destruyen, en su mayor parte, y sirven siempre de nuevo de materiales para nuevos estratos. Resultado muy positivo de todo ello es la constitución de un suelo mezclado, compuesto de elementos químicos los más diversos y en un estado de friabilidad mecánica que permite la vegetación más variada y abundante.

Lo mismo sucede en las matemáticas. Sea una magnitud cualquiera cuya expresión algébrica es a. Neguémosla y tendremos -a (menos a). Neguemos esta negación multiplicando -a×a y obtendremos +a², es decir, la magnitud primitiva, pero elevada a un grado superior, elevada a la segunda potencia. También en este caso importa poco el que podamos obtener el mismo valor a² multiplicando la magnitud positiva a por sí misma, lo que da por resultado igualmente a, porque la negación negada es de tal modo inherente a la magnitud a² que ésta tiene, de todos modos, dos raíces cuadradas, a saber, a y -a. La imposibilidad en que nos hallamos de eliminar del cuadrado la raiz negativa implícita, adquiere una significación sumamente notable en las ecuaciones cuadráticas.

La negación de la negación se manifiesta en una forma todavía más precisa en el análisis superior, en esas «adiciones de magnitudes indefinidamente más pequeñas» que, para el Sr. Dühring, constituyen las más altas operaciones matemáticas y que, en el lenguaje ordinario, se llama el cálculo diferencial e integral. ¿Cómo se efectúa ese género de cálculo? En un problema dado, tengo por ejemplo, dos magnitudes variables x e y, de las cuales una no puede variar sin que la otra varíe al mismo tiempo en una proporción determinada en cada caso particular. Yo diferencio x e y, es decir, supongo que x e y son tan infinitamente pequeñas, que desaparecen con relación a toda magnitud, por pequeña que sea, por poco que se la suponga como realmente existente, de tal suerte que x e y no subsisten sino en su relación recíproca, por decirlo así sin ningún fundamento material, como una relación cuantitativa sin cantidad. La expresión es decir, la relación de dos diferenciales de x e y, es pues, igual a pero este se pone como lo expresión . No noto, sino de paso, que dicha relación entre dos magnitudes desaparecidas y la fijación del momento de su desaparición implican una contradicción; mas semejante contradicción no puede embarazarnos más de cuanto perturbó a los matemáticos, desde hace doscientos años. ¿Pero qué he hecho sino negar a x e y, negar, no como la metafísica que omite y prescinde de lo que niega, sino negar de modo conforme al caso presente? En lugar y en sustitución de x e y tengo ahora su negación, es decir, dx y dy en sus fórmulas, o mejor en sus ecuaciones. Continúo, pues, mi cálculo con estas fórmulas; considero dx y dy como magnitudes reales sometidas sólo a ciertas reglas excepcionales y, llegado a cierto punto, niego la negación, es decir, integro la fórmula diferencial y, en lugar de x e y, obtengo de nuevo las magnitudes reales x e y; pero yo no estoy en el mismo punto de que partí, pues he resuelto por ese procedimiento un problema en que la geometría y el álgebra comunes se habrían roto las muelas.

No otra cosa acontece en la historia. Todos los pueblos civilizados comenzaron con la propiedad común del suelo mas para todos los pueblos que, en cierta medida, superan esa fase primitiva, dicha propiedad común deviene, en el curso de la evolución de la agricultura, un obstáculo, para la producción; así es abolida, negada, transformada, después de fases de transición más o menos largas, en propiedad privada. Ahora en una fase ulterior del desarrollo de la agricultura, fase que resulta justamente de la propiedad del suelo, la propiedad privada es un obstátáculo, por lo contrario, a la producción. Entonces se impone, como una fatalidad, la necesidad de negarla también, de convertirla de nuevo en bien común. Pero esta necesidad no implica el restablecimiento de la propiedad común originaria y primitiva; lo que implica más bien es el establecimiento de una forma muy superior, más desarrollada, de posesión común que, muy lejos de devenir un obstáculo a la producción, por lo contrario le dará pleno auge y le permitirá utilizar por completo los descubrimientos de la química y los inventos de la mecánica moderna.

He aquí otro ejemplo. La filosofía antigua fue un materialismo inmediato y espontáneo y, como tal, era incapaz de sacar en claro las relaciones del pensamiento y la materia; pero la necesidad de darse cuenta de las relaciones dió origen a la doctrina del alma separable del cuerpo, después a la afirmación de la inmortalidad de ese alma y, por último, al monoteísmo. El antiguo materialismo fue negado, pues, por el idealismo. Mas en el curso del desarrollo ulterior de la filosofía, el idealismo también devino insostenible y fue negado por el materialismo moderno. Este último, que es la negación de la negación, no es la simple restauración del antiguo materialismo, sino que a los fundamentos durables de aquél auna todo el pensamiento de la filosofía y de las ciencias de la Naturaleza, en el curso de una evolución de dos mil años y el producto de esa misma larga historia. Además, ya no es tampoco una filosofía como tal, sino una simple intuición del mundo que debe probarse y realizarse, no en una ciencia de las ciencias que tiene una existencia aislada, sino en las diversas ciencias positivas. Aquí, pues, la filosofía es aufgehoben, es decir, «conservada y superada a la vez», superada en cuanto a la forma, conservada en cuanto al contenido. Allí donde el Sr. Dühring no ve sino «un juego de palabra» si se mira de cerca, hay un contenido positivo.

Por último, la misma teoría igualitaria de Rousseau, de que no es sino una pálida adulteración la teoría del Sr. Dühring, no habría podido resultar si la negación de la negación, en el sentido hegeliano—en verdad, esto pasaba veinte años antes del nacimiento de Hegel—no le hubiese ayudado, como hace la partera, para que saliera a luz. Y muy lejos de avergonzarme tal doctrina de su primera exposición lleva con ostentación el sello de su origen dialéctico. En el estado natural, es decir, en el estado salvaje, los hombres eran iguales, y como Rousseau considera ya el lenguaje como una alteración del estado natural, tiene completamente razón al extender la igualdad perfecta de los animales de una especie determinada a esta especie hipotética de animales hombres, que Haëckel coloca en la clasificación con el nombre de alalos (privados de lenguaje). Mas dichos animales-hombres iguales entre sí, tenían sobre los demás animales una superioridad; la perfectibilidad, es decir, la facultad de desarrollarse ulteriormente y esa fue la causa de la desigualdad. Rousseau ve, pues, en el origen de la desigualdad un progreso, mas tal progreso en sí era antagonista, pues al mismo tiempo constituía una regresión. «Todos los progresos ulteriores (habla de los que han superado el estado primitivo) en apariencia han sido otros tantos pasos hacia el perfeccionamiento del individuo y hacia la decrepitud de la especie. La agricultura y la metalurgia fueron las dos artes cuya invención producía esta gran revolución» (la transformación del bosque virgen en suelo cultivado, y al mismo tiempo la introducción de la miseria y de la servidumbre por la propiedad). «Para el poeta es el oro y la plata los que han civilizado a los hombres y perdido al género humano; pero para el filósofo fueron el hierro y el trigo.» Cada nuevo progreso de la civilización es a la vez un nuevo progreso de la desigualdad. Todas las instituciones que se da la sociedad, nacida de la civilización, se cambian en la inversa de su fin primitivo. «Es, pues, incontestable—y es la máxima fundamental de todo derecho político—, que los pueblos se han dado jefes para defender su libertad y no para someterse a servidumbre y, sin embargo, esos jefes necesariamente devienen los opresores de pueblos y conducen esa opresión hasta el punto en que la desigualdad, llevada al extremo, se cambia de nuevo en su contraria y deviene causa de igualdad; ante el déspota todos son iguales: iguales a nada. Tal es el último término de la desigualdad y el punto extremo que cierra el círculo y toca el punto de donde hemos partido, tal es cuando todos los particulares vuelven a ser iguales, porque no son nada, y los súbditos no tienen más ley que la voluntad del amo. Mas el déspota no es amo, sino en tanto tiempo cuanto tiene la fuerza y, por consiguiente, «al punto que se le puede expulsar, no tiene por qué reclamar contra la violencia... Sólo la fuerza le mantenía; sólo la fuerza le derroca; todo ello se produce como en el orden natural [2]. De este modo, la desigualdad se cambia de nuevo en igualdad, no en la antigua igualdad espontánea de los primeros hombres sin lenguaje, sino en la igualdad superior del contrato social. Los opresores sufren la opresión, es la negación de la negación.

Por tanto, ya en Rousseau encontramos un orden de pensamientos, que hasta en el menor detalle corresponde al que Marx ha tenido en el Capital, y a un gran número de razonamientos dialécticos de que Marx se sirve; he ahí los procesos que, aun cuando antagónicos por su naturaleza, encierran contradicción; he ahí la conversión de un extremo en su contrario; he ahí, por último, como el centro de todo, la negación de la negación. Y si Rousseau no podía en 1754 hablar la jerga de Hegel, no por eso dejaba de estar grandemente infectado, veintitrés años antes de nacer Hegel, por el contagio hegeliano, por la dialéctica de los contrarios, por «la teoría del Logos», por «el teologismo», etc. Y el mismo Sr. Dühring, cuando empobreciendo la teoría igualitaria de Rousseau, opera con sus dos victoriosos hombres buenos, ya resbala por el plano inclinado, por donde irremediablemente cae en los brazos de la negación de la negación. El estado, en cuyo seno florece la igualdad de dos hombres, se describe como un estado ideal, y se califica en la pág. 271 de la Filosofía[3] de «estado primitivo» (Urzustand). Y ese estado primitivo (me refiero a dicha pág. 279), es necesariamente abolido por el «sistema de la depredación» (Raubsystem), primera negación. Pero henos ahora llegados, gracias a la «filosofía de la realidad», al punto en que abolimos «el sistema de la depredación» e instauramos en su lugar y sustitución, la «comuna económica», descubierta por el Sr. Dühring y basada en la igualdad: negación de la negación; igualdad superior. ¡Oh espectáculo regocijante, espectáculo bienhechor que amplías el horizonte visible y dejas ver a la augusta persona del señor Dühring cometiendo el pecado máximo de la negación de la negación!

¿Y qué es, pues, la negación de la negación? Una ley de desarrollo natural, de la historia y del pensamiento, sumamente general e importante, y por la misma razón de la mayor extensión; una ley que, como hemos visto, tiene aplicación en geología, en matemáticas, en historia, en filosofía; una ley que el Sr. Dühring mismo está obligado a conocer a su manera, y sin darse cuenta, bien que se abroquele y defienda contra la misma.

Dicho queda que nada digo respecto al proceso especial de evolución, respecto al desenvolvimiento que se opera en un grano de cebada, desde la germinación a la muerte de la planta que produce un nuevo fruto, y me limito a indicar que semejante proceso constituye una negación de la negación. Más porque sea el cálculo integral igualmente una negación de la negación, necesitaría si afirmase lo contrario, pronunciar esta absurda proposición: el proceso biológico de un tallo de cebada es un cálculo integral, o también (¿por qué no?) el socialismo mismo. En el fondo, esto es lo que los metafísicos solapadamente y sin tregua cuelgan a las costillas de la dialéctica. Cuando digo de todos estos procesos, que son la negación de la negación, los subsumo, en junto, en esa ley única de la evolución, y por lo mismo prescindo de los detalles de cada proceso en particular. La dialéctica no es más que la ciencia de las leyes generales del movimiento y evolución de la naturaleza, de la sociedad humana y del pensamiento.

Pero se objetará que esa negación no es la negación verdadera. No niego también un grano de cebada si lo aplasto, o un insecto si le piso, o una magnitud positiva a si la rayo, etc. O bien no niego la proposición «la rosa es una rosa», si digo «la rosa no es una rosa»; que resultaría si negada, a su vez, esa negación dijera: y, «por consiguiente, la rosa es una rosa?»

Tales objeciones, en efecto, constituyen los principales argumentos de los metafísicos contra la dialéctica, y son enteramente dignos de esa limitada manera de pensar. Negar en dialéctica, no es simplemente decir que no, o declarar que una cosa no existe, o destruirla de un modo cualquiera. Ya dice Espinosa: Omnis determinatio est negatio; es decir, toda limitación o determinación es al mismo tiempo una negación. Además, el género particular de negación se determina aquí a la vez, por el carácter general y por la naturaleza especial del proceso. Yo debo, no sólo negar, si que también quitar de nuevo la negación. Yo debo constituir la primera negación de tal suerte, que la segunda sea o devenga posible. ¿Y cómo? Según la naturaleza específica de cada caso particular. Si aplasto un grano de cebada, si pisoteo un insecto, efectúo la primera negación, pero hago imposible la segunda. Cada género de cosas implica, por tanto, una forma particular de negación, del cual resulte un desenvolvimiento, y lo mismo en cada género de representaciones y de conceptos. En el cálculo infinitesimal se niega de otro modo, que para constituir potencias positivas por medio de raíces negativas. Es menester saber esto como otra cosa cualquiera. Si sé únicamente que el tallo de cebada y el cálculo infinitesimal están sometidos a la negación de la negación, eso ni me permitirá cultivar la cebada con éxito, ni diferenciar, ni integrar; de igual manera que no sé tocar el violín, cuando se reduce mi conocimiento a las leyes, según las cuales, las dimensiones de las cuerdas determinan la naturaleza del sonido.

Claro es que, el pasatiempo infantil, que consiste en poner y borrar alternativamente a, o en afirmar sucesivamente de una rosa, que es y no es una rosa, no demuestra más que la estupidez de quien se entrega a esos fastidiosos ejercicios. Sin embargo, los metafísicos desearían convencernos de que no podemos hacer más que eso, cuando queremos efectuar la negación de la negación.

Luego, una vez más, el Sr. Dühring es el único que mixtifica cuando afirma que la negación de la negación es una necia analogía inventada por Hegel, a imitación de la religión; una cosa tomada de la historia de la caída original y de la redención. Los hombres han pensado dialécticamente mucho tiempo antes de saber lo que era la dialéctica, de igual manera que hablan en prosa sin saberlo. La ley de la negación de la negación que, inconcientemente, se desenvuelve en la naturaleza y en la historia y aun en nuestras cabezas, hasta que llegamos a reconocerla, ha sido formulada, y únicamente formulada, con la mayor nitidez y por primera vez por Hegel. Y si el Sr. Dühring desea en secreto continuar haciendo uso de la cosa, y sólo el nombre le parece insoportable, busque otro mejor. Mas si lo que pretende es quitar del pensamiento la cosa misma, primero quítela de la naturaleza y de la historia, e invente una matemática en la que -a × -a no dé +a², y en que esté prohibido, bajo severas penas, el diferenciar y el integrar.

  1. Das Kapital, tercera edición, pág. 790.
  2. Cf. Rousseau.—Del contrato social, l. 1, cap. 3, Del derecho del más fuerte, y cap. 4, De la esclavitud.
  3. Del Cursus der Philosophie.