Anti-Dühring/Segunda Parte/I
SEGUNDA PARTE
ECONOMIA POLITICA
I
OBJETO Y MÉTODO
La economía política, en el sentido más amplio de la palabra, es la ciencia de las leyes que rigen la producción y el cambio de los medios materiales de subsistencia, en la sociedad humana. Producción y cambio son dos funciones diferentes. La producción puede tener lugar sin el cambio; el cambio, por lo contrario, siendo necesariamente cambio de productos, no puede existir sin la producción. Cada una de ambas funciones sociales sufre el influjo de causas particulares, en gran parte exteriores y, por tal razón, tiene leyes que le son propias y específicas, en gran parte. Pero de otro lado, se determinan recíprocamente a cada instante, se influyen en tan gran medida, que podría designárseles como la abscisa y la ordenada de la curva económica.
Las condiciones bajo cuya influencia producen y cambian los hombres, varían de uno a otro país, y en cada país, de una generación a la siguiente. Por tanto, la economía política no puede ser la misma para todos los países y para todas las épocas históricas. Del arco y la flecha, del cuchillo de sílex y del raro y excepcional cambio entre salvajes, a la máquina de vapor de mil caballos, al telar mecánico, a los caminos de hierro, al Banco de Inglaterra, hay una distancia gigantesca. Los hombres de Tierra de Fuego no conocen ni la producción en masa ni el comercio mundial, ni el uso de los billetes de favor, ni los krachs de Bolsa. Quien quisiera subordinar a las mismas leyes la economía política de la Tierra de Fuego y la de Inglaterra actual, evidentemente no produciría sino lugares comunes de la mayor vulgaridad. La economía política, fundamentalmente, es una ciencia histórica; su materia es histórica, es decir, perpetuamente sometida al mudar y estudia, desde luego, las leyes particulares de cada fase de la evolución de la producción y el cambio, y sólo al término de su indagación podrá formular un reducido número de leyes enteramente generales, verdaderas para la producción y el cambio como tales. Dicho queda, de otra parte, que las leyes válidas para formas de producción y de cambio determinados, valen igualmente para todos los períodos históricos que tienen en común esas formas de producción y cambio. Por ejemplo, la introducción de la moneda metálica, pone en juego una serie de leyes igualmente verdaderas para todos los países y épocas en que la moneda metálica sirve de medio para el cambio.
Simultáneamente con la forma de producción y de cambio de una sociedad dada en la historia, y con las condiciones históricas que han dado origen a esa sociedad, es dada también la forma de repartición de los productos. En la comunidad familiar o de aldea, con su propiedad comunal del suelo—forma con la cual, o con los vestigios muy reconoscibles de la cual todos los pueblos civilizados entran en la historia—, tiene lugar, por completo, una repartición casi uniforme de los productos; la desigualdad creciente de la repartición entre los miembros de la comunidad es, por sí misma, señal de que la comunidad comienza a disolverse. El grande y pequeño cultivo, implica, según las circunstancias históricas de que se origina, formas de repartición muy diversas; pero evidentemente el gran cultivo siempre determina una repartición distinta de la del pequeño cultivo. El gran cultivo supone o engendra el antagonismo de clases (propietarios de esclavos y esclavos, propietarios fondiarios y campesinos sometidos a prestación, capitalistas y asalariados), en tanto el pequeño cultivo no necesita en ninguna manera las diferencias de clases entre los individuos que participan en la producción agrícola y, por lo contrario, dicho antagonismo señala, por el sólo hecho de su existencia, que se inicia la decadencia de la economía parcelaria. El hecho de introducirse y extenderse la moneda metálica en un país, en que hasta entonces dominaba exclusivamente o en su mayor parte la economía natural (Naturalwirstchaft), siempre va unido a una revolución más o menos rápida de la forma imperante en la repartición y al incremento constante de la desigualdad de la repetición entre los individuos, es decir, al contraste entre ricos y pobres.—La industria del taller local y corporativo medioeval, hacía imposible los grandes capitalistas, y los trabajadores asalariados por toda la vida, que crea necesariamente la gran industria moderna, el actual desarrollo del crédito y la evolución correspondiente de las formas de cambio, a saber: la libre concurrencia.
Con las diferencias en la repartición, aparecen las distinciones de clase. La sociedad se escinde en clases privilegiadas y fracasadas (explotadas), opresoras y oprimidas; y el Estado—resultado de las comunidades de igual raza agrupadas espontáneamente para la defensa de sus intereses comunes (en Oriente, por ejemplo, el riego) y para protegerse contra los enemigos de fuera—tiene entonces por objeto el mantener por la fuerza las condiciones de existencia y el predominio de la clase dominante contra la clase dominada.
La repartición no es resultado puramente pasivo de la producción y el cambio sino que, a su vez, reobra sobre ellos. Todo nuevo modo de producción, toda nueva forma de cambio tropieza, desde luego, no sólo con las formas antiguas y con las instituciones políticas correspondientes, sino también con la contigua forma de repartición, y sólo tras larga lucha conquista una repartición que le es adecuada. Cuanto más móvil es una forma dada de producción y de cambio, más capaz se muestra de desarrollo y perfección, más rápidamente la repartición alcanza un grado en que supera a la que le dió existencia o entra en lucha con el antiguo modo de producción y cambio. Las antiguas comunidades naturales, de que se ha tratado, pueden subsistir decenas de siglos, como los Indos o aun los Eslavos de hoy, antes que las relaciones comerciales con el mundo exterior engendren en el seno de dichas comunidades las diferencias de fortuna que causarán su disolución. La producción capitalista, por lo contrario—que apenas cuenta con trescientos años y no ha llegado a dominar sino después de introducirse la gran industria, es decir, desde hace treinta años—ha realizado en este corto espacio de tiempo contradicciones en la repartición—de una parte, concentración de los capitales en un corto número de manos; de otra, concentración de las masas no poseedoras en las grandes poblaciones—contradicciones que necesariamente la llevarán a su ruina.
La relación de la repartición de una época dada con las condiciones materiales de existencia de la sociedad es tan evidente, que siempre se refleja en el instinto popular. En tanto una forma de producción se encuentra, por decirlo así, en la rama ascendente de su evolución, la acogen con entusiasmo los mismos que han de sufrir la forma de repartición correspondiente; tal fue la actitud de los obreros ingleses al advenimiento de la gran industria. Mas aún, en tanto ese modo de producción sigue siendo el modo social normal, se contentan, en suma, con la repartición, y salen entonces las protestas... del seno mismo de la clase dominante (Saint-Simon, Fourier, Owen), sin que encuentren verdadero eco en la masa trabajadora. Sólo cuando esa forma de producción ha recorrido ya una buena parte de su rama ascendente, cuando sobrevive a medias, cuando las condiciones de su existencia han desaparecido en gran parte, y su sucesora llama a la puerta, sólo entonces la repartición, que deviene cada vez más desigual, se muestra como injusta y se apela a hechos sin valor de una pretendida justicia eterna. Esa invocación a la moral y al derecho no nos hace adelantar un paso en la ciencia; la ciencia económica, no puede ver en la indignación moral, por justificada que sea, un argumento, sino solamente un síntoma; su tarea consiste mucho más bien en mostrar que los abusos sociales que se notan, son las consecuencias necesarias de la forma de producción subsistente, al mismo tiempo que los signos de su disolución inminente, y descubrir en el seno del movimiento económico, que deshace los elementos de una nueva organización futura de la producción y del cambio, que pondrá fin a esos abusos. La cólera en que el poeta estalla está enteramente en su lugar, cuando describe esos abusos, cuando ataca a quienes los niegan o palian, a los teóricos de la armonía, a los servidores de la clase dominante; pero esa cólera nada prueba en el caso particular, pues evidentemente, si se piensa, en cada época de la historia hasta al presente, ha habido materia para tales cóleras.
Por tanto, la economía política, concebida como ciencia de las condiciones y de las formas en que las diversas sociedades humanas han producido cambiado y repartido los productos de una manera correspondiente, es decir, en toda su extensión está aún por hacer. Lo que poseemos hasta el presente de ciencia económica, se reduce, casi exclusivamente, a la génesis y evolución de la forma de producción capitalista. Esta ciencia comienza con la crítica de los restos de las formas feudales de producción y de cambio; prueba la necesidad de sustituirlas con las formas capitalistas, desarrolla después las leyes de la forma de producción capitalista y del cambio correspondiente en su faz positiva, es decir, en el sentido en que dichas leyes favorecen los fines generales de la sociedad, y termina con la critica socialista del modo de producción capitalista, o sea con la exposición de tales leyes en su fase negativa, probando como esa forma de producción tiende por su propia evolución a un punto en que también se hace imposible. Semejante crítica prueba, que las formas capitalistas de producción y de cambio devienen, cada vez más, cadenas insoportables para la producción misma; que la forma de repartición necesariamente determinada por esas formas, ha engendrado una situación de clases, de día en día más insoportable; el antagonismo, cada día más acusado entre capitalistas—cada vez menos numerosos, pero siempre más ricos—, y asalariados desposeídos—siempre más numerosos, cuya condición, en conjunto, empeora constantemente; por último, que las fuerzas productivas colosales, engendradas en el seno de la forma de producción capitalista—, y esta misma forma no puede ya contener—no esperan sino la toma de posesión por una sociedad organizada por la cooperación sistemática, a fin de garantir, en una medida cada vez más amplia, a todos los miembros de la sociedad los medios de vivir y de desenvolver libremente sus facultades.
Para realizar completamente esta crítica de la economía burguesa, no basta conocer la forma capitalista de producción, cambio y repartición; es preciso igualmente comprender, al menos a grandes rasgos, mediante el estudio y la comparación de las formas que han precedido a la forma capitalista, o que aún subsisten hoy al mismo tiempo que ella, en países menos adelantados en la evolución. Este estudio y comparación no se han instituído hasta al presente, sino por Marx, y por eso debemos casi, exclusivamente, a sus investigaciones cuanto hasta aquí se sabe de la economía teórica pre-burguesa.
Bien que la economía política, en el sentido preciso del término, haya nacido hacia fines del siglo XVII en cerebros geniales, tal cual fue expuesta en fórmulas positivas por los Fisiócratas y por Adam Smith; sin embargo, es esencialmente hija del siglo XVIII, у debe colocarse en la misma fila que las conquistas de los grandes «filósofos» franceses contemporáneos, pues participa de todas las cualidades y de todos los defectos de la época. Cuanto hemos dicho de los «filósofos» del Aufklärung, es igualmente cierto de los economistas de la época. La ciencia nueva para ellos, no era la expresión de la situación y de las necesidades de una época, sino la expresión eterna de la razón; y las leyes de la producción y del cambio formuladas por ella, no eran las leyes de una forma histórica determinada por tales actividades, sino las leyes eternas de la naturaleza, que se deducían de la naturaleza del hombre. Mas ese hombre, bien considerado, era el ciudadano de la clase media de su tiempo, próximo a ser burgués, y su naturaleza consistía en fabricar y traficar, en conformidad a la situación de entonces, determinada por la historia.
Nosotros, que hemos conocido suficientemente a nuestro «fundador crítico» el Sr. Dühring, y su método por la filosofía, podemos prever sin dificultad el concepto que se formará de la economía política. En filosofía, cuando no se contentaba con repetirse insípidamente, como en su filosofía de la naturaleza, sus conceptos no eran más que la caricatura de los del siglo XVIII; pues no se trataba de las leyes de la evolución histórica, sino de leyes naturales, de verdades eternas. Cuestiones sociales, como cuestiones de moral y de derecho, no se resolvían, según las condiciones reales, históricas, de cada época, sino mediante los famosos «dos hombres», uno de los cuales puede o no oprimir al otro, cosa que nunca fue el caso hasta el presente. No nos engañaremos, pues, si concluímos que el Sr. Dühring referirá igualmente la economía a verdades definitivas y sin apelación, a leyes eternas de la naturaleza, a axiomas tautológicos del vacío el más desolador, sin perjuicio de meter de matute por un portillo todo el contenido positivo de la economía en la medida en que no le ignora; y que lejos de derivar la repartición, fenómeno social, de la producción y el cambio, la llevará, por una decisión definitiva, a sus ilustres «dos hombres». Y como todos estos escamoteos nos son de antiguo conocidos, seremos más breves por lo mismo.
En efecto; el Sr. Dühring nos dice ya en la pág. 2, que su economía se refiere a cuanto ha «asentado» en su filosofía, y «se apoya, en un cierto número de cuestiones fundamentales, en verdades superiores ya adquiridas en un orden de estudios más elevado». Siempre tenemos el mismo elogio indiscreto de sí mismo; siempre el Sr. Dühring triunfa de cuanto el Sr. Dühring ha asentado y resuelto.
Y al punto nos tropezamos con «las leyes naturales, las más generales de toda la economía. ¡Lo habíamos, pues, adivinado! Pero esas leyes naturales no permiten la inteligencia verdadera de la historia», si no se las estudia en las determinaciones precisas que sus resultados han sufrido, bajo la acción de las formas políticas de subordinación y de agrupación. Instituciones como la esclavitud y la servidumbre, a las cuales hay que unir como enteramente análogas la propiedad fundada en la violencia, deben considerarse como formas de la constitución económica y social de carácter puramente político y, hasta el presente fueron en la historia los cuadros en cuyo interior sólo podía manifestarse la acción de las leyes económicas naturales[1].
Semejante proposición es la marcha que como leit motiv de Wagner, anuncia la proximidad de «los dos hombres» tan famosos. Pero todavía hay algo más en el tema fundamental de todo el libro de Dühring. El señor Dühring, en cuanto concierne al Derecho, no nos habría dado sino una mala traducción de la teoría igualitaria de Rousseau en lenguaje socialista, tal cual puede oirse aún mejor, desde hace años, en cualquier cafetucho de obreros parisienses. Nos da una traducción socialista tan mala como las lamentaciones de los economistas sobre la falsificación de las leyes económicas, naturales y eternas, y de su acción por la intervención del Estado o de la fuerza. De esa manera, el Sr. Dühring se coloca como merece, aparte de los socialistas. Todo obrero socialista, cualquiera que sea su nacionalidad, sabe muy bien que la fuerza se limita a proteger la explotación; pero esa no es la causa de la misma, sino que la razón de su explotación estriba en la relación entre el capital y el trabajo asalariado, relación que se constituye de una manera puramente económica y no bajo la acción de la violencia.
Más adelante nos enteramos de que en todas las cuestiones económicas «se podrá distinguir dos procesos, el de la producción y el de la repartición; que el célebre J. B. Say, autor superficial, añadió un tercer proceso, el del consumo, pero sin poder decir nada sensato con tal motivo, lo mismo que sus sucesores; que el cambio o circulación no es sino una subdivisión de la producción que comprende todas las operaciones necesarias para hacer llegar los productos al último y verdadero consumidor.—Pero el Sr. Dühring, confundiendo los procesos de producción y de circulación, esencialmente distintos, bien que condicionándose reciprocamente, al afirmar audazmente que apartar semejante confusión es «crear la confusión», prueba solamente que no conoce ni comprende, el desarrollo colosal efectuado, precisamente, en la circulación en los últimos cincuenta años; y su libro confirma, de otra parte, tal supuesto. Y no es eso todo; sino que después de haber comprendido la producción y el cambio bajo la denominación única de producción, yuxtapone al lado de la producción la repartición como un segundo proceso enteramente exterior y como si ninguna relación tuviera con el primero. Mas hemos visto que la repartición, en rasgos generales, resulta siempre de la situación de la producción y del cambio en una sociedad determinada, así como de los antecedentes históricos de dicha sociedad, de tal suerte que, cuando conocemos estos últimos, podemos inferir con precisión la forma de repartición existe en esa sociedad. Vemos asimismo el Sr. Dühring, si no quiere ser infiel a los principios «establecidos» en su filosofía de la moral, del derecho y de la historia, está obligado a negar ese hecho económico elemental y, sobre todo, está más obligado a ello cuando necesita meter de matute esos «dos hombres» inevitables en la economía, pues sólo cuando la repartición, felizmente se emancipe de toda relación de producción y de cambio, podrá darse ese gran acontecimiento.
Recordemos, pues, el modo cómo se han efectuado las cosas en moral y en derecho. El Sr. Dühring comenzaba con un solo hombre y decía: Un hombre, en la medida en que nos le representamos como único, o lo que es igual, como sin ninguna relación con otro, no puede tener deberes; para él no hay deberes, sino sólo querer».
¿Pero qué hombre único es ese, sin deberes, sino el fatal Adán del Paraíso, que está sin pecado por la sencilla razón de que es incapaz de cometerlo? Junto a este Adán surge de pronto, no una Eva de largos bucles, sino un segundo Adán, y al punto Adán tiene deberes y... los viola. En lugar de considerar a su hermano como dotado de iguales derechos y de estrecharle en sus brazos, le somete a su poder, le hace siervo... y las consecuencias de esa caída original, de ese pecado de servidumbre, han corrompido toda la historia hasta el día; he ahí por qué esta historia, según Dühring, no vale un céntimo.
Entonces, pues, para decirlo de pasada, ¿diremos que al Sr. Dühring—que creía expresar suficientemente su desprecio «por la negación de la negación» presentándola como un eco de la antigua historia de la caída y de la redención—, dé su nueva edición de esa misma historia? (pues más adelante tropezaremos igualmente con la redención). Por tanto, preferimos la vieja leyenda semítica, en que al menos valía la pena para el varón y la mujer el salir del estado de inocencia; y quédese el Sr. Dühring con la gloria, que nadie le disputará, de haber construído su pecado original con dos hombres.
He aquí la traducción del pecado original en lenguaje económico: Para la idea de producción se tendrá un esquema muy conveniente si nos representamos un Robinsón aislado, con sus propias fuerzas frente a la naturaleza, el cual nada tiene que compartir con nadie... Igualmente apropiado a la representación de lo fundamental, en la idea de repartición, es el esquema de dos personas cuyas fuerzas económicas se combinan y, necesariamente, han de entenderse, en una forma cualquiera, respecto a la parte que les corresponde recíprocamente. No se necesita más que este simple dualismo para exponer con todo rigor algunas de las más importantes relaciones de la repartición y para estudiar las leyes, en estado embrionario, en su necesidad lógica. Igualmente puede imaginarse la cooperación, en base de igualdad, que la combinación de fuerzas con la total servidumbre de una de las partes, que desde entonces está sujeta en calidad de esclavo o de puro instrumento de servicios económicos y que no se le sustenta sino como instrumento... Entre el estado de igualdad, y el de nulidad de un lado y omnipotencia del otro, con una actividad absolutamente unilateral, se interpola una serie de grados que ocupan los fenómenos de la historia universal, en su rica variedad. Para esto es menester dar un vistazo general a las diversas instituciones jurídicas e injustas de la historia»; «por último, toda la repartición deviene un «derecho de la repartición económica»[2].
Al fin, el Sr. Dühring, ha encontrado un terreno sólido para sus pies. Cogidito de la mano de los «dos hombres», puede entrar en liza con su siglo. Mas tras semejante trinidad, surge todavía un desconocido:
«El capital no ha inventado el sobre-trabajo. En todas partes en que una porción de la sociedad está en posesión del monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre o no libre, se ve forzado a añadir al tiempo de trabajo necesario para su propio mantenimiento un tiempo de trabajo suplementario para procurar los medios de existencia al propietario de dichos medios de producción, sea este propietario el caloscagatos ateniense, el teócrata etrusco, el civis romanus, el barón normando, el propietario de esclavos americano, el boyardo valaco, el land lord o el capitalista moderno»[3].
Cuando el Sr. Dühring ha reconocido por este medio cuál es la forma fundamental de explotación común a todas las formas de la producción hasta el día, en la medida en que se desarrollan entre los antagonismos de clase, ya no trata sino de aplicarlo a los «dos hombres» y así echa los «fundamentos» de la economía de la realidad. Ni un instante vacila en desarrollar esa «idea creadora de un sistema». Trabajo dado sin prestación reciproca más allá del tiempo necesario al trabajador para mantenerse: he ahí el punto. Adán, que aquí se llama Robinsón, hace que se fatigue inútilmente su segundo Adán, que se llama Viernes. ¿Pero por qué Viernes «se fatiga» más de lo necesario para mantenerse? Marx no deja de haber contestado parcialmente a esa pregunta; pero su contestación es vulgarísima para nuestros dos mozarrones; el asunto está bien dispuesto: Robinsón «oprime» a Viernes, le sujeta en calidad «de esclavo o instrumento de servicios económicos» y no le mantiene tampoco «sino como un instrumento». Con este nuevo «pensamiento creador» del Sr. Dühring, de un tiro mata dos pájaros; en primer término, se ahorra el trabajo de explicar las diversas formas que ha revestido la repartición hasta el día, sus diferencias y sus causas—pues tomadas en conjunto, no valen nada, se fundan en la opresión y en la violencia, y no hay para qué hablar de ellas—en segundo lugar, de ese modo, transporta toda la teoría de la repartición del terreno económico al de la moral y el derecho, es decir, del terreno de los hechos materiales al más movedizo de las opiniones y los sentimientos y no tiene necesidad ya de estudiar ni de probar; le basta con declamar contra la naturaleza y puede exigir que la repartición de los productos del trabajo se regule, no según sus causas reales, sino como a él le parece justo y moral. Porque lo que parece justo al Sr. Dühring no es, en modo alguno, invariable y, por consecuencia, está lejos de ser una verdad de buena ley, pues éstas, según afirma el mismo Sr. Dühring, son «esencialmente invariables». En 1868 el Sr. Dühring declaraba que toda civilización superior tiende a acentuar, cada vez más, la propiedad, y en eso, no en la confusión de derechos y de esferas de la soberanía, descansa la esencia y el porvenir de la evolución moderna». Y más lejos añadía: que no podía ver como una transformación del trabajo asalariado en otra forma de ganancia, podría jamás conciliarse con las leyes de la naturaleza humana y con la jerarquía natural y necesaria del cuerpo social. Así, en 1868, la propiedad privada y el salariado son necesarios, fundados en la naturaleza y, por consecuencia, justos; y en 1876 una y otro son producto de la violencia y de la «rapiña», y por tanto injustos.
Imposible prever lo que, dentro de unos años, podrá parecer justo y moral a un genio tan impetuoso y, por lo mismo, será preferible ciertamente nos atengamos a las leyes económicas reales y objetivas más bien que a las ideas subjetivas, instantáneas y variables del Sr. Dühring, acerca de lo justo y de lo injusto.
Si de la revolución inminente del modo actual de la repartición de los productos del trabajo, con el contraste hiriente de la miseria y de la opulencia, del hambre y de la orgía, no tuviéramos mejor testimonio que la conciencia de la injusticia de esa forma de repartición y la convicción de la victoria final del derecho, no estaríamos muy adelantados y podríamos esperar por mucho tiempo. Los místicos de la Edad Media, que soñaban con la llegada del reino milenario, ya tenían conciencia de la injusticia del antagonismo de clases; en el umbral de la historia moderna, hace trescientos cincuenta años, Tomás Munzer lanzó grito semejante y el mismo resuena aún en la Revolución de Inglaterra, en la Revolución francesa burguesa y... se apaga. Y si hoy ese grito de la abolición de los antagonismos y de las distinciones de clase, que hasta 1830 dejaba frías a las masas laboriosas y apenadas, se repite por millares de ecos, si se apodera de un país tras otro, a medida y en proporción que la industria se desarrolla en cada país, si ha conquistado en una generación una fuerza capaz de desafiar a todos los poderes coaligados en contra suya, si está cierta de la victoria en un próximo porvenir, ¿de qué proviene?
Proviene, de una parte, de que la gran industria moderna ha creado un proletariado, una clase que, por primera vez en la historia, puede reinvindicar la supresión, no de tal cual organización de clase, en particular; de tal cual privilegio de clase, sino de las clases mismas; una que está colocada en tal situación que tiene que hacer triunfar esa revindicación bajo pena de caer en la esclavitud de los coolíes chinos. De otra parte, esa misma gran industria ha creado en la burguesía una clase que posee el monopolio de todos los instrumentos de producción y de todos los medios de existencia, pero que sufre a cada período el vértigo y el krach que le sigue; que ha llegado a ser incapaz de dominar por mucho tiempo las fuerzas productivas que, por su crecimiento, escapan de su poder; una clase bajo cuya dirección la sociedad corre a su ruina como una locomotora cuyo maquinista fuera muy débil para levantar la válvula de seguridad. En otros términos, esto proviene de que las formas productivas engendradas por el modo moderno de producción capitalista y el sistema de repartición de bienes originado por esa forma de producción, han entrado en flagrante contradicción con esta forma de producción, a tal punto, que es preciso se produzca una revolución en la forma de producción y de repartición; revolución que suprimirá todas las distinciones de clase, si no se quiere que perezca la sociedad moderna entera. En este hecho tangible, material, que se impone más o menos claramente, pero con necesidad invencible al espíritu de los proletarios explotados; en este hecho—y no en las ideas de tal o cual sabio de gabinete, sobre lo justo y lo injusto—, reside la certeza de la victoria del socialismo moderno.