Anti-Dühring/Segunda Parte/II
II
TEORÍA DE LA VIOLENCIA
«La relación de la política general con las formas del derecho económico se determina en mi sistema de una manera, a la vez tan decisiva y tan original, que para facilitar su estudio, no parece superfluo llamar especialmente la atención sobre este punto. La formación de las relaciones políticas es fundamental en la historia, y las dependencias económicas no son sino el efecto o caso particular y, por tanto, nunca son sino hechos de orden secundario. Algunos sistemas socialistas recientes adoptan, como principio director, la idea evidentemente falsa de una relación inversa en absoluto. Sin duda, los efectos de orden secundario tienen una existencia propia, y son los que hoy se ofrecen más sensiblemente; pero el hecho primitivo debe buscarse en la fuerza política inmediata y no en un poder económico indirecto»[1]. Asimismo en otro pasaje, el Sr. Dühring «toma por punto de partida la proposición de que el estado político es la causa determinante del estado económico y que la relación inversa, no es sino una reacción de orden secundario... y que en tanto no se toma como punto de partida la agrupación política, concebida como algo que tiene su fin en sí misma, en tanto se la considera exclusivamente como un medio en vista de la nutrición, aún se guarda oculto en sí una buena punta de reacción, por radicalmente socialista y revolucionario que se parezca». Tal es la teoría del Sr. Dühring. Como en otros muchos pasajes, en este caso se limita a asentarla, a decretarla, por decirlo así, pura y simplemente; en cuanto a dar la menor prueba, o a refutar la opinión contraria, no hay ni que pensarlo un instante, en ninguno de sus tres gruesos volúmenes[2]. Aun cuando los argumentos fuesen tan baratos como las moras, el Sr. Dühring no nos los ofrecería. ¿La cosa no está probada por la famosa caída original, con ocasión de la reducción a esclavitud de Viernes por Robinsón? Ese fue un acto de violencia y, por consecuencia, un acto político. Y como esa sujeción constituye el punto de partida y el fenómeno fundamental de toda la historia hasta el día, le inocula el pecado original de injusticia, de tal suerte, que en los períodos subsiguientes no ha sido, sino dulcificado y «transformado en las formas más indirectas de la dependencia económica»; y como toda la propiedad fundada en la violencia que ha reinado hasta aquí, se funda igualmente en esa sujeción primitiva, evidentemente todos los fenómenos económicos han de explicarse por causas políticas, a saber, por la violencia. Y a quien no le baste esto, no es más que un reaccionario disfrazado.
Observemos primero, que es menester estar tan prendado de sí mismo como el Sr. Dühring, para considerar semejante opinión como «original», cuando no lo es en manera alguna. La idea de que los actos políticos del Estado sean los motores determinantes de la evolución histórica es tan antigua como la historia misma, y esa es la principal causa por la cual sabemos tan pocas cosas acerca de esa evolución silenciosa, que se realiza tras esas escenas ruidosas y que hacen marchar adelante a los pueblos. Tal idea ha dominado toda la concepción formada hasta el presente de la historia, y no se ha debilitado sino por los historiadores burgueses de la época de la Restauración, y lo único original en el asunto es que el Sr. Dühring nuevamente, nada sabe de esto.
Además, admitamos por un instante que el señor Dühring tenga razón y que toda la historia hasta el día se reduzca a una servidumbre del hombre por el hombre; aun así estaríamos muy lejos de haber llegado al fondo del problema. Porque inmediatamente se plantea esta cuestión: ¿Cómo Robinsón fue llevado a someter a Viernes? ¿Unicamente por su gusto? De ninguna manera. Por lo contrario, vemos que a Viernes se le dedica como esclavo, como simple instrumento de trabajo, a servicios económicos y se le mantiene, precisamente, como instrumento de trabajo.» Robinsón no ha sometido a servidumbre a Viernes, sino porque Viernes trabaja en beneficio de Robinsón. ¿Y cómo Robinsón puede sacar ventaja del trabajo de Viernes? Unicamente, porque Viernes produce con su trabajo más medios de subsistencia de cuantos Robinsón está obligado a dar para que Viernes sea capaz de trabajar. Robinsón, por tanto, en contra de la disposición expresa del Sr. Dühring, toma la agrupación política, no por sí misma y como punto de partida, sino exclusivamente como medio, en vista de la nutrición», y él mismo ve cómo podía realizar los fines de su dueño y señor Dühring.
Luego en el fondo, el ejemplo infantil que el Sr. Dühring ha elegido para mostrar la violencia como «la cosa fundamental de la historia», prueba que la fuerza no es sino el medio, mientras que la ventaja económica es el fin que se persigue. En la medida en que el fin es «más fundamental» que el medio empleado, en vista de él, en esa medida también, el aspecto económico de la relación, es más fundamental que su aspecto político. El ejemplo, pues, prueba lo contrario de lo que debería probar. Y tal cual es para Robinsón y Viernes, tal es también para todos los casos de dominio y de servidumbre como se han presentado hasta el día. La servidumbre siempre ha sido, para emplear la elegante expresión del Sr. Dühring, «medio para fines de nutrición» (tomados dichos fines en su más amplio sentido), mas nunca ni en parte alguna, «una agrupación política instituida en vista de sí misma». Preciso es ser el Sr. Dühring para figurarse que los impuestos en el Estado, no son sino «efectos de orden secundario», o que la agrupación política actual de la burguesía dominante y del proletariado dominado no existe, «sino en vista de sí mismo», y no en vista de «alimentar» a los burgueses imperantes, a saber, en vista del beneficio de la acumulación del capital.
Pero volvamos a nuestros dos hombres. Robinson, «espada en mano», hace su esclavo de Viernes. Pero para lograrlo, Robinsón necesita de otra cosa que una espada. Todo el mundo no puede utilizar un esclavo; para estar en condiciones de servirse de él, es menester tener dos cosas a su disposición: primero, los instrumentos de trabajo y los objetos que sirven para el trabajo del esclavo y, en segundo lugar, las cosas indispensables para su mantenimiento. Antes, pues, de que sea posible el esclavo, es preciso haber alcanzado un cierto grado de desarrollo en la producción y un cierto grado de desigualdad en la repartición. Y para que el trabajo servil devenga el medio de producción dominante en una sociedad entera, es menester un incremento muy considerable de la producción, del comercio y de la acumulación de las riquezas. En las comunidades primitivas, en que reina la propiedad común de la tierra, la esclavitud no existe del todo o representa un papel muy subordinado. Asimismo acontecía en la Roma primitiva, que era una ciudad de campesinos; pero cuando Roma llegó a ser una «ciudad universal», la propiedad fundiaria en Italia se concentra, cada vez más, en manos de una clase poco numerosa de propietarios colosalmente ricos, y esa población campesina se sustituye por la población servil. Si en la época de las guerras medias, el número de esclavos llegaba en Corinto a 460.000, en Egira a 470.000, y los esclavos estaban en la proporción de diez por uno respecto de los hombres libres, menester era, por tanto, existiera otra causa que la «fuerza», a saber: una industria artística y de oficio muy desarrolladas y un comercio extenso. La esclavitud en los Estados Unidos de América se fundaba menos en la violencia que en la industria algodonera inglesa; en las regiones en que no se daba el algodón y en que no se dedicaban tampoco, como los Estados limítrofes, a la crianza de esclavos por cuenta de los Estados algodoneros, la esclavitud murió por sí misma sin intervención alguna de la fuerza, porque no era remuneradora.
Cuando, pues, el Sr. Dühring dice que la propiedad actual es una propiedad fundada en la violencia, y la define como «la forma de dominio que tiene por base, no sólo la exclusión de otros hombres del goce de los medios naturales de existencia sino, lo que es muy distinto, la servidumbre del hombre, invierte por completo la relación. La servidumbre del hombre, en todas sus formas, supone que quien somete dispone de instrumentos de trabajo, medio sólo por el cual podrá utilizar al hecho siervo y, el caso de la esclavitud, supone además, que el dueño dispone de aquellos medios de existencia que le permitirán mantener al esclavo; por consiguiente, en todo caso, la posesión de una cierta fortuna que supere el término medio. ¿Cuál es el origen de semejante posesión? Evidentemente, en todo caso, que si puede haber sido sustraída, y por tanto fundarse en la violencia, no es necesario, en modo alguno, sea así; ha podido ser adquirida por el trabajo, ha podido ser robada, adquirida por el comercio, estafada. Pero menester es haya sido producida por el trabajo antes de poder ser sustraída.
Además la propiedad privada no aparece, en modo alguno, en la historia como resultado de la rapiña y de la violencia; al contrario, existe ya, aunque limitada a cierto número de objetos, en la antiquísima comunidad primitiva de todos los pueblos civilizados y reviste ya en el seno de dicha comunidad, y desde luego en el cambio con los extranjeros, la forma de mercancía. Cuanto más los productos de la comunidad adoptan la forma de mercancía, es decir, cuanto más reducido es el número de los producidos para uso del propio productor y más numerosos los creados en vista del cambio, tanto más suplanta, en el interior de la comunidad, la división primitiva y natural del trabajo; tanto más desigual deviene también el estado de fortuna de los diferentes miembros de la comunidad; tanto más se desvanece la antigua posesión común del suelo; tanto más rápidamente la comunidad tiende a disolverse en una aldea de campesinos, propietarios de parcelas del suelo. El despotismo oriental y la dominación mudable de los pueblos nómadas conquistadores no ha podido hacer mella en tales comunidades, durante millares de años; sólo la destrucción gradual de su industria doméstica primitiva por la concurrencia de los productos de la gran industria los destruye, cada vez más. La fuerza no interviene más allí que en la posesión común de los campos por los Gehöferschaften del Mosa y del Hochwald, cuya disolución por la partición se opera aún ante nuestros ojos; a los campesinos les interesa sencillamente el que la propiedad privada de la tierra sustituya a la propiedad común. La formación misma de una aristocracia primitiva, tal cual se produce entre los Celtas, entre los Germanos y en el Pendjab basándose en la propiedad común de la tierra, es espontánea y no se funda primero, en manera alguna, por la fuerza sino por la costumbre. Dondequiera se constituye la propiedad privada es como consecuencia de una variación en las relaciones de producción y de cambio, es debido al aumento de la producción y al auge del comercio, por tanto, por causas económicas: la fuerza no juega en ello papel ninguno. Y es bien claro que la propiedad privada ha de existir ya, antes de que el bandido pueda apropiarse el bien de otro y, por consecuencia, que la fuerza puede muy bien efectuar un cambio en la posesión, pero no puede crear la propiedad privada como tal.
De igual modo, para explicar «la servidumbre del hombre» en su forma más reciente, de trabajo asalariado, no podemos invocar tampoco ni la violencia ni la propiedad fundada en la violencia. Ya hemos mencionado el papel que juega en la disolución de las comunidades primitivas y, por consecuencia, en la generalización directa e indirecta de la propiedad privada, la transformación de los productos del trabajo en mercancías producidas, no ya para el propio consumo del productor, sino para el cambio. Ahora bien, Marx ha probado en el Capital con la claridad de la evidencia—y el Sr. Dühring se guarda muy bien de tocar lo más mínimo a tal asunto—que, en cierto grado, de la evolución la producción mercantil se transforma en producción capitalista; y en ese caso «la ley de apropiación, o ley de la propiedad privada, que descansa en la producción y circulación de las mercancías, en virtud de una dialéctica que le es propia, inmanente e ineludible, se muda en su contrario, y el cambio de los equivalentes, que aparecía como la operación primitiva, se invierte de tal manera que el cambio ya no es sino aparente. En efecto, primeramente, la porción de capital que se cambia por la fuerza de trabajo, no es sino una parte del producto del trabajo de otro apropiado sin equivalente; y en segundo lugar, esa porción del capital no ólo se reemplaza por quien la produce, el trabajador, sino que debe reemplazarse con una demasía o excedente... Originariamente la propiedad aparece fundada en el propio trabajo... Ahora (al fin de la exposición que hace Marx) la propiedad aparece, por parte del capitalista, como el derecho de apropiarse trabajo ajeno no pagado y, de parte del trabajador, como la imposibilidad de apropiarse la cosa misma que ha producido. El divorcio entre la propiedad y el trabajador es la consecuencia necesaria de una ley que tenía por origen su identidad».
En otros términos, aun excluyendo la posibilidad de toda rapiña, de todo acto de violencia y de estafa, aun suponiendo que toda propiedad privada en su origen proviniese del trabajo personal del poseedor y que, en lo sucesivo, no se hubiese cambiado nunca sino valores iguales por valores iguales, sin embargo necesariamente llegamos, con el progresivo desarrollo de la producción y el cambio, al modo actual de la producción capitalista, al monopolio de los medios de producción y de subsistencia en manos de una sola clase poco numerosa, a la reducción de la otra clase, que forma la mayoría, al estado proletario que nada posee; a la sucesión periódica de la producción vertiginosa y de las crisis comerciales, a toda la anarquía actual de la producción. Todo este proceso se explica por causas puramente económicas, sin que sea necesario, ni una sola vez, el que intervenga la rapiña, la violencia, el Estado, ni ninguna otra ingerencia política. Por tanto, pues, la «propiedad fundada en la violencia» se muestra como una simple fanfarronada, que oculta la ininteligencia de la marcha real de las cosas.
La expresión histórica de este proceso, es la evolución de la burguesía. Si «las condiciones políticas son la causa determinante de la situación económica», la burguesía moderna no habría debido constituirse luchando contra el régimen feudal, sino ser el niño mimado de ese régimen y nacer espontáneamente del mismo. Todo el mundo sabe que lo contrario es lo que se produjo. La burguesía primero, tributaria de la nobleza feudal reinante, reclutada entre los siervos de todo género, en su lucha constante con la nobleza, ha conquistado una posición tras otra y, al cabo, en los países más adelantados, la suplantó y se puso en posesión del poder; en Francia, derrocando directamente a la nobleza, en Inglaterra emburguesándola cada vez más o incorporándola como su propia cima decorativa y ornamental. ¿Y cómo ha llegado a ello? Unicamente por un cambio en la «situación económica» seguido tarde o temprano, espontáneamente o tras una lucha, de un cambio en las condiciones políticas. La lucha de la burguesía contra la nobleza feudal, es la lucha del campo y de la ciudad, de la industria y de la propiedad territorial, de la economía basada en el cambio y la moneda y la economía fundada en el consumo inmediato, y las armas más potentes de la burguesía en lucha semejante fueron sus ventajas económicas constantemente acrecidas por la evolución de la industria, que pasaba del taller a la manufactura y a la extensión del comercio. Durante toda esa lucha el poder político se inclinaba a la nobleza—a excepcion de un período en que el poder real se servía de la burguesía contra la nobleza para contener a los dos «órdenes» o «estados», el uno por el otro—pero desde el instante en que la burguesía, aun impotente desde el punto de vista político, comenzó a ser peligrosa por virtud del incremento de su poder económico, la realeza pactó de nuevo alianza con la nobleza y provocó de ese modo, primero en Inglaterra, después en Francia, la revolución burguesa. «La situación política» en Francia no habría cambiado, en tanto que «la situación económica» la superaba. Desde el punto de vista político la nobleza lo era todo, la burguesía no era nada; desde el punto de vista social, la burguesía era entonces la clase más importante en el Estado, mientras que la nobleza había perdido todas sus funciones sociales y se limitaba a guardar la retribución, en forma de renta, de sus desaparecidas funciones.
Más aún; la burguesía, por su producción, había quedado aprisionada por completo en las formas políticas feudales de la Edad Media, que esa producción—no sólo la del taller sino la manufacturera—hacía ya tiempo había superado; estaba contenida por los mil privilegios de las corporaciones y por las barreras de las aduanas locales y provinciales que llegaron a ser otras tantas trabas para la producción y puros tormentos. La revolución burguesa puso término a todo eso, no según el principio del Sr. Dühring, adaptando la situación económica a las condiciones políticas—la realeza y la nobleza lo habían intentado en vano durante años—sino muy por lo contrario, echando por tierra la vieja trama política descompuesta y creando condiciones políticas en las cuales pudo subsistir y desarrollarse la nueva «situación económica». Y en efecto, tan brillantemente se ha desarrollado en esa atmósfera política y jurídica que formó, que su situación no se aparta mucho de la que tenía la nobleza en 1789. La burguesía socialmente, de día en día, no sólo llega a ser superflua, sino que es un obstáculo para la evolución social; cada vez se aleja más de la actividad productora; cada vez, como en otro tiempo la nobleza, es una clase que se limita a percibir sus rentas; y esa revolución de su condición la hizo y creó una nueva clase, el proletariado, sin ningun coqueteo con la fuerza sino por vías puramente económicas. Más aún, ese resultado a que le llevó su propia actividad, no lo quiso en modo alguno, sino que por lo contrario, se ha efectuado, con poder irresistible, contra su intención y contra su voluntad; sus propias fuerzas de producción se sustraen a su dirección e impulsan la sociedad burguesa entera, con la necesidad de una fuerza natural, hacia la ruina o la revolución.
Y cuando ahora, los burgueses apelan a la fuerza, para preservar de la catástrofe a la «situación económica» que se hunde, prueban únicamente que participan de la ilusión del Sr. Dühring, que creen que «las condiciones políticas son la causa determinante de la situación económica; que se imaginan, lo mismo que el Sr. Dühring, poder transformar por medio de lo «primordial» con el auxilio de la «fuerza política inmediata» esos hechos de segundo orden, a saber, la situación económica y su evolución ineludible y, por tanto, eliminar del mundo, por los cañones Krupp y los fusiles Mauser, los efectos económicos de la máquina de vapor y del maquinismo moderno, que ha puesto en movimiento, el comercio mundial y la evolución contemporánea de los bancos y del crédito.