Anti-Dühring/Segunda Parte/III
III
TEORÍA DE LA VIOLENCIA
(Continuación.)
Consideremos, sin embargo, desde más cerca esa «violencia» todo-poderosa del Sr. Dühring. Robinsón hace su siervo de Viernes, espada en mano. ¿De dónde le viene esa espada? Aun en las islas fantásticas de las robinsonadas, las espadas no brotan de los árboles; el Sr. Dühring se dispensa de decir nada de este asunto. Lo mismo que Robinsón ha podido procurarse una espada, nos place admitir que Viernes aparecerá una mañana con un revólver cargado en la mano y entonces la relación de «fuerza» se invertirá completamente y será Viernes quien mandará y Robinsón quien se fatigará. Mas perdone el lector, volvamos con tanta consecuencia lógica a la historia de Robinsón y Viernes que está muy en su lugar en la nursey y no en la ciencia ¿pero qué le vamos a hacer? Necesitamos aplicar concienzudamente el método axiomático del señor Dühring y no es nuestra falta si constantemente andamos por el terreno de la pura y simple puerilidad. El revólver supera, pues, a la espada; por donde el más pueril de los aficionados a los axiomas comprenderá, sin duda, que la violencia no es un simple acto de la voluntad, sino que exige para manifestarse condiciones previas, sumamente reales, a saber, instrumentos—los cuales, los más perfectos, superan a los menos perfectos—y que es menester además que dichos instrumentos se produzcan; lo que quiere decir que el productor de los más perfectos instrumentos de violencia, esto es, de las armas más perfeccionadas, triunfa del productor de armas menos perfectas; en una palabra, la victoria de la fuerza descansa en la producción de armas y como ésta a su vez se funda en la producción en general, la victoria de la fuerza se basa por tanto, en la «potencia económica», en la «situación económica», en los medios materiales que tiene la fuerza a su disposición.
La fuerza es hoy el ejército y la armada y ambos cuestan, por desgracia, como todos sabemos «un dinero loco». De consiguiente, la violencia no puede realizarse sin dinero; y si se puede, a lo sumo, arrancar dinero hecho, eso mismo no sirve para gran cosa—como por desgracia sabemos—según la experiencia que hicimos con los miles de millones de Francia. El dinero, en último análisis, debe alcanzarse por medio de la producción económica y la fuerza, por tanto, se determina de nuevo por la situación económica que le suministra los medios de equipar y de mantener sus instrumentos. Y no es eso todo; precisamente, nada depende más de las condiciones económicas previas como el ejército y la marina.
El armamento, el reclutamiento, la organización, la táctica y la estrategia dependen, ante todo, de la forma de producción y del estado de las comunicaciones en un momento dado. De esta manera, lo que ha producido una revolución no son «las libres creaciones del espíritu» de los generales de genio, sino el descubrimiento de armas mejores y los cambios operados en los elementos militares o soldados; tomando las cosas en lo mejer, el influjo de los generales geniales se limita a adaptar las formas del combate a las nuevas armas y a los nuevos combatientes.
A comienzos del siglo XIV la pólvora de cañón vino de los Arabes a los Europeos del Occidente, y trastrocó todo el arte de la guerra, como saben todos los escolares. La introducción de la pólvora de cañón y las armas de fuego no fue, sin embargo, en modo alguno un acto de violencia sino un progreso industrial y, por tanto, económico. La industria es la industria, ya se aplique a la producción o a la destrucción de los objetos. Y la introducción de las armas de fuego ha trastrocado, no sólo el arte mismo de la guerra, sino las relaciones políticas de la soberanía y de la servidumbre. Para obtener pólvora y armas de fuego, era preciso industria y dinero; una y otra cosa estaban en poder de los burgueses de las ciudades. Las armas de fuego fueron, pues, desde el principio, las armas de la ciudad y de la monarquía, que se desarrollaba apoyada en las ciudades contra la nobleza feudal. Las murallas de piedra, hasta entonces inabordables, los castillos feudales caían al empuje de los cañones de los burgueses: las balas de los arcabuces burgueses atravesaban las corazas de los caballeros. Con la noble caballería cubierta de hierro se hundió también el dominio de la nobleza; a medida que se desarrollaba la burguesía, la infantería y la artillería eran cada vez más las armas que decidían de la victoria y por exigencia de la artillería, el oficio de las armas tuvo que aumentarse con una subdivisión nueva y completamente industrial, como el cuerpo de ingenieros militares.
El perfeccionamiento de las armas de fuego se hizo muy lentamente. La artillería siguió siendo pesada y el fusil grosero, a pesar de las numerosas invenciones de pormenor; fue menester más de trescientos años para que se fabricase un fusil que pudiese servir de armamento a toda la infantería. Sólo a principios del siglo XVIII el fusil de chispa con bayoneta desterró definitivamente la pica del armamento de los infantes. En esa época la infantería se componía de soldados alistados, propiedad de los príncipes, que maniobraban con rigidez, pero que no ofrecían ninguna confianza, pues se les mantenía unidos tan sólo por virtud de los palos, y se reclutaban entre los elementos más depravados de la sociedad y, con frecuencia, eran los prisioneros de guerra enemigos que se reclutaban a la fuerza. La única forma de combate en que podían dichos soldados utilizar el nuevo fusil era la táctica de línea, que llegó a su mayor perfección con Federico II. Toda la infantería de un ejército se disponía en tres secciones que formaban un cuadrilátero muy grande y vacío y que se movía en orden de batalla como un solo todo; a penas si se permitía a una de las alas el ir un poco atrás o adelante. Esta masa inhábil no podía moverse ordenadamente sino en un terreno enteramente plano y, aun allí, no podía avanzar sino muy lentamente (setenta y cinco pasos por minuto); durante la acción era imposible un cambio en el orden de combate y la victoria o la derrota se decidía rápidamente y de un solo golpe, cuando la infantería había roto el fuego.
A esas líneas, de un manejo incómodo, opusiéronse en la guerra de la Independencia americana partidas de rebeldes que sin duda no sabían hacer el ejercicio, pero que sabían tirar mejor con sus largos mosquetes. Estos rebeldes, que luchaban por sus intereses más fundamentales y no desertaban como las tropas alistadas, no daban el gusto a los ingleses de entrar al combate en línea y a la descubierta, sino como un enjambre de tiradores separados, muy móviles y cubiertos por los bosques. En esas condiciones la línea fue impotente y quedó vencida por enemigos invisibles e inaccesibles. Así, como consecuencia de un cambio en la composición del elemento militar, se encontró un nuevo método de combate: el orden de tiradores.
La Revolución francesa completó también en el terreno militar lo que había iniciado la Revolución americana; tampoco podía oponer a los ejércitos coaligados, formados de soldados reclutados y ejercitados, sino masas mal ejercitadas, pero numerosas; la leva de la nación entera. Con esas masas se trataba de poner a cubierto París, y, por consecuencia, conservar un territorio determinado, lo cual era imposible de efectuar sin vencer en una batalla abierta y por masas. El simple combate de tiradores resultaba insuficiente y era menester descubrir una forma para el empleo de las masas: tal fué la columna. La disposición en columnas permitió a las tropas, aun poco y mal ejercitadas, el moverse con bastante orden aun en una marcha más rápida (cien pasos y más por minuto) y permitió romper las formas rígidas del antiguo orden de línea, combatir en todos los terrenos, aun los más desfavorables para la línea, agrupar las tropas en todas las formas convenientes y en armonía con el combate de tiradores dispersos, retener, ocupar y fatigar las líneas enemigas hasta el momento en que esas líneas eran penetradas en el punto decisivo, por las masas que estaban en reserva. Esta forma nueva de combatir, fundada en la combinación de los tiradores y de las columnas y en la distribución del ejército en divisiones o cuerpos de ejército, independientes y compuestos de todas armas—forma de combate enteramente perfeccionada por Napoleón en su aspecto táctico y estratégico—, había llegado a ser necesaria, sobre todo por el cambio en la composición de los elementos militares, de los soldados de la Revolución francesa. Reunía dos condiciones técnicas antecedentes de suma importancia: en primer lugar, la construcción por Gribeauval de cureñas más ligeras para las piezas de campaña, con la cual únicamente era posible los rápidos movimientos de dichas piezas entonces requeridos; y en segundo término, la encurvadura de la culata del fusil—tomada de la escopeta de caza e introducida en Francia en 1777 (hasta entonces la culata se prolongaba en línea recta con el cañón)—, con lo cual se podía mirar a un hombre aislado, sin verse obligado a tirar recto hacia adelante; sin tal progreso hubiese sido imposible tirar con el antiguo fusil.
El sistema revolucionario del armamento entero del pueblo, prontamente se limitó al reclutamiento obligatorio (con el sistema de excepción por dinero para los ricos) y se adoptó por la mayor parte de los grandes Estados del continente. Sólo Prusia, con su sistema de landwehr, ensayó el acaparar en mayor medida aún la capacidad militar del pueblo. Después del papel que representó, durante un tiempo bastante corto—desde 1830 a 1860—el fusil que se cargaba por la boca—perfeccionado, rayado, apropiado para la guerra—, Prusia fue el primer Estado que dotó a su infantería del arma más reciente, el fusil rayado que se carga por la recámara. A estas dos innovaciones debió el éxito de 1866.
En la guerra franco-alemana pusiéronse frente a frente, por primera vez, dos ejércitos igualmente provistos de fusil rayado, cargándose por la recámara y ambos a dos, como en tiempos del antiguo fusil de chispa y de alma lisa, contando con las mismas formaciones tácticas fundamentales. Sólo los prusianos habían ensayado, con la introducción de la columna de compañía una nueva forma de combate mejor adaptada al nuevo armamento. Pero cuando el 18 de Agosto de 1870 en Saint-Privat, la guardia prusiana quiso tomar en serio la columna por compañía, los cinco regimientos más comprometidos perdieron, en menos de dos horas, más de un tercio de su efectivo (176 oficiales y 5.114 soldados). Desde entonces la columna de compañía se consideró como forma de combate, con igual título que la columna de batalla y la línea; desde entonces se renunció a toda tentativa de exponer al fuego del enemigo, tropas en formación cerrada. Por parte de los alemanes, el combate en lo sucesivo no se efectuó sino en filas compactas de tiradores, como las que hasta entonces se formaban infaliblemente por sí mismas al disolverse la columna bajo la granizada de metralla y que instrucciones superiores habían combatido como contrarias al orden; y el paso de carrera fue desde entonces el que llegó a ser el único modo de movimiento en el radio de la descarga enemiga. Una vez más el soldado había sido más astuto que el oficial e instintivamente había descubierto la única forma de combate que hasta el presente estaba a prueba del fuego de fusil, que se cargaba por la recámara y la aplicaba con éxito a pesar de la resistencia del mando.
Con la guerra franco-alemana se abre un período de mucha más importancia que los precedentes. Primeramente, las armas son tan perfeccionadas que un nuevo progreso, de influencia radical, ya no es posible. Cuando a cañones que permiten alcanzar a un batallón tan lejos como la vista le distingue y fusiles que dan un resultado semejante respecto del hombre aislado que se toma por blanco—fusiles cuyo tiempo de carga es menor que el de apuntar—todos los progresos ulteriores de la guerra en campo raso son más o menos indiferentes. De esta parte la era del desarrollo, fundamentalmente, ha terminado. Pero, en segundo lugar, esa guerra ha obligado a todos los grandes Estados del continente, a introducir, agravándole, el sistema prusiano del landwehr (ejército territorial) y, en consecuencia, imponerse cargas militares que los arruinarán en pocos años. El ejército ha llegado a ser el principal fin del Estado, el fin en sí; los pueblos no existen sino para dar y mantener soldados. El militarismo domina y se traga a Europa. Mas dicho militarismo lleva, en sí mismo, también el germen de su propia destrucción. La concurrencia de los Estados particulares entre sí les obliga, de una parte, a gastar cada año más dinero en el ejército, en la marina, en la artillería, acelerando por tal modo, de día en día, la catástrofe financiera; de otra parte, a tomar cada vez más en serio el servicio militar obligatorio y general, haciendo familiar al pueblo el manejo de las armas, capacitándole, para que en un momento dado, pueda oponer su voluntad a la soberanía militar del mando. Y ese momento llega cuando la masa del pueblo—trabajadores de las ciudades y del campo, campesinos—tiene una voluntad. En ese momento el ejército de los príncipes se transforma en un ejército del pueblo, la máquina rehusa el servicio, el militarismo se destruye por la dialéctica de su propio desarrollo. Lo que la democracia burguesa de 1848 no ha podido realizar, precisamente porque fue burguesa y no proletaria—la tarea de dar a las masas trabajadoras una voluntad cuyo contenido responda a su situación de clase—, se realizará infaliblemente por el socialismo. Y ello significa la destrucción del militarismo y con él de todos los ejércitos permanentes, por una explosión del interior al exterior.
Tal es la primera moral de nuestra historia de la infantería moderna. La segunda, que nos lleva al Sr. Dühring, es que la organización entera y el modo de combate de los ejércitos y, por tanto, la victoria o la derrota, la vemos depender de condiciones materiales, es decir, económicas, o sea del material hombres y el material armas, de la calidad y de la cantidad de población y de la técnica. Solo un pueblo de cazadores como los americanos, podía encontrar el combate de tiradores; y si eran cazadores, lo eran por razones puramente económicas, como por causas puramente económicas los yanquis de hoy, de los antiguos Estados, se han transformado en labradores, industriales, marinos y comerciantes, que no tirotean en los bosques vírgenes, pero que no dejan de tirotear mejor en el terreno de la especulación, en que tan lejos llevaron la utilización de las masas. Sólo una revolución como la Revolución francesa, que realiza la emancipación económica del burgués y particularmente del campesino podía descubrir los ejércitos de masas y, al mismo tiempo, las libres formas de movimiento contra las cuales se rompen las antiguas rígidas líneas, reflejo militar del absolutismo, por el cual se batían. Hemos constatado en cada caso particular, cómo los progresos de la técnica, de que fueron utilizables y utilizados militarmente, han forzado, por una especie de violencia, a mudanzas, aun a revoluciones en el modo de combatir, y eso a despecho de la voluntad del mando superior del ejército. Y hoy ya un celoso suboficial podría enseñar al Sr. Dühring en qué gran medida depende la marcha de una guerra de la productividad y de los medios de comunicación de la patria que se deja tras sí y del teatro de la guerra. En una palabra: siempre y en todas partes los movimientos y armas económicas ayudan a «la fuerza» a ganar la victoria, y sin ellos la fuerza deja de ser fuerza; y quien, según los principios del Sr. Dühring, quisiese reformar el arte militar desde opuesto punto de vista, no podría recoger sino palos en la espalda[1].
Si pasamos ahora de la tierra al mar, se nos ofrece una revolución igualmente decisiva en los veinte últimos años. El barco de combate de la guerra de Crimea tenía dos o tres puentes de madera de 60 a 100 cañones, se movía de preferencia, a la vela y sólo a título de auxiliar contaba con una débil máquina de vapor: sobre todo llevaba piezas de 32 que pesaban en bruto, próximamente, 50 quintales, y sólo un reducido número de piezas de 68 pesaban 95 quintales. Al fin de la guerra aparecieron las baterías flotantes, blindadas de hierro, monstruos pesados, casi inmóviles, pero invulnerables para la artillería de la época. Bien pronto, el blindaje de hierro se aplicó por igual a la flota de combate: el blindaje, desde luego, fue de poco espesor; cuatro pulgadas pasaban por ser una coraza sumamente pesada; pero los progresos de la artillería superaron muy luego a los del blindaje, y a cada nuevo espesor de la coraza que sucesivamente se empleaba, hallábase una nueva máquina, más pesada, que la horadaba fácilmente. Así hemos llegado de una parte, al blindaje de 10, 12, 14 y 24 pulgadas de espesor (Italia va a construir un buque cuya coraza será de tres pies de espesor), y de otra, a cañones rayados de peso bruto, de 25, 35, 80 y hasta 100 toneladas (veinte quintales por tonelada), que lanzan proyectiles de 300, 400, 1.700 y hasta 2.000 libras, a distancias hasta ahora inauditas. El buque de guerra actual es un gigantesco vapor acorazado, de hélice, de 8 a 9.000 toneladas, con fuerza de 6 a 8.000 caballos de vapor, con torres giratorias, cuatro o a lo sumo seis bocas de fuego muy pesadas, provisto de un espolón bajo la línea de flotación para pasar a los barcos enemigos: es una máquina colosal, única, en la cual el vapor efectúa, no sólo la rápida locomoción, sino la maniobra del timón, del cabrestante que eleva el ancla, el giro de las torres, la dirección y carga de las piezas, el achicamiento del agua por las bombas, el izado y la flotación de los botes, una parte de los cuales está provista de fuerza de vapor, etc. La rivalidad entre el blindaje y el poder de la artillería aún no ha cesado, y hoy un barco no responde ya a las exigencias, es viejo antes de salir del arsenal. El barco de guerra moderno no sólo es un producto, sino un ejemplar de la gran industria moderna, una fábrica flotante que produce, por otra parte, sobre todo el derroche de dinero. El país en que la gran industria es más desarrollada tiene casi el monopolio de la construcción de los barcos. Todos los acorazados turcos, casi todos los acorazados rusos y la mayor parte de los acorazados alemanes se construyen en Inglaterra; las placas del blindaje, cualquiera que sea su uso, se fabrican casi exclusivamente en Sheffield: únicamente tres fábricas metalúrgicas de Europa son capaces de proveer las piezas de artillería; las dos más fuertes son inglesas (Woolwich y Elswick), y la tercera, alemana (Krupp).
Ahí se ve con la más evidente claridad, cómo «la fuerza política inmediata», que para el Sr. Dühring es «la causa determinante de la situación económica», por lo contrario, se encuentra enteramente subordinada a la situación económica; como no sólo la fabricación, sino el manejo mismo del «instrumento de la fuerza» en el mar, del barco de guerra, ha llegado a ser una rama de la gran industria moderna. Y si las cosas son así ahora, nada hay más contrario a la fuerza, al Estado, al cual cuesta hoy cada barco tan caro cómo en otro tiempo una flotilla, y tiene que resignarse a ver esos barcos tan caros envejecidos y depreciados antes de darse a la mar. Y el Estado, ciertamente, no experimenta menos despecho que el mismo Sr. Dühring al ver el hombre de la «situación económica», el ingeniero, siendo hoy más importante a bordo que el hombre de la «fuerza inmediata», el capitán. Por lo contrario, nosotros no hallamos razón para molestarnos viendo en ese duelo entre la coraza y el cañón, cual se perfecciona el buque de guerra hasta el extremo límite de lo artificial, en que ha llegado a ser tan colosalmente costoso como militarmente inutilizable[2]; viendo cómo esa lucha revela, en este nuevo orden de la guerra naval, las mismas leyes dialécticas inmanentes del desarrollo, según las cuales el militarismo, como todos los demás fenómenos históricos, se destruye por las consecuencias mismas de su propia evolución.
Aquí también vemos, muy claramente, que no hay necesidad de ninguna manera de buscar «el elemento primitivo en la fuerza política inmediata en lugar de buscarlo en una potencia indirecta económica». ¡Muy al contrario! ¿Qué se manifiesta como el «elemento primitivo» de la fuerza misma? La potencia económica, el hecho de disponer de los instrumentos de poder de la gran industria. La fuerza política naval, fundada en los barcos de guerra modernos, no se manifiesta en modo alguno «inmediatamente», sino, al contrario, mediatamente, por mediación del poder económico, del alto grado de desarrollo de la metalurgia, del hecho de mandar técnicos diestros y contar con ricos yacimientos de carbón.
Mas ¿para qué todo eso? Confíese el mando superior, en la próxima guerra naval, al Sr. Dühring, y se le verá destruir todas las flotas acorazadas, siervas de la situación económica, sin torpedos ni otros artificios, por sólo la virtud de su «fuerza inmediata».
- ↑ Todo esto se sabe perfectamente por el Estado mayor prusiano: «La base de la guerra en general es, ante todo, la forma que ha tomado la vida económica de los pueblos», dijo el Sr. Max Jähs, capitán de Estado mayor, en una conferencia científica; Gaceta de Colonia, 20 Abril 1876, tercera hoja.
- ↑ El perfeccionamiento del último producto de la gran industria naval de guerra, el torpedo automóvil, parece debe realizar ese efecto: por él el más pequeño torpedero triunfará del acorazado más potente.