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Anti-Dühring/Segunda Parte/IV

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IV
TEORÍA DE LA VIOLENCIA
(Fin.)

«Una circunstancia muy importante es que, de hecho, el dominio de la naturaleza no se produce, en general, sino por mediación del hombre» (¡el dominio del producido! ¡qué lenguaje!). «La explotación de la gran propiedad fondiaria jamás ni en parte alguna se ha realizado sin que el hombre previamente fuese sometido a una especie de esclavitud o de servidumbre. La instauración de la soberanía económica sobre las cosas tuvo por condición necesaria la soberanía política, social y económica del hombre sobre el hombre. ¿Cómo se podría representar un gran propietario fondiario sin comprender en esa idea la de una autoridad sobre esclavos, siervos o gentes indirectamente sometidas? ¿Qué significación hubiera podido o podría tener, en una vasta explotación agrícola, la fuerza de un individuo solo, o a lo más, auxiliado por las fuerzas de su familia? La explotación del país, la extensión de la soberanía sobre la tierra, en la medida que excede de las fuerzas naturales del individuo, no ha sido posible en la historia, hasta el día en que antes de instituir la propiedad de la tierra, o al mismo tiempo, se ha realizado la servidumbre del hombre, que a ella se liga necesariamente. En los períodos ulteriores de la evolución esa servidumbre se suavizó, y su aspecto actual en los Estados más civilizados es un salariado más o menos sujeto a la autoridad de la policía. En el salariado, pues, descansa la posibilidad práctica de esa categoría de la riqueza actual, la posesión de vastos territorios y (¡!) la gran propiedad fondiaria. Naturalmente, todas las demás categorías de la riqueza repartida deben explicarse históricamente de un modo análogo y la sujeción indirecta, del hombre por el hombre, que al presente constituye el carácter fundamental de las situaciones económicas más adelantadas en la evolución, no puede comprenderse ni explicarse por sí misma: es la herencia, ligeramente modificada, de una sujeción y de una expropiación que fueron directas.» Así habla el Sr. Dühring.

Tesis: El dominio de la naturaleza (por el hombre) supone el dominio del hombre (por el hombre).

Prueba: La explotación de la gran propiedad fondiaria jamás, ni en parte alguna, se ha realizado de otro modo que por medio de esclavos o de siervos.

Prueba de la prueba: ¿Cómo podría haber grandes propietarios fondiarios sin esclavos, puesto que el gran propietario fondiario, con su familia, pero sin esclavos, no podría cultivar sino una pequeña parte de lo que posee?

Así, a fin de probar que el hombre, para dominar la naturaleza, ha tenido primero que dominar el hombre, el Sr. Dühring cambia sin más procedimiento a la «naturaleza» en gran propietaria fondiaria, y esta gran propietaria fondiaria (quienquiera que sea su poseedor) en propiedad de un gran propietario fondiario que no puede cultivar su tierra sin servidores.

Pero, primeramente, «el dominio de la naturaleza» y la «explotación de la propiedad fondiaria», en manera alguna, son una sola y misma cosa. El dominio de la naturaleza se ejerce en la industria en una escala mucho más colosal que en la agricultura que, hasta el presente, se deja dominar por el tiempo que hace en lugar de dominar el tiempo.

En segundo lugar, si nos atenemos a la explotación de la gran propiedad fondiaria, se trata de saber a quién pertenece esa propiedad. En los albores de la historia de todos los pueblos civilizados encontramos, no al «gran propietario fondiario» que supone el Sr. Dühring—por uno de esos escamoteos acostumbrados de prestidigitador que él llama «dialéctica natural»—, sino a las comunidades de familia y de aldea que poseen la tierra en común. De la India a Irlanda la explotación de la gran propiedad fondiaria se ha practicado primitivamente por semejantes comunidades de aldea y de familia, y ora se cultivaba la tierra en común por cuenta de la comunidad, ora se la cultivaba en parcelas agrícolas aisladas y concedidas por la comunidad a las familias por un cierto tiempo, siendo común el uso del bosque y de los prados. Todo ello muéstrase de nuevo como característico de «los penetrantes estudios profesionales» del Sr. Dhring «en la esfera política y jurídica» que nada sabe de estas cosas y cuyos escritos acusan una total ignorancia de los trabajos, que hacen época, de Mauzer, acerca de la primitiva constitución de la marca germánica—base del derecho alemán entero y de la literatura que Mauzer, sobre todo, ha suscitado y que se acrece sin cesar—, la cual tiende a aprobar la existencia de la propiedad fondiaria en todos los pueblos civilizados de Europa y de Asia, y describe sus diversas formas de existencia y de disolución. En orden al derecho francés e inglés, el Sr. Dhring «había liberado toda tu ignorancia» por grande que fuese, y lo mismo ha hecho en orden al derecho alemán, en que aún es mayor. El hombre que se subleva, tan violentamente, contra el horizonte limitado de los profesores de la Universidad, está todavía hoy, por lo que respecta al derecho alemán, donde estaban esos profesores hace veinte años.

»Pura creación e imaginación», por parte del Sr. Dühring, es el afirmar que la explotación de la gran propiedad fondiaria exigia propietarios fondiarios y servidores. En todo el Oriente, donde el propietario del suelo es la comuna o el Estado, la misma palabra de propietario fondiario no existe en la lengua. A este propósito, el señor Dühring podría consultar los juristas ingleses que se han atormentado bien inútilmente en el Indostán para saber qué es propietario fondiario, como el ya difunto príncipe Enrique LXXII de Reuss-Greir-Schleitz-Lobenstein-Eberswalde, investigando lo que era un sereno. Los turcos fueron quienes introdujeron en Oriente, en el país que conquistaron, una especie de propiedad fondiaria feudal. Grecia aparece en la historia desde la época heroica, con una diferencia de condiciones, que evidentemente son producto de una larga prehistoria desconocida; pero allí también el suelo, en su mayor parte, se explota por propietarios independientes y las propiedades considerables de los nobles y de los jefes de tribu son una excepción y desaparecen, por otra parte, poco después. Italia ha sido roturada principalmente por campesinos, y cuando en los últimos tiempos de la República romana las grandes aglomeraciones de bienes, los latifundia, minaron a los campesinos propietarios y los reemplazaron por esclavos, reemplazaron, al mismo tiempo, el cultivo por la cría de ganados y condujeron, como ya sabia Plinio, Italia a la ruina: latifundia Italiam perdidere. En la Edad Media reinó en toda Europa, particularmente en la roturación de las tierras incultas, el cultivo campesino; poco importa, para la cuestión que estudiamos, saber si los campesinos tenían que pagar censo al señor feudal y cuáles eran esos censos. Los colonos de la Frisia, de la baja Sajonia, de Flandes y del bajo Rin que pusieron en cultivo el país arrancado a los eslavos al Este del Elba, lo hicieron en calidad de campesinos libres, en condiciones muy favorables por lo que concierne a las rentas y, en modo alguno, a título de prestaciones personales. En América del Norte, la mayor parte del país se puso en cultivo por el trabajo de los libres campesinos, mientras que los grandes propietarios del Sur, con sus esclavos y rapiñas, agotaron el suelo, que acabó por no producir más que pinos, de suerte que el cultivo del algodón tuvo que emigrar cada vez más al Oeste. En Australia y Nueva Zelanda fueron vanas todas las tentativas del Gobierno inglés para establecer artificialmente una aristocracia fondiaria. En suma: si exceptuamos las colonias tropicales y subtropicales, en que el clima prohibe al europeo el trabajo de los campos, se ve que el gran propietario fondiario, que somete a la naturaleza y rotura el suelo por medio de esclavos o siervos, es una pura creación de la imaginación; pues muy al contrario, allí donde aparece en la antigüedad, como en Italia, lejos de roturar los desiertos, trasforma los campos labrados por los campesinos en terrenos de pasto, y despuebla y arruina el país. Sólo en los tiempos modernos, cuando la densidad creciente de población ha elevado el valor de la tierra y, particularmente, cuando los progresos de la agronomía hace más utilizables aún los terrenos de mala calidad, sólo cuando la gran propiedad fondiaria comienza a participar de la roturación de las tierras incultas y de los prados—y esto, sobre todo, robando los terrenos comunales de los campesinos, lo mismo en Inglaterra que en Alemania—, es cuando sucede eso. Y ello no ha dejado de tener sus inconvenientes compensadores, pues por cada acre de terreno comunal que roturaron en Inglaterra los grandes propietarios fondiarios, transformaron en Escocia tres acres de tierra labrantía en pastos para carneros y aun en simples terrenos de caza mayor.

No tenemos para qué ocuparnos sino de la afirmación del Sr. Dühring, según la cual la roturación de vastos terrenos y, por consecuencia, de casi toda la tierra cultivada, «nunca ni en parte alguna se ha realizado de otro modo que por grandes propietarios y siervos», afirmación que, ya lo vimos, «supone» una ignorancia de la historia verdaderamente inaudita. No tenemos, por tanto, para qué cuidarnos de saber en qué medida, en diversas épocas, territorios enteramente o en gran parte cultivables, fueron labrados por esclavos (como en el apogeo de la Grecia), o por siervos (como en tiempos de las prestaciones de la Edad Media), ni saber cuál fue la función social de los grandes propietarios fondiarios en diferentes épocas.

Después que el Sr. Dühring nos ha presentado ese cuadro maestro de fantasía, en que no se sabe qué admirar más, si el escamoteo de la deducción o el falseamiento de la historia, exclama con aire triunfal: «Naturalmente, todas las demás clases de riqueza de repartición deben ser históricamente explicadas de una manera análoga», lo cual le ahorra evidentemente el trabajo de decir una sola palabra, por ejemplo, acerca del origen del capital.

Si el Sr. Dühring, al hacer del dominio del hombre por el hombre la condición previa del dominio de la naturaleza, quiso decir únicamente de un modo general que todo el actual estado económico, el grado alcanzado al presente en la evolución de la agricultura y de la industria, es el resultado de una historia social que se desarrolla a través de los antagonismos de clase, de las relaciones de soberanía y de servidumbre; dijo algo que hace tiempo—desde el Manifiesto comunista—ha llegado a ser un lugar común. Pero si trata de explicar la constitución de las clases y las relaciones de soberanía, y el señor Dühring no tiene nunca otra respuesta a estas cuestiones que la palabra «violencia», no estaremos ahora más adelantados que al principio. El solo hecho de que en todo tiempo los oprimidos y los explotados fueron en mayor número que los opresores y explotadores y, por consecuencia, que en aquéllos y no en éstos es en quienes existe la verdadera fuerza, esto sólo basta para evidenciar toda la locura de la teoría de la violencia. La cuestión, pues, siempre es el explicar las relaciones de soberanía y de servidumbre.

Han nacido de dos modos diferentes.

El momento mismo en que los hombres salen, por vez primera, del reino animal, en el sentido estricto de la palabra, es también aquel en que entran en la historia: aun semi-animales, brutales, impotentes frente a las fuerzas de la Naturaleza, ignorantes todavía de sus propias fuerzas, pobres, por tanto, como los animales y apenas más productivos que ellos. Entonces reina una cierta igualdad en las condiciones de existencia y también entre los jefes de familia una especie de igualdad en la posición social; al menos una ausencia de clases sociales que persiste aún en el estado comunal agrícola de los pueblos que siguen. En todas las comunidades, de este género, se encuentra desde el comienzo ciertos intereses comunes cuya defensa se confía necesariamente a individuos, aunque sea bajo el mando de la comunidad; juicio de los litigios, represión de las usurpaciones de los individuos de los derechos de otro, vigilancia de las aguas en los países cálidos, sobre todo, por último, funciones religiosas, en este estadio absolutamente primitivo y salvaje. Semejantes funciones se encuentran en las comunidades primitivas, en toda época, en las más antiguas marcas germánicas y aun hoy en el Indostán: naturalmente armadas de un cierto poder, constituyen el origen del poder del Estado. Poco a poco las fuerzas productivas aumentan; la densidad creciente de la población engendra intereses comunes aquí, antagónicos allá, entre las diversas comunidades; se agrupan en entidades más extensas, y esa misma agregación da lugar a una nueva división de trabajo: la creación de órganos destinados a defender los intereses comunes y a destruir los antagonismos. Dichos órganos, por el hecho mismo de representar los intereses comunes del grupo entero, con relación a cada comunidad en particular, ocupan una posición especial y muchas veces aun opuesta. Bien pronto se hacen todavía más independientes, en parte, por la herencia de las funciones que marchan por sí solas, en un mundo en que todo aún se produce según procesos naturales; en parte también por el hecho de que devienen cada vez más indispensables a medida que se multiplican los conflictos entre grupos. No tenemos para qué extendernos en consideraciones respecto a la cuestión de saber cómo esa independencia de la función social, con relación a la sociedad, se acrece con el tiempo hasta llegar a ser dominadora de la sociedad; cómo lo que era primitivamente un servidor se transforma poco a poco, cuando son favorables las circunstancias, en señor; cómo ese señor fue, según las conjeturas, déspota o sátrapa oriental, dinasta entre los griegos, jefe de tribu entre los celtas, etc.; en qué medida hizo, en fin, intervenir la fuerza en esa transformación y cómo los individuos dominantes aisladamente, se reunieron en una clase directiva. Ahora no se trata sino de asentar que la soberanía política se funda, en todas partes, en el ejercicio de una función social y la soberanía política no ha persistido ni fue durable, sino allí, donde se liberó efectivamente de esas funciones sociales. Sea cual fuere el número de los poderes despóticos que se han constituído y desaparecido en Persia y en el Indostán, todos sabían que ante todo estaban encargados de la empresa general de la irrigación de los valles, sin la cual allí la agricultura era imposible. Estaba reservado a los ingleses «ilustrados» olvidar eso en el Indostán, donde han dejado arruinarse los canales de regadío y las esclusas y donde sólo al presente descubren, por las hambres que retornan periódicamente, que se han olvidado de la única actividad que hubiera hecho su dominio en el Indostán, al menos tan legitimo como el de sus predecesores.

Mas al lado de ese modo de formarse las clases, hay otro. La división natural en el seno de la familia agrícola permitía, cuando se había llegado a cierto grado de bienestar, el introducir una o varias fuerzas de trabajo extrañas. Tal fue, en particular, el caso en aquellos países en que la antigua propiedad comunal del suelo ya no existía, o en que al menos, la antigua labranza colectiva había dado lugar a la explotación de parcelas de tierra por las familias. La producción estaba tan desarrollada, que la fuerza de trabajo del hombre podía entonces producir más de lo necesario para su simple mantenimiento; se disponía de medios para mantener fuerzas de trabajo más numerosas, e igualmente había medios de ocuparlas; la fuerza de trabajo adquiere un valor. Pero la comunidad y el grupo de comunidades de que formaba parte no ofrecía fuerzas disponibles o excedentes; la guerra las ofrecía y la guerra era tan antigua como la existencia simultánea de esos múltiples grupos sociales que vivían vecinos. Hasta entonces no se sabía qué hacer de los prisioneros de guerra, contentábanse con matarlos, o se los comían. Mas en el grado ahora alcanzado por «el estado económico» adquieren valor y se les deja la vida y se explota su trabajo. Así, la fuerza, en lugar de dominar el estado económico, por lo contrario, se puso al servicio de éste.

La esclavitud se había inventado y bien pronto fue la forma dominante de la producción en todos los pueblos que superaron el estado comunal primitivo, mas fue también una de las causas principales de su decadencia. Sólo la esclavitud hizo posible la división del trabajo entre la agricultura y la industria en vasta escala, y de ahí la expansión del mundo antiguo, del helenismo. Sin esclavitud no hay Estado griego; no hay arte ni ciencia griega; sin esclavitud no hay Imperio Romano y sin la base del helenismo y del Imperio Romano, no hay Europa moderna. Jamás deberíamos olvidar que todo nuestro desarrollo económico, político e intelectual supone un estado en que la esclavitud era tan necesaria como generalmente reconocida. En tal sentido, tenemos derecho a decir: sin esclavitud antigua, no hay socialismo moderno.

Fácil es tronar contra la esclavitud y otras cosas de ese género, en términos generales, y dar rienda suelta a la indignación moral acerca de la ignominia de tales instituciones; pero así no se dice más, por desgracia, que lo que todo el mundo sabe, esto es, que esas antiguas instituciones ya no responden a nuestra situación presente y a los sentimientos determinados por esa situación y nada nos enseña tocante al origen de esas instituciones, a la razón de su duración, y al papel que han representado en la historia. Ahora, si estudiamos de cerca este asunto, nos vemos obligados a declarar, por contradictoria y herética que pueda parecer la afirmación, que la introducción de la esclavitud ha sido un progreso, en las circunstancias en que se produjo. Es un hecho que la humanidad, nacida de la animalidad, ha tenido necesidad de medios bárbaros y casi animales para salir de la barbarie. Las antiguas comunidades, allí donde han subsistido, son desde hace millares de años las bases del sistema político más grosero, del despotismo oriental, desde la India a Rusia. Sólo alli donde se disolvieron los pueblos, por sí mismos, han progresado: su primer progreso económico ha consistido en el incremento y el desarrollo de la producción por medio del trabajo servil. Claro es que, en tanto el trabajo del hombre aún era poco productivo para no rendir sino algún excedente, el incremento de las fuerzas productivas, la extensión del comercio, el desarrollo del Estado y del derecho, el nacimiento del arte y de la ciencia no eran posibles sino por una mayor división del trabajo. El trabajo debía basarse en la gran división entre masas ocupadas en el simple trabajo manual y un reducido número de privilegiados que dirigían el trabajo, se ocupan del comercio, de los asuntos públicos y, más tarde, del arte y de la ciencia. La forma primitiva y más sencilla de esta división del trabajo fue precisamente la esclavitud.

Dados los antecedentes históricos del mundo antiguo, principalmente del mundo helénico, el progreso de pasar a una sociedad fundada en la lucha de clases no podía efectuarse sino mediante la esclavitud; y ello fue un progreso, aun para los esclavos, porque los prisioneros de guerra, entre los cuales se reclutaba la masa de esclavos, conservaban al menos la vida y no se les mataba como antes, o se les asaba como más antiguamente.

Y aprovechemos la ocasión para añadir que, hasta el presente, todos los antagonismos históricos entre clase explotadora y explotada, dominante y oprimida, se explican por la productividad relativamente escasa del trabajo humano. En tanto la población verdaderamente laboriosa estaba de tal modo ocupada en el trabajo indispensable que no le quedaba tiempo para ocuparse de los asuntos comunes de la sociedad (dirección del trabajo, asuntos públicos y jurídicos, arte, ciencia, etc.), preciso era subsistiese una clase especial que, emancipada del trabajo, cumpliese esa tarea, al mismo tiempo que aumentaba, en beneficio propio, la carga del trabajo impuesto a las masas laboriosas. Sólo la gran industria, con el desarrollo colosal que ha dado a las fuerzas productivas, y que permite repartir el trabajo entre todos los miembros de la sociedad sin excepción— de aquí restringir el tiempo de trabajo de cada uno, de tal modo que todos cuenten con tiempo suficiente para tomar parte en los asuntos generales, teóricos y prácticos, de la sociedad—sólo hoy ha llegado a ser superflua toda clase dominante y explotadora y aun ha llegado a ser un obstáculo para la evolución social; sólo al presente será inexorablemente eliminada, aun cuando posea «la fuerza inmediata.»

Cuando el Sr. Dühring pone mala cara al helenismo porque se fundaba en la esclavitud, podría también justamente reprochar a los griegos el que no tuvieran máquinas de vapor y telégrafo eléctrico. Y cuando afirma que nuestro salariado moderno no es sino herencia apenas modificada y suavizada de la esclavitud, y que no puede explicarse por sí misma (es decir, por las leyes económicas de la sociedad moderna), o eso es falso, o quiere decir solamente que la servidumbre, como la esclavitud, es una forma de sujeción y de dominación de clase, y eso todo muchacho lo sabe. Porque con igual razón podríamos decir que el salariado no puede explicarse sino como una forma atenuada de la antropofagia, empleo primitivo (y universal, según hoy se sabe), que se daba a los vencidos enemigos.

Ahora se ve claramente el papel que representa la violencia en la historia respecto a la evolución económica. Desde luego, todo poder político se funda en su origen en una función económica social y se acrece en aquella medida en que, a consecuencia de la disolución de las comunidades primitivas, los miembros de la sociedad se transforman en productores privados y se distinguen de día en día de cuantos administran las funciones genera les de la sociedad. En segundo lugar, cuando el poder político se ha emancipado de la sociedad y de servidor ha llegado a ser dueño, puede actuar en dos sentidos diferentes: O bien en el sentido y dirección de la evolución económica regular—y en ese caso no hay oposición entre una y otra, y la evolución económica se acelera—, o bien el poder político actúa en sentido opuesto y entonces, regularmente, es vencido por el desarrollo económico, salvo un pequeño número de excepciones. Estos casos de excepción son, particularmente, los de conquistas, en que bárbaros conquistadores han exterminado o arrollado la población de un país, o han devastado o dejado arruinarse fuerzas productivas que no sabían qué hacer de ellas: es lo que hicieron los cristianos en la España de los moros con la mayor parte de los trabajos de irrigación en que se basaba la muy adelantada agricultura y horticultura de éstos.

Toda conquista por un pueblo bárbaro perturba naturalmente la evolución económica y destruye numerosas fuerzas productivas; pero, en la inmensa mayoría de casos de conquista durable, el conquistador bárbaro se ve obligado a adaptarse al «estado económico» superior que surge de la conquista y es asimilado por el pueblo conquistado, y aun obligado frecuentemente a adoptar su lengua. Mas allí donde, exceptuados los casos de conquista, el poder público de un país se opone a su evolución económica, como ha sucedido en un momento dado a casi todo poder político, la lucha se termina siempre con la caída del poder político. Sin excepción, inexorablemente la evolución económica se ha abierto camino; ya hemos indicado el más reciente y notable ejemplo de ello: la Revolución francesa[1]. Si, en conformidad con la teoría del Sr. Dühring, el estado económico y con él la constitución económica de un país determinado dependiese simplemente del poder político, sería absolutamente imposible comprender por qué Federico-Guillermo IV no consiguió, después de 1848—a pesar de su «magnífico ejército»—, implantar el sistema corporativo de la Edad Media y otras monomanías románticas en los caminos de hierro, en las máquinas de vapor y en la gran industria de su país, que precisamente iba en vías de crecimiento; o explicar por qué el emperador de Rusia que, sin embargo, es más poderoso todavía, no puede ni pagar sus deudas ni aun mantener su «poder», sino por continuos empréstitos «al estado económico» de la Europa occidental.

Para el Sr. Dühring, la violencia es el mal absoluto; para él el primer acto de violencia es la caída, y toda su exposición es una jeremiada acerca del pecado original, que ha contaminado toda la historia hasta el presente, y acerca de la corrupción ignominiosa de todas las leyes naturales y sociales, por ese poder diabólico: la violencia. Mas la violencia juega también otro papel en la historia, tiene un papel revolucionario es, según la frase de Marx, la partera de toda vieja sociedad preñada de otra nueva sociedad, es el instrumento con ayuda del cual el movimiento social se abre paso y rompe formas políticas muertas; de todo esto el Sr. Dühring no dice una palabra. Sólo con suspiros y gemidos admite como posible que la violencia sea quizás necesaria para destruir la explotación económica... ¡desgraciadamente!, «porque la violencia—dice—desmoraliza siempre a quien usa de ella». ¡Y esto, cuando se sabe que gran auge moral e intelectual siguió a toda revolución victoriosa! ¡Y esto en Alemania, en que el choque violento a que el pueblo podría ser obligado, tendría al menos la ventaja de destruir el servilismo que ha penetrado la conciencia nacional, a consecuencia del rebajamiento de la guerra de los treinta años! ¿Y este espíritu de predicador, sin arranque, sin sabor y sin fuerza era quien pretendía imponerse al partido más revolucionario que conoce la historia?

  1. Economía política, cap. II. Teoría de la violencia (fin)