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Anti-Dühring/Segunda Parte/V

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V
TEORÍA DEL VALOR

Hace próximamente cien años se publicó en Leipzig un libro que tuvo, hasta principios del siglo XIX, treinta y tantas ediciones; que se esparció, que se distribuyó por el campo y la ciudad, por las autoridades, los predicadores y los filántropos de todo género, y se introdujo generalmente en las escuelas primarias como libro de lectura: este libro era El amigo de los niños, de Rochow. Dicho libro tenía por objeto enseñar a los jóvenes vástagos de los campesinos y artesanos su vocación y sus deberes respecto de sus superiores en la sociedad y en el Estado, e inspirarles la benéfica satisfacción de su suerte en la tierra de pan negro, de patatas, de prestaciones, de bajos salarios, de correcciones paternas y de otras cosas agradables; todo ello por medio de las ideas, vulgares entonces, del Aufklärung. Así se mostraba a la juventud de la ciudad y del campo cómo la Naturaleza ha ordenado todo sabiamente al obligar al hombre para que adquiera, mediante su trabajo, con qué vivir y satisfacerse, y cómo, por consecuencia, unos y otros deben sentirse felices por serles posible sazonar sus comidas con la dura labor, en lugar de ser como el rico que se divierte, que sufre su mal estómago, su ictericia y su constipación, y que no traga sino con desgana los bocados más selectos.

Los mismos lugares comunes que el viejo Rochow juzgaba buenos para los hijos de los campesinos sajones de su tiempo, nos los presenta el Sr. Dühring en las páginas 14 y siguientes de su Curso como ideas «absolutamente fundamentales» de la nueva economía política.

«Las necesidades humanas, como tales, están sometidas a leyes naturales: su exageración está contenida en límites que momentáneamente pueden transgredirse por acciones antinaturales, causas de disgusto, de odio de la vida, de decrepitud, de decadencia social y, por último, de un anonadamiento saludable... Un juego continuo, tejido de placeres, sin serio objeto, acaba bien pronto por debilitar y embotar toda facultad de sentir. El trabajo verdadero, en cualquier forma, es, pues, la ley social natural de los seres sanos... Si los instintos y las necesidades no tuvieran compensación, llevarían, por consecuencia, una vida pueril y no realizarían la evolución histórica de una vida cada vez más rica. Satisfechos sin límite y sin esfuerzo, agotaríanse bien pronto y no dejarían tras si sino una existencia vacía formada de intervalos de tedio y de pena hasta su retorno... Desde todos los puntos de vista, si los instintos y las pasiones no pueden satisfacerse sino después de superar obstáculos económicos, ello constituye una ley fundamental benéfica de la naturaleza exterior y de la naturaleza humana, etc.» Ya se ve que las más llanas soserías de Rochow festejan en el Sr. Dühring su centenario y han llegado a ser los «fundamentos profundos» del solo y único «sistema socialitario» verdaderamente crítico y científico.

Una vez así afirmados los fundamentos, el Sr. Dühring puede construir. Aplicando el método matemático da, desde luego, siguiendo el ejemplo del antiguo Euclides, una serie de definiciones, lo cual es tanto más cómodo cuanto puede desde el principio disponer esas definiciones, de tal suerte, que lo que debe probarse por medio de las mismas esté ya contenido parcialmente en ellas. De este modo aprendemos, desde luego, que el concepto fundamental de toda la economía hasta el presente se llama riqueza, y que la riqueza, tal cual se ha comprendido hasta hoy en la realidad de la historia universal, no es más que «el dominio económico sobre los hombres y las cosas», lo cual es doblemente falso. Primero, la riqueza, en las antiguas comunidades de familia y de aldea, no consistía, en manera alguna, en un dominio sobre los hombres. En segundo lugar, aun en las sociedades en que existe lucha de clases, la riqueza, en la medida en que implica un dominio sobre los hombres, es, sobre todo y exclusivamente, un dominio de los hombres por medio y por intermedio del dominio sobre las cosas. A partir de tiempos muy remotos, en que la explotación de los esclavos y su captura llegaron a ser oficios distintos, fué menester, para lo uno y para lo otro, adquirir el dominio sobre los hombres por el dominio previo sobre las cosas, sobre el precio de compra, sobre los medios de entretenimiento y los instrumentos de trabajo de los esclavos. Durante toda la Edad Media, la gran propiedad fondiaria es la condición previa bajo la cual la nobleza feudal llega a tener siervos que pagan pecho y efectúan prestaciones personales. Y hoy ya un niño de seis años ve que la riqueza domina a los hombres únicamente por mediación de las cosas de que dispone la riqueza.

Pero ¿qué obliga al Sr. Dühring a confeccionar esa falsa definición de la riqueza, a destruir la conexión real que ha existido en todas las sociedades divididas en clases? Es que necesita hacer pasar la riqueza del terreno económico al terreno moral. El dominio de las cosas va muy bien, pero el dominio de los hombres es cosa mala; y como el Sr. Dühring se ha prohibido a sí mismo explicar el dominio de los hombres por el de las cosas, puede de nuevo dar un golpe de maestro y explicar todo por su querida violencia. La riqueza, en tanto domina a los hombres, es la «rapiña»; así llegamos de nuevo a una reedición defectuosa de la vieja y antigua frase de Proudhon: «La propiedad es el robo.»

Por último, de ese modo, felizmente, hemos referido la riqueza a los dos puntos de vista fundamentales de la producción y de la repartición: riqueza como dominio sobre las cosas, como riqueza de producción, ¡bueno!; riqueza en la repartición, ¡malo! ¡fuera! Lo que, aplicado a la situación actual, quiere decir: La forma capitalista de producción es excelente y puede subsistir; pero la forma capitalista de repartición no vale nada y debe abolirse. A estos absurdos se llega cuando se escribe de economía sin haber comprendido siquiera la relación necesaria existente entre producción y repartición.

Después de la riqueza, define el valor como sigue: «El valor es el curso que las cosas y servicios económicos tienen en el comercio.» Tal curso responde «al precio o a otra palabra equivalente, por ejemplo, al salario». Dicho de otro modo, el valor es el precio. O más bien, para no perjudicar al Sr. Dühring y hacer patente el absurdo de su definición, en tanto es posible, en sus propios términos, el valor son los precios, porque en la página 19 dice: «el valor y los precios que le expresan en dinero», haciendo constar de ese modo que el mismo valor puede tener precios muy diferentes y, por consecuencia, también muchos valores diferentes. Si Hegel no hubiera muerto hace tiempo, se hubiera colgado; pues no llegara, con toda su teología a sostener ese valor que tiene tantos valores diferentes como precios. Es preciso tener toda la audacia del Sr. Dühring para comenzar una «fundación nueva y más profunda» de la economía, declarando que no hay diferencia entre precio y valor, sino que el uno se expresa en dinero y el otro no.

Pero todo ello no dice que sea el valor, y mucho menos de qué modo se determina. El Sr. Dühring se ve obligado a dar nuevas explicaciones: «En general, la ley fundamental de la comparación y la evaluación, en que descansa el valor y los precios que lo expresan en dinero, pertenece al orden de la producción, prescindiendo de la repartición, que sólo luego introduce un segundo elemento en el concepto del valor. Los obstáculos mayores y menores que opone la diversidad de condiciones naturales a los esfuerzos efectuados para procurarse las cosas—diversidad que obliga a gastos más o menos considerables de fuerza económica—, determinan también... el quantum del valor, «el cual se evalúa» según la resistencia que opone la naturaleza y las circunstancias a los esfuerzos para procurárselas. La medida en que concretamos nuestra propia fuerza en las cosas es la causa decisiva e inmediata de la existencia del valor, en general, y de su quantum en particular»[1].

Si lo dicho tiene sentido, quiere decir: El valor de un producto del trabajo está determinado por el tiempo necesario para producirle: lo cual ya sabíamos desde hace tiempo, sin el Sr. Dühring. Pero en lugar de decir la cosa sencillamente, es menester que la embrolle con sus palabras de oráculo. Es sencillamente falso que la medida en que se concreta su fuerza en una cosa cualquiera (para conservar su pomposo estilo), sea la causa decisiva e inmediata del valor y del quantum del valor, porque, ante todo, precisa saber en qué cosa se concreta la fuerza y, en segundo lugar, de qué manera se concretiza. Si uno fabrica una cosa que no tiene valor de uso para otro, toda su fuerza no produce un átomo de valor; si se obstina en fabricar a mano un objeto que una máquina produce veinte veces más barato, diez y nueve vigésimas partes de la fuerza que él concretiza en la cosa no producen, ni valor en general, ni una cantidad determinada de valor.

Además, es querer embrollarlo todo transformar el trabajo productivo que crea productos positivos, en un hecho puramente negativo, consistente en vencer obstáculos. Si así fuese, sería menester para obtener una camisa proceder aproximadamente así: primero, vencemos la resistencia que opone la simiente de algodón antes de sembrarse y de nacer, después la resistencia del algodón maduro que no quiere ser cogido, embalado y expedido, luego la que opone cuando se le quiere desembalar, cardar e hilar; por último, la del hilo que no quiere ser tejido, la del tejido que no quiere ser blanqueado y cosido y, al cabo, la de la camisa presta que no quiere ser vestida.

¿Para qué todas estas inversiones y todos esos contrasentidos? Para pasar por medio de la «resistencia» del valor de la producción—valor verdadero, pero hasta el presente puramente ideal—al «valor de repartición», falsificado por la violencia, el único que hasta ahora no se ha manifestado en la historia: «Además de la resistencia que opone la naturaleza, existe aún otro obstáculo puramente social... Entre el hombre y la naturaleza surge un poder que paraliza y traba, es el hombre. El hombre, si se le representa como único y aislado, se encuentra solo frente a la naturaleza... Muy distinta es la situación cuando uno se representa a otro segundo hombre que, espada en mano, ocupa los caminos que dan acceso a la naturaleza y sus recursos y para conceder el paso reclama un canon cualquiera. El segundo hombre... hace tributar por decirlo así al primero, y es causa de que el valor del objeto sea más grande de lo que sería sin ese obstáculo político y social para la adquisición y producción... Sumamente diversas son las formas particulares de esa exageración artificial del valor de las cosas que tiene por consecuencia y compensaciónes naturales una disminución correspondiente del valor del trabajo... por eso es una ilusión ver, desde luego, en el valor un equivalente, en el sentido propio del término, es decir, «algo que vale otro tanto» o un proceso de cambio conforme al principio de la igualdad de la prestación y de la contra-prestación... Por lo contrario, lo que caracteriza una teoría exacta del valor, es que el principio general e ideal de evaluación, no coincide con la forma particular que toma el valor, forma que descansa en la coacción de la repartición y se modifica con la constitución social, mientras que el valor económico verdadero no podría ser sino un valor adecuado a la naturaleza y no puede modificarse sino con los obstáculos naturales y técnicos que encuentra la pura y simple producción»[2].

El valor práctico de una cosa consiste, pues, según el Sr. Dühring, en dos elementos: primeramente, el trabajo que en ella se contiene y, en segundo término, el encarecimiento producido por el tributo impuesto «espada en mano». En otras palabras, el valor actual es el precio del monopolio. Si, pues, en conformidad a esa teoría del valor, todas las cosas tienen tal precio de monopolio, dos casos solos pueden ocurrir: o bien cada uno pierde como comprador cuanto ha ganado como vendedor (y entonces los precios han cambiado nominalmente, pero en realidad, en su relación recíproca, permanecen idénticos y todo queda lo mismo y es puramente ilusorio el famoso valor de repartición); o bien el pretendido encarecimiento causado por el tributo representa una suma de valor real, a saber, la producida por la clase trabajadora productora del valor y apropiada por la clase de los monopolizadores y, entonces, esa suma de valor consiste sencillamente en trabajo no pagado, en cuyo caso volvemos, a pesar del hombre que tiene la espada en mano, a pesar del pretendido encarecimiento debido al tributo y a pesar del pretendido valor repartición... a la teoría marxista de la supervalía.

Pongamos, sin embargo, algunos ejemplos de ese famoso «valor de repartición». Dice en la página 125 y siguientes: «Hay que considerar, igualmente, la determinación de los precios por la concurrencia individual como una forma de la repartición económica y un tributo que las gentes se imponen unos a otros... Si la cantidad de una mercancía necesaria cualquiera se disminuye de pronto considerablemente, los vendedores adquieren por este hecho un poder de explotación sin compensación... El aumento de precio puede alcanzar proporciones colosales, particularmente en las situaciones anormales en que la importación de artículos necesarios está contenida por mucho tiempo, etc.» Además, aun en el estado normal de los monopolios, hay casos que permiten una exageración arbitraria de los precios, por ejemplo, los caminos de hierro, las sociedades que proveen de agua o de gas del alumbrado a las poblaciones, etc.

Desde hace tiempo se conocía esos casos de explotación por el monopolio; pero lo nuevo es presentar los precios de monopolio, no como excepciones y casos particulares, sino precisamente como ejemplos clásicos del modo en que se determinan los precios actualmente. ¿Queréis saber lo que determina los precios de las cosas necesarias para la vida? Id a una ciudad sitiada en que nada entra y plantear la cuestión; tal es la respuesta del Sr. Dühring. ¿Qué acción ejerce la concurrencia en la fijación de los precios en los mercados? ¡Preguntárselo al monopolio, os responderá!

Por añadidura, aun en el caso de tales monopolios, imposible de descubrir el hombre de la espada que se nos decía; debe estar oculto detrás. Muy al contrario, en las ciudades sitiadas, el hombre de la espada, el jefe de la plaza, si cumple con su deber, pone pronto término al monopolio y se hace dueño de las cosas monopolizadas, en vista de un reparto igual. Además, los hombres de espada siempre que ensayaron el fabricar un «valor de repartición», no han recogido sino malos negocios y pérdidas de dinero. Los holandeses monopolizando el comercio de las Indias Orientales, han arruinado su comercio y su monopolio. Los más poderosos gobernantes que han existido, el gobierno revolucionario de los Estados Unidos y la Convención nacional de Francia, tuvieron la presunción de querer fijar los precios máximos, y fracasaron lamentablemente. El gobierno ruso se afana, desde hace años, por elevar en Londres, mediante la compra continua de letras de cambio libradas contra Rusia, el curso del papel-moneda que hace bajar Rusia, con la emisión no menos continua de billetes de Banco no reembolsables; y ese juego le ha costado en poco años cerca de sesenta millones de rublos, y el rublo, en vez de valer hoy más de tres marcos, vale menos de dos. Si la espada tiene el misterioso poder económico que le atribuye el Sr. Dühring, ¿por qué ningún gobierno ha logrado dar por algún tiempo a la mala moneda el «valor de repartición» de la buena y a los asignados el del oro? ¿Y dónde está la espada que gobierna el mercado mundial?

Además, hay una forma principal en la que el valor de repartición hace posible la apropiación de los productos del trabajo de otro sin prestación recíproca: la renta de posesión, es decir, la renta de la tierra y el interés del capital. Por el momento, nos limitamos a tomar nota, a fin de poder decir que aprendemos en junto acerca de este famoso «valor de repartición». ¿Todo? No, sin embargo, escuchad:

A pesar del doble punto de vista desde el cual se reconocen el valor de producción y el valor de repartición, queda, no obstante, siempre algo de común como base de uno y otro; una cosa en que consisten todos los valores y por cuya mediación son por tanto medidas. La medida inmediata y natural es el gasto de fuerza, y la unidad más simple es el trabajo humano, en el sentido más brutal de la palabra, y este último se refiere al tiempo de existencia cuyo mantenimiento representa nuevamente una cierta suma de obstáculos superados para la nutrición y la vida. El valor de repartición o de apropiación no existe en estado puro y exclusivo, sino allí donde se cambia el poder de disposición sobre las cosas que no se ha producido, o hablando más sencillamente, allí donde estas cosas se cambian por prestaciones o cosas cuyo valor de producción es real. El elemento idéntico que se significa y representa en toda expresión de valor, y por consecuencia, tambien en las partículas de valor apropiadas por vía de repartición y sin prestación recíproca, es el gasto de fuerza humana que se incorpora en toda mercancía»[3].

¿Qué tenemos que añadir? Si el valor de todas las mercancías se mide por el gasto de fuerza humana incorporada en las mercancías, ¿dónde están el valor de repartición, el encarecimiento y el tributo impuesto? El señor Dühring nos dice sin duda que, cosas no producidas, incapaces por consecuencia de poseer un valor verdadero, pueden recibir, igualmente, un valor de repartición y ser cambiables por cosas producidas y que tienen un valor. Pero, al mismo tiempo, dice: todos los valores y por consecuencia los valores de repartición puros y exclusivos, consisten en el gasto de fuerza que en ellos se incorpora. Mas, por desgracia, no nos enseña cómo un gasto de fuerza puede incorporarse en una cosa no producida. Lo que parece resultar a la postre de todas estas andanzas de valores es, que el valor de repartición, el encarecimiento de las mercancías impuesto artificialmente por la posición social, el tributo exigido espada en mano, para en nada, y que el valor de las mercancías se determina únicamente por el gasto de fuerza humana, es decir, por el trabajo que en ellas se incorpora. Prescindiendo de la renta de la tierra y de algunos precios de monopolio, ¿el Sr. Dühring se limitaría a repetir, en términos más vagos y confusos, cuanto había dicho hace tiempo, pero de una manera más clara y precisa la teoría del valor tan cacareado de Ricardo y de Marx?

El lo dice y dice en la misma frase lo contrario. Marx, tomando como punto de partida las indagaciones de Ricardo, escribe: El valor de los objetos se determina por el trabajo humano en general, por el trabajo socialmente necesario, el cual se mide por el tiempo de trabajo. El trabajo es la medida de todos los valores, pero en sí mismo no tiene valor.

El Sr. Dühring, después de haber afirmado igualmente que el trabajo es la medida del valor, continúa: Se refiere al tiempo de existencia, cuyo mantenimiento representa, a su vez, una cierta suma de obstáculos superados para la nutrición y la vida. «Prescindamos de la confusión (que se funda pura y simplemente en el deseo de ser original) entre el tiempo de trabajo—el único de que aquí se trata—y el tiempo de existencia que jamás, hasta ahora, ha creado ni medido el valor; prescindamos igualmente de la falsa apariencia «socialitaria» que debe crear la palabra de «entretenimiento», de ese tiempo de existencia—pues desde que el mundo es mundo, y en tanto perdure, cada cual tendrá que mantenerse él mismo en cuanto absorberá cuanto necesita para su existencia—; admitamos que el Sr. Dühring se haya expresado con precisión y en el lenguaje de la economía política; o la frase citada nada significa o quiere decir que el valor de un objeto se determina por el tiempo de trabajo incorporado en el mismo y el valor de este tiempo de trabajo, a su vez, por los medios de existencia necesarios para el mantenimiento del trabajador durante ese tiempo; lo cual significa que en la sociedad actual el valor de un objeto se determina por el salario de trabajo contenido en tal objeto.

Y henos, al cabo, que hemos alcanzado el propio pensamiento del Sr. Dühring: el valor de un objeto se determina, en el lenguaje habitual de los economistas, por el costo de producción. Carey, por lo contrario, «ha mostrado, con evidencia, que cuanto determina el valor no son los gastos de producción, sino los gastos de reproducción[4]. Más tarde veremos lo que hay acerca de esos gastos de producción y de reproducción: como se sabe, consisten en el salario del trabajo y el interés del capital. El salario del trabajo representa «el gasto de trabajo» incorporado al objeto, o sea el valor de producción; el interés, el tributo o encarecimiento impuesto por el capitalista en virtud de su monopolio, por la fuerza de la espada que lleva en mano, o sea el valor de repartición. De esta manera, toda confusión y contradicción, en la teoría del valor del Sr. Dühring, se resuelve finalmente en la más hermosa y armónica claridad.

La determinación del valor de los objetos por el salario del trabajo, que se encuentra frecuentemente en Adam Smith, al lado del valor determinado por el tiempo de trabajo, está desterrada de la economía política científica desde Ricardo, y no hace de las suyas sino en las obras de vulgarización económica. Los más necios sicofantes del orden social capitalista dominante son los que predican al pueblo la determinación del valor por el salario del trabajo, y al mismo tiempo muestran el interés del capitalista como una especie superior de salario del trabajo, como salario de abstinencia, porque el capitalista no ha derrochado su capital, como prima por el riesgo de su empleo, como salario de dirección de la empresa, etcétera; el Sr. Dühring no se distingue de esos economistas, sino porque declara que el interés es un robo, o dicho de otra manera, funda directamente su socialismo en el peor género de economía corriente. Y su socialismo vale exactamente cuanto vale esa economía corriente: la vida y muerte de una y otra son solidarias.

Por tanto, la cosa está muy clara: lo que produce un trabajador y lo que cuesta son cosas tan distintas como lo que produce una máquina y lo que ella cuesta. El valor que un trabajador produce en una jornada de trabajo de doce horas, nada tiene de común con el valor de los medios de vida que consume durante esa jornada de trabajo y el alto de reposo correspondiente. Según el grado alcanzado en la evolución de la productividad del trabajo, puede que se haya incorporado en esos medios de vida un tiempo de trabajo de tres, cuatro o siete horas. Supongamos que para fabricarlos haya sido preciso siete horas de trabajo; según la teoría vulgar admitida por el Sr. Dühring, el producto de doce horas de trabajo tiene el valor del producto de siete horas de trabajo; es decir, doce horas de trabajo son iguales a siete horas de trabajo, o 12 = 7. Hablando más claramente: un trabajador del campo, no importa en qué condición social, produce durante el año una cantidad de cereales, veinte hectolitros de trigo, supongamos; consume durante ese tiempo una suma de valores que se expresan en una suma de quince hectolitros de trigo; entonces los veinte hectolitros de trigo tienen el mismo valor que quince hectolitros, esto en el mismo mercado y en igualdad de condiciones por otra parte: en otros términos, 20=15, ¡y a esto se llama economía política!

La sociedad humana se eleva por cima del salvajismo animal a partir del día en que el trabajo de la familia ha creado más productos de cuantos necesitaba para mantenerse; a partir del día en que una parte del trabajo pudo consagrarse a la fabricación, es decir, en que contaba, no sólo con medios de existencia, sino con medios de producción. El excedente del producto del trabajo respecto a los gastos de entretenimiento del trabajo, la creación y el incremento, gracias a ese excedente, de un fondo social de producción y de reserva, tal ha sido y es todavía la base de todo progreso social, político e intelectual. Hasta ahora, en la historia, dicho fondo estuvo en posesión de una clase privilegiada, a la cual, al mismo tiempo que tal posesión, les tocó la soberanía política y la hegemonía intelectual. La perturbación social que se avecina hará que, por primera vez en la historia, dicho fondo de producción y de reserva sea realmente social; es decir, que la masa total de primeras materias, que los instrumentos de producción y los medios de existencia sean sociales, al arrancarlos de manos de esa clase privilegiada y al asignarlos, como bien común, a la sociedad entera.

Una de dos cosas: Si suponemos que el valor de los objetos se determina por los gastos de entretenimiento del trabajo necesario para producirlos—o sea, en la sociedad actual, por el salario del trabajo—, entonces cada trabajador recibe en su salario el valor del producto de su trabajo, y la explotación de la clase asalariada por la capitalista resulta una imposibilidad. En efecto; admitamos que en una sociedad dada los gastos de manutención del trabajo se expresen por la suma de tres marcos; entonces el producto diario del trabajador, según la teoría de la economía vulgar de que antes hablamos, tiene un valor de tres marcos. Admitamos ahora que el capitalista que ocupa a ese trabajador impone a ese producto un peaje de un marco y lo vende a cuatro marcos. Los demás capitalistas hacen lo mismo, pero desde ese momento el trabajador no puede vivir un día con tres marcos, pues para ello necesita cuatro marcos. Mas como hemos supuesto, por otra parte, que el conjunto de condiciones no se ha modificado, es menester que el salario del trabajo expresado por los medios de existencia sea el mismo, es preciso que el salario del trabajo expresado en moneda suba en la proporción de tres a cuatro marcos por día. Lo que los capitalistas sustraen a la clase trabajadora en forma de interés, es menester que se lo reintegren en forma de salario. Estamos exactamente en el mismo punto que al empezar; si el salario del trabajo es que determina el trabajo, la explotación del trabajador por el capitalista es imposible. Igualmente es imposible la formación de un excedente de productos, pues hemos supuesto que los trabajadores consumen exactamente tantos valores como producen, y como los capitalistas no producen ningún valor, no se ve de qué podrían vivir. Y si tal excedente de la producción respecto del consumo, si tal fondo de producción y de reserva es, sin embargo, real y está en manos de los capitalistas, no hay más que una explicación posible, y es, que los trabajadores no consumen para mantenerse, sino valores de objetos, mientras que los objetos mismos se les deja a los capitalistas para una utilización ulterior.

La segunda alternativa es ésta: dado que los fondos de producción y de reserva, de hecho, están en manos de los capitalistas; dado que se han originado de la acumulación del interés (prescindimos por el momento de la renta de la tierra), necesariamente están constituídos por la acumulación del excedente del producto del trabajo entregado a la clase capitalista por los trabajadores sobre la suma del salario del trabajo pagado a la clase trabajadora por los capitalistas. Pero entonces, el valor se determina, no por el salario del trabajo, sino por la cantidad de trabajo; entonces, la clase trabajadora entrega a la clase capitalista, con el producto del trabajo, una mayor cantidad de valor de la que recibe en forma de salario del trabajo; y entonces, el interés del capital se explica, como todas las demás formas de apropiación del producto del trabajo de otro no pagado, sencillamente como un elemento de la supervalía que Marx ha descubierto.

Digámoslo de paso: Del gran descubrimiento que Ricardo pone a la cabeza de su obra capital[5]. «El valor de un objeto depende de la cantidad de trabajo necesario para fabricarle, y no del salario más o menos elevado que se paga por ese trabajo»; de ese descubrimiento, que forma época, no se trata en manera alguna en su Curso de economía, se le despacha en estilo de oráculo con una frase de la Historia crítica. Ricardo no ha pensado que la medida más o menos larga, en que el salario puede indicar las necesidades de la vida (!), lleva consigo fatalmente formas diferentes de la constitución del valor; frase bajo la cual el lector puede poner cuanto quiera y bajo la cual hará muy bien en no poner nada.

Y ahora el lector, puede elegir lo que le plazca entre los cinco géneros de valor que nos ofrece el Sr. Dühring: primero, el valor de producción que proviene de la naturaleza; segundo, el valor de producción creado por la perfidia de los hombres y caracterizado por el hecho de medirse por el gasto de fuerza no contenido en él; tercero, el valor que se mide por el tiempo de trabajo; cuarto, el que se mide por el costo de producción; y quinto, el que tiene por medida el salario del trabajo. La elección es grande, la confusión completa. No nos queda sino exclamar con el Sr. Dühring: «¡La teoría del valor es la piedra de toque de la excelencia de los sistemas económicos!»

  1. Cursus der Nationalökonomie, 1.ª parte cap. II. Riqueza y valor. Productividad y rentabilidad pág. 27.
  2. Cursus der Nationalökonomie, pág. 26-29.
  3. Cursus der Nationalökonomie, pág. 21-24.
  4. Kritische Geschichte der Nationalökonomie, pág. 40.
  5. Principles of political economy and taxation, 1817, lib. I cap. I.