Anti-Dühring/Segunda Parte/VII
VII
CAPITAL Y SUPERVALÍA
«El Sr. Marx no se forma del capital la idea corriente en economía política, según la cual es un medio de producción a su vez producido, sino que trata de reducirlo a un concepto más especial, dialéctico e histórico, sujeto a las transformaciones de los conceptos y de la historia. El capital, según él, nace de la moneda y constituye una fase histórica que comienza en el siglo XVI, con los elementos del mercado mundial que se pretende encontrar en esta época. Evidentemente, el rigor del análisis económico desaparece en tal concepto. En este imaginar caprichoso, que quieren ser semihistóricos y semilógicos—y que de hecho no son sino productos bastardos de la fantasía histórica y lógica—la facultad de distinción del entendimiento se desvanece al mismo tiempo que toda probidad en el uso de los conceptos»... ¡y toda una página está escrita en ese estilo! «La definición marxista del concepto del capital no puede menos de introducir la confusión en la economía política rigurosa... son ligerezas que se presentan como profundas verdades lógicas... bases frágiles, etc.» Así, según Marx, el capital nacería de la moneda a comienzos del siglo XVI; es como si se dijera que la moneda metálica ha nacido hace tres mil años del ganado, porque en otro tiempo el ganado, entre otras cosas, ha cumplido funciones de moneda. Sólo el señor Dühring es capaz de expresiones tan groseras e inhábiles. En el análisis que hace Marx de las formas económicas en cuyo seno se opera el proceso de la circulación de las mercancías, la moneda aparece como la forma última realizada. «Este último producto de la circulación de las mercancías es la primer forma bajo la cual se manifiesta el capital. Históricamente el capital se opone en todas partes a la propiedad territorial, desde luego en forma de moneda, de fortuna en dinero, de capital mercantil y de capital usurario... Diariamente vemos ante nuestra vista cómo la historia acontece: todo nuevo capital hace su primera aparición en escena, es decir, en el mercado (mercado de objetos, mercado de trabajo o mercado de dinero), en forma de moneda, la cual, pasando por procesos determinados, se muda en capital...» He ahí, pues, también un hecho que Marx hace constar. El Sr. Dühring, en su impotencia de ponerlo en duda, lo deforma, y dice: «El capital nace de la moneda!»
Entonces Marx estudia los procesos en virtud de los cuales la moneda se transforma en capital y descubre, en primer término, que la forma en que la moneda circula como capital es la inversión exacta de la forma en que circula como equivalente general de objetos. El simple poseedor de mercancías vende para comprar; vende aquello que no necesita y compra con dinero, así ganado, lo que ha menester. El capitalista, como capitalista, compra aquello que no necesita; compra para vender, y para vender más caro, para recobrar el valor en moneda, primitivamente entregada en la compra, pero para recobrarla aumentada por un excedente en dinero: dicho excedente es lo que Marx llama supervalía.
¿Cuál es el origen de tal supervalía? No puede provenir de que el comprador haya comprado los objetos por bajo de su valor, ni tampoco de que el vendedor los venda por cima de su valor. En efecto, en esos dos casos las ganancias y las pérdidas de cada uno se compensan recíprocamente, puesto que cada uno de ellos sucesivamente es comprador y vendedor; no puede tener por origen la estafa, porque la estafa puede muy bien enriquecer a uno a expensas de otro, pero no puede aumentar la suma total poseída por uno y por otro, ni, por consecuencia, la suma de valores en circulación. «La clase capitalista de un país, considerada en su conjunto, no puede engañarse.»
Y, sin embargo, nosotros vemos que la clase capitalista de cada país, considerada en conjunto, constantemente se enriquece a nuestra vista, vendiendo más caro de lo que compra, apropiándose la supervalía. Hemos llegado al punto de que partimos: ¿de dónde proviene la supervalía? Tal cuestión hay que resolverla de una manera puramente económica, prescindiendo de toda estafa, de una intervención violenta cualquiera: ¿cómo es posible vender constantemente más caro de lo que se compra, aun en la hipótesis, de que valores iguales se cambian siempre por valores iguales?
La solución de esta cuestión constituye el mérito más decisivo de la obra de Marx, e ilumina brillantemente todas las cuestiones económicas en que hasta ahora, socialistas no menos que economistas burgueses se agitaban en espesas tinieblas. De ella data y alrededor de ella se agrupa el socialismo científico.
He aquí la solución. El aumento de valor de la moneda, que se transforma en capital, no puede provenir de esa moneda ni de la compra, puesto que esa moneda realiza, en tal caso solamente, el precio del objeto, y ese precio, puesto que suponemos que se cambian valores iguales, no es diferente del valor. Por dicha razón también el incremento de valor no puede provenir de la venta del objeto. Es preciso, pues, que el cambio tenga relación con el objeto que se compra, no con su valor, puesto que se compra y vende en su valor, sino con su valor de uso como tal, o dicho de otro modo, el cambio de valor debe resultar del uso del objeto.» Para sacar valor de uso de una cosa sería menester que el poseedor de dinero fuese bastante feliz para descubrir en el mercado una mercancía cuyo valor de uso poseyera esa propiedad especial de ser fuente de valor; una mercancía cuya utilización efectiva fuese también, en sí misma, objetivación de trabajo y, por consecuencia, creación de valor. El poseedor de dinero encuentra en el mercado esa mercancía específica: la capacidad de trabajo o fuerza de trabajo. Si, como hemos visto, el trabajo como tal no puede tener ningún valor, no es ese el caso para la fuerza de trabajo, pues ésta recibe un valor cuando deviene mercancía (lo que de hecho es hoy), y su valor se determina, «como el de cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo necesario para la producción y reproducción de este artículo específico», es decir, por el tiempo de trabajo necesario para crear los medios de existencia que el trabajador ha menester para mantenerse en condiciones de trabajar y de perpetuar su raza. Supongamos que esos medios de existencia representen, día por día, un tiempo de trabajo de seis horas. Nuestro nuevo capitalista, que para hacer su negocio compra fuerza de trabajo, es decir, que loga un trabajador, le paga, pues, el valor completo de su trabajo diario si le paga una suma de dinero que representa igualmente seis horas de trabajo. Por consiguiente, cuando el obrero ha trabajado durante seis horas, al servicio del nuevo capitalista, le ha reembolsado plenamente de su desembolso, del valor diario de la fuerza de trabajo que el capitalista le ha pagado: si las cosas pasaren de esa suerte, el dinero no se transformaría en capital y no engendraría la supervalía. Por esa razón el comprador de fuerza de trabajo tiene una idea muy diferente de la naturaleza del negocio que acaba de cerrar. Seis horas de trabajo serían necesarias solamente para permitir al trabajador vivir durante veinticuatro horas, pero eso no quita para que el trabajador trabaje doce horas de las veinticuatro. El valor de la fuerza de trabajo y el precio que recibe, en el proceso del trabajo, son dos cosas distintas. El poseedor del dinero ha pagado el valor diario de la fuerza de trabajo; en consecuencia, tiene derecho a utilizarle durante toda la jornada, y a él pertenece el trabajo de toda la jornada. El valor que crea durante un día la utilización de esta fuerza de trabajo, es dos veces mayor que su propio valor diario: pero eso es una felicidad especial de que se beneficia el comprador; y, según las leyes del cambio de mercancías, no constituye ninguna injusticia para el vendedor. De esta manera, como hemos supuesto, el trabajador cuesta al poseedor del dinero todos los días, el valor del producto de seis horas de trabajo; pero él le da todos los días el valor del producto de doce horas de trabajo. Diferencia en beneficio del poseedor del dinero: seis horas de supertrabajo no pagado, un superproducto no pagado, en el cual se incorporan seis horas de trabajo. La obra maestra se ha realizado. La supervalía se ha producido y el dinero se ha transformado en capital.
Mostrando de este modo cómo se origina la supervalía y cómo la supervalía sólo puede originarse bajo el imperio de las leyes que rigen el cambio, Marx ha descubierto el mecanismo del modo actual de producción capitalista y la forma de apropiación que de ella deriva, poniendo al desnudo el núcleo alrededor del cual ha cristalizado todo el orden social presente.
Por tanto, esa creación del capital tiene una condición fundamental. Para transformar el dinero en capital es menester que el poseedor de dinero encuentre en el mercado de mercancías el libre trabajador; libre en el doble sentido de que, como persona libre, dispone de su fuerza de trabajo como mercancía, y, por otra parte, no tiene ninguna otra mercancía que vender; libre y exento de todo; libre de todas las cosas que le serían necesarias para realizar su fuerza de trabajo. Mas esa relación entre los poseedores del dinero o de mercancías, de una parte, y de hombres que no poseen sino su propia fuerza de trabajo, de otra; esa relación no depende de las ciencias de la naturaleza, ni tampoco es común a todos los períodos de la historia: «Esta relación evidentemente es el resultado de una evolución histórica anterior, el producto de la desaparición de toda una serie de formaciones, más antiguas, de la producción social.» Y, en efecto, esos trabajadores libres aparecen en compactas masas en la historia, por primera vez, hacia fines del siglo XV y comienzos del XVI, como consecuencia de la disolución del régimen feudal de producción. De aquí, y por la creación contemporánea del comercio mundial y del mercado mundial, se da la base sobre la cual debía transformarse progresivamente en capital la masa de riqueza mueble existente y asentarse progresivamente el imperio exclusivo de un modo de producción, cuyo fin sea la creación de supervalía.
Hasta aquí hemos seguido las «concepciones caprichosas» de Marx, esos «productos bastardos de la fantasía histórica y lógica» en que «la facultad de distinción del entendimiento se desvanece al mismo tiempo que toda probidad en el uso de los conceptos». Opongamos a esas «ligerezas» las «profundas verdades lógicas» y el «carácter científico definitivo y riguroso, en el sentido de las disciplinas exactas», de las teorías que nos presenta el señor Dühring.
Marx no tiene del capital «la idea corriente en economía política, según la cual es un medio de producción»; en lugar de eso dice que una suma de valores no se transforma en capital sino cuando forma supervalía. ¿Y qué dice el Sr. Dühring? «El capital es fuente de instrumentos de poder económico para la continuación de la producción y de la apropiación de una parte de los frutos de la fuerza de trabajo general.» Por obscura que sea la expresión de esta nueva idea, una cosa es cierta, sin embargo: que la fuente de instrumentos de poder económico podría perpetuar la producción indefinidamente, pues, según la opinión del Sr. Dühring, no da capital en tanto no conduce a «la apropiación de una parte de los frutos de la fuerza de trabajo general, es decir, de la supervalía, o al menos, del superproducto». No sólo, pues, el Sr. Dühring comete la misma herejía que reprocha a Marx contra la idea corriente en economía política en cuanto al capital, sino que comete también un plagio desgraciado y mal encubierto por pomposas expresiones de las ideas de Marx.
En la página 262 tal idea recibe un nuevo desarrollo «El capital, en el sentido social» (un capital, en el sentido no social, es aún cosa por descubrir), es específicamente distinto del puro instrumento de producción. En efecto, mientras que este último tiene un carácter técnico y siempre y en todas partes se muestra beneficioso, el capital manifiéstase por su fuerza social de apropiación y de expoliación. El capital social no es, en gran parte, sino el medio técnico de producción en su función social, y esta función, precisamente, es la que debe desaparecer. Si pensamos que precisamente Marx es quien primero ha llamado la atención acerca de la «función social» que únicamente puede transformar una suma de valor en capital, «será evidente para todo observador atento, que la definición marxista de la idea de capital no puede menos de introducir la confusión», no como piensa el Sr. Dühring en la economía política rigurosa, sino pura y simplemente en la cabeza del Sr. Dühring, que ha olvidado ya en la Historia crítica el amplio uso que ha hecho en su Curso de dicha idea de capital.
Sin embargo, el Sr. Dühring, no contento con tomar de Marx, aunque sea en una forma «corregida», su definición del capital, le sigue también a través de las «transformaciones de los conceptos y de la historia»; bien que él sepa, sin embargo, que de ahí no puede salir sino «imaginar caprichoso», «ligerezas», «bases frágiles», etc. ¿De dónde viene el capital, esa «función social» que le permite apropiarse los frutos del trabajo ajeno, y que, por sí solo, le distingue del simple instrumento de producción? No se funda, dice el Sr. Dühring, «sobre la naturaleza de los instrumentos de producción y sobre su necesidad técnica»; ha nacido, pues, en la historia. Y el señor Dühring se limita a repetir en la página 252 lo que ha dicho veinte veces: explica el origen del capital por la famosa aventura de los dos individuos, uno de los cuales, desde los comienzos de la historia, transforma su instrumento de producción en capital por el hecho de someter al otro por la violencia. Y no contento con asignar a la función social (en virtud de la cual una suma de valor deviene capital) un origen histórico, el Sr. Dühring profetiza también su fin histórico: «precisamente ésta es la que debe desaparecer». Un fenómeno que ha nacido históricamente y que desaparece históricamente, se dice, en lenguaje corriente, que es una «fase histórica». El capital es una fase histórica, no sólo para Marx, si que también para el Sr. Dühring; y así nos vemos obligados a sacar la conclusión de que estamos entre jesuítas: si dos hombres hacen la misma cosa, pues... ¡no es la misma cosa! Cuando Marx dice que el capital es una fase histórica, esto es, «un imaginar caprichoso, producto bastardo de la fantasía histórica y lógica, en que desaparece la facultad de distinción al mismo tiempo que toda probidad en el empleo de los conceptos»; y cuando el Sr. Dühring presenta igualmente el capital como una fase histórica, eso es señal del poder del análisis económico, de su carácter científico definitivo y riguroso en el sentido de las disciplinas exactas.
¿Qué distingue la idea que se forma el señor Dühring del capital, de la de Marx?
«El capital, dice Marx, no ha inventado el supertrabajo. Donde quiera que una parte de la sociedad tiene el monopolio de los instrumentos de producción, fatalmente, el trabajador libre o no libre debe añadir, al tiempo de trabajo necesario para mantenerle, un tiempo de trabajo suplementario, a fin de producir los medios de existencia necesarios para el propietario de los instrumentos de producción.» El sobretrabajo, el trabajo más allá del tiempo necesario para el sostenimiento del trabajador y la apropiación del producto de este sobretrabajo por otro, la explotación del trabajo, son comunes a todas las formas de sociedad hasta el día, en la medida en que reina la lucha de clases. Mas sólo cuando el producto de ese supertrabajo reviste la forma de supervalía; sólo cuando el propietario de los medios de producción encuentra ante él, como sujeto de explotación, al trabajador libre (libre de los vínculos sociales y libre de toda cosa que pudiera pertenecerle) y que explota en vista de la producción de mercancías, sólo entonces, según Marx, el instrumento de producción toma la forma específica de capital. Y esto es lo que se produjo en grande escala a fines del siglo XV y comienzos del XVI.
Para el Sr. Dühring, por lo contrario, toda suma de instrumentos de producción es capital «que se apropia una parte de los frutos de la fuerza de trabajo general» y, por consecuencia, crea supertrabajo en una forma cualquiera. En otros términos, el Sr. Dühring se apropia el supertrabajo descubierto por Marx para anonadar la supervalía igualmente descubierta por Marx, y que, por el momento, no le conviene. Así, según el Sr. Dühring, no sólo la riqueza mueble e inmueble de los ciudadanos atenienses y corintos que utilizan el trabajo servil, sino aun la de los grandes propietarios de la tierra, romanos de la época imperial y, en igual grado, la de los barones feudales de la Edad Media, por poco que sirvieren en algún modo a la producción; todas, sin distinción alguna, constituyen el capital.
El Sr. Dühring tiene, pues, del capital, «no la idea común, según la cual es un instrumento de producción producido», sino una idea enteramente opuesta que comprende aun los instrumentos de producción no producidos, esto es, la tierra y los recursos que suministra la naturaleza. Pero esa misma idea—que el capital es simplemente un instrumento de producción no producido—no es corriente sino en la economía política vulgar. Fuera de esa economía vulgar, tan querida del Sr. Dühring, «el instrumento de producción producido», o de un modo general, una suma cualquiera de valores, no deviene capital sino cuando da un beneficio o interés, es decir, cuando se apropia en forma de supervalía, y más precisamente bajo esos dos aspectos de la supervalía, el superproducto del trabajo no pagado. Es absolutamente indiferente en particular que toda la economía burguesa alimente el prejuicio de que la propiedad de producir beneficio o interés pertenezca necesariamente a toda suma de valores que, en condiciones normales, esté interesada en la producción o en el cambio. Capital y beneficio, capital e interés son tan inseparables para la economía clásica, como están en igual relación de reciprocidad causa y efecto, padre e hijo, ayer y hoy. Mas la palabra capital, en su significado económico moderno, no aparece sino en el momento en que aparece la cosa, en que la riqueza mueble reviste la función de capital, es decir, cuando explota el supertrabajo de los trabajadores libres en vista de producir mercancías; y la expresión de capital se introduce por la primer nación de capitalistas que se presenta en la historia, por los italianos del siglo XV y XVI. Y si Marx es el primero en analizar a fondo la forma de producción especial al capital moderno; si Marx pone de acuerdo el concepto de capital con los hechos históricos—de que en último análisis había sido abstraído, y a que debía su existencia—; si Marx ha desglosado ese concepto económico de las ideas obscuras y vagas que permanecían adheridas en los economistas burgueses y en los socialistas anteriores; Marx es quien ha procedido, precisamente, con ese método científico definitivo y riguroso de que tanto alardea el Sr. Dühring, y cuya ausencia tanto se deja sentir en él.
De hecho las cosas pasan de otra manera para el señor Dühring: no se contenta con calificar de «producto bastardo de la fantasía histórica y lógica» el concepto del capital como fase histórica, sino que, momentos después, hace de él una fase histórica. El da el nombre de capital, en conjunto, a todos los instrumentos de poder económico, a todos los medios de producción «que se apropian una parte de los frutos de la fuerza de trabajo general»; por consecuencia, aun a la propiedad de la tierra en todas las sociedades divididas en clases; lo cual no le impide, en manera alguna en lo sucesivo, el hacer la distinción tradicional entre propiedad y renta de la tierra y entre capital y beneficio, y calificar de capital aquel solamente entre los instrumentos de producción que producen un beneficio o interés, como se verá más ampliamente en las páginas 116 y siguientes del Curso. El Sr. Dühring podría, igualmente, incluir bajo el nombre de locomotora, caballos, bueyes, burros y perros, porque se puede caminar con auxilio de todos esos vehículos, y reprochar a los ingenieros de hoy, que circunscriben el nombre de locomotora a los coches de vapor modernos, el hacer de eso una fase histórica, el entregarse a un imaginar caprichoso, a productos bastardos de la fantasía histórica y lógica, etc., por declarar, por último, que caballos, bueyes, burros y perros son, por tanto, excluídos de la denominación de locomotora, la cual no es válida sino para los coches de vapor. Y otra vez nos vemos obligados a decir que la idea que Dühring se forma del capital, es precisamente la que destruye todo rigor en el análisis económico, la que hace desaparecer toda facultad de distinción, al mismo tiempo que toda probidad en el uso de los conceptos, y que justamente en el Sr. Dühring es en quien se da el imaginar caprichoso, la confusión, las ligerezas presentadas como profundas verdades lógicas y las bases más frágiles.
Pero todo eso no es nada. A pesar de todo, corresponde al Sr. Dühring la gloria de haber descubierto el centro de gravedad alrededor del cual se ha movido hasta aquí toda la economía, toda la política, todo el derecho; en una palabra, toda la historia. Helo aquí:
«La fuerza y el trabajo son los factores fundamentales que entran en juego en la constitución de las relaciones sociales.»
En esta proposición se encierra la constitución entera del mundo económico hasta el día:
Artículo 1.° El trabajo producido.
Artículo 2.° La fuerza repartida.
Y he aquí también, hablando francamente, toda la ciencia económica del Sr. Dühring.