Anti-Dühring/Segunda Parte/VIII
«Según Marx, el salario del trabajo representa solamente el pago del tiempo de trabajo o en que el trabajador verdaderamente trabaja para poder vivir, para lo cual es suficiente reducido número de horas, pues el resto de la jornada, con frecuencia tan prolongada, suministra un excedente, en que se contiene lo que nuestro autor llama «supervalía», o, para hablar el lenguaje común, el beneficio del capital. Prescindiendo, en cada grado de la producción, del tiempo de trabajo ya contenido en los instrumentos de trabajo y de las materias relativamente brutas, ese excedente de la jornada de trabajo es la parte del empresario capitalista. La prolongación de la jornada de trabajo es, en consecuencia, una ganancia de pura explotación en beneficio del capitalista...»
Así, según el Sr. Dühring, la supervalía de Marx no sería sino lo que comúnmente se llama beneficio del capital. Escuchemos a Marx mismo. En la página 195 del Capital, la palabra supervalía se explica por las palabras puestas entre paréntesis tras ella: «interés, beneficio, renta». En la página 210, Marx presenta un ejemplo en que aparece una suma de supervalía de 71 chelines en las diversas formas en que se distribuye: diezmo, tasas locales e impuestos, 21 chelines; renta de la tierra, 28 chelines; beneficio e interés del terrateniente, 22 chelines: total de supervalía, 71 chelines. En la página 542, Marx declara que es una de las más grandes deficiencias de Ricardo el «no haber mostrado la pura supervalía, es decir, con independencia de sus formas particulares, el beneficio, la renta de la tierra, etc. y, por esa razón, confundir las leyes del tanto de la supervalía con las leyes del tanto del beneficio». «Yo mostraré más adelante, dice Marx, en el tercer libro de esa obra, que el mismo tanto de la supervalía puede expresarse en los tantos del beneficio más diversos, y que, en circunstancias determinadas, tantos diferentes de supervalías pueden expresarse en un solo y mismo tanto de beneficio.» Y en la página 587 se lee: «el capitalista que produce supervalía, es decir, que saca inmediatamente de los trabajadores trabajo no pagado y lo fija en sus mercancías, sin duda es el primero en apropiarse la supervalía, pero en manera alguna es el último propietario. Es preciso que la distribución se siga entre capitalistas que ejercen otras funciones en el conjunto de la producción social, con el propietario de la tierra, etc. La supervalía se fracciona, por consecuencia, en partes diversas, y esas partes corresponden a diferente categoría de personas y revisten formas diversas e independientes: beneficio, interés, ganancia del comerciante, renta de la tierra, etc. Estas distintas formas, transformaciones de la supervalía, no pueden estudiarse sino en el tercer libro.» Y lo mismo dice en otros muchos pasajes.
Parece no puede explicarse la cosa con más claridad. En toda ocasión Marx hace notar que, no hay que confundir en modo alguno la supervalía con el beneficio o ganancia del capital, que no es sino una forma secundaria, y, frecuentemente aún, una simple fracción del capital. Y cuando el Sr. Dühring pretende que la supervalía de Marx «es, para hablar el lenguaje común, el beneficio del capital», bien que la obra entera de Marx gravite al rededor de la supervalía, una de dos cosas: o bien no sabe nada de esto, y en ese caso se necesita una impudicia sin igual para destruir una obra cuyo contenido fundamental desconoce, o bien lo sabe, y entonces comete una falsedad intencionada.
Más lejos, el Sr. Dühring escribe: «El odio venenoso con que Marx persigue este género de industria explotadora se comprende muy bien. Pero cabe tener una cólera mucho más violenta y reconocer aún más plenamente el carácter explotador, esencial a la forma económica fundada en el trabajo asalariado, y no admitir la concepción teórica expresada en la doctrina marxista de la supervalía.» Así las buenas intenciones; pero los errores teóricos producen a Marx un odio venenoso contra la explotación: su pasión, en sí moral, por consecuencia de sus «errores teóricos» reviste un aspecto inmoral; se traduce en forma de odio innoble y bajamente venenoso, mientras que la ciencia definitiva y rigurosa del señor Dühring se expresa en una pasión altamente moral e igualmente noble, en una cólera moral que, por su misma forma, superior aún cuantitativamente al odio venenoso, a una cólera más violenta»... En tanto el Sr. Dühring se regocija, veamos de dónde proviene esa cólera más violenta.
«Porque una cuestión se plantea—continúa—: ¿cómo los empresarios en concurrencia pueden vender, de un modo permanente, el pleno producto del trabajo, el superproducto, por encima de los gastos naturales de fabricación, y eso en proporción tan elevada del excedente de las horas de trabajo? No puede hallarse respuesta a esta cuestión en la doctrina de Marx, por la sencilla razón de que en tal doctrina la cuestión no puede plantearse. El carácter de lujo que reviste la producción fundada en el trabajo asalariado no es objeto de un serio examen, y el orden social, con sus situaciones expoliadoras, no se reconoce, de ninguna manera, por la razón última de la esclavitud blanca. Por lo contrario, se necesita, según Marx, que el orden político y social se explique siempre por razones económicas.»
Marx, ya lo hemos visto por los pasajes citados anteriormente, no pretende, en modo alguno, que en todas circunstancias el producto se venda, término medio, por su pleno y exacto valor por el capitalista industrial que primero se lo apropia, sino que el Sr. Dühring lo supone así. Marx dice, expresamente, que el mismo beneficio comercial, constituye una parte de la supervalía, y en las circunstancias actuales dadas eso no es posible sino en el caso en que el fabricante vende su producto al marchante por bajo de su valor y le cede una parte de lo que él se ha apropiado. Y planteada así la cuestión, sin duda no puede encontrarse en Marx. Planteada en términos racionales, he aquí la cuestión: ¿Cómo la supervalía se transforma en sus manifestaciones secundarias, beneficio, interés, ganancia del comerciante, renta de la tierra, etc.? Marx promete resolver ese problema en el tercer volumen del Capital; mas si el Sr. Dühring no tiene la paciencia de esperar a que se publique el segundo volumen del Capital, estudie de un poco más cerca, para pasar el tiempo, el primer volumen, y allí podrá ver—fuera de los pasajes citados en la página 323, por ejemplo—que, según Marx, las leyes inmanentes de la producción capitalista se manifiestan en el movimiento exterior de los capitales, bajo la forma de leyes coactivas de la concurrencia, y que el capitalista industrial tiene conciencia de ellas en la forma de fuerzas que le impulsan: en consecuencia, el análisis científico de la concurrencia no es posible sino cuando se ha comprendido la naturaleza íntima del capital; así como el movimiento aparente de los cuerpos celestes es inteligible sólo para quien conoce el movimiento real, aunque no perceptible por los sentidos. Y Marx muestra, por ejemplo, cómo una ley determinada, la ley del valor, aparece en un caso determinado como inmanente a la concurrencia, y en ella ejerce su fuerza motriz. El Sr. Dühring podría ver con esto solo que la concurrencia juega un papel capital en la repartición de la supervalía, y si se reflexiona un poco, las indicaciones dadas en el primer volumen son suficientes, en efecto, para darnos a conocer, al menos en sus líneas generales, la transformación de la supervalía en sus manifestaciones secundarias.
Mas, justamente, la concurrencia es la que impide al Sr. Dühring el comprender nada en absoluto. Él no alcanza a comprender cómo los empresarios concurrentes pueden vender el producto entero del trabajo, el superproducto, de una manera permanente por encima de los gastos naturales de fabricación. Y eso es lo que ha expresado con su «rigor» habitual, que de hecho no es sino negligencia y fantasía. En Marx el superproducto como tal no cuesta nada el fabricarlo; es la parte del producto que no cuesta nada al capitalista. Si, pues, empresarios concurrentes quisieren vender el superproducto en el precio determinado por los gastos naturales de fabricación, sería menester que hiciesen un donativo gratuito. Pero no nos detengamos en esos «detalles micrológicos». De hecho, ¿los empresarios concurrentes no venden diariamente el producto del trabajo por encima de los gastos naturales de producción? Según el Sr. Dühring, los gastos naturales de fabricación consisten «en el gasto de trabajo o de fuerza, medida en último análisis el gasto de alimento», es decir, que en la sociedad actual esos gastos están constituídos por el gasto real en primeras materias, en instrumentos de trabajo y en salario de trabajo, por oposición al «peaje», al beneficio, al excedente conquistado espada en mano. Ahora, es bien conocido que en la sociedad, en que vivimos, los empresarios concurrentes no venden sus productos por el precio determinado por los gastos naturales de fabricación, sino que añaden el excedente pretendido, el beneficio y, en efecto, lo obtienen de ordinario. La cuestión que el Sr. Dühring creía tener que plantear para, de un soplo, echar por tierra la construcción de Marx, como el difunto Josué las murallas de Jericó, no es tal sino en la teoría económica del Sr. Dühring: veamos la solución que da.
«La propiedad capitalista—dice—no tiene valor práctico y no puede venderse si, al mismo tiempo, no se contiene en ella un poder indirecto sobre la materia humana. El producto de ese poder de coacción es el beneficio del capital, y la cantidad de tal beneficio dependerá, pues, de la extensión e intensidad del ejercicio de ese poder... El beneficio del capital es una institución política y social cuya acción es más poderosa que la de la concurrencia. Los empresarios operan, en esta relación, como clase, y cada uno, en particular, mantiene su posición. A cada forma imperante de economía corresponde necesariamente un tanto determinado del beneficio del capital.»
Desgraciadamente, no sabemos siempre cómo se las arreglan los empresarios concurrentes para vender de un modo permanente el beneficio del trabajo, por encima de los gastos naturales de fabricación. Parece imposible que el Sr. Dühring haya despreciado tanto a sus lectores, que les eche por todo pasto una frase, a saber: que el beneficio del capital está por encima de la concurrencia, como en otro tiempo el rey de Prusia estaba por cima de la ley. Conocemos los manejos de que se valió el rey de Prusia para elevarse por encima de la ley, y justamente son los manejos en virtud de los cuales el beneficio del capital deviene más poderoso que la concurrencia, la cual debería darnos a conocer el Sr. Dühring, y que obstinadamente rehusa explicarnos. No basta decir, como hace, que los empresarios obran como clase en esta relación, y que cada cual, en particular, mantiene su posición. Todos saben que los miembros de las corporaciones en la Edad Media, que los nobles franceses en 1789, resueltamente se movieron como clase, y, sin embargo, fueron destruídos. El ejército prusiano en Jena actuó como clase; pero lejos de mantener su posición, por lo contrario, tuvo que tomar la retirada, y hasta capitular después por fracciones sucesivas. No estamos obligados a creer, porque lo diga el Sr. Dühring, que cierto número de individuos no tienen más que actuar como clase para que cada cual mantenga su posición. Tampoco podemos contentarnos con la afirmación de que a cada forma existente de economía corresponde necesariamente un tanto determinado de beneficio del capital, porque la cuestión, justamente, estriba en mostrar por qué es así. No nos aproximamos a la solución cuando el Sr. Dühring nos anuncia que «El dominio del capital se constituye fundándose en el dominio sobre la tierra. Una parte de los siervos de la gleba han llegado a ser en las ciudades obreros de taller, y, finalmente, material de fábrica. Después de la renta de la tierra se ha constituído el beneficio del capital como forma segunda de la renta del poseedor.» Aun cuando prescindiéramos de la inexactitud histórica de tal afirmación, no queda más que una mera afirmación, pues se contenta con afirmar, en muchas ocasiones, lo que tendría necesidad de explicar y de probar. La única conclusión posible es que, el Sr. Dühring es incapaz de dar contestación alguna a su pregunta (¿cómo los empresarios concurrentes se las arreglan para vender, de un modo permanente, el beneficio del trabajo por cima de los gastos naturales de fabricación?), es decir, incapaz de explicar la formación del beneficio. El se contenta con decretar que el beneficio del capital es producto de la violencia, lo cual, por otra parte, se armoniza perfectamente con el artículo 2.° de la constitución social de Dühring. La violencia reparte, es muy bonito de decir; pero entonces «se plantea el problema»: la violencia reparte... ¿pero qué? Precisa haya algo que repartir, pues la violencia, por poderosa que se la suponga, no podrá, con la mejor voluntad del mundo, repartir nada. El beneficio que los empresarios concurrentes meten en su bolsillo es algo sólido y enteramente tangible. La violencia puede apoderarse, pero no producir. Y si el Sr. Dühring rehuye obstinadamente explicarnos cómo la violencia se apodera del beneficio del empresario, no responde sino por el más profundo silencio a la pregunta de saber de dónde lo toma. Donde nada hay, pierde el rey sus derechos y con él toda su fuerza. Nada viene de nada, y, en particular, el beneficio. Y si la propiedad capitalista carece de sentido práctico y no puede venderse—en tanto no es sino indirectamente contenido un poder indirecto sobre la materia humana—, hay que preguntarse de nuevo: primero, ¿cómo la riqueza capitalista llega a ese poder? (cuestión que no se satisface con algunas afirmaciones históricas citadas anteriormente); segundo, ¿cómo ese poder se transforma en renta del capital, en beneficio?; y tercero, ¿dónde se apodera de ese beneficio?
Desde cualquier punto que abordemos la economía dühringniana, no adelantamos un paso. Para todas las instituciones que le desagradan—para el beneficio, la renta de la tierra, los salarios de hambre, la servidumbre de los trabajadores—, no tiene más que una palabra para explicarlas: la violencia y la violencia; y «la cólera furiosa» del Sr. Dühring se resuelve en cólera contra la violencia. En primer lugar, hemos visto que el invocar la violencia es una escapatoria perezosa, que nos hace pasar del terreno económico al terreno político, y que no está en condiciones de explicar un solo hecho económico; y, en segundo lugar, que no explica el origen de la violencia misma, y esto muy prudentemente, porque sin eso llegaría a esta conclusión: que todo poder social y toda violencia política tiene su origen en las condiciones económicas, en la forma de producción y cambio dado por la historia a cada sociedad.
No obstante, tratemos de arrancar aún algunas aclaraciones, respecto al beneficio, al inexorable «fundador» de la economía. Quizás lo consigamos abordando sus explicaciones tocante al salario, en la página 158:
«El salario es el precio del mantenimiento de la fuerza de trabajo, y no aparece, desde luego, sino como base de la renta de la tierra y del interés del capital. Para comprender la situación con entera claridad, representémonos la renta de la tierra, después el beneficio del capital, en la historia—con independencia del salario del trabajo—, basado en la esclavitud y la servidumbre; el que haya necesidad de mantener un esclavo, un siervo o bien un trabajador asalariado, eso no introduce diferencia alguna sino en la forma de imposición de los gastos de producción, pues en uno u otro caso el producto neto obtenido por la explotación de la fuerza de trabajo constituye el rento del dueño. Por tanto, se ve que la oposición fundamental, en virtud de la cual, de un lado se tiene una forma cualquiera de la renta del poseedor, y de otro, el trabajo asalariado sin posesión, que tal oposición no puede comprenderse exclusivamente en uno de sus miembros, sino en los dos a la vez. Mas la renta del poseedor no es, como sabemos (página 188), sino una expresión que designa, a la vez, la renta de la tierra y el beneficio del capital. También se dice en la página 174: «El producto del capital es la apropiación de la parte principal del producto de la fuerza de trabajo: el trabajo, sometido directa o indirectamente y bajo una forma cualquiera, es el correlativo indispensable sin el cual el beneficio del capital es inconcebible.» El salario del trabajo «jamás es sino una paga que debe asegurar al trabajador su mantenimiento y la posibilidad de perpetuar su raza». Por último, en la página 195 se dice: «Lo que corresponde a la renta del poseedor es perdido para el salario, e inversamente, lo que de la productividad general (¡!) corresponde al trabajo, no puede dejar de retirarse de los rentos de la posesión.»
El Sr. Dühring nos lleva de sorpresa en sorpresa. En la teoría del valor, y en los capítulos siguientes hasta la teoría de la concurrencia inclusive, o sea desde la página 1 a la 155[1], los precios de las mercancías o valores se reparten en gastos naturales de fabricación o valor de producción (a saber: gasto en primeras materias, en instrumentos de trabajo y en salario del trabajo), y en encarecimiento o valor de producción, tributo que la clase monopolista conquista espada en mano; y este excedente, como hemos visto, en realidad no en nada podía modificar la repartición de la riqueza, siendo forzoso dé de una parte cuanto tome de otra; y, además, a juzgar lo que dice el Sr. Dühring, nos enseña, respecto a su origen y contenido, que viene de nada y es nada.
En los dos capítulos siguientes que tratan de las clases de rentos[2], o sea desde la página 156 a la 217, ya no se trata del encarecimiento, y el valor de todo producto del trabajo, de toda mercancía, se divide en dos elementos: primero, los gastos de producción, en que se incluye también el salario pagado; y segundo, el «producto neto obtenido por la explotación de la fuerza de trabajo» que constituye la renta del dueño. Y este producto neto tiene una fisonomía bien conocida que no puede ocultar ningún tatuaje ni barniz. Para comprender la situación con claridad, imagine el lector los pasajes del señor Dühring, que acabamos de citar, impresos al lado de los pasajes citados de Marx respecto al supertrabajo, al superproducto y a la supervalía, y descubrirá que el señor Dühring copia directamente el Capital.
El Sr. Dühring reconoce como origen de las rentas de todo género que han existido en la historia, el supertrabajo en cualquiera de sus formas, ya bajo la esclavitud, la servidumbre o el salariado: lo cual está tomado del pasaje del Capital (pág. 277) que hemos citado varias veces, «el capital no ha inventado el supertrabajo, etc...» El producto neto que constituye la «renta del dueño» no es otra cosa que el excedente del producto del trabajo respecto del salario del trabajo, que a pesar su disfraz superfluo en «paga», debe, según el Sr. Dühring, también asegurar al trabajador su mantenimiento y la perpetuación de su raza. ¿Cómo podría operarse la «apropiación de la parte principal del producto de la fuerza de trabajo», sino porque, como dice Marx, el capitalista obtiene del trabajador más trabajo del necesario para reproducir los medios de existencia por él consumidos, es decir, sino porque el capitalista hace trabajar al trabajador mucho más tiempo del preciso para reembolsar el valor del salario que le paga? Luego la prolongación de la jornada del trabajo, más allá del tiempo necesario para reproducir los medios de existencia del trabajador—supervalía de Marx—esto y no otra cosa, es lo que oculta el Sr. Dühring, bajo las palabras de «explotación de la fuerza de trabajo» y el «producto neto que corresponde al dueño»—, ¿dónde puede manifestarse sino en el superproducto y la supervalía de Marx? ¿Y qué distingue, fuera de la inexactitud, «la renta de posesión», de Dühring, de la supervalía marxista? Además, el Sr. Dühring ha tomado las palabras «renta de la posesión» (Besitzrente) de Rodbertus, que comprendía la renta se de la tierra y la renta del capital o beneficio, bajo la expresión común de renta, de tal suerte que Dühring no ha tenido más que añadir «la posesión»[3]. Y para que el plagio sea indudable, Dühring resume así, a su manera, las leyes de la relación del precio de la fuerza de trabajo con la supervalía expuesta por Marx: lo que corresponde a la renta de posesión pierde por el salario y recíprocamente, y de este modo reduce las leyes particulares y tan sustanciales, descubiertas por Marx, a una tautología vacía, pues evidentemente, dividiendo una cantidad dada en dos partes, tanto crece la una, cuanto la otra decrece. El Sr. Dühring ha llegado a apropiarse las ideas de Marx, de modo que desaparezca por completo el «carácter científico riguroso, en el sentido de las ciencias exactas», que sin duda tiene la exposición de Marx.
Por tanto, nos vemos obligados a sacar como conclusión de todo ese estruendo promovido contra el Capital en la Historia Crítica y la famosa cuestión de la supervalía, que el Sr. Dühring hubiera obrado de mejor suerte si no hubiese planteado tales cuestiones a que no puede responder, pues todo ello no es sino un ardid de guerra, sino un hábil manejo para ocultar el grosero plagio de Marx, cometido por Dühring en el Curso de Economía. En efecto, el Sr. Dühring tenía buenas razones para apartar a los lectores del Capital de Marx, de este producto bastardo de la fantasía histórica y lógica, de las confusas nebulosidades hegelianas, etc. La Venus, de la cual aparta a la juventud alemana el fiel Eckazt, la ha quitado a Marx, poniéndola en lugar seguro para su propio uso. Felicitemos a dicho producto neto sacado de la explotación de la fuerza de trabajo de Marx; pero, ¿de qué modo la anexión de la supervalía marxista, con el nombre de renta de posesión, aclara los motivos de esa afirmación, tan falsa como obstinada, repetida en dos ediciones, según la cual Marx no entiende por supervalía sino el beneficio o ganancia del capital?
Expongamos, pues, los resultados a que ha llegado el Sr. Dühring, en su propio lenguaje. «Según el señor Dühring, el salario del trabajo no representa sino la remuneración del tiempo de trabajo en que el obrero trabaja verdaderamente por hacer posible su propia existencia. Un reducido número de horas bastaría para ello, pues todo el resto de la jornada de trabajo, con frecuencia tan prolongada, da un excedente en que se contiene lo que nuestro autor llama renta de posesión. Haciendo abstracción del tiempo de trabajo ya contenido, en un estado cualquiera de la producción, en los instrumentos de trabajo y las materias relativamente brutas, ese excedente de la jornada de trabajo es la parte del empresario capitalista. La extensión de la jornada de trabajo, por consecuencia, es una ganancia absolutamente abusiva del capitalista. El odio venenoso con que persigue el señor Dühring este género de explotación es muy comprensible...» Pero lo que es menos concebible es que quiera volver a su «cólera más violenta».