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Anti-Dühring/Segunda Parte/X

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SOBRE LA «HISTORIA CRÍTICA»

Demos, por último, un vistazo a la Historia crítica de la Economía política, «esa empresa» del Sr. Dühring que, como él dice, «no tiene precedentes»; quizás encontremos en ella ese carácter científico riguroso que nos ha prometido.

El Sr. Dühring arma mucho ruido respecto a su descubrimiento de que «la ciencia económica» es «enteramente moderna» (pág. 12).

En efecto, Marx dice en el Capital: «la economía política... como ciencia autónoma no aparece sino en el período de las manufacturas», y en su libro Crítica de la Economía política (Zur Kritik der politischen Œkonomie), página 29, dice «que la economía política clásica comienza en Francia, con Boisguillebert; en Inglaterra, con Petty, y se cierra en Inglaterra, con Ricardo, y en Francia, con Sismondi». El Sr. Dühring sigue la marcha que le estaba propuesta, sólo que la economía superior comienza para él con las producciones despreciables que la ciencia burguesa ha dado a luz al cerrarse su período clásico. En cambio, tiene perfecto derecho a lanzar, al fin de su introducción, estas exclamaciones de triunfo: «Si esta empresa, en sus particularidades exteriormente apreciables y en su parte nueva, carece por completo de precedentes, me pertenece aún mucho más a mí en cuanto a las ideas críticas que le son inmanentes y a su tendencia general» (pág. 9). De hecho, hubiera podido del lado externo, como del interno, anunciar su empresa (¡la expresión industrial no está mal elegida!) bajo este titulo: «El Único y su propiedad.»

Como la economía política, tal cual se manifiesta en la historia, de hecho no es más que el estudio científico de la economía del período de producción capitalista, no pueden encontrarse proposiciones y teoremas que se refieran a ella, por ejemplo, entre los escritores de la sociedad griega, sino en la medida en que ciertos fenómenos, como la producción de mercancías, el comercio, la moneda, el capital y el interés, son comunes a ambas sociedades. Mas cuando los griegos tratan, ocasionalmente, esos asuntos, muestran el mismo genio y originalidad que en todo lo demás, y sus ideas son, por tanto, históricamente el punto de partida teórico de la ciencia moderna. Escuchemos, pues, al Sr. Dühring:

«En consecuencia, no tendremos, en suma (!), nada positivo que decir respecto a las teorías científicas de la economía en la antigüedad, y la Edad Media, enteramente extraña; a la ciencia, ofrece todavía menos materia (¡esto es, nada que decir!); pero como quienes blasonan y ostentan de una apariencia de erudición... han desnaturalizado el verdadero carácter de esta ciencia puramente moderna, menester es, al menos, presentar algunos ejemplos de una crítica que, «en efecto», se abstiene de toda «apariencia de erudición».

Aristóteles dice:[1] que «todo bien puede servir para dos usos»; uno, el uso propio y directo, y el otro, no. Así una sandalia puede servir para calzarse o para ser cambiada; en uno y otro caso se hace uso de la sandalia, porque quien trueca la sandalia por lo que ha menester, dinero o alimentos, utiliza la sandalia como sandalia, pero el uso que hace de la misma no es natural, porque la sandalia no es para ser cambiada. Tal proposición, según el Sr. Dühring, está expresada de una manera vulgarísima y pedantesca, y quienes encuentran una «distinción entre el valor de uso y el valor de cambio» hacen también «el ridículo» al olvidar que «muy recientemente», en el sistema más acabado—es decir, ¡naturalmente!, el del Sr. Dühring—, el valor de uso y el valor de cambio han desaparecido.

«Se ha querido descubrir la idea moderna de la división del trabajo económico en los escritos de Platón, acerca de la República. Sin duda, eso es una alusión al pasaje del Capital[2], en que se muestra, por lo contrario, que las ideas de la antigüedad clásica sobre la división del trabajo son «absolutamente opuestas» a las ideas modernas. Platón no recibe sino desdenes del señor Dühring, por haber mostrado (idea genial para su tiempo) en la división del trabajo la base natural de la ciudad, idéntica para los griegos con el Estado, y esto porque no ha hablado (¡pero Xenofonte lo ha dicho, señor Dühring!) del «límite que impone toda extensión del mercado a la división ulterior de las ramas profesionales y a la descomposición técnica de las operaciones especiales... y sólo la noción de semejante límite es lo que hace de una idea, que apenas puede llamarse científica, una importante verdad económica»[3].

En efecto, el profesor Roscher, tan aborrecido del señor Dühring, es quien ha puesto el «límite», que sólo hace «científica» la idea de la división de trabajo y que, en consecuencia, ha atribuído expresamente a Adam Smith el descubrimiento de la división del trabajo. En una sociedad en que la producción de mercancías es la forma dominante de producción, el mercado—para hablar como el Sr. Dühring—constituye, efectivamente, «un límite», bien conocido de «los hombres de negocios». Pero «un saber y un instinto rutinario» no bastan para descubrir que el mercado no ha creado la división del trabajo capitalista, sino que, por lo contrario, el mercado se ha creado por la descomposición de las conexiones sociales anteriores y por la división de trabajo que de ahí deriva. (Ver el Capital, I, cap. XXIV, 5: Establecimiento del mercado interno por el capital industrial.)

«El papel de la moneda, en todo tiempo, ha suscitado el pensamiento económico; pero, ¿qué sabía un Aristóteles de su función? Evidentemente, nada; sino que el cambio, por medio de la moneda, ha sucedido al cambio primitivo de los objetos naturales.»

Pero cuando «un» Aristóteles se da cuenta de que descubre las dos formas de circulación diferentes de la moneda, una en que aparece como simple instrumento de circulación, y otra en que actúa como capital, parece (es Dühring quien lo dice) que se «limita a expresar una antipatía moral». Y cuando «un» Aristóteles lleva su audacia hasta querer analizar la moneda en su función de medida del valor; cuando plantea, efectivamente, en términos exactos el problema decisivo para la teoría de la moneda «un» Dühring, prefiere no decir nada (y para eso tiene buenas razones) de esa insolencia inaudita.

Resultado final es que, en el cuadro que el Sr. Dühring pinta de la antigüedad griega, no hay, en verdad, sino «ideas enteramente ordinarias» (pág. 25), si es que tales «naderías» (pág. 29) tienen algo de común con ideas ordinarias o no.

Bien se hará en leer el capítulo del Sr. Dühring acerca del mercantilismo, en el original, es decir, en Federico List. Sistema nacional, capítulo XXIX. El sistema industrial, falsamente denominado por la Escuela sistema mercantil: lo que sigue muestra con qué cuidado el señor Dühring se guarda de toda «apariencia de erudición». List dice, capítulo XXVIII, Los economistas italianos: Italia precedió a todas las naciones modernas en la teoría como en la práctica de la economía política, y señala después como primer obra, consagrada especialmente a la economía política en Italia, el libro del napolitano Antonio Serra, acerca de los medios de procurar oro y plata en abundancia a los reinos (1613). El Sr. Dühring toma esto con confianza y, en consecuencia, considera el Breve trattato de Serra como una especie de epígrafe a la entrada de la prehistoria económica. A tal gentileza literaria se limita, en efecto, su estudio del Breve trattato. Por desgracia, las cosas han pasado de otro modo: en 1609, es decir, cuatro años antes del Breve trattato, apareció A Discourse of Trade, etc., de Tomás Mun. Esta obra, desde su primera edición, ha tenido una significación particular, la de dirigirse contra el antiguo sistema monetario, que aún se defendía como práctica del Estado en Inglaterra y que, por tanto, representa la escisión consciente del sistema mercantil, en contraposición al sistema que le había dado origen. La obra tuvo varias ediciones, en su forma primitiva, y ejerció una influencia directa en la legislación.

Completamente modificada por el autor en la edición póstuma de 1664, England's Treasure, etc., dicha obra fue, durante un siglo, el evangelio de los mercantilistas. Si el mercantilismo cuenta con un libro capital, con «una especie de epígrafe», ciertamente es el libro de Mun, el cual no existe en absoluto para la historia del Sr. Dühring, «que observa, con el mayor cuidado, los informes de importancia».

Del fundador de la economía política moderna, Petty, nos dice el Sr. Dühring que «su pensamiento era bastante superficial», que «no tenia el sentido de las delimitaciones intensas y rigurosas de los conceptos», que era «un espíritu versátil», que «sabía muchas cosas, pero pasaba a la ligera de una a otra, sin profundizar ninguna idea», y que «su método económico es también muy grosero» y le «conduce a ingenuidades que pueden divertir al pensador serio». Y no puede menos de notarse la condescendencia del «serio pensador» Sr. Dühring, que consiente el tener en cuenta a un Petty. ¿Y de qué manera le tiene en cuenta?

En Petty se encuentran «huellas imperfectas de una teoría acerca del trabajo, o sobre el tiempo de trabajo, considerado como medida del valor». El Sr. Dühring no se corre a mucho más. ¡Huellas imperfectas! En su Treatise on Taxes and Contributions (1.ª edición 1662), Petty da un análisis perfectamente claro y exacto del valor de los objetos, poniendo como primer ejemplo el valor igual de los metales preciosos y de los cereales, que exigen el mismo trabajo, y dice la primera y última palabra acerca del valor de los metales preciosos.

Enuncia igualmente con precisión el principio general de que los valores de los objetos son medidos por un trabajo igual (equal labor); aplica su descubrimiento a la solución de los diversos problemas, en parte muy complicados; y varias veces, en diversas ocasiones y en diversas obras, deduce importantes consecuencias de esa proposición fundamental sin repetir el enunciado. Pero en su primer obra dice: «La apreciación por medio del trabajo igual es, a mi parecer, la base de la equivalencia y de la compensación de los valores; no obstante, yo confieso que hay mucha diversidad y complicación en la superestructura y aplicación práctica de este principio.» Petty se da cuenta igualmente de la importancia de su descubrimiento y de la dificultad que hay de utilizarle en su pormenor. Así, trata de buscar otro camino para llegar a fines de detalle, y persigue el hallar un equivalente natural (a natural par) entre el suelo y el trabajo, de tal suerte, que, a voluntad, se pudiese expresar el valor «en tierra o en trabajo, o, mejor aún, en tierra y en trabajo a la vez». El error mismo es genial. El Sr. Dühring, con motivo de la teoría del valor de Petty, hace esta profunda observación: «Si su pensamiento hubiese sido más riguroso, no se encontraría, en otros pasajes, las huellas de ideas opuestas, que se han recordado antes»; es decir, de las que no se ha dicho nada antes sino que sus «huellas» son «imperfectas». Un procedimiento característico del señor Dühring es el aludir a algo con una frase vacía, para hacer creer al lector que conoce «ya» lo fundamental y que, en realidad, el Sr. Dühring, antes y después, no ha hecho más que pasar a la ligera.

Ahora bien; en Adam Smith se ven, no sólo «huellas» de «ideas opuestas» acerca de la noción del valor, sino dos, aun tres y hasta—hablando exactamente—cuatro conceptos absolutamente contradictorios del valor, que se siguen y aun acompañan muy tranquilamente unos a otros. Ahora, lo que es muy natural en el fundador de la economía política, que necesariamente tantea, experimenta, lucha con un caos de ideas en vías de formación, puede parecer extraño en un escritor que sintetiza más de ciento cincuenta años de investigaciones, cuyos resultados, en parte, han pasado de los libros a la conciencia común. Y si parva licet componere magnis, vemos que el Sr. Dühring nos da a elegir cinco expresiones diferentes del valor y, al mismo tiempo, otros tantos conceptos opuestos. Seguramente, «si su pensamiento hubiese sido más riguroso», no se hubiera tomado tanto trabajo para apartar a sus lectores del concepto perfectamente claro que se forma Petty del valor para sumirle en la más extrema confusión.

Un trabajo de Petty, enteramente acabado y ejecutado de un solo tirón, es su Quantulumcunque concernig, Money, publicado en 1682, diez años después de su Anatomy of Ireland, que apareció primero en 1672—y no en 1691, como dice el Sr. Dühring, copiando los trabajos de segunda mano y las «compilaciones más vulgares».—En esa obra han desaparecido por completo las últimas trazas de las ideas mercantilistas que se encuentran en los demás escritos de Petty: es una pequeña obra maestra, de fondo y de forma, que, naturalmente, no nombra el Sr. Dühring: y es que está en el orden natural de las cosas que, ante el economista más genial y original, la medianía vanidosa y pedante manifieste un descontento gruñón y se irrite porque los rayos del genio teórico, en lugar de desfilar solemnemente como «axiomas» acabados, broten en disperso orden, del estudio profundo de la práctica «vulgar», por ejemplo, de los impuestos.

El Sr. Dühring trata a Petty, fundador de la Aritmética política, es decir, de la Estadística, como hubiese tratado a Petty si propiamente fuese economista: se encoge de hombros y se burla de la singularidad de los procedimientos que aplica. Pero ante los métodos grotescos que aplicaba el mismo Lavoisier á sus asuntos un siglo más tarde, ante la distancia considerable que separa la misma estadística actual del fin que le había asignado el poderoso genio de Petty, la orgullosa satisfacción del señor Dühring, doscientos años post festum, muéstrase en toda su necedad no disfrazada.

Las ideas considerables de Petty—de que tan poco se trata en la «empresa» de Dühring—no son, según el último, sino puras salidas de tono, ideas lanzadas enteramente al azar, pensamientos ocasionales, a los cuales se atribuiría únicamente al presente—por medio de citas separadas del contexto—una significación que no tienen; Petty, pues, no representaría papel alguno en la verdadera historia de la economía política sino en obras modernas por bajo del nivel de la crítica profunda y de la «historia de gran estilo del Sr. Dühring». En suma: Dühring parece que dirige su «empresa» a lectores que tienen la fe del carbonero y están muy lejos de pensar en exigir la prueba de sus afirmaciones.

Ya volveremos pronto sobre este asunto, con motivo de Locke y de North, después de dar un vistazo, al pasar, a Boisguillebert y Law.

Por lo que respecta a este último, señalemos el único descubrimiento que, propiamente, pertenece al señor Dühring: ha descubierto, entre Boisguillebert y Law, una relación ignorada hasta él. Boisguillebert sostiene que los metales preciosos pueden reemplazarse, en la función de moneda que cumplen normalmente en la producción de mercancías, por moneda fiduciaria («un pedazo de papel»). Law se imagina por lo contrario que el aumento del número de estos «pedazos de papel», aumenta la riqueza nacional. De donde se sigue, para el señor Dühring, «que las ideas de Boisguillebert implican un nuevo aspecto del mercantilismo», es decir, de Law. Y he aquí la prueba evidente: «Basta asignar a estos simples trozos de papel la misma función que hubieran debido representar los metales preciosos, y con ello se efectuaba una metamorfosis del mercantilismo.» Por este medio puede efectuarse, en un instante, el cambio de un varón en mujer. Por lo demás, el Sr. Dühring añade con tono conciliador: «De otra parte, no era esa la intención de Boisguillebert.»

Pero, ¡por cielos!, ¿cómo—por qué, para él, los metales preciosos pueden reemplazarse por papel, en su función monetaria—cómo ha podido tener la intención de sustituir, a su propio concepto racionalista de la función monetaria de los metales preciosos, la idea supersticiosa de los mercantilistas? No obstante, continúa el señor Dühring, entre cómico y serio: «Preciso es, sin embargo, convenir en que nuestro autor ha tenido aquí y allá una observación verdaderamente pertinente» (pág. 83).

Por lo que se refiere a Law, el Sr. Dühring hace esta observación, «verdaderamente pertinente»: Naturalmente, Law mismo nunca ha podido eliminar por completo ese último fundamento (a saber, la base de los metales preciosos), pero ha llevado la emisión de billetes hasta el extremo, es decir, hasta el hundimiento del sistema (página 94). En realidad, las mariposas de papel, los puros signos monetarios, tenían que revolotear en medio del público, no para «eliminar» los metales preciosos, sino para sacarlos de los bolsillos del público e ingresarlos en las cajas vacías del Estado.

Mas, volviendo a Petty y al papel insignificante que le adjudica el Sr. Dühring, en la historia de la economía política, veamos primero lo que se nos dice de los inmediatos sucesores de Petty, Locke y North. Las Considerations en Lowering of Interest and Raising of Money, de Locke, y los Discourse upon Trade, de Nort, aparecieron el mismo año de 1691.

«Lo que Locke ha escrito sobre el interés y la moneda no se sale del cuadro de las reflexiones habituales, bajo el imperio del mercantilismo, acerca de los sucesos de la vida política» (pág. 64). Después de lo cual, el lector debe comprender perfectamente por qué el Lowering of Interest, de Locke, ejerció un influjo tan considerable en varias direcciones en la segunda mitad del siglo XVIII, en la economía política francesa e italiana.

«Muchos hombres de negocios piensan como Locke acerca de la tasa del interés y la misma evolución de la sociedad crea una tendencia a considerar como ineficaces los obstáculos legales que se ponen al tanto del interés. En un tiempo en que Dudley North podía escribir sus Discourses upon Trade en el sentido del libre cambio, precisaba hubiera muchos gérmenes en el ambiente, de tal suerte, que la oposición teórica contra las limitaciones del interés, no pudiese parecer algo inaudito.

Así, era menester que Locke repensase las ideas de tal cual «hombre de negocios» contemporáneo suyo, o que tragase al respirar «muchos de los gérmenes que estaban en el ambiente» de su época, para formular una teoría de la libertad del interés sin decir nada de «inaudito». Pero el caso es que, de hecho, desde 1662 Petty, en su Treatise on Taxes and Contributions, contraponía el interés, «como renta del dinero llamada usura», a la renta de la propiedad territorial y urbana, «y enseñaba a los propietarios fundiarios—que querían acabar con decretos, no la renta de la tierra, sino la del dinero—que es vano y estéril dictar leyes positivas contra la ley de la naturaleza». Así declara, en su Quatulumcunque, que es tan necio reglamentar legalmente el interés, como la exportación de los metales preciosos o el tipo del cambio y, en la misma obra, pronuncia aquellas palabras decisivas para siempre, respecto a la raising of money (es decir, sobre la tentativa, por ejemplo, de dar a medio scheling el nombre de scheling, acuñando con una onza de plata dos veces más schelines.)

En cuanto concierne al último punto, Locke y North no hacen más que copiar. Por cuanto respecta al interés, Locke se refiere al paralelo que hace Petty entre el interés del dinero y la renta fundiaria; mientras que North va más lejos, y contrapone el interés, como renta del capital (rent of stock) a la renta de la tierra, y los stocklords a los landdords. Y mientras Locke sólo admite, con ciertas restricciones, la libertad de fijar el interés pedido por Petty, North la admite en absoluto.

El Sr. Dühring se excede a sí mismo cuando, como agrio mercantilista, se desembaraza del Discourse upon Trade de Dudley Norht, haciendo notar que él escribe «en el sentido librecambista», que es lo mismo que si se dijera de Harvey ha escrito «en el sentido» de la circulación de la sangre. La obra de North, sin hablar de otros de sus méritos, es una exposición clásica, escrita con la más rigurosa lógica, de la doctrina librecambista, tanto por lo que se refiere al comercio exterior, como por lo que toca a la circulación interior; y de hecho es «cosa inaudita» en el año 1691.

Además, el Sr. Dühring dice que North era un «comerciante», un pillo, y que su libro «no tuvo ningún éxito». ¿Cómo libro semejante pudo tener «éxito» en el momento del triunfo final del sistema proteccionista en Inglaterra, entre la turba dominante? Sin embargo, esa circunstancia no impidió, en modo alguno, su acción teórica inmediata, la cual se señala en toda la serie de trabajos económicos que aparecieron en Inglaterra inmediatamente después, y aun en parte, en los últimos años del siglo XVII.

Locke y North nos muestran cómo las primeras ideas atrevidas de Petty, sobre casi todos los asuntos de la economía política, se volvieron a tratar y a elaborar aisladamente por sus sucesores ingleses. El rastro de esa evolución, durante el período que corre de 1691 a 1752, se ofrecen al observador, menos atento, por el solo hecho de que todos los trabajos económicos importantes, que datan de esa época, se refieren a Petty, ya para refrendar sus ideas, ya para refutarlas. Tal período, en que abundan los talentos originales, es el más importante para el estudio de la génesis progresiva de la economía política. «La historia de gran estilo», que imputa a Marx el pecado inexpiable de haber hecho tanto ruido en derredor de Petty y de los escritores de esta época, en el Capital, se contenta con borrarla de la historia. De Locke, North, Boisguillebert y Law pasa inmediatamente a los Fisiócratas, y se ve aparecer, a la entrada del verdadero templo de la economía política... David Hume (con permiso del señor Dühring restablecemos el orden cronológico y colocamos a Hume antes de los Fisiócratas).

Los «Ensayos» económicos de Hume aparecieron en 1752. En los tres ensayos que se ocupan Of Money, Of the Balance of Trade, Of Commerce, Hume sigue paso a paso, aun en sus ocurrencias, el escrito de Jacob Vanderlint Money answers all things, publicado en Londres en 1734. Por desconocido que sea este Vanderlint para el Sr. Dühring de él se ocupan los libros ingleses de economía política que aparecieron a fines del siglo XVIII, es decir, después de Adam Smith.

Hume como Vanderlint, considera la moneda como un simple signo del valor y copia casi palabra por palabra a Vanderlint (y esto es importante, porque hubiera podido tomar de otras muchas obras la teoría de los signos del valor) mostrando por qué la balanza mercantil no puede ser de un modo constante, ya favorable, ya desfavorable, para un país; enseña, como Vanderlint, que el equilibrio de la balanza mercantil se efectúa naturalmente y de un modo conforme a la situación económica de cada país; predica el libre cambio como Vanderlint, aunque con menos resolución y consecuencia lógica; como Vanderlint, pero con menos vigor, insiste, trata de las necesidades como principios motores de la producción; sigue a Vanderlint hasta en lo de la influencia, que atribuye, con error, a la moneda bancaria y a todo el papel-moneda público en el precio de las mercancías; con Vanderlint, rechaza la moneda fiduciaria; como Vanderlint, hace depender el precio de las mercancías del precio del trabajo, es decir, del salario y le sigue aún en la idea extravagante de que un Tesoro abundante mantiene las mercancías a bajo precio; etc.

Hace ya mucho tiempo que el Sr. Dühring decía muy por lo bajo y en tono de oráculo, que no se había comprendido la teoría de la moneda de Hume, y que él denunciaba notablemente las observaciones subversivas de Marx, quien en el Capital, había señalado las relaciones secretas de Hume con Vanderlint y con J. Massie, del cual aún hemos de hablar. Según el Sr. Dühring, no se ha entendido, pues, a Hume: veamos quién es. En cuanto respecta a la verdadera teoría de la moneda de Hume, según la cual la moneda es un sencillo signo de valor (en consecuencia de lo cual, en igualdad de condiciones, el precio de las mercancías baja en aquella medida en que aumenta la cantidad de moneda circulante, y sube en la medida en que disminuye), el Sr. Dühring, con la mejor voluntad del mundo, no puede hacer más que repetir los errores de sus predecesores, en la forma tan luminosa que le caracteriza y que sólo él sabe hacerlo. Hume, después de exponer tal teoría, se hace la objeción, que ya había hecho Montesquieu partiendo de igual hipótesis: «es, no obstante, «cierto» que después del descubrimiento de las minas de América la industria creció en todas las naciones europeas, salvo entre los poseedores de esas minas, y que «eso es debido, entre otras causas, al incremento de la cantidad de oro y de plata». Y explica el fenómeno del modo siguiente: «bien que el precio elevado de las mercancías sea la consecuencia necesaria del aumento del oro y de la plata; el alza de los precios no sigue inmediatamente a ese aumento, sino que se produce sólo, algún tiempo después, cuando la plata ha circulado por todo el país y dejado sentir su acción en todas las capas de la población»: en el intervalo, sus efectos serían bienhechores para la industria y el comercio. Al fin de semejante análisis, Hume, nos da también la razón, aunque de una manera menos comprensiva y más unilateral que muchos de sus predecesores y de sus contemporáneos: «Fácil es seguir la marcha de la moneda a través de toda la sociedad; entonces se verá que, antes de elevar el precio del trabajo, estimula la actividad de cada cual.»

En otros términos, Hume describe la acción de una revolución (en el caso particular de una depreciación) del valor de los metales preciosos—o lo que es lo mismo, de una revolución en la medida del valor de los metales preciosos y descubre, justamente, que vista la lenta igualación del precio de las mercancías, tal depreciación, en último análisis, no eleva el precio del trabajo, o sea el salario; por consecuencia, aumenta, con detrimento de los trabajadores (lo cual encuentra perfectamente), el beneficio de los comerciantes e industriales, y de ese modo estimula la actividad. Mas el verdadero problema científico es saber: si y en qué forma el aumento en la importación de metales preciosos (permaneciendo constante el valor) influye en el precio de las mercancías. Hume no se plantea tal problema; confunde el «aumento de los metales preciosos» con la depreciación de éstos. Hume, pues, hace exactamente «lo que Marx ha dicho que hacía»[4]. Volveremos sobre este punto, pero veamos, desde luego, el Ensayo de Hume respecto al «interés».

Hume expresamente dirige contra Locke sus argumentos para probar que el interés no se regula por la cantidad de moneda, sino por el tanto del beneficio. Dicha argumentación, con otras explicaciones tocante a las causas que determinan un tanto bajo o elevado de interés, se encuentran en forma mucho más exacta, pero mucho menos ingeniosa, en un escrito publicado en 1750, dos años antes del Ensayo de Hume: An Essay ou the Governing Causes of the Natural Rate of Interest wherein the sentiments of sir W. Petty and Mr. Locke, on tha head, are considered. El autor de este escrito es J. Massie, publicista de múltiple actividad y muy leído, como puede juzgarse por los libros que aparecieron en esta época, en Inglaterra. La explicación que da Adam Smith del tanto del interés, se aproxima más a la de Massie que a la de Hume. Ni Hume ni Massie saben ni dicen nada respecto a la naturaleza del «beneficio» que, no obstante, juega su papel en uno y en otro.

«De otra parte—dice el Sr. Dühring desde lo alto de su cátedra—frecuentemente ha habido prevención en los juicios pronunciados respecto de Hume, y se le han atribuído ideas que, en modo alguno, eran las suyas»; de cuya manera de proceder, el mismo Sr. Dühring, nos da más de un ejemplo notable.

Por ejemplo, el Ensayo de Hume acerca del interés, comienza con estas palabras: «Pasa por no haber signo más cierto del estado floreciente de un pueblo, el módico tanto del interés, y con justo título, bien que la causa de tal hecho sea quizás algo diferente de la que se le atribuye de ordinario.» De consiguiente, desde la primera fase, Hume estima como un lugar común, ya vulgar en su tiempo, la idea de que lo módico del interés es el signo más seguro de la prosperidad de una nación. Efectivamente, dicha idea llevaba cien años corriendo por el mundo, desde Child, aun cuando el Sr. Dühring, por lo contrario, dice (página 130): «Entre las ideas que Hume ha expresado tocante a la tasa del interés, es menester, ante todo, insistir en esta idea: que esa tasa es el verdadero barómetro de la situación (¿cuál situación?), y su modicidad, el signo infalible de la prosperidad de un pueblo.» ¿Quién, pues, está tan «prevenido» para hablar así? Ninguno otro más que el Sr. Dühring.

Además, nuestro historiador crítico se admira cándidamente de que Hume, con motivo de tal cual idea feliz, «no pretende haberla descubierto». ¡He ahí lo que no habría ocurrido al Sr. Dühring!

Hemos visto cómo Hume confunde el aumento de metal precioso con ese incremento especial, acompañado de depreciación, que constituye una revolución en la medida del valor de las mercancías. Semejante confusión era inevitable en Hume, porque no tenía la menor idea de la función de medida del valor que cumplen los metales preciosos, y no podía tenerla al no saber nada del valor mismo: pues la palabra valor no se encuentra en sus artículos sino quizás una sola vez, cuando queriendo corregir el error de Locke, según el cual los metales preciosos no pueden tener sino un «valor imaginario», lo agrava diciendo que, sobre todo, tienen «un valor ficticio».

En este punto, Hume es muy inferior, no sólo a Petty, sino también a muchos de sus contemporáneos ingleses. Hume muestra el mismo espíritu atrasado cuando, según la moda antigua, continúa celebrando al «comerciante» como primer motor de la producción; punto de vista que Petty había superado, desde ha tiempo. El señor Dühring asegura que, Hume se ha ocupado en sus Ensayos de los «principales asuntos económicos»; pero basta comparar el escrito de Cantillon—citado por Adam Smith y publicado en 1752, como los Ensayos de Hume, pero mucho después de muerto el autor—para admirarse del círculo estrecho en que se mueven las investigaciones económicas de Hume. Ya lo hemos dicho: Hume, a pesar de la patente de invención que le da el Sr. Dühring, es igualmente respetable en economía política; bien que en este orden no se distinga como un investigador original, y, mucho menos, forme época. La influencia de esos Ensayos económicos, en los círculos cultivados de su tiempo, se explica, no sólo por su gran talento de expositor, sino también, y sobre todo, por la apoteosis progresista y optimista que hace de la industria y el comercio, entonces en auge, o dicho de otro modo, de la sociedad capitalista cuyos rápidos progresos en Inglaterra, debían, por tanto, ser coronados por «el éxito». Baste una indicación con tal motivo. Ya se sabe con qué pasión luchaba el pueblo inglés, en tiempos de Hume, contra el sistema de los impuestos indirectos utilizado sistemáticamente por el muy famoso Roberto Walpole en el intento de desgravar a los propietarios territoriales y, en general, a los ricos. En su Ensayo sobre los impuestos (Of taxes), en que Hume combate, sin nombrarle, a Vanderlint, el más violento adversario de los impuestos ordinarios y el más enérgico defensor del impuesto territorial, se lee: «En efecto, preciso es que los impuestos sobre el consumo sean muy pesados y establecidos de una manera irracional, si el trabajador no es capaz de pagarle con un trabajo más activo y una economía más rigurosa, y sin elevar el precio de su trabajo.» Se creería oir hablar a Roberto Walpole mismo, sobre todo si se añade este pasaje del Ensayo sobre el Crédito público, en que se dice, con motivo de la dificultad de gravar a los acreedores del Estado: «La disminución de sus ingresos no puede disimularse bajo pretexto de ser un simple artículo de la accise (sisa) o de los derechos de aduana.»

Como era de esperar, por parte de un escocés, la admiración de Hume por los beneficios burgueses está muy lejos de ser puramente platónica. Siendo un pobre diablo al nacer, llegó penosamente a contar con un ingreso anual de 1.000 libras, hecho que el Sr. Dühring expresa espiritualmente (ya no se trata de Petty) del modo siguiente: «Había llegado mediante una buena economía doméstica, partiendo de muy escasos recursos, a poder escribir de un modo completamente independiente.» Más adelante el Sr. Dühring dice: «Nunca había hecho la menor concesión a la influencia de los partidos, de los príncipes o de las universidades: sin duda, yo no sé que Hume jamás haya tenido asuntos literarios con reparto de beneficios con un Wagener; pero se sabe que Hume, partidario decidido de la oligarquía whig, sostiene respetuoso la Iglesia y el Estado, recibe por precio de sus servicios, primero, el puesto de secretario de embajada en París, y después, el puesto incomparablemente más lucrativo de subsecretario de Estado.» «Desde el punto de vista político, Hume era y fue siempre conservador y monárquico. Por eso jamás fue denunciado con tanta violencia como Gibbon por los partidarios de la Iglesia establecida», dice el viejo Schlosser. «Este Hume egoísta, este historiador embustero—dice brutalmente el plebeyo Cobbett—insulta los monjes ingleses grasos, célibes, sin familia, viviendo de la mendicidad; pero él jamás tuvo familia ni mujer: era un mozón gordo y grueso, considerablemente cebado con el dinero del Estado, sin haberlo nunca merecido por ningún verdadero servicio prestado al Estado.» Hume, dice el Sr. Dühring, «es, en muchos respectos, muy superior a Kant por la organización práctica de su vida».

Pero ¿por qué, pues, Hume en la Historia crítica ocupa un lugar tan exagerado? Sencillamente, porque este «pensador profundo y sutil» ha tenido el honor de ser el Dühring del siglo XVIII. El ejemplo de Hume prueba que «la creación de toda una rama nueva de la ciencia, la economía política, se debe a una filosofía ilustrada»: y el precedente de Hume es la mejor garantía de que toda esa rama de la ciencia encontrará, sin duda alguna, su perfección en el hombre fenomenal que ha hecho una filosofía solamente «ilustrada»—la luminosa filosofía de la realidad—y en quien, como Hume, «hecho sin ejemplo en Alemania, el estudio de la Filosofía, en el sentido estricto del término, se auna a las investigaciones científicas en economía política». He aquí por qué Hume, respetable por otra parte como economista, viene a ser una estrella económica de primera magnitud cuya importancia no puede desconocerse sino por los envidiosos que niegan obstinadamente los «méritos decisivos» del Sr. Dühring.

Se sabe que la escuela fisiocrática nos ha dejado en el Cuadro económico de Quesnay un enigma en que críticos e historiadores de la economía política se han roto los dientes inútilmente: hecho para aclarar las ideas fisiocráticas sobre la producción y la circulación de la riqueza total de un país, quedó bastante obscuro para los sucesores de Quesnay. El Sr. Dühring va a proyectar sobre él una luz brillante. No se puede descubrir la significación en Quesnay mismo de esta imagen económica de las relaciones de la producción y de la repartición, si no se han analizado primero exactamente las nociones directrices que le son propias, tanto más cuanto estas nociones aún no habían sido establecidas con suficiente previsión, y que, en el mismo Adam Smith, es difícil reconocer sus rasgos fundamentales». El Sr. Dühring va a poner término, de una vez para todas, al «estudio superficial» de tradición. Para eso se burla del lector durante cinco largas páginas—cinco páginas en que todo género de expresiones pretenciosas, de repeticiones constantes y de desorden voluntario, deben encubrir algo terrible—y es que el Sr. Dühring no nos podría decir, en punto a las «nociones directrices» de Quesnay, sino cuanto se halla en las «complicaciones vulgares» de que aparta incesantemente a sus lectores. «Una de las cosas más lamentables» en esta introducción es que, después de haber olfateado, por decirlo así, el Cuadro económico cuyo solo nombre había sido pronunciado hasta ahora, el Sr. Dühring da rienda suelta a todo género de reflexiones, como a «la distinción entre los esfuerzos y los resultados». Y «si no se puede hallar, en las ideas de Quesnay, ese resultado perfecto», el Sr. Dühring nos ofrece, al menos, un magnífico ejemplo cuando pasa de esos grandes «esfuerzos preliminares» a su «resultado» extraordinariamente breve, es decir, a sus explicaciones sobre el Cuadro propiamente dicho. Citemos, pues, palabra por palabra, todo cuanto de bueno encuentra que decimes del Cuadro de Quesnay.

Dühring nos dice (esto forma parte de sus «esfuerzos»): «Parece evidente a Quesnay que es menester concebir y tratar como valor en moneda el producto neto», y aplica sus reflexiones, inmediatamente, a los valores en moneda, que supone realizados desde el primer cambio, como producto de la venta de todos los productos agrícolas. De este modo opera en las columnas de su cuadro con muchos millones, es decir, con valores en moneda. Esto nos hace saber por tres veces que Quesnay opera en el Cuadro con los «valores en moneda» de los «productos agrícolas», incluso el «producto neto». Y más adelante dice: «Si Quesnay hubiese considerado las cosas desde un punto de vista natural, si se hubiese emancipado, no sólo del punto de vista de los metales preciosos y de la cantidad de la plata, sino también del punto de vista de los valores en moneda!... pero se limita a contar con sumas de valores, y se representa, desde luego, el producto neto como un valor en moneda.» Y así, por cuarta y quinta vez, no hay más en el Cuadro que valores en moneda!

«Quesnay obtenía el producto neto sustrayendo los gastos y pensando principalmente» (según aquella interpretación que, no por ser tradicional es menos superficial) «en el valor que corresponde en calidad de renta al propietario de la tierra». No hemos dado un paso, pero ahora vendrá. «De otro lado (¡este de otro lado es una perla!), el producto neto, como objeto natural, pasa a la circulación y deviene, de ese modo, un elemento que sirve para mantener la clase calificada de estéril. Aquí puede verse qué confusión se origina de que tan pronto sea el valor en moneda, tan pronto el objeto mismo, el que determina la marcha de las ideas.» En general, parece que toda circulación de mercancías sufre esa «confusión», que simultáneamente las mercancías pasan como «objeto natural» y como «valor en moneda. Y nos movemos siempre en círculo alrededor de los «valores en moneda» porque Quesnay quiere evitar un doble empleo del producto económico.»

Perdónenos el Sr. Dühring, pero en el Cuadro figuran los diversos géneros de productos, arriba como «valores en moneda» y abajo, «en el análisis» del Cuadro, como «objetos naturales». Y Quesnay mismo, más tarde, hace inscribir en el Cuadro, por su discípulo el abate Baudeau, los objetos naturales al lado de sus valores en moneda.

Después de todos «esos esfuerzos», he aquí por fin el «resultado».

Escuchad y admirad: «La inconsecuencia (en cuanto concierne al papel atribuído por Quesnay a los propietarios de la tierra) aparece al punto que se pregunta qué se hace, en la circulación económica, el producto apropiado en forma de renta. Sólo un pensamiento confuso y fantástico hasta el misticismo, explica las ideas de los Fisiócratas y el Cuadro económico

Todo va bien cuando acaba bien. Así, el Sr. Dühring no sabe qué se hace, en la circulación económica (representada por el Cuadro), el producto neto apropiado en forma de renta. El Cuadro para él es la «cuadratura del circulo». Por confesión propia, él no comprende el A B C de la Fisiocracia. Después de todas las circunlocuciones, de la palabrería vacía, de las escapatorias, de las arlequinadas, de los episodios, de las diversiones, de las repeticiones, de las confusiones que aturden, que debían prepararnos para el descubrimiento genial de «la verdadera significación del Cuadro de Quesnay»—después de todo, el Sr. Dühring confiesa avergonzado, que nada sabe de ello.

Una vez hecha la dolorosa confesión, libertado del sombrío fastidio que le aplastaba durante su cabalgar por el país de los Fisiócratas, «nuestro profundo y sutil pensador» emboca de nuevo su trompeta. «Las líneas que traza Quesnay en todos sentidos (hay seis en total) a través de su Cuadro, por otra parte bastante sencillo (!)—líneas que deben representar la circulación del producto neto—, despiertan la sospecha de que, como base de esas «extrañas combinaciones de columnas», hay un miticismo matemático: se recuerda que Quesnay se ha ocupado de la cuadratura del círculo», etc. No pudiendo el señor Dühring, según propia confesión, comprender las líneas, a pesar de su sencillez, menester es que, según su costumbre, las haga sospechosas, para luego tranquilamente dar el golpe de gracia al fatal Cuadro: «Hemos considerado el producto neto en su aspecto más contestatable, etc.» La forzada confesión de que no comprende ni la primer palabra del Cuadro económico y el papel que en él juega el «producto neto», he aquí lo que el señor Dühring llama el aspecto más contestable del producto neto». ¡Qué humor!

Mas nuestros lectores no deben quedarse en la misma cruel ignorancia del Cuadro de Quesnay, en que necesariamente están sumidos quienes beben directamente en el Sr. Dühring su ciencia económica. He aquí la cosa en pocas palabras.

Ya se sabe que, según los Fisiócratas, la sociedad se divide en tres clases: 1.ª, la clase productiva, es decir, la clase realmente activa en la agricultura, la de los arrendatarios y trabajadores del campo, que son productivos porque su trabajo suministra un excedente: la renta; 2.ª, la clase que se apropia dicho excedente, a saber: los propietarios de la tierra y quienes de él dependen, el príncipe y, en general, los funcionarios pagados por el Estado, y en fin, la Iglesia en tanto se apropia el diezmo; 3.ª, la clase industrial o estéril (improductiva), que es estéril porque, según los Fisiócratas, no añade a las primeras materias suministradas por la clase productiva, ningún otro valor que el consumido en los medios de subsistencia, dados por esta misma clase productiva. El Cuadro de Quesnay está hecho para mostrar cómo el capital total de un país (de hecho, de Francia) circula entre esas tres clases y sirve para la reproducción anual.

El Cuadro supone, desde luego, que el sistema de arriendo, y por tanto, el gran cultivo, en el sentido que podían tener esas palabras en tiempo de Quesnay, se introduce en todas partes: Normandía, Picardía, Isla de Francia y algunas otras provincias francesas le servían de ejemplo. Así, el arrendatario verdadero jefe de la agricultura, representa en el Cuadro a toda la clase productiva (agrícola) y paga al propietario de la tierra una renta en dinero. Y Quesnay atribuye al conjunto de los arrendatarios una colocación de fondos o inventario de 10.000 millones de libras, cuya quinta parte (o sea 2.000 millones) representa el capital de explotación que precisa reemplazar por año. Quesnay, para hacer esa estimación, se refiere de nuevo principalmente a las haciendas mejor cultivadas de las provincias citadas.

Además, Quesnay supone para simplificar: 1.º, que los precios son constantes y la reproducción, simple; 2.º, que no existe la circulación en el seno de una misma clase, y que tiene en cuenta, exclusivamente, la circulación entre clase y clase; 3.º, que todas las ventas, como todas las compras, que se hacen entre clase y clase, durante el año de explotación, se reunen en una suma total única. Por último, hay que recordar, que en tiempos de Quesnay, en Francia como en el resto de Europa, en diverso grado, la industria doméstica, propia de la familia campesina, constituía la parte más considerable de todas las necesidades, aparte la del alimento, y por eso Quesnay muy naturalmente considera la industria doméstica como parte integrante de la agricultura.

El punto de partida del Cuadro es la recolección total, el producto de los frutos anuales del suelo, y por esa razón figura en lo alto del Cuadro, la «reproducción total del país, en particular de Francia. El valor del producto bruto se valúa según los precios medios de los productos del suelo en las naciones comerciantes, y alcanza a 5.000 millones de libras, suma que expresa, aproximadamente, según las evaluaciones estadísticas que podían hacerse entonces, el valor en moneda del producto agrícola bruto de Francia. He ahí la sola y única razón por la cual Quesnay opera en el Cuadro «con muchos miles de millones», de hecho con 5.000 millones, más bien que con cinco libras de Tours.

El producto bruto íntegro, el valor de los cinco mil millones, se encuentra, por tanto, en manos de la clase productiva; es decir, desde luego de los arrendatarios, que lo han producido empleando anualmente un capital de explotación de 2.000 millones, correspondientes a una colocación de fondos de 10.000 millones. Los productos agrícolas—medios de existencia, primeras materias, etc.—necesarios para reemplazar el capital de explotación, y en parte, además, para mantener todas las personas directamente activas en los trabajos agrícolas, se sustraen en especie de la renta total y se gastan de nuevo en la producción agrícola. Como hemos visto, se ha supuesto que los precios son constantes y la reproducción simple, según un tanto fijado, de una vez para todas; el valor de esta parte, restada del producto bruto, es igual a 2.000 millones de libras. Esta parte no pasa, pues, a la circulación general, porque, como ya se ha notado, Quesnay suprime del Cuadro la circulación, en la medida en que sólo se verifica en el seno de una clase particular mas no la efectuada entre las distintas clases.

Después de reemplazar el capital de explotación con una parte del producto bruto, queda un excedente de 3.000 millones: 2.000 millones de medios de subsistencia y 1.000 millones de primeras materias. La renta que los arrendatarios deben pagar a los propietarios fundiarios no asciende sino a los dos tercios de ese excedente, o sea a 2.000 millones. Bien pronto se verá por qué 2.000 millones figuran bajo el epígrafe de «producto neto» o «renta neta».

Pero fuera de la reproducción agrícola total, del valor de los 5.000 millones, de los cuales 3.000 millones pasan a la circulación general, hay todavía, antes de que comience el movimiento descrito en el Cuadro, todo el «peculio» de la nación, 2.000 millones de dinero contante, en manos de los arrendatarios. He aquí cómo:

Como el punto de partida del Cuadro es la renta total, ésta misma constituye el punto en que termina el año económico, por ejemplo, el año 1758, según el cual comienza un nuevo año económico. Durante ese nuevo año 1759, la parte del producto bruto destinado a la circulación se repartió entre las otras dos clases por medio de una serie de pagos, de ventas y compras particulares. Los movimientos sucesivos, parciales, que se escalonan en todo el año (como era inevitable, naturalmente, en este Cuadro) se sintetizan en un reducido número de actos característicos que comprende cada cual, de un golpe, un año entero. Así, a fines de 1758 la clase de arrendatarios ha visto afluir de nuevo a ella el dinero que había pagado en 1757 como renta a los propietarios fundiarios (el Cuadro ismo muestra cómo), a saber: la suma de 2.000 millones, de tal suerte que puede volver a lanzar de nuevo dicha suma a la circulación en 1759.

Mas dicha suma, como observa Quesnay, es mucho mayor que la que se esperaria encontrar en la realidad (en que los pagos se repiten constantemente, por fracciones) para la circulación total de un país (por ejemplo, Francia); así, los 2.000 millones de libras que se encuentran en manos de los arrendatarios representan la suma total que circula en la nación. La clase de propietarios fundiarios que encajan la renta se presenta primero, como acontece todavía hoy, a veces en su papel de cobradores de pagos. Quesnay supone que los propietarios de tierra, propiamente dichos, no reciben sino cuatro séptimos de esa renta de 2.000 millones, pues dos séptimos corresponden al gobierno y un séptimo a los que perciben el diezmo. En tiempos de Quesnay la Iglesia era el mayor propietario territorial de Francia y recibía además el diezmo de cualquier otra propiedad territorial.

El capital de explotación empleado por la clase «estéril» durante un año entero, los «anticipos anuales» consisten en primeras materias por valor de 1.000 millones, porque los útiles, las máquinas, etc., se cuentan entre los productos de esa clase. Las distintas funciones que pueden representar dichos productos en las industrias de esa clase tampoco se tienen presentes en el Cuadro, como la circulación de mercancías y de moneda en aquella medida en que no tiene lugar, sino en el seno de esa misma clase. El salario del trabajo, por el cual la clase estéril transforma las primeras materias en productos manufacturados, es igual al valor de los medios de subsistencia que recibe, en parte directamente de la clase productiva, en parte indirectamente por mediación de los propietarios de la tierra. Bien que la clase estéril se divida en capitalistas y trabajadores asalariados—según las ideas fundamentales de Quesnay—en tanto que está a sueldo de la clase productiva y de los propietarios de la tierra. Igualmente la producción industrial total, y por consecuencia también la circulación industrial total, que se reparten en el año siguiente la recolección, están igualmente comprendidas en un todo único. Se supone, pues, que en los comienzos del movimiento que el Cuadro describe la producción anual de la clase estéril se encuentra por entero entre sus manos, y que, por consecuencia, todo su capital de explotación—consistente en primeras materias por valor de 1.000 millones—, se ha transformado en mercancías por valor de 2.000 millones, cuya mitad representa el precio de los medios de subsistencia consumidos mientras se opera semejante transformación.

Podría objetarse: pero si la clase estéril consume, sin embargo, también para su propio uso doméstico los productos de la industria, ¿dónde figuran estos últimos, si su producto total pasa a las demás clases mediante la circulación? He aquí la respuesta: no sólo la clase estéril consume una parte de sus productos, sino que trata además de conservar tanto como puede; vende, pues, las mercancías que lanza en la circulación por cima de su valor real, y se ve obligada a hacerlo, puesto que evaluamos esas mercancías por el valor total de su producción. Mas esto no cambia, en nada, los datos establecidos por el Cuadro, porque las otras dos clases entonces no reciben las mercancías manufacturadas sino por el valor de su producción total.

Queda pues conocida ahora la posición económica de las tres diversas clases, al comienzo del movimiento descrito en el Cuadro.

La clase productiva, después de haber reemplazado su capital de explotación, dispone todavía de 3.000 millones de producto bruto agrícola y 2.000 millones de moneda. La clase de los propietarios de la tierra no figura primero, sino por su crédito de 2.000 millones de renta, respecto de la clase productiva. La clase estéril dispone de 2.000 millones de mercancías manufacturadas. Los Fisiócratas llaman circulación imperfecta a la que tiene lugar entre dos de las tres clases, y circulación perfecta la que atraviesa las tres clases.

Lleguémonos ahora al Cuadro económico mismo.

Primera circulación (imperfecta).—Los arrendatarios pagan a los propietarios de la tierra, sin prestación recíproca, la renta de 2.000 millones en dinero, que vuelve a éstos. Con uno de esos 1.000 millones los propietarios compran los medios de subsistencia a los arrendatarios, que de ese modo recobran la mitad del dinero que han gastado en pagar la renta.

En su Análisis del Cuadro económico Quesnay no habla ni del Estado, que recibe dos séptimos; ni de la Iglesia, que recibe un séptimo de la renta de la tierra, porque el papel social de uno y otra es bien conocido; pero dice, en lo que concierne a la propiedad territorial propiamente dicha, que sus gastos——entre los cuales figuran también los de todos sus servidores—, al menos en su mayor parte, son gastos improductivos, con excepción de la pequeña parte empleada en «mantener y mejorar sus bienes» y en elevar la cultura. Mas la función propia de los propietarios de la tierra, según «el derecho natural», consiste precisamente para Quesnay «en velar por la buena administración y en los gastos de sostenimiento de su herencia»; o como dice más adelante, en los anticipos financieros, esto es, en los gastos destinados a preparar el suelo y suministrar a las haciendas de sus accesorios, gastos que permiten al arrendatario el consagrar exclusivamente todo su capital al cultivo, propiamente dicho.

Segunda circulación (perfecta).—Con los segundos 1.000 millones de dinero que se conservan aún en sus manos, los propietarios fundiarios compran productos manufacturados a la clase estéril, y ésta con el dinero que ha percibido compra por igual suma los medios de subsistencia de los arrendatarios.

Tercera circulación (imperfecta). -Los arrendatarios compran a la clase estéril 1.000 millones de productos manufacturados; una gran parte de tales productos consisten en instrumentos de arar y otros necesarios para la agricultura. La clase estéril devuelve a los arrendatarios la misma suma, comprando mil millones de primeras materias destinadas a reemplazar su propio capital de explotación. De ese modo, los arrendatarios han recobrado los 2.000 millones de dinero gastados por ellos en pagar la renta. El cálculo queda terminado y, al mismo tiempo, se resuelve el gran problema, que consistia en saber «que se hace en la circulación económica del producto neto, apropiado en forma de renta».

Al comenzar el proceso nos encontramos en manos de la clase productiva un excedente de 3.000 millones: de estos 3.000 millones, dos han sido pagados como producto neto a los propietarios de la tierra en forma de renta. Los terceros 1.000 millones de excedente constituye el interés del capital total, o colocación de fondos de los arrendatarios, es decir, el 10 por 100 de 10.000 millones. Dicho interés, notémoslo, no lo sacan de la circulación, sino que se encuentra en especie en sus manos y le realizan solamente mediante la circulación, transformándole por tal conducto en productos manufacturados de igual valor.

Sin tal interés el arrendatario, que es el agente principal de la agricultura, no haría a este último el anticipo del capital de fundación. Por esta razón, los Fisiócratas, estiman que la apropiación por el arrendatario de la parte del superproducto agrícola que representa el interés, es una condición de la reproducción, condición tan necesaria como la existencia misma de una clase de arrendatarios; y ese elemento, por tal razón, no puede incluirse bajo la categoría del «producto neto» o de «renta neta» nacional, pues esta última se caracteriza justamente por el hecho de ser consumible, sin relación alguna con las necesidades inmediatas de la reproducción nacional. Pero este fondo de 1.000 millones sirve, según Quesnay, en su mayor parte, para las reparaciones que son necesarias en el año; sirve para las sustituciones parciales del capital de fundación; sirve de fondo de reserva para subvenir a los accidentes y, por último, cuando es posible, sirve para aumentar el capital de fundación y de explotación, para mejorar el suelo y para extender el cultivo.

Por otra parte, todo el proceso «es bastante sencillo»: los arrendatarios lanzan a la circulación 2.000 millones en dinero para pagar la renta, y para 3.000 millones de productos—de los cuales dos tercios constituyen medios de vida y un tercio primeras materias—y la clase estéril lanza a la circulación 2.000 millones de productos manufacturados. De los 2.000 millones en medios de vida, la mitad se consume por los propietarios territoriales y sus servidores, y la otra mitad por la clase estéril, como salario de su trabajo. Las materias primeras (las hay por 1.000 millones) sirven para reemplazar el capital de explotación de esta misma clase. De los productos manufacturados circulantes (los hay por 2.000 millones), una mitad corresponde a los propietarios de la tierra; la otra mitad a los arrendatarios, para quienes no es sino una nueva forma del interés de los fondos que tienen colocados; interés que sacan, desde luego, de la reproducción agrícola. Pero el dinero que el arrendatario ha lanzado a la circulación pagando la renta, le es reintegrado por la venta de productos; y de esta manera, el mismo circulo puede ser recorrido de nuevo el año económico siguiente.

Admirad ahora la exposición «verdaderamente crítica» del Sr. Dühring, tan infinitamente superior a las «exposiciones superficiales que son tradicionales». Después de habernos dejado entender, en términos misteriosos, por cinco veces consecutivas, con qué error opera Quesnay en su Cuadro con simples valores en moneda (lo cual es falso, como se ha visto), llega por último al resultado: de que cuando se pregunta «qué se hace en la circulación económica el producto neto apropiado en forma de renta», no explica tampoco el Cuadro económico sino por «una confusión y una fantasía llevada hasta el misticismo». Hemos visto que el Cuadro, descripción tan sencilla como genial para su época, del proceso anual de reproducción, tal cual se cumple por medio de la circulación, responde muy exactamente a la cuestión de saber qué se hace del producto neto en la circulación económica; de suerte que el «misticismo», la «confusión» y la «fantasía», una vez más corresponden al Sr. Dühring como «el aspecto más incontestable» y el «único producto neto» de sus estudios fisiocráticos.

El Sr. Dühring está tan informado respecto a la acción histórica de los Fisiócratas como de sus teorías. «La Fisiocracia ha encontrado en Turgot su coronamiento teórico y práctico.» No obstante, Mirabeau, fundamentalmente fisiócrata por sus doctrinas económicas, ha sido la más alta autoridad en la Asamblea Constituyente de 1789 en todas las cuestiones económicas, y esa Asamblea, en sus reformas económicas, llevó gran parte de las tesis fisiocráticas de la teoría a la práctica, gravando, en particular, con fuerte impuesto el producto neto apropiado «sin prestación recíproca» por los propietarios de la tierra, o sea la renta. Pero todo eso no es nada para el Sr. Dühring.

De igual manera que la línea trazada a través de los años de 1691 a 1752 borraba a todos los predecesores de Hume, otra línea roja entre Hume y Adam Smith suprime a Sir James Steuart. El Sr. Dühring no dice una palabra de su gran obra que, aparte de su importancia histórica, ha enriquecido de modo durable la economía política, sino que le asesta la mayor injuria que encuentra en su diccionario, y dice que Steuart era «un profesor» de tiempos de Adam Smith. Por desgracia, esa denominación es enteramente gratuita, pues en realidad Steuart era un gran propietario territorial de Escocia que, desterrado de la Gran Bretaña bajo pretexto de su participación en la conjuración de los Estuardos, vivió mucho tiempo y viajó por el continente, estudiando al por menor la situación económica de diversos países.

En suma, según la Historia Crítica, todos los economistas no tienen otro valor que el preceder y anunciar los profundos descubrimientos del Sr. Dühring, o bien servirle sencillamente para hacer resaltar su valía. No obstante, hay en economía política algunos héroes que no sólo han «anunciado» los descubrimientos del señor Dühring, sino cuyas tesis dan, no por «desarrollo», sino por «combinación»—como está prescrito en la Filosofía de la Naturaleza—, las teorías del Sr. Dühring: tal, por ejemplo, List, «incomparablemente grande», que ha inflado y magnificado en beneficio de los fabricantes alemanes las teorías mercantilistas de un Ferrier y otros; Carey, que ha expresado en la proposición siguiente lo esencial de su sabiduría: «El sistema de Ricardo es un sistema de discordia, tiende a crear el antagonismo de clases; su libro es el manual del demagogo que quiere alcanzar el poder mediante el desgarramiento del país, la guerra y el pillaje»; es, en fin, el Confucio de la ciudad de Londres, Mac Leod.

Las gentes que hoy y en todo tiempo deseen estudiar la historia de la economía política, mejor harán en estudiar las «soserías», las vulgaridades interminables «de las compilaciones las más vulgares», que fiarse de la «historia de gran estilo» del Sr. Dühring.

¿Y cuál es el resultado final de nuestro análisis del sistema económico del Sr. Dühring? A pesar de las grandes frases y de las más grandes promesas, su economía política nos desencanta como su «Filosofía». En la teoría del valor, «esa piedra de toque de los sistemas económicos», el Sr. Dühring entiende por valor cinco cosas absolutamente diferentes y contradictorias; de suerte que, poniendo las cosas del mejor modo, no se sabe lo que dice. Las leyes naturales de toda economía, anunciadas con tanta pompa, se han manifestado como tonterías de la peor especie, conocidas de todo el mundo, y, por añadidura, inexactamente formuladas. La única explicación de los hechos económicos de que tal sistema se ha mostrado capaz, es que esos hechos son producto de la «violencia», palabra con la cual se consuela, desde siempre, el filisteo de todo país de todo cuanto le desagrada; palabra de otra parte que nada nos enseña. Y en lugar de analizar el origen y los efectos de esa «violencia», el Sr. Dühring quiere que nos contentemos, llenos de reconocimiento, con la sola palabra de «violencia», como causa última y explicación definitiva de los fenómenos económicos. Obligado a hablar de la explotación capitalista del trabajo, la presenta, desde luego—apropiándose la idea de peaje de Proudhon—, como fundada en una sustracción y en un encarecimiento, para explicarla en seguida en detalle por medio de la teoría marxista del supertrabajo, del superproducto y de la supervalía. De esta suerte llega felizmente a reconciliar, copiándolos a la vez, dos conceptos absolutamente contradictorios. Y lo mismo que en filosofía no encontraba suficientes duras palabras para denostar a Hegel—a quien constantemente explotaba, empobreciéndole—así también en su Historia Crítica estampa los más violentos ataques contra Marx para ocultar que todo cuanto aún puede encontrarse de racional sobre el capital y el trabajo en el Curso, no es sino un plagio empobrecido, cuya víctima es Marx. La ignorancia que en el Curso coloca al principio de la historia de los pueblos «el gran propietario territorial», sin conocer nada de la propiedad territorial común de las comunidades familiares y de aldea, origen de toda historia; esa ignorancia, hoy casi inconcebible, aún queda superada por la de su Historia Crítica, en que le da rienda suelta, a pretexto de «universalidad de las ideas históricas, de que no hemos dado sino algunos ejemplos horribles. En una palabra, «esfuerzos» gigantescos de admiración de si mismo, reclamo charlatanesco, promesas sobre promesas, todo para llegar a un «resultado»... igual a cero.

  1. Política, libro I, cap. 3. II.
  2. Capital, capítulo XII, 5, pág. 369 de la tercera edición.
  3. Kritische Geschichte der Nationalökonomie, pág. 22.
  4. Marx, Zur Kritic, etc., pág. 141.