Anti-Dühring/Tercera Parte/I
TERCERA PARTE
SOCIALISMO
I
NOCIONES HISTÓRICAS
En la Introducción, hemos visto cómo los filósofos franceses del siglo XVIII, precursores de la Revolución, apelaban a la razón como juez único de todo cuanto existe; se trataba de instituir un Estado racional, una sociedad racional, y cuanto era contrario a la razón eterna debía abolirse sin piedad. También vimos que esa razón eterna, en realidad, no era sino el entendimiento idealizado del hombre de la clase media, justamente en vías de llegar a ser burgués. Mas cuando la Revolución francesa hubo realizado tal Estado de razón y esa sociedad racional, las nuevas instituciones, por racionales que fueran, en comparación con el estado de cosas que reemplazaban, no podían, sin embargo, considerarse como absolutamente racionales, el Estado racional se vino abajo por completo. El Contrato Social, de Rousseau, encuentra su realización en el Terror, de donde, dudando al cabo de su propia capacidad política, el burgués se refugia primero en la corrupción del Directorio y, por fin, bajo la protección del despotismo napoleónico. La anunciada paz eterna había conducido a una interminable guerra de conquistas. La sociedad, instaurada por la razón, no iba mejor; el antagonismo de ricos y pobres, en lugar de resolverse en la prosperidad general, se agravó con la abolición de los privilegios corporativos y de otro género que le atenuaba y de las instituciones eclesiásticas que le suavizaba; el progreso de la industria capitalista hizo de la pobreza y de la miseria de las masas laboriosas una condición de vida para la sociedad. El número de crímenes se acreció de día en día, y si la inmoralidad feudal, que otro tiempo se mostraba impúdicamente al descubierto no fue destruída, al menos relegada a segundo lugar por algún tiempo y vióse aparecer con tanta mayor lozanía la floración de los vicios burgueses ocultos hasta entonces. El comercio se convirtió, cada vez más, en una estafa. La «Fraternidad» de la divisa revolucionaria se manifiesta en las trapacerías y celos de la concurrencia; la corrupción ocupó el lugar de la opresión violenta; el oro reemplazó a la espada como principal palanca de poder social. El derecho señorial pasó del señor feudal al fabricante burgués. La prostitución adquirió proporciones hasta entonces inauditas. El matrimonio mismo siguió siendo lo que era anteriormente, la forma legal reconocida, el velo oficial de la prostitución, y se completó con el adulterio, practicado en gran escala. En una palabra, las instituciones sociales y políticas establecidas por la «victoria de la razón», comparadas con las cegadoras promesas de los hombres del siglo XVIII, manifestáronse en el momento de prueba cual caricaturas cruelmente engañosas. Faltaban sólo todavía hombres que constatasen la decepción, y esos hombres aparecieron al doblar el siglo. En 1802 aparecieron las cartas de Ginebra de Saint-Simón; en 1808 la primera obra de Fourier—bien que la primera idea de su teoría se remontara ya a 1799—y en 1.° de Enero de 1800 Ricardo Owen tomó la dirección de New-Lanark.
Mas en tal momento, la forma de producción capitalista, y con ella el antagonismo entre la burguesíay el proletariado, estaba todavía muy poco desarrollado. La gran industria, apenas nacida en Inglaterra, era aún desconocida en Francia. Y sólo la gran industria desarrolla los conflictos, que hacen sea necesidad ineludible la revolución del modo de producción, conflictos no sólo entre las clases que la gran industria engendra, si que también entre las mismas fuerzas productivas y las formas de cambio que ella crea; de otra parte, sólo la gran industria, con el desarrollo gigantesco, que da a las fuerzas productivas, ofrece los medios de resolver dichos conflictos. Y si hacia 1800, los conflictos nacidos del nuevo orden social apenas estaban en vías de originarse, mucho más lo serían los medios de resolverlos. Las masas no poseedoras de París, apoderándose un instante del poder durante el Terror, probaron sólo cuán imposible era su poder en las circunstancias entonces dominantes. El proletariado, que apenas comenzaba a diferenciarse de esas masas no poseedoras como tronco de una nueva clase; el proletariado, aun enteramente inepto para una acción política independiente, se presentaba como un estado de la nación oprimida y sufrida, incapaz de ayudarse a sí mismo, y que, a lo sumo, podía recibir auxilio de fuera, de lo alto.
Semejante situación histórica dominó también a los fundadores del Socialismo. A la falta de madurez de la producción capitalista y del proletariado, como clase, correspondía la falta de madurez de las teorías. Los fundadores del Socialismo querían sacar de su cerebro la solución de los problemas sociales, solución todavía oculta en la situación económica embrionaria. La sociedad no presentaba sino abusos y asunto, pues era de la razón pensante el ponerles fin. Se trataba de descubrir un nuevo sistema más perfecto del orden social y de arbitrarlo para la sociedad, desde fuera, por la propaganda, y en tanto fuera posible, mediante el ejemplo de experiencias modelo. Mas semejantes sistemas sociales estaban condenados con antelación como utopías y, cuanto más al por menor se elaboraban tanto más se resolvían en puras fantasías.
Dado esto, no nos detengamos un solo instante para considerar tal aspecto de esos sistemas, pues pertenecen hoy por completo al pasado; dejemos a los espíritus mezquinos que se paran en pelillos, como Dühring, el cuidado de expurgar solemnemente tales fantasías, hoy no más que divertidas, el oponer su frío y soso pensamiento a esas locuras. Gocémonos más bien de las ideas generales, que rebosan por todas partes de la cáscara de la fantasía, que esos filisteos no saben percibir.
En sus cartas de Ginebra, ya sienta Saint-Simón el principio de que «todos los hombres deben trabajar.» Cuando escribe esa obra ya sabe que el reino del Terror había sido el reino de las masas no poseedoras. «Ved, les grita, lo que ha pasado en Francia cuando vuestros compañeros han sido los amos y han originado el hambre». Ahora bien, en 1802, era un descubrimiento enteramente genial el concebir la Revolución francesa como una lucha de clases entre la nobleza, la burguesía y las masas no poseedoras. En 1816 definía la política como la ciencia de la producción, y predijo que la política se reabsorbería toda ella en la economía. Si la idea de que la situación económica es la base de las instituciones políticas, no está sino esbozada, se encuentra ya plenamente expresada la reducción del gobierno politico de los hombres a la administración de las cosas y a la dirección del proceso de producción; es decir, esa abolición del Estado alrededor de la cual tanto ruido se ha hecho recientemente. Siempre superior a sus contemporáneos, proclama en 1814—al punto de la entrada de los aliados en París, y aun en 1815, durante la guerra de los Cien días—que la alianza de Francia con Inglaterra y, en segundo lugar, la alianza de ambos países con Alemania, es la única garantía de una evolución próspera y de la paz para Europa. Se necesitaba ciertamente más valor para predicar en 1815 a los franceses una alianza con los vencedores de Waterloo, que para declarar a los profesores alemanes una guerra de comadres.
Si encontramos en Saint-Simón la amplia percepción del genio que hace haya en él los gérmenes de todas las ideas no estrictamente económicas de los socialistas que le han sucedido, encontramos en Fourier una crítica del estado social existente, que siendo verdaderamente francesa por su espíritu, no es menos penetrante y profunda.
Fourier acepta desde luego la burguesía y sus entusiastas profetas anteriores a la Revolución y sus apologistas interesados de después. Despiadadamente pone al descubierto las llagas materiales y morales del mundo burgués, y pone de manifiesto, lo mismo las promesas cegadoras de los hombres del siglo XVIII, cuando profetizan una sociedad en que sólo reinará la razón, una civilización que realizará la felicidad universal, la perfectibilidad ilimitada del hombre, que las frases optimistas de los ideólogos burgueses contemporáneos; muestra cómo a las frases más elocuentes, responde por doquier la más despiadada realidad y cubre con sus donaires mordaces el fiasco definitivo de la fraseología. Fourier no es sólo un crítico; su carácter, siempre alegre, le hace satírico; uno de los más grandes satíricos de todos los tiempos. Describe de un modo tan magistral como regocijante las locas especulaciones que siguieron a la caída de la Revolución y el espíritu tenderil, generalmente difundido entonces entre los comerciantes franceses. Su crítica de las ideas burguesas, tocante a la relación de los sexos y a la situación de la mujer en la sociedad burguesa, es todavía más magistral. Pero donde aparece más grande es en el concepto que se forma de la historia de la sociedad: distingue en toda su evolución pasada cuatro fases sucesivas: salvajismo, barbarie, patriarcado y civilización—la última idéntica a la que hoy se llama sociedad burguesa—y muestra cómo a cada uno de los vicios a que se entrega la barbarie con sencillez, da a la civilización una forma compleja, ambigua e hipócrita; cómo la civilización se mueve en un «circulo vicioso» a través de las contradicciones que constantemente crea sin poder resolverlos, de suerte que siempre va a parar a un resultado contrario al que desearía obtener o pretende querer obtener. Por ejemplo: en la civilización la pobreza surge de lo superfluo. Como se ve, Fourier practica la dialéctica con la misma maestría que su contemporáneo Hegel. Con auxilio de la misma dialéctica, muestra, contrariamente a la fraseología corriente sobre la indefinida perfectibilidad del hombre, que cada fase histórica tiene su rama descendente, como tiene su rama ascendente, y aplica tal idea al porvenir mismo de la humanidad entera. De igual manera que Kant introdujo la idea del anonadamiento futuro de la tierra en la ciencia de la naturaleza, Fourier introdujo la del anonadamiento futuro de la humanidad, en la filosofía de la historia.
Mientras que en Francia el huracán de la Revolución barría el país, en Inglaterra se producía una revolución menos agitada, pero igualmente considerable. El vapor y las nuevas máquinas hicieron de la manufactura la gran industria moderna y revolucionaron las bases mismas de la sociedad burguesa. La marcha soñolienta de la evolución, en tiempos de la manufactura, dió lugar en la producción a un verdadero período de asalto. Con velocidad siempre creciente se cumple la escisión de la sociedad en grandes capitalistas y proletarios que nada poseen, entre los cuales lleva vida inestable la clase media estable de otras veces, una masa variable de artesanos y pequeños comerciantes: la parte más flotante de la población. La nueva forma de producción, apenas comenzaba su evolución ascendente, era aún la forma de producción normal, la única adecuada a las circunstancias; pero entonces ya engendraba como abusos sociales hirientes, la aglomeración de una población sin hogar en las peores habitaciones de las grandes ciudades; la ruptura de todos los vínculos tradicionales de nacimiento, de subordinación patriarcal, de familia; el exceso horrible de trabajo, en particular para las mujeres y niños; la desmoralización en masa de la clase trabajadora, lanzada de repente a un medio completamente nuevo. Entonces surgió en su función de reformador un fabricante de veintinueve años, un hombre de un carácter, de una sencillez infantil hasta lo sublime, y al mismo tiempo un conductor de hombres como ha habido pocos, Roberto Owen, que había hecho suya la doctrina de los materialistas del siglo XVII, según la cual el carácter del hombre es un producto, de una parte de la organización original, y de otra, de las circunstancias que le rodean durante su vida, en particular en el período de crecimiento. La mayor parte de los hombres de su clase no veian en la revolución industrial sino confusión y caos, en que era bueno pescar en agua turbia y enriquecerse rápidamente; mas él vió la ocasión de aplicar su teoría favorita y con ello poner orden en aquel caos. Felizmente, ya había hecho su ensayo como director de una fábrica de quinientos obreros, en Manchester. De 1800 a 1829 dirigió con ese espíritu, y en calidad de asociado gerente, la gran fábrica de tejido de algodón de New-Lanark, en Escocia, con una mayor libertad de acción y con un éxito que le dió una celebridad europea. Transformó una población que se elevó poco a poco hasta 2.500 cabezas, una población en su origen compuesta de elementos los más heterogéneos y, en su mayor parte, los más desmoralizados, en una colonia modelo que se bastaba a sí misma, en que la embriaguez, la limpieza, la justicia represiva, los procesos, la asistencia a los indigentes y la caridad eran cosas desconocidas, y esto simplemente dando a los obreros un medio más conforme a la dignidad humana y, en particular, dando una cuidadosa educación a la nueva generación en vías de crecimiento. El fue quien inventó las escuelas para los niños muy pequeños y quien primero las introdujo: desde dos años iban los niños a escuela, y allí pasaban el tiempo tan agradablemente, que era preciso hacer todos los esfuerzos del mundo para que se fueran a sus casas. Mientras que los competidores de Owen trabajaban trece y catorce horas, en New-Lanark no se trabajaba sino diez horas y media. Una crisis algodonera obligó a Owen a parar la fábrica durante cuatro meses y continuó pagando a sus obreros sus salarios íntegros, durante dicho tiempo. Y con todo ello el establecimiento aumentó más del doble de su primitivo valor y daba al fin grandes beneficios a los propietarios.
Mas eso no bastaba a Owen. La vida que daba a sus obreros, a sus ojos, no era conforme a la dignidad humana, se necesitaba más. «Estas gentes eran mis esclavos», dice y, por otra parte, el medio relativamente favorable en que los había colocado estaba muy lejos de permitir una evolución racional del carácter y de la inteligencia en todos sentidos y menos aún una vida libre. «Y, sin embargo, la parte activa de estos 2.500 seres humanos creaba para la sociedad tanta riqueza efectiva como hubiera podido producir, hace a penas medio siglo, una población de 600.000 almas. Yo me pregunté: ¿Qué se hace de la diferencia entre la riqueza consumida por esas 2.500 personas y la que habrían debido consumir 600.000 personas? La respuesta era clara: esa diferencia había servido para dar a los poseedores de establecimientos cinco por ciento de interés para el capital de la fundación, y además más de 300.000 libras esterlinas (seis millones de marcos) de beneficio. Lo que era verdad para New-Lanark, lo era en mayor medida todavía para todas las fábricas de Inglaterra. «Sin esa riqueza nueva creada por las máquinas, no se hubieran podido sostener las guerras contra Napoleón para mantener los principios aristocráticos. Y, sin embargo, esta nueva fuerza era la obra de la clase trabajadora», la cual debería, pues, recoger sus frutos. Las nuevas y potentes fuerzas productivas, que hasta entonces no servían sino para enriquecer a los individuos y oprimir las masas, constituían a los ojos de Owen la base de un nuevo orden social y estaban destinadas a trabajar, como propiedad común de todos, en el bienestar común de todos.
Así, de una manera puramente práctica nació, como fruto de la contabilidad comercial, por decirlo así, el comunismo de Owen, y conserva hasta el fin ese carácter práctico. Así, Owen propuso en 1823 aliviar la miseria de Irlanda por medio de colonias comunistas, adjuntando a su proyecto un presupuesto completo de los gastos de implantación, gastos anuales y productos eventuales. Y en su plan definitivo venidero, la elaboración técnica del por menor está acabada con tanta competencia, que una vez aceptado el método de reforma social de Owen, pocas cosas hay que decir, aun desde el punto de vista técnico.
El tránsito al comunismo fue el punto decisivo de la vida de Owen. En tanto había sido simplemente filántropo, no había recogido sino riquezas, aprobaciones, honores y gloria: era el hombre más popular de Europa; no sólo los hombres de su clase, sino los hombres de Estado y los príncipes le aprobaban. Pero todo cambió cuando comenzó a exponer sus teorías comunistas. Tres grandes obstáculos parecían ante todo cerrarle el camino de la reforma social: la propiedad privada, la religión y la forma actual del matrimonio. Sabía lo que le esperaba si los atacaba: una proscripción general por parte de la sociedad oficial, la pérdida de toda su posición social. Mas no se dejó intimidar y los atacó sin vacilaciones y llegó a lo que había previsto.
Desterrado de la sociedad capitalista; enterrado bajo la conspiración del silencio de la prensa; empobrecido por las tentativas comunistas frustradas en América, en que sacrificó toda su fortuna, se dirigió directamente a la clase obrera y estuvo aún treinta años en actividad con ella. Todos los movimientos sociales, todos los progresos efectivos que se han realizado en Inglaterra en beneficio de los trabajadores van unidos al nombre de Owen. Así, en 1819, después de cinco años de esfuerzos, obtiene la primera ley limitando el trabajo de las mujeres y niños en las fábricas. Así, preside el primer Congreso en que se unieron en una sola gran asociación profesional las Uniones de oficios de toda Inglaterra. Así introdujo, como medida de transición para una organización social absolutamente comunista, de una parte, las asociaciones cooperativas de consumo y de producción—que después han ofrecido al menos la prueba práctica de que se puede muy bien prescindir tanto del comerciante como del fabricante—; y de otra parte, los bazares de trabajo para el cambio de los productos del trabajo por medio de un papel-moneda-trabajo, cuya unidad sería la hora de trabajo. Estos bazares de trabajo no podían menos de fracasar; pero preparan con mucho tiempo antes el banco de cambio de Proudhon, del cual no se distingue sino por el hecho de que constituyen, no el remedio universal para todos los males de la sociedad, sino sólo un primer paso hacia una transformación mucho más radical de la sociedad.
He aquí los hombres que el Sr. Dühring juzga soberanamente desde lo alto de su «verdad definitiva y sin apclación» con el desprecio de que hemos ofrecido algunos ejemplos en la Introducción. Y ese desprecio, en cierto sentido, no deja de tener su razón suficiente; proviene fundamentalmente de una ignorancia verdaderamente espantosa de los escritos de los tres utopistas. Asi el señor Dühring dice de Saint-Simón que su idea directriz es justa, en suma y, prescindiendo de algunas exageraciones, susceptible de dar impulso, aun al presente, a reformas reales. Pero aun cuando, en efecto, parezca que el Sr. Dühring haya tenido en sus manos algunas de las obras de Saint-Simón, en vano buscamos en sus 27 grandes páginas esa «idea fundamental» de Saint-Simón, como hace poco la «significación» del Cuadro económico de Quesnay, y precisa acabar por contentarnos con la frase en que dice: «la imaginación y el sentimiento filantrópico, con la excitación de la imaginación que le acompaña, dominan el conjunto de las ideas de Saint-Simón». De Fourier, ni conoce ni considera sino las fantasías sobre el porvenir, pintadas con todo el detalle de una novela, lo cual seguramente es «mucho más importante» para asentar la infinita superioridad del señor Dühring sobre Fourier, que indagar como el último; en la ocasión trata de criticar el estado social existente. ¡En la ocasión! Casi a cada página de las obras de Fourier saltan las chispas de la sátira y de la crítica contra las llagas de nuestra civilización tan cacareada. Es como si se dijera que sólo en «la ocasión» el Sr. Dühring hace de Dühring el más grande pensador de todos los tiempos. En cuanto a las 12 páginas consagradas a Roberto Owen, el Sr. Dühring no utiliza en absoluto ninguna otra fuente sino la miserable biografía del filisteo Sargant que, como el mismo Dühring, ignoraba las más importantes obras de Owen: las dedicadas al matrimonio y al régimen comunista. Así se explica que afirme atrevidamente que «no podría atribuir a Owen un comunismo franco». Si el Sr. Dühring hubiese tenido en sus manos el libro de Owen Book of the New Moral World (Libro del Nuevo Mundo moral), hubiera hallado expresado el comunismo más decidido, con la obligación igual de trabajar y el derecho igual al producto, todo proporcionalmente a la edad, como siempre añade Owen; más aún, hubiera encontrado el proyecto completo de edificio destinado a la agrupación comunista del porvenir, con su plano, dibujo de la fachada y vista del mismo a vuelo de pájaro. Pero cuando «el estudio directo de los escritos de los autores socialistas», queda reducido al conocimiento del título o todo lo más al epígrafe de un corto número de esas obras, como hace el Sr. Dühring, no cabe más que entregarse a afirmaciones necias y puramente imaginativas. No solamente Owen ha predicado «el comunismo más decidido», sino que además lo ha practicado durante cinco años (fines del año 30 y comienzos del año cuarenta) en la colonia Harmony Hall, en el Hampshire, con una energía que nada deja que desear. Personalmente he conocido hombres que en otro tiempo habían formado parte de ese experimento de comunismo modelo. Sargant ignora todo eso en absoluto, como toda la actividad de Owen desde 1836 a 1850, y el «profundo historiador» «Dühring lo ignora a su vez. Dühring llama a Owen «verdadero monstruo de inoportunidad filantrópica desde todos los puntos de vista»; pero cuando nos entretiene con el contenido de sus libros, de los cuales apenas conoce el título y el epígrafe, no digamos que es «desde todos los puntos de vista un verdadero monstruo de ignorancia inoportuna», pues en nuestros labios eso se llamaría «injuria».
Los utopistas, lo hemos visto, fueron utopistas porque no podían ser otra cosa en un tiempo en que la producción capitalista estaba todavía tan poco desarrollada. Necesitaban construir idealmente los elementos de una nueva sociedad, porque dichos elementos no se manifestaban de un modo general y visible en el seno de la antigua sociedad, y estaban reducidos a apelar a la razón para construir el plano del nuevo edificio, porque aún no podían todavía apelar a la historia contemporánea. Pero cuando hoy, cerca de veinticuatro años después de los utopistas, el Sr. Dühring pretende sacar un sistema «definitivo» del orden social, no de la materia real dada por la evolución histórica como resultado necesario de esa evolución, sino de su cabeza soberana, de su razón preñada de verdades definitivas, el Sr. Dühring, que por todas partes ve epígonos, no es más que el epígono de los utopistas, el último utopista. Llama a los grandes utopistas «alquimistas sociales»... es posible; la alquimia ha sido necesaria en su época. Pero, después de esa época, la gran industria ha llevado las contradicciones que se ocultaban en el seno de la forma de producción capitalista, a un estado de contraposiciones tan hirientes, que, por decirlo así, ya se toca con el dedo la inminente catástrofe de esta forma de producción; que las nuevas fuerzas productivas no pueden ya mantenerse y desarrollarse sino con la introducción de una forma de producción nueva y adecuada al desenvolvimiento actual de estas fuerzas productivas; que la lucha de las dos clases—engendrada por la forma actual de producción, y cuyo antagonismo se acentúa sin cesar—se ha apoderado de todos los países civilizados y se hace cada día más violenta; y en fin, que se ha descubierto ya las relaciones históricas, las condiciones de transformación social que la han hecho necesaria y los rasgos esenciales de tal transformación, determinados igualmente por esas mismas relaciones. Y si hoy el Sr. Dühring saca un nuevo orden social utópico, no de los hechos económicos presentes, sino de su cráneo augusto, ¡está bien!, hace sencillamente «alquimia social»; ¡mas aún!, obra como quien quisiese, después de descubrir y formular las leyes de la alquimia moderna, restablecer la vieja alquimia y hacer que sirviesen los pesos atómicos, las fórmulas moleculares, la valencia de los átomos, la cristalografía y el análisis espectral para descubrir la piedra filosofal.