Anti-Dühring/Tercera Parte/II
II
NOCIONES TEÓRICAS
La concepción materialista de la Historia parte del principio de que, la producción, y con ella el cambio de productos, constituye la base de todo el orden social; de que en cada sociedad como nos presenta la Historia, la repartición de los productos, y con ella la jerarquía social de clases y órdenes, se rige según la naturaleza y la forma de producción y según la forma de cambio de las cosas producidas. Por consecuencia, precisa indagar las causas últimas de todas las transformaciones sociales y de todas las revoluciones políticas, no en la cabeza de los hombres, esto es en la idea cada vez más clara que adquieren de la verdad y de la justicia eterna, sino en las variaciones de la forma de producción y de cambio; es menester indagar tales causas, no en la filosofía, sino en la economía de cada época. Cuando se despierta la idea de que son irracionales e injustas, las instituciones sociales existentes, que la razón es necedad y el beneficio azote, precisa ver en ello solamente un signo de que se ha producido en los métodos de producción y en las formas de cambio, transformaciones silenciosas en las cuales ya no encaja el orden social hecho a medida de las condiciones económicas que desaparecen. Y es decir al mismo tiempo que, los medios propios para poner término a los abusos descubiertos, deben igualmente encontrarse, más o menos completamente, en las nuevas condiciones de la producción. Esos medios no tiene para qué inventarlos la mente, sino descubrirlos en los hechos materiales y objetivos de la producción.
Dicho esto, ¿cómo se presenta el socialismo moderno?
El orden social existente, se reconoce en general, ha sido creado por la clase dominante al presente: la burguesía. La forma de producción propia de la burguesía, que desde Marx se designa con el nombre de producción capitalista, era incompatible, tanto con los privilegios locales y de nacimiento, cuanto con los vínculos personales recíprocos que caracterizan el orden feudal; la burguesía rompió ese orden, y sobre sus ruinas edificó el orden social burgués, reino de la libre concurrencia, de las libres comunicaciones, de la igualdad de derechos para todos los poseedores de mercancías, y de todas las demás bellezas del régimen burgués. Entonces, y sólo entonces, la forma de producción capitalista pudo libremente desenvolverse. Las fuerzas productivas elaboradas, bajo la dirección de la burguesía, se desarrollaron, a partir del momento en que el vapor y las nuevas máquinas transformaron la antigua manufactura en gran industria, con rapidez y en proporciones hasta entonces inauditas. Pero de igual manera que en otro tiempo la manufactura y el taller que desarrollados bajo su acción entraron en conflicto con las trabas feudales de las corporaciones, así también la gran industria, cuando alcanza su pleno desarrollo, entra en conflicto con las trabas en que la aprisiona la forma de producción capitalista. Las nuevas fuerzas productivas han superado ya la forma en que la burguesía las explota, y ese conflicto entre las fuerzas productivas y la forma de producción no es un conflicto nacido en el cerebro de los hombres—como, por ejemplo, el conflicto del pecado original de los hombres con la justicia divina—sino que, ese conflicto está en los hechos, objetivamente, fuera de nosotros, independientemente de la voluntad de los mismos hombres que le ha creado. El socialismo moderno no es más que la idea-reflejo de ese conflicto real, su reflejo ideal en el espíritu, y, desde luego, en la mente de la clase que directamente sufre tales circunstancias, o sea la clase obrera.
¿Pero en qué consiste semejante conflicto?
Antes de la producción capitalista, en la Edad Media, dominaba por todas partes la pequeña explotación de los trabajadores dueños de la propiedad privada, de los medios de producción: existía la agricultura de los pequeños labriegos, libres o siervos; el taller de las ciudades. Los instrumentos de trabajo (tierras, instrumentos de labranza, telar, útiles) eran individuales, destinados al uso individual, necesariamente pequeños, minúsculos, limitados y, justamente por tal razón, pertenecían de ordinario al mismo productor. Concentrar, desenvolver esos medios de producción diseminados y reducidos, fue precisamente la función histórica de la forma de producción capitalista y de la clase que fue su órgano, la burguesía. Marx ha expuesto al pormenor en la cuarta parte del Capital cómo la burguesía ha cumplido su misión en la historia a partir del siglo XV a través de tres fases sucesivas: la cooperación simple, la manufactura y la gran industria. Pero igualmente ha mostrado que, la burguesía no podía transformar esos reducidos medios de producción en poderosas fuerzas productivas, sin transformar dichos medios de producción individuales en medios de producción sociales, utilizables sólo por una colectividad de hombres. La máquina de hilar, el telar mecánico, el martillo pilón movido a vapor, ocuparon el lugar de la rueca, del telar a mano y del martillo del forjador; al taller individual sustituyó la fábrica, que exige la cooperación de centenares y millares de obreros. Y como los medios de producción, la producción misma, se transforma y convierte una serie de operaciones individuales en una serie de actos sociales; y los productos, de productos individuales aislados, se hacen productos sociales. El hilo, el tejido, los objetos de metal, saliendo de la fábrica, fueron desde entonces el producto común de numerosos obreros, por mano de los cuales había de pasar sucesivamente, antes de estar acabados. Ningún individuo puede decir: «Yo he hecho eso; ese es mi producto.»
Mas allí donde la división espontánea del trabajo, en el seno de la sociedad, es la forma fundamental de la producción, imprime a los productos la forma de mercancías, cuyo cambio recíproco, la compra, coloca a cada uno de los productores en condiciones de satisfacer sus diversas necesidades. Así acontecía en la Edad Media; el campesino, por ejemplo, vendía productos agrícolas al artesano y le compraba, en cambio, útiles. En el seno de esas sociedades de productores aislados, de productores de mercancías, introducíase, pues, la forma nueva de producción: al lado de la división del trabajo espontáneo, establecida al azar en el seno de la sociedad entera, se instauró la división sistemática del trabajo tal cual se halla organizada en el interior de cada fábrica; al lado de la producción individual se establece la producción social; los productos de una y otra se vendían en el mismo mercado luego, a precios al menos aproximadamente iguales. Mas la organización sistemática era más potente que la división espontánea del trabajo; y el trabajo social de las fábricas producía más barato que los pequeños productores aislados. La producción individual tuvo que ceder el campo poco a poco y la producción social revoluciona toda la antigua forma de producción. Mas en ello se vió tan poco su carácter revolucionario que, por lo contrario, se introdujo como medio adecuado para desarrollar y estimular la producción de mercancías, se refirió directamente a instrumentos determinados y anteriores, de la producción y el cambio de mercancías: el capital comercial, el taller y el trabajo asalariado. Se presentó como una nueva forma de producción de mercancías, y las formas de apropiación de la producción de mercancías se aplicaron, por tanto, plenamente a ella.
En la producción de mercancías tal cual estaba constituída en la Edad Media, la cuestión de saber a quién debía pertenecer el producto no podía aún plantearse. Generalmente el productor aislado era quien lo había fabricado con primeras materias que le pertenecían, y que con frecuencia él mismo había producido; con útiles suyos, con su propio trabajo manual o de su familia. No tenía por qué apropiarse el producto de su trabajo; le pertenecía muy naturalmente. La propiedad de los productos se fundaba, pues, en el trabajo individual. Aun allí donde se utilizaba el auxilio de otro, éste era generalmente accesorio y frecuentemente recibía, fuera de su salario, otra remuneración: el aprendiz y el compañero del gremio trabajaba menos por la manutención y el salario que en vista de prepararse para la maestría. Se produjo la concentración de los medios de producción en grandes talleres, en manufacturas y su transformación en medios de producción verdaderamente sociales; pero continuaron tratandose los medios de producción y los productos sociales cual si fueran todavía los medios de producción y los productos de individuos aislados. Hasta entonces, el poseedor de los instrumentos de trabajo se apropiaba el producto, porque ordinariamente era su propio producto, y la ayuda de otro era excepcional; más tarde el poseedor de los instrumentos de trabajo continuó apropiándose el producto, bien que ya no fuese su producto, sino el producto exclusivo del trabajo de otro. De este modo los productos sociales fueron apropiados, desde luego, no por quienes realmente habían puesto en movimiento los instrumentos de producción y creado los productos, sino por los capitalistas. Los instrumentos de trabajo y la producción han llegado a ser cosas fundamentalmente sociales, pero sometidas a una forma de apropiación que supone la producción privada, esto es, individuos que poseen cada uno su propio producto y lo llevan al mercado. El modo de producción está sometido a una forma de apropiación cuyos fundamentos ha minado[1]. En la contradicción que imprime a la nueva forma de producción su carácter capitalista se contiene en germen toda la colisión actual. Y cuanto más se extiende el dominio de la nueva forma de producción a todos los campos principales de la producción y a todos los países, de decisiva importancia económica, reduciendo por tal modo hasta los insignificantes restos de la producción individual, tanto más la incompatibilidad de la producción social y de la apropiación capitalista debe evidenciarse brutalmente.
Los primeros capitalistas encontraron dispuesta la forma del trabajo asalariado, como hemos dicho; pero como excepción, como ocupación accesoria, como auxilio, como cosa que pasa sin detenerse. El trabajador rural que iba de tiempo en tiempo a logarse por la jornada, tenía algunas fanegas de tierra suyas, de las cuales podia vivir en rigor. Las ordenanzas de los gremios velaban porque el compañero de hoy fuese el maestro de mañana; pero desde que los medios de producción, hechos sociales, se concentraron en manos de los capitalistas, todo cambió. Instrumento de producción, y producto del pequeño productor aislado, perdieron poco a poco todo su valor, y no le quedó otro recurso que ir a pedir un salario al capitalista. El trabajo asalariado, que no era sino la excepción y una ayuda, fue la regla y la forma fundamental de la producción entera; primero ocupación accesoria, fue luego la actividad exclusiva del trabajador. El salario temporal se transforma en salario de por vida. La muchedumbre de trabajadores asalariados, durante toda la vida, se acreció todavía en proporciones colosales al mismo tiempo, por el derrumbamiento del régimen feudal, la disolución de los vínculos del vasallaje, la expulsión de los campesinos de sus tenencias, etc. La escisión se había cumplido entre los medios de producción, concentrados en manos de los capitalistas, y los productores, reducidos a no poseer nada más que su fuerza de trabajo. La contradicción entre la producción social y la apropiación capitalista se manifiesta bajo la forma de un antagonismo entre el proletariado y la burguesía.
Hemos visto introducirse la forma de producción capitalista en medio de una sociedad de productores de mercancías, de productores aislados, cuya solidaridad social tenía como medio el cambio de sus productos. Ahora bien, toda sociedad basada en la producción de mercancías tiene esto de particular, y es que, los productores han perdido el dominio sobre sus propias relaciones sociales. Cada cual, por su parte, produce con los instrumentos de producción, que por casualidad tiene a su disposición y en vista de las necesidades individuales de cambio; nadie sabe qué cantidad de su artículo irá al mercado, ni aun en general, qué necesidad hay de ese artículo; nadie sabe si su propio producto satisfará una verdadera necesidad, si cubrirá sus gastos o si sólo podrá venderse: domina la anarquía de la producción social. Mas la producción de mercancías, como cualquier otra, tiene sus leyes propias, inmanentes, inseparables de ella, y esas leyes se cumplen a despecho de la anarquía, en ella y por ella. Las leyes se manifiestan en la única forma permanente de la solidaridad social, en el cambio; y se manifiestan al productor aislado como leyes coercitivas de la competencia. Primero, son desconocidas del mismo productor y tiene que descubrirlas poco a poco, tras larga experiencia. Esas leyes, pues, se cumplen sin los productores y contra los productores, como leyes naturales de la forma de producción, como leyes naturales ciegas: el producto domina a los productores.
En la sociedad medioeval, particularmente en los primeros siglos, la producción se destinaba principalmente al consumo propio del productor; su fin era, sobre todo, satisfacer las necesidades del productor y de su familia. Allí donde, como en los campos, subsistían las relaciones de dependencia personal, la producción contribuía igualmente a satisfacer las necesidades del señor feudal; no se producía para el cambio y, por consecuencia, los productos no tenían el carácter de mercancías. La familia del campesino producía aproximadamente cuanto usaba, los utensilios y vestidos, lo mismo que los alimentos. Sólo cuando llegaba a producir un excedente que superaba a sus propias necesidades y al canon en especie debido al señor feudal, sólo entonces, producía también mercancías; pues ese excedente, lanzado al cambio social, puesto en venta, fue la mercancía. Sin duda los artesanos de las ciudades debieron desde un principio producir para el cambio; pero ellos también, con su propio trabajo, satisfacían la mayor parte de sus necesidades, pues tenían jardines y tierrecitas, enviaban su ganado al bosque comunal, que les suministraba además, la madera y la leña; las mujeres hilaban el hilo y la lana, etc. La producción, en vista del cambio, la producción de mercancías apenas estaba en vías de nacer. De donde el cambio restringido, el mercado limitado, la forma de producción estable, el medio local cerrado al exterior, la asociación local interna: el mercado en los campos y la corporación en las ciudades.
Mas con el desenvolvimiento de la producción de mercancías y, en particular, con la aparición de la forma de producción capitalista, las leyes de la producción de mercancías, que hasta entonces dormían, entraron en actividad más abiertamente y con mayor pujanza. Los vínculos corporativos se relajaron, las antiguas prohibiciones desaparecieron y los productores se transformaron progresivamente en productores de mercancías independientes y aislados. La anarquía de la producción social nació entonces, y después no ha cesado de acentuarse. Mas el medio fundamental puesto en actividad por la forma de producción capitalista para acentuar la anarquía en la producción social fue justamente lo contrario de la anarquía, pues fue la organización creciente de la producción, hecha producción social en cada establecimiento de producción; tal fue la palanca con la cual se destruía la estabilidad pacífica del pasado; allí donde se introducía, en una rama cualquiera de la industria, no consentía a la vez ningún antiguo método de explotación; allí donde se apoderaba del taller, destruía el antiguo taller. El campo de trabajo se trocó en campo de batalla. Los grandes descubrimientos geográficos y las colonizaciones que les seguía acrecieron colosalmente las salidas y aceleraron las transformaciones del taller en manufactura. La lucha no estalló sólo entre los productores de una localidad; las guerras locales se cambiaron en guerras nacionales: las grandes guerras comarcales de los siglos XVII y XVIII. En fin, la gran industria y el establecimiento de un mercado mundial han hecho la lucha universal y al mismo tiempo le dieron un carácter de violencia inaudita. Entre capitalistas aislados, como entre industrias y naciones enteras, las condiciones naturales o artificiales de la producción, según son más o menos favorables, deciden de la existencia. El vencido es despiadadamente eliminado; es la lucha por la vida individual de Darwin, que pasa, mil veces más furiosa de la naturaleza a la sociedad. El punto de vista del animal en la naturaleza aparece como el objetivo supremo de la evolución humana. La contradicción entre la producción social y la apropiación capitalista se manifiesta como antagonismo entre la organización de la producción en el interior de cada fábrica y la anarquía de la producción en el conjunto de la sociedad.
La forma de producción capitalista atraviesa esas dos formas de contradicción, que le son inmanentes, en virtud de su mismo origen; describe infaliblemente ese «circulo vicioso» que Fourier ya había descubierto. Pero lo que Fourier no podía ver aún en su tiempo, es que ese círculo se estrechaba progresivamente, que el movimiento sigue bien pronto una espiral y llegará a su fin, como el de los planetas, chocando con su centro. La fuerza de la anarquía social de la producción transforma en proletarios a la gran mayoría de los hombres y, a su vez, las masas proletarias pondrán término a la anarquía de la producción. La fuerza de la anarquía en la producción social es la que hace de la infinita perfectibilidad de las máquinas de la gran industria una ley coercitiva, que obliga a cada capitalista industrial a perfeccionar cada vez más las máquinas, bajo pena de ruina. Perfeccionar las máquinas es hacer superfluo el trabajo humano. Si la introducción e incremento del maquinismo significan la eliminación de millones de trabajadores a mano por reducido número de trabajadores a máquina, perfeccionamiento del maquinismo significa eliminación de un número de día en día más considerable de trabajadores y, en último análisis, creación de un número de trabajadores asalariados disponibles que exceden de las necesidades medias del capital, creación de lo que yo llamaba, ya en 1845[2], un ejército de reserva industrial, siempre presto, disponible para los momentos en que la industria trabaja a alta presión, lanzada al arroyo por el krach, que necesariamente se sigue; lastre y peso muerto continuamente atado a los pies de la clase trabajadora en la lucha por la existencia que libra contra el capital y que mantiene el trabajo al bajo nivel que conviene a las necesidades de los capitalistas. De este modo, el maquinismo deviene, para hablar como Marx, el arma la más poderosa del capital contra la clase trabajadora, pues el instrumento del trabajo arranca constantemente de manos del trabajador los medios de vida, y el producto mismo del trabajador deviene un instrumento para dominar el trabajo. Así, la economía que se efectúa con los instrumentos de trabajo deviene inmediatamente y a la vez, el más desenfrenado derroche de fuerza de trabajo y significa la confiscación de las condiciones normales de dicha función; así, el maquinismo—el medio más poderoso para abreviar el tiempo de trabajo—deviene el medio más infalible para transformar todo el tiempo y toda la vida del trabajador y de su familia, en tiempo de trabajo disponible para la explotación capitalista; así, el exceso de trabajo de unos determina el paro de los otros, y la gran industria, que en la superficie entera del globo va a la caza de nuevos consumidores, limita en el interior el consumo de las masas al mínimo del hambre, suprimiendo su mercado interior. «La ley que constantemente mantiene la superpoblación relativa, o el ejército de reserva industrial, en equilibrio con la extensión y energía de la acumulación del capital, clava el trabajador al capital más sólidamente que los clavos de Vulcano sujetaban a Prometeo a la roca; tal ley determina un acumulo de miseria correspondientemente al acumulo de capital. El acumulo de riqueza en uno de los polos es, pues, al mismo tiempo, acumulo de miseria, de trabajo penoso hasta el suplicio, de esclavitud, de ignorancia, de bestialidad y de degradación moral en el polo opuesto, es decir, por parte de la clase que produce capital con su propio producto». (Marx, Capital, página 671.) Esperar de la forma de producción capitalista otra repartición de productos, sería como exigir de los electrodos de una batería, en tanto están en comunicación con la misma, que no descompusiesen el agua y produjeran oxígeno en el polo positivo e hidrógeno en el negativo.
Hemos visto cómo la perfección del maquinismo moderno, llevada al extremo, se transforma, por efecto de la anarquía existente en la producción social, en una ley coercitiva que fuerza al capitalista industrial a mejorar sin cesar su instrumental, a elevar sin tregua su fuerza productiva. Y la pura posibilidad, de hecho, de extender el dominio de su producción se transforma por él igualmente en una ley coercitiva. La fuerza de expansión colosal de la gran industria, en comparación de la cual la del gas no es sino un juego de niños, se nos presenta ahora como una necesidad de extensión, a la vez cualitativa y cuantitativa, que se ríe de toda fuerza en contrario. Las fuerzas antagónicas están constituídas por el consumo, por las salidas, por los mercados para los productos de la gran industria; la capacidad de extensión cualitativa y cuantitativa de los mercados se regula primero por leyes muy diferentes y mucho menos enérgicas; la extensión del mercado no puede mantenerse al par que la extensión de la producción. La colisión deviene inevitable, y como no puede tener solución, en tanto no hace estallar la forma de producción capitalista, es periódica. La producción capitalista crea un «nuevo circulo vicioso».
En efecto, desde 1825, fecha en que estalló la primera crisis general, el mundo industrial y comercial entero, la producción y el cambio de todos los pueblos civilizados y de sus anejos más o menos bárbaros, se disloca próximamente cada diez años. El comercio languidece, los mercados están abarrotados, los productos están allí en masa y no se les puede dar salida, el dinero contante se hace invisible, el crédito desaparece, la fábrica se para, las masas trabajadoras carecen de medios de vida, porque han producido con exceso; la bancarrota sucede a la bancarrota, las ventas forzosas a las ventas forzosas. El hacinamiento dura años enteros; fuerzas productivas y productos en masa se derrochan y destruyen hasta que los stocks, acumulados de mercancías, circulan al fin con una depreciación mayor o menor, hasta que la producción y el cambio se restablecen poco a poco. Progresivamente la marcha se acelera y deviene trote, después galope y aceleradamente éste se trueca en carrera desenfrenada, en steeple-chase general de la industria, del comercio, del crédito, de la especulación, para al fin caer después de saltos peligrosísimos... en el foso de krach. Y el hecho se renueva sin cesar. Desde 1826 hemos tenido cinco veces esas crisis y en este momento (1877) estamos en vías de volver a caer por sexta vez. El carácter de tales crisis es tan manifiesto, que Fourier definió todas, definiendo la primera crisis pletórica, crisis de lo superfluo.
En dichas crisis se ve estallar la contradicción que existe entre la producción social y la apropiación capitalista. La circulación de mercancías momentáneamente se reduce a la nada; el instrumento de la circulación, la moneda, deviene un obstáculo para la circulación; todas las leyes de la producción y de la circulación se invierten. La colisión económica alcanza su máximo: la forma de producción se vuelve contra la forma del cambio, las fuerzas productivas se vuelven contra la forma de producción, en que su potente desarrollo no les permite contenerse.
El hecho de desarrollarse la organización social de la producción en el interior de la fábrica—hasta el punto en que se hace incompatible con esa anarquía de la producción en la sociedad que subsiste a la par y por cima de ella—, tal hecho se hace tangible a los mismos capitalistas con la concentración violenta de los capitales que se cumple durante la crisis por la ruina de un mayor número de los grandes y de un mayor número todavía de pequeños capitalistas. El mecanismo entero de la forma de producción capitalista se inclina bajo la presión de las fuerzas productivas que ha creado; no puede ya transformar por completo en capital el conjunto de los medios de producción; huelgan y con él se ve obligado a holgar el ejército de reserva industrial.
Medios de producción, medios de vida, trabajadores disponibles, todos los elementos de producción y de la riqueza general quedan excedentes. Mas lo superfluo, fuente de miseria y de hambre, como dice Fourier, porque precisamente se opone a la transformación en capital de los medios de producción y de existencia, porque los medios de producción no pueden entrar en actividad en la sociedad capitalista si previamente no han sido transformados en capital mediante la explotación de la fuerza de trabajo humano. La necesidad de los medios de producción y de existencia de revestir la cualidad de capital se interpone como un fantasma entre ellos y los trabajadores. Ella sólo impide el que coincidan los resortes objetivos y los resortes personales de la producción: ella sola se opone a que los medios de producción cumplan su funcion, esto es, a que los trabajadores trabajen y vivan. Así, de una parte, la forma de producción capitalista muéstrase incapaz de continuar rigiendo las fuerzas productivas; y de otra parte, esas mismas fuerzas productivas impulsan, con intensidad siempre en aumento a poner término a esa contradicción, a libertarse de su condición de capital, a que se conozcan efectivamente su carácter de fuerzas productivas sociales.
Esta presión de las fuerzas productivas, poderosamente aumentadas contra su propia cualidad de capital, es la que obliga a reconocer cada vez mas su naturaleza social y la que fuerza a los mismos capitalistas a tratarles de día en día, como fuerzas productivas sociales, en la medida en que es posible en el régimen capitalista. El periodo de alta presión industrial con su crédito inflado sin límites, lo mismo que el krach con la ruina de los grandes establecimientos capitalistas, impulsan a la socialización de masas considerables de medios de producción y esa socialización se opera bajo la forma de diversos géneros de sociedades por acciones. Muchos de esos medios de producción y de comunicación son, desde luego, tan colosales que excluyen cualquier otra forma de explotación capitalista: tal el caso de los caminos de hierro. Mas, en cierto grado de desarrollo, esa forma misma resulta insuficiente y el representante oficial de la sociedad capitalista, el Estado, está obligado a asumir la dirección de los medios de producción y de circulación[3]. La necesidad de transformarlos en propiedad del Estado muéstrase en primer término para las grandes empresas que sirven a las comunicaciones (correos, telégrafos, vías férreas).
Si las crisis muestran que la burguesía es incapaz de administrar por más tiempo las fuerzas productivas modernas, la transformación de las grandes empresas de producción y de circulación en sociedades por acciones y propiedad del Estado, muestran la posibilidad de prescindir de la burguesía, pues empleados asalariados cumplen al presente todas las funciones sociales del capitalista. El capitalista no realiza ya hoy otra actividad social sino la de cobrar ingresos, cortar cupones y jugar a la Bolsa, en que se sustraen unos a otros su capital. La forma de producción capitalista, después de eliminar primero a los trabajadores, elimina ahora a los capitalistas, reduce su número como el de los trabajadores si no todavía a la condición de ejército de reserva industrial, al menos a la situación de población superflua.
Mas ni la transformación en sociedades por acciones, ni la transformación en propiedad del Estado priva a las fuerzas productivas de su cualidad de capital; el caso es evidentísimo para las sociedades por acciones. A su vez, el Estado es una organización que se da la sociedad burguesa para mantener las condiciones generales exteriores de la forma de producción capitalista frente a las invasiones de los trabajadores, y de los capitalistas aislados. El Estado moderno, cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista; es el Estado de los capitalistas; es el capitalista colectivo ideal. Cuanto más fuerzas productivas se apropia tanto más deviene un verdadero capitalista colectivo, más ciudadanos explota. Los trabajadores siguen siendo asalariados, proletarios; el capitalismo no se suprime, muy al contrario, se extrema; pero llegado al punto máximo cambia de dirección y el Estado, propietario de las fuerzas productivas, no es la solución del conflicto, mas contiene el medio, la clave de la solución.
Esa solución no puede consistir, sino en reconocer efectivamente el carácter social de las fuerzas productoras modernas y, por consecuencia, poner la forma de producción, de apropiación y de cambio en armonía con el carácter social de dichos medios de producción. Lo cual no puede realizarse de otro modo que tomando posesión la sociedad de un modo abierto y sin rodeos de las fuerzas productoras que se han sustraído a su dirección. De esta manera, los productores plena y conscientemente hacen que prevalezca el carácter social de los medios de producción y de los productos, carácter que hoy se vuelve contra los mismos productores, que rompe periódicamente la producción y el cambio, que se manifiesta como una ley ciega de la naturaleza, violenta y destructora y que, de causa de perturbación y de ruina periódica llegará a ser una de las palancas más potentes de la misma producción.
Las fuerzas activas obran en la sociedad absolutamente como las fuerzas naturales, ciegas, violentas y destructoras en tanto las desconocemos y no contamos con ellas; pero una vez las conocemos, una vez hemos comprendido su actividad, su dirección y sus efectos, no depende sino de nosotros el someterlas cada vez más a nuestra voluntad y conseguir nuestros fines, gracias a ellas. Y esto, en particular, es verdad, respecto a las potentes fuerzas productoras de hoy. En tanto obstinadamente rehusamos comprender la naturaleza y el carácter (el modo de producción capitalista y sus defensores se oponen a esa comprensión) esas fuerzas actúan, a pesar nuestro, contra nosotros y nos dominan como hemos mostrado detalladamente. Mas una vez comprendida su naturaleza, pueden transformarse en manos de los productores asociados y trocarse de dueñas despóticas en siervas dóciles. Tal la diferencia entre el poder destructor de la electricidad en el rayo y la electricidad domada en el telégrafo y el arco voltaico, tal la diferencia entre el incendio y el fuego puesto al servicio del hombre. Así se trataban las fuerzas productivas actuales conforme a su naturaleza al cabo reconocida; a la anarquía de la producción se sustituirá la reglamentación social sistemática de la misma en razón de las necesidades de la colectividad como de cada individuo en particular; la forma de apropiación capitalista en que el producto domina primero al productor y después al que se apropia el producto, será reemplazada por una forma de apropiación de los productos sólidamente fundada en la naturaleza de los medios modernos de producción: de una parte, apropiación social directa como medio de mantener y desarrollar la producción, y de otra parte, apropiación individual directa como medio de vida y de goce.
La forma de producción capitalista, transformando progresivamente en proletarios la gran mayoría de la población, crea la fuerza, que bajo pena de muerte, está obligada a realizar esa revolución. Impulsando progresivamente a transformar los grandes medios de producción socializados en propiedad del Estado, indica los medios de realizar semejante revolución. El proletariado se apodera del poder del Estado y transforma, desde luego, los medios de producción en propiedad del Estado.
De esta suerte se destruye él mismo en tanto que, proletariado, suprime todas las diferencias y antagonismos de clase, y al mismo tiempo también el Estado en cuanto Estado. La antigua sociedad, que se daba en medio de la lucha de clases, tenía necesidad del Estado, es decir, de una organización de la clase explotadora en cada época, a fin de mantener las condiciones exteriores de la producción; a fin, en particular, de mantener, por la fuerza, a la clase explotada en las condiciones de explotación exigida por la forma de produccion existente (esclavitud, servidumbre, asalariado). El Estado era el representante oficial de la sociedad entera, su síntesis en un cuerpo visible, pero sólo en la medida en que representaba a la clase que, en su tiempo a su vez, representaba la sociedad entera: Estado de los ciudadanos propietarios de esclavos en la antiguedad; Estado de la nobleza feudal en la Edad Media, y Estado de la burguesía de nuestros días. Mas llegando al cabo a ser el representante efectivo de la sociedad entera, se hace superfluo. Desde el momento en que ya no hay una clase social que mantener oprimida; desde que se suprimen al mismo tiempo que el dominio de clase y la lucha por la vida individual, fundada en la antigua anarquía de la producción, las colisiones y los excesos que de ahí resultan, ya no hay que reprimir nada y deja de ser necesario un poder especial de represión, o sea el Estado. El primer acto por el cual se manifiesta el Estado realmente como representante de la sociedad entera, a saber, la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es al mismo tiempo el último acto propio del Estado. La intervención del Estado en los asuntos sociales, deviene superflua en un campo tras otro y después carece de vigilancia. Al gobierno de las personas se sustituye la administración de las cosas y la dirección de los procesos de producción. El Estado no queda «abolido»; muere. Desde este punto de vista hay que apreciar la frase característica de «Estado libre del pueblo», tanto en su interés pasajero por la agitación como en su insuficiencia científica definitiva: igualmente desde este punto de vista, hay que considerar la reivindicación de los llamados anarquistas, que quieren que el Estado sea abolido de hoy a mañana.
La toma de posesión de todos los medios de producción por la sociedad se ha presentado, desde los comienzos de la forma de producción en la historia, como un ideal venidero más o menos claro; a individuos aislados, a sectas enteras; pero no podía ser posible, no podía devenir una necesidad histórica, sino una vez dadas las condiciones materiales de su realización. Esa toma de posesión, como en general todo progreso social, es realizable, no por virtud de la idea de que la existencia de las clases sociales es contraria a la justicia, a la igualdad, etc., no por la sola voluntad de abolir esas clases, sino por virtud de ciertas nuevas condiciones económicas. La división de la sociedad en una clase explotadora y una clase explotada, en una clase dominante y una clase oprimida, ha sido la consecuencia necesaria del escaso desarrollo de la producción en el pasado. En tanto que el trabajo total de la sociedad no da sino un producto que supera muy poco, lo estrictamente necesario para la vida de todos; en tanto que el trabajo requiere todo o casi todo el tiempo de la gran mayoría de los miembros de la sociedad, ésta necesariamente se divide en clases. Al lado de esa gran mayoría exclusivamente sometida al trabajo, se constituye una clase libre de todo trabajo directamente productivo y que lleva la gerencia de los asuntos comunes de la sociedad: dirección del trabajo, asuntos políticos, justicia, ciencias, artes, etc.; la ley de división del trabajo, pues, constituye la base de la división en clases. Mas esto no impide que dicha división de clases sociales no haya sido establecida por la violencia, el robo, la astucia y el engaño, y que la clase dominante, una vez apoderada del poder, nada haya desdeñado para consolidar su poder a expensas de la clase obrera y para transformar la dirección de la sociedad en explotación de las masas.
Mas si la división en clases, por consecuencia, tiene una cierta legitimidad histórica, no posee, sin embargo, esa legitimidad sino por un tiempo dado, para condiciones sociales determinadas: pues fundada en la insuficiencia de la producción será eliminada por la plena expansión de las fuerzas productivas modernas. Y, en efecto, la abolición de las clases sociales supone un grado de la evolución histórica en que la existencia, no sólo de tal o cual clase dominante, sino de una clase dominante en general—por tanto, la distinción misma de las clases sociales—habrá llegado a ser un anacronismo, una cosa sin valor; supone, pues, un grado de evolución de la producción en que la apropiación de los medios de producción y los productos, y por tanto, la soberanía política, el monopolio de la educación y la dirección espiritual, por una clase determinada de la sociedad, haya llegado a ser no sólo algo superfluo, sino desde el punto de vista económico, político e intelectual, una traba para la evolución. Esta situación se ha alcanzado hoy. Si la bancarrota política e intelectual de la burguesía, ya no es casi un secreto sino para ella, su bancarrota económica retorna regularmente cada diez años. A cada crisis, la sociedad se ahoga bajo la exuberancia de sus propias fuerzas productivas y de los productos que no puede utilizar; choca impotente con esa contradicción absurda de que los productores nada tienen que consumir porque se carece de consumidores. La fuerza de expansión de los medios de producción rompe las cadenas que le había puesto la forma de producción capitalista. Es preciso y suficiente que sea libertada de sus cadenas, para que el desenvolvimiento de las fuerzas productivas sea ininterrumpido y cada vez más rápido, y para permitir un aumento prácticamente ilimitado de la producción misma. Y no es eso todo. La apropiación social de los medios de producción, pone término no sólo a los obstáculos artificiales que actualmente paralizan la producción, si que también al derroche y destrucción de las fuerzas productivas y de los productos; derroche y destrucción que acompañan hoy inevitablemente la producción y alcanzan su paroxismo durante la crisis. La apropiación social de los medios de producción hace libre y pone a disposición de la colectividad una masa de medios de producción y de productos, poniendo fin al lujo y a la prodigalidad estúpida de las clases actualmente dominantes y de sus representantes políticos. La posibilidad de asegurar por medio de la producción social a todos los miembros de la sociedad una vida no sólo perfectamente suficiente y más rica de día en día, desde el punto de vista material, sino garantizándoles el desenvolvimiento y el poner en actividad absolutamente libre sus aptitudes físicas e intelectuales; tal posibilidad existe hoy por primera vez, pero existe[4]. Al posesionarse socialmente de los medios de producción, cesa la producción de mercancías y con ella el dominio del producto sobre el productor. La anarquía en el seno de la producción social se ve reemplazada por una organización conciente y sistemática. La lucha por la vida individual termina. Entonces, sólo el hombre sale, en un cierto sentido, del reino animal, se libera de las condiciones animales de vida mediante condiciones verdaderamente humanas. El conjunto de condiciones de vida que rodean al hombre, y hasta ahora le dominan, pasan al cabo a éstas, bajo el dominio y regulación de los hombres, que por primera vez llegan a ser los dueños concientes y verdaderos de la naturaleza, en la medida en que devienen los dueños de su propia socialización. Las leyes de su propia acción social que, hasta aquí le eran exteriores, extrañas y le dominaban como leyes naturales, son desde entonces aplicadas y dominadas por el hombre con plena competencia. La socialización misma de los hombres, que hasta ahora les era extraña, concedida por la naturaleza y la historia, deviene un acto libre y que les pertenece.
Las fuerzas objetivas y extrañas que hasta entonces dominaban la historia pasan a estar bajo el mando de los hombres. A partir de ese momento, los hombres plenamente concientes harán su historia; a partir de ese momento, las causas sociales puestas por ellos en acción producirán, sobre todo y en una medida cada vez mayor, los efectos deseados. La Humanidad saltará del reino de la necesidad al reino de la libertad.
Cumplir ese acto libertador del mundo constituye la misión histórica del proletariado moderno. Estudiar las condiciones históricas, y por lo mismo naturales, hacer que la clase entregada a semejante acción, hoy oprimida, sea conciente de las condiciones y naturaleza de su propia acción, tal es la obra del socialismo científico, expresión teórica del movimiento proletario.
- ↑ Es inútil mostrar ahora en su por menor que, aun cuando la forma de apropiación siga siendo idéntica, el carácter de la apropiación no está menos revolucionado que la producción misma por el proceso que acabamos de describir. Que me apropie mi producto o el de otro, naturalmente constituye géneros muy diferentes de apropiación. Digámoslo de paso: el trabajo asalariado, en que se contiene en germen la forma entera de producción capitalista, es sumamente antiguo; esporádico y diseminadamente ha coexistido durante siglos con la esclavitud; pero sólo cuando las condiciones históricas necesarias se hubo realizado, el germen pudo fructificar y dar la forma de producción capitalista.
- ↑ Lage der arbeitenden Klasse in England, pág. 109
- ↑ Yo digo está obligado, porque solamente en el caso en que los medios de producción y de consumo escapan realmente a la dirección de las sociedades por acciones, sólo cuando la estatización resulta económicamente inevitable, es cuando, aunque realizada por el Estado actual, señala un progreso económico, un estadio preliminar de la toma de posesión de todas las fuerzas productivas por la misma sociedad. Recientemente después que Bismarck se ha dado a estatizar, se ha producido un falso socialismo que, degenerando aquí y allá en complacencia servil, declara socialista desde luego toda estatización, aun la de Bismarck. Mas si la esta- tización del tabaco era socialismo, Napoleón y Metternich se contarían entre los fundadores del socialismo. Cuando el Estado belga, por razones políticas y financieras enteramente vulgares, construye por sí sus principales vías férreas; cuando Bismarck, fuera de toda necesidad económica, estatiza las principales líneas de Prusia, sencillamente para poder organizarlas mejor y utilizarlas en vista de la guerra, para hacer de los empleados ferroviarios dócil rebaño de electores y, sobre todo, para procurarse una nueva fuente de ingresos independientes de las decisiones del Parlamento, eso no es en modo alguno, directa ni indirectamente, consciente ni inconscientemente, medidas socialistas. Si así no fuera, el comercio marítimo real, la manufactura de porcelana real y aun el sastre de la compañía en el ejército, serian instituciones socialistas.
- ↑ Algunas cifras podrán dar idea aproximada de la fuerza de expansión enorme de los medios modernos de producción, aun bajo la opresión capitalista. Según la más reciente evaluación—la de Giffen—la riqueza total de la Gran Bretaña e Irlanda alcanzaba en cifras redondas
En 1814, 2.200 millares de libras esterlinas = 44 miles de millones de marcos.
En 1865, 6.100 idem de idem id. = 122 idem de idem id.
En 1875, 8.500 idem. de idem id. = 170 idem de idem.
Por lo que concierne a los medios de producción y a los productos en la crisis, se ha evaluado, en el segundo Congreso de los industriales alemanes (Berlin 21 Febrero 1878), la pérdida total sentida, durante el último krach, por solo la industria siderugica alemana, en 455 millares de marcos.