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Anti-Dühring/Tercera Parte/III

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III
LA PRODUCCIÓN

Después de todo cuanto acaba de leer el lector, no se sorprenderá de saber que los principios del socialismo expuestos en los últimos capítulos no estén de acuerdo en modo alguno con el sentido del Sr. Dühring; al contrario, él los envía a que se unan en el ambismo de la reprobación con los otros «productos bastardos de la fantasía histórica y lógica», con las concepciones groseras», con las «ideas confusas y nebulosas», etc. Para él, el socialismo no es evidentemente un producto necesario de la evolución histórica y mucho menos de las condiciones económicas del presente, bases materiales encaminadas únicamente al «alimento». Eso, para él, no es nada. Su socialismo es una verdad definitiva y sin apelación; «el sistema natural de la sociedad» que tiene su raíz en un principio universal de justicia; y si no puede evitar el tener en cuenta el estado de cosas existente, creado por la historia—esa pecadora de todos los días—para poner remedio, considera eso como una desgracia del puro principio de justicia. El Sr. Dühring crea un socialismo, como todas las demás cosas, con ayuda de sus dos famosos buenos hombres. Mas estos dos monigotes, en lugar de jugar al amo y al servidor, como lo habían hecho hasta ahora, representan una obra sobre la igualdad de los derechos... y las bases del socialismo del Sr. Dühring están dadas.

Es, por tanto, evidente que para el Sr. Dühring las periódicas crisis industriales no tienen, en modo alguno, la significación histórica que nos hemos visto obligados a atribuirles. Para él, las crisis no son sino desviaciones circunstanciales de la «normalidad», que provocan a lo sumo «el desplegamiento de un orden más regular». La «concepción habitual», que consiste en explicar las crisis por el exceso de producción, no basta, en manera alguna, a su «concepción más exacta». Sin duda esa explicación «es admisible para crisis especiales en cierto orden particular», por ejemplo, en el abarrotamiento del mercado de libros para ediciones de obras que caen rápidamente bajo el dominio público y susceptibles de venderse en junto. El Sr. Dühring puede acostarse en la confianza de que sus obras inmortales nunca producirán tal desgracia. En las grandes crisis no será la superproducción, sino más bien «la inferioridad de consumo... el sub-consumo producido artificialmente... la necesidad popular (!) impedida en su crecimiento natural, que tan peligrosamente grande hace el foso entre el stock existente y el consumo». Y ha tenido la suerte de encontrar un discípulo a esta teoría de las crisis.

Desgraciadamente, el sub-consumo de las masas, la restricción del consumo de las masas a lo que es necesario para el sostenimiento y educación de los hijos, no es un fenómeno nuevo, subsiste desde que hay clases explotadoras y explotadas. Aun en los períodos históricos, en que la situación de las masas fue particularmente favorable, por ejemplo, en Inglaterra en el siglo XV sub-consumían, estaban muy lejos de poder disponer para su consumo de la totalidad de sus productos anuales propios. Si, pues, el sub-consumo es un fenómeno histórico permanente desde hace millares de años y si, de otra parte, el estancamiento general de las salidas señalado violentamente por las crisis y siguiendo el excedente en la producción, se manifiesta sólo desde hace cincuenta años, se necesita toda la tontería de pensamiento del Sr. Dühring para intentar explicar una colisión nueva, no por el nuevo fenómeno de la superproducción, sino por el sub-consumo ya viejo de millares de años; es como si en matemáticas se quisiera explicar la variación de la relación de dos magnitudes, una variable y otra constante, no por el hecho de variar la variable, sino por el de permanecer idéntica la constante. El sub-consumo de las masas es también una condición previa de las crisis, y juega en ellas un papel que desde hace mucho tiempo fue reconocido; pero nos dice tan poco respecto a las causas de la actual existencia de las crisis como de su ausencia en el pasado.

El Sr. Dühring tiene, por otra parte, ideas muy singulares respecto al mercado mundial. Ya hemos visto que, como verdadero hombre de letras alemán, trata de explicar las crisis especiales y reales de la industria por medio de crisis imaginarias en el mercado de libros de Leipzig; es decir, la tempestad en el Océano por una tempestad en un vaso de agua. Además, se imagina que la producción de los empresarios «debe hoy moverse, sobre todo, como sus salidas, en el círculo de las clases poseedoras», lo que no le impide presentar diez y seis páginas más adelante como industrias modernas características, la industria siderúrgica y algodonera, es decir, precisamente las dos ramas de la producción, cuyos productos no se consumen, sino en parte sumamente reducida, en los círculos de las clases poseedoras, y se destinan al consumo de las masas antes que los productos de todas las demás industrias. Por donde quiera abramos no nos tropezamos sino con la palabrería vacía y llena de contradicciones. Tomemos un ejemplo de la industria algodonera: si en una sola ciudad relativamente pequeña, en Oldham, una de las dos o tres poblaciones de 50 a 100.000 habitantes que alrededor de Manchester se dedican a la industria algodonera, si en esta sola ciudad el número de máquinas, no tejiendo sino el número 32, en cuatro años, de 1872 a 1875 ha subido de dos y medio a cinco millones—de tal suerte, que en una ciudad de mediana importancia de Inglaterra el número de máquinas tejiendo un solo número es igual al que posee la industria algodonera de toda Alemania, incluso la Alsacia—y si la extensión se ha hecho en las otras ramas y localidades de la industria algodonera de Inglaterra y Escocia en proporciones casi semejantes, se necesita una gran dosis de audacia arraigada, para atreverse a explicar el estancamiento total de las salidas para los hilados y tejidos de algodón por el sub-consumo de las masas inglesas, más bien que por la superproducción de los fabricantes ingleses de algodón[1].

Y basta. No se discute con gentes tan ignorantes en economía política que tomen un mercado de libros de Leipzig por un mercado en el sentido de la industria moderna. Limitémonos a hacer constar que el Sr. Dühring sabe sólo decirnos de las crisis que «se reducen muy sencillamente al fuego natural de la excitación y el sopor», que la exageración de la especulación «no proviene únicamente del amontonamiento desordenado de las empresas privadas», sino que «precisa también tener en cuenta la precipitación de los empresarios aislados y la falta de inteligencia, causas que producen la oferta superabundante.» ¿Y cuál es, a su vez, la causa que produce «la precipitación y la falta de inteligencia» en los individuos? Precisamente ese carácter desordenado de la producción capitalista, que se manifiesta por el amontonamiento desordenado de las empresas privadas. Mas es una magnífica «precipitación» el traducir un hecho económico en reproche moral y ver en ello el descubrimiento de una nueva causa.

Dejemos las crisis. Habiendo mostrado, en los capítulos precedentes, cómo resultan necesariamente de la forma de producción capitalista y cuál es su significación, en tanto que crisis de esa misma forma de producción, como medios determinantes de la revolución social, no tenemos para qué oir las palabras superficiales del señor de Dühring, respecto a ese asunto. Pasemos a ocuparnos sus descubrimientos positivos, o sea al «sistema natural de la sociedad». Dicho sistema, construído sobre la base de «un principio universal de justicia», sin ninguna preocupación de los hechos materiales inoportunos, está constituído por una federación de concejos económicos, entre los cuales existe libre paso y la obligación de recibir nuevos miembros conforme a las leyes y a las reglas administrativas «determinadas». El Concejo económico mismo, es «un esquema general de alcance universalmente humano» que supera, en mucho, los «errores incompletos», en particular, de un Marx. Constituye «una comunidad de personas unidas por su derecho público de disponer de una extensión determinada del suelo y de un grupo de instituciones de producción, en vista de una actividad común y de una participación común de los productos». El derecho público es «un derecho sobre la cosa, en el sentido de una relación de puro derecho público respecto a la naturaleza y a las instituciones de producción». Los juristas del porvenir pueden romperse la cabeza para saber qué significa el Concejo económico; por nuestra parte, renunciamos a saberlo. Se nos dice que no es idéntico a «la propiedad corporativa de las sociedades obreras», que no excluiría ni la concurrencia recíproca, ni aun la explotación del salariado. Y dice, de paso, que la idea de propiedad común, tal cual se encuentra en Marx, es al menos oscura y ambigua, porque esa representación del porvenir, parece no significar otra cosa que la propiedad corporativa de las agrupaciones obreras.» He ahí, de nuevo, una de esas «pequeñas villanías» habituales del Sr. Dühring y a que según él conviene los calificativos de bajo y vil; es una mentira sin fundamento, lo mismo que el otro descubrimiento del Sr. Dühring, de qué la propiedad común de Marx sería «una propiedad, a la vez, individual y social.»

En todo caso una cosa parece evidente: el derecho público de un concejo económico sobre los instrumentos de trabajo y su derecho de propiedad exclusivo—al menos con relación a otro concejo económico y también respecto de la sociedad y del Estado—; pero ese derecho no debe poder «poner obstáculos al medio exterior» entre los diversos concejos económicos entre quienes existe libre paso y la obligación de recibir nuevos miembros en conformidad a leyes y reglamentos administrativos determinados, así como al presente existe la pertenencia a una forma política y la participación en la situación económica del concejo. Habrá, pues, concejos económicos ricos y concejos pobres y el equilibrio se restablecerá por medio del aflujo de poblaciones a los concejos ricos y de la emigración fuera de los concejos pobres.

Si, pues, el Sr. Dühring quiere poner término a la concurrencia de los diversos concejos en cuanto a los productos, por una organización nacional del comercio, deja tranquilamente subsistir la concurrencia de los concejos en cuanto a los productores. Las cosas se sustraen a la concurrencia, pero los hombres siguen sometidos a la misma.

Y todo esto no nos ilustra sin embargo—¡tanto como fuera menester!—respecto al «derecho público». Dos páginas más allá el Sr. Dühring declara que el dominio del concejo mercante «coincide con el distrito político-social cuyos miembros forman un sujeto de derecho único y disponen, en calidad de tal, de la totalidad del suelo, de las habitaciones e instituciones de producción». Entonces no es el concejo aislado quien dispone, es la nación entera. El «derecho público», el derecho sobre la cosa, «la relación del derecho público respecto de la naturaleza», etc., no solamente es «oscuro y ambiguo, sino directamente contradictorio». En efecto, «una propiedad, a la vez, individual y social»—al menos en la medida en que concejo económico es un sujeto de derecho—, es una cosa ambigua y nebulosa, que casi no puede encontrarse sino en el Sr. Dühring.

En todo caso, el concejo económico dispone de sus instrumentos de trabajo en vista de la producción ¿y cómo se realiza esa producción? Enteramente a la antigua, como podíamos prever después de todo cuanto hemos aprendido del Sr. Dühring; únicamente el concejo hace en él las veces del capitalista. Y nos dice solamente que por primera vez en la historia la elección de oficio será libre para cada cual, al mismo tiempo que existirá la obligación igual de trabajar para todos.

La forma fundamental de toda producción hasta aquí ha sido la división del trabajo; de una parte, en el seno de la sociedad, de otra, en el seno de cada establecimiento de producción. ¿Qué deviene la división del trabajo en la «socialidad» del Sr. Dühring?

La primera gran división del trabajo social es la separación del campo y de la ciudad. Tal antagonismo, según el Sr. Dühring, es «inevitable, porque se funda en la naturaleza de las cosas»; pero tiene grandes inconvenientes en considerar como imposible de allanar la escisión existente entre la agricultura y la industria. De hecho, ya existe entre ellas, en cierto grado, una transición constante que promete acentuarse todavía más considerablemente en lo porvenir. Ya dos industrias se han introducido en la agricultura y en la explotación rural: en primer lugar la destilería, y en segundo término, la fabricación del azúcar de remolacha... La importancia de la fabricación de los espirituosos es tal, que no puede exagerarse. Y si, a consecuencia de un descubrimiento cualquiera, todo un conjunto de industrias sintiesen la imperiosa necesidad de localizar su explotación en el campo y soldarla, por decirlo así, inmediatamente a la producción de las primeras materias, «la oposición entre la ciudad y el campo se debilitaría» y tendríase la base más amplia posible para el desenvolvimiento de la civilización. Un fenómeno análogo podría también producirse de otro modo. Cada vez más entran en función al lado de las necesidades técnicas las necesidades sociales, y si estas necesidades exigen la agrupación de las actividades humanas, no será posible prescindir de las ventajas que resultarían de la unión íntima y sistemática de las ocupaciones del campo con las operaciones técnicas de transformación de las primeras materias.

¿Mas si se tienen en cuenta por el concejo económico las necesidades sociales, sin duda se esforzará por hacer suyos, en la mayor escala, las ventajas de la colaboración de la agricultura y de la industria? ¿Sin duda el Sr. Dühring no dejará de exponernos con el detalle en que se complace, sus «concepciones exactas» respecto a la aptitud del concejo económico, frente a esta cuestión? El lector que eso esperase, sufriría una decepción. Los lugares comunes citados, pobres, vacilantes y siempre reducidos al dominio del Landrecht prusiano, en que se destila el schnaps y se hace azúcar de remolacha, he ahí todo lo que nos dice el Sr. Dühring tocante a la oposición entre la ciudad y el campo, en el presente como en lo porvenir.

Pasemos a la división del trabajo. En este punto el Sr. Dühring es algo más «exacto», pues nos habla de una persona que debe consagrarse exclusivamente a un género de actividad. Si se trata de introducir un nuevo ramo de producción, la cuestión simplemente es saber si se puede, por decirlo así, crear un cierto número de vidas que deban consagrarse a la producción de un artículo, al mismo tiempo que «al consumo de que han menester» (!). Tal ramo de la producción no requerirá una población considerable en la socialidad. Y en la socialidad subsistirán «géneros económicos de hombres distinguidos por su forma de vida.» Así, en la esfera de la producción, todo seguirá, aproximadamente, en el antiguo estado de cosas. Sin duda hasta ahora se ha visto dominar una «falsa división de trabajo» y el Sr. Dühring nos enseña, con las siguientes palabras, en qué consistía tal división del trabajo y cuál la reemplazará en el concejo económico. «En cuanto concierne a la división del trabajo, hemos dicho que esa cuestión puede considerarse como resuelta, cuando se tiene en cuenta el hecho de los recursos naturales y de las aptitudes diferentes.» Al lado de las aptitudes entran en juego también los gustos personales: «El placer que hay en elevarse a actividades que ponen en juego más aptitudes y una preparación mayor, ese placer descansará exclusivamente en el gusto que se tenga por la ocupación de que se trate y en la alegría que se sentirá en ejercer tal actividad y no otra. De esta suerte, la emulación se estimula en la sociedad y «la producción deviene interesante y el trabajo estúpido que no ve en ello sino un medio de ganar, imprimirá su sello en todas las cosas».

En toda sociedad en que la evolución de la producción ha sido espontánea (y la nuestra es de ésas) no son los productores quienes dominan los medios de producción, sino los medios de producción los que dominan a los productores. En una sociedad tal, toda nueva palanca de la producción se muda necesariamente en un nuevo instrumento de servidumbre de los productores a los medios de producción. Y esto es tanto más cierto, tratándose de aquella palanca la más poderosa, hasta la introducción de la gran industria, a saber, de la división del trabajo. La primera gran división del trabajo, la separación del campo y de la ciudad, condenó la población rural a millares de años de embrutecimiento y a los ciudadanos a la tiranía de su oficio individual; así destruyó toda posibilidad de desarrollo intelectual en los unos y de desarrollo físico en los otros. Cuando el campesino se apropia la tierra y el ciudadano su oficio, también la tierra se adueña del campesino y el oficio del artesano. Dividido el trabajo, igualmente se divide el hombre. Todas las aptitudes físicas e intelectuales sacrificanse al desarrollo de una sola forma de actividad, y la minoración del hombre es proporcional a la división del trabajo, que alcanza su más alto grado en la manufactura. La manufactura descompone el oficio en operaciones parciales, que distribuye al trabajador aislado como ocupación de toda su vida, y de esta suerte le encadena a perpetuidad a una función parcial y a un útil determinado; «mutila al trabajador, hace de él un monstruo, estimulando, como en caliente estufa, su habilidad de pormenor, suprimiendo todo un mundo de tendencias y disposiciones productivas»...

«Dividido el individuo, deviene el engranaje automático de un trabajo parcial» (Marx), un engranaje cuya perfección se debe, en muchos casos, a una verdadera mutilación física e intelectual del trabajador. El maquinismo de la gran industria degrada al trabajador, le rebaja de la condición de máquina a la de simple accesorio de una máquina. «Estaba especializado para la vida en el sentido de un útil parcial; mas en adelante está especializado de por vida, al servicio de una máquina parcial» (Marx). Y no sólo los trabajadores, si que también las clases que directa o indirectamente los explotan, quedan dominadas por el instrumento de su actividad, mediante la división del trabajo: el burgués estúpido a su propio capital y sed de beneficio; el jurista petrificado en sus ideas jurídicas que le dominan fuertemente, a pesar suyo; las llamadas clases «cultas», aferradas a la diversidad de prejuicios locales y a sus pequeñeces, a su miopía física e intelectual, a la educación de especialistas que les marchita, a su vida entera ligada a una especialidad, aunque tal especialidad no sea sino la haraganería.

Los Utopistas ya conocían perfectamente los efectos de la división del trabajo, la deformación, por una parte, del trabajador, y por otra, de la misma actividad laboriosa reducida de por vida a la repetición uniforme, y mecánica de un solo acto. La supresión de la oposición entre la ciudad y el campo, se reclama por Fourier y por Owen, como la condición primera y fundamental de la abolición de la antigua forma de división del trabajo, en general. Para uno y para otro, la población debe distribuirse, en el país, por grupos de mil seiscientas a tres mil almas, habitando cada grupo un palacio gigante en el centro del distrito, con una administración común. Sin duda Fourier, habla aquí y allá de las ciudades, mas las mismas ciudades, a su vez, están constituídas por cuatro o cinco de esos palacios cercanos. Para uno como para otro, cada miembro de la sociedad debe participar en la agricultura y en la industria. Para Fourier, en la industria juegan el gran papel el taller y la manufactura mientras que para Owen, la gran industria es la que ocupa tal lugar; y Owen ya reclama la introducción del vapor y de las máquinas en el trabajo casero. Más aún, en el seno de la agricultura y de la industria, uno y otro piden la mayor variedad posible en las ocupaciones para cada individuo y, por consecuencia, la educación de la juventud en vista de una actividad técnica tan multiforme como sea posible. Para uno y para otro, el hombre debe efectuar su desarrollo universal por una actividad práctica universal y el trabajo debe recobrar su encanto, esa fuerza de atracción perdida por la división, precisamente por medio de la sucesión alternativa y de la corta duración de las sesiones dedicadas a cada género de trabajo, para emplear la expresión de Fourier. Owen y Fourier han superado en mucho, la idea tradicional de las clases explotadoras, heredadas por el señor Dühring, y según las cuales la oposición entre la ciudad y el campo se funda inevitablemente en la naturaleza de las cosas; idea limitada, según la cual, un cierto número de «vidas» deberían estar condenadas a no producir nunca sino un solo artículo; pensamiento que quería perpetuar las «especies económicas», distinguidas por su género de vida: los hombres que sólo gozan en hacer tal cosa y no otra, y que están lo suficientemente degenerados para gozarse de su propia servidumbre y de su propia limitación. Mas en cuanto a las fantasías, las más locas del «idiota» de Fourier y las ideas más pobres del «débil, grosero y pobre» de Owen, el señor Dühring, aún sujeto a la división del trabajo, no es si no un enano presumido.

La sociedad, haciéndose dueña de todos los medios de producción para utilizarlos sistemática y socialmente, destruye la antigua servidumbre del hombre a sus propios medios de producción. La sociedad, naturalmente, no puede emanciparse sin emancipar, al mismo tiempo, a cada individuo. Precisa, pues, revolucionar, de arriba a abajo, la antigua forma de producción y que desaparezca, en particular, la antigua división del trabajo y se reemplace por una organización de la producción en que, de un lado, nadie pueda descargarse en otro de su parte de trabajo productivo, condición natural de la existencia humana y, de otro lado, el trabajo productivo, en vez de ser instrumento de servidumbre, sea medio de liberación para el hombre, dando a cada cual ocasión para desarrollar y poner en actividad, en todos sentidos, todas las aptitudes fisicas e intelectuales: en tal organización, el trabajo en vez de carga será alegría.

Y todo esto no es ya hoy pura fantasía o simple deseo. Ya en el estado actual de desarrollo de las fuerzas productivas, el incremento de la producción dada en el hecho mismo de la socialización de las fuerzas productivas, la supresión de los obstáculos y perturbaciones que resultan de la forma de producción capitalista, así como de la disipación de los productos y medios de producción, permitirían—a todo el mundo que participa en el trabajo—reducir el tiempo de trabajo en proporciones que hoy nos parecen muy considerables.

Y del mismo modo podría suprimirse la antigua división del trabajo, sin que costase nada a la división del trabajo. Al contrario, esa supresión ha llegado a ser una condición de la producción misma en la gran industria. «Con el maquinismo ya no es necesario, como lo era en la manufactura, fortificar la repartición de los grupos de trabajadores, alrededor de las diversas máquinas, encadenando constantemente a los trabajadores a la misma función: como el movimiento general de la fábrica emana de la máquina y no del trabajador, pueden producirse continuos cambios de personas sin que se interrumpa la marcha del trabajo... Por último, la rapidez con que se aprende, en tierna edad, el trabajo a máquina, termina con la necesidad de educar una clase especial de trabajadores encaminados exclusivamente a ser trabajadores a máquina. Mas, en tanto la forma de utilización capitalista de las máquinas perpetúe la antigua división del trabajo con su especialización petrificada, bien que técnicamente haya llegado a ser inútil, el mecanismo mismo se revuelve contra el anacronismo. La base técnica de la gran industria es revolucionaria. «Con las máquinas, los procesos químicos y otros procedimientos revoluciona constantemente, con las bases técnicas de la producción, las funciones del trabajador y las combinaciones sociales del proceso del trabajo. Por eso mismo revoluciona también de un modo continuo la división del trabajo en el seno de la sociedad y lanza, sin cesar, masas de capitales y de trabajadores de un ramo a otro de la producción. Las condiciones de la gran industria determinan el cambio de trabajo, la fluctuación en la función, la movilidad del trabajador en todos sentidos. Se ha visto cómo esa contradicción absoluta se manifiesta violentamente en el ininterrumpido sacrificio de la clase trabajadora, en el desmesurado derroche de fuerzas de trabajo, en la ruina que causa la anarquía social: esa es la fase negativa del fenómeno. Pero si el cambio de trabajo no se manifiesta aún hoy sino como una ley irresistible de la Naturaleza, que por todas partes tropieza con obstáculos, la gran industria, por sus mismas catástrofes, impone como cuestión de vida o muerte el reconocer como ley general de la producción social la mudanza en los trabajos y la mayor variedad posible en la actividad del trabajador, y el adaptar las condiciones actuales a la aplicación normal de esa ley. La gran industria impone, como cuestión de vida o muerte, el reemplazar esa monstruosidad—una población miserable de trabajadores, reserva disponible para las necesidades variables de explotación que siente el capital—por la disponibilidad absoluta del hombre para las exigencias variables del trabajo; sustituir al individuo parcial, simple órgano de una función social de por menor, el individuo en la totalidad de su desarrollo para quien las diversas funciones sociales son formas de actividad que se reemplazan una a otra.» (Marx, Capital.)

La gran industria, enseñándonos a transformar en movimiento general de masas, para fines técnicos, el movimiento molecular—en todas partes realizable en una medida más o menos amplia—ha emancipado considerablemente la producción industrial de las trabas locales. La fuerza del agua es local, la fuerza del vapor es libre. Si la fuerza del agua pertenece necesariamente al campo, la del vapor no es imprescindiblemente urbana; lo concentrado, sobre todo en las ciudades, lo que transforma en ciudades fabriles las villas manufactureras, es la utilización capitalista del vapor; pero al hacer eso destruye, al mismo tiempo, las condiciones de su propia explotación. La primera exigencia de la máquina de vapor y la principal exigencia de todos los ramos de la gran industria es el agua relativamente pura; y la ciudad fabril cambia el agua en un barrizal fétido. Tanto más se requiere la ciudad para la producción capitalista, cuanto el capitalista industrial, en particular, tiende a dejar las grandes ciudades, que crea, para explotar el campo. Semejante proceso puede estudiarse, al por menor, en la industria textil del Lancashire y del Yorkshire; constantemente crea la gran industria nuevas grandes poblaciones al huir constantemente de la ciudad al campo. Lo mismo acontece en las regiones en que domina la industria metalúrgica, donde causas diferentes, en parte, producen los mismos efectos.

Sólo privándole de su carácter capitalista puede salirse de semejante círculo vicioso, puede resolverse la contradicción, renovada sin cesar, de la industria moderna. Sólo una sociedad que realice la compenetración armónica de las fuerzas productivas, según un plan único, permitirá a la industria el extenderse por todo el país, en conformidad con su peculiar desarrollo, así como al mantenimiento y al desarrollo eventual de los demás elementos de la producción.

No sólo, pues, es posible la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo, sino que ha llegado a ser una necesidad directa de la producción industrial, como de la producción agrícola y de la higiene pública. Sólo por la fusión de la ciudad y el campo puede evitarse el actual envenenamiento del aire, del agua y del terreno; sólo de tal modo se cambiará la situación de las masas que hoy agonizan en las ciudades y cuyo abono servirá para que nazcan plantas en vez de enfermedades.

La industria capitalista ya se ha hecho relativamente independiente de las trabas locales de los lugares de producción de las primeras materias. La industria textil elabora, sobre todo, primeras materias importadas. Minerales de hierro españoles se trabajan en Alemania e Inglaterra; minerales de cobres españoles y sud-admericanos, lo son en Inglaterra. Toda mina de carbón provee de combustible mucho más allá de sus fronteras a un distrito industrial que se acrece de año en año. Sobre todas las costas de Europa se mueven máquinas con carbón inglés y, a veces, alemán o belga. La sociedad, emancipada de las trabas de la producción capitalista, podrá ir todavía más lejos. Creando una raza de productores de variada instrucción, comprendiendo las bases científicas de la producción industrial entera, en que cada cual haya pasado prácticamente por toda una serie de categorías de la producción y las haya estudiado a fondo, la sociedad crea una nueva fuerza productiva que compensa el trabajo necesario para transportar a grandes distancias las primeras materias y el combustible. La supresión de la separación de la ciudad y el campo no es, pues, una utopía, aun en la medida en que supone la repartición la más igual posible de la gran industria, en toda la extensión del territorio. Sin duda, la civilización dejará en las grandes ciudades una herencia y necesitaremos de tiempo y esfuerzo para desembarazarnos de ella. Mas hay que desembarazarnos de ella y lo haremos al precio de penosos y prolongados esfuerzos: cualquiera que sean los destinos que le estén reservados al Imperio prusiano-germánico, Bismarck podrá orgullosamente bajar al sepulcro seguro de ver realizarse su deseo favorito: la muerte de las grandes ciudades.

Y ahora examinad la pueril idea del Sr. Dühring, según la cual, la sociedad puede tomar posesión de la totalidad de los medios de producción sin revolucionar de arriba a abajo la vieja forma de producción y sin abolir, ante todo, la antigua división del trabajo; como si todo estuviera dicho desde que se «ha tenido en cuenta las situaciones naturales y las aptitudes personales», siguiendo todo igual, masas enteras de vidas siervas como antes a la producción de un sólo articulo, «poblaciones enteras reivindicadas por una sola rama de producción» y continuando dividida la humanidad en numerosas «especies económicas», diversas y marchitas como «carretilleros» y «arquitectos». Así se hará dueña la sociedad de los medios de producción, en su conjunto, para que cada cual permanezca en la particular esclavitud de su instrumento de producción y sólo tenga la elección del medio de producción. Y ved también cómo, el Sr. Dühring, considera la separación del campo y de la ciudad como «inevitablemente fundada en la naturaleza de las cosas» y no llega a descubrir sino un pequeñísimo paliativo en las dos industrias, la destilería y la fabricación del azúcar de remolacha, cuya reunión es muy prusiana; ved cómo hace depender la distribución de las industrias en el país de yo no sé qué descubrimientos futuros y de la necesidad de juntar inmediatamente la explotación a la extracción de las primeras materias (primeras materias que hoy mismo se utilizan cada vez más lejos de su origen); ved cómo, por último, procura cubrirse, asegurando que las necesidades sociales acabarán por hacer prevalecer la unión de la agricultura y de la industria contra las razones económicas, como si por eso se hiciese el menor sacrificio económico.

Sin duda, para ver que los elementos revolucionarios que ponen término, al mismo tiempo que a la antigua división del trabajo, a la separación del campo y de la ciudad y revolucionan toda la producción, están ya contenidos en germen en las condiciones mismas de producción de la gran industria moderna, y que su expansión está cohibida por la forma actual de producción capitalista, se necesita de un horizonte más amplio que el dominio de Landrecht prusiano, en que los schnaps y el azúcar de remolacha son los principales productos de la industria y en que puede estudiarse las crisis comerciales en el mercado librero. Para eso precisa conocer la verdadera gran industria, en su historia y en su realidad presente, principalmente en el único país que es su patria; mas en ese caso no se pensará ni un instante en empobrecer y rebajar el socialismo científico moderno a la condición del socialismo específicamente prusiano del Sr. Dühring.

  1. La explicación de las crisis por el sub-consumo proviene de Sismondi, y en él tiene todavía algún sentido. Rodbertus la ha tomado de Sismondi y a su vez el Sr. Dühring la ha copiado de Rodbertus, a su manera, empobreciéndola.