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Anti-Dühring/Tercera Parte/IV

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IV
LA REPARTICIÓN

Precedentemente hemos visto que la economía política dühringniana conduce a esta proposición. La forma de producción capitalista es excelente y puede subsistir, mas la forma de repartición capitalista es mala y debe desaparecer. Ahora lo vemos; la «socialidad» del Sr. Dühring no es más que la realización de semejante proposición en la imaginación. En efecto, se ha visto cómo el Sr. Dühring nada casi tiene que reprochar a la forma de producción capitalista como tal, que desea conservar en sus líneas fundamentales la antigua división del trabajo, y, que, por esa razón, nada tiene casi que decir de la producción en su concejo económico. Y es que, la producción es un terreno en que se trata de realidades tangibles, en que «la imaginación racional» no puede dar sino corto auge a su libertad sin correr inminentes peligros. Por lo contrario, la repartición que, según el Sr. Dühring, nada tiene que ver con la producción y que se determina según dice, no por la producción, sino por un acto de pura voluntad, la repartición es el campo destinado a su «alquimia social».

A deber igual de producción corresponde derecho igual en el consumo, organizado en el concejo económico y en el concejo mercante, que engloba un gran número de esos concejos económicos.

«El trabajo se trueca por otros géneros de trabajo, según el principio de igualdad de evaluación... La prestación y la contra-prestación representan, en este caso, la igualdad real de cantidades de trabajo». Y esta «igualdad de fuerzas humanas vale, aun cuando los individuos hubieran producido más o menos, o aun nada, porque puede considerarse como prestación de trabajo toda ocupación que exija tiempo y fuerzas... aun el juego de bolos y el paseo. Pero semejante cambio no se efectúa entre individuos, puesto que es la comunidad quien posee todos los medios de producción y, por consecuencia, también los productos; tal cambio, pues, tiene lugar entre los concejos económicos y los individuos que forman parte del mismo, y entre los diversos concejos económicos mercantes.

«Cada concejo económico, en particular, reemplazará en su distrito el comercio al menudeo por una venta absolutamente sistemática.» De igual modo se organiza el comercio en grande: «El sistema de la libre sociedad económica... es, pues, una gran institución de cambio, cuyas operaciones se cumplen por medio de los elementos suministrados por los metales preciosos. Nuestro esquema se distingue de todas las concepciones nebulosas, propias aún de las formas más racionales del socialismo corriente en el día, por la inteligencia de la necesidad ineludible de esta propiedad fundamental.»

El concejo económico, en tanto que primer propietario de los productos sociales fija mediante el cambio «un precio único para cada género de artículos», según los gastos medios de producción. Lo que actualmente es para el valor y el precio los pretendidos gastos naturales de producción, he ahí lo que será en la socialidad la evaluación de la cantidad de trabajo necesario. Tal evaluación, que en virtud del principio de la igualdad de derechos de cada personalidad extendida también a la economía, se reduce en último análisis a una previsión del número de personas que participan en el trabajo, tal evaluación dará la relación del precio correspondiente, a la vez, a las condiciones naturales de la producción y al derecho social de venta. La producción de metales preciosos determinará, como hoy, el valor de la moneda. Como se ve, lejos de perder, en la nueva constitución social, todo criterio todo tipo de los valores y de la equivalencia de los productos, por lo contrario, se les tendrá por primera vez». El famoso «valor absoluto» se realiza al cabo.

Mas, de otra parte, será menester que el concejo ponga a los individuos en condiciones de comprarle los artículos producidos, pagando a cada cual todos los días, semanas o meses, una cantidad en dinero, que deberá ser igual para todos como contra-prestación a cambio de su trabajo. «Por eso es indiferente, desde el punto de vista de la socialidad, el decir que el salario debe desaparecer o debe llegar a ser la forma única de ingreso económico.» Salarios iguales y precios iguales establecen la «igualdad cuantitativa, si no cualitativa, en el consumo», realizando por tal modo en el orden económico «el principio universal de justicia». En cuanto concierne a la determinación de la tasa del salario del porvenir, el Sr. Dühring nos dice, únicamente, que en dicho caso, como en todos los demás, «trabajo igual se cambiará por trabajo igual». Se pagará, pues, por un trabajo de seis horas una suma de dinero que implicará igualmente seis horas de trabajo.

Pero es menester no confundir «el principio universal de justicia» con esa nivelación brutal que subleva tan violentamente al burgués contra todo comunismo, en particular el comunismo espontáneo de los obreros. No es tan despiadado como parece. «La justicia fundamental de los créditos jurídico-económicos no excluye la adición voluntaria al salario que exige la justicia de un testimonio de estimación y de honor muy especial... La sociedad se honra a sí misma al recompensar los servicios de calidad superior por una facultad de consumo ligeramente superior. Y el Sr. Dühring se honra igualmente a sí mismo cuando, uniendo en su persona el candor de la paloma y la astucia de la serpiente, se ocupa de esos cuidados conmovedores, respecto al consumo de los Dühring del porvenir.

De esta suerte, pone término definitivamente a la forma de repartición capitalista, «pues admitiendo que en el estado social, que suponemos, todos disponen realmente de un excedente de recursos privados, sin embargo, no podrá utilizar sus recursos como capital. Ningún individuo, ningún grupo los adquirirá de él para la producción de otra manera que por vía de cambio o venta, y jamas se le pagará interés o beneficio. De consiguiente, puede admitirse «una cierta herencia compatible con el principio de igualdad», porque es inevitable, pues «una cierta herencia siempre será el corolario necesario del principio familiar», y el mismo derecho sucesorio «no conduciría a la acumulación de considerables fortunas si la propiedad no pudiera nunca en tal régimen, tener por fin la creación de capital y de rentas».

De este modo, queda acabado el concejo económico. Veamos cómo administrará.

Admitamos que todas las hipótesis del Sr. Dühring se realicen por completo; supongamos, pues, que el concejo económico paga a cada uno de sus miembros por seis horas de trabajo diario una suma de dinero en que se incorporan igualmente seis horas de trabajo, por ejemplo doce marcos. Admitamos igualmente que los precios corresponden exactamente a los valores, es decir, no impliquen sino el costo de primeras materias, el desgaste de las máquinas y de los instrumentos y el salario pagado a los trabajadores... Un concejo económico de cien trabajadores produce diariamente mercancías por valor de 1.200 marcos y, en un año de trescientos días, por valor de 360.000 marcos; paga igual suma a sus miembros y cada cual hace de su parte—12 marcos diarios; o sea 36.000 marcos por año—el uso que le conviene. A fin de año, y después de cien años, el concejo no es más rico que al comenzar. Durante ese tiempo, ni aun estará en condiciones de dar ese pequeño plus o excedente para el consumo que dice el Sr. Dühring, si no quiere morder su stock de medios de producción. El ahorro queda totalmente olvidado, peor aún, el ahorro siendo una necesidad social y ofreciendo el mantenimiento de la moneda una forma cómoda de ahorro, la organización del concejo económico incita directamente a sus miembros al atesoramiento privado, y, por consecuencia, a su propia destrucción.

¿Cómo escapar a tal contradicción dada la naturaleza del concejo económico? ¿Podrá recurrir al famoso tributo, al encarecimiento, para vender su producción anual en 480.000 marcos en lugar de 360.000 marcos? Mas como todos los demás concejos se hallan en situación análoga y se ven obligados a obrar del mismo modo, cada cual, al cambiar con otro, pagaria el mismo «tributo» que él metería en caja, y el «tributo» recaería, pues, exclusivamente sobre la cabeza de sus propios miembros.

O bien, resolvería simplemente la cuestión pagando a cada uno de sus miembros por seis horas de trabajo el producto de menos de seis horas de trabajo (supongamos de cuatro horas), es decir, pagando ocho marcos en vez de doce marcos por día, manteniendo al mismo tipo que antes el precio de las mercancías; y en tal caso haría directa y abiertamente lo que del otro modo disimula e intenta por un rodeo: constituye la supervalía, según la expresión de Marx, de una suma de 120.000 marcos, pagando a sus miembros al modo capitalista, por bajo del valor de sus servicios y vendiéndoles, además, en su íntegro valor las mercancías que no pueden comprar fuera de él. El concejo económico no puede llegar a constituir un fondo de reserva sino conduciéndose como una forma «ennoblecida» del trucksystem practicado sobre la más amplia base del comunismo[1].

Así, de dos cosas, una: o bien el concejo económico cambia «trabajo igual por trabajo igual» y en ese caso es incapaz de acumular un fondo para el mantenimiento y extensión de la producción, y únicamente los individuos pueden hacerlo; o bien forma un fondo, y entonces no cambia «trabajo igual por trabajo igual».

Tal es la materia del cambio en el concejo económico; ¿cuál es su forma? El cambio se efectúa mediante moneda metálica, y el Sr. Dühring no se alaba poco del «alcance universal» de tal reforma. Pero en las relaciones que se establecen entre el concejo y sus miembros, la moneda no es moneda, no desempeña la función de moneda en modo alguno, no sirve sino como simple certificado de trabajo, y hace sólo constar, para hablar como Marx, «la parte individual del productor en el trabajo común y su crédito individual sobre la porción del producto común destinado al consumo», no juega tampoco el papel de moneda, «sino como una contraseña de teatro». Así, pues, puede reemplazarse por cualquier otro signo, como Weitling la reemplaza por «un gran libro» en una de cuyas páginas se consignan las horas de trabajo y en otra los goces obtenidos, en cambio. En una palabra, su función, en las relaciones entre el concejo económico y sus miembros, es sencillamente la de la «moneda de horas de trabajo» de Owen; esa «fantasía» que el Sr. Dühring consideraba de tan alto y que, sin embargo, se ve obligado a reintroducir en su economía del porvenir. Ahora que la señal del derecho «de consumo adquirido» y del «deber de producción» cumplido sea un trozo de papel, una ficha o una moneda de oro—desde este punto de vista—es enteramente indiferente; pero, como se verá, no desde todos. los puntos de vista.

Si la moneda metálica, en relación al concejo económico y sus miembros, ya no cumple la función de moneda, sino de señal encubierta de trabajo, menos todavía realiza la función de moneda en los cambios que se operan entre los diversos concejos económicos: en tal caso, la moneda metálica, en la hipótesis del Sr. Dühring, es absolutamente inútil. En efecto, una simple contabilidad bastaría y realizaría el cambio de productos de un trabajo igual por productos de un trabajo igual, mucho más sencillamente, calculando, con el tipo natural de trabajo, el tiempo, la hora de trabajo tomada como unidad, que traduciendo previamente las horas de trabajo en moneda. El cambio en realidad es un simple cambio en especie; todos los créditos excedentes son sencilla y fácilmente compensables mediante convenios con otros concejos. Y si verdaderamente un concejo se encontrare en déficit respecto de los otros, todo el oro del mundo—aun cuando fuese en «moneda natural»—, no podría evitar a ese concejo la necesidad de cubrir el déficit aumentando el tanto de su propio trabajo si no quiere caer bajo la dependencia de los demás, con motivo de su deuda. Además, el lector recordará que ahora no hacemos ninguna construcción futura, sino que nos contentamos con aceptar las hipótesis del Sr. Dühring y sacar de las mismas. las inevitables consecuencias.

Así, ni en el cambio entre el concejo económico y sus miembros, ni entre los diversos concejos, el oro, «moneda natural», puede llegar a realizar su naturaleza. Y sin embargo, el Sr. Dühring le asigna aun en la «socialidad» la función de moneda. Menester es, pues, busquemos otro campo de aplicación a esa función monetaria. Y ese campo existe. Sin duda, el Sr. Dühring permite a cada cual «un consumo cuantitativamente igual», pero no puede obligar a nadie—muy al contrario, está orgulloso de que en ese mundo, que crea, cada cual pueda hacer lo que quiera de su dinero—por consiguiente, no puede impedir que unos se reserven un pequeño tesoro, en tanto otros no lleguen a tener lo justo para vivir con el salario que se les paga. Es más, hace que sea inevitable al reconocer expresamente la propiedad común familiar en el derecho sucesorio y, consiguientemente, la obligación que tienen los padres de educar a los hijos. Pero entonces, se abre una brecha considerable «al consumo cuantitativamente igual»: el célibe vivirá suntuosamente y en la alegría con sus ocho o doce marcos diarios, mientras que viudo difícilmente saldrá adelante con sus ocho hijos menores. De otra parte, el concejo, aceptando en pago la moneda, sin otra consideración, no se preocupa de saber si esa moneda ha sido bien ganada por el trabajo del pagador: «el dinero no tiene olor» y no sabe de dónde proviene. Entonces están dadas todas las condiciones para que la moneda metálica, que hasta ahora no jugaba otro papel que el de señal de trabajo, ejerza una verdadera función monetaria. La ocasión y los motivos están dados, de una parte, por el atesoramiento; de otra, por el endeudamiento; quien se encuentra en necesidad toma prestado de quien atesora. El dinero prestado, aceptado por el concejo en pago de los medios de vida, se trueca de tal modo en lo que es en la sociedad actual: la encarnación social del trabajo humano, la verdadera medida del trabajo, el instrumento general de la circulación. «Todas las leyes y reglas administrativas del mundo resultan tan impotentes como el hacer que uno y uno no sean dos, o el oponerse a la electrolisis del agua. Y como quien atesora. está en condiciones de obligar a quien se encuentra en necesidad a que le pague intereses, al propio tiempo que la función monetaria de la moneda metálica, se habrá restablecido el interés y la usura.

Tales son los efectos de conservar la moneda metálica en el terriorio del concejo económico del Sr. Dühring. Mas fuera de ese dominio, el resto del mundo, malo y corrompido, continúa marchando como antes. El oro y la plata siguen siendo en el mercado del mundo la moneda mundial, el medio general de comprar y vender, la encarnación social absoluta de la riqueza. Y esa propiedad de los metales preciosos, da a cada uno de sus miembros del concejo económico un nuevo motivo de atesorar, de enriquecerse, de prestar, de hacerse libre e independiente del concejo, fuera de sus fronteras, y de utilizar, en el mercado del mundo, la riqueza individual que ha acumulado. Los usureros se transforman en comerciantes con su instrumento de circulación, en banqueros que dominan los instrumentos de circulación y la moneda mundial y, por consecuencia, la producción y también los medios de producción, aunque fuesen todavía durante años nominalmente propiedad del concejo económico y del concejo mercante.

Mas de este modo, los atesoradores y los usureros hechos banqueros, son también los soberanos del concejo económico y mercante. La «socialidad» del Sr. Dühring, en efecto, es muy diferente de las «concepciones nebulosas» de otros socialistas; no tiene otro objeto que el renacimiento de la alta finanza bajo cuya inspección, y por cuenta de la cual padecerá... si puede constituirse y mantenerse. El único medio de salvación sería el que los atesoradores prefiriesen tomar la moneda que circula en el mundo entero, y... salvarse a todo correr del concejo.

Dada la ignorancia, casi completa, del antiguo socialismo que hoy reina en Alemania, un joven inocente podría preguntar si, por ejemplo, los bonos de trabajo de Owen no podrían dar lugar a los mismos abusos. Bien que no sea esta la ocasión de desarrollar la significación de esos bonos de trabajo, digamos algunas palabras, a fin de poder comparar el proyecto completo del Sr. Dühring con las ideas «groseras e insignificantes» de Owen. Desde luego, para que se pudiese abusar de los bonos de trabajo de Owen, fuera menester previamente que se transformasen en verdadera moneda, mientras que el señor Dühring, que parte de la verdadera moneda, quiere prohibir el que realice otras funciones que la de señal de trabajo. Mientras que en el sistema de Owen seria menester se operase un abuso real, en el del Sr. Dühring la naturaleza inmanente de la moneda, naturaleza independiente de la voluntad humana, que se realiza, es la moneda la que realiza su propio y verdadero empleo en lugar del uso abusivo a que el Sr. Dühring quiere someterla, por ignorancia de la naturaleza de la moneda. En segundo lugar, las señales de trabajo en Owen no son sino una transición para el comunismo integral y para la libre disposición de los recursos sociales, y, además, un medio de hacer aceptable el comunismo al público inglés. Por tanto, si algún abuso obligaba, a la sociedad de Owen, a abolir las señales de trabajo, tal abolición haría dar un paso más a esta sociedad hacia su objetivo y la haría entrar en una fase superior de su evolución. Por lo contrario, si el concejo económico del Sr. Dühring abole la moneda, destruye a la vez todo su «alcance universal», anonada su propia belleza, deja de ser el concejo económico del señor Dühring y cae al nivel de las nebulosas fantasías, de las cuales hubo de sacarla el Sr. Dühring a costa de tantos esfuerzos de «imaginación racional»[2].

Mas ¿de dónde provienen los extraños errores y las dificultades en que se mete el concejo económico del señor Dühring? Sencillamente, de las ideas nebulosas que se forma de los conceptos del valor y de la moneda, y que le conducen, en definitiva, a querer descubrir el valor del trabajo. Pero como el Sr. Dühring, lejos de tener en Alemania el monopolio de esas ideas nebulosas, por lo contrario, cuenta con numerosos competidores, tratemos de resolver la confusión que se ha producido con todo esto.

El único valor que conoce la economía política es el valor de las mercancías. ¿Qué son las mercancías? Productos creados en una sociedad de productores privados, más o menos aislados, son productos privados; pero esos productos privados devienen mercancías si se producen, no para uso del mismo productor sino para el de otro, en vista del consumo social, y entran en el consumo social mediante el cambio. Los productores privados forman parte de un conjunto social, forman una sociedad; sus productos, bien que producidos por cada uno en particular, son, pues, al mismo tiempo, inconcia y como involuntariamente, productos sociales. ¿En qué consiste, por tanto, el carácter social de esos productos privados? Evidentemente, en las dos propiedades siguientes: La primera, que todos satisfacen una necesidad humana y tienen un valor de uso, no sólo para el productor, sino para otro; la segunda, que producidos por los trabajos particulares más diversos, son producidos al mismo tiempo por el trabajo humano; en sentido estricto, por el trabajo humano en general. Y como tienen un valor de uso para otro, pueden entrar en el cambio; porque en todos ellos se contiene trabajo humano general, simple gasto de fuerza de trabajo humano, pueden, según la cantidad de trabajo contenido en cada uno de ellos, compararse en el cambio, decirse iguales o desiguales. En dos productos individuales iguales puede implicarse, en condiciones sociales iguales, trabajo individual en cantidades desiguales, pero trabajo humano general en cantidades siempre iguales. Un forjador inhábil hace cinco herraduras en el mismo tiempo en que uno hábil hace diez, mas la sociedad no utiliza la inhabilidad accidental de un individuo, no reconoce como trabajo humano general, sino el trabajo de una habilidad media y normal. Por tanto, una de los cinco herraduras no tiene en el cambio más valor que uno de las diez herraduras del segundo; el tiempo de trabajo igual no lo es sino en la medida en que es socialmente necesario, en que el trabajo individual contiene trabajo humano general.

Cuando digo, pues, que un objeto tiene tal valor determinado digo: 1.º, que es un producto socialmente útil; 2.º, que es producido por un individuo por su cuenta personal; 3.º, que aun cuando producto del trabajo individual, a la vez, y sin saberlo ni quererlo, es producto del trabajo social, de una cantidad determinada de trabajo social, fijado socialmente por medio del cambio; 4.º, que expreso esa cantidad de trabajo, no en trabajo, en tantas o cuantas horas de trabajo, sino en otra mercancía. Si, pues, digo que este reloj tiene tanto valor como esta pieza de tela y que cada una de ellas vale cincuenta marcos, digo: en este reloj, en esta pieza de tela y en esta moneda se implica una cantidad igual de trabajo social. Hago constar, pues, que el tiempo de trabajo social incorporado en los mismos, socialmente está medido y socialmente se ha visto que es igual. Pero todo esto no se hace directamente, de una manera absoluta, como cuando se mide tiempo de trabajo por horas o días de trabajo, sino por un rodeo de un modo relativo, por medio del cambio; por eso yo no puedo expresar esa cantidad de tiempo de trabajo en horas de trabajo cuyo número me sea conocido, sino por un rodeo de una manera relativa, en función de otra mercadería que representa la misma cantidad de tiempo de trabajo social; el reloj tiene el mismo valor que una pieza de tela.

Mas la producción y cambio de mercancías al obligar a dar ese rodeo a la sociedad, cuya base constituyen, oblígale también a abreviar ese rodeo, tanto como sea posible. La sociedad elige del vulgo de las mercancías una mercancía distinguida, en que pueda expresarse, para siempre, el valor de toda otra mercancía; una mercancía que pasa por ser la encarnación inmediata del trabajo social y que puede cambiarse, sin mediación de otra alguna y sin condición, por todas las demás: la moneda. Contenida, en germen, en el concepto del valor, la moneda no es sino el valor puesto de manifiesto. Mas el valor de las mercancías, comparado con los mismos géneros, objetivándose en la moneda, se introduce como nuevo factor en el seno de la sociedad que produce y cambia las mercancías, como factor dotado de nuevas funciones y eficacias sociales. Por el momento nos basta con fijar este punto, sin insistir en él.

La ciencia económica de la producción de mercancías no es—¡ni con mucho!—la única ciencia que ha de contar con factores conocidos de un modo relativo. También, en Física, sabemos cuántas moléculas de gas se contienen en un dado volumen, dadas que sean la presión y la temperatura. Y sabemos que, en la medida en que la ley de Boyle es exacta, un volumen dado de cualquier gas contiene tantas moléculas como un volumen igual de cualquier otro gas a la misma temperatura y presión. Por tanto, podemos comparar, en cuanto a su contenido molecular, los volúmenes más diversos de los gases más diferentes y en condiciones las más diversas de temperatura y presión, tomando como unidad un litro de gas a 0º centigrado y a 700 milímetros de presión y, en función de esta unidad, medir todo contenido de moléculas. En Química, nos son igualmente desconocidos los pesos atómicos absolutos de cada elemento; pero los conocemos de un modo relativo al conocer sus relaciones recíprocas. Así, lo mismo que la producción de mercancías la ciencia económica de esa producción tienen una expresión relativa para las cantidades de trabajo—desconocidas para ella—contenidas en cada mercancía; expresión que obtienen comparando los géneros en función de su contenido relativo de trabajo. De igual manera la Química se crea una expresión relativa para los pesos atómicos, que ignora, comparando los diversos elementos en función de su peso atómico, expresando dicho del uno peso por una multiplicación o fracción del otro (azufre, oxigeno o hidrógeno). Y así como la producción de mercancías eleva el oro a la condición de mercancía absoluta, de equivalente general de todas las demás mercancías, de medida de todos los valores, la Química eleva el hidrógeno al rango de moneda química, estableciendo el peso atómico del hidrógeno como igual a 1, reduciendo los pesos atómicos de todos los demás elementos a éste y expresándolos por diversas potencias del peso atómico del hidrógeno. Mas la producción de mercancías, en manera alguna es la sola y única forma de producción social. En las comunidades de la India antigua, en la comunidad familiar de los Estados del Sur, los productos no se transforman en mercancías. Los miembros de la colectividad participan en la producción social de una manera inmediata, el trabajo se reparte conforme a la tradición y a las necesidades, y lo mismo los productos destinados al consumo. La producción es social, sin intermediarios, y la repartición directa, con exclusión de todo cambio de mercancías, de toda transformación de los productos en mercancías (al menos en el interior de la colectividad) y, por consecuencia, también de su transformación en valores.

Cuando la sociedad se pone en posesión de los medios de producción y los socializa sin intermediarios en vista de la producción, el trabajo de todos, por diverso que pueda ser, en lo que concierne a su utilidad especifica, es trabajo inmediata y directamente social. Entonces no hay necesidad de establecer previamente, por un rodeo, la cantidad de trabajo social contenida en el producto; la experiencia diaria indica cuanto precisa, por término medio. La sociedad no tiene más que calcular cuántas horas de trabajo se han incorporado en una máquina de vapor, en un hectolitro de cereales de la última cosecha o en cien metros cuadrados de tejido de determinada calidad. No puede ocurrírsele el expresar las cantidades de trabajo incorporadas en los productos que conoce de un modo directo y absoluto, en función de una medida sólo relativa, vaga, inadecuada—en otro tiempo indispensable, como cosa menos mala—en función de otro producto, cuando posee la medida natural, adecuada y absoluta: el tiempo. Lo mismo que no se le ocurrirá un instante al químico expresar los pesos atómicos de un modo relativo, en función del átomo de hidrógeno, cuando esté en condiciones de expresarlo de un modo absoluto, en función de una medida adecuada, en pesos reales, en billonésimas o cuatrillonésimas de gramo. Luego en la hipótesis formulada, la sociedad no asignará valores a los productos; no expresará el hecho simplícisimo de que la producción de cien metros cuadrados de tejido ha exigido, supongo, mil horas de trabajo, de la misma manera necia y equívoca como hoy se hace; no dirá que esos cien metros cuadrados valen mil horas de trabajo. Sin duda, la sociedad tendrá necesidad de saber cuánto trabajo precisa para producir un objeto de uso cualquiera, tendrá que organizar el plan de la producción en función de los instrumentos de producción, a la cabeza de los cuales figura la fuerza del trabajo. En último análisis serán los efectos útiles de los diversos objetos de uso—comparados primero entre sí y después en relación con la cantidad de trabajo necesario para fabricarlos—quienes determinen el plan de la producción. El asunto se resolverá sencillamente sin que intervenga para nada el famoso «valor»[3]. La idea del valor es la expresión más general y, por consecuencia, más comprensiva de las condiciones económicas de la producción de mercancías. En el concepto del valor se contiene en germen, no sólo la moneda, sino todas las formas más perfeccionadas de la producción y el cambio de mercancías. El hecho de que el valor exprese el trabajo social contenido en los productos particulares, permite fijar la diferencia entre el trabajo social y el trabajo individual contenido en el mismo producto. Si, pues, un productor privado continúa produciendo al modo antiguo en tanto progresa la forma de producción social, la diferencia le será sumamente manifiesta. Lo mismo acontece cuando el conjunto de productores individuales de una categoría determinada de mercancías produce una cantidad de ellas que supera a las necesidades sociales. Como el valor de una mercancía no se expresa sino en función de otra mercancía, y no puede realizarse sino en el cambio de una por otra, en general, el cambio puede no operarse o, al menos, puede no realizar el verdadero valor. Por último, si dicha mercancía específica, la fuerza de trabajo, se introduce en el mercado, su valor, como el de toda otra mercancía, se determina por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Como se ve, en la forma de valor que revisten los productos está ya dada en germen toda la forma capitalista de producción, el antagonismo entre capitalistas y asalariados, el ejército de reserva industrial y las crisis. Querer abolir la forma de producción capitalista instaurando el «valor verdadero» es querer abolir el catolicismo instaurando el «verdadero papa», o querer instituir una sociedad en que los productores sean dueños al cabo de su producto, impulsando a sus consecuencias lógicas una categoría económica, que es la expresión la más completa de la subordinación de los productores a su propio producto.

Si la sociedad productora de mercancías lleva la forma de valor intrínseco a las mercancías, como tales, hasta darles la forma de moneda, algunos gérmenes todavía ocultos en el valor ya se manifiestan. El efecto más inmediato y esencial es la generalización de la forma de mercancía. La moneda impone por fuerza a los objetos producidos hasta entonces para uso del productor, la forma de mercancías y los lanza violentamente al cambio. De ahí que la forma de mercancías y la moneda penetrando en la economía interna de las colectividades socializadas sin intermediarios en vista de la producción, rompan uno tras otro los vínculos de la colectividad y resuelvan la colectividad en un montón de productores aislados. La moneda sustituye, desde luego, como se ve en la India, el cultivo individual al cultivo colectivo de la tierra, que se manifestaba todavía por renovados repartos periódicos; le disuelve por un reparto definitivo (tal es el fenómeno producido en las comunidades rurales (Gehöferschaften) de las orillas del Mosela y que también se dibuja en la comunidad rural rusa), y, por último, la moneda impulsa al reparto de la posesión comunal de los bosques y prados que aún subsisten. Cualesquiera que sean las demás causas originadas por el desenvolvimiento de la producción y que colaboran a ese resultado, la moneda sigue siendo el más poderoso instrumento de acción sobre las comunidades. Y con la misma necesidad natural que la moneda, no obstante «todas las leyes y reglas administrativas», disolverá el concejo económico del Sr. Dühring, si éste naciere alguna vez.

Ya hemos visto que es contradictorio el hablar de un valor del trabajo. Como el trabajo produce, en condiciones sociales determinadas, no sólo productos, sino también valor, y este valor se mide en función de trabajo, el trabajo no puede tener un valor particular; de la misma manera que la pesantez, como tal, no puede tener un peso determinado, o el calor una temperatura determinada. Mas la característica de todas las confusas meditaciones que circulan respecto al «verdadero valor», es que se imaginan que el trabajador no recibe en la sociedad actual el pleno «valor de su trabajo», y que el socialismo debe poner término a semejante estado de cosas; y en tal supuesto se trata de descubrir el valor del trabajo, se intenta, midiendo el trabajo, no en función del tiempo, que es su medida adecuada, sino en función de su producto; y entonces se dice que el trabajador debe recibir el «producto integro de su trabajo», que no es sólo el producto del trabajo, sino el trabajo mismo que puede cambiarse inmediatamente por trabajo; una hora de trabajo por el producto de otra hora de trabajo. Mas al punto se presenta un obstáculo importante: El producto entero está repartido, la más importante de las funciones sociales para asegurar el progreso, el ahorro, se ha sustraído de la sociedad, abandonándolo en manos y al albedrío de los individuos. Los individuos pueden hacer cuanto quieran de sus «productos», y, suponiendo las cosas del mejor modo, la sociedad sigue siendo tan rica o tan pobre como era antes. Así no se han centralizado los medios de producción, acumulados en el pasado, sino para derrochar de nuevo todos los medios de producción acumulados en lo porvenir en manos de los individuos. Se invalida su propia hipótesis, se llega al puro y simple absurdo.

Se quiere cambiar trabajo flúido, fuerza activa de trabajo, por el producto del trabajo, haciendo del trabajo una mercancía como el producto, por el cual se cambia. Entonces el valor de esa fuerza de trabajo se determina, no por su producto, sino por el trabajo social que él a se incorpora, conforme a la ley actual del salario.

Pero justamente eso es lo que no debe ser. El trabajo flúido, la fuerza de trabajo, debe poderse cambiar por su producto total, es decir, poderse cambiar, no por su valor, sino por su valor en uso; la ley del valor debe regir todas las demás mercancías, pero debe abolirse en cuanto concierne a la fuerza de trabajo. Lo que se oculta tras «el valor del trabajo» es una confusión que se destruye por sí misma.

«El cambio de trabajo por trabajo, según el principio de la evolución legal»—en la medida en que significa algo—el cambio de productos, de una misma cantidad de trabajo social, entre sí, es decir, la ley del valor es precisamente la ley fundamental de la producción de mercancías y, por consecuencia también, de la forma más elevada de la producción, o sea de la capitalista. La ley del valor se manifiesta en la sociedad actual exactamente de la misma manera que todas las leyes económicas pueden manifestarse en una sociedad de productores individuales, como una ley fundada en las cosas y en las condiciones exteriores, como una ley independiente de la voluntad y de la acción de los productores, como una ley ciega. El Sr. Dühring, al hacer de esta ley la fundamental de su concejo económico y al exigir de dicho concejo que aplique conscientemente dicha ley, hace de la ley orgánica de la sociedad presente la ley orgánica de la sociedad creada por su imaginación: lo que quiere es la sociedad actual, pero sin los abusos. Se mueve enteramente en la órbita de las ideas de Proudhon y, como éste, quiere acabar con los abusos nacidos de la evolución que conduce la producción de mercancías a la producción capitalista, contraponiendo la ley fundamental de la producción de mercancías, cuyos abusos precisamente son su manifestación; y como Proudhon quiere substituir a las consecuencias reales de la ley del valor, consecuencias imaginarias.

Orgullosamente marcha nuestro moderno Don Quijote sobre los lomos de su noble Rocinante, «el principio universal de justicia», seguido de su bravo Sancho Panza, Abraham Enss, como caballero errante, que va a la conquista del yelmo de Mambrino, «el valor del trabajo»: mucho nos tememos no traiga sino la bacía de la historia....

  1. Se llama trucksystem en Inglaterra al sistema—bien conocido también en Alemania—de ciertos fabricantes que, teniendo tiendas propias, obligan a comprar en ellas a sus obreros.
  2. Notemos de pasada que el Sr. Dühring ignora por completo el papel que las marcas de trabajo representan en la sociedad comunista de Owen. Él no conoce esas marcas, Sargant, sino en la medida en que figuran en el proyecto, naturalmente frustrado, del Labour Exchange Bazars, tentativa para pasar, por medio del cambio directo del trabajo, de la sociedad existente a la sociedad comuninista.
  3. Yo he dicho en 1844 (Deutsch Französische Jahrbücher, pág. 95) que esa evaluación del efecto útil y del gasto de trabajo es todo lo que, en una sociedad economista, podría subsistir del concepto del valor de la economía política. Como se ve, sólo Marx en el Capital es quien ha dado a esa tesis un fundamento científico.