Anti-Dühring/Tercera Parte/V
V
EL ESTADO, LA FAMILIA, LA EDUCACIÓN
Con los dos últimos capítulos casi hemos agotado el contenido del «nuevo sistema socialitario» del señor Dühring. A lo sumo podría observarse cómo «el alcance universal de sus ideas históricas» no le impide, en modo alguno, ver sus propios intereses, sin hablar del «superconsumo moderado» que ya conocemos. Subsistiendo en la socialidad la antigua división de trabajo, el concejo económico tendrá que contar, no sólo con los carretilleros y los arquitectos, sino también con los literatos de profesión y, entonces, se plantea la cuestión de la suerte que le está reservada al derecho de autor, cuestión que preocupa, más que otra alguna, al Sr. Dühring. En todas partes, por ejenplo, a propósito de Luis Blanc y de Proudhon, el lector se encuentra con el derecho de autor, que se extiende al fin en nueve largas páginas del Curso, y que felizmente se refugia en el puesto de la socialidad bajo la forma de yo no sé qué misteriosa «remuneración del trabajo», con o sin «superconsumo moderado». Un capítulo acerca de la situación de las pulgas un «el sistema natural de la sociedad», hubiera estado igualmente indicado y ciertamente fuera menos fastidioso.
La «Filosofía» en detalle da preceptos respecto al orden social futuro. En este punto Rousseau—aunque «unico precursor importante» del Sr. Dühring—no ha sido bastante profundo, y su profundo sucesor repara todo, empobreciendo al extremo a Rousseau y mechándole de trozos tomados de la filosofía del derecho de Hegel: «la soberanía del individuo» constituye la base del Estado futuro soñado por Dühring; la soberanía de la mayoría no debe destruirla sino por lo contrario, perfeccionarla. ¿Cómo se hará eso? Muy sencillamente; «suponiendo, en todos sentidos, convenios de cada uno con cada uno, contratos que tengan por objeto el auxilio mutuo contra los malos tratos inmerecidos, y de ese modo se multiplicará la fuerza destinada a mantener el derecho y no se deducirá ya el derecho de la mera superioridad de la fuerza, de la multitud sobre el individuo o de la mayoría sobre la minoría». Con igual facilidad la fuerza viva de la filosofía de la realidad, pasa sobre las cosas más complicadas; y si el lector piensa que no está mejor informado que antes, el Sr. Dühring le advierte que no crea que la cosa es tan sencilla, porque «el más pequeño error, respecto al papel de la voluntad colectiva, destruiría la soberanía del individuo y sólo de esa soberanía pueden deducirse verdaderos derechos». El Sr. Dühring trata a su público como merece, burlándose de él; y hubiera podido decir cosas más enormes, pues los discípulos de la filosofía de la realidad no se hubieran dado cuenta de ellas.
La soberanía del individuo consiste fundamentalmente en que «el individuo en sus relaciones con el Estado está sometido a una coacción absoluta, coacción que no es legítima sino en la medida en que verdaderamente está «al servicio de la justicia natural». A este fin, habrá «una legislación y un cuerpo judicial», pero que «quedará en manos de la colectividad»; una «liga defensiva», manifestada por «el servicio común en el ejército o en una sección ejecutiva destinada a garantir la seguridad interior»; dicho de otro modo, un ejército, una policía, gentes de armas. El Sr. Dühring, varias veces se mostró como buen prusiano; pero ahora muestra que vale tanto cuanto ese prusiano modelo que, como decía el difunto de Rochow, «lleva su gente de armas en el corazón»; pero esos guardianes del porvenir no serán tan peligrosos como los «Pandores» de hoy, tan fuertes que maltraten al individuo soberano; pues éste siempre puede consolarse pensando «que el bien o mal que se le hace, según las circunstancias, por la sociedad libre, nunca puede ser peor que cuanto el estado natural le acarrearía». A seguida, después de habernos hecho dar un mal paso aun respecto a su inevitable derecho de autor, el Sr. Dühring nos asegura que en el mundo venidero habrá «un derecho de querellarse absolutamente libre y general». «La libre sociedad soñada» deviene cada vez más complicada: ¡arquitectos, carretilleros, literatos, gendarmes y hasta abogados! «Este mundo del pensamiento sólido y crítico», se asemeja detalle por detalle a los diversos paraísos de las diversas religiones en que el creyente vuelve a encontrar, siempre magnificado, cuanto ha embellecido la vida. Y el Sr. Dühring pertenece al Estado en que cada «cual podrá ser bienaventurado a su manera». ¿Qué queremos más?
Poco importa, por el momento, qué es lo que queramos; se trata de saber qué es lo que quiere el Sr. Dühring. Y el Sr. Dühring se distingue de Federico II, solamente en que, en su «Estado futuro» es menester que cada cual pueda ser feliz, a su manera. En la constitución del Estado futuro está escrito: «No podrá existir ningún culto en la sociedad libre, porque cada uno de sus miembros ha superado al pueril prejuicio primitivo, según el cual hay tras la Naturaleza o por cima de ella seres en que podría influirse por medio de sacrificios o plegarias.» «Un sistema social bien entendido deberá, por tanto, abolir toda hechicería religiosa y, por consiguiente, todos los elementos esenciales del culto». La religión queda prohibida.
Toda religión no es sino el reflejo fantástico, en la cabeza de los hombres, de las fuerzas exteriores que dominan su vida diaria, y al reflejarse dichas fuerzas terrestres toman el aspecto de fuerzas supra-terrestres. En los comienzos de la Historia las fuerzas naturales son las que desde luego se reflejan en su cabeza, y las que, en el curso de la Historia, sufren en los diversos pueblos las personificaciones las más diversas y variadas. La Mitología comparada ha podido seguir ese proceso primitivo, al menos en los pueblos indo-europeos hasta los Vedas de la India, y en la serie sucesiva el por menor de su evolución en los indos, persas, griegos, romanos, germanos y, en la medida en que se cuenta con materiales suficientes, en los celtas, lituanios y eslavos. Pero bien pronto entran en actividad, al lado de las fuerzas naturales, fuerzas sociales, que primero se presentan a los hombres con el mismo carácter de extrañeza inexplicable, y les domina con la misma necesidad aparente que las fuerzas naturales. Los fantasmas de la imaginación, que primero reflejaban solamente las fuerzas misteriosas de la naturaleza, reciben, pues, atributos sociales y devienen los representantes de fuerzas históricas[1]. En un estado aún posterior de evolución, todos los atributos naturales y sociales de todos los dioses se transportan a un Dios único y todopoderoso, reflejo a su vez del hombre abstracto. Tal fue el origen del monoteísmo, último producto de la filosofía griega al declinar, en la Historia y que se encarna en la divinidad exclusivamente nacional de los judíos: Jehová. En esa forma cómoda, al alcance de todos, la religión puede subsistir como forma inmediata, es decir, sentimental, de la relación que une a los hombres con las fuerzas extrañas, naturales y sociales, que le dominan; puede subsistir en tanto los hombres continúen siervos de esas fuerzas. Mas muchas veces hemos visto que en la sociedad burguesa actual los hombres están dominados por las condiciones económicas, creadas por los medios de producción que ellas han producido, cual si fuera por fuerzas extrañas. La base efectiva, pues, de la religión subsiste y con ella el reflejo religioso. Aun cuando la economía política burguesa haya esclarecido ciertas ideas respecto a las causas de este dominio por fuerzas extrañas, en realidad, nada ha cambiado; la economía burguesa no puede impedir las crisis en general, ni poner a cubierto a cada capitalista de las pérdidas, de las malas deudas y de la bancarrota, ni garantir al trabajador del paro y de la miseria. El proverbio es siempre verdadero: «El hombre propone y Dios dispone.» (Dios, es decir, el dominio extraño de la forma de producción capitalista.) No basta saber—aun cuando el conocimiento a la vez fuese más vasto y profundo que el de la economía burguesa—para someter las fuerzas sociales al dominio de la sociedad; para eso precisa, ante todo, una acción social. Y cuando dicha acción sea cumplida; cuando la sociedad, posesionándose del conjunto de los medios de producción y dirigiéndolos sistemáticamente, se haya librado ella misma y todos sus miembros de la servidumbre en que se mantiene por los medios de producción que ha producido y que se le oponen como fuerzas extrañas e irresistibles; cuando el hombre, no contento con pensar, gobierne; entonces, sólo entonces, desaparecerá el último poder extraño que aún se refleja se refleja en la religión y, con ella, desaparecerá también el mismo reflejo religioso, sencillamente porque ya no tendrá objeto que reflejar.
Pero el Sr. Dühring no puede esperar a que la religión muera de muerte natural, y procediendo más radicalmente, supera a Bismarck y decreta las leyes de Mayo, agravadas, no sólo contra el catolicismo, sino contra toda religión en general; lanza sus gendarmes del porvenir contra la religión, le concede el martirio y, por consiguiente, una más larga vida. Nada, doquiera volvamos los ojos, tropezamos en el Sr. Dühring con un socialismo específicamente prusiano.
Cuando el Sr. Dühring, por tal modo, haya destruído la religión, «corresponderá al hombre, dueño de sí mismo y de la naturaleza, y preparado para conocer las fuerzas colectivas, el entrar valientemente por los caminos que le abren el curso de las cosas y su propia naturaleza». Veamos, pues, para distraernos, cuál es el «curso de las cosas» en que debe entrar valientemente, bajo las indicaciones del Sr. Dühring, el hombre dueño sólo de sí mismo. El primer suceso que reduce el hombre a sus propios recursos es el nacimiento. En seguida sigue, durante el tiempo de su minoría natural, confiado a la «educadora natural de los hijos»: la madre.
«Ese período puede prolongarse, como en el antiguo Derecho romano, hasta la pubertad, es decir, hasta los catorce años.» Sólo cuando los niños, mal eriados, no respetan lo suficiente la autoridad de la madre, se recurre, para remediar tal estado de cosas, a la asistencia del padre y, en particular también, a las medidas pedagógicas del Estado. A la pubertad pasa el niño bajo «la tutela natural del padre», si existe alguno, cuya paternidad sea real e incontestada; de otro modo la colectividad designa el tutor.
De igual manera que el Sr. Dühring se figuraba podía sustituir la forma de producción capitalista por la forma de producción social sin transformar la misma producción, así también ahora se imagina poder privar a la familia burguesa moderna de todos sus fundamentos económicos, sin cambiar, al mismo tiempo, la forma entera. Para él dicha forma es inmutable; así hace del «antiguo Derecho romano», apenas corregido, la norma de la constitución familiar de todos los tiempos, y no puede representarse la familia, de otro modo, que heredando y poseyendo. En esto el Sr. Dühring se queda muy atrás de los utopistas, pues éstos hacían derivar, inmediatamente, de la libre asociación de los hombres y de la transformación del trabajo privado doméstico en industria pública la socialización de la educación, la reciprocidad y libertad verdaderas de las relaciones entre los miembros de una familia. Por otra parte, ya Marx ha mostrado[2] cómo «la gran industria—con el papel decisivo que asigna en los procesos de producción, socialmente organizados, fuera de la casa a las mujeres, a los jóvenes y a los niños de uno y otro sexo—crea la nueva base económica de una forma superior de la familia y de la relación entre los sexos».
«Todo soñador de reformas sociales», dice el señor Dühring, naturalmente tiene dispuesta una pedagogía correspondiente para la nueva vida social que sueña. «Tomando tal frase por criterio, el Sr. Dühring so nos muestra como un «verdadero monstruo» entre los soñadores de reformas sociales. La escuela del porvenir le interesa tanto como el derecho de autor, lo que no es poco decir. Tiene programas escolares y un plan universitario dispuestos, no sólo para «todo porvenir previsible», sino hasta para el período de transición. Contentémonos, sin embargo, con lo que se le enseñará a la juventud de ambos sexos en la «socialidad definitiva y sin apelación».
La escuela común enseña «todo cuanto, en sí y en principio, puede tener algún atractivo para el hombre», en particular «las bases y los resultados principales de todas las ciencias que corresponden a la concepción del mundo y de la vida». Enseña, pues, ante todo las matemáticas, de tal suerte, que el conjunto de todos los conceptos y de todos los procedimientos fundamentales, desde la simple numeración y adición hasta el cálculo integral, se recorra íntegramente.» Mas esto no quiere decir que se deba realmente integrar y diferenciar en esa escuela; al contrario, se enseñará los elementos enteramente nuevos de matemática integral, que a la vez contengan las matemáticas elementales ordinarias y las matemáticas superiores. Bien que el Sr. Dühring pretende «ver ya en sus líneas generales y de una manera esquemática» el «contenido de los manuales» de la escuela del porvenir, por desgracia, no ha llegado a descubrir los «elementos de la matemática integral; y lo que no puede conseguir—hay que decirlo—lo espera sólo de las fuerzas libres y multiplicadas del nuevo estado social». Mas si los racimos de la matemática del porvenir aún están muy verdes, la astronomía, la mecánica y la física del porvenir ofrecen menos dificultades y constituyen «el núcleo de toda educación», mientras que la Botánica y la Zoología, que a despecho de todas las teorías siguen siendo, sobre todo, descriptivas, servirán más bien de «distracción» y de «solaz». He ahí lo escrito en el Curso de Filosofía, página 417. A lo que se ve, el Sr. Dühring no conoce, todavía hoy, sino una Botánica y una Zoología puramente descriptivas. De toda la Morfología orgánica, que comprende la Anatomía comparada, la Embriología y la Paleontología del mundo orgánico, ignora hasta el nombre. Mientras que tras ellas nacen por docenas nuevas disciplinas en el campo de la biología, su espíritu pueril va aún a buscar los «elementos educativos eminentemente modernos de las ciencias naturales» en la «Historia natural para los niños» de Raff, y concede esa constitución del mundo orgánico «a todo porvenir previsible». Y según costumbre, se olvida enteramente de la Química.
El Sr. Dühring tendrá que rehacer de arriba abajo toda la educación estética, pues la poesía tal cual se ha presentado hasta ahora no vale nada. Estando prohibida la religión, la elaboración de las representaciones mitológicas y religiosas «que acostumbran a usar los poetas», naturalmente no pueden tolerarse en la escuela. «Aun el misticismo poético de que es culpable Goethe, por ejemplo, debe ser proscripto.» El Sr. Dühring, por tanto, deberá resolverse a darnos él mismo obras maestras de poesía, «que responderán a las exigencias superiores de una imaginación reconciliada con la razón» y que representarán el ideal verdadero, «la perfección del mundo». ¡Que no tarde en hacerlo! El concejo económico no puede conquistar el mundo sino marchando, según un ritmo «reconciliado con la razón», al paso de carga de los alejandrinos.
El joven ciudadano del porvenir no tendrá casi que palidecer con la filología: «formada por las lenguas muertas...» Las lenguas extrañas vivas son algo secundarias.» Sólo donde el comercio internacional se extiende al movimiento de las masas populares, se harán fácilmente asequibles esas lenguas a todos, en la medida de las necesidades. «La cultura lingüística, verdaderamente educativa, se encontrará en una especie de gramática general, en particular, estudiando la materia y la forma de la lengua materna.» El horizonte, limitado a las fronteras nacionales, del hombre de hoy, es aún muy cosmopolita para el Sr. Dühring y, por, eso desea destruir los dos instrumentos que en el mundo actual dan, al menos, ocasión para elevarse por cima del punto de vista limitado de la nacionalidad: el conocimiento de las lenguas antiguas, que abre a los hombres de todos los países, que han recibido una educación clásica, un horizonte común y dilatado; y el conocimiento de las lenguas modernas, que permite a hombres de distintas naciones el comprenderse y conocer cuanto pasa fuera de sus fronteras. Al contrario, se aprenderá con el mayor detalle la gramática de la lengua materna. Mas la «materia y la forma de la lengua materna» no son inteligibles sino para quien puede seguir su origen y evolución progresiva, y eso es imposible si no se tiene en cuenta, de una parte, las formas arcaicas y en desuso de esta misma lengua y, de otro lado, las lenguas vivas y muertas de igual rama lingüística. Si, pues, el Sr. Dühring suprime de su plan escolar toda la gramática histórica moderna, la educación lingüística se reducirá a la vieja gramática técnica, al estilo de la vieja filosofía clásica, con toda su casuística y su parte arbitraria, que no proviene, sino de la carencia de bases históricas. Su odio contra la antigua filología le lleva a hacer del peor de los productos de la vieja filología «el centro de la cultura lingüística, verdaderamente educativa». Claramente se ve, pues, tenemos que habérnoslas con un lingüísta que jamás ha oído hablar del desarrollo tan poderoso y fecundo de la ciencia histórica de la lengua desde hace sesenta años y que va a buscar «los elementos educativos eminentemente modernos» de la lingüística, no en Bopp, Grimm y Diez, sino en Heyse y Becker, de feliz memoria.
Y todo esto no fuera suficiente—¡tanto se necesita!—al joven ciudadano del porvenir para «bastarse a sí mismos». Menester es una cultura más profunda, «el estudio de los últimos principios filosóficos». Y semejante profundizar «nada tiene de excesivo, después de haber abierto el camino el Sr. Dühring.» En efecto; «desde el momento en que se limpia aquellas nociones científicas rigurosas, que puede reivindicar la ciencia general del ser, de las complicaciones escolásticas que se le mezclan», y desde el momento en que se resuelve no admitir sino la «realidad garantida» por el Sr. Dühring, la filosofía elemental se hace. perfectamente asequible a la juventud del porvenir. «Recordad los procedimientos tan sencillos, gracias a los cuales. hemos dado al concepto de lo infinito y a la crítica de tal concepto un alcance hasta aquí desconocido.» «No se ve por qué los elementos de la representación general del tiempo y del espacio, tan grandemente simplificados, por haber profundizado sus conceptos, no pasarían finalmente al número de las nociones preliminares»: «los pensamientos más profundos «del Sr. Dühring», no podrían jugar un papel secundario en el sistema de educación universal de la nueva sociedad».
El estado de la materia idéntica a sí misma y al infinito numerado están destinados, «no sólo a permitir al hombre el descansar sobre los pies, sino a hacerle saber que tiene a sus pies lo que se llama lo absoluto».
La escuela pública del porvenir no es, como se ve, sino una «caja» prusiana un poco mejorada, en que el griego y el latín se reemplazan por un poco más de matemáticas puras y aplicadas, en particular, por los elementos de la filosofía de la realidad, y en que la enseñanza del alemán se vuelve a Becker, es decir, poco más al nivel de la clase de tercero. Y, de hecho, ahora que hemos mostrado, en todos los órdenes a que ha tocado el Sr. Dühring, el carácter enteramente escolar de sus «conocimientos», no se ve por qué razón, lo poco que subsiste después de «la limpia» seria, a que acabamos de entregarnos, «no acabaría por pasar al número de los conocimientos preliminares», no habiendo sido jamás otra cosa. Sin duda, el Sr. Dühring ha oído decir también vagamente que, en la sociedad socialista, el trabajo y la educación estarían unidos, lo cual daría una cultura técnica variada y suministraría una base práctica para la educación científica; y por eso no deja de servir la cosa en su socialidad. Pero ya lo hemos visto: la antigua división del trabajo subsiste, en sus líneas generales, en la producción del porvenir, tal cual la ve el Sr. Dühring; y de esta suerte se quita toda perspectiva de aplicación práctica ulterior a esa educación técnica, todo valor para la producción, pues ya no tiene sino fines escolares y debe servir para reemplazar la gimnasia, de la cual no quiere oir hablar nuestro reformador radical. Por tanto, con tal motivo no puede ofrecernos sino algunas frases vacías; por ejemplo: «La juventud y la vejez trabajan, en el sentido propio de la palabra.» Semejante palabrería incierta, y vacía, es verdaderamente lamentable si se la compara con el pasaje del Capital (páginas 508 a 515) en que Marx desarrolla este pensamiento: «Del sistema fabril—como puede verse al pormenor en Owen—sale el germen de la educación del porvenir, que une, para todos los niños de cierta edad, el trabajo productivo con la instrucción y la gimnasia, y ve en tal sistema, no sólo un método para aumentar la producción social, sino el solo y único método para producir hombres de desarrollo integral. «Pasemos ahora a la Universidad del porvenir, en que la filosofía de la realidad constituirá el núcleo de todo saber y en que subsistirá por entero, al lado de la Facultad de Medicina, la Facultad de Derecho; pasemos sobre las «escuelas especiales», de las que nos dice que las habrá para un «reducido número de objetos»; admitamos, en fin, que el joven ciudadano del porvernir esté en condiciones, después de terminar su curso de estudios, de «bastarse a sí mismo» y que quiera casarse; ¿qué camino le abre el Sr. Dühring?
«En lo que concierne a la importancia de la generación para el mantenimiento, la supresión y mezcla, como asimismo para un nuevo desarrollo de cualidades y defectos, menester es indagar, en gran parte, el origen de las cualidades humanas e inhumanas en la unión la selección sexuales, así como en el cuidado de tal cual resultado al nacer. Es preciso, de hecho, dejar a las generaciones que nos sigan el cuidado de juzgar la necedad y la estupidez que imperan aún en este terreno. Sin embargo, precisa al menos hacer entender, a pesar de la presión de los prejuicios, que es menester preocuparse, no sólo del número de nacimientos, si que también, y sobre todo, de su naturaleza, ya favorable, ya defectuosa, debido a la naturaleza y a las precauciones del hombre. En todo tiempo, y bajo todos los regímenes jurídicos, se han destruído los monstruos; mas hay muchos grados de monstruosidad desde el estado normal hasta las deformaciones que privan a un sér del aspecto humano... Evidentemente, hay ventaja en impedir el nacimiento de un hombre que no será sino un producto defectuoso.» Y en otra parte dice: «No podría apenar al filósofo comprender el derecho de un sér, aún no nacido, a tener tan buena constitución como sea posible... La concepción, y aun el nacimiento, implican, desde este punto de vista, cuidados preventivos y, excepcionalmente, la exclusión.» Y añade: «El arte griego, que consistía en idealizar en mármol al hombre, no hubiera conservado igual prestigio histórico si hubiera acometido una tarea menos frívola, de un interés mucho mayor, para la suerte de millones de seres: la de perfeccionar en carne y hueso la formación de los hombres: arte semejante no es un arte de la piedra, y su estética no tiene que ver con las formas muertas...»
Nuestro joven ciudadano del porvenir cae de las nubes. Sabe bien, sin el Sr. Dühring, que en el matrimonio no se trata sólo de un arte de piedra, ni de la consideración de las formas muertas; pero el Sr. Dühring le había prometido que podía marchar por todos los caminos que le ofreciera «el curso de las cosas y su propia naturaleza para encontrar un corazón femenino que simpatizara con él. Pero ahora no; ahora le grita con voz de trueno «una moralidad profunda y severa». Primero se trata de acabar con la necedad y la estupidez, que imperan en el campo de la unión y de la selección sexual; se trata de tener en cuenta el derecho del recién nacido a una constitución tan buena como sea posible; se trata, en ese momento solemne, de perfeccionar la formación de la humanidad en carne y hueso; de llegar a ser, por decirlo así, un Fideas de la carne. ¿Cómo hacerlo? Las misteriosas palabras del Sr. Dühring no dan con tal motivo la menor indicación, bien diga que en ello hay todo un arte. ¿El Sr. Dühring tendrá ya «a la vista de un modo esquemático» un mármol de ese arte, como tantos como circulan por la librería alemana, cerrados a las miradas indiscretas por una banda de papel? En tal caso, hemos salido de la socialidad y nos encontramos en la Flauta encantada, con la diferencia de que el pontífice frac-masón Sarastro no es sino «un sacerdote de segunda clase», con respecto a nuestro severo y profundo moralista. Las experiencias que emprende Sarastro con su pareja de adeptos amorosos no es sino un juego de niños al lado de la prueba horrible a que el Sr. Dühring somete a esos dos individuos soberanos, antes de permitirles que entren en el estado de «matrimonio libre y moral». Quizá pueda acontecer que nuestro Tamino del porvenir tenga a sus pies «lo que se llama lo absoluto», pero que uno de sus pies se desvíe de la longitud normal en dos grados, de tal suerte, que malas lenguas le llamen pie zambo. Y nada hay de imposible en que su bien amada Tamina no se tenga derecha sobre lo absoluto, a consecuencia de una ligera desviación del omoplato derecho, que la maledicencia pueda considerar como joroba. Y entonces, nuestro profundo y severo Sarastro ¿les prohibirá practicar el arte del «perfeccionamiento del hombre de carne y hueso», ejercitará su solicitud preventiva sobre la «concepción» o su «exclusión» al nacimiento»? Apostamos diez contra uno que las cosas se harán de otra manera, y los dos amantes dejarán a Sarastro-Dühring con su plan e irán en busca del funcionario del Registro civil.
¡Alto!—exclama el Sr. Dühring.—No es eso todo, ¡escuchad otras razones! Dados los móviles «superiores», verdaderamente humanos, de las uniones bienhechoras, la forma propiamente humana y ennoblecida de la atracción sexual que se manifiesta, en sus grados extremos, como amor apasionado en su reciprocidad, es, la mejor garantía de una unión aceptable igualmente en sus resultados... Precisa ver un efecto y una consecuencia tan sólo en el hecho de que, en una relación armónica surge un producto armónicamente compuesto. De donde resulta que toda coacción tiene que ser perjudicial, etc. Así, todo acontece para lo mejor en la mejor de las socialidades posibles. El pie zambo y corcova se aman apasionadamente y ofrecen, de este modo, en su reciprocidad la garantía de un «resultado armónico». Todo pasa como en las novelas: se aman, obteniendo uno la mano del otro, y la «moralidad profunda y severa» deviene lo que se piensa en la armonía de sus locuras.
La noble idea que el Sr. Dühring se forma del sexo femenino, en general, se verá también por la acusación que lanza contra la sociedad actual: «En esta sociedad de opresión, fundada en la venta del hombre al hombre, la prostitución pasa por ser el complemento necesario del matrimonio en beneficio de los varones, y es un hecho bien comprensible y tanto más significativo que nada puede haber de análogo en beneficio de las mujeres.» Yo no querría, por nada de este mundo, meterme en el bolsillo las manifestaciones de gracias que podrá recibir el señor Dühring por parte de las mujeres a cambio de ese hermoso cumplido que tiene para con ellas. ¿Pero el señor Dühring ignora, por completo, que existe un cierto género de ingresos que no es enteramente excepcional? ¡El Sr. Dühring ha sido refendario y vive en Berlín, donde ya en mi tiempo, hace treinta y seis años, para no hablar de los lugartenientes referendarius, rimaba con bastante frecuencia con Shcürzenstipendiarius!
Séanos permitido despedirnos con tono alegre y conciliador de un asunto que, frecuentemente, pudo parecer seco y desagradable. En tanto tuvimos que tratar cuestiones de pormenor, el juicio dependía de hechos objetivos, incontestables; y a causa misma de esos hechos, el juicio tuvo que ser, con frecuencia, riguroso y duro. Al presente, hemos dejado atrás la Filosofía, la Economía política y la «socialidad»; tenemos ante nosotros el retrato de cuerpo entero del escritor que hubimos de juzgar en detalle; al presente, las consideraciones humanas pueden ponerse en primer término; al presente nos está permitido referir, a causas personales, los errores científicos y las explosiones de orgullo, sin ello inexplicables, y resumir nuestro juicio de conjunto respecto al señor Dühring en estas palabras: irresponsabilidad por causa de megalomanía.
- ↑ La Mitología comparada desconoce este doble carácter que. revisten ulteriormente las figuras divinas; se atienen exclusivamente a su carácter de reflejos de las fuerzas naturales y, sin embargo, ese doble carácter explica la gran confusión que, en un momento dado, se introduce en las mitologías. Así, en algunas tribus germánicas, el dios de la guerra se llama, en antiguo noruego, Tyr; en el antiguo alto-alemán, Zio, lo que corresponde al griego Zeus; al latino Júpiter, por Deus-piter; en otras tribus se llama Er, Eor, lo que corresponde al griego Ares, al latino Mars.
- ↑ Marx, Capital, pág. 515 y sig.