Apuntes para la historia de Marruecos: IV

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III
Apuntes para la historia de Marruecos de Antonio Cánovas del Castillo
V


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IV


EL SABIO historiador Abu-Mohammed-Assaleh-el-Garnati[1], en su obra intitulada El agradable y divertido Cartas, ó códice que trata de los soberanos de Mauritania y fundación de la ciudad de Fez, da larga cuenta de la familia y ascendientes del príncipe ó Idris, que fué quien separó aquellas provincias del califazgo, estableciéndose en ellas como rey. Mas baste saber que venía de Ali y de Fátima, llamada la Perla por ser única hija del Profeta, y que peleó valientemente con otros cinco hermanos suyos contra el usurpador Abu-Giafar, de la familia de los Abbásidas, en la funesta jornada de Fagg. Idris era el menor de ellos, y viendo muerto al mayor, que se nombraba Mohammad, fugitivos los otros, destruida casi toda su estirpe, y sin esperanzas de recobrar el califazgo que había perdido, se retiró á Mauritania, pasando, no sin grave peligro, el largo camino, en compañía de su liberto Raxid, hombre intrépido, resuelto y prudente, religioso y fiel á los descendientes del Profeta. Después de visitar varias ciudades de Mauritania sin hallar en ellas amigos ni facilidad de hacer valer su persona, Idris llegó con su compañero á la ciudad de Walila, metrópoli del país de Zarahón, adonde gobernaba Abdelmegid, el cual recibió á los fugitivos con mucho amor, hospedándolos en su propia casa, é informado de sus intentos, determinó ayudarles en ellos. Con efecto; á los seis meses de morar Idris en Walila, en casa de Abdelmegid, siendo los principios del mes de Ramadán del ano 172 de la égira, que es el 788 de nuestra Era, congregó éste á sus parientes y allegados y á las tribus de Auraba, que eran las más numerosas y fuertes de Mauritania, y las comunicó el nombre y descendencia de aquél, hablándoles de su parentesco con el Profeta, de su bondad, religión y perfectas virtudes. Los congregados respondieron de consuno: «Alabemos á Dios, que aquí nos le trae, y con su presencia nos honra; él es nuestro Señor y nosotros sus siervos, y por él daremos la vida.—¿Quieres por ventura que como á rey le aclamemos?—Pues sea; que no hay en nosotros quien ponga reparo en ello: sea humilde y prontamente.» Y sin otra cosa, fué aclamado Idris por aquellas gentes. Acudieron muchas tribus á servir al nuevo príncipe, y con ellas formó gran ejército, con el cual destruyó á descontentos de algunas tribus, trajo otras nuevas á su obediencia, y rindió á Telemsan ó Tremecen, ciudad importantísima en aquella edad, levantando en ella mezquita y púlpito, adonde como soberano inscribió su nombre. Reparó también que, á pesar de las grandes conversiones logradas por el ilustre Muza-ben-Noseir y del largo tiempo transcurrido en el dominio árabe, conservaba la tierra no pocos moradores cristianos y judíos, los cuales ocupaban las gargantas del Atlas y puntos y fortalezas casi inaccesibles, y libremente practicaban sus ritos religiosos, viviendo en total independencia. Propuesto á exterminarlos, marchó contra ellos con todas sus fuerzas. La última centella del Cristianismo se apagó en África cuando Idris, muertos ó cautivos aquellos fieles, arrasó los lugares que ocupaban, y entre otros las fortalezas de Fandelava, Medinna, Bahalula, Colad y Guiata, donde abrigaban su pobre fortuna. Pero el príncipe mauritano no gozó mucho de tales triunfos. El califa Harun Arraxid, al saber los hechos del aborrecido rival, desconfiado de vencerle por armas, apeló, para acabar con él, á una maldad horrible, que fué enviar á su corte cierto hombre vil y mañoso, llamado Suleiman, el cual, ganando primero la confianza de Idris, le envenenó con un pomo oloroso. El fiel liberto Raxid salió en persecución del traidor, y alcanzándole al paso del Muluya, le hirió en la cabeza y brazos; mas al fin escapó con vida de sus manos. En seguida recurrió á los régulos ó caudillos de las tribus, y les propuso que nombrasen otro rey hasta ver si de Quinza, mujer esclava que había dejado preñada Idris, nacía hijo varón que pudiera sucederle, y cuando no, tomar con detenimiento otro partido. Bien quisieran los naturales nombrar por rey al propio Raxid; pero dóciles á la voz del noble anciano, determinaron esperar el parto de la esclava. De ésta nació el príncipe á quien llamaron Idris II. Los xeques, al verlo, exclamaron: «Este es un Idris; parece que en él vive aquel otro todavía», y al punto le juraron por su señor. En todos estos hechos mostraron los moros un candor verdaderamente primitivo. Cuéntase que el vil Suleiman ganó la confianza de Idris, porque solamente en su conversación hallaba el príncipe las ideas cultas á que estaba acostumbrado; el ánimo simpatiza con semejante ignorancia, cuando produce escenas tan patriarcales como se representaron en la proclamación de Idris y de su hijo.

 A los once años entró á reinar el nuevo príncipe. Fué virtuoso y valiente, y edificó para capital de su imperio la gran ciudad de Fez. A éste sucedió su hijo Mohammed, el cual, por consejo de aquella esclava Gunza, abuela suya, repartió entre sus hermanos los mejores gobiernos del imperio. Mal le pagaron esta generosidad dos de ellos, porque el uno, llamado Ysa, se rebeló contra él, apellidándose emperador, y el otro, por nombre Alcasim, aunque no claramente, vino á favorecer tal propósito. Tuvo Mohammed la fortuna de hallar un hermano más agradecido que los otros, el cual, por nombre Omar, venció á los rebeldes, quitándoles los gobiernos de que habían abusado. Alcasim acabó sus días como arrepentido, haciendo penitencia en una mezquita que edificó para el caso. Mohammed reinó con moderación y justicia, sucediéndole su hijo Alí, también magnánimo y generoso. Hermano de éste fué Yahya, que le heredó, por no tener hijos varones; príncipe no inferior en virtud á los anteriores, en cuyo tiempo la ciudad de Fez cobró grandes aumentos y hermosura, viniendo de todas partes muchas gentes á poblarla, y levantándose en ella la gran mezquita de Cairowan y otros edificios. A Yahya sucedió un hijo suyo del mismo nombre, pero harto desconforme en calidades. Movidos de sus liviandades, se alzaron contra él los moradores de Fez, y ó bien le mataron, que parece lo más probable, ó bien, como el Cartas asegura, murió él de pesadumbre la noche misma en que por los amotinados fué arrojado del barrio de Cairowan, que era el principal de la ciudad, el nombrado del Andaluz, por ser residencia de muchas familias moras desterradas del califazgo de Córdoba. Este Yahya estaba casado con la hija de Alí, que era hijo de aquel Omar cuya fidelidad y valor había salvado á su hermano Mohammed de la furiosa ingratitud de otros hermanos. Viendo muerto al marido, Ateca, que así se llamaba, envió á llamar á su padre, el cual, pronto en la ocasión, acudió con numerosa hueste, y vencidos los rebeldes, ocupó el trono. Pero Alí no lo disfrutó por mucho tiempo. Un árabe, natural de Huesca, en España, por nombre Abderrazzac, se alzó contra él y lo venció en campo. Entró el usurpador en Fez, y se posesionó del barrio del Andaluz; pero los del vecino, de Cairowan, cerraron sus puertas, y lejos de reconocerle por soberano, llamaron para que ocupase el trono á Yahya, hijo de Alcasim, aquel mal hermano que murió en penitencia por haberse levantado contra Mohammed, hijo de Idris II y tercer príncipe de la dinastía. Este Yahya, que debe nombrarse el tercero, murió en una rebelión de sus vasallos, y entonces vino al imperio y gobierno de Fez otro Yahya, primo del anterior, como que era hijo de Omar y hermano de Alí, el cual fué, al decir de las historias, el más poderoso y de mejor fama, el poseedor de mayores Estados, y más recto y generoso de los idrisitas; doctor en Ciencias, gran observador de los preceptos del Profeta, dotado de elocuencia y claridad en la palabra, de intrepidez y firmeza meza en el ánimo. Conservóse en el trono de Mauritania hasta el año 315 de la égira, que es el 917 de nuestra Era, en cuyo tiempo vino contra él Mosala, natural de Mequinez, como lugarteniente de Abdallah, señor entonces de la parte oriental de África, el cual lo derrotó en campal pelea, y poniendo luego cerco á la ciudad de Fez, donde se fortaleció, le obligó á pagar tributo y reconocer vasallaje. El infeliz Yahya vio perdida en un punto toda su grandeza, siendo reducido á obedecer los mandatos de gente extranjera, aunque de la propia religión y estirpe. Pero no pararon aquí sus azares. Un cierto Muza, xeque de la tribu de Mecnesa, anhelando por imperar, y envidioso de las virtudes y fama de Yahya, se había juntado con Mosala para vencerle y humillarle, y no satisfecho con haberlo conseguido, meditaba continuamente su total ruina. Al fin logró que Mosala prendiese á Yahya, cuando éste amistosamente iba á su encuentro, y que le atormentase por mil bárbaros modos, hasta conseguir de él que dijese dónde tenía ocultos los tesoros del imperio; que acaso pintándoselos como muy grandes, y excitando con ellos su codicia, fué como Muza alcanzó del capitán africano que ejecutase alevosía tan horrenda. Yahya fué desterrado en seguida, pobre y miserable, á la parte de Arcila, y de allí al África oriental; pero el odioso Muza, pronto siempre en atormentar á su émulo, le asaltó en el camino, y le tuvo en hondos calabozos por espacio de veinte años, de donde el triste rey no salió sino para morir á los pocos días en el asalto de una ciudad extraña. Entretanto gobernó el Mogreb-Alacsa por algún tiempo Raihan, en nombre de los soberanos de la provincia de Yfriquia, que comprendía la parte oriental de la tierra donde antes estuvieron Cartago y Numidia. Exasperados al fin los naturales con la dominación extranjera, llamaron al príncipe Alhasan, nieto de Alcasim, el cual, entrando secretamente en Fez, arrojó de allí al gobernador Raihan y se hizo aclamar por el pueblo. El primer intento del nuevo soberano fué libertar á su padre, que gemía á la sazón en las prisiones de Muza, y vengar tantas afrentas como de él había recibido su familia. Para ello juntó copioso ejército, y encontrándose con su enemigo orillas del río llamado Vadelsicoltahen, hubo gran batalla, la cual fué muy costosa á unos y otros, aunque no sin ventaja de Alhasan. Éste, dejando sus tropas en el campo, volvió á Fez ó bien por traer de allá refuerzos, ó bien por arreglar algunas cosas del gobierno. Mas entretanto, viéndole sólo dentro de los muros uno de sus alcaides, de estirpe extranjera, que tenía por él las fortalezas de Fez, se resolvió á perderle, y poniéndole en cadenas expidió mensajeros á Muza, el cual llegó á la ciudad, y á pesar de la resistencia de los moradores, entró en ella con ayuda del traidor. Luego quisiera Muza que éste le entregase al príncipe para matarle; mas no lo logró de él, por no consentir que se derramara sangre del Profeta; antes, por libertar á Alhasam de las iras de su émulo, le soltó una noche por la muralla, con tan poca destreza por cierto, que hubo de morir del golpe. Con lo cual el traidor alcaide no logró su intento, antes bien, excitó la cólera de Muza de tal suerte, que sólo huyendo pudo salvar la vida.

 Pero ello es que Muza ocupó el trono que por tan malos caminos buscaba. Hizo guerra á los idrisitas y los redujo á un solo castillo, de donde no pudo arrojarlos, así por la aspereza del sitio y fortaleza de los muros, como porque los xeques y principales de Mauritania le representaron que no era justo privar de aquel único territorio y asilo á los descendientes legítimos del Profeta. Con esto Muza abrió un poco la mano en la empresa, y harto hizo en prepararse poco tiempo después para resistir otras mayores que contra él se intentaban. Sabido es que los reyes de Mauritania ó Fez habían sido hechos tributarios de los señores del África oriental ó Yfriquia por Mosala en tiempo de Yahya, y con ayuda por cierto del propio Muza, que entonces imperaba. Pues luego que se vio éste poseedor de tales dominios comenzó á rehuir toda dependencia, dándose por libre del tributo. Á castigar tales atrevimientos vino sobre Fez un poderoso ejército de africanos al mando de Maisur, el cual obligó á Muza á abandonar sus Estados y á refugiarse en el desierto, donde no muchos años después murió miserablemente, que fué dignísimo fin de tal vida. Maisur, logrado el castigo, se volvió á Yfriquia, dejando numeroso presidio en Fez para que mantuviera la obediencia. Los idrisitas, mirando la ocasión como propicia, salieron del fortísimo castillo en que estaban guarecidos, y recobraron mucha parte de sus Estados; pero no pudieron rendir á Fez, que era su capital y la ciudad más importante del imperio. Gobernaba entonces por los idrisitas y como heredero de Yahya, en las tierras reconquistadas, Alcasim, nieto de aquel otro Alcasim de penitente vida. Sucedióle su hijo Abulaix, príncipe juicioso y benigno, generoso y valiente al decir de las historias árabes, el cual no se sintió con fuerzas para luchar con los señores de Yfriquia á pesar de tales calidades, y ni contaba con arrojarlos de la ciudad de Fez, ni con retener siquiera lo recobrado. Ofrecióse, pues, como tributario al califa de Córdoba con tal que le librase de la dependencia del de Yfriquia, quizá con propósito de valerse del uno contra el otro, que ya se contaban por émulos y mortales enemigos, quedando libre al cabo de toda sujeción y tributo. Pero el cordobés no consintió en enviar armada á África sin que Abulaix le entregase antes las plazas de Tánger y Ceuta, y sentó tan firmemente su planta en aquel continente que, desesperado el idrisita, pasó á España á la guerra santa, y en ella murió en un encuentro. Su hermano Alhasan, que le sucedió en el imperio, fué el último de los de su raza. En los diez y seis años que reinó no tuvo un instante de reposo; encendidos cada vez más en odio y emulación los soberanos de Yfriquia y de Córdoba, llamados aquéllos fatimitas y éstos umeyas, hicieron á la Mauritania teatro de sus contiendas y combates. Los califas de Córdoba, dueños de Andalucía, miraban como propias las fronteras provincias de África, y los dominadores de la parte oriental de Mauritania no juzgaban tampoco su imperio completo si la parte occidental no poseían. El infeliz Al-hasan, incierto entre tan diversas pretensiones y tan poderosos contrarios, ora se inclinaba á un lado, ora á otro, ya favorecía al africano, ya al español, hasta que con la irresolución perdió Estados y vida. Vencieron al fin los ben-umeyas, y Córdoba, capital de la mejor parte de España, vino á serlo entonces del Mogreb-alaksa ó reino de Fez.


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  1. Sigo la traducción portuguesa de Aloura, y doy por supuesto que es el autor de esta obra quien generalmente se cree.