Apuntes para la historia de Marruecos (Versión para imprimir)

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APUNTES


PARA LA


HISTORIA DE MARRUECOS


POR





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MADRID
48, preciados, 48

1913



OBRAS DEL MISMO AUTOR


Historia de la decadencia de España desde Felipe III hasta Carlos II. Segunda edición, con prólogo de J. Pérez de Quzmán. Madrid, 1910. En 4.°, con el retrato del autor, 20 ptas.
Bosquejo histórico de la casa de Austria en España. Madrid, 1911. En 4.° Prólogo de J. Pérez de Guzmán. 12,50 ptas.
La campana de Huesca. Crónica del siglo XII. Prólogo de D. Serafín Esteban Calderón. Madrid, 1886. En 8.°, 5 ptas.



De la colección de autores castellanos, en 8.°


El solitario y su tiempo. 2 tomos, 8 ptas.
Problemas contemporáneos. 3 tomos, 15 ptas.
Obras poéticas. 4 ptas.
Artes y letras. 5 ptas.
Estudios del reinado de Felipe IV. 2 tomos, 10 ptas.
La escarapela roja y las banderas y divisas usadas en España. Madrid, 1912. En 8.° 2 ptas.





ES PROPIEDAD










Madrid.— Imp. de Fortanet, Libertad, 29.— Teléfono 991.

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LAS AGUAS del Mulucha ó Muluya, límite natural de la Argelia y del imperio de Marruecos, señalaron ya, según refiere Salustio, el fin de los dominios del númida Yugurta, y el principio de la Mauritania[2]. De aquí nació la alianza de Boco, rey de la Mauritania, con Yugurta, usurpador de Numidia; y el propio Salustio afirma que, antes de este suceso, ni Boco sabía del pueblo romano más que el nombre, ni éste había tenido noticia de aquel rey en paz ó en guerra. Boco imperaba en las partes septentrionales de África puestas al Occidente de Cartago y Numidia, entre el cabo de Ampelusia ó Espartel y el antedicho río Muluya; y como en este territorio, llamado entonces Mauritania, se haya fundado más tarde el actual imperio de Marruecos, no puede ser otro el rey de quien primero hable su historia. Bien fuera dar, sin embargo, alguna noticia de los primeros pobladores de la tierra, de sus hechos y guerras que mantuvieron; pero faltan datos claros y seguros, y no es lugar ni ocasión ésta para dilucidar las dudas que esa falta sugiere. Baste saber que ya en los tiempos de Yugurta y de Boco, la Mauritania estaba poblada de hombres perezosos en el cultivo, cuanto sueltos y propios para andar en campo huyendo ó peleando, según el trance y la fortuna: jinetes extremados, astutos, inquietos y despojadores de caminantes. Espectáculo ciertamente maravilloso el que ofrece lo pasado, cuando nos muestra naciones sujetas á unas propias calidades en tan largos días y bajo el imperio de tan diversos cultos y razas. «Región de pequeña estimación, decía ya nuestro Pomponio Mela[3], y que apenas de ella se conoce cosa señalada: habitada de aldeas y bañada de humildes ríos; más noble por la naturaleza de su suelo que por el valor de sus habitadores, con su flojedad desacreditados.» Y es seguro que con leer á éste y otros geógrafos é historiadores antiguos, pudo saber antes nuestro Mármol lo esencial de las costumbres de la parte de África que visitó tan laboriosamente, por lo mismo que lo que él nos dejó en su descripción podría excusar muchas investigaciones después de tres siglos. Mientras Cartago llena el mundo con su nombre, siendo teatro de tantas glorias primero, y de tan grandes desdichas al cabo; mientras el númida cruza los campos de Italia y España peleando en Cannas ó Numancia bajo tan distintas banderas, de Mauritania y sus hijos nadie oye hablar, ni se curan ellos tampoco de entender en otras cosas que las suyas propias. Ni tratan siquiera con Cartago ni con España, de donde los separa tan estrecho brazo de mar. Pero tráelos el acaso á figurar en la historia, y he aquí cómo desde los principios se muestran al mundo: no de otra suerte han solido mostrarse hasta ahora.

 Boco, su rey, andaba empeñado en poseer cierta parte de Numidia, que juzgaba pertenecerle, según decía, por derecho de guerra. Gobernaba aquella nación Yugurta, casado con una hija de Boco; hombre no menos astuto que ambicioso, dotado también de gran constancia, y muy esforzado por su persona. Á éste movieron guerra los romanos para castigar la usurpación del trono, que con muerte de dos sobrinos suyos había conseguido. Estando la guerra tan vecina de sus Estados, no tardó el mauritano en enviar embajadores á Roma, los cuales no quiso recibir el Senado, quedando por averiguar su intento, y Yugurta, que acaso había logrado con oro y promesas el que en Roma, ya venal y corrompida, no fueran recibidos los enviados de Boco, comenzó entonces á procurar la amistad y alianza de éste con gran empeño. Obtuvo una y otra, no sin obligarse antes á ceder á Boco, como la tercera parte del territorio de Numidia; pero la extremidad en que Metelo, y luego Mario, traían puesta á Yugurta, pedía tanto sacrificio. Acude, pues, el mauritano en ayuda de su yerno, y enciéndese la guerra con mayor ímpetu que nunca, juntas las fuerzas de entrambos. Durante ella hubo ocasión en que, los caballos moros y getulios[4] de Boco, pusieron á punto de rota el campo romano: peleóse también con gran coraje no lejos de la ciudad de Cirta, distinguiéndose entre todos, los pelotones ó grupos de mauritanos, que tal era su ordenanza; mas todo fué inútil para quebrantar la disciplina de las cohortes y el valor y fortuna de Mario. Entonces Boco, vencido, pidió la paz á Roma. Disculpaba sus hechos con el menosprecio mostrado á sus embajadores, y con que los romanos hubiesen invadido aquella parte de Numidia que se había acostumbrado á mirar como propia. Era sobrado importante la amistad de aquel rey para que Roma no cuidara de adquirirla, y Yugurta, que en ella cifraba toda su esperanza, no había de perdonar cosa alguna para conservarla. Hubo, por lo mismo, largos tratos de una parte y de otra, inclinándose Boco, ahora al partido de su yerno, luego al de Roma; ganando Sila, mensajero de ésta, y Yugurta, á sus favoritos y confidentes. Solicitaban entrambos de Boco igual perfidia: el uno que poniendo preso á Sila, se lo entregase; el otro que llamando á Yugurta amistosamente, lo pusiese aherrojado en poder de la república. Tanto dudó el mauritano entre Sila y Yugurta, que la noche antes de ejecutar su postrera resolución, dicen que se puso á discurrir consigo, mudando de color y semblante, con diversos movimientos de cuerpo y ánimo, mostrando, aunque callaba, con las mudanzas del rostro, lo vario de sus pensamientos. Pero al fin venció Sila, y á la mañana siguiente, cuando el desarmado númida llegaba á verse con su suegro y aliado, fué preso por soldados que éste había puesto en celada, y entregado á Roma, que le castigó con muerte horrible. Boco alcanzó por este hecho la tercera parte de Numidia, y desde entonces las fronteras de su imperio se extiendieron hasta el río Ampsagas. Antes que flaqueza ó inhabilidad, ha de verse en la conducta del rey mauritano, y en sus dudas y alternativas mudanzas, un propósito constante y una política tan acertada como infame. Propuesto á ganar territorio, juzgó que era el momento de conseguirlo aquél en que su deudo Yugurta andaba revuelto en guerra tan cruda, vendiendo su alianza al de los competidores que tal precio le ofrecieran. Con tal intento envió acaso su primera embajada á Roma; por haberlo conseguido de Yugurta le ayudó más tarde en la campaña, y Sila no logró acarrearlo á traición tan negra sin ofrecerle igual precio. Lo que dudaba era acaso quién sería mejor pagador, y no erró el cálculo por cierto; que Roma le dio largamente lo prometido.

 Si sobre Boco hemos extendido por demás el relato, merced á las noticias que nos dejó Salustio, los hechos de sus sucesores son obscurísimos para todos. En la guerra yugurtina aparece un hijo de aquel rey llamado Volux, el cual mandaba la infantería mora en la jornada de Cirta, y sirvió de escolta á Sila en uno de sus mensajes. Pero la historia nada dice luego de este Volux, encontrándonos, por el contrario, al investigar las cosas de Mauritania, con los nombres de Bogud y de Boco. No está bien claro, á nuestro parecer, si éstas son variaciones de un propio nombre y de un mismo soberano sucesor del viejo Boco, ó si, muerto Volux sin reinar, heredó un nuevo Boco ó Bogud el trono de su padre; ni siquiera si estos últimos son nombres de dos hermanos que se repartieron el dominio de la Mauritania. Escritores muy respetables en nuestros días siguen esta última opinión, señalando al uno con el nombre de Boco II, la parte oriental, y al otro, con el de Bogud, la parte occidental de aquella región. Ello es, de todas suertes, que la monarquía mauritana no fué más desconocida para Roma. Hircio refiere[5] que durante la guerra de África entre pompeyanos y cesarianos, navegó Ceneius Pompeyo hacia las costas de Mauritania por consejo de Catón, y llegando á ellas con treinta bajeles y dos mil hombres, levantados de entre los esclavos fugitivos y los malhechores de la república, invadió los Estados del rey Bogud, que estaba á la parte de César. Pero habiendo peleado con poca fortuna delante de los muros de Ascurum con los moradores de la tierra, fué rota su hueste, y obligado á refugiarse en sus naves. El propio Hircio narra en otra ocasión, que Bogut, ó según otros copistas, Boccus, entró con el cónsul Sitius en los Estados de Juba, rey de Numidia, mientras éste se apartaba de ellos por ir á ayudar á Scipión contra César: que fué poderosa diversión, porque el númida se vio forzado á dejar la empresa, tornando precipitadamente á defender sus tierras. Hállanse también en las reliquias de algunos libros de Tito Livio confusas noticias sobre empresas y peligros de Bogud, y sobre sus tratos con Casio, que mandaba la armada de Pompeyo; pero lo cierto es que, acabadas las guerras civiles, la Mauritania aparece gobernada, como la Numidia, por Juba, hijo de aquel famoso enemigo de César, y por su hijo Tolomeo, aliados ambos de Roma, fundándose, al parecer, el cambio de partido en los favores que uno y otro debieron á Augusto.

 En tiempo de este Tolomeo, aconteció el levantamiento y guerras africanas que Tácito tan por menor relata. Fué el caso que un númida, llamado Tacfarinas, hombre de gran corazón y de no escasas artes, prevalido de la flojedad del rey Juba y de lo dados que son aquellos naturales al latrocinio y á la guerra de asaltos y escaramuzas, levantó hueste crecida y acometió las provincias romanas colindantes, señaladamente la cartaginesa. Llamábase capitán de los musulanos, gente vigorosa, vecina á los desiertos de África, no acostumbrada á poblar ciudades; y logró que á la fama de sus hechos se juntaran con él los moros cercanos, con un capitán llamado Mazipa; Furio Camilo, procónsul de África, los derrotó en un combate, pero en vano; al año siguiente Tacfarinas arruinó villas é hizo grandes presas, sitiando al fin junto al río Págida una cohorte romana gobernada por Dedo, valentísimo soldado, el cual, herido y perdido un ojo, mostrábase fiero todavía al enemigo, no cesando de pelear hasta que dejó la vida; pero no pudo evitar tanto esfuerzo la rota de su gente. Más fortuna alcanzaron Lucio Apronio y su hijo, obligando á Tacfarinas á refugiarse en los desiertos, y el caudillo númida no cesó por eso en sus correrías; antes bien, llevó su audacia hasta el punto de enviar embajadores á Tiberio pidiéndole que le diese tierras en aquella provincia para poblar él y su ejército, y amenazándole, si no lo hacía, con perpetua guerra. Tiberio sintió mucho la afrenta, y encomendó á Junio Bleso, soldado de cuenta, aquella empresa. Éste comprendió claramente la naturaleza de la guerra, y tomó medidas eficacísimas para acabarla. Ello era que Tacfarinas recibía ayuda de los pueblos marítimos en armas y pertrechos, y que contaba con el amor de los moradores y con la soltura y sobriedad de sus soldados, que, repartidos en ligeras compañías, corrían toda la tierra, burlando fácilmente la persecución del ejército romano. Bleso repartió su gente en escuadrones sueltos, y ocupó y fortaleció multitud de lugares y todos los desfiladeros y puntos importantes, y con esto logró tanto, que, preso un hermano de Tacfarinas, y desbandados sus parciales, estuvo á punto de terminarse la guerra[6].

 Pero Bleso, satisfecho con sus triunfos, no pensó en rematar al contrario, y Tacfarinas volvió á mantener de nuevo el campo. Veíanse ya en Roma, dice el severo Tácito, nada menos que tres estatuas laureadas, y Tacfarinas andaba robando la provincia de África, cada vez más acrecentado y con más ayuda de los moros. Éstos, con efecto, acudían en gran número á servir al caudillo númida, juntándose quizá con su ordinario amor á los asaltos y correrías algún odio y mala voluntad contra la familia de Juba, que los gobernaba. El procónsul Dolabela acabó, en fin, con Tacfarinas, matándole á él y á su hijo en una sorpresa; pero no consiguió tal triunfo sin obtener la ayuda del rey Tolomeo, que hasta entonces permaneciera impasible. Obligáronle los romanos á mostrarse en campo y salir con ellos contra Tacfarinas: iban los escuadrones guiados por tropas de moros fieles al rey, y de esta suerte se logró la sorpresa que puso término á la porfiada guerra. Tolomeo recibió, en pago de su buena voluntad y servicios, el cetro de marfil y la toga de púrpura bordada en oro, antiguos dones de los senadores romanos, con título de rey, de compañero y de amigo.

 El infeliz Tolomeo no gozó por mucho tiempo de tales honras; Calígula, sucesor de Tiberio, le invitó á venir á Roma con palabras de amistad, mandándole matar luego, cuando asistía á los juegos del circo. Aconteció esto el año 39 de nuestra Era. Con la muerte de Tolomeo sobrevinieron grandes guerras en Mauritania y en las provincias colindantes, movidas por sus libertos y amigos y por los mismos naturales, que no querían sufrir la dominación romana. Porque á la verdad, Calígula, muerto el rey, no pensaba en otra cosa que en juntar bajo su mano aquel dominio, repartiendo la Mauritania en dos provincias: Tingitana y Cesariense, la una, que comprendiese los antiguos estados de Boco, á la ribera occidental del Muluya, y la otra, el territorio que ganó aquel rey con sus artes desde el Muluya hasta el rio Ampsagas. Fueron varios los sucesos y hostilidades. Neío Sidio Geta puso término á ellas, venciendo y hostigando luego á los mauritanos hasta dentro de los arenales del desierto: allí hubiera perecido con toda su gente, sin una lluvia repentina, que los naturales tuvieron por prodigio, lo cual fué de mucho efecto para la paz. Desde entonces contó Roma entre sus provincias la Mauritania, tomando parte los naturales en las guerras civiles del Imperio y en no pocas extranjeras y lejanas. Zosimo, por ejemplo, refiere que jinetes moros ayudaron eficacísimamente á Aureliano contra Zenobia.

 Mas no por eso ha de juzgarse que dominaron completamente aquel territorio los emperadores. Aconteció en tiempo del bárbaro Maximino que Gordiano, procónsul de África, aunque octogenario, tomó, á instancia de los de Cartago, las insignias imperiales. Un senador, llamado Capeliano, que gobernaba á la sazón en Numidia, no prestándose á tal novedad, marchó contra él y lo venció facilísimamente, á pesar de la multitud de sus armados. Herodiano[7] explica lo fácil de esta victoria, diciendo que el ejército de Capeliano se mantenía en aquella frontera para impedir las correrías de los bárbaros vecinos, y que sus soldados llevaban mucha ventaja á los contrarios en lo experimentados y aguerridos, por los combates que diariamente sostenían contra los moros. Tal frontera no podía ser otra que la Mauritania, dado que el historiador griego claramente dice que eran moros los bárbaros que refrenaba el ejército allí acampado. Sin duda los romanos no poseían más que las ciudades marítimas y algunos puntos importantes del interior. De todas suertes, es cierto que no hubo más príncipes soberanos en aquellas partes hasta la invasión de los vándalos, y que en tiempo de Othon, la Mauritania, llamada Tingitana, recibió el nombre de España Transfretana y también Tingitana por su capital Tingis, hoy Tánger, quedando agregada á la provincia Bética y al convento jurídico de Cádiz. Verdad es que luego más tarde tuvo también la España Transfretana convento jurídico propio. Pero en el ínterin las relaciones y tratos, tan escasos antes, de los españoles y mauritanos, debieron ser grandes los años adelante con semejante dependencia. Y es que Roma no tardó en comprender, con su ordinario instinto y acierto, que la frontera natural de España, por la parte del Mediodía, no es el canal angostísimo que junta los dos mares, sino la cordillera del Atlas, contrapuesta al Pirineo.





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II


ROMA CAYÓ: consumióse en guerras tan largas la sangre del pueblo, y los tiranos y los hijos de los esclavos se desgarraron después en civiles contiendas: más valían que el mundo conquistado, los ciudadanos que dio Roma á cambio de él. Llegaron los emperadores, y si alguna sangre generosa quedaba allí, esa corrió en los baños calientes que Tácito describe, donde los ciudadanos frecuentemente la dejaban ir por librarse de verdugos. Los máximos pontífices, los sucesores de los cónsules, dueños de la tierra, dieron pasto vil en sus personas á la lujuria de los esclavos, sirviendo como de mujeres, y en tanto Lydias y Cyntias, menospreciadas, distraían sus horas de abandono en el circo sangriento. Pero otro es nuestro propósito: aquel espectáculo, miserablemente grande, nos llevaba á olvidarlo. Ello es que la justicia de Dios fué sobre Roma. Enjambres de bárbaros, salidos de todas las partes del mundo, se ponen á un tiempo en camino: todos marchan contra Roma, ninguno sabe por qué; pero una especie de inspiración, de poder sobrenatural los guía. Alarico llega delante de la ciudad imperial, retírase, vuelve, torna como dudoso, y al fin cae sobre ella y la saquea: aquello sí que estaba escrito.

 Godos, vándalos, suevos, francos, hérulos, sajones y alanos vinieron al Mediodía: todos apagaban la sed en el cráneo del vencido: tropezar y romper, hollar y destruir, eran cosas comunes en ellos. Pero diferenciábanse en algo: que los godos, si pérfidos, eran castos; y los alemanes, aunque no pérfidos, preciábanse de lujuriosos; los francos eran embusteros, pero hospitalarios; los sajones cruelísimos, pero castos, y castos eran los vándalos también, aunque más que ningunos otros feroces. De éstos era rey Gezericho ó Genserico, hombre de mediana estatura, y cojo á causa de una caída; pero de comprensión profunda, corto en palabras, enemigo de lujuria, en ira ardiente, habilísimo en buscar alianzas, práctico en sembrar discordias y levantar rencores[8]. Éste, después de devastar varias provincias de las Galias y España, se fijó en la Bética con sus vándalos, la cual tomó entonces el nombre de Andalucía. Desde las costas españolas miraba, sin duda con envidia, aquel conquistador la playa vecina del África, aprendiendo de los romanos ó de su propia sagacidad lo que la Providencia le guardaba en aquella tierra. Á dicha sucedió entonces que el conde Bonifacio, gobernador de la provincia, quejóse de Placidia, que gobernaba el imperio por su hijo Valentiniano, se alzase contra ella y demandase el auxilio de los vándalos, ofreciéndoles en pago la tercera parte del territorio. No se dejó esperar Genserico en África, sino que, aprovechando la ocasión, desembarcó allá con ochenta mil combatientes y se apoderó de todo, sin que el propio Bonifacio, reconciliado ya con Placidia, lograse tornarlo á España: merecido castigo para el que imprudente llama poder extranjero á componer discordias en su patria. Así fué como los vándalos fundaron su imperio en Cartago, Numidia y Mauritania. Genserico, no contento con tales conquistas, asoló con sus naves las costas del Mediterráneo; y llamado á Roma para cumplir otra venganza, remató la obra de Alarico, poniendo por tierra los restos de la grandeza imperial y trayendo riquísimos despojos para sí. Sabido es que al dejar el puerto de Cartago para una de sus expediciones, le preguntó el piloto contra quién había de encaminarle: «Contra aquellos, dijo el bárbaro, que merezcan la ira de Dios.» Con la fortuna de sus empresas y las altas dotes y calidades que poseía, Genserico logró afirmar su dominación en África y gobernarla sin contradicción por muchos años. Á Basiliscus ó Basílides, general romano que había venido contra él y estaba á punto de tomar á Cartago, lo apartó de su propósito con suma de dineros: de suerte que aquél se volvió con su armada á Oriente sin otro efecto. Y para distraer de semejantes empresas al emperador León, que mostraba más aliento que sus predecesores, concitó contra él á Eurico, rey de los visigodos, el cual, cediendo á los ruegos y ricos presentes del vándalo, atacó al imperio, apoderándose de Arles y de Marsella. Al propio tiempo tuvo maña para mover á los ostrogodos á que asolaran el Oriente, por manera que no volviesen más contra él los emperadores. En otra ocasión, temiendo que Teodorico quisiese vengar en él cierta injuria horrible que su hijo Hunnerico, casado con una hija de aquel rey, había inferido á su esposa, envió presentes de gran valor á Atila con embajadores que lo indujeran á entrar en las tierras que ocupaban los visigodos. Y por cierto que Genserico logró su intento y que el formidable caudillo de los hunnos, tan conforme con él en ferocidad y astucia, dio harto que hacer á Teodorico para que pensara en vengar á su hija; de que tuvo origen aquella guerra que terminó tan gloriosamente para los visigodos en los campos cataláunicos. No fué menos hábil y afortunado para sujetar á los naturales, que pugnaban por cobrar su independencia; presos unos, muertos otros, con dádivas éstos, aquéllos con rigores, logró general obediencia. Sin embargo, no hay datos para creer que aquellas tribus y régulos de Mauritania, que no pudo rendir el poder romano, fueran dominados por Genserico; antes parece que la dominación de éste no pasó, como la del imperio, de las costas y de algunos lugares importantes.

 Cuarenta años después de su entrada en África murió Genserico. Príncipe verdaderamente grande, aunque bárbaro, y capaz de mayores empresas si mandara ejércitos tan numerosos como pedían los tiempos, porque á la verdad, los vándalos eran de las naciones más débiles que vinieron sobre el imperio. Hay en todos sus hechos cierta grandeza que espanta al historiador y le obliga á apartar los ojos de sus faltas. Ni Atila ni Alarico le excedieron en calidad de conquistador y de rey; antes bien, supo vencer al primero en astucia, con tener tanta, y al segundo en audacia y constancia, con ser extremado en una y otra. No fué culpa suya si la monarquía que fundó en África no llegó á consolidarse como las de los godos y francos. Los amazirgas y bereberes que poblaban aquellas tierras diferían sobradamente de los guerreros septentrionales para que pudieran confundirse con ellos, y por otra parte, era mucho el amor á la independencia que muchos de ellos gozaban, y otros disputaban constantemente, para que entrasen gustosos en la nueva monarquía. Otra era la situación de España y de las Galias, completamente dominadas por los romanos, acostumbradas á la obediencia y con mayor proporción y comodidad en sus climas para las tribus septentrionales que las ocuparon. Genserico llamó antes de morir á sus hijos, y para estorbar que el deseo del mando encendiera en ellos discordias, dispuso que se heredaran unos á otros y de mayor á menor. Por extraña que parezca esta manera de sucesión, ello es que el imperio de los vándalos se libertó con él de guerras civiles por algún tiempo. Á Genserico sucedió Hunnerico, á éste Gundamundo ó Gundarbando, y luego Trasamundo. Las historias nos pintan á estos reyes solamente ocupados en apagar las insurrecciones que encendía el deseo de independencia en los naturales, y en perseguir, como arríanos que eran, á los católicos. Tras ellos vino Hilderico, hijo de Hunnerico, que fué harto inferior á sus antecesores. Gelimer, su primo, capitán esforzado, sin cuidarse de lo mandado por el abuelo, se levantó contra él y le dio muerte, apoderándose del trono. Andaba el poder romano un tanto pujante aquellos días por el valor y fortuna de Belisario, al cual, oída la traición de Gelimer, mandó el emperador Justiniano que fuese á castigarla. De cierto debe contarse este castigo como pretexto del romano para ejecutar una empresa que acaso muy de antemano meditaba. Belisario desembarcó en África, derrotó á Gelimer, y cargado de cadenas, lo llevó á Constantinopla, donde murió de remordimiento y por no poder sufrir la vida particular á que quedó reducido. Cubrióse de gloria en esta conquista el general bizantino, que bien puede ser reputado como el último de su nación. Ni el imperio logró más prosperidades los años adelante; aquello fué un relámpago que alumbró, tronando, sus escombros. El espectáculo de la persecución que padeció más tarde Belisario por aquella patria ingrata, después de tantos servicios y victorias, es ciertamente de los más tristes y odiosos que presenta la historia. Nada había adelantado el imperio con cambiar de metrópoli; desapareció la autoridad del nombre, y quedó la vileza de los últimos días de Roma. Constantinopla, si no fué heredera de tanta gloria, lo fué de los mismos escándalos y crímenes.

 Terminado en tanto en África el poderío y dominación de los reyes vándalos, herederos de Genserico, que duró cerca de cien años, la Mauritania Tingitana volvió á entrar en el imperio con las provincias limítrofes que antes, como ella, obedecían á los vándalos.

 Mas no faltaron guerras en los años sucesivos. Un soldado de miserable condición, llamado Stozas, se alzó contra Salomón, que mandaba en África por Justiniano, y usurpó el poder supremo. Salomón tuvo que huir, y entretanto aquel rebelde hacía matar á los principales capitanes y caballeros romanos, y devastaba el territorio. Á punto llegaron las cosas que Belisario hubo de tornar con ejército formado para vencer á los rebeldes; consiguiólo, efectivamente, mas no por eso mejoraron las cosas[9]. Días adelante dejó la vida Salomón en manos de los mauritanos, levantados de nuevo en rebeldía. Sobrevenida discordia entre ellos, Stozas y otro de los caudillos, llamado el conde Juan, en quien antes confiara mucho Belisario, se encuentran en singular combate, y ambos quedan en el campo; otro Juan, llamado Stozas el joven, usurpó en seguida la autoridad y gobierno con ayuda de Gunthar, general romano, aunque manifiestamente de origen bárbaro, y un cierto Artaban, arsacida de origen, dio muerte á éste en un festín, y al usurpador Juan lo envió á Constantinopla, donde murió en vil suplicio.

 Entonces vino á mandar en África el patricio Juan, apellidado Troglita, en quien depositaban los emperadores gran confianza. Logró al principio este capitán grandes efectos, porque introduciendo la discordia entre los moros, logró que unos le ayudasen á sujetar á los otros; castigó con pena de muerte en un solo día á diez y siete prefectos, y así, con el rigor y las artes de la política, consiguió poner en paz el territorio. Ignórase si tales servicios los hizo más por interés propio que no en beneficio del imperio, porque á la verdad, no mucho tiempo después, quiso levantarse en aquellas partes por soberano, y sólo debió la vida á la piedad del emperador, después de descubierto su propósito. Pero los años adelante se conservó la paz, y como por aquel mismo tiempo sucedió que los romanos recuperasen, por tratos con los godos, algunas plazas marítimas del Mediodía de España, regían en ellas, lo mismo que en las fronterizas de la Mauritania, los gobernadores imperiales de África.

 Así continuaron las cosas por muchos años, hasta que Sisebuto y Suintila arrojaron de las plazas marítimas que poseían del lado acá del estrecho á los romanos, ó más bien greco-bizantinos, puesto que dependían del imperio de Oriente. Ocurrióseles al punto pasar al litoral de África y ganar también las plazas sujetas á aquel dominio, para completar su conquista; y aunque se ignora el tiempo en que lo ejecutaron, las hazañas que hicieron y el espacio que señorearon, ello es seguro que los príncipes españoles ganaron y poseyeron muchas plazas y tierras importantes en la costa mauritana, contándose entre ellas Tánger y Ceuta. Hay otras muy principales que se cuentan como de fundación hispano-goda.

 Triste era en tanto la situación de aquellos desdichados gobernadores del imperio, puestos entre los ataques de los reyes de España, las insurrecciones de los naturales, siempre deseosos de sacudir el yugo, y lo que es más todavía, la violencia de las irrupciones con que ya los árabes amenazaban apoderarse de toda el África, como se habían apoderado de las regiones más florecientes del Asia. En este punto más que falta de noticias se siente tanta contrariedad y confusión, que es imposible determinar fijamente la mayor parte de los hechos. Luis del Mármol, laboriosísimo investigador de estas cosas, dice[10] que á mediados del siglo vii, mandando en África por los romanos Gregorio, patricio, los godos, con ayuda de los africanos, llegaron á apoderarse de mucha parte de Berbería. Mientras esto pasaba por una parte, entraron los árabes por el desierto de Barca con ochenta mil combatientes, y vencieron á Gregorio junto á Caruam (ó mejor Cairowan). Muchos árabes volvieron á su patria después de esta conquista, pero otros se establecieron en tierra de Túnez, mandándoles el califa que no atacaran los lugares marítimos, ocupados por los romanos, porque había tratos entre él y el emperador Constantino II, que le obligaban á la paz. Gregorio volvió con armada al cabo de algún tiempo, y recuperó á Cartago, pero fué obligado á abandonarla de nuevo. Al fin, después de muchas vicisitudes y conquistas, ocuparon los árabes toda el África greco-bizantina, «hasta llegar, dice Mármol, á la ciudad de Constantina y hasta las Mauritanias, donde pusieron la frontera contra los godos, que poseían los lugares marítimos de la costa Occidental y algunas ciudades y provincias de la tierra adentro»[11].




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III


LLEGAMOS YA á la conquista de Mauritania por los árabes; suceso el más influyente y de mayor importancia que haya acontecido en aquella tierra. El mundo estaba ensangrentándose por primera vez en una guerra religiosa. Los antiguos medos y persas, los griegos y romanos, los godos y vándalos, pelearon siempre por defender ó conquistar territorios por ambición ó rapacidad de sus caudillos; y los mismos judíos antes lidiaron por destruir razas enemigas, que no por esparcir su fe. Mahoma ó Mohammed-ben-Abdallah, nacido en la Meca por los años 571 de Jesucristo, y en medio de una tribu flaca y desconocida, fué el primer hombre que enseñando una doctrina desenvainó la espada para sostenerla, confundiendo la conversión con la conquista y predicando la guerra santa. Vióse entonces cuánto supera el espíritu religioso á la ambición, la codicia, la gloria y todas las otras pasiones, para esforzar el ánimo y levantarlo á grandes empresas. Y es que la eternidad es inmensa, cuanto breve la vida; y el hombre, cuando le ofrecen dones en una ú otra, los prefiere en la segunda naturalmente. Al grito de no hay más Dios sino Dios, y Mohammed es su profeta[12], cayeron las fortalezas de la Siria y la Persia, tembló Constantinopla, el Egipto sucumbió, abrieron sus puertas las ricas ciudades del África cartaginesa. El imperio de los califas vicarios de Mahoma, era ya á principios del siglo viii el más extendido y más poderoso de la tierra. Y tales maravillas no las habían ejecutado ejércitos imperiales ni naciones numerosas, sino algunos aventureros obscuros guiando tribus hasta entonces, por lo insignificantes, olvidadas[13].

 Aasan-ben-Annoman, enviado por el califa Abdelmeli á rematar la conquista de África con cuarenta mil soldados escogidos, había llevado á cabo con gran fortuna muchas empresas, y se juzgaba ya dueño de toda la tierra hasta el cabo Espartel y el mar Océano. Una mujer detuvo sus pasos delante de la frontera tingitana. Su nombre era Dhabha; pero los árabes, mirando sus hechos extraordinarios, comenzaron á llamarla Cabina, que es tanto como decir hechicera. Aquella mujer andaba en reputación de santa ó adivina entre algunas tribus africanas, y con tal pretexto pudo juntar ejércitos de moros y bereberes, con los cuales derrotó al emir Hasan, obligándole á retirarse hacia las fronteras de Egipto. Tras esto llamó á consejo á sus capitanes, y les dijo: «Los enemigos no cejan hoy sino para venir mañana más poderosos. La opulencia de nuestras ciudades, los tesoros de nuestras arcas, las joyas de nuestros vestidos, los frutos de nuestros huertos, las flores de nuestros jardines, las mieses de nuestros campos, los están invitando al robo y á la conquista. Caigan, pues, las ciudades, vuelvan los metales y pedrerías á la tierra que los produjo, talemos los frutos, las flores, las mieses, y levantaremos muros de espanto y de miseria que el árabe no pase jamás.» La heroína no conocía á aquellos conquistadores; ignoraba que venían movidos por resorte tal como el fanatismo religioso. No tardaron en volver: las huestes de Cahina fueron rotas después de una sangrienta pelea, y la mujer santa, como era llamada de los suyos, cayó en poder del vencedor. Propúsola el emir Hasan las ordinarias condiciones de los conquistadores muslimes: creer en Dios y en Mahoma, ó pagar tributo. Negóse á uno y otro la esforzada Cabina, y fué decapitada, llevando aquél su cabeza por trofeo á la corte del califa. Con este triunfo quedó llano el camino á los invasores para entrar en la Mauritania Tingitana. En tanto, depuesto Hasan, vino á proseguir la conquista Muza-ben-Nosseir, hombre en años, pero activo y vigoroso, de noble presencia, y tan cuidadoso de sí, que al decir de las historias, traía siempre cuidadosamente teñidas la barba y el cabello, que la larga edad encanecía. No hay acaso personaje más importante en la historia de Marruecos. Afable con unos, con otros magnífico; constante en la adversidad y modesto en la victoria, valiente y sagaz á maravilla, nos le pintan las tradiciones árabes, y tal debió de ser si hemos de juzgarle por sus hechos. Al rumor de la novedad un bereber, llamado Warkattaf, levantó banderas y armas, pero fué vencido y obligado á meterse en las montañas, en donde, á la verdad, no encontró tampoco seguro refugio. Destruidos éste y otros rebeldes. Muza llegó á juntar trescientos mil prisioneros y un inmenso botín. De aquí y de allá acudían en tropel á servirle árabes, siriacos, persas, coptos, y aun nómadas africanos; de suerte que reunió poderosísimo ejército pronto á toda empresa. Ni se contentó Muza con imperar por las armas; quiso que los naturales amaran antes que no obedecieran su gobierno. Eran algunos de ellos cristianos, otros idólatras, y el mayor número profesaba el judaismo, lo cual hacía difícil tal intento. Pero el caudillo árabe comenzó por hacer creer á los suyos y á los naturales que procedían de un mismo tronco, como originarios unos y otros del Asia, llamando á éstos hijos de los árabes; y repartiendo con igualdad sus dones y observando estricta justicia, logró que los vencidos fueran convirtiéndose al islamismo y confundiendo sus intereses con los de sus conquistadores. Verdad es que nunca hubo pueblos más conformes en costumbres que los árabes y bereberes, nómadas éstos y aquéllos, ligeros y dados igualmente á la rapiña y á la guerra. Mas fué grande acierto el del caudillo, que conoció y supo aprovechar tales elementos, venciendo los arduos obstáculos que ofrecía de todas suertes su propósito. Puestas en orden las cosas de aquellas provincias, determinó Muza pasar la frontera de la Mauritania Tingitana y rematar la conquista de la tierra. Salió á contrastar su furia el conde D. Julián (tan famoso en la historia de España), que gobernaba por los godos en aquellas partes, y juntas las fuerzas pelearon valientemente en varias ocasiones. Al fin los godos, no pudiendo resistir al número de sus contrarios, dejaron el campo y se encerraron en las ciudades: Muza se apoderó de Tánger, que era una de las principales, y luego de otras varias, hasta reducir el imperio godo en África al recinto fortísimo de Ceuta. El conde D. Julián se defendió allí tan bravamente, que el árabe, dando por terminada la conquista, hubo de retirarse á Cairowan, capital de su gobierno, dejando encomendado el bloqueo de la plaza, que estaba seguro de rendir tarde ó temprano, si no por armas, por hambre, á su hijo Merwan, y el mando de Tánger y las cercanías á Taric-ben-Zeiad, capitán veterano á quien amaba mucho, y del cual hacía gran cuenta. Así pasó algún tiempo, durante el cual los bereberes de aquende el Muluya fueron imitando el ejemplo de sus hermanos de allende el río, y abrazando el islamismo. Los tristes godos en tanto, no pudiendo encerrar sus personas y bienes dentro de los estrechos muros de Ceuta, iban dejando la tierra de África, que fué por tanto tiempo de sus padres, y abandonando sus labores y hogares. Ninguno de ellos apostató de su nación y fe: pobres y desvalidos, prefirieron morir libres, aunque pobres, en España, que no vivir ricos debajo del brazo extranjero. No sabían ellos que aun allí habían de perseguirlos los jinetes de Muza; que Dios había estampado un sello de esclavitud sobre su raza, que, sin ocho siglos de guerra y de sangre, no había de ser borrado.

 Desde entonces quedó sin contraste, en poder de los árabes, el África septentrional. Por primera vez formaba una nación aquella gente, desapareciendo las inmemoriales contiendas de familia y de raza que la habían hecho impotente hasta entonces. Los antiguos amazirgas y xiloes y las tribus tan opuestas llamadas en España de gomeles, mazamudas, zenetes y otras, comenzaron á mirarse como hermanas, ya que no perdieron del todo sus diversas tradiciones y costumbres. Los guerreros árabes avecindados en el suelo conquistado, y las muchas familias del Asia y del Egipto, atraídas en África por las victorias, servían de lazo entre las ramas diferentes de la población antigua, concertándolas y juntándolas en un punto. Muza-ben-Nosseir, como hombre de tan altos pensamientos, no bien miró pacífica el África, puso sus ojos desde sus orillas en las de España, determinándose á ganarla para que fuera una con su gobierno. Genzerico había sentido en la opuesta arena los mismos pensamientos tres siglos antes. Y lo singular es que entrambos conquistadores, el vándalo y el árabe, éste para pasar á España y aquél para invadir el África, hallaron unos mismos medios é idénticas personas que les sirviesen. Un cierto conde Bonifacio, gobernador romano en Tingitania, movido de resentimientos particulares, entregó las provincias africanas á Genzerico, y ahora otro conde llamado Julián, que gobernaba la misma provincia, y por afrenta propia también, abrió á Muza las puertas de España. Hemos dejado al conde D. Julián bloqueado en Ceuta por Meruam y defendiéndose bravamente: determinado luego á ejecutar su traición, entregó la plaza á los árabes, les reveló ios secretos del imperio godo, y guió sus huestes á los campos fatales de Guadalete. La hueste del Islam la formaban allí doce mil bereberes gobernados de aquel Taric-ben-Zeiad, soldado viejo, tan amigo de Muza. Mala fué la jornada para España; tanto, que no cuentan las historias del mundo otra más desdichada. Muza-ben-Nosseir deja el África á la fama del triunfo, llega, invade, conquista todo el territorio hasta el Pirineo, y ya iba á traspasarlo, aún más hambriento de batallas y de gloria, cuando envidia y calumnia conjuradas lograron derribarle de la estimación del califa; y vuelto al Asia, murió pobre y desconocido entre los de su tribu. Político no menos hábil que capitán famoso, logró en África que los vencidos amaran á los vencedores y en España que los esclavos admiraran la piedad de sus dueños, cosas ambas menos famosas que singulares y grandes. Al recorrer la historia de Marruecos, el ánimo se para sin querer ante ese olvidado sepulcro, y á pesar de la diversidad de raza y la contrariedad de creencias, lo saluda con respeto.

 La Mauritania Tingitana y el resto del África septentrional, continuaron dependiendo del imperio árabe y de los califas de Damasco por mucho tiempo. Pero á la verdad, los emires sucesores del conquistador Muza, no alcanzando su prudencia y esfuerzo, no pudieron alcanzar tampoco tan buena fortuna. Hubo, pues, largas vicisitudes en toda el África, pugnando los naturales por recobrar la antigua independencia, y divisiones además en cismas religiosos, que produjeron horribles contiendas. Si ha de creerse al historiador Cardonne, murieron de amazirgas, en dos batallas perdidas contra Hantdala-ben-Sofian, general del califa Yezid, treinta mil hombres en la primera, y ciento sesenta mil en la segunda. Pero no por eso dejaron los amazirgas y las otras tribus hermanas de pretender su independencia de los califas. Es de notar, sin embargo, que en estas rebeliones, antes peleaban los moros y los demás africanos por gobernar de por sí el territorio, que no por arrojar de él á la raza conquistadora. Los lazos con que árabes y moros quedaron unidos en tiempo de Muza eran tan fuertes que no habían de romperse jamás, ni siquiera en pensamiento. La libertad por que suspiraban ahora los africanos era aquella misma que alcanzaron los diversos gobiernos de España, que poco á poco se fueron convirtiendo en reinos aparte, y el ejemplo les incitaba más y más á procurarlo; como que ya no lo veían de ejecución imposible. Referir los trances diversos de aquella contienda, que duró hasta mediados del siglo x, no es propio de estas páginas, ni á la verdad importa mucho para la inteligencia de la historia. Ello es que al fin los africanos lograron sacudir el yugo de los califas, entrando á gobernar los aglavitas en la parte de Oriente, y los edrisitas en el Occidente. De éstos es de quien nos toca ocuparnos; y aquí empieza verdaderamente la historia nacional de Marruecos. Pero antes de terminar este período debemos advertir que los árabes dividieron el Occidente del África en tres partes, llamando á la más oriental Mogreb-el-aula, Mogreb-aal-wasat á la del Centro, y Mogreb-alacsa á la más occidental, ó Mauritania Tingitana; conviene no olvidarlo en lo sucesivo.


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IV


EL SABIO historiador Abu-Mohammed-Assaleh-el-Garnati[14], en su obra intitulada El agradable y divertido Cartas, ó códice que trata de los soberanos de Mauritania y fundación de la ciudad de Fez, da larga cuenta de la familia y ascendientes del príncipe ó Idris, que fué quien separó aquellas provincias del califazgo, estableciéndose en ellas como rey. Mas baste saber que venía de Ali y de Fátima, llamada la Perla por ser única hija del Profeta, y que peleó valientemente con otros cinco hermanos suyos contra el usurpador Abu-Giafar, de la familia de los Abbásidas, en la funesta jornada de Fagg. Idris era el menor de ellos, y viendo muerto al mayor, que se nombraba Mohammad, fugitivos los otros, destruida casi toda su estirpe, y sin esperanzas de recobrar el califazgo que había perdido, se retiró á Mauritania, pasando, no sin grave peligro, el largo camino, en compañía de su liberto Raxid, hombre intrépido, resuelto y prudente, religioso y fiel á los descendientes del Profeta. Después de visitar varias ciudades de Mauritania sin hallar en ellas amigos ni facilidad de hacer valer su persona, Idris llegó con su compañero á la ciudad de Walila, metrópoli del país de Zarahón, adonde gobernaba Abdelmegid, el cual recibió á los fugitivos con mucho amor, hospedándolos en su propia casa, é informado de sus intentos, determinó ayudarles en ellos. Con efecto; á los seis meses de morar Idris en Walila, en casa de Abdelmegid, siendo los principios del mes de Ramadán del ano 172 de la égira, que es el 788 de nuestra Era, congregó éste á sus parientes y allegados y á las tribus de Auraba, que eran las más numerosas y fuertes de Mauritania, y las comunicó el nombre y descendencia de aquél, hablándoles de su parentesco con el Profeta, de su bondad, religión y perfectas virtudes. Los congregados respondieron de consuno: «Alabemos á Dios, que aquí nos le trae, y con su presencia nos honra; él es nuestro Señor y nosotros sus siervos, y por él daremos la vida.—¿Quieres por ventura que como á rey le aclamemos?—Pues sea; que no hay en nosotros quien ponga reparo en ello: sea humilde y prontamente.» Y sin otra cosa, fué aclamado Idris por aquellas gentes. Acudieron muchas tribus á servir al nuevo príncipe, y con ellas formó gran ejército, con el cual destruyó á descontentos de algunas tribus, trajo otras nuevas á su obediencia, y rindió á Telemsan ó Tremecen, ciudad importantísima en aquella edad, levantando en ella mezquita y púlpito, adonde como soberano inscribió su nombre. Reparó también que, á pesar de las grandes conversiones logradas por el ilustre Muza-ben-Noseir y del largo tiempo transcurrido en el dominio árabe, conservaba la tierra no pocos moradores cristianos y judíos, los cuales ocupaban las gargantas del Atlas y puntos y fortalezas casi inaccesibles, y libremente practicaban sus ritos religiosos, viviendo en total independencia. Propuesto á exterminarlos, marchó contra ellos con todas sus fuerzas. La última centella del Cristianismo se apagó en África cuando Idris, muertos ó cautivos aquellos fieles, arrasó los lugares que ocupaban, y entre otros las fortalezas de Fandelava, Medinna, Bahalula, Colad y Guiata, donde abrigaban su pobre fortuna. Pero el príncipe mauritano no gozó mucho de tales triunfos. El califa Harun Arraxid, al saber los hechos del aborrecido rival, desconfiado de vencerle por armas, apeló, para acabar con él, á una maldad horrible, que fué enviar á su corte cierto hombre vil y mañoso, llamado Suleiman, el cual, ganando primero la confianza de Idris, le envenenó con un pomo oloroso. El fiel liberto Raxid salió en persecución del traidor, y alcanzándole al paso del Muluya, le hirió en la cabeza y brazos; mas al fin escapó con vida de sus manos. En seguida recurrió á los régulos ó caudillos de las tribus, y les propuso que nombrasen otro rey hasta ver si de Quinza, mujer esclava que había dejado preñada Idris, nacía hijo varón que pudiera sucederle, y cuando no, tomar con detenimiento otro partido. Bien quisieran los naturales nombrar por rey al propio Raxid; pero dóciles á la voz del noble anciano, determinaron esperar el parto de la esclava. De ésta nació el príncipe á quien llamaron Idris II. Los xeques, al verlo, exclamaron: «Este es un Idris; parece que en él vive aquel otro todavía», y al punto le juraron por su señor. En todos estos hechos mostraron los moros un candor verdaderamente primitivo. Cuéntase que el vil Suleiman ganó la confianza de Idris, porque solamente en su conversación hallaba el príncipe las ideas cultas á que estaba acostumbrado; el ánimo simpatiza con semejante ignorancia, cuando produce escenas tan patriarcales como se representaron en la proclamación de Idris y de su hijo.

 A los once años entró á reinar el nuevo príncipe. Fué virtuoso y valiente, y edificó para capital de su imperio la gran ciudad de Fez. A éste sucedió su hijo Mohammed, el cual, por consejo de aquella esclava Gunza, abuela suya, repartió entre sus hermanos los mejores gobiernos del imperio. Mal le pagaron esta generosidad dos de ellos, porque el uno, llamado Ysa, se rebeló contra él, apellidándose emperador, y el otro, por nombre Alcasim, aunque no claramente, vino á favorecer tal propósito. Tuvo Mohammed la fortuna de hallar un hermano más agradecido que los otros, el cual, por nombre Omar, venció á los rebeldes, quitándoles los gobiernos de que habían abusado. Alcasim acabó sus días como arrepentido, haciendo penitencia en una mezquita que edificó para el caso. Mohammed reinó con moderación y justicia, sucediéndole su hijo Alí, también magnánimo y generoso. Hermano de éste fué Yahya, que le heredó, por no tener hijos varones; príncipe no inferior en virtud á los anteriores, en cuyo tiempo la ciudad de Fez cobró grandes aumentos y hermosura, viniendo de todas partes muchas gentes á poblarla, y levantándose en ella la gran mezquita de Cairowan y otros edificios. A Yahya sucedió un hijo suyo del mismo nombre, pero harto desconforme en calidades. Movidos de sus liviandades, se alzaron contra él los moradores de Fez, y ó bien le mataron, que parece lo más probable, ó bien, como el Cartas asegura, murió él de pesadumbre la noche misma en que por los amotinados fué arrojado del barrio de Cairowan, que era el principal de la ciudad, el nombrado del Andaluz, por ser residencia de muchas familias moras desterradas del califazgo de Córdoba. Este Yahya estaba casado con la hija de Alí, que era hijo de aquel Omar cuya fidelidad y valor había salvado á su hermano Mohammed de la furiosa ingratitud de otros hermanos. Viendo muerto al marido, Ateca, que así se llamaba, envió á llamar á su padre, el cual, pronto en la ocasión, acudió con numerosa hueste, y vencidos los rebeldes, ocupó el trono. Pero Alí no lo disfrutó por mucho tiempo. Un árabe, natural de Huesca, en España, por nombre Abderrazzac, se alzó contra él y lo venció en campo. Entró el usurpador en Fez, y se posesionó del barrio del Andaluz; pero los del vecino, de Cairowan, cerraron sus puertas, y lejos de reconocerle por soberano, llamaron para que ocupase el trono á Yahya, hijo de Alcasim, aquel mal hermano que murió en penitencia por haberse levantado contra Mohammed, hijo de Idris II y tercer príncipe de la dinastía. Este Yahya, que debe nombrarse el tercero, murió en una rebelión de sus vasallos, y entonces vino al imperio y gobierno de Fez otro Yahya, primo del anterior, como que era hijo de Omar y hermano de Alí, el cual fué, al decir de las historias, el más poderoso y de mejor fama, el poseedor de mayores Estados, y más recto y generoso de los idrisitas; doctor en Ciencias, gran observador de los preceptos del Profeta, dotado de elocuencia y claridad en la palabra, de intrepidez y firmeza meza en el ánimo. Conservóse en el trono de Mauritania hasta el año 315 de la égira, que es el 917 de nuestra Era, en cuyo tiempo vino contra él Mosala, natural de Mequinez, como lugarteniente de Abdallah, señor entonces de la parte oriental de África, el cual lo derrotó en campal pelea, y poniendo luego cerco á la ciudad de Fez, donde se fortaleció, le obligó á pagar tributo y reconocer vasallaje. El infeliz Yahya vio perdida en un punto toda su grandeza, siendo reducido á obedecer los mandatos de gente extranjera, aunque de la propia religión y estirpe. Pero no pararon aquí sus azares. Un cierto Muza, xeque de la tribu de Mecnesa, anhelando por imperar, y envidioso de las virtudes y fama de Yahya, se había juntado con Mosala para vencerle y humillarle, y no satisfecho con haberlo conseguido, meditaba continuamente su total ruina. Al fin logró que Mosala prendiese á Yahya, cuando éste amistosamente iba á su encuentro, y que le atormentase por mil bárbaros modos, hasta conseguir de él que dijese dónde tenía ocultos los tesoros del imperio; que acaso pintándoselos como muy grandes, y excitando con ellos su codicia, fué como Muza alcanzó del capitán africano que ejecutase alevosía tan horrenda. Yahya fué desterrado en seguida, pobre y miserable, á la parte de Arcila, y de allí al África oriental; pero el odioso Muza, pronto siempre en atormentar á su émulo, le asaltó en el camino, y le tuvo en hondos calabozos por espacio de veinte años, de donde el triste rey no salió sino para morir á los pocos días en el asalto de una ciudad extraña. Entretanto gobernó el Mogreb-Alacsa por algún tiempo Raihan, en nombre de los soberanos de la provincia de Yfriquia, que comprendía la parte oriental de la tierra donde antes estuvieron Cartago y Numidia. Exasperados al fin los naturales con la dominación extranjera, llamaron al príncipe Alhasan, nieto de Alcasim, el cual, entrando secretamente en Fez, arrojó de allí al gobernador Raihan y se hizo aclamar por el pueblo. El primer intento del nuevo soberano fué libertar á su padre, que gemía á la sazón en las prisiones de Muza, y vengar tantas afrentas como de él había recibido su familia. Para ello juntó copioso ejército, y encontrándose con su enemigo orillas del río llamado Vadelsicoltahen, hubo gran batalla, la cual fué muy costosa á unos y otros, aunque no sin ventaja de Alhasan. Éste, dejando sus tropas en el campo, volvió á Fez ó bien por traer de allá refuerzos, ó bien por arreglar algunas cosas del gobierno. Mas entretanto, viéndole sólo dentro de los muros uno de sus alcaides, de estirpe extranjera, que tenía por él las fortalezas de Fez, se resolvió á perderle, y poniéndole en cadenas expidió mensajeros á Muza, el cual llegó á la ciudad, y á pesar de la resistencia de los moradores, entró en ella con ayuda del traidor. Luego quisiera Muza que éste le entregase al príncipe para matarle; mas no lo logró de él, por no consentir que se derramara sangre del Profeta; antes, por libertar á Alhasam de las iras de su émulo, le soltó una noche por la muralla, con tan poca destreza por cierto, que hubo de morir del golpe. Con lo cual el traidor alcaide no logró su intento, antes bien, excitó la cólera de Muza de tal suerte, que sólo huyendo pudo salvar la vida.

 Pero ello es que Muza ocupó el trono que por tan malos caminos buscaba. Hizo guerra á los idrisitas y los redujo á un solo castillo, de donde no pudo arrojarlos, así por la aspereza del sitio y fortaleza de los muros, como porque los xeques y principales de Mauritania le representaron que no era justo privar de aquel único territorio y asilo á los descendientes legítimos del Profeta. Con esto Muza abrió un poco la mano en la empresa, y harto hizo en prepararse poco tiempo después para resistir otras mayores que contra él se intentaban. Sabido es que los reyes de Mauritania ó Fez habían sido hechos tributarios de los señores del África oriental ó Yfriquia por Mosala en tiempo de Yahya, y con ayuda por cierto del propio Muza, que entonces imperaba. Pues luego que se vio éste poseedor de tales dominios comenzó á rehuir toda dependencia, dándose por libre del tributo. Á castigar tales atrevimientos vino sobre Fez un poderoso ejército de africanos al mando de Maisur, el cual obligó á Muza á abandonar sus Estados y á refugiarse en el desierto, donde no muchos años después murió miserablemente, que fué dignísimo fin de tal vida. Maisur, logrado el castigo, se volvió á Yfriquia, dejando numeroso presidio en Fez para que mantuviera la obediencia. Los idrisitas, mirando la ocasión como propicia, salieron del fortísimo castillo en que estaban guarecidos, y recobraron mucha parte de sus Estados; pero no pudieron rendir á Fez, que era su capital y la ciudad más importante del imperio. Gobernaba entonces por los idrisitas y como heredero de Yahya, en las tierras reconquistadas, Alcasim, nieto de aquel otro Alcasim de penitente vida. Sucedióle su hijo Abulaix, príncipe juicioso y benigno, generoso y valiente al decir de las historias árabes, el cual no se sintió con fuerzas para luchar con los señores de Yfriquia á pesar de tales calidades, y ni contaba con arrojarlos de la ciudad de Fez, ni con retener siquiera lo recobrado. Ofrecióse, pues, como tributario al califa de Córdoba con tal que le librase de la dependencia del de Yfriquia, quizá con propósito de valerse del uno contra el otro, que ya se contaban por émulos y mortales enemigos, quedando libre al cabo de toda sujeción y tributo. Pero el cordobés no consintió en enviar armada á África sin que Abulaix le entregase antes las plazas de Tánger y Ceuta, y sentó tan firmemente su planta en aquel continente que, desesperado el idrisita, pasó á España á la guerra santa, y en ella murió en un encuentro. Su hermano Alhasan, que le sucedió en el imperio, fué el último de los de su raza. En los diez y seis años que reinó no tuvo un instante de reposo; encendidos cada vez más en odio y emulación los soberanos de Yfriquia y de Córdoba, llamados aquéllos fatimitas y éstos umeyas, hicieron á la Mauritania teatro de sus contiendas y combates. Los califas de Córdoba, dueños de Andalucía, miraban como propias las fronteras provincias de África, y los dominadores de la parte oriental de Mauritania no juzgaban tampoco su imperio completo si la parte occidental no poseían. El infeliz Al-hasan, incierto entre tan diversas pretensiones y tan poderosos contrarios, ora se inclinaba á un lado, ora á otro, ya favorecía al africano, ya al español, hasta que con la irresolución perdió Estados y vida. Vencieron al fin los ben-umeyas, y Córdoba, capital de la mejor parte de España, vino á serlo entonces del Mogreb-alaksa ó reino de Fez.


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V


LA MONARQUÍA mauritana desaparece por algún tiempo de la historia. Dos tribus poderosas se disputaban allí la supremacía, aunque una y otra, prestándose á obedecer y servir á los califas de Córdoba; uñase nombraba Magrawa y otra Yeferun. Era xeque de la primera Zairí-Ebn-Athia, y de la segunda Chadd-Ebn-Yala, iguales ambos en valor y nobleza. La lucha fué porfiada, pero al fin venció Zairí á su contrario, y quedó de pacífico gobernador en Mauritania, poniendo su residencia en Fez. Zairí ó, según otros, Zeirí, tuvo ocasión de servir en gran manera á los califas de Córdoba, venciendo y sojuzgando á los poderosos señores de Yfriquia, por lo cual fué nombrado gobernador de aquellas provincias y recibió grandes honras y mercedes y el título de visir del imperio. Ensoberbecido al cabo con tantas prosperidades quiso revelarse contra sus señores, pero fué vencido y arrojado al desierto. Su hijo Almoezz y su nieto Mamama, harto más prudentes que él, alcanzaron de los califas de Córdoba el gobierno del Mogreb, con completa sujeción y vasallaje En tiempo de éste continuaron las guerras civiles entre su tribu y la de los de Yeferun. Alfotuh y Aisa, ó más bien Ysa, sus hijos, se repartieron no sólo el gobierno de la provincia, sino aun la misma ciudad de Fez, mandando cada cual en uno de los dos barrios del Andaluz y Cairowan. Venció al fin Alfotuh, que fué vencido á su vez por un primo suyo apellidado Moanser, el cual imperó en Mauritania hasta que vinieron los Almoravides, fundadores de la segunda dinastía. Moanser, después de resistirles heroicamente la entrada, desapareció de entre los suyos, y más no pudo saberse de su fortuna. Pero entretanto el grande imperio de los califas de Córdoba, aquél que levantó los palacios y jardines de Zahara y fué patria de sabios tan profundos y tan inspirados poetas y guerreros tan valerosos; aquél cuya amistad solicitaban los emperadores de Constantinopla y de Alemania, y cuyo poder temían todas las naciones de la tierra, mostrábase ya por tierra, siendo, como tantos otros, ejemplo notable de la instabilidad y flaqueza de la suerte. Sin la gloriosa familia de los ben-umeyas se repartió en cien pedazos el imperio, y no hubo más, en adelante, que confusión y decadencia entre los muslines de España. Así fué que nadie recordó más las provincias de África, ni pensó en conservarlas ni defenderlas. Duró el señorío de los califas de Córdoba en Mauritania poco menos de un siglo.


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VI


MRAS LOS CALIFAS de Córdoba vinieron á gobernar el Mogreb los príncipes Almorávides, de cuyos principios y grandeza dan larga razón las páginas del Cartas, que tan cuidadosamente va siguiendo este relato. En la parte meridional de Mauritania, tocando con el gran desierto de Sahara, habitaban tribus bárbaras que apenas tenían de mahometanas otra cosa que el nombre. Sabedor de tal ignorancia un cierto Abdalla-Ebn-Yasim, natural de Sus, doctísimo letrado, y movido por las exhortaciones de un peregrino de aquella tierra y de algunos de sus allegados y amigos, partió allá y predicó con gran celo y fortuna la doctrina alcoránica. Acudieron á oirle turbas innumerables de aquellas cabilas, y principalmente de las de Gudala y Lamtuna, las cuales mostraban tal fervor en su enseñanza, que Abdalla, conmovido y entusiasmado, dio en llamarles almorabitin[15] ó santos, de donde se derivó el apelativo de almorávides. Ni se contentó éste con la predicación religiosa, sino que poco á poco les fué comunicando los conocimientos y noticias que en ciencias y artes poseía. Luego los almorávides cobraron gran ambición, y determinaron salir de sus soledades y yermos, y extenderse por el mundo, viendo con la reciente cultura cosas que no habían imaginado, y deseando otras en que no habían parado mientes jamás. Caminaron, pues, formados en poderosa hueste hacia el interior de Mauritania; y como ésta estuviese á la sazón tan desvalida, porque los califas de Córdoba no podían ya acudir á ella, y por ser sobrado flacos los gobernadores ó príncipes tributarios de Fez, lograron en poco tiempo hacerse dueños de la mejor parte del territorio, señoreando también las costas y ciudades marítimas. Abu-Becr, su caudillo, viéndose en tal estado y apto para fundar una formidable potencia, determinó edificar ciudad nueva y á propósito para poner en ella su corte. Tal es el origen de la fundación de la gran ciudad de Marruecos, que hoy da nombre á todo el imperio.

 Pero Abu-Becr no pudo llevar á ejecución sus altos pensamientos. Habiendo vuelto al desierto á combatir ciertas tribus enemigas de la suya, dejó encargadas las cosas del nuevo Estado á su primo Yusuf-Ebn-Taxefin, el cual se dio tan buenas artes, que, ganado el amor de los soldados y el respeto del pueblo, vencedor de muchas batallas y dueño de tesoros inmensos, no parecía ya posible despojarle del mando que interinamente tomara. Discreto anduvo Abu-Becr cuando al volver le cedió voluntariamente todas las tierras conquistadas en Mauritania, reservándose tan sólo el gobierno de las antiguas cabilas y las vecindades del arenal de Sahara, que fué convertir en virtud una necesidad invencible. Yusuf se apoderó de Fez, extendiendo de una parte y consolidando de otra sus conquistas. En vano Alcasim, hijo de Moanser, quiso disputárselas, porque con su levantamiento no logró otra cosa sino que la ciudad de Fez, donde se fortaleció, fuese entrada por armas y, muerto lo mejor de su vecindario, quedase desolada. Era Yusuf intrépido y temeroso de Alá, muy parco en la comida y de poca ostentación en vestidos y pompas mundanas; astuto y sabio, y tan ambicioso como apto para las conquistas y el gobierno de los pueblos. Dueño ya de Mauritania, y viendo que, rendido Toledo al rey Alfonso y amenazada Sevilla, no quedaba á los desdichados reyezuelos de España otro amparo que su alianza sin cesar implorada, determinó proseguir la ordinaria obra de los conquistadores, que es pasar el angosto estrecho, y someter á un propio cetro las fronteras orillas. No le faltó á Yusuf en esta empresa fortuna: desembarcó en la isla Verde y de allí en la costa de Tarifa, y adelantándose hasta Castilla y Extremadura, venció á Alfonso VI de Castilla en la jornada de Zalaca, tomó muchas ciudades cristianas, redujo á su obediencia los reyes moros de la tierra, y así pudo contarse en la hora de la muerte por señor de un imperio que remataba al Norte en la ciudad de Fraga, no lejos del Pirineo, y al Sur en los montes y yermos de la Etiopía. Sucedióle su hijo Alí, príncipe dignísimo de tal padre, aunque harto menos dichoso, el cual, refrenadas ciertas conspiraciones y revueltas, pasó á España á proseguir la guerra contra los cristianos. De allí le distrajo un levantamiento que, nacido de pequeños principios, amenazaba ya terribles efectos. Causábalo cierto Mohammed-Ebn-Tumert, natural de Sus-alacsa y de origen obscuro, aunque él se decía de familia árabe y descendiente del Profeta, y aun su Mahdí ó Mesías prometido. Éste, habiendo abrazado con frenética fe las máximas de Abu-Hamid, filósofo de Bagdad, que predicaba el conocimiento de un solo Dios y condenaba las ordinarias costumbres de los mahometanos, pretendiendo hacerlas más puras y santas, como fuese al propio tiempo de ánimo ambicioso y esforzado, determinó fundar imperio donde asentar y establecer su doctrina. Animóle en esta empresa el saber que Hamid, su maestro, solía decir de él en sus ausencias: «Conozco en la fisonomía y continente de ese extranjero, que el cielo le destina á fundar un imperio; si ahora va á los confines de Mauritania, allí ha de lograrlo sin duda alguna». Con esto vino Mohammed á Fez y luego á Marruecos, y, predicando, y á la par censurando los vicios de los reyes y xeques de la tierra, logró allegar inmenso gentío que por todas partes le seguía y le veneraba por santo. Entonces él, en recompensa de su celo, los decoró con el nombre de almohades ó unitarios. Alarmado el príncipe de los almorávides, Alí, le mandó salir de Marruecos, donde á la sazón estaba; mas no logró nada con eso, porque el impostor se aposentó en un cementerio, á las puertas de la ciudad, acompañado de Abdelmumen, su discípulo, y allí acudía mayor número de gente que antes á escuchar sus preceptos y oraciones. Determinada su muerte tampoco pudo lograrse, porque él, sabedor de tal intento, huyó hacia las montañas del menor Atlante. Allí habitaban los mazamudas, cabilas ignorantes y belicosas, las cuales, no solamente le dieron seguro, sino que á su voz se levantaron contra los almorávides y comenzaron á guerrear con ellos. Esto fué lo que supo Alí en España, donde había ilustrado su nombre con muchas victorias, entre otras la de Uclés, que costó la vida al infante don Sancho; y vuelto al África, convirtió todas sus fuerzas contra los almohades; pero fué tanta la fortuna de estos fanáticos innovadores que, rotas en campo sus aguerridas huestes, tuvo que reducirse á defender algunas fortalezas. Ni la muerte de Mohamad, el falso Mahdí, detuvo un punto las empresas de sus discípulos. Sucedióle en el imperio Abdelmumen, el más querido de ellos, quien se apoderó de toda la Mauritania; y luego, enviando guerreros escogidos á la parte de España, acometió las provincias que allí poseían los almoravides. Alí murió de tristeza, y su hijo Taxefin, no más afortunado que él, aunque valerosísimo y vencedor en muchas ocasiones de cristianos, gozó poco tiempo del mando. Traíanle harto apretado los almohades en la fortaleza de Oran, y como intentara sorprender con pocos de los suyos el campo de los sitiadores, las sombras de la noche, que escogió por confidentes, lejos de favorecer su empresa, le fueron muy adversas porque perdió el camino, y engañada con lo obscuro la mula que montaba, se despeñó por las alturas que dominan la playa. Allí, á la lengua del agua, pareció al día siguiente Taxefin horriblemente destrozado, príncipe famoso en nuestra historia y dignísimo de otra fortuna. Con lo cual, el señorío de los almohades no encontró apenas resistencia; Fez y Marruecos cayeron en sus manos, aunque no sin largos cercos y sangrientos combates, muriendo en la última de estas plazas Ybrahin-Abu-Yshac, hijo y heredero de las infelicidades de Taxefin. Sevilla y Málaga, Córdoba y Granada, que se mantuvieron algún tiempo contrarias, al cabo dieron entrada á los tenientes de Abdelmumen, y así el imperio vastísimo de los almorávides vino á poder de sus enemigos los almohades. Había durado aquel imperio ochenta y cuatro años, y cesó en el de 1145 de la Era cristiana.




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VII


ABDELMUMEN, que puede reputarse como el fundador de la dinastía de los almohades, era hombre de prendas, como lo probaron sus hechos, habiendo subido á tan alto estado desde el taller humilde de un alfarero, que fué su padre; y cierto que sin su valor y talentos militares no habría logrado Mohammed-el-Mahdí establecer en el Mogreb las doctrinas que enseñaba, derrocando el poder colosal de los almoravides. Pero la historia puede acusarle con razón de muy cruel y de tan fanático en la reforma anunciada por su maestro, que entre otras cosas mandó quemar cuantos libros de versos halló en sus Estados. Dueño del imperio, empleó Abdelmumen el resto de sus días en sosegar algunas insurrecciones de otros falsos santones ó codiciosos soldados, de las cuales no fué poco nombrada una en Ceuta, que obligó al nuevo príncipe á demoler los fortísimos muros de aquella plaza, y en sojuzgar la parte del Mogreb-el-Aula ó Yfriquia, arrojando de algunas plazas marítimas de por allá á ciertos aventureros cristianos ó al rey de Sicilia, según la versión de Conde[16], que era quien las tenía ocupadas hacía algún tiempo. Á lo último de su vida pensó en pasar á España á la guerra santa, y juntó para ello grandísima armada y ejército innumerable de africanos; pero la muerte atajó sus propósitos.

 Realizólos su hijo Yusuf, apellidado Abu-Yacub, que le heredó en el trono, el cual ganó muchas victorias, plantando por mucho tiempo la silla de su imperio en la ciudad de Sevilla, donde edificó gran mezquita y puente de barcas y otras obras de no menor alteza. Éste logró dominar la tierra de España desde el Mediterráneo hasta el Océano, hallando sólo valladar su valentía en los muros de Tarragona, Toledo y Santarén. Hallábase delante de la última plaza cuando sus capitanes, equivocando una orden suya, ordenaron cierta noche la retirada del ejército y tomaron el camino de Sevilla. Despertó Yusuf al amanecer y se encontró sin ejército, con pocos guardas etiopes y andaluces, y algunos servidores en su compañía. Mandó entonces levantar precipitadamente las tiendas, y ya iba á ponerse en marcha, cuando los guerreros de Santarén, apercibidos del caso, abrieron las puertas, y saliendo contra él, le rodearon y acometieron por todas partes. Con todo eso no se amilanó el rey; antes, puesto delante de las mujeres que como concubinas le seguían, y alentando con la voz y con el ejemplo á los suyos, se defendió bravamente hasta obligar á los cristianos á volverse á la ciudad. La ira de ellos fué tanta, que mataron á los pies del príncipe á tres de sus mujeres; y éste tan esforzado, que postró por su mano á seis de los contrarios. Pero Yusuf no pudo loarse con la victoria, porque habiendo recibido una herida grave en el combate, murió de ella, no muchos días después, en las cercanías de las Algeciras. Así refiere este hecho el Cartas, y así lo describen también las historias portuguesas[17], diciendo que «casi sin levantar la espada, con mirarlos (á los sarracenos), fueran vistos desamparar los cuarteles, y desamparados de sus propios corazones correr por la campaña sin orden, con miedo, huyendo». Reinaba á la sazón en Portugal D. Alfonso I, con noventa años de edad, según se supone.

 Sucedió al muerto Yusuf su hijo Abu-Yusuf-Yacub, apellidado el Vencedor por sus muchas victorias contra los cristianos, entre las cuales fué la principal aquella tan nombrada de Alarcos, en donde perdió Alfonso VIII la flor de sus caballeros y soldados. Los historiadores árabes aseguran que Abu-Yusuf vino esta vez á España estimulado por una carta que desde Algeciras le envió á África el rey Alfonso, y decía de esta manera: «Príncipe muslín: Si por ventura no puedes ó no quieres dejar esas tierras y venir á estas playas á verte conmigo en el campo, envíame navios bastantes en que yo pase allá con mis guerreros, y lograrásete el gusto de que lidiemos como mejor te cuadre, y sea á condición de que el vencido se ponga con los de su nación debajo de la ley del vencedor». Si esto fué así, caro pagó su reto el rey castellano. Luego murió Yusuf y le sucedió su hijo Mohammed-Annasir, á quien nuestros cronistas apellidan Mohamad el Verde. Quiso éste proseguir las conquistas de su padre, y llamando á los guerreros de las cabilas y á cuantos hombres podían traer armas en sus Estados, juntó ejército tan poderoso como otro no se había visto jamás entre los muslimes, puesto que llegaba á seiscientos mil combatientes de á pie y de á caballo, y con él desembarcó del África en España. Salieron á su encuentro los príncipes cristianos, coligados por el común peligro que les amenazaba, y encontrándose los ejércitos en las Navas de Tolosa, tuvo lugar aquella famosísima batalla que hizo decir al Cartas estas melancólicas palabras[18]: «Desapareció la fuerza de los musulmanes de Andalucía desde aquella derrota; en adelante no les quedó estandarte victorioso, se levantó el enemigo con dominio y soberbia sobre ella, se apoderó de lo más de ella». Se ve, pues, que no es tan exagerada como se ha supuesto la relación que hacen de esta batalla nuestros historiadores. Mohamad se retiró á Marruecos; si algún esfuerzo hubo en su corazón, lo apagó tamaño desastre; confuso, temeroso y avergonzado se encerró en su palacio, y allí dio su vida á los placeres, hasta que dos de sus servidores le privaron de ellos con un tósigo. En los principios de su reinado había logrado refrenar algunas revueltas y anunciado ciertas virtudes; pero sus ulteriores desdichas y vicios deshonraron para siempre su memoria. Almostansir, su hijo, que le sucedió en el trono, vivió en placeres y liviandades y murió mozo. Después de este rey, el imperio fué todo revueltas y parcialidades.

 Porque como Almostansir no dejó hijos, hubieron sus parientes de disputarse el trono. Los de Marruecos obligaron á aceptar el imperio al anciano Abdelwahed, tío suyo, hermano de su abuelo; y al propio tiempo se proclamaba por soberano en Murcia otro de sus tíos, hermano de su padre, á quien llamaban Abu-Mohammed-Aladel. Sin duda con los débiles reinados de Annasir y de Almostansir, los xeques y caudillos de las cabilas habían alcanzado sobradas licencias, frisando antes en atrevimiento que no en honrada libertad su conducta. Ello es que los mismos que habían levantado por emperador de Marruecos á Abdelwahed, forzando su voluntad para que aceptase, le depusieron á los pocos días; y no contentos con esto, le dieron muerte, prestando en seguida obediencia al príncipe Aladel ó el Justiciero, que tal significa ese nombre. Así corrió por primera vez la sangre de Abdelmumen; funestísimo ejemplo para lo futuro. No tardó en alzarse contra Aladel un primo hermano suyo, llamado Abu-Zaid, señor de Valencia, denominado el de Baeza, por haber proclamado su rebelión en aquella plaza, el cual, llamando en su socorro á los castellanos, dio harto que hacera su adversario, puesto que derrotó en un combate á Abulalá, hermano de Aladel, que vino en contra suya. Y esta fué la primera vez, al decir de sus escritores, que llamaron los muslimes á los cristianos para emplearlos en sus contiendas civiles; señal segura, si otras faltasen, de que entonces andaba ya en decadencia su espíritu nacional, y de que su imperio no estaba lejos de total ruina. Pero si Abulalá no se había mostrado feliz capitán en el campo, no quiso parecer mejor hermano, y al frente del ejército que mandaba se proclamó emperador. No bien lo supieron los xeques y principales de Marruecos, se levantaron contra Aladel, prendiéronle, y como se negara animosamente á reconocer á Abulalá, que era aclamado de todos por soberano, le quitaron en suplicio bárbaro la vida. Los rebeldes enviaron al punto embajadores á Abulalá, ofreciéndole el trono; pero antes que volviesen con la respuesta, arrepentidos de ello, nombraron por emperador á Yahya, hermano de Almostansir, que era sin duda, de los parientes de éste, quien más derechos tenía al imperio. Abulalá, denominado Almamon, que se juzgaba ya seguro en él por la embajada que le habían enviado de Marruecos, sintió mucho la afrenta, y determinó mover guerra á su sobrino; mas éste, que era sagaz y determinado, aunque mozo, se le adelantó enviando ejércitos á España que lo combatiesen. Duró la guerra por muchos años con varia fortuna entre ambos competidores, ora en la parte de acá, ora en la parte de allá del Estrecho, peleando por Almamon y dándole las más de las veces la victoria un escuadrón de doce mil aventureros castellanos al mando de un capitán á quien llamaban los árabes Farro-Casil, dado que otro debía ser su nombre, y se ignora.

 Al fin Almamon logró dominar en Marruecos y en la mejor parte de Mauritania, arrojando á Yahya á los desiertos, de suerte que á él debe considerársele como verdadero emperador. Era aquel príncipe natural de Málaga y hombre de prendas, pero iracundo y cruel, como lo demostraron sus hechos. Él puede decirse que acabó con el imperio de los almohades, á los cuales persiguió cruelmente; degollando á muchos de ellos y proscribiendo sus usos y leyes, á tal punto, que llegó á maldecir el nombre del falso Mahdi en el púlpito de la mezquita de Marruecos, mandando que fuesen quemados sus libros y destruida en todo lugar su memoria. Al propio tiempo protegía sobremanera á los cristianos que ayudaban sus empresas, permitiéndoles edificar iglesia dentro de la ciudad de Marruecos, y concediéndoles otras muchas preeminencias, en disfavor todas ellas del Islam y en contra de los preceptos del Profeta. En un imperio levantado á la voz de la religión por los almoravides y almohades no podían pasar tales hechos sin ruido, y así fué que de una parte se rebeló contra Almamon su hermano Abu-Muza, fiel mahometano, en la ciudad de Ceuta; de otra, se alzó con las provincias de Yfriquia un cierto Abu-Mohammed-Ebn-Abi-Hafss, que las gobernaba, y en las de España fué aclamado como soberano independiente Mohammed-Ebn-Hud, también estos dos celosísimos creyentes y observadores de la ley alcoránica. Mirando la ruina que causó la conducta de Almamon, párase el ánimo sin acertar á explicar ni comprender sus móviles. Acaso un novelista sabría representarlo como encubierto cristiano, y por consecuencia jurado enemigo del Islam; y tal ficción parecería más verosímil con recordar que la mujer que con él compartía el lecho de ordinario era de familia cristiana. Aunque á la verdad, esto de amar á las mujeres cristianas fué tan común entre almorávides y almohades, que de ellos nacieron los más famosos de sus príncipes. De todas suertes, es indudable que Almamon trajo grandes desdichas al islamismo; aprovechóse de ellas el glorioso San Fernando para ejecutar sus maravillosas conquistas, ahuyentando de los reinos de Sevilla, Córdoba y Murcia el imperio muslímico, y considerándole de esta manera, no puede menos de recordarlo con regocijo nuestra historia.

 Muerto Almamon, le sucedió un hijo suyo apellidado Abdelowahed Ar-raxid, al cual presentaron unos alárabes la cabeza de Yahya, asesinado en el desierto por ellos. Tras él vino su hermano Ab-l-hasan Alí, y luego uno de sus parientes llamado Abu-Hafss, y por último Abu-Dabbus, que siendo capitán famoso entre los almohades, se pasó al campo contrario, ofreciéndole á la nueva dinastía de los benimerines la mitad del imperio si le ayudaban á ganarlo.

 Y así sucedió; pero no tardaron en originarse contiendas sobre el repartimiento de las tierras, las cuales pararon en que los benimerines se alzasen con todo, protestando que Abu-Dabbus les negaba lo prometido. De la ambición de los nuevos conquistadores bien puede creerse que fuera pretexto, y no otra cosa, para señorearse del imperio. Durante aquellas contiendas civiles y guerras extranjeras figuraron constantemente en los ejércitos almohades los aventureros cristianos que había traído Almamon de Castilla. Los hechos de aquella gente fueron maravillosos, al decir de la historia africana; su amistad era buscada y temido su nombre; su influjo tal, que solos supieron mantener aquel resto del poder de los almohades, desde Almamon hasta Abu-Dabbus, contra enemigos tan formidables como lo combatían. Pero al fin todo cayó; y el imperio vastísimo, que contaba á un tiempo por capitales á Sevilla, Marruecos y Fez, desapareció del mundo para siempre. Aquí acaba el mejor período de la historia mauritana: el imperio del Mogreb-el-Aksa, ó el África occidental, había en él tocado el punto más alto de su fama, grandeza y poderío.


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VIII


ERAN los BENIMERINES de la más noble tribu ó cabila de los Zenetes, su origen árabe, y habitaban los campos dilatados que se extienden al Sur de la Mauritania desde la provincia de Yfriquia hasta Sugilmesa. Gente poderosa, acostumbrada á vagar por los desiertos sin pagar tributo á príncipe alguno ni obedecer ningunas leyes; ignorantes de la agricultura y comercio, dados solamente á la caza y ganadería, alimentándose con las frutas silvestres y la la leche y miel de sus campos. Todos los veranos solían entrar algunos de ellos á apacentar sus rebaños en los fértiles prados de la Mauritania, volviéndose, llegado otoño, á su tierra. Pues acontecióles cierto verano que hallaron los pueblos desiertos, sin cultivo los campos, siendo guarida de fieras las casas de los antiguos habitadores. No acertaron los rudos benimerines la causa de desolación tan grande, puesto que no había llegado á sus oídos la matanza de las Navas de Tolosa, donde había perecido la flor de la gente mora, quedando en grandísima despoblación y ruina toda su tierra; pero como vieron tan notables riquezas y comodidades abandonadas, parecióles bien establecerse allí, y enviaron á decir á sus hermanos que acudiesen á aprovechar el hallazgo. Y con efecto, vinieron turbas innumerables con sus camellos, jumentos y tiendas, y tranquilamente poblaron muchos lugares[19]. La confusión del imperio era tan grande á la sazón, que según el precioso Cartas, tantas veces citado, el soberano no era ya reconocido en los campos, limitando su jurisdicción y poder á las ciudades; hervían las tribus en discordia, no había más amistad en los pueblos, reputábase el menestral por tan alto como el noble, despojaba el fuerte al flaco, y cada cual ejecutaba cuanto pensaba sin temor ó respeto. Gobernaba á la sazón la cabila de los benimerines Ab-delhacq, capitán valiente y astuto político, el cual, como viese tal ruina, determinó levantar sobre ella su imperio. Logrólo sin grande esfuerzo, venciendo fácilmente á los decaídos almohades en varios encuentros, y trayendo á su partido con rigor ó halagos á muchos de los antiguos habitantes. Y sucediéndole sus hijos Abu-Said, Abu-Moarraf y Abu-Yahya, prosiguieron unos tras otros la comenzada obra, asentando este último la silla de su imperio en Fez. Al fin vino Abu-Yusuf-Yacub, otro hermano de los anteriores, y en su tiempo rendida Marruecos, se pudo dar por definitivamente establecido el imperio de los benimerines. De Yussuf cuentan los libros que era príncipe de gallarda presencia, y muy esforzado, al propio tiempo que cortés, humilde y generoso. Díjose de él que nunca fué contra ejército que no venciese ni contra país que no subyugase. Vencidos los almohades, hubo todavía de sostener encarnizadas guerras contra un cierto Yagmorasan, llamado en nuestras crónicas Qomaranza, oriundo también de los de Zeneta, que se había levantado con Tremecen, Sugilmesa y otros lugares, y pretendía tener su parte en la fácil presa que el Mogreb ofrecía. Después de haberlo derrotado en campal pelea, Yusuf se concertó y ajustó paces con él para pasar á España, donde deseaba, como tantos otros conquistadores muslimes, ejercitar el valor y la fortuna. Pasó en diversas ocasiones, ora para combatir con los cristianos, ora para ayudar al rey Sabio contra su rebelde hijo; venció grandes batallas, tomó fortalezas y arrasó los campos y lugares cercanos de Córdoba y Sevilla. Mas no dilató por acá su imperio; antes bien, como se hubiesen levantado en Andalucía Ebn-Alahmar por rey de Granada, y Ebn-Axquilola por señor de Guadix y de Málaga, procuró avenirlos y fortalecerlos, cediéndoles sus conquistas. Sólo el odio á los cristianos, la sed de gloria, y más tarde los tratos con el desventurado D. Alonso, movieron, pues, su brazo en España, si ya no es que sintiendo flaco al Islam y mirando tan acrecentados y pujantes á los contrarios, juzgase que para defender de ellos la costa de África valía más levantar un Estado independiente que no sojuzgar y mantener provincias del lado acá del Estrecho. Tal supuesto parece verosímil, recordando que ya entonces los reyes de Castilla aprestaban armadas é intentaban empresas contra la costa africana: armadas no siempre vencidas, y empresas que podían traer algún día fatales efectos á todo el Mogreb, aun dado que la primera que desembarcó en Salé, reinando ya Yussuf, tuviese infeliz resultado. Y á la verdad que, fuera obra de su sagacidad política ó fuéralo solamente de su templanza y escasas ambiciones, Yussuf prestó á la dinastía del Mogreb-al-aksa ó Marruecos, y aun á las de toda el África occidental, un servicio grande y poco apreciado hasta ahora, con ayudar tanto á la fundación y engrandecimiento del reino de Granada. Sin aquel valladar poderoso llegaran mucho antes los castellanos al Estrecho gaditano, y pasándolo cuando no habían apartado aún sus ojos de la morisma, habrían subyugado quizá la Berbería entera.

 Mas no olvidó Yussuf, por levantar el reino de Granada, cuánto podía importarle á su imperio el tener fácil entrada en la Península por si la ocasión requería nuevas expediciones, y á este fin conservó debajo de su mano las plazas de Tarifa y Málaga, y otras que podían reputarse por llaves de España. A Málaga con su Alcazaba la poseía por cesión que de ella le hizo su señor Ebn-Axquilola, mas perdióla no mucho tiempo después por artes de Alhamar, que con suma de dineros ganó al alcaide que la guardaba. Y cierto que el príncipe granadino no pudo llevar más adelante su desagradecimiento, porque ayudó también al rey de Castilla para que se apoderase de Tarifa, y suscitó contra Yussuf y su hijo, sus bienhechores y aliados, las iras de Yagmorasan, aquel antiguo enemigo de los Benimerines. De esta suerte y poco á poco vinieron á perder los soberanos del Mogreb-al-aksa los últimos restos de su poderío en España; sucediéndoles en la continua guerra contra los cristianos, y en la defensa del Islam por estas partes, la poderosa dinastía de los Alahmares, aquella que plantó los árboles del Generalife y levantó los palacios de la Alhambra.

 Muerto en tanto Abu-Yusuf-Yacub tras un reinado glorioso y largo, le sucedió su hijo Abu-Yacub, el cual tuvo harto en qué entender con las discordias civiles que se movieron en sus Estados. Sin embargo, queriendo recobrar la isla Verde y Tarifa para cumplir los antiguos pensamientos de su padre, mandó á España un poderoso ejército, que puso cerco á la plaza. Defendióla Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, de cuya firmeza y heroico sacrificio nada le queda por decir á la historia; suceso singular aun entre los más famosos, y de aquellos que ennoblecen á una nación entera. Ni en esta expedición ni en otra que hizo en persona á Andalucía, logró el príncipe africano efecto importante; y así, apartando sus ojos en adelante de la tierra española, se consagró á afirmar su poder en África. Levantáronse contra él con diversos pretextos Omar y Abu-Amer, hijos de un deudo suyo, por nombre Aben-Yahya; redújolos á su obediencia, y uno y otro venían á visitarle en Fez bajo seguro, cuando fueron salteados y muertos en el camino por su hijo mayor, llamado también Abu-Amer, y heredero de su trono. Tales títulos no libraron al hijo del merecido castigo; Abu-Yacub lo mandó desterrado á las montañas del Rif , donde estuvo hasta su muerte, que aconteció antes de la del padre; rara virtud en tal siglo y entre gentes crueles. Continuando luego la guerra contra el hijo de Yagmorasan, familia tan enemiga de la suya, le venció y cercó en Tremecén, y allí le tuvo estrechado catorce años. Para mayor seguridad del sitio levantó Abu-Yacub una ciudad delante de la ciudad sitiada, á la cual puso Nueva Tremecén por nombre, y edificó también un soberbio palacio, donde recibía las embajadas que de los pueblos más lejanos venían á traerle tributos. Allí murió cierta noche, mientras dormía, á manos de un eunuco llamado Lasaad, que lo atravesó por el vientre de una estocada. Á lo último de su reinado, los ingratos Alahmares, no contentos ya con los dominios de España, enviaron una expedición al África, que se apoderó de Ceuta.

 Su nieto Abu-Tzabet, hijo del príncipe Amer, le sucedió en el trono. Éste levantó el cerco, ajustando las paces con los de Tremecén y cediéndoles los territorios conquistados, menos la nueva ciudad, que por los muchos tesoros empleados en ella se reservó para sí. También Abu-Tzabet tuvo que refrenar á algunos descontentos, y murió cuando atendía á recuperar á Ceuta. Logrólo su hermano Suleiman, cuyo reinado, aparte de algunas rebeliones, no ofreció cosa importante. Osman ó Abu-Said, hijo de Yusuf y hermano de Abu-Yacub, le sucedió en el trono. En tiempo de este príncipe escribió el sabio Abu-Mohamed-Assaleh su Grande historia de Marruecos y el compendio titulado El Cartas, que ha llegado hasta nosotros. Fielmente hemos seguido hasta aquí sus páginas, alumbrándonos su docta relación para recorrer los laberintos y disipar las sombras que la historia del Mogreb-el-aksa ofrece á cada paso. En adelante las noticias escasean, falta la luz, el hilo se pierde, y apenas por estrecha senda llegamos á aproximarnos á la verdad. Todo es duda, confusión é ignorancia. Y es que el imperio aquel, apartado siempre en lo sucesivo de España y de Europa, vino luego á tanta decadencia y se sepultó en barbarie tan profunda, que apenas produjo más historiadores ni sabios que pudieran transmitir los hechos que vieron ó supieron á las generaciones futuras.

 Parece que habiendo dado Abu-Said á su primogénito Omar el gobierno de algunas provincias del imperio, éste se levantó contra él, y hubo entre padre é hijo grandes batallas. Llevaba Omar, como más joven y determinado, lo mejor de la contienda, y sin duda hubiera rendido al padre á no sobrevenirle la muerte cuando más vida ofrecían sus cortos años. Así pudo reinar tranquilamente Abu-Said hasta su fallecimiento. Abu-Ihacem, su hijo segundo, ocupó entonces el trono de Marruecos; y como fuese hombre de no vulgar aliento, imaginó todavía pasar á Andalucía, y sujetarla de nuevo al dominio de su dinastía; pero no consiguió de su expedición otro fruto que escarmentar á los africanos para que no pensasen más en volver á España. Su hijo Abdelmelic, que pasó primero el mar, fué vencido y muerto cerca de Arcos; y él en persona con el rey de Granada, su aliado entonces, fué vencido por D. Alfonso el onceno en la famosa batalla del río Salado, junto á Tarifa, y en las playas mismas del Estrecho, sin poder dar un paso adelante. El africano, desbaratado, huyó á Gibraltar, y de allí pasó á su tierra, donde sólo encontró llantos y recriminaciones de sus vasallos por la provocada desventura. El imperio de los reyes africanos en España había caído por obra del tiempo, y era locura querer resucitarlo. Ya los príncipes cristianos eran harto poderosos para que las invasiones de los de África pudieran arrojarlos á las antiguas montañas; hallábanse fortificados los lugares y bien aparejada la defensa; ni era ocasión de contar como antes con el auxilio de los moros que poblaban la tierra, porque, sobre ser pocos y flacos, no solían preferir la vecindad ó dependencia de los africanos á la de los castellanos, mucho más tratables que ellos. Vuelto, pues, á Marruecos Abu-Ihacem, encaminó sus ejércitos contra los Estados de Tremecén y luego contra los de Túnez; por manera que redujo á su obediencia todo el Mogreb-al-Aula ú Occidente de África. Mas pronto se le puso en contra la fortuna. Alzáronse contra él los pueblos reconquistados, y venciéndole en campo, le obligaron á huir con poco séquito; y entretanto su hijo Abu-Zayan, con ayuda y favor del rey de Castilla, se proclamó por soberano de Fez. Abu-Ihacem se sostuvo algún tiempo contra todos; pero al fin tuvo que huir á las montañas de Henteta, adonde murió de pesadumbre. El reinado de Abu-Zayan no ofrece cosa notable, si no es el haber asesinado al rey de Granada traidoramente con una marlota emponzoñada que le envió de regalo; y muerto, sus deudos llenaron el Mogreb de guerras civiles. Si Abu-Becr triunfó, no fué sino para disfrutar poquísimo tiempo del trono. Despojóle de él un cierto Ybrahim, deudo suyo, con ayuda de los árabes españoles; pero este mismo fué depuesto por otro usurpador á quien llamaban Mahomad-Abu-Zeyan. Al fin, entre tantas usurpaciones, hubo un hijo que sucediera á su padre, el cual fué Muley-Said, hijo de Abu-Zeyan, príncipe por cierto de poco valor y menos fortuna. Perdióse en su tiempo Ceuta, que fué asaltada y tomada por los portugueses, con lo cual, rabiosos sus vasallos, le mataron á puñaladas. Y sobreviniendo dos hermanos de Muley-Said que pretendían á un tiempo el trono, hubo entre ellos muy porfiadas contiendas, hasta que los muslimes convinieron en poner sobre el trono á un hijo del último príncipe y de una cristiana española, nombrado Abdelhacq, con lo cual los tíos abandonaron sus pretensiones y hubo paz por algún tiempo. Logró este príncipe una señalada victoria contra los portugueses, que, estimulados por la toma de Ceuta, con menos poder que atrevimiento, habían desembarcado de nuevo en la tierra de África y sitiaban á Tánger. Pero al fin Abdelhacq fué asesinado, como tantos otros, en su palacio, y rotos ya los frenos de la obediencia, menospreciada la autoridad de los príncipes, desatadas las pasiones de la muchedumbre, y confundidas y revueltas todas las cosas, cayó con él la dinastía de las Benimerines, y el Mogreb-el-aksa quedó entregado á la más espantosa y destructora anarquía.

 A todo esto los reyes de Granada habían acabado de apoderarse de las pequeñas plazas mauritanas que aún conservaban los africanos en España, hasta el punto de no dejarles una sola almena, y un cierto Abu-Fares, señor de Túnez, había sujetado á su obediencia no pocas provincias y ciudades pertenecientes al reino de Fez. Tan miserable espectáculo ofrecían por dentro y por fuera las cosas del imperio mauritano.



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IX


ABDELHACQ, último soberano de la dinastía de los Benimerines, murió en Fez á manos de un personaje que se decía xerife ó descendiente del Profeta, el cual se hizo saludar por rey, pero con harta desdicha. Aquí, allá y acullá se levantaron mil cabezas y señoríos diversos, que ora se contenían en los límites de una sola provincia, ora en el recinto estrecho de una ciudad, los cuales hacían la paz ó la guerra sin otra voluntad que la suya, conquistaban las ajenas tierras ó cedían las propias, y no reconocían vasallaje ni en muchas ocasiones pagaban á nadie tributos. De estos que se alzaron por independientes fué Seid-Watas, también de los zenetes y del propio pueblo de los Benimerines, alcaide por ellos de la fortaleza de Arzila; y como allegase bajo sus banderas no escaso número de soldados, sintiéndose poderoso, determinó marchar contra el xerife, y venciéndole ocupar el imperio. No le favoreció á los principios la fortuna, porque de una parte el xerife derrotó su campo junto á Mequinez, y de otra el rey de Portugal, D. Alonso, cercó durante una de sus ausencias la ciudad de Arzila, y la ganó con sus mujeres, sus hijos y los tesoros que allí guardaba. Debía ser Seid-Watas de no vulgar aliento, cuando no lograron abatirle tales contratiempos. Lejos de eso, levanta el cerco de Fez, que á la sazón mantenía, corre á los muros de Arzila, compónese con los portugueses viendo que recobrar la plaza no era posible, vuelve al cerco que habían dejado, estréchalo, vence al fin, obligando al xerife á huir, y corónase allí por rey. Con su valor y fortuna logró este príncipe poner bajo sus manos las provincias de Fez, y fundó allí la dinastía de los Beni-Wataces, que duró ochenta años, y no contó más que tres verdaderos reyes, que fueron el citado Seid-Watas, su hijo Mohammed y su nieto Ahmed, que á manos de otros xerifes perdió luego la corona y la vida. Entretanto en Marruecos, en Sugilmesa, en Sus y en otras provincias, reinaban familias y dinastías que aún andan desconocidas. Sólo se sabe que en Marruecos, rival hasta entonces de Fez, y corte también de los antiguos reyes, imperaba al tiempo de la aparición de los xerifes un africano del linaje de Henteta, por nombre Muley Nasser Buxentuf, el cual poseía la ciudad y algunos pueblos pequeños de la comarca.


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X


ENTRETANTO los mauritanos, que habían renunciado ya á invadir la Península española, eran atacados en su propio territorio, y con creciente ardor, por los españoles. Luis del Mármol refiere, tomándolo de los historiadores africanos, que en 1263 envió D. Alonso de Castilla una armada contra Salé, abrigo ya de piratas berberiscos, la cual tomó y destruyó la ciudad fácilmente; pero sobreviniendo de improviso el primero de los Benimerines Abu-Yusuf ó Jacub, tuvo, como queda dicho, infeliz resultado la expedición castellana, quedando muertos ó cautivos muchos de los que la componían, y teniendo que reembarcarse precipitadamente el resto para España. Más afortunada fué otra expedición que, según el propio Luis del Mármol, hizo por los años de 1400, reinando D. Enrique III, la armada de Castilla. Tetuán, ciudad antigua que había formado parte del imperio romano y godo, estaba muy poblada á la sazón por causa de los navios de corsarios que se armaban en la desembocadura del río Cuz ó Martín que la baña, y de allí salían luego á correr y robar la costa de Europa. Padecían más que otras ningunas, como era natural, las de España, y una armada de Castilla acabó con tales piraterías entrando en el río, cautivando á casi todos los moradores de la ciudad y destruyéndola de manera que estuvo despoblada noventa años[20]. Luego al fin las reliquias de los godos vencidos en Guadalete y refugiados en las montañas de Aragón y de Asturias, acabaron la laboriosa obra de ocho siglos, expulsando á los muslimes de la Península. Ya hacía bastante tiempo que Portugal no tenía moros fronterizos cuando con la conquista de Granada dejó también de tenerlos Castilla, algunos años antes de terminar el siglo xv. Fijáronse al principio las miradas de las dos naciones peninsulares en África. En 1496 el duque de Medinasidonia tomó posesión de Melilla, que abandonaron los moros al divisar su escuadra; y poco después, Gonzalo Mariño de Ribera, alcaide por el duque de aquella plaza, se apoderó en la misma costa del lugar de Cazaza, cinco leguas distante. Las fustas de Vélez de la Gomera hacían, por el propio tiempo, mucho daño en la costa de Granada, como lo tenían de costumbre. Salió el conde Pedro Navarro, general de nuestra armada, en su alcance; ganó algunas fustas, dio caza y corrió á las demás hasta llegar á la isla que está enfrente de Vélez, acogida ordinaria de corsarios. La fortaleza de aquella isla que llamaban el Peñón estaba guardada por doscientos moros, los cuales, por entender que el conde quería saltar en tierra y combatir á Vélez, la desampararon. Vista esta ocasión Pedro Navarro se apoderó sin dificultad del castillo, desde donde azotaron los castellanos con su artillería á los moros que habitaban la ciudad[21], hasta obligarles á entrar en conciertos, y que les facilitasen cuanto necesitaban. Opusiéronse á los proyectos del católico los reyes de Portugal, que miraban con temor y celos nuestro engrandecimiento por aquella costa, y en el ínterin, como no tenían otras empresas vecinas de sus Estados, consiguieron mucho mayores frutos que los monarcas españoles, ayudándoles éstos generosamente, á pesar de los celos, en algunas ocasiones, como cuando Pedro Navarro impidió con su armada que tomasen los moros á Arzila. Tal vez los portugueses habrían hecho en África lo que hicieron del lado allá los vándalos y ben-umeyas y en la parte de acá los almorávides y almohades, que fué juntar bajo un propio cetro entrambas orillas del Estrecho, si al cabo el descubrimiento de las Indias occidentales no encaminase á otro fin su esfuerzo y fortuna, apartándolos de Fez, que podían considerar como reino propio. Ya queda dicho que ganaron á Ceuta, y sin gran dificultad por cierto, porque arruinadas sus fortificaciones fué casi abandonada, como Melilla, por los moros, apenas divisaron la armada que gobernaba el rey don Juan I con sus hijos los infantes D. Duarte, D. Pedro y D. Enrique, y los soldados portugueses entraron revueltos en la ciudad con los pocos que habían pretendido impedir el desembarco. Menos fortuna tuvieron, como ya hemos indicado también, las armas portuguesas en Tánger, en cuya plaza desembarcaron con catorce mil hombres los infantes D. Enrique y D. Fernando, reinando ya D. Duarte, su hermano. Acudió una turba innumerable de moros á libertar la plaza sitiada, y estrechados los portugueses entre los muros de ésta y el ejército de socorro, tuvieron que capitular y reembarcarse, dejando al infante D. Fernando en rehenes de que se devolvería la plaza de Ceuta. Negáronse los portugueses á ratificar aquella capitulación desdichada, y al morir el rey D. Duarte dejó aún en poder de los moros á su hermano, y tratado por ellos como esclavo. «Viéronle los suyos, dice Faria y Sousa, cargado de hierros, ser mozo de caballos; y viéronle muerto, colgado de una almena de los muros de Fez». Tocóle la venganza de tanto desastre á D. Alonso V, aquel desgraciado pretendiente de Castilla vencido por los Reyes Católicos, y en su tiempo se hicieron los portugueses temibles en África. Con doscientos bajeles y grande ejército de desembarco amenazó este príncipe á Tánger y fué á caer sobre Alcázar-el-Zaguer, puerto importante y próximo á Tánger, que tomó por asalto, sin que Muley Xeque, que regía en Fez, pudiera recobrarlo en dos asedios; antes bien, en una salida fué muy mal tratada de los portugueses su gente. Tras esto embistió con diez mil hombres á Anafe ó Anafa, ciudad sobre el Atlántico, y la quemó, saqueó y dejó desmantelada. Continuando sus empresas por aquella costa desembarcó con treinta mil hombres en Arzila, y también la tomó por asalto, con estrago tan grande de los moros y tal terror en África, que Tánger abrió sus puertas á los portugueses apenas se presentaron otra vez delante de sus muros, abandonada por toda la gente de armas. Desde entonces ya no halló valladar la potencia portuguesa en muchos años. Rindiéronse á sus armas la plaza importante de Azamor, que conquistó D. Jaime, duque de Braganza, con un ejército de diez y seis mil peones y mil doscientas lanzas, y luego Mazagán y Safi, más que por fuerza de armas por astucia y tratos con los naturales, y además grandes territorios y multitud de pequeños lugares y fortalezas, y no pocos reyezuelos y xeques moros de los que gobernaban como independientes, se hicieron sus tributarios. Para tales empresas y conquistas llegaron á contar los portugueses no sólo con su poder, sino más todavía con la ayuda y favor de los mismos moros, que en número de diez y seis mil jinetes y doscientos mil soldados de á pie, los servían y fieramente peleaban contra sus propios hermanos; tan grande era la discordia que favorecía entonces en Mauritania los progresos de las armas cristianas. Un cierto Yahya, natural de Safi, era el caudillo de los moros sometidos, el cual se pasó á los portugueses por odio á los suyos, y tomando partido con ellos llegó á merecer con su fidelidad y valor que el rey D. Manuel I, que á la sazón regía á Portugal, le nombrase por capitán general de sus ejércitos. Y bien puede ser esta una muestra más de cuan divididos anduviesen entonces los ánimos de los africanos, y cuan oportuna ocasión se desperdició entonces de reducir todo el Mogreb al cristianismo y á la obediencia de los reyes de España. Lográbanse, como era natural, con gran facilidad las conquistas. Luis del Mármol afirma que el conde de Alcoutín, D. Pedro de Meneses, llegó á dominar la costa entre Ceuta y Tetuán; de tal suerte, con salidas y correrías, que esta ciudad, que acababan de reedificar los moros fugitivos de Granada, volvió á quedarse casi desierta. De este conde de Alcoutín, dice en su Epítome Faria y Sousa, «que gobernaba en Ceuta, y que con ciento y cuarenta lanzas, sin perder una, dejó tendidas en la playa africana doscientas, embistiendo un ejército de diez mil hombres con que corrían la campaña los hermanos del rey de Fez». El almocaden Diego López con veinte lanzas portuguesas y cuatrocientos moros tributarios, volando por todo el campo, llamó con sus armas á las puertas de Marruecos; y hubo, además, un D. Alonso de Noroña que tomó muchos aduares grandes; un D. Juan Coutiño, general de Arzila, que derrotó un ejército de Fez, y otros muchos capitanes portugueses que llevaron á cabo empresas dignas de eterna memoria. Tal vez la Providencia no depare una ocasión tan oportuna como fué aquella para sentar en África el dominio europeo.



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XI


AL CABO VOLVIÓ á reconstituirse el imperio mauritano, bajo el gobierno de los xerifes. Dio fundamento á esta dinastía el fanatismo religioso, que ha movido allí cuantas hayan acontecido desde la irrupción de los árabes; los principios fueron pequeños, y como suele suceder, no dejaban esperar tales resultas. Corrían los primeros años del siglo xvi, cuando comenzó á tener nombre en Numidia un Mohammed-ben-Ahmed, que por nombre se hacía llamar el xerife Huseini, y decía ser sucesor de Mahoma[22]. De su origen nada se sabe de seguro, aunque hay quien le haga descendiente de aquel otro xerife que dio muerte al postrer soberano de los benimerines. Lo que de cierto se dice es que era hombre muy astuto y leído en las Ciencias naturales, y sobre todo, gran mágico. Tenía tres hijos: Abdelquebir, Ahmed y Mohammed ó Mahomad, y después de comunicarles sus artes, mandólos ir á la Meca, porque ganasen reputación de santidad y doctrina. Los cuales, de vuelta al Mogreb-Alacsa, solían entrar en las ciudades voceando, y diciendo solamente: ¡Alá! ¡Alá!, y no querían comer sino lo que les daban de limosna. Con esto maravillados los moradores, iban detrás de ellos en grandes turbas y los veneraban por santos. Así anduvieron por varias partes hasta llegar los dos menores á Fez, donde el uno de ellos, haciendo oposición á cierta cátedra de aquellas escuelas, la ganó, y el otro fué recibido con gran contento por preceptor y ayo de los hijos del príncipe Mohammed, segundo de los del linaje de Beni-Watas. Largo tiempo se mantuvieron allí, extendiendo su fama y ganando prosélitos y discípulos, sin dejar de comunicarse con el viejo xerife y el mayor hermano, que le asistía; los cuales, sin salir de Numidia, llevaban el hilo de la trama y acechaban la ocasión oportuna de obrar. Dióla sobrada la escasa previsión del rey de Fez; porque habiendo puesto en los hijos del xerife gran confianza, les dio libertad para traer atabal y bandera, y predicar la guerra santa contra cristianos. Luego comenzaron á formar escuadrones de á pie y de á caballo; armáronlos, adiestráronlos, y los pusieron en aparato de guerra. Lo que faltaba era ocasión de ejercitarlos en ella y de ganar, con la militar honra, más fama de santidad y mayor estimación del pueblo. Logróseles aún esta ocasión, y fácilmente. Ya hemos dicho que desde el tiempo de la caída de los benimerines el Mogreb-Alacsa estaba en completa anarquía; poseyendo los Beni-Watases de Fez ciertos territorios, otros más extendidos los monarcas portugueses, no pocos los señores de Marruecos, y algunos los xeques de Sus, Suljimesa y demás provincias del imperio. Pues los hijos del xerife, llegándose al inadvertido Mohamed-Watas, le ofrecieron ir á sujetar á aquellos rebeldes, y castigarlos por el tributo que la mayor parte pagaban á los portugueses, arrojando luego á éstos de las importantes plazas y anchos territorios que poseían, con tal que los nombrase á ellos por sus alcaides de guerra y los abasteciese de armas y otros menesteres; y aun en esto consintió de buena voluntad el de Fez, que fué poner el imperio en mano de los astutos hermanos. Marcharon primero á la provincia de Sus, siguiéndoles numerosa hueste, que cada día se acrecentaba con los celosos muslimes que la fama de su virtud atraía, y vencieron á los primeros xeques que osaron ponerles resistencia. Avisaron luego al padre y al mayor hermano, los cuales acudieron al punto, tomando el primero el gobierno de la guerra; impusieron por tributo el diezmo de los frutos, y rigurosamente lo cobraban de los pueblos que recorrían; allegaron tesoros, juntaron el miedo de sus armas al amor de su nombre, ganaron unas fortalezas, levantaron otras, hicieron grandes correrías y rebatos en tierra de cristianos, y de esta suerte se contaron al poco tiempo por tan poderosos, que no temieron ya declarar sus altos intentos y el punto á donde se encaminaban sus empresas. Comenzaron por destronar al xeque ó soberano de Marruecos, que no menos imprevisor que el de Fez se mostrara. Con capa de religión, y fingiéndose grandes amigos suyos, lograron introducirse en la ciudad, y después que hubieron ganado allí parciales, apostando en las cercanías gente armada que los socorriese en todo trance, le atosigaron un día al volver de la caza con ciertos panecillos por ellos mismos aderezados: así cuenta el suceso nuestro Mármol Carvajal, aunque no falta quien lo refiere de diverso modo[23]. Muerto el xeque, se alzaron sus parciales de dentro de la plaza, llegaron los que fuera aguardaban, y tomando la Alcazaba y demás fortalezas, fueron proclamados los xerifes por señores de Marruecos.

 Alarmóse, como era natural, el de Fez con tales nuevas; pero los astutos xerifes le contestaron enviándole cuantiosos regalos y ofreciéndole que le pagarían el propio tributo que de los antiguos xeques recibía. Mas ello era ganar tiempo y apercibirse á nuevas empresas, puesto que no tardaron en negarle todo tributo y obediencia. En esto, muerto el primer xerife y el mayor de sus hijos, aquél por la edad tan larga, y éste en un combate contra el portugués Lope Barriga, capitán del campo de Saffi y hombre de los más temidos que hubo en África, quedaron sólo en el ganado imperio los otros dos xerifes, llamándose rey de Sus el menor, y rey el mayor de Marruecos y Tarudante. No pudo sufrir más el Beni-Watas Ahmed ó Hamet, que había sido discípulo del menor xerife; y aunque esta consideración le mantuvo algún tiempo en respeto, rompiendo al fin por todo, como quien tan amenazada veía su corona, marchó contra los usurpadores al frente de copioso ejército. Encerróse el mayor xerife dentro de Marruecos, viniendo luego el menor en su socorro, y allí los cercó el de Fez, peleándose bravamente por ambas partes con rebatos y asaltos. Mas como aconteciese por aquellos días un levantamiento en Fez, promovido por uno de sus hermanos, llamado Muley Mesaud ó Mesud, que pretendía el imperio, Hamet hubo de volver allá precipitadamente, levantando el cerco. Su presencia restableció al punto la paz en Fez, y juntando nueva y más poderosa hueste, volvió contra los xerifes. Ya en esta ocasión no quisieron los belicosos hermanos aguardarle en reparos, sino que saliéndole al paso, sentaron su campo orillas del río Guadelabid, en cierto lugar llamado Bab-Cuba. Allí se dio una grande y porfiada batalla, donde el poder de Fez fué destruido, y los xerifes alcanzaron con la victoria riquísimos despojos y fama de invencibles. Peleó bravamente en esta jornada por los de Fez el destronado rey Boabdil, á quien llamaban en África el Zogoibi, que quiere decir tanto como desdichado, y peleando murió como bueno; triste fortuna la de aquel hombre, que vino á morir en defensa de reino ajeno, cuando no lo había osado defendiendo el suyo propio. Tras estos sucesos, viéndose ya sin freno ni temor, los xerifes señorearon casi todas las provincias del Mogreb-Alacsa, rindiendo aun Tafilete. Y revolviéndose luego sobre los portugueses, abandonados por sus auxiliares moros, reducidos ya á sus propias fuerzas, y dedicados enteramente en tiempo de D. Juan III á las cosas de las Indias, cobraron á Aguer ó Santa Cruz, una de las más importantes plazas que poseyeron los cristianos en África; y dieron tales embestidas y asaltos á otras, como Saffi y Azanor, que al fin hubieron de ser abandonadas por sus presidios y moradores. Mancha indeleble, según el historiador Faria y Souza, para el rey D. Juan III, aunque sus ministros se disculpaban con la dificultad de sustentar tanto imperio.

 Llegados á tal punto de grandeza, nació de repente la discordia y ardió la guerra entre los xerifes. Habían pactado los dos hermanos, en tiempo del padre, que el uno sucedería al otro, y muertos ellos, entraría á gobernar el imperio el mayor de los hijos varones que quedasen; y el menor xerife, que era quien tenía el mayor hijo, reclamó del hermano que en vida se aviniese á declararlo por su heredero. Pero el xerife mayor, no sólo no lo consintió, sino que aún se resistía á mirar á su hermano como rey, no queriendo que sonara sino por su visir ó lugarteniente, y exigiendo de él que le diese mucha parte de los despojos que había ganado en la guerra, por juzgarse señor de todas las cosas del imperio. Era el menor xerife más astuto y sabio que el otro, y viéndole tan sin razón, determinó proceder con gran moderación en el caso, á fin de traer á sí el amor y respeto de los muslimes. Hablóse largo de avenencia, pero en vano; y llevadas las cosas á punto de guerra, hubo entre los hermanos dos recias batallas, ganadas entrambas por el menor, quedando prisionero en la segunda el mayor xerife, y Marruecos en poder del vencedor. Desterrados el xerife mayor y su primogénito Muley-Cidan, príncipe esforzado que había servido bien á su padre en aquella guerra, quedó el xerife Mahomad por único señor del imperio, y antes que por ambicioso, tenido de todos por justo; tanto pudo su hipocresía. Luego determinó éste acabar con los Beni-Watases de Fez, so color de vengar la afrenta que le habían hecho con favorecer á su hermano, pero con designio de desapoderar al infeliz discípulo del resto miserable de su grandeza. Juntó el de Fez todas las fuerzas que pudo para oponérsele, descollando entre los más valerosos de su campo un cierto Buazon, deudo suyo, y denominado rey de Vélez, cuya fama fué luego grande, como veremos. La batalla se dio al pasar un vado del río de los Negros, y con poquísima pérdida de ambas partes, quedó vencedor el xerife y desbaratados y fugitivos los contrarios. Buazon, después de hacer cuanto de un buen capitán podía esperarse, logró recogerse en Fez con los restos del ejército; pero Admed Beni-Watas y su hijo Abu-Beer, según Mármol, cayeron en poder del xerife, herido el primero y harto cansado de la pelea. Notable entrevista aquella de maestro y discípulo tras tantos años y tan diversos trances de fortuna. Cuéntase que así como se halló el xerife delante del otro, le dijo estas palabras: «Hamet-Watas, la ira de Dios ha caído sobre ti, y Él ha permitido esta tu prisión por lo mucho que le has ofendido en consentir tantos pecados públicos al pueblo de Fez, donde con más razón que en otro cabo había de ser venerado Alá y nuestro Mahoma. Mas ten buen ánimo, y no creas que porque quisiste favorecer á mi hermano y sus hijos contra mí te he de hacer mal. En poder estás de hombre mahometano y no de cristianos, donde pudieras tener menos esperanza de tu salud; y si tú eres cuerdo, no dudes de volver á tu reino.» Y el desventurado Watas, alzando la cabeza como mejor pudo, puesto que estuviese grandemente fatigado de las heridas, le respondió de esta suerte: «Lo que está escrito en la frente de los hombres se ha de cumplir. No son todas veces los reyes parte para desarraigar de su pueblo los miserables usos en que están endurecidos por larga costumbre, ni debieras tener esa por bastante causa para tomar las armas contra mí, que no se hallará haberte hecho injuria; antes, en tiempo en que la fortuna no se os había mostrado tan favorable á ti y á tu hermano, os hice todo buen tratamiento en Fez, y no pedísteis cosa que no os fuese concedida por mi padre y por mí. Quizá fué escrito juicio de Dios, habiendo de venir á este tiempo, en que pudiesen aprovechar los muchos y grandes beneficios que habéis recibido de nuestra casa, los cuales, plegué á Alá sean parte para aplacar tu sana, puesto que resentimiento de mí no debieras tener; que yo te ayudara á ti como á él, si en tales infelicidades te viera.» Mientras esto pasaba en el campo, entrando Buazon en Fez, hubo de combatir las pretensiones injustas de un hermano del rey preso, que juzgaba pertenecerle el trono, alzando en él á Muley-el-Cacerir, hijo y legítimo sucesor; mas con tal condición, que siempre que su padre viviese, volviera á dejarle el reino sin contienda. Hecho esto, apercibieron los de dentro las cosas de la defensa; y recibiendo cartas del xerife, donde decía que si le entregaban á Mequinez, pondría en libertad al rey preso, primero lo resistieron y obligaron al contrario á volverse con el cautivo á su corte; pero al fin vinieron en ello, y entregada aquella plaza, tornó á ocupar Amed-al-Watas el trono de Fez. Mas no fué por mucho tiempo, porque el xerife, así que cobró fuerzas y se apercibió de más soldados y armas, volvió sobre Fez y la tuvo cercada dos años, poniéndola en gran aprieto y carestía, hasta que al fin, por tratos con los ciudadanos, entró una noche en la nueva Fez, y los de la ciudad vieja hubieron de rendirse al día siguiente. Amed-al-Watas y su hijo Muley-el-Caserir, cayeron en manos del vencedor, quien los tuvo aherrojados por algún tiempo, hasta que á la postre, enojado porque Buazon hubiese vencido y matado en pelea á un hijo suyo, mandó degollarlos á entrambos; desapiadada acción, que los cielos castigaron como merecía. Buazon en tanto andaba libre y dando harto que hacer con sus armas al mortal enemigo de su casa. Habíase salido de Fez pocos días antes de la rendición, viendo que la debilidad y torpeza de los de adentro iban á franquear las puertas al sitiador, donde sin culpa suya padecería como los otros. Pasó al pronto á sus Estados de Vélez de la Gomera, y desde allí pidió auxilio á España, ofreciendo devolver la fortaleza del Peñón, que habíamos perdido por locura ó simplicidad de su gobernador Villalobos, asesinado por unos moros que pretendían ser hechiceros, y que él admitió confiadamente en su compañía, con lo cual la escasa guarnición se rindió á los moros. Traslucieron los vecinos de Vélez el intento de su señor Buazon, y fué tanta su ira, que el aventurero caudillo tuvo que huir, refugiándose en España. Presentóse acá al archiduque Maximiliano, y no logrando nada de él, fué aún á verse en Alemania con el emperador Carlos V; y sin alcanzar mejor éxito, se vino á Portugal, cuyo rey le dio algunas naves y un escuadrón de quinientos portugueses. Con tales fuerzas volvió Buazon á Vélez, y comenzó á allegar parciales y formar ejército con que embestir al xerife. Pero en esto acertó á pasar por allí Salah-Arrais ó Sala-Arraez, famoso turco que gobernaba en Argel y andaba pirateando con sus naves por el Mediterráneo, el cual, como viese delante de Vélez naves de cristianos, embistió con ellas y las tomó, degollando al mayor número de los nuestros y cautivando á los otros. Buazon, que esto vio desde la playa, metióse en un ligero esquife, y llegando á la capitana de los turcos, pidió y rogó por la vida de los cristianos, explicándole una vez y otra al capitán pirata que no eran venidos en son de guerra contra los muslimes, sino para ayudarle á él en sus justos propósitos. Mas nada pudo recabar de aquellos feroces enemigos del nombre cristiano; antes bien, afeándole Sala-Arraez el buscar tales alianzas, se dio á la vela con el despojo y cautivos. Buazon, lleno de noble desesperación, dispersó la hueste que tenía reunida, abandonó las cosas de su Estado, allegó el mayor tesoro que pudo, y caminó hacia Argel á procurar el rescate de los cautivos cristianos. Tanto hizo, que maravillado y compadecido Sala-Arraez, no solamente dio libertad á los cautivos, sino que le ofreció ponerle en el reino de los Beni-Watases y vengarle del xerife. Reunióse en Argel numeroso campo para la empresa, y Buazon y Sala-Arraez marcharon con él hacia Fez, rompieron en batalla al xerife, y se apoderaron de la ciudad. No bien logrado esto, Sala-Arraez iba á cumplir su promesa, cuando conjurados algunos de los émulos de Buazon, y calumniándole largamente, alcanzaron del turco que á él lo pusiese en prisiones y nombrase en su lugar por rey de Fez al príncipe Abú-Becr, hijo de Ahmed Watas, que había logrado escapar al degüello de los de su familia. Hubo en Fez el nuevo con este motivo grandísimo alboroto, porque todos querían por rey á Buazon, y tanto pudo la ira en los ciudadanos, que arremetiendo furiosamente á los turcos, pareció que era llegado el día de su ruina en aquel lugar donde como tan amigos habían entrado. Traspasaron los turcos el prisionero Buazon á Fez el viejo, y enseñábanlo desde allí á los sublevados para que viesen que ningún mal le habían hecho; pero éstos, cada vez más embravecidos, gritaban: «¿Para qué nos lo muestras? ¿Es espejo? Dánosle puesto en libertad.» Y hubo al fin que soltarlo, y Sala-Arraez, mal de su grado, le proclamó por rey de Fez. Mas, hondamente ofendido el turco de tales hechos, escribió al xerife diciéndole que bien podía venir cuando quisiese sobre Buazon, porque él no había de ayudarle en cosa alguna; y alzando su campo se volvió á Argel. No se dejó esperar el xerife, y acudiendo con grueso ejército contra el adversario, hubo entre los dos larga y porfiadísima batalla, que sin duda ganaran los de Fez á no haber la desdicha de que Buazon muriese en ella, ó bien llevado de su natural valor á lo recio de la pelea, ó bien asesinado por un confidente del xerife que traidoramente se había deslizado entre los suyos, como sienten otros. Después de esta victoria Mohamed entró en Fez, y no hubo más quien pudiera disputarle el imperio.

 En medio de tales revueltas no habían estado ociosos el mayor xerife y sus hijos. Muley-Cidan, el primogénito, estuvo en Fez ayudando á Ahmed-al-Watas contra su tío, cuando éste tenía puesto cerco á la plaza. Más tarde, cuando vino Buazon con ayuda de los turcos á recobrar sus Estados, se alzó el xerife Ahmed en Tafilete, y movió guerra por aquellos contornos á su hermano. Rindióle éste al fin, y mandando matar á Muley-Cidan y otros de sus hijos mayores, á él con los demás le envió á Marruecos. Horrible condición era la de aquel xerife; tal, que con ser el hermano cruel, dejó mejor fama. Su codicia desenfrenada provocó la discordia; vencido la primera vez, faltó á la fe prometida, y desde el retiro que el vencedor le concediera generosamente, uníase con sus mortales enemigos para acabar con él. Fué tan tirano, que sus vasallos desearon mucho y prestaron fácil obediencia á Mohamed el xerife, por salir de su poder; y aun los vecinos de Tafilete y de otros pueblos donde residió durante su destierro, se levantaron contra él, debiendo á los respetos del hermano que no le quitasen la vida. Mohamed era por su parte más hipócrita y no tan riguroso, y poseía mucho mayor inteligencia y valor; hombre verdaderamente notable, y que á reinar en otra nación fuera de los más famosos del mundo. Ambos hermanos alcanzaron tan larga vida, que llenaron casi el espacio de un siglo con su nombre y sus sucesos; y el uno y el otro se llevaron pocos días en la muerte, que fué tan desgraciada como los hechos del mejor y del peor merecían. Mohamed fué asesinado por los turcos de su guardia, capitaneados por un traidor, que para tal propósito había venido desde Argel y ganado su compañía; y al saberse la muerte de éste, temiendo Alí-Becr, alcaide de Marruecos y hombre muy adicto á la familia del menor xerife, que el otro levantase alborotos y pretendiese de nuevo el trono, le mandó decapitar con todos sus hijos.

 Años antes de morir estos xerifes, dispuso el rey don Felipe II la recuperación del Peñón de la Gomera, que era nido otra vez de piratas berberiscos. Ya en 1525, recién perdida la fortaleza, intentó en vano el marqués de Mondéjar sorprenderla. No más afortunado ahora don Sancho de Leiva, llegó á la costa africana, y desembarcando tres mil hombres de su armada, marchó por sierras ásperas á la ciudad de Vélez de la Gomera; y rompiendo á los moros que se opusieron, entró en ella y la saqueó, quemando la casa que allí tenía el famoso Sala-Arraez, la mezquita y un bajel que allí se labraba. Pero en tanto los moros se reunieron en buen número, y acometiendo á la gente desmandada, mataron á muchos, y persuadieron á D. Sancho de la imposibilidad de continuar con tan poca gente tan grande empresa, de modo que, con las tinieblas de la noche, reembarcó sus tropas y dio la vela para Málaga. Entonces mandó el Rey Católico que D. García de Toledo, duque de Fernandina, reuniese la armada del Mediterráneo y repitiese el ataque. D. García, con ciento treinta velas de guerra y transporte y trece mil infantes de desembarco, los nueve mil veteranos de Italia y los otros bisoños, hizo nuevo desembarco enfrente del Peñón, y no lejos de la ciudad de Vélez. Hallóse ésta desierta, y no llegaron á mil los moros que parecieron por el campo. En seguida se plantó por la parte de tierra una batería de diez y ocho cañones, que Juan Andrea Doria envió de la armada, y además la artillería de campaña, dirigiendo estas operaciones el famoso Chapín Viteli. Con esto y el fuego de la armada, la guarnición se aterró y abrió las puertas de la pequeña fortaleza. Por este tiempo, y gobernando en Melilla Pedro Venegas de Córdoba, soldado de mucho valor, los rifeños asaltaron dos veces aquella plaza, persuadidos de las pláticas de un morabito que les prometía el triunfo por arte de magia, y les aseguraba que no sufrirían daño de las armas cristianas. Pedro Venegas los dejó entrar las dos veces por el foso hasta los rebellines, y cargando luego sobre ellos, hizo horrible carnicería y muchos cautivos[24]. A la sazón Melilla pertenecía ya al Rey Católico, por cesión que le hicieron los duques de Medinasidonia, que la conquistaron. Pedro Venegas de Córdoba, su gobernador por muchos años, reinando D. Felipe II, lo mismo que D. Alonso de Urrea, que antes había sido alcaide de aquella plaza, pelearon frecuentemente á campo raso con los moros de las cercanías, y siempre con buena fortuna. No se empleó contra los marroquíes la gran potencia de Felipe II sino en estas ocasiones, y en la fácil jornada que hizo el famoso marqués de Santa Cruz á Tetuán, corriendo el año de 1564. Al cabo de los noventa años que estuvo deshabitada aquella ciudad de resultas de la invasión de la armada de Castilla, fué reedificada, como queda dicho, por los moros fugitivos de Granada. Era su caudillo un cierto Almandari que había pasado allá con el destronado Abú-Abdallah ó Boabdil, el cual suplicó al rey de Fez que le dejase fortalecer y poblar de nuevo aquella ciudad, ofreciendo que desde allí haría guerra con su gente á los cristianos de Ceuta. Por lo pronto edificó un castillo con su cava, y allí se recogían él y cuatrocientos guerreros granadinos, de vuelta de sus expediciones al campo de Ceuta y aun al de Tánger. No tardó en armar también fustas en el río, con las cuales comenzó á azotar la costa de España. Luis del Mármol afirma que llegó á juntar este Almandari hasta tres mil cautivos cristianos, con los cuales reedificó los muros de Tetuán y la ciudad misma. Muerto él, sus sucesores se destrozaron en contiendas, favorecidas por la anarquía general del imperio, y dieron lugar á que desde Ceuta los afligiese extremadamente D. Pedro de Meneses, según queda atrás referido. Pero alentados de nuevo con la flojedad de los portugueses, redoblaron sus hostilidades á punto que, de orden del rey don Felipe, fué allá D. Alvaro con doce galeras y cegó en pocas horas la barra del río, echando en ella varias chalupas y dos bergantines cargados de peñascos de Gibraltar. Cuando acudieron los moros de Tetuán, ya era tarde, y hubo una corta refriega sin consecuencia.

 Tras de los dos viejos xerifes, ocupó en tanto el imperio Abdallah, hijo primogénito del xerife Mohamed, y quedó asentada por algún tiempo la nueva dinastía. Duró diez y siete años el reinado de este príncipe, que no ofrece en su vida cosa notable, si no son sus crueldades, porque, entre otras cosas, mandó matar á todos sus sobrinos, á fin de asegurarse en el trono, de modo que sus mismos hermanos tuvieron que ausentarse del Mogreb por no ser víctimas de sus celos. Sitió á Mazagán, que poseían los portugueses; mas hubo de retirarse sin efecto. Su hijo Mohamed, dicho el Negro, que le sucedió, ni más humano ni más valeroso que él, fué derrotado en tres batallas por su tío Abdemelic, á quien ayudaban los turcos, y que llevaba consigo gran número de moros andaluces, de los expelidos por su rebelión de España, gente valerosa y veterana. Mohamed, vencido, se vino á Portugal y pidió ayuda al rey D. Sebastián, mozo de altos alientos y muy valeroso de su persona; pero, como vamos á ver ahora, un tanto imprevisor y arrebatado.

 Nació en el ánimo de D. Sebastián la idea de conquistar con aquella ocasión á Marruecos, y despreciando las súplicas de paz de Abdemelic, y desoyendo los consejos generosos del rey D. Felipe de España y las observaciones del duque de Alba, que, como tan prudente, procuró con buenos términos apartarle de su propósito, pasó al África. El ejército, aunque fuese bueno, no era bastante para tamaña empresa. Componíanle, según Faria y Souza, diez y ocho mil combatientes, tres mil castellanos aventureros, otros tantos tudescos, novecientos italianos, y portugueses el resto. La gente extranjera era veterana en su mayor parte, y los hidalgos y caballería portuguesa podían ponerse en parangón con los mejores soldados del mundo; pero su infantería, según afirma el historiador Cabrera[25], dignísimo de crédito en todas las cosas de aquel tiempo, era en la mayor parte advenediza, «menestrales, cabreros y labradores, alistados por fuerza». Antes de desembarcar en África, recibió D. Sebastián nueva embajada de Abdelmelic, rogándole que desistiese de ayudar á su rival, y dejase en paz sus dominios, contribuyendo no poco á esta moderación del africano Gaspar Corzo, que estaba en Fez por el Rey Católico. Tomó tierra al fin D. Sebastián en la plaza portuguesa de Arcila, con intento de atacar á Larache, cuatro leguas distante, y se completó el ejército con la gente de frontera, en las fortalezas portuguesas, que fué de gran provecho por su valor en aquella desgraciada campaña. Estaba tan desvanecido el rey, que Cristóbal de Tavora, uno de sus mayores privados, escribió á un amigo «que los encomendase á Dios, que se hallaban en el más infeliz estado de la vida, pues el rey no admitía consejos». Era Abdelmelic, ó el Moluco, que así le llaman nuestros historiadores, quien más derecho tenía al trono, según el pacto de los xerifes, por el cual debían suceder todos los hijos de un rey antes que sus nietos[26], hombre de ingenio además, y gran soldado. Refugiado en Orán, había mantenido con el Rey Católico inteligencias y amistad, que no se interrumpió nunca. Cansado, sin embargo, de esperar auxilios de él para ocupar su trono, se acogió al amparo de los turcos, y hallóse con ellos en varias batallas navales, y en la toma de la Goleta á los españoles. Tal era el enemigo con quien el inexperto D. Sebastián iba á medir sus fuerzas. Detúvose el ejército, sin causa, porque nada esperaba ya, diez y ocho días en Arcila, y al fin marchó tierra adentro en cortas jornadas. Los prácticos querían ir arrimados al mar y apoyados en la armada, representando la falta de vituallas y de experiencia en los soldados; mas no los oyó el rey. Entretanto Abdelmelic había reunido sus fuerzas, que eran superiores á las de los portugueses, aunque no llegasen, como estos aseguran, á ochenta mil hombres sólo de caballería. Estaba el campo cristiano cerca de Alcazarquivir, entre el río Mucacen, que ya había pasado, y el río Lucus. No era posible fortificarse y esperar el ataque, porque sólo llevaban víveres para cinco días; ni retirarse con la artillería delante de un enemigo tan superior, sobre todo en caballos, y los más expertos del ejército aconsejaron que se peleara en el trance en que ya estaban. Eran estos, sin duda, don Alonso de Aguilar, que mandaba el tercio castellano; el capitán Francisco Aldana, que se presentó en el camino al rey con una carta del duque de Alba; los capitanes alemanes é italianos y el mismo xerife Negro, y ninguno de ellos fué oído para disponer la marcha y la batalla. Los capitanes portugueses, valerosísimos, eran todos bisoños, y el rey creía que bastaba para vencer el ardiente valor que lo animaba. Desaprovechóse la ocasión que ofreció la falta de Abdelmelic, que ó envenenado, como dicen unos, ó atacado de enfermedad natural, como otros cuentan, apenas dispuso las cosas para la batalla, comenzó á agonizar en su litera, y allí murió cuando más empeñada se hallaba. Entró en ésta el ejército moro formado en una ancha media luna, para envolver á los portugueses por ambas alas; y el ejército portugués en estrecha y confusa disposición, sin plan ni confianza. Vaciló, pues, la victoria algún tanto, pero al fin se decidió por los infieles, á pesar del valor de los soldados extranjeros y de los hidalgos portugueses, que heroicamente pelearon y murieron, porque, como dice Cabrera, «era infamia donde su rey quedaba muerto, quedar caballero vivo que pudiera referir la pérdida». Fué muerto D. Sebastián al terminarse la batalla, y cuando ya estaba prisionero; murió D. Alonso de Aguilar, murió el valeroso capitán Aldana, murieron casi todos los caudillos portugueses y extranjeros, y el xerife Negro se ahogó en la fuga. El general de la armada, aunque oyó el fuego, nada pudo hacer sino recoger los pocos fugitivos que llegaron hasta la costa. Así acabo aquella infeliz jornada, más largamente descrita, por la importancia que tiene su memoria, de lo que en estos Apuntes se ha acostumbrado hasta ahora[27].

 Sucedió á Abdelmelic su hermano Muley Ahmed, general de la caballería, en el mismo campo de batalla. El primer cuidado del nuevo príncipe fué pasar á Fez, y tomar triunfalmente posesión del trono, llevando el pellejo de su sobrino el Negro embutido en paja. Es singular que este rey, lo mismo que su hermano, que debían sus triunfos en la mayor parte á la hueste de moriscos españoles que los servía, jamás quisiesen guerrear con Felipe II, que los había vencido y expulsado, y que implorasen su amistad constantemente; sin duda tenían formada alta idea de su poder y de su fortuna. Dio Muley Ahmed libertad á D. Juan de Silva, embajador español que acompañaba á D. Sebastián, y envió el cuerpo de éste á Ceuta. Luego en Fez llamó y mandó matar á algunos de los principales alcaides que conspiraban contra su persona; fiando las mayores cosas del gobierno, lo mismo que su hermano el Moluco, de un renegado portugués, á quien llaman Reduan Elche nuestros historiadores. Desde Fez se fué á Marruecos, y allí recibió con mucho amor al valeroso Pedro Venegas de Córdoba, embajador entonces del Católico, el cual medió poderosamente para que se diera libertad á muchos prisioneros, entre otros al duque de Barcelos, heredero de los duques de Braganza, rivales del mismo Felipe II, y más de su nieto, á quien arrancaron por fin la corona portuguesa. Tuvo mucho influjo Pedro Venegas en Marruecos, y Muley Ahmed se avino á tratar bien á los cautivos cristianos, porque prefería á la alianza de los turcos, sus antiguos amigos, la del Rey Católico, y contaba con el furor de los cristianos cautivos para defenderse de las insurrecciones de sus propios vasallos. Prudente y animoso Muley Ahmed, extendió en África su dominio hasta los desiertos de Sahara, conquistando en varias campañas á Tegmarin, Tuat, Tumbctu, Gago y Kukia, con otros puntos de la Nigricia, y llegó á las lindes mismas de Guinea. Hay quien, considerando estas cosas, señale su reinado como la edad de oro del imperio de Marruecos. No le faltó oposición, sin embargo. Un hermano del xerife Negro, llamado Muley el Nazer, refugiado en España desde la batalla de Alcázar, desembarcó en Melilla, é internándose en las montañas, juntó crecida hueste, con la cual osó marchar sobre Fez. A la vista de aquella ciudad se dio una batalla, que duró un día entero, entre Muley el Nazer y Muley-Xeque, hijo del xerife reinante; pero al fin, siendo oportunamente reforzado este último, derrotó al primero, y le obligó á refugiarse de nuevo en las montañas, donde fué muerto por sus capitanes[28]. Tenía repartido el gobierno Muley Ahmed con sus tres hijos, mandando Muley-Xeque en la provincia de Fez; Abú-Fers, en la de Sus, y Muley Cidan, en la de Tedla, mientras él permanecía en Marruecos. Según refiere el docto Fr. Marcos de Guadalajara[29], por los años de 1598 tuvo allí conocimiento Muley Ahmed de que un ministro, llamado Mustafá, andaba pervirtiendo á su hijo primogénito Muley-Xeque, príncipe algo vicioso y poco inclinado á las cosas públicas, por lo cual se dejaba llevar fácilmente de la voluntad ajena. Conoció el sagaz monarca que convenía al reposo de sus Estados deshacerse de aquel ministro mal intencionado, y envió á Fez dos alcaides de su confianza, uno de ellos el de los moriscos andaluces, para apoderarse de su persona. Entonces Muley-Xeque, despechado, lo mandó decapitar en su presencia, y envió en rehenes al rey su padre, para que no desconfiase de su conducta, á su madre Lela Zora y á sus propios hijos. Pero el padre, no contento con eso, le llamó á Marruecos; y él, dándole aparentes excusas, se previno de gente y otras cosas necesarias para la guerra. Muley Ahmed, al saber esto, se puso en camino para Fez en compañía de Muley Cidan, dando en el ínterin á Abú-Fers el gobierno de Marruecos. Salió á las puertas de Fez Muley-Xeque con banderas desplegadas para resistir á su padre; pero al divisar los escuadrones de éste, se puso en vergonzosa fuga, encerrándose con pocos soldados en una devota ermita, no muy lejana. Allí le alcanzó uno de los alcaides de confianza de Ahmed, y á viva fuerza lo prendió y lo remitió con una leve herida á su padre. Este, indignado por lo pronto, aunque humano, lo mandó encerrar en un baño de Mequinez, donde estuvo preso diez meses, bajo la custodia de trescientos moriscos andaluces y un alcaide de la misma nación. Era muy humano Muley Ahmed, y viendo que había habido exageración en lo que de sus propósitos se le dijo, ó llevado de su cariño, que es lo más cierto, envió por él al cabo, y le perdonó, diciendo delante de su corte y de su ejército al estrecharlo en sus brazos: «He aquí vuestro rey.» De esta suerte desvaneció el rumor que había de que pensaba desheredarlo. Lejos de enternecerse Muley-Xeque con estas demostraciones, se negó á entrar en Fez mientras el padre «no hiciese justicia de los que habían sido causa de su discordia». Ahmed, afligido, le mandó volver á su encierro de Mequinez; pero de allí á poco Muley Cidan, que pensaba suceder al padre, desconfiando de su fortaleza, y temiendo que volviera á reconciliarse con el hermano mayor, le dio de regalo un plato de higos emponzoñados, que le causaron la muerte. Así acabó, corriendo el año de 1603, aquel buen príncipe, que gracias á sus conquistas tuvo más tesoros que ninguno de sus predecesores; se cuenta que había siempre á las puertas de su alcázar millares de hombres empleados en batir moneda; todo era fiestas y placeres, todo regocijo en su reinado. Los desconocidos soberanos del África central le pagaban tributo, y él mantenía embajadas y comunicaciones con muchos reinos de Europa. Era muy amigo de las ciencias, y en especial de la astronomía. En todos conceptos, en fin, Muley-Ahmed merecía gobernar una nación más culta.



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XII


SIGUIÓSE Á LA MUERTE de Muley Ahmed, ocurrida en 1603, un período de división casi constante en el imperio. No dejó detrás de sí ningún pariente varón que pudiera disputar la corona á su descendencia, porque Muley Nazer, hermano del xerife Negro Muley Moahammed, murió, como queda dicho, después de vencido; y el hijo de éste, Muley-Xeque, que había acompañado también á D. Sebastián de Portugal en la triste jornada de África, aunque no se halló por dicha suya en la batalla, por haberle enviado en tanto á la parte de Mazagán su padre, de vuelta á España abjuró la religión mahometana, y se olvidó de su país por completo. Este es aquel infante de Marruecos ó príncipe Negro, ahijado del príncipe que luego se llamó D. Felipe III, que fué conocido con el nombre de D. Felipe de África ó de Austria; diósele hábito y encomienda de Santiago con que viviese, y tratamiento de grande. Lope de Vega escribió en honra suya y del valeroso fin de D. Sebastián, una comedia famosa; y, aunque mulato y moro, fué muy estimado aquel príncipe entre los caballeros de España, y él cumplió como bueno con su patria adoptiva, muriendo en Flandes, donde pasó á servir en nuestro ejército[30]. Tampoco dejó empeñada Muley Ahmed ninguna guerra extranjera, porque los bárbaros del centro del África estaban vencidos y sojuzgados, y después de la victoria de Alcazarquivir, nada había querido emprender contra los cristianos, ni siquiera la reconquista de las plazas portuguesas que muchos de sus alcaides le proponían, creyéndola fácil después del desastre ocurrido. Luego la corona portuguesa vino á poder del monarca español, y con ella las plazas de Ceuta, Tánger y Mazagán, que aún poseían nuestros vecinos, porque Arcilla, abandonada ya hacía algunos años, y cobrada sólo por D. Sebastián para hacer más fácil la jornada, no se conservó después. Muley Ahmed perseveró hasta el fin en la amistad de los españoles, y éstos, por su parte, tampoco pensaron en turbar la felicidad de su reinado. Pero la paz interior y exterior, que había sabido conquistar y conservar Muley Ahmed, desapareció de repente á su muerte. Proclamóse el parricida Muley Cidan con gran pompa por soberano en Fez, y en seguida envió un renegado de confianza que le servía de barbero á Mequinez, con gruesas sumas de dinero, á fin de que sedujese á los alcaides que guardaban en Mequinez á Muley-Xeque, y entregasen al príncipe preso en sus manos. Respondieron al renegado los alcaides que Muley-Xeque «era su rey natural[31] después de la muerte del padre, y ellos tan leales, que por nada del mundo entregarían á su señor». Al mismo tiempo los soldados marroquíes, acampados á las puertas de Fez, esperaron á que éstas estuviesen cerradas, y se volvieron sin ser sentidos á sus casas. Parece, pues, que á pesar de la ley ó pacto de los xerifes, y de los frecuentes cambios de sucesión que se ven en toda la historia del Mogreb-alacsa, la opinión y el sentimiento general reconocían de consuno el derecho de primogenitura y aun el de representación, de suerte que no se tenía por legítimo más que al hijo mayor del difunto monarca y su primer representante, aunque los tíos y hermanos les usurpasen tan repetidamente el cetro. Mas por de pronto de nada sirvió á Muley-Xeque su derecho y la fidelidad de sus alcaides. Su hermano menor Abúr-Fers lo sorprendió al tiempo de ponerse en salvo con algunos caballos, y lo volvió á tener cautivo á la disposición del usurpador Muley Cidan, con quien estaba unido. Fortuna grande fué para Muley-Xeque que no durase esta unión mucho tiempo, y que el ambicioso Muley Cidan aspirase á despojar á Abú-Fers del gobierno de Tedia, porque éste, despechado, no sólo le dio libertad, sino que le ofreció ayudarle á recobrar la corona. Era Abú-Fers de ánimo tímido, y por lo mismo se encargó Muley-Xeque del mando de las armas. Marchó éste con cinco mil infantes y tres mil caballos en busca de Muley Cidan, y encontrándose ambos hermanos á tres jornadas de Marruecos, orillas de un río llamado Morchea, hubo una gran batalla, en la cual no pocos alcaides de Cidan se pasaron al Xeque, y aquél fué completamente vencido, aunque peleó con esfuerzo muy señalado. Huyó Muley Cidan del Mogreb, y no paró hasta Turquía, y en el ínterin Abú-Fers urdió una conspiración para volver á poner en prisión al vencedor Muley-Xeque. Pero éste, avisado á tiempo, desamparó el ejército, seguido sólo de los fieles moriscos andaluces y de algunos alcaides, y se recogió en Fez, donde fué recibido en triunfo.

 Gobernaron por algún tiempo los dos hermanos pacíficamente el imperio, en Marruecos el uno y el otro en Fez, pero sin que Abú-Fers cesara de tender lazos á Muley-Xeque para quedarse con todo. Al fin, desembozándose, y alegando diversos pretextos, envió un ejército contra Fez, compuesto de siete mil infantes y ocho mil caballos, al mando de su hijo Abdelmelic, mancebo brioso de diez y ocho años. Tenía Muley-Xeque un hijo de diez y nueve, llamado Abdallah, que Abú-Fers había tenido en su poder mucho tiempo, hasta que pudo escaparse un día y reunirse en Fez con su padre; á éste encomendó el mando de un ejército de tres mil caballos y seis mil infantes para ir al opósito de su primo. Juntáronse los campos entre Fez y Mequinez, y tuvo lugar un combate indeciso, después del cual los dos primos se retiraron con mucho orden á sus provincias respectivas. Pero en esto Abdelmelic murió de peste, y Abú-Fers tuvo que tomar el mando de su ejército. Marchó contra él Abdallah, después de reorganizar sus fuerzas, y á la vista de Marruecos le presentó la batalla, que fué larga y empeñada, aunque al fin venció el de Fez, y Abú-Fers, sin entrar en la ciudad, corrió despavorido á refugiarse en las montañas de Sus. Abdallah entró en Marruecos, y mandó decapitar á once alcaides que, después de haber jurado á Muley-Xeque, seguían el partido de su hermano. Escandalizó mucho á los marroquíes este hecho, y más que los alcaides hubieran sido sacados violentamente de las mezquitas; y como había una antigua y peligrosa rivalidad entre los vecinos de Fez y los de Marruecos, sobre cuál de estas ciudades había de ser capital del imperio, determinaron los vecinos de la última ciudad rebelarse contra Abdallah y los de Fez que formaban el núcleo de su ejército. Para ejecutarlo, enviaron emisarios á Muley Cidan, que vuelto de Turquía, andaba á la sazón levantando la provincia de Tafilete, y le pidieron que viniera á ponerse á su cabeza. No se hizo de rogar el Cidan, y reuniendo mil quinientos infantes y cuatro mil caballos, se presentó de improviso delante de Marruecos, con lo cual los vecinos tomaron las armas, y todos juntos acometieron á Abdallah, que no pudiendo defenderse por la sorpresa, huyó seguido de algunos renegados; y los marroquíes hicieron una horrible matanza de fezenos. Clamó venganza la ciudad de Fez al saberse estas noticias; juntáronse hasta cuatro mil infantes y tres mil caballos con sesenta cañones, y á las órdenes de Abdallah marcharon de nuevo sobre Marruecos. Envió contra ellos Muley Cidan á un renegado, de nombre Mustafá, con veinte mil hombres de á pie y á caballo y treinta cañones, el cual fué derrotado por los fezenos. Entonces el mismo Muley Cidan presentó batalla á su sobrino en los llanos de Rezalaim, á cinco millas de Marruecos, con unos trece mil hombres y mucha artillería, y fué también vencido con extraordinaria matanza de los marroquíes, con lo cual huyó él á Sus, y la ciudad abrió sus puertas.

 No abusó Abdallah esta vez de la victoria, y se mantuvo en Marruecos en paz hasta que apareció un Morabito, nieto de una hermana del Moluco y del magnánimo Muley Ahmeh, y del mismo nombre que éste, el cual, saliendo de la sierra donde vivía en penitencia, comenzó á predicar contra los xerifes y á exhortar á las cabilas y aduares á no pagar los crecidos tributos que por causa de la continua guerra pesaban sobre ellos. Fué contra los sublevados, de orden de Abdallah, un alcaide, llamado Ali-Gutiérrez, el cual los venció en muchos encuentros; pero reforzándose sin cesar los alarbes, derrotaron al fin á algunos caudillos de los de Fez, y éstos, cargados de riquezas y atemorizados por la antipatía que inspiraban en todo el país, comenzaron á volverse á su tierra, dejando desamparado á su príncipe. Quedaron sólo con Abdallah los moriscos andaluces, los renegados, y su madre, hermanos y mujeres, y con esta comitiva emprendió de nuevo pesaroso el camino de Fez. La ciudad de Marruecos abrió al punto sus puertas al morabito Muley Ahmeh, el cual reinó en ella tres meses, hasta que Muley Cidan, que estaba refugiado en Jarudante, vino sobre él, lo derrotó y ocupó de nuevo su trono. En el ínterin Abú-Fers, cansado de errar solo por las montañas del Sus, se presentó de improviso en Larache, donde se hallaba Muley-Xeque, su hermano, y le prestó homenaje. Recibió el Xeque á su mal hermano con la humanidad que solía; y aprestando por aquel tiempo un nuevo ejército, lo envió con su hijo Abdallah contra Cidan y Marruecos. Esta vez volvió la espalda la fortuna al siempre victorioso mancebo, que era muy inferior en fuerzas á su tío, y á dos jornadas y media de Fez, en las márgenes del Buregreb, fué derrotado. En seguida el renegado Mustaíá, general de Cidan, se apoderó de Fez, y Muley-Xeque tuvo que refugiarse en Larache. Desde alli, persuadido por un genovés llamado Juanetin Mortara, de la buena voluntad que tenía de protegerle el Rey Católico, se embarcó para España, dejando encomendada á Abdallah la defensa de su causa.

 Residía este Juanetin Mortara hacía algún tiempo en Fez, donde disfrutaba de la confianza del xerife. La corte de España, que estaba muy preocupada por entonces con la importancia de ocupar á Larache, mantenía negociaciones constantes por su medio con Muley-Xeque, ofreciéndole amistad y seguridades, mientras se proporcionaba ocasión de sorprender la plaza ó de obtenerla por cesión de los moros. Oyó de buen grado el Xeque las promesas de amistad del Rey Católico, y Juanetin le respondió hasta con su cabeza de que no sería acometido por las armas cristianas durante las guerras civiles que sostenía. Pero en el ínterin se disponía en España una armada, y el marqués de San Germán se presentó en Larache, comenzó á desembarcar gente, y se habría apoderado de la plaza á no sobrevenir temporales, y hallarla más prevenida que pensaba. Debió Juanetin á la clemencia del Xeque el no pagar con su cabeza la torpe dirección que habían dado al negocio los ministros de Felipe III; pero fué encerrado en una mazmorra, donde estuvo hasta que, victorioso Muley Cidan, recordó el Xeque los partidos que en otro tiempo le había hecho el rey de España. Volvió entonces á verse con Juanetin, y como Mustafá enviase gente á prenderla al propio tiempo, no tuvo más remedio que ponerse á merced del agente español, el cual, después de mil singulares trabajos, lo condujo á España. Desembarcó Muley-Xeque en el pequeño puerto de Villanueva de Portiman, en los Algarbes, y allí fué el conde del Castillo D. Bernardino de Avellaneda, asistente á la sazón de Sevilla, á visitarle, y le trajo por agua á las inmediaciones de Sevilla, en las galeras de Portugal, que gobernaba D. Luis Bravo de Acuña. Vino, en efecto, Muley acompañado de Mortara, y después de asistir á un espléndido banquete cerca de Sevilla, se alojó en Carmona, donde esperó las resoluciones del Rey Católico. Ya un cierto Mr. Sansón había querido atraerle en Portugal al partido de su nación, ofreciéndole para recobrar el trono la ayuda de cien aventureros franceses[32]; pero Muley, aconsejado por Juanetin Mortara, desechó las proposiciones, que se supone que eran bajo mano de Enrique IV, y aceptó las de España, que se reducían á que pusiese á Larache en nuestro poder mediante doscientos mil ducados y seis mil arcabuces, que al cabo no hubo que pagar del todo, dejando en rehenes en el ínterin sus mujeres y tres hijos suyos. Fueron largas y muy complicadas las negociaciones antes de llegar á concertarse en la entrega de Larache, porque el xerife, cada vez que recibía noticias favorables de África, comenzaba á cejar de sus compromisos, estimulado por los alcaides que lo acompañaban, y que con loable previsión y patriotismo, ni aun en trance tan duro opinaban por dar la plaza á los cristianos[33]. Pero habiendo cedido todos al fin, partió Muley-Xeque de Carmona, y en Gibraltar se embarcó en las galeras de Portugal, que le transportaron á la costa vecina de nuestra fortaleza del Peñón, donde plantó sus tiendas. Sus hijos y mujeres fueron enviados á Tánger. Entretanto, su hijo Abdallah, abandonado de todos, habia tenido que refugiarse en Melilla; pero animado luego por su tío Abú-Fers, y con la ayuda que le dieron los deudos de una mora, con quien acababa de casarse, se puso de nuevo en campo con sólo ochocientos caballos, y venciendo á Mustafá en un combate, entró triunfante en Fez, llevando encadenado al renegado vencido á la cola de su caballo. Pocos días después, ó su tío Abú-Fers conspiró contra su padre, ó Abdallah se imaginó que conspiraba, y el caso fué que entrando el airado mozo en su aposento acompañado de dos renegados y un eunuco, lo ahogó con su propio turbante. Con esto y la fama de las riquezas que de España traía Muley-Xeque, se levantó de nuevo su partido y acudió infinidad de gente á visitarle en la playa de Vélez de la Gomera, donde tenía su campo. Allí estuvo muchos días luchando con el deseo de cumplir su palabra por una parte, y por otra con la oposición de todos sus alcaides y de su propio hijo Abdallah, que estaba apoderado del imperio. Fué menester pensar en desposeerlo; y Juanetin Mortara logró con su astucia que se declarasen contra él todos los alcaides, y que su padre les ordenase echarlo de Fez. Refugióse Abdallah en las sierras, y temiendo que el padre, poco apto para la guerra, echase mano de su hermano Yahia para ponerlo en el lugar que había él ocupado hasta entonces, sin reparar que era su compañero, y que aun en aquella tribulación le seguía, le degolló inhumanamente, y publicó él mismo la noticia por el imperio. Era esto á la sazón que Muley Cidan reunía ejército contra Muley-Xeque en Marruecos, dándole el mando á su hermano Abdelhamed, mozo de grandes alientos. Muley-Xeque, aunque afligido y desesperado por la muerte de Yahia, á quien quería en extremo, tuvo que resignarse á oir los consejos del mismo Mortara, y otorgar en galardón á la bárbara astucia de Abdallah el mando de sus tropas. Con ellas fué éste sobre Abdelhamed, que lo juzgaba todavía fugitivo, y lo derrotó completamente, volviendo á entrar en triunfo en Fez. Muley-Xeque en esto se había venido por las sierras del Rif, acompañado de Juanetin Mortara, desde el Peñón hasta los llanos de Tetuán, y desde allí, seguro ya de Abdallah, cumplió la palabra empeñada, enviando dos alcaides de su confianza á Larache, los cuales entregaron tranquilamente los castillos y la plaza al marqués de San Germán D. Juan de Mendoza, que la ocupó con nueve galeras y tres mil hombres. No habían faltado impaciencias y desconfianzas por nuestra parte, y el de San Germán había amagado la plaza más de una vez inútilmente y había esperado en la mar, vagando de una á otra costa, por algún tiempo la entrega. Recibió tras esto el Xeque los tres hijos que tenía dados en rehenes; y habiendo reducido al paso la ciudad de Tetuán, que estaba alzada, y hecho huir á las sierras al rebelde Xeque Naccis que la gobernaba, parecía que iba á quedar otra vez poseedor de su reino. No disfrutó, sin embargo, de tranquilidad por mucho tiempo. Al llegar aquí sobreviene de nuevo la obscuridad, y no se hallan más que noticias sueltas de los acontecimientos.

 Luis Cabrera refiere en el libro titulado Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España, últimamente dado á luz, que á primeros de Ocubre de 1513, tres años después de la entrega de Larache ó Alarache, murió de herida de azagaya Muley-Xeque en Alcázar, donde residía por orden, según se decía, de Muley Abdallah, su hijo, el cual estaba retirado en Fez por no tener con qué hacer la guerra. Gil González Dávila, en su Teatro de las Grandezas de Madrid, afirma que, «tratándose de la restitución ó restablecimiento en el trono de Muley-Xeque, un moro traidor y mal vasallo suyo, llamado Golife, le mató en su tienda, cerca de Tetuán, con que cesó lo que se había prometido». Parece, pues, que el cumplimiento de su palabra y el rescate de sus hijos con la entrega de Larache, le costó la vida á aquel príncipe tan rebelde á su buen padre, y tan bondadoso él mismo por todo el resto de su vida. Tratando de la muerte de Muley-Xeque, dice también Cabrera[34] que, al mismo tiempo que el victorioso Abdallah estaba en Fez sin emprender cosa alguna, el Morabito había recobrado á Marruecos, obligando á Muley Cidan á refugiarse en las montañas, de donde salía sólo á hacer la guerra de asaltos y correrías. Debió esto durar poco, si fué cierto, porque, no mucho después que murió Muley-Xeque, hallamos al Cidan ocupando solo el imperio. El P. Guadalajara, conjetura que el descontento de los moros por la entrega de Larache le impidió al mismo Adballah suceder á su padre. Supónese que aquel incansable y valeroso príncipe se refugió, después de vencido una vez más, en Sus, perseguido por Muley Cidan; y allí comenzó á propalar profecías y hacerse el santo entre los rudos naturales, tocando un adufe por los aduares y llamando los verdaderos creyentes á sus banderas, hasta que reunió un corto escuadrón de soldades, con el cual renovó la guerra. Fuéle al principio favorable la fortuna y derrotó á un capitán de Muley Cidan, apoderándose de la ciudad de Agher. Pero no tardó en revolver su tío Muley Cidan sobre él, con tan poderoso ejército, que al fin lo deshizo y le dio muerte; hombre éste Abdallah cruel, pero valiente y sagaz como el que más de los que tuvieron fama de grandes en su tiempo. Atribuyese la superioridad que tomó al fin Muley Cidan sobre sus rivales[35] al auxilio que le dieron doscientos aventureros ingleses, que un cierto Juan Gifford gobernaba. De los demás hijos de Muley-Xeque, que vinieron á España con él, nada se sabe de cierto. Entretanto, no cesó por parte de Muley Cidan y de Felipe III la enemistad, nacida del auxilio que este rey prestara á Muley-Xeque. De esta enemistad se originó en los moriscos, rebelados al llevarse á efecto el duro decreto de su expulsión, la loca idea de proponerle que pasase á España y, con ayuda de ellos, la conquistase. Oyó el Cidan con indiferencia este partido desesperado, y se contentó sólo con estimular á sus súbditos á que se ejercitasen en la piratería contra los españoles. Hubo necesidad, pues, de vigilar las costas marítimas, y en 1611 D. Rodrigo de Silva y Mendoza, comendador de Martos, apresó cuatro navíos de corsarios, que, por cuenta de Cidan, andaban robando; quemó tres de ellos y conservó uno muy grande. Pocos meses después, corriendo la mar de Berbería D. Pedro de Lara, tropezó junto á Salé con dos navíos, y peleando con ellos por no haber querido darse á partido los rindió, hallándose, entre otras cosas, más de tres mil volúmenes en lengua árabe de varia erudición y doctrina. Léese en la Misión historial de Marruecos una carta dirigida al rey don Felipe IV por Muley-Xeque, uno de los hijos de Muley Cidan, donde el príncipe moro manifiesta que «en un navío francés cargó el rey su padre, los tiempos pasados, en el puerto de Saffi, para que fuese á Santa Cruz, muchas cosas y piezas de valor y estimación, y, entre otras, una gran cantidad de libros; y que el dicho francés hizo con ello traición, y quiso Dios, para su castigo, que lo tomasen los españoles». Sea que el francés pretendiese robar los libros, y que á él se los quitasen los nuestros, considerándole como pirata ó súbdito marroquí, sea que las naves fuesen marroquíes, y dos en vez de una, como se creyó en España, lo cierto es que sintió mucho Muley Cidan esta pérdida y ofreció dar hasta setenta mil ducados por su rescate; pero Felipe III le envió á decir que sólo daría los libros en cambio de la libertad de todos los cautivos que se hallaban en su reino. Pareció que consentía el moro en la demanda; pero, como las guerras en que anduvo empeñado no le permitieron ejecutar lo que se le pedía, fueron al fin transportados los libros á la biblioteca de El Escorial. Al mismo tiempo, para impedir á los corsarios marroquíes la navegación del Océano, meditaba nuestra corte la conquista de la Mamora, fortaleza hoy destruida y situada no lejos de El-Araisce ó Larache. Encargóse la expedición á don Luis Fajardo, capitán general del mar Océano, con seis mil quinientos hombres de desembarco que transportó en noventa y un bajel y muchos capitanes de nombre, entre los cuales se contaban el conde de Elda, que gobernaba las galeras de Portugal, y el duque de Fernandina, que tenía el mando de las de España; el maestre de campo Jerónimo Agustín, el famoso Cristóbal Lechuga, que hacía de mayor general, y el ingeniero Cristóbal de Rojas.

 En Agosto de 1614 se presentó la escuadra delante de la Mamora. Habían echado los moros tres barcos á fondo en la entrada de la ría para impedir el paso, y no fué posible arrimarse á la playa en algunos días por el mal tiempo; así es que, cuando ya fué posible el desembarco, había acudido alguna gente mora á impedirlo. Sin embargo, los duques de Elda y de Fernandina barrieron con sus galeras la playa, y, al abrigo de sus fuegos, saltaron en breve tiempo á tierra hasta dos mil soldados con pérdida de uno solo, y se formaron en escuadrón. Marcharon en seguida sobre el fuerte que defendía la ría, y se entró con poca resistencia. El almirante Vidazábal, entretanto, para distraer á los moros, cañoneó á Salé; y los demás buques de la escuadra destruyeron los corsarios, no sólo berberiscos, sino aun de aventureros europeos que había ocultos en aquellas ensenadas. Comenzóse en seguida á fortificar una eminencia y á ocupar bien el lugar, y se pidieron con urgencia refuerzos á España. Conmovióse todo el reino con esta nueva, y así de Andalucía como de Murcia, y especialmente de Madrid, salió la flor de la nobleza para la Mamora, y «fueron tantos, dice Luis González Dávila, que ninguno se atrevió á quedar en la corte, teniendo por cosa vergonzosa estar en ella cuando las armas de su rey entraban victoriosas en África»[36]. Pero ni merecía la ocupación de una pequeña cala y un fuerte insignificante tanto entusiasmo, ni del que hubo se sacó fruto alguno. Salió el general con la gente de refuerzo al campo varias veces y ahuyentó á los moros, que en poco número se le oponían, porque Muley Cidan, ocupado en otras cosas, no pensó en recobrar lo perdido. Luego la escuadra y los aventureros se volvieron á España, y el fuerte quedó encomendado á una corta guarnición como las demás plazas de África. Dio motivo el año de 1619 para otra expedición, emprendida con el fin de socorrer á Larache, que un cierto Muley Mohamed, levantado contra el Cidan, tenía intención de sitiar, según parece. Encomendóse la escuadra á don Antonio de la Cueva, teniente general de las galeras de España, el cual, no contento con dejar en la plaza los bastimentos y gente que llevaba, atacó y destruyó en el puerto de Arcila dos naves moras de guerra y algunas mercantes; hizo huir á otras y cañoneó las murallas de la ciudad con grande estrago, dando libertad á algunos ingleses que andaban por allí cautivos. Al volver á España tropezó con otro navío moro y lo obligó á embarrancar en la costa, donde lo quemó, poniendo en libertad á otros cautivos holandeses[37]. Tales derrotas no desanimaron á los marineros mauritanos, con los cuales se juntaban piratas y aventureros cristianos, franceses, holandeses y aun ingleses. Llegó á punto la insolencia de los marineros de Salé, singularmente, que tanto maltrataban ya á los moros pacíficos que hacían el comercio de aquellas costas, como á los españoles y demás europeos, y Muley Cidan tuvo al cabo que poner mano en ello, enviando á Carlos I de Inglaterra una embajada magnífica[38], para pedirle ayuda con que exterminar á los piratas. Diósela de buena voluntad el rey Carlos, interesado por el comercio; y secundado por los bajeles ingleses, Muley Cidan tomó á Salé y condenó á muerte á todos los piratas que la habitaban. Muley Cidan, que tan duramente los castigó, los había alentado mucho hasta entonces, y en 1623, según el Mercurio francés de aquel año, ajustó un tratado con los holandeses, que ya lo tenían hecho igual con los demás potentados berberiscos, para piratear juntos ó combatir, según decían, á los comunes enemigos[39]. De creer es que los saletinos, cuando Muley Cidan los exterminó, se hubiesen ya declarado independientes de su soberanía. Por último, corriendo el año de 1830, le sobrevino la muerte á Muley Cidan, que tantas y tan largas contrariedades había experimentado en su vida, y en las cuales mostró que no le faltaban ni constancia ni otras prendas de valía.

 Desde esta fecha en adelante vuelve á aclararse la historia del Mogreb-alacsa, merced especialmente al libro, citado antes, que se intitula Misión historial de Marruecos, compuesto por Fr. Francisco de San Juan del Puerto, fraile de las misiones y testigo de muchos de los hechos que refiere. Tres hijos de Muley Cidan le sucedieron uno tras otro en el reino. El primogénito Abdemelic era cruel de naturaleza, pero se hizo al fin muy amigo de los cristianos. Por aquel tiempo, las relaciones entre éstos y los habitantes de Mogreb-alacsa eran frecuentísimas, y bien encaminadas habrían podido dar pacíficos, pero copiosos frutos. Durante el reinado de Muley Cidan y los de sus hijos, los ingleses no cesaron de mantener comunicaciones con los marroquíes. También los holandeses hemos visto que hacían causa común con ellos. Pero los que más influían naturalmente en el Mogreb eran los españoles y portugueses. En la infausta batalla de Alcazarquivir hubo un escuadrón de renegados que pelearon furiosamente; y era renegado portugués Reduán, el principal ministro del Moluco, y renegados fueron antes y después muchos de los mejores caudillos que gobernasen las huestes moras. El gran número de prisioneros portugueses que quedó en todo el Mogreb después de la jornada, hidalgos muchos de ellos y gente de cuenta; las embajadas benévolas de Felipe II, los viajes de algunos xerifes á España y á las posesiones españolas, y el común conocimiento que había de la lengua castellana por causa de los muchos moriscos allí refugiados, hicieron que los moros se acostumbrasen al trato de sus vecinos cristianos y olvidasen por algunos años la esquivez con que solían mirarlos desde la expulsión de los príncipes africanos de la Península. Contábase entre los prisioneros de Alcazarquivir un fraile agustino, llamado Fray Tomás de Jesús, hombre de piedad y entereza, el cual, viendo que sólo en Marruecos ascendían á dos mil los cautivos cristianos, comenzó á ejercer entre ellos su ministerio, y renovó las misiones extinguidas en tiempo de los xerifes primeros, de las cuales queda alguna reliquia notable todavía. Sucedieron á Fr. Tomás en las misiones, después de su muerte, algunos otros sacerdotes, los más de los cuales fueron martirizados sin piedad por los moros, y aun el mismo Abdelmelic mandó matar varios al comienzo de su reinado, en venganza, según dicen, de no haber podido recobrar, como intentó, la plaza de la Mamora. Pero aconteció que Abdelmelic se baldó de un brazo y no halló quien le curase en todo su imperio, hasta que le dieron noticia de un médico español que había cautivo, de nombre Andrés Camelo, y natural de la villa de Conil, en Andalucía, el cual tuvo la habilidad y la fortuna de dejar sano al príncipe en poco tiempo. Pidió Camelo en recompensa, ya que la libertad no quería dársela, que permitiera el rey venir á Marruecos á su mujer y tres frailes españoles; y Abdelmelic dio permiso y seguro para ello. Fué ya el bárbaro príncipe amigo de los españoles hasta su muerte, pero no de otros extranjeros, porque generalmente, así como quería bien á los renegados, detestaba á los que no profesaban el culto mahometano, de que él era observador muy celoso. Se cuenta que, habiendo hecho despedazar por sus leones, ó mutilar, á algunos franceses cautivos, el embajador de esta nación se quejó agriamente á la Puerta Otomana, considerando como dependientes suyos á los príncipes mauritanos. Irritóse Abdelmelic al saberlo, de tal suerte, que juró matar al primer embajador ó agente que le enviasen los reyes de Francia. Estos, después de las inútiles tentativas que habían hecho para influir en el Mogreb-alacsa en tiempo de nuestro protegido Muley-Xeque, no habían cesado de mantener algunos tratos ó inteligencias con los moros, á fin de mejorar la condición de su comercio y de sus súbditos, maltratados constantemente en las costas berberiscas. Acertó á presentarse en Marruecos, poco después del juramento de Abdelmelic, Mr. Sansón, el mismo tal vez que se acercó en Portugal á Muley-Xeque, y antes de darle audiencia hizo el monarca moro esconder en el vecino aposento un verdugo con el fin de mandarlo decapitar si se daba por enviado del rey de Francia; pero el astuto francés, advertido á tiempo por un renegado de su nación, desvaneció sus sospechas fingiéndose comerciante, y así pudo marcharse en salvo, pero sin obtener de su comisión fruto alguno[40]. Para comprender la cólera que en este caso experimentó Abdelmelic, hay que tener presente que él fué el primero que tomó el título de Sultán ó emperador de Marruecos, Fez, Sus y Tafilete, que desde entonces se ha solido dar en Europa á sus sucesores, aunque en España sólo el dictado de reyes de Marruecos y de Fez se les continuó dando como antes, y así se ha observado generalmente hasta nuestros tiempos. Murió el Sultán Abdelmelic á manos de unos renegados, que, hallándose recostado, al descuido, en unas almohadas en palacio, le asesinaron de orden de su hermano Muley el Valid, que aspiraba al trono.

 En virtud de esta forma de sucesión tan frecuente en el bárbaro imperio, Muley el Valid se hizo luego aclamar por el pueblo, y su primer acto fué mandar arrastrar por las calles el cadáver de su hermano. Acababan de llegar por entonces los frailes españoles que había llamado Abdelmelic á Marruecos, y no les costó poco trabajo ser admitidos. Sin embargo, consiguieron que Abdelmelic los tolerase, y el influjo europeo ejercido por ellos y los renegados se dejó sentir aún por algún espacio de tiempo, logrando al fin el francés Mr. Sanson ajustar un tratado con el nuevo príncipe. No bien empuñó éste el cetro, comenzó á vejar y perseguir á sus vasallos, juzgando que se afirmaría en el trono más por el rigor que por la blandura. Desenfrenó sus iras especialmente contra los que antes de ser rey no lo atendieron como á tal, y después en todos los que no acertaban á lisonjearlo, sin que se viesen seguros de sus tiranías ni sus domésticos, ni sus mayores amigos. Luego empezó á hostigar á los pueblos, cobrando más tributos de los que sus leyes permitían, la costumbre de sus antecesores había usado y la cortedad de los naturales podía ofrecer, pareciéndole que, empobrecidos éstos, no tendrían alientos para resistirle. Estancó los géneros, y se hizo mercader de los víveres más necesarios al consumo, pregonando castigos para los que osasen venderlos ó comprarlos hasta que él hubiese alcanzado su ganancia; y al propio tiempo no vendía él sus géneros hasta que la necesidad pasaba de extrema, y entonces ponía el precio más acomodado á su codicia. Esta tiranía le granjeó el nombre de Rey de la hambre. Entregóse á la par á las obscenidades más torpes, siendo generalmente tan crecido el número de concubinas, como hermosas vasallas le noticiaban los lisonjeros; y, en fin, debajo de una mal compuesta hipocresía, encerraba los mayores vicios.

 De día en día más cruel, quitó la vida á su hermano menor Muley-Ismael, á dos sobrinos y á siete xerifes, que era de quien podía recelar que le disputasen el trono. No había ya en la corte en quién castigar sus miedos, ni de quién sospechar, si no era un hermano suyo de edad de diez á once años, llamado Muley Mohamed-Xeque, hijo de Muley Cidan, su padre, y de una renegada española. Curiosa é interesante es, por demás, la relación que hace el autor de la Misión historial de las persecuciones de este príncipe, que ocupó al cabo el trono de Marruecos. Eran los padres de la renegada buenos cristianos; cautiváronlos los moros, y así murieron muy ejemplarmente. Quedó huérfana la niña, y aunque otras cautivas la procuraron albergue y criaron en la ley de Cristo, no pudieron ocultarla tanto que no llegase á Muley Cidan la noticia de su belleza. Mandó al punto que se la llevasen, y, aficionado de su hermosura, la solicitó con cariños, para que, dejando su ley, se hiciese mora, siendo el desposorio segura expresión de su agradecimiento. Resistióse la niña varonilmente, despreciando sus ofertas; pero, entrándola por fuerza en la real clausura, la vistieron el turbante, y, luego que tuvo edad, la recibió al fin Muley Cidan por esposa. Tal fué el origen que tuvo Mohamed-Xeque. Reunía el tierno xerife buenas prendas naturales, y estaba muy bien educado por su madre, como criada entre gente cristiana. Dejábase comunicar con cariño de algunos de los súbditos, y como era hermoso, y al rey lo aborrecían muchos por sus crueldades y vicios, no faltaba quien le mirase ya con esperanzas de que él había de aliviar de aquella servidumbre al imperio. Este cariño que inspiraba el niño no se le ocultaba al Valid, y, sacando por consecuencia su ruina, se propuso darle la muerte. Descubrió estos depravados intentos á algunos de los suyos, los que le pareció de mayor confianza; pero como todos querían bien al niño no tardó en ser delatado á la madre, que vivía aún, y dos tías, hermanas de su padre, mujeres de un corazón determinado.

 No era dudoso el éxito de la contienda desde que las hermanas de Muley el Valid se declararon contra él, y en pro de su sobrino Muley-Xeque, porque era pusilánime el sultán cuanto ellas determinadas, y tan despreciado y aborrecido estaba él, como ellas queridas y honradas. Exigieron al Valid que les entregase al sobrino para tenerlo en custodia, y no osó aquél negarse á su deseo, aunque á condición de que vigilaría su conducta un viejo esclavo negro, en quien tenía él gran confianza. En esta conformidad corrió algún tiempo, sin permitir las tías que el prisionero saliese á los divertimientos propios de su edad, porque sabían bien que el rey su hermano acechaba la ocasión para matarlo. Algunas veces, ciego de cólera, entró el Valid en la prisión, determinado á ejecutar por sus manos la muerte deseada; pero como las tías espiaban sus pasos, se prevenían con tiempo para la resistencia con singular celo, teniendo escolta suficiente prevenida para cualquier lance, y con tal valor una de ellas, que no se le caían de la cintura dos pistoletes y una gumía turquesca. En el ínterin continuaba el Valid maltratando á sus vasallos, y aun llegó á atropellar indiscretamente á los de su guarda, que eran renegados, y de quien sólo fiaba la seguridad de su persona. Ofendió á unos, quitó la vida á otros, y á todos les negó el corto salario que el servicio real les concedía. Comenzó con esto á divulgarse por el país el rumor que precede de ordinario á las revoluciones, y, si no le negaban ya absolutamente la obediencia, al menos ponían muchos en cuestión si se la debían. No desaprovecharon las tías, como mujeres sagaces, la coyuntura que se les ofrecía, y se determinaron á solicitar la muerte del tirano, para poner en su lugar al sobrino, que ya contaba diez y seis años. Descubrieron su propósito al criado negro que las vigilaba, el cual tenía ya más amor al niño Muley-Xeque, que fidelidad á su tío, y así pudieron valerse de su experiencia y cautela para tentar el ánimo de los renegados que guardaban al rey, prometiéndoles de su parte buenas dádivas, y de parte del rey futuro honores y conveniencias. Hallóse un renegado, muy valeroso y dispuesto á cualquier atrevimiento, llamado Mohamed, hijo de un portugués y de una mujer de Córcega, buenos católicos, que, habiendo muerto en la esclavitud, dejaron aquel hijo pequeño, hecho moro, como tantos otros, por fuerza. A éste envió Muley-Xeque, para que ejecutase la acción, dos pistoletes y su misma gumía; y él buscó para que le ayudasen á otros tres renegados, franceses de nación y mozos de bríos. Un día que Muley Valid mandó llamar á tres asesinos, que tenía dispuestos para acabar de una vez con el sobrino, el paje á quien encomendó esta misión, y que estaba ya ganado por sus enemigos, buscó á los cuatro renegados, que no andaban lejos, acechando ocasión, y les dijo cómo el rey quedaba solo en el Mexuar, que lograsen el tiempo, y que él iría con pasos perezosos á hacer la diligencia que le mandaba. Con esta noticia se abalanzaron los renegados á la estancia, y al verlos llegar el Valid, en mal formadas voces les dijo: «¿Qué es lo que queréis de mí?» Dio la respuesta la boca de un pistolete, pero tan mal apuntado, que no lo lastimó la bala. Sin embargo, el rey, acobardado, se dio á la fuga gritando, y los cuatro siguieron su alcance, aunque tan turbados, que no acertaban á rematar su obra. Pero, entretanto, al rumor escandaloso que se escuchaba dentro de palacio, acudieron otros conspiradores, y, sospechando la ocurrencia, cerraron las puertas todas por donde de afuera podían favorecerlo. Así mataron al cabo al Valid, y al punto abrieron la prisión al príncipe recluso, siendo la primera razón que le dieron besarle el pie; en lo cual y el alborozo con que vinieron las tías, conoció que ya era emperador de Marruecos. Dividiéronse luego las mujeres en diferentes tropas, y con la confusión de pastoriles instrumentos de que se componen sus músicas, salieron cantando el triunfo del nuevo rey, como si hubiera vencido la más reñida batalla. Juntóse al propio tiempo la gente que había en palacio, y al frente de ella fué el nuevo rey al salón del homenaje, donde, sentándole en el real trono, según su estilo, le volvieron á besar el pie, que es el juramento de fidelidad que ellos hacen. Allí mismo hizo el nuevo rey su mayor bajá al renegado portugués Mohamed, y luego fué sin dificultad reconocido por todas partes. Tal fin tuvo Muley el Valid y tal principio el nuevo Muley-Xeque; y de intento nos hemos detenido á describir uno y otro, porque, aparte del carácter de verdad que da á los hechos la relación del autor de la Misión historial, se refleja en ellos bastante el estado moral y político de Marruecos por aquel tiempo.

 Estuvo muy distante Muley Moammed-Xeque, que tal era su nombre, de tener un reinado tan feliz como prometía su principio. Aquí y allí se levantaron algunos rebeldes, que le usurparon territorios considerables, siendo el mayor y tan peligroso, como se vio luego, un morabito, que hacia la parte de Tafilete se proclamaba nuevo xerife. Los rústicos y sencillos alarbes y moradores de aquellas remotas tribus, atraídos por las extravagancias del morabito, no tardaron en formar alrededor suyo un ejército. Comprendió bien Muley-Xeque el peligro que aquella rebelión ofrecía, y, deseoso también de señalarse en las armas, marchó á buscar al supuesto xerife de Tafilete, que no rehuyó la batalla. Peleóse con tan poca fortuna de parte del campo de Muley-Xeque, que quedó deshecho, teniendo éste que ponerse en precipitada fuga después de haberle muerto la mayor parte de su gente, y apresado los bagajes y muchos víveres y municiones. Comenzó luego el Xeque á formar nuevo ejército con que reparar tan gran desastre; pero le faltaba dinero para pagar tropas, que sólo de esta suerte creía poder asegurar de deserciones, y lienzos, bonetes y otras cosas con que granjearse el amor de los soldados; y no encontraba traza para proveerse de ello, aunque ofrecía algunas conveniencias y partidos al príncipe que lo socorriese. Hallábase á la sazón en Marruecos un cierto Roberto Blake, que en aquella corte seguía negociaciones por parte de Inglaterra, y sabiendo éste lo que el rey pretendía se ofreció pronto á socorrerlo, prometiendo á cambio de las ventajas ofrecidas, todo lo necesario para la guerra. Pero los dos bajas de quienes hacía estimación más singular Muley-Xeque, que eran aquel Mohamed, y otro llamado Jaduar, ambos renegados peninsulares, recelosos de las intenciones del inglés, le dijeron que para qué quería inteligencias con una corona tan distante como Inglaterra, pudiéndolas emprender con más prontitud en España, que estaba más vecina, y de cuyos puertos podía lograr con brevedad el socorro. Representáronle además que eran tan generosos y opulentos los reyes de España, que sólo por su grandeza, sin más interés que hacer bien á necesitados, favorecían, como lo había hecho en Túnez el emperador Carlos V; y por último, le aconsejaron que si quería comunicarse con los reyes de España, podría hacerlo por medio de los frailes que había en Marruecos. No era sólo socorro de dinero lo que deseaba el rey, y lo que le persuadió á seguir el dictamen de los renegados españoles; tenía otra idea de mayor consecuencia, como se conoció luego, que era prepararse un salvoconducto para el caso de verse desposeído del reino, y en peligro de morir como siempre sucede á los príncipes vencidos en aquella tierra. Lo mismo Muley-Xeque que los renegados españoles, cuyas cabezas peligraban también no poco, veían claro que para salvarse en un día de fuga, los Reyes Católicos, por estar tan vecinos y por la seguridad que ofrecía su natural clemencia, eran de más útil alianza que otros, y esto dio aliento á la natural inclinación que así el rey como sus consejeros tenían á España, porque ellos eran españoles, y él era nieto también de españoles, como sabemos. Lo cierto es que llamaron á un fraile apellidado Fr. Matías, y le encargaron que viniese á España á entablar las negociaciones para el Tratado, ofreciendo tal vez trigo, por ser aquellos años de gran esterilidad en España, y venir con efecto gran cantidad de trigo de Berbería, salitres y caballos, en ocasión que los necesitaba mucho España para las grandes guerras que Felipe IV sostenía en Italia, Flandes, Cataluña y Portugal; con otras ventajas políticas que no han llegado á saberse. En cambio, lo que pedía principalmente Muley-Xeque, era la seguridad de ser bien acogido en España en caso de aprieto; siendo tan grande el terror que le inspiraba á la sazón el rebelde xerife de Tafilete, que empezó á enviar su familia y siervos á Saffi, á fin de embarcarlos en aquel puerto. Pasó Fr. Matías á España, trayendo en su compañía muchos cautivos españoles que en testimonio de buena voluntad le dio Muley-Xeque, contándose entre ellos aquel médico don Andrés Camelo, que fué causa de la venida de los frailes á Marruecos, y un cierto Manuel Alvarez, que hacía en el cautiverio de almocaden de los cristianos. Desembarcó Fr. Matías en Sanlúcar, donde se presentó al duque de Medinasidonia, capitán general de Andalucía, y desde allí comunicó ya al rey D. Felipe y á su Consejo los principales puntos de la embajada, y luego pasó á Madrid, donde le entretuvieron cuatro años, sin poder cobrar una letra de catorce mil pesos que el rey había mandado darle para costear la vuelta á Marruecos. Después de mil tribulaciones, halló medios Fray Matías para volver á Marruecos con los regalos y prevención conveniente; pero adoleciendo de enfermedad, murió en Córdoba, y se encargó entonces de la embajada el P. Fr. Francisco de la Concepción, acompañado de un agente particular, llamado D. Miguel Escudero, y de todas las provisiones necesarias. Corría ya el año de 1646, cuando llegó de España á Marruecos la respuesta á la alianza solicitada en 1640. Tan tristes y difíciles tiempos eran aquellos para la monarquía católica. Recibió, sin embargo, Muley-Xeque con sumo agrado á los embajadores, que por otra parte se hicieron con sus liberalidades mucho partido en el pueblo; pero ya la necesidad y espanto en que se vio años antes, habían pasado, porque el tal xerife de Tafilete, ocupado, como veremos después, en otras guerras y con mala fortuna, no había continuado los progresos de sus armas en Marruecos, según se temía después de la gran victoria alcanzada. Así fué que á la carta de Felipe IV en que le daba gracias por la libertad de los cautivos y deseos de alianza que mostraba, le contestó recordándole la restitución de la recámara de Muley Cidan, y diciéndole que «en cuanto á las cosas de valor no las pedía: pero que los libros deseaba que el rey de España se los enviase, siendo servido, porque sabía que los tenía todos, y que á los reyes no se les ponía cosa por delante para hacer su voluntad». Dio al mismo tiempo libertad á todos los cautivos españoles que había en sus Estados; pero no por eso se le devolvieron los libros, y sin ninguna recompensa volvió la embajada á España. No es fácil imaginar el sentimiento que tuvo Muley Mohamed Xeque al ver que no se le devolvían los libros. Manifestó su desabrimiento á los religiosos, los envió nuevamente á España á pedir los libros, y cuando se convenció de que no se le devolverían, como ya no contaba por nada nuestra alianza, trocó en saña la amistad antigua. Es de advertir que por los años de 1658, en que se notó aquella mudanza, Muley Mohamed había cambiado ya de condición para con todos, por consecuencia del vicio de la embriaguez á que se entregó de tal suerte, que apenas volvió á estar en su juicio el resto de su reinado. Ocurrieron al propio tiempo algunos casos de conversiones de moros y otros de fugas de cautivos, y no fué menester más para que el monarca moro comenzase á perseguir con violencia á los religiosos españoles, aconsejado, según se supone, de un esclavo protestante que tenía. Fueron aquellos años de grande esterilidad en Marruecos: hambres, desórdenes, tiranías, asesinatos continuos revolvieron ó escandalizaron el imperio. Muley Mohamed Xeque era ya aborrecido por las torpezas á que empezaba á entregarse, y sobre todo, por su amor al vino, prohibido por la ley alcoránica. Suscitáronsele nuevas perturbaciones, y entre otras, una muy grave en Tetuán, que se alzó contra él con todo su algarbe ó comarca. Llegaron á punto las cosas que Muley-Xeque se resolvió á marchar contra los rebeldes. Allí le esperaba un fin no más dichoso que el que sus predecesores habían por lo común alcanzado, porque habiendo sentado sus tiendas en los despoblados que median entre Tetuán y Alcázar, y habiéndose quedado solo y ebrio como solía en un lugar apartado del campo, le encontraron por azar unos naturales y, conociéndole, le mataron arrojándole sobre la cabeza una peña. «En los instrumentos de los misioneros, dice el P. Fr. Francisco de San Juan del Puerto, sólo se dice que murió y el tiempo, pero no las circunstancias, de donde me moví para preguntarlas á algunos moros, hombres de mejores noticias, y unos me han informado de las que quedan dichas, y otros me aseguran que murió en Marruecos de su muerte natural, aunque convienen en que le provino de una muy grande embriaguez.» La semejanza de nombre de este Muley Mohamed Xeque, con aquel otro Muley-Xeque que entregó á Larache y murió también asesinado entre Tetuán y Alcázar, puede engendrar la sospecha de que el fin de éste se confunda con el del monarca de quien ahora tratamos, y que de esto provengan las versiones distintas de los moros. Sin embargo, otras versiones están contextes también en que murió Muley Mohamed Xeque á manos de unos rebeldes[41], aunque dentro de Marruecos, que se supone tomada por ellos. Añádese, y en esto están conformes muchas relaciones, que los rebeldes que mataron á Muley Mohamed, alzaron en su lugar á uno de los caudillos de ellos llamado Crom-al-Hagí, el cual mandó matar á todos los descendientes que se hallasen de los xerifes, y fué asesinado de allí á poco por su propia mujer. Lo cierto es que el P. Fr. Francisco de San Juan del Puerto, á quien vamos siguiendo, sin hacer mención de tal emperador, afirma que á Muley Mohamed Xeque le sucedió su hijo Muley-Labes ó Muley-el-Abbas, único que había dejado á pesar de las muchas mujeres que tuvo.

 Entró á reinar en 1655 este príncipe, y no disfrutó de tranquilidad el poco tiempo que ocupó el trono. Apenas habían pasado dos años desde la muerte de su padre, cuando un tío suyo, hermano de su madre, que era bajá de los alarbes, se levantó contra él y le disputó el imperio. Vino el tío con buen ejército contra Marruecos, y como el joven Muley-el-Abbas no se atreviese á esperarlo extramuros, porque no tenía iguales fuerzas, se hizo fuerte en las murallas, y allí aguantó el sitio, que duró algunos días. La madre del Abbas, considerando al hijo en tal riesgo y creyendo que la cólera del tío no tenía otro principio que alguna falta de atención del sobrino, aconsejó á éste que abriese las puertas al rebelde, fiándose del parentesco que entre ellos había. Siguió el joven príncipe el consejo de la madre, y dejando la ciudad se entró confiado por las tiendas de su tío, el cual salió á recibirlo con suma humildad al parecer, pero con pensamientos aleves. Dio á entender el tío que le pesaba gravemente de lo hecho; ofreció sujeción ejemplar en adelante, y se celebraron con públicos festejos las nuevas paces, pasándose algunos días en esto, hasta que el sagaz tío pudo ir ganando ó reemplazando á los principales ministros de aquellas ciudades y provincias que no tenía á su devoción. La trama fué breve, tanto como alevosa, y cuando los alcaides y bajas estuvieron puestos á satisfacción del tío, una tarde que Muley-Abbas fué á visitarlo, como solía, en su campo, dispuso aquél que le diesen muerte, y en seguida se hizo aclamar sultán por sus tropas. Así acabó el infeliz Muley-el-Abbas, que no había alcanzado en todo más que cuatro años de imperio, y en él se extinguió la familia de Muley-Cidan y la famosa dinastía de los xerifes que tanta fama había logrado adquirir en el África.


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XIII


YA POR ESTE TIEMPO los rebeldes de Tafilete, que en tanto peligro habían puesto á Muley Mohamed Xeque, derrotándole en batalla campal, habían reanudado la carrera de su engrandecimiento y se preparaban á apoderarse de todo el imperio, fundando en él una nueva dinastía. Inútil fué para impedirlo el asesinato de Muley-Abbas y el ensalzamiento del tío: la dinastía que éste fundó pasó como una ráfaga de humo por el Mogreb-alacsa, sin dejar huella de su paso. Llamábase el usurpador Muley-Abdelquerim-ben-Becr, y era hombre sagaz, según se cuenta, y de buen juicio práctico; pero tuvo los vicios ordinarios de su nación y de su ley, y le impidió ser justo el modo mismo con que se había elevado. Desde luego fué recibido con horror, aunque sin resistencia, por los vasallos que amaban al muerto Muley-Abbas, por su sobrado candor y bondad con extremo. Marchó contra la ciudad de Saffi, que se le había rebelado, y no pudo tomarla. Lleno de recelo y suspicacia mandó derribar el convento que tenían los frailes españoles en Marruecos, aunque, en verdad, á ellos los persiguió menos que otros de sus antecesores. No le faltaron, mientras vivió, á este príncipe disgustos y alteraciones, nacidas de la mala voluntad de todos. Refrenólas como pudo, y logró así reinar nueve años, hasta que un criado suyo, de quien él hacía gran confianza, trayéndolo por inmediata guarda de su persona, le acometió un día al entrar en su alcázar con la alabarda de que iba armado, y lo atravesó de parte á parte. No pudo saberse el motivo que tuvo para acción tan osada, porque en el instante mismo fué hecho pedazos por la servidumbre del muerto soberano. Luego fué aclamado por los cortesanos su hijo primogénito Muley-Becr, que sólo gozó de la corona dos meses. Enviaron los principales vecinos de Marruecos, como habían hecho en otras ocasiones, secretos emisarios á los sublevados señores de Tafilete, estimulándoles á que viniesen á tomar posesión del imperio. Y como llegase este mensaje cuando más pujantes se hallaban precisamente y con más deseo de hacer conquistas los nuevos reyes de los Fililies ó Filelis, que así se llamaban los habitantes de Tafilete, no se hicieron esperar por cierto.

 Eran estos filelis, como los fundadores de las más famosas dinastías de la Mauritania ó Mogreb-alacsa, unos impostores, que, afectando cierto origen sagrado y grandes virtudes, habían logrado atraerse la voluntad de las fanáticas é incultas cabilas que residen en las yermas soledades del Sur del imperio. Su origen se cuenta de esta manera[42]. Por los años de 1620 de nuestra era volvieron de la Meca ciertos hagis ó peregrinos amazirgas, y se establecieron en las cercanías de Tafilete, de donde eran naturales. Traían con ellos á un tal Alí-ben Mohamed-ben Alí-ben Yusuf, al cual, aunque extraño, todos amaban y respetaban por sus admirables virtudes, y por ser, al decir de algunos, si ya no es que él propio lo cundía, vigésimoséptimo descendiente de Alí y de Fátima la Perla, hija única de Mahoma. En cuanto á su origen, era de nación árabe y natural de Yambo, en las costas del mar Rojo, no distante de Medina; y por tal descendencia^ como se le suponía, andaba en reputación de xerife. Establecido aquí con los filelis, se empleó por algunos años en el cultivo y labor de los campos, los cuales dieron en todo aquel tiempo abundantísimas cosechas, cuando antes no solían producir nada, ó bien abrasados con espantosa sequía, ó bien asolados con frecuentes tormentas. Y como la fama de sus virtudes era tanta, y la santidad de su origen creída, no dudaron aquellos sencillos moradores en atribuir á su presencia lo que era obra del azar y de la naturaleza. Persuadiéronse de todo punto de que era un bienhechor de la tierra, favorecido de Dios, y enviado del Profeta, su abuelo, para repartir entre ellos felicidad y abundancia; y tanto pudo esta voz, que, encendidos en veneración y entusiasmo los habitantes de Tafilete y sus inmediaciones, le alzaron al fin por rey de la comarca. No se puede asegurar de cierto si este xerife estaba ó no emparentado con los que á la sazón reinaban en Marruecos; y mucho menos aún podría afirmarse que aquéllos ni él descendiesen verdaderamente de Alí y de Fátima la Perla. Más qué duda merecen, á la verdad, tales parentescos, contemplando que los fundadores de todas las dinastías muslimes que han reinado sobre el Mogreb-alacsa no han presentado por título de sus pretensiones sino motivos ó pretextos religiosos, siendo de los mayores y más apreciados en todas ocasiones el descender del Profeta. Pero ello es que Alí-ben-Mohamed levantó un trono en Tafilete, sin que de su tranquilo y feliz reinado quede otra memoria.

 Sucedióle su hijo Muley-Xerife, al cual reputan algunos como fundador de su dinastía, llamada, desde luego, de los Filelis, por la provincia de Tafilete, donde se levantó, y también de los Hoseinitas, nombre tomado de Hosein, segundo hijo de Alí y de Fátima, tenido, según queda referido, por su progenitor, con razón ó sin ella. Tuvo este príncipe en sus mujeres hasta ochenta y cuatro hijos varones y ciento veinticuatro hijas, número que deja entender sus costumbres y cuánto más dado fuese al descanso y tratos de amor que no á trabajos y peligros de guerra. Fuéle preciso pelear, sin embargo. Declaróse por enemigo suyo Sidi-Omar, rey de Ylej, y, venciéndolo en una batalla, se apoderó de su persona y lo retuvo como prisionero. Muley-Xerife, reducido de esta suerte á la condición particular, después de haber sido rey, no echó de menos, por cierto, su grandeza antigua, ni sus alcázares, ni sus ejércitos, ni sus servidores, sino solamente el regio harén y el trato de las hermosas mujeres que allí tenía. A tanto llegó su sentimiento en este punto, que despachó mensajes al vencedor, pidiéndole que le diese una concubina al menos con quien compartir sus días; y oyendo el de Ylej tan vil demanda, indignado de que tal hiciese hombre que había llevado nombre de rey, le envió por burla y menosprecio la más grosera y deforme de sus esclavas negras. No la desdeñó, no obstante, Muley-Xerife, y de ella tuvo dos hijos, que se llamaron Arraxid el uno, é Ismael el otro, ambos harto famosos luego. Al cabo, Muley-Xerife fué restituido al trono de Tafilete por la piedad del vencedor, y el resto de su vida lo pasó, según se dice, en hacer felices á sus vasallos, porque, aparte de lo lujurioso, dícese de él que era humano y prudente, aunque eran muy desiguales siempre sus virtudes á las del padre, que se tuvieron por grandes y son muy nombradas en África. Este Muley-Xerife fué, sin duda, el que antes de sus desventuras logró, con el valor de sus alarbes, poner á Muley-Mohammed-Xeque en los grandes apuros que le hicieron solicitar nuestra alianza.

 El hijo primero que le sucedió fué Mohammed, que ha dejado nombre de justo y de amable; fué muy querido de sus vasallos y reinó poco. Aquel mulato Arraxid, el mayor de los hijos que tuvo Muley-Xerife de la esclava negra de Ylej, se levantó contra él, y, no pudiendo ó no osando resistir Mohammed, se quitó por sí mismo la vida.

 Era este mulato intrépido capitán, activo y sagaz, cuanto cruel y sanguinario, y se hizo desde el principio temible, lo mismo á los vasallos de su padre que á los extraños. Apenas se vio señor de Tafilete, tendió la vista en derredor, y, viendo cuan dividido andaba el antiguo imperio moro, comprendió que no le sería difícil sujetarlo todo él á su cetro. Juntó bien pronto un ejército copioso en las cabilas bárbaras que le seguían, y marchó con él hacia Fez, que apenas hizo resistencia, y se rindió á su poder lo mismo que toda la comarca. Continuó luego por algún tiempo afirmando y extendiendo su poder, y de todo el Mogreb-alacsa se le reunieron muchos soldados á la fama de su valor, que hacía tiempo no tenía igual en África. En este punto las cosas, fué cuando recibió la embajada de los ciudadanos de Marruecos, y cuando, marchando contra el débil y aborrecido Muley-Becr, se apoderó sin esfuerzo alguno de la cabeza del imperio. Entró Muley-Arraxid en Marruecos en medio de las aclamaciones de los ciudadanos, que le tenían por verdadero xerife, corriendo el año de 1668. Mandó luego cargar de cadenas al destronado Muley-Becr y á los pocos alcaides que le habían servido, y á él y á ellos los hizo decapitar públicamente. No paró en esto su saña contra aquellos usurpadores; antes bien, para aparentar ser mejor xerife y vengador de aquella familia extinta, hizo desenterrar el cadáver de Muley-abdelquerim y quemarlo en una plaza. Luego nombró por lugarteniente suyo en Marruecos á su sobrino Muley-Mohammed, y, reservándose el título de sultán ó emperador, él al frente de su ejército continuó la carrera de sus conquistas. Favorecido siempre por la fortuna embiste y rinde á Salé y Rabat, que, al parecer, habían vuelto á declararse independientes; entra por tierra de Sus, y todos los pueblos obedecen su ley; subyuga ó extermina, no sin recios combates, á los moros rebeldes, que ocupaban ciertos pasos del Atlas, descendientes éstos, según algunos, de más de cincuenta mil cautivos cristianos, que Yacub el vencedor trajo de España y empleó en la fábrica de Marruecos; y por vengar en el de Ylej la rota de su padre y antigua afrenta de su familia, camina contra él, triunfa y toma la capital por fuerza de armas, persigue al príncipe Sidi-Alí, que había heredado á Sidi-Omar, hasta los confines de la Nigricia, é iba ya á traspasarlos en demanda aún de su enemigo, cuando un ejército de cien mil negros vino á estorbárselo, declarando que el fugitivo había tomado seguro entre ellos, y que no permitirían que allí se le tocase ó hiciese mal alguno. Arraxid, disimulando su cólera, por no sentirse con poder bastante para arrollar aquel enjambre de negros, se volvió á Fez, donde había puesto su corte desde que la conquistó. Allí supo que su sobrino Mohammed, mozo ligero y sin experiencia, seducido por algunos alcaides que pretendían medrar en los disturbios, y contaban con ser más poderosos debajo de su débil imperio que debajo del de su tío, y estimulado por el descontento de los vecinos de Marruecos, al ver que Muley-Arraxid había establecido en su rival Fez la corte, comenzaba á juntar armas y soldados para declararse independiente. Pronto como un rayo, Muley-Arraxid[43] se puso al frente de la caballería de su guarda, y de improviso se presentó delante de Marruecos, donde por más disimular el sobrino lo recibió en triunfo. Pero Muley-Arraxid no era hombre á quien fácilmente pudieran engañar los conjurados, y, después de ocupar los mejores puntos de la ciudad, los prendió á todos y los mandó decapitar al punto, desterrando al sobrino con humanidad, poco usada por él, á los castillos de Tafilete. No gozó Arraxid, sin embargo, de su triunfo, porque habiendo querido tomar parte en los festejos de la ciudad, corriendo la lanza y la escopeta, cayó ebrio del caballo, y murió á los tres días sin acertar á decir más una palabra. Fué este Muley-Arraxid, como se ve por sus hechos, hombre de grandes cualidades; pero las afectaba su crueldad, que aun en Marruecos parecía excesiva. Dio, según se cuenta, en mirar el oficio de verdugo como uno de los que más honraban la majestad imperial, y por su propia mano solía castigar á los criminales. Los suplicios que ordenaba eran tales, que con emplearse casi siempre contra hombres malvados, infundían ordinariamente horror y vergüenza. Preciábase de justo, pero no le quedó sino reputación de bárbaro y cruento. Cuéntase de él un hecho notable. Uno de sus ministros encarecía en presencia de Arraxid la seguridad en que estaban las calles de la capital, y dijo: «Días ha que anda en mitad de ellas un saco de nueces, sin que nadie sea osado á recogerlo.» «Pues ¿cómo sabes que sean nueces?», preguntó el sultán. «Sélo porque di con el pie en el saco», repuso el ministro. «Cortarle el pie »que en tal culpable curiosidad empleara», dijo entonces el sultán á sus guardas, y aquella sentencia fué ejecutada. Como estas cosas podrían referirse otras muchas, aun negando crédito á algunas que no parecen bien averiguadas ó desmienten las noticias más dignas de crédito. Fué sultán ó poseedor del imperio sólo cuatro años.

 Por estos tiempos el alzamiento de Portugal y la decadencia de España habían ya quitado á la Península todos los medios antiguos de influir en la Mauritania. No dejó de sufrir hostilidades España de parte de los moros vecinos á sus fortalezas desde el reinado de Felipe III. Un moro andaluz, llamado el Blanquillo, ejercitó por mucho tiempo la piratería con fortuna, hasta que D. Jorge Mascareñas, gobernador de Tánger, destruyó su bajel, persiguiéndole con dos medias galeras, hasta que embarrancó en la playa. Por la parte de Mazagán se peleó siempre mucho y con varia fortuna, distinguiéndose su gobernador, Téllez de Meneses, en muchas salidas; en una de las cuales tal vez los moros habrían sorprendido la plaza, á no ser por el esfuerzo de su mujer, que al frente de los habitantes defendió los muros. Logró entonces Téllez una victoria muy señalada de los moros, que acaudillaba un santón, llamado Seid, predicando la guerra santa. A la muerte de Felipe IV quedaban en nuestro poder Melilla, el Peñón, Larache, la Mamora y Ceuta, que, al tiempo de la separación, fué conservada á España por su gobernador Francisco de Almey. Limitábase en la propia época el dominio portugués en Mauritania á la plaza de Mazagán, que Martín Correa de Silva, su gobernador, puso á disposición del duque de Braganza, no bien supo la sublevación de Lisboa. Tánger, la más importante de las posesiones que heredó Felipe IV en Mauritania, pasó por bastantes vicisitudes entretanto. Mantuvo al principio aquella plaza por España, al estallar la sublevación de Portugal, su gobernador Rodrigo de Silveira, conde de Sarcedas; pero de allí á poco la guarnición y los habitantes se levantaron contra él, lo prendieron y proclamaron rey al duque de Braganza, Debióse esto á la consideración de los monarcas católicos, que no tenían más que tropas y gobernadores portugueses en las plazas de aquel reino.

 Corriendo el año de 1657, y durante las revueltas que acompañaron en su caída á los xerifes, tuvieron los portugueses que sostener en Tánger una guerra bastante empeñada con los moros de las inmediaciones[44]. Gobernaba á los de Alcázar con cierta independencia, al parecer, un tal Gailán, y en los mismos términos regía un cierto Algazuán á los tetuaníes. A la muerte del rey Juan juzgó Gailán que los portugueses, desanimados, no sabrían defender á Tánger, y con las gentes de Alcázar y las de Tetuán, que acudieron en su ayuda, formó un ejército de veinticinco mil hombres, sin artillería, con el cual embistió la plaza. Fácil fué á su gobernador D. Fernando de Meneses, conde de Ericera, contrastar con sus baterías las espingardas de los moros y rechazar con su lealtad las propuestas de soborno que le dirigió el mahometano. Atrájolos un día á las puertas de la ciudad, fingiéndose casi rendido, y allí, con granadas de mano, que los inexpertos moros no conocían, les causó daño muy considerable. En otra ocasión, al salir á forrajear la caballería de la plaza, tuvo que sostener un choque, en el cual las desordenadas turbas de Gailán llevaron la peor parte. Levantó con esto el sitio el moro, sin acertar siquiera á romper los conductos que desde fuera llevaban una parte del agua necesaria á la ciudad; y al retirarse, le tendió una celada el adalid portugués Simón López de Mendoza, en que le causó mucha pérdida. Irritó esto á Gailán, de nuevo, y, coligado con Algazuán, volvió sobre Tánger y la acometió otra vez, distinguiéndose por su habilidad los escopeteros tetuaníes; pero todo fué en vano, y, maltratados por el fuego de la plaza y de una carabela armada que allí tenían los portugueses, renunciaron al fin los moros á su empresa. En Mazagán, donde se peleaba como de costumbre, pereció en 1657 el adalid Gonzalo Barreto al ir á socorrer un centinela avanzado acometido por los moros; y el gobernador Francisco de Mendoza, que hizo algunas correrías afortunadas por el campo moro, ganando mucho botín y cautivos, fué al fin derrotado en un encuentro, aunque él se vengó todavía con otra algarada que hizo, en que volvió victorioso. No cesaban en tanto los ingleses de esforzarse por adquirir influjo en Mauritania. Ofrecióles ocasión de adquirir en ella un puesto importante la sublevación de Portugal y la guerra que se siguió contra los españoles, y en la cual tuvieron los portugueses que buscar auxilios por Europa. Diéronselos cumplidos franceses é ingleses: aquéllos sólo por acabar de hundir nuestra potencia; éstos por lograr algún ventajoso partido. Ya D. Juan de Austria, con las reliquias de los ejércitos que habían sostenido la guerra de veintisiete años contra la Francia, se disponía á invadir á Portugal; confiaba el anciano Felipe IV en aquel esfuerzo supremo, y los portugueses parecían dispuestos á entrar en algún honroso concierto, cuando doña Luisa de Guzmán, tan funesta á su patria, España, logró, á pesar de la oposición tenaz de los ministros españoles, traer la Inglaterra á aliarse descubiertamente con ella por medio del matrimonio del rey Carlos II, recientemente restablecido en el trono, con la infanta doña Catalina, su hija, á la cual se dio en dote la plaza de Tánger[45]. Ajustóse en 1662 el tratado. Precisamente por entonces estaban muy desanimados los portugueses que guarnecían á Tánger, porque en varias salidas habían sido maltratados por los moros, y especialmente en una que, aprovechando la guerra civil en que estaban, hizo el adalid de la plaza, siendo gobernador de ésta el conde de Avintes. Internóse en los bosques y las montañas á alguna distancia de Tánger el adalid, y aunque era cierto que los más de los moros estaban ocupados en sus discordias, todavía hubo de ellos bastante número para caer sobre él y cortarle la retirada. Fué preciso abrir paso á viva fuerza, y el adalid logró que el grueso de su gente se salvase, quedando él gloriosamente en el campo y cincuenta de sus caballeros. Las lágrimas que este suceso ocasionó en la ciudad se juntaron á las que excitó en sus moradores la orden de entregarla á los ingleses, que fué para casi todos ellos la de abandonar sus hogares. Díjose por entonces en España que la rota de los caballeros tangerinos había sido preparada por el gobernador Avintes y la reina doña Luisa, á fin de que ellos no resistiesen la entrega de la plaza; pero no hay bastante fundamento para autorizar tan negra sospecha. Más cierto parece que Felipe IV procurase ganar, como se pretende, al conde de Avintes, para que, en lugar de entregar la ciudad á los herejes, la devolviese á sus antiguos señores los reyes de España. Lo cierto es que los ingleses ocuparon á Tánger, y que gastaron grandes sumas en su puerto y sus fortalezas, como si hubiesen de conservarlo para siempre. Pelearon también con los naturales, y, en una salida que hicieron contra ellos en número de quinientos ó seiscientos hombres, fueron cogidos en una celada y muertos todos con el conde de Teviot, gobernador de la plaza que los mandaba. No dejó, sin embargo, de continuar la guerra en aquella parte, como solía suceder en todas las que había fortalezas de cristianos, hasta que volvió Tánger á poder de los moros, según veremos más adelante.

 Tal era la situación de los cristianos en el imperio, y del imperio mismo, cuando definitivamente se estableció en él la dinastía presente[46].





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XIV


CORRÍA EL AÑO de 1672 cuando murió Muley-Arraxid, dejando establecidos á los fililies ó filelis en todo el Mogreb-alacsa desde el cabo de Num á la desembocadura del río Muluya. De aquella nueva dinastía desciende la familia que aún hoy impera en Marruecos. Fué el primer príncipe de esta dinastía que heredó, ó más bien usurpó todo el imperio, Muley Ismael, aquel otro mulato que tuvo Muley Xerife en la esclava negra de Ilej. No recogió, sin embargo, Ismael sin algún trabajo la herencia de su hermano. Había dejado Arraxid dos hijos pequeños, de los cuales no se hizo cuenta alguna; pero el preso Muley Mohamed, que al morir aquél no había llegado á Tafilete todavía, sabiendo que la caballería que había llevado su tío contra él se ponía de su parte y que le aclamaba la plebe, marchó rápidamente á Marruecos, donde fué proclamado sultán. Llegadas estas nuevas á las provincias, se alzaron en ellas diversas parcialidades, y aun se proclamaron algunos señores, de suerte que parecía mayor que nunca la anarquía. Muley Ismael, en tanto, permanecía en su gobierno de Mequinez olvidado de todos, porque no había sabido granjearse muchos amigos. Por fortuna, tenía á su servicio un cautivo cristiano, llamado Fernando del Pino, natural de Málaga, á quien estimaba mucho, y el cautivo, por su parte, le pagaba en agradecimiento. Este, viendo entristecido al príncipe, le dijo: «¿Cómo es, señor, que teniendo más derecho que otro alguno, no pretendes la corona?» «En verdad, respondió Ismael, que por ser hijo de los reyes anteriores, Xerife, y legítimo hermano del difunto, me corresponde la corona; pero no quiero arriesgarlo todo cuando me hallo sin fuerzas para mantener mi derecho». «No es este pueblo, replicó Fernando del Pino, que repare tanto en derechos como en las voces»; y, alentando á su señor á la empresa, logró que montase á caballo y se hiciera proclamar sultán. Recibióle sin dificultad la ciudad de Mequinez, y, con los alarbes de las montañas vecinas, juntó luego Ismael un ejército, al frente del cual, y provisto de artillería, marchó sobre Fez, que se resistió bastante. Cuéntase que, faltándole municiones y no logrando sus proyectiles el efecto de atemorizar á los fecenos, le aconsejó Fernando del Pino que quitase las cadenas á los cristianos y cargase con ellas sus cañones; con lo cual logró su objeto y no volvió más á exigir que llevasen cadenas los cautivos durante su reinado. Había entrado Muley Ismael sin obstáculo en Fez el viejo, por lo cual dispuso después de su triunfo que se derribase el muro de esta ciudad por la parte que da á Fez el nuevo, prohibiendo que se reedificase jamás. Lleno ya de confianza Muley Ismael, marchó en seguida contra Marruecos, donde le esperaba su competidor Muley Mohammed con numerosas fuerzas. Dióse una batalla de poder á poder en las afueras de la ciudad, que ganó Ismael, aunque á costa de mucha sangre y peligros, y el vencido Muley Mohammed tuvo que refugiarse en la serranía de Tarudante, donde se hizo fuerte por algún tiempo. Allí le siguió la saña del tío, que, haciéndole prisionero por traición de los mismos que le seguían, le mandó degollar y quedó tranquilo en el trono. Así comenzó el largo reinado de aquel príncipe, que fué, según el autor de la Misión Historial, «el rey más obedecido y temido que estampan los anales mauritanos; el más cruel para los moros y para los cristianos y misioneros; el más benigno en los últimos años». Envió Muley Ismael todos los cautivos cristianos de Marruecos á Fez, y permitió que los misioneros españoles trasladasen á esta ciudad el convento que ya tenían fundado en aquélla. Luego desarmó la ciudad de Fez, poniendo en ella un gobernador ordinario, y reduciéndola á ciudad particular; y fijó su residencia en Mequinez, que fué hermoseado en su tiempo con una grande alcazaba y otros edificios. Prendió á todos los que, por ser ó pretender que eran descendientes de xerifes, podían estorbarle, y á unos los mandó degollar y á otros los encerró donde no pudieran causarle riesgo alguno. No por eso, sin embargo, se libró de disgustos. Tenía un hijo, llamado Muley Mohammed, al cual amaba en extremo, educándole como príncipe, mientras que á todos sus hermanos los hacía vegetar en la más ruda ignorancia. Era este Mohammed hijo de una cristiana hermosísima, nacida en Georgia, que fué por mucho tiempo favorita de Ismael. Dejóla al fin éste por los encantos de una negra gorda y deforme, llamada Leila Aixa, de quien tuvo otro hijo, por nombre Cidan. No tardó, pues, en encenderse la rivalidad entre las dos madres y los dos hijos.

 Logró la negra al fin que Ismael mandase ahogar á la georgiana, acusándola de infidelidad falsamente. Desengañóse al cabo Ismael; pero era tal el influjo que sobre él ejercía la negra, que para salvar de sus artes á Muley Mohammed, á quien más que nunca quería, no halló otro arbitrio que fiarle el gobierno de Tafilete, donde tenía el serrallo de las mujeres que abandonaba. Allí tuvo Mohammed un choque con otro de sus hermanos, llamado Maimón, tan rudo, que acudieron á las armas. Mandólos prender á entrambos Ismael, y que los condujesen encadenados á su presencia. Los detalles de esta entrevista bastan por sí solos para pintar el carácter de Ismael y de sus hijos[47]. «¿Cómo, les dijo Ismael al verlos, viviendo yo aún osáis tomar las armas el uno contra el otro? ¿Qué haréis, pues, después de mi muerte?» Y en seguida les mandó exponer sus agravios. Dio Ismael la razón á Mohammed y dispuso que Maimón fuese desterrado á Tezani; pero al separarse exclamó éste que nada le apenaba tanto como el verse postergado á un cristiano, señalando con tal dictado á su hermano. Encolerizóse éste sobremanera, y el sultán mandó dar primero un sable á cada uno de ellos para que en su presencia dirimiesen la contienda; y á ruego de sus alcaides dispuso luego que les diesen sendos palos por armas. Lucharon así delante del padre los hermanos, hasta que estuvieron cubiertos de sangre. Dióles entonces Ismael la orden de cesar el combate, y Mohammed no quiso obedecerle, con lo cual, furioso el padre, arrancó el palo á Maimon y comenzó á golpear á Mohammed, mientras éste, lanzándose sobre su hermano, lo derribaba en tierra y lo pisoteaba. En poco estuvo entonces que Ismael no atravesase á Mohammed con su lanza; pero al fin el cariño que le tenía le redujo á despedirlo de su presencia, dándole el gobierno de Fez, que él deseaba. De aquí lo sacó al cabo de algún tiempo, y lo envió á Tarudante, gobierno rebelado á la sazón y el más importante del imperio. Logró Mohammed tranquilizar la provincia, y allí residió en paz por algún tiempo, mientras Muley Ismael declaraba la guerra al rey de Argel, marchaba sobre Oran y la sitiaba, y era derrotado luego por seis mil turcos y otros tantos argelinos en una batalla campal, á pesar de que subía á sesenta mil, según cuentan, el número de sus soldados. Durante la ausencia de Ismael, la sultana negra Leila Aixa, imaginó para perder á Mohammed, que le era cada día más aborrecido, enviarle por escrito una orden falsa de su padre para que diese muerte al más venerable y más querido de los xeques de los alarbes. Cumplió la orden Mohammed, y cuando Ismael, que estaba de vuelta entonces en Mequinez, supo la nueva, mandó á su hijo que compareciese en su presencia, dispuesto á darle algún ejemplar castigo. Vino Muley Mohammed, mostró la orden, y el débil Ismael, aunque al principio quiso matar á la pérfida sultana Aixa, acabó por devolverle su gracia, y el hijo, desconsolado, se volvió á Tarudante. Pero la medida del sufrimiento se había llenado ya para aquel príncipe, y apoderándose de unos tesoros que venían de Guinea para su padre, juntó un ejército, derrotó al alcaide de Marruecos en un combate y se apoderó de esta ciudad. No hizo esto Mohammed sin escribir antes una carta á la sultana y otra á su hijo Cidan, llenándolos de injurias y declarándoles formalmente la guerra; mostrándose en todo más leal y más valeroso que ninguno de su familia. Envió Ismael al Cidan con un ejército contra su hermano, y hubo éntrelos dos, corriendo el año de 1705, muchos encuentros y una batalla, en la cual, por traición de un llamado Melic, que primero había servido á su padre, fué Mohammed derrotado[48].

 Cidan sitió á Tarudante después de su victoria; pero Mohammed se defendió tan bien, que tuvo aquél que alzar el cerco. Al fin un día que salió Mohammed de la ciudad á visitar su campamento, la guardia le cerró la puerta, y en tanto una cáfila de soldados negros de la guardia de su padre, que estaban de antemano emboscados, se echó sobre él y lo prendió, á pesar de su esforzada resistencia. Víctima de una conjuración, Muley Mohammed lo fué bien pronto de la horrible venganza de su padre. Salió éste á encontrar á su hijo seguido de una carreta cargada de leña y cincuenta esclavos cristianos, que llevaban una caldera, aceite y otras materias inflamables, y de seis verdugos con las cuchillas dispuestas. En un lugar llamado Beth se encontraron padre é hijo; dispuso Ismael encender hogueras y hacer hervir en la caldera el aceite; después mandó que subiesen en la carreta á su hijo y le cortasen la mano derecha, y cauterizasen en el aceite hirviendo la herida. Negóse el primer verdugo á derramar la sangre de un xerife, y lo mató Ismael por sus manos. Luego otro verdugo le obedeció, y el infeliz príncipe sufrió con el mayor heroísmo que le amputasen el pie y la derecha mano. Ismael, acabada la ejecución, mató también al verdugo que la había ejecutado, y exclamó dirigiéndose á su hijo: «¿conoces ahora á tu padre?» No permitió el bárbaro sultán que llorase nadie por el príncipe, sino una hija que tenía, y por demasiado sensibles mandó matar á cuatro de sus mujeres. En el ínterin Muley Mohammed fué conducido á Mequinez en una muía, y allí murió á los pocos días de gangrena. Muley Cidan en tanto entró en la rebelada Tarudante después de un largo sitio é inundó sus calles en sangre. Pronto sospechó de él Ismael al verle rico y poderoso, y lo llamó á su corte en vano. Fingióse enfermo de muerte, y estuvo cincuenta y dos días sin salir de su cuarto, con el fin de que la sultana madre escribiese á su hijo que viniese á recoger la herencia; pero no le valió la treta, porque Cidan declaró que ni muerto ni vivo su padre se acercaría adonde él estuviese. Al cabo los moros llegaron á persuadirse de que Ismael estaba muerto, y comenzaron á tumultuarse, de modo que el sultán tuvo que salir de su escondite y aterrarlos con su inesperada presencia. No halló más medio Ismael para deshacerse de Cidan que seducir á algunas de sus mujeres, las cuales le ahogaron, encontrándole ebrio, como solía, en su lecho. Pero ni aun esto escarmentó á los hijos del tirano, y otro de ellos, por nombre Muley Abdemelic, gobernador de Sus, se rebeló contra él, negándose á pagarle tributo. En vano Ismael pretendió atraerlo para quitarle, como á los otros, la vida. Abdemelic fué sordo á los ruegos y á la amenaza de elegir á su hermano Muley-Ahmed-el-Dezahebi, menor que él, por heredero del trono. Murió, pues, en 1727 Muley Ismael sin haber logrado someter al nuevo rebelde, abandonado de todos por la asquerosa enfermedad que le produjo su fin, y dejando la más odiosa memoria que hombre haya legado al mundo hasta ahora. Pocos de sus antecesores habían muerto como él en su lecho, sin embargo, y ninguno había alcanzado á reinar el largo período de cincuenta y cinco años.

 De día en día, durante su vida, habían ido aumentándose su lujuria y su crueldad, que llegaron á un punto verdaderamente increíble. «Este rey, escribía el autor de la Misión Historial, tiene más de cuatro mil concubinas, y lo que más pasma á todos es la fecundidad que ha tenido. El año de 1703 pregunté á uno de sus hijos, que es el más entendido de ellos, que cuántos hermanos eran, y de allí á tres días vino con un papel, donde traía escritos quinientos veinticinco varones y trescientas cuarenta y dos hembras, por lo cual no dudo que ya habrán llegado á mil.» No rebaja este número ninguno de los escritores contemporáneos[49]. Prescindió Ismael de toda pompa exterior, y comenzó á vivir groseramente con sus vasallos, fiando el respeto de su autoridad al terror de su nombre. Era más aficionado á los negros que á los blancos; y se cuenta que sólo en Mequinez y sus alrededores llegaba á ciento cuarenta mil personas la población negra que se estableció en su reinado. No desmentía, en suma, Ismael en sus hechos ni en su persona su origen materno. Tenía, según cuentan, la tez casi negra, coléricas las miradas y ademanes, y corta la estatura, aunque era membrudo y ágil por extremo. Era pérfido, avaro, hipócrita y tan cruel, que dejó muy atrás en esto á su hermano Arraxid. Da la relación de estas crueldades completa idea de los súbditos y del estado en que á la sazón se hallaba el imperio, al propio tiempo que del carácter del soberano; y, por lo mismo, conviene apuntar aquí con cierto pormenor algunas de ellas, por más que conmuevan y horroricen el ánimo de los lectores.

 Ismael, según queda apuntado, respetó á los misioneros españoles más que ninguno de sus predecesores, y ellos confiesan que más bien tenían de él motivos personales de alabanza que de queja. Esto y el carácter sagrado de unos hombres que á tan horrendos peligros se exponían por dilatar la fe y sostener la verdad, basta para que tengan autoridad no común los misioneros, y en particular el P. Fr. Francisco de San Juan del Puerto, que precisamente en este reinado residía en África, y cuenta, como testigo de vista, algunos de los hechos que siguen[50]. «Fueron muchos, dice, los hombres que puso vivos en la sepultura, enterrándoles todo el cuerpo y dejándoles precisamente insepulta la cabeza, á fin de que sus negrillos se enseñasen á tirar al blanco con los arcabuces; otras veces mandaba á sus mismos pajecillos que les tirasen piedras, y ellos lo hacían con tal destreza, como prácticos ya en aquel ejercicio, que á poco espacio saltaban los cascos de los infelices en menudas piezas. Faltaron una vez á pagar la garrama los vecinos de un aduar, que eran en número de seiscientas personas, y envió á un alcaide de su genio con toda la facultad y escolta necesaria para que le trajese las cabezas de todos sin perdonar aun á los que pareciesen más inocentes ó menos culpados. Obedeció el ministro, y, después de cortadas las cabezas, las fué poniendo en serones, haciendo diferentes tercios, para traerlas al rey en cargas. Recibió el inhumano príncipe aquella mercadería horrorosa, y, recreándose en el estrago, las fué contando por sus manos una á una, para ver si había algún fraude en la cuenta; y como faltase de las seiscientas una tan solamente, ó porque se habría caído ó aporque quizás no serían tantas las personas, díjole al comisario: «¡Tú, perro, no me has obedecido con toda la puntualidad que te ordené, porque quizás te reducirían á cabeza de plata una de carne que falta aquí en la cuenta!» Y sin más le cortó la cabeza, y, poniéndola con las otras, las volvió á contar, diciendo: «Ahora sí que tengo yo mi cuentecita ajustada». Mandó otra vez que le acabasen unas tapias que estaba levantando en su alcazaba; y señaló á los alarifes el tiempo determinado en que habían de estar concluidas. Era la obra mucha, el término corto, y, aunque se aplicaron con la solicitud de quien esperaba la muerte, no pudieron acabarlas para el día señalado. Vino el rey al punto de cumplirse el plazo, y, hallándose desobedecido, mandó poner á los oficiales en los tapiales por ripio, y echándoles tierra encima los pisó él mismo, acompañado de la gente de su servidumbre, hasta que, con los entapiados cuerpos, tomó cuerpo la obra, mandando luego á otros que la prosiguiesen, con la amenaza de que, si en breve plazo no la concluían, experimentarían igual suerte. En otra ocasión mandó sacar todos los dientes y muelas á un moro de distinción, hijo de un alcaide principal, llamado Zacatín, á quien él debía en mucha parte la corona, sin otra causa que el haberse pasado un hermano del paciente al partido del hijo que se le había levantado con el reino de Sus. Viendo en otra ocasión una mora monstruosamente gruesa, la dijo: «¿Cómo, perra, estás tan medrada y flacos mis perros? Sin duda que los que cuidan de sus raciones te dan á ti la carne con que te has rellenado; y, pues, ésta tu carne es de mis perros, y á ti es imposible que te deje de ser penoso tanto peso, yo quiero que me debas el alivio, con lo cual quedarás sin tanta carga, y mis perros restituidos en lo que se les ha robado»; y en seguida mandó que á la mora la fuesen quitando pedazos de carne y echándoselos á los perros, hasta que murió poco á poco en aquel bárbaro suplicio. Conjuráronse al cabo unos alcaides para acabar con el tirano, no pudiendo tolerar ya sus desmanes; pero como es falsa de naturaleza aquella gente, por más que se juraron el secreto, no faltó alguno que delató á los demás; é Ismael mandó á sus negros que le prendiesen, no sólo á los conjurados, sino á todos sus descendientes, hasta la quinta generación, sin perdonar las mujeres ni aun los niños de pecho. Observaron la orden puntualmente, y puestos en su presencia con cadenas, los que eran capaces de arrastrarlas, fué ejecutando en ellos tormentos exquisitos, hasta que expiraban; á los niños los degollaba y alas mujeres las mutilaba por sus propias manos; á los hombres les ajustaba un instrumento de hierro en forma de corona y circuido de agudas puntas de acero, que caían hacia dentro, y con unos tornillos iba apretando hasta destrozarles la cabeza. Ni se diferenciaba en la forma su crueldad de su justicia. Cuando caía en su poder algún ladrón, mandaba cortarle las orejas, narices, pies y manos, y mutilado así lo ponía vivo en el lugar donde había cometido sus robos para que allí muriese, mandando, so pena de lo mismo, que ninguno se atreviese á socorrerlo. En un sitio que hay en Mequinez, donde es el mayor concurso en los días feriados, tenía clavados en el suelo muchos palos, contiguos unos á otros, con aceradas puntas en el extremo; y cuando quería castigar á alguno con una cruelísima lentitud, desde una muralla bien alta, que estaba inmediata, lo mandaba soltar con violencia, de suerte que cayese sobre las puntas. Luego lo dejaba allí por muchos días, hasta que se caía á pedazos ó el mal olor le obligaba á dar permiso para sepultarlo. En un encuentro que tuvieron dos de sus hijos, Muley Cidan, que le era fiel, y el rebelde señor de Sus, quedó prisionero de éste un alcaide antiguo de Muley Cidan, llamado Melic (de quien atrás queda hecha memoria), que, aunque negro, era de los principales y de mayor autoridad, y muy estimado en toda la corte por sus buenas prendas. Este tal, que tenía en Mequinez todos sus hijos y mujeres, solicitó huir de las prisiones y volverse al servicio antiguo de Muley Ismael. Para esto consiguió cartas de seguro de Muley Cidan, á fin de que el rey, su padre, lo admitiese de nuevo; y en otra escaramuza que tuvieron luego los soldados de los dos hermanos, logró el Melic su fuga, pasándose en su compañía el cadí mayor de Marruecos, que también se hallaba en los ejércitos del de Sus prisionero. Mandó Muley Ismael que los trajesen á la corte, asegurándoles que recobrarían su gracia; pero, luego que los vio en su corte, mandó que allí, en su presencia, al cadí, que era un venerable anciano, le cortasen los pies y las manos, y lo dejasen padecer hasta acabar; y que al Melic lo aserrasen vivo, encargando que se ejecutase poco á poco, porque no muriese de una vez, y que lo llevasen por su misma casa, por si quería tener el consuelo de las lágrimas que vertieran todos sus hijos y mujeres al verle ir á la muerte. Observaron la orden á la letra, siendo el ejecutor tan inhumanamente lisonjero que le preguntó al rey: «Señor, ¿cuántas tablas hemos de sacar de este madero?» Á lo cual respondió el bárbaro: «Hazlo dos partes, de pies á cabeza, con tal que no quede más en una que en otra», y así se ejecutó. De tales crueldades fueron émulos sus hijos bien pronto. Encontró Muley Mexerez, uno de ellos, á dos hombres, muy flaco el uno y el otro sobradamente grueso. Parecióle que la naturaleza había andado con el uno miserable y liberal con el otro, y quiso enmendar el que decía ser yerro de la Providencia ó gran injusticia distributiva. Llevólos para ello á su casa, colgó una balanza grande y en ella colocó, bien ligados, á los dos; luego empezó á quitar al grueso tantos pedazos de carne como era menester para que igualase con el flaco, y fueron tantos, que la balanza del flaco comenzó á inclinarse más que la otra. Viendo entonces que el flaco tenía más peso, le dijo: «No permita Dios que yo falte á la justicia, cuando me puse á enmendar los yerros de la naturaleza; ya tú pesas más que el otro, y así es menester que, quitándote algo, os deje iguales.» Cortóle la cabeza y los brazos y los puso en la otra balanza; y quitando de una parte y añadiendo de otra, los dejó en el fiel, con que, con su peso y medida, murieron los dos miserables. Bien conozco, dice, en fin, al referir otros hechos el Padre Fr. Francisco de San Juan, que la materia de estos capítulos escandalizarán los oídos piadosos, engendrando la fuerza del horror alguna presunción de menos verídica ó de mínimamente poderosa; pero me anima á ponerla, el parecerme precisa para llenar el concepto que se debe llevar en todo lo restante; y que tantos testigos como han salido de aquel cruelísimo cautiverio, puede ser que me censuren lo poco dilatado y lo menos ponderativo.» Lo cierto es que los viajeros ingleses y los historiadores más enterados en las cosas de Marruecos refieren hechos de Muley Ismael, no desemejantes á éstos. Dícese, por ejemplo, que cuando montaba á caballo solía hacer un bárbaro alarde de destreza, que era segar al vuelo con su alfanje la cabeza del esclavo que le tenía el estribo. Y con todo eso, sus vasallos tenían á honra, por lo común, el morir ámanos de aquel bárbaro; tales eran ellos, y tanta veneración logró además que le tuviesen con su falsa, aunque singularmente escrupulosa devoción, y respeto á las prácticas alcoránicas y con aquella supuesta descendencia del profeta que había dado el trono á su familia.

 Un príncipe de esta naturaleza no podía estar en paz con los príncipes cristianos, y tuvo contra ellos alguna fortuna. En 1684, cuando menos lo pensaba, recobró á Tánger. Había sido muy murmurado en Inglaterra que mientras abandonaba á Dunquerque el rey Carlos II, gastase grandes sumas en Tánger, que tras de no tener recuerdos gloriosos para aquella nación, les ocasionaba una guerra constante con tribus bárbaras, y consumía en su clima, malsano para los ingleses, gran parte de las guarniciones que allí se mandaban. Llegaron á tanto las censuras, que pocos meses antes de morir Carlos II, mandó al conde Darmontt al puerto de Tánger con algunas naves, y embarcándose en ellas dos regimientos de infantes y uno de caballos que allí había, y destruyéndose las obras comenzadas, fué al fin la ciudad abandonada. El último gobernador que tuvieron los ingleses en Tánger, fué el famoso coronel Percy Kirke, que maltrató á los habitantes de aquella ciudad, judíos ó cristianos, con rapacidades y violencias inauditas; y de vuelta á Inglaterra, se hizo temible durante la revolución y las disensiones civiles que se siguieron, mandando los aguerridos y feroces soldados que había formado el continuo ejercicio de África[51]. Francisco Brandano atribuye el abandono de aquella plaza tan importante sobre el Estrecho á que los ingleses no hallaron en ella «más tráfico que el de sangre, ni otra cosa que adquirir que heridas». Lo cierto es que Muley Ismael la recobró, y que no mucho después las plazas españolas de Larache y la Mamora cayeron también sin gran dificultad en sus manos. Perdióse en 1669 la plaza de San Antonio de Allarache, después de un sitio de cinco meses, por poca pericia de los soldados, que se dejaron cortar por los fuegos de una batería la comunicación con la mar. Era el general de Ismael un alcaide llamado Ali-ben-Abdallah, y aunque se capituló por medio de uno de los frailes españoles la libertad del vecindario, fueron todos los habitantes hechos cautivos, y trasladados en número de mil y setecientas personas á Mequinez, después de sufrir en el tránsito los mayores ultrajes por parte de los moros de los campos y las sierras por donde pasaban. En Mequinez los recibió Ismael, sentado en un montón de tierra que había en la puerta de su alcazaba, y aparentando, sin embargo, gran majestad; mandó separar hasta cien oficiales ó personas señaladas, que eran á las que en su concepto había ofrecido la libertad, y á los demás los metió en sus mazmorras como los otros esclavos. El puerto de la Mamora, mal provisto y peor fortificado, se abandonó al propio tiempo, y en cambio se ocupó la roca de Alhucemas, y se edificó allí otro fuerte para contener y destruir á los piratas berberiscos. Pero donde se estrellaron los esfuerzos de Ismael fué en Ceuta. Embistió en 1694 con un ejército de cuarenta mil hombres esta plaza, al mando del victorioso alcaide Ali-ben-Abdallah. Supónese que el objeto de Ismael no era sólo quitarse aquel embarazo de su imperio, sino entretener y entregar al peligro los moros más afectos y parciales de sus hijos rebeldes[52]. Dispuso edificar al pie de Sierra Bullones casa para los principales jefes, y mezquita para la oración; cercó de trincheras la lengua de tierra que une á Ceuta con el continente; plantáronse allí huertas y labráronse los campos vecinos para ayudar á mantener al ejército. Eran cuatro las paralelas que hacían frente á la ciudad con foso y reductos, y bastantes piezas de artillería. Parecía todo encaminado más bien á impedir las salidas que á atacar la ciudad, que nunca fué batida en brecha; y como tenía libre el mar, jamás careció la guarnición de víveres y municiones. Sin embargo, no dejó Abdallah de armar algunas barcas en las dos ensenadas que dominaba para impedir este tráfico, las cuales hicieron algunas presas en cristianos, que fueron bárbaramente martirizados por escarmiento.

 En 1720, libre ya de la guerra de Sicilia, resolvió Felipe V poner término á este estado de cosas, haciendo levantar el sitio de la plaza. A la sazón tendrían los marroquíes como unos veinte mil soldados aguerridos por el largo sitio, y dirigidos por ingenieros y oficiales franceses, de los que arrojó de su país la expulsión de los hugonotes. Encargó Felipe V la expedición al marqués de Lede, que acababa de volver de Sicilia; las tropas se juntaron en Tarifa, Cádiz y Málaga, y fueron preferidos los regimientos bisoños á los veteranos de Italia, á fin de que aquellos se ejercitasen en la guerra. Á últimos de Octubre partió la expedión escoltada por la escuadra de naves de D. Carlos Grillo, y la de galeras de D. José de los Ríos. Iban como diez y seis mil soldados, que se unieron con la guarnición ya numerosa de la plaza. El 15 de Noviembre, después de algunos días de descanso, D. José de los Ríos cañoneó con sus galeras á los moros, fingiendo un desembarco, y en el ínterin el marqués de Lede salió por varias bocas que había hecho abrir en el camino cubierto, llevando sus tropas en cuatro columnas de á seis ó siete batallones cada una. Iban delante los gastadores y granaderos para arruinar las trincheras. Los moros abandonaron con poca resistencia las paralelas y se retiraron al campamento, que estaba también fortificado. Allí fué mayor la resistencia de los moros, y sobre todo de dos mil negros de la guardia del sultán, que se sostuvieron con obstinación para dar tiempo á que se retirasen los muertos y heridos, con lo cual no se pudo saber su número. Al fin cedieron, y al cabo de cuatro horas de combate, todo el ejército marroquí se puso en fuga, parte por el camino de Tetuán, y parte por el de Tánger. Lo escabroso del terreno no permitió cortar á los que huían. Dejaron en el campo los sitiadores veintinueve cañones, cuatro morteros, cuatro estandartes, una bandera y muchas provisiones. Quedó herido en la cara, aunque no gravemente, el general en jefe, marqués de Lede; y en un costado quedó herido también el mariscal de campo don Carlos de Arizaga, dando uno y otro ejemplo á sus tropas. Los prisioneros moros fueron pocos, y los muertos que se hallaron en el campamento después de tomado, no llegaban á quinientos. Demoliéronse en seguida todas las obras de los moros, y el ejército volvió pronto á España para no dar más celos á los ingleses, que ya empezaban á tener temores por su comercio y por Gibraltar, y discurrían el modo de atajar las ideas del rey católico.

 Entretanto, y en medio de las tinieblas de un reinado que afrenta al género humano, y que apenas se concibe ya en los primeros años del siglo xviii, florecieron de día en día las misiones españolas. Abandonaron, es verdad, con lágrimas el convento de Marruecos, ilustrado con tantos martirios; pero en Fez establecieron otro en la misma Sagena ó cárcel de los cautivos cristianos, que en sólo aquella ciudad llegaban entonces á seiscientos. Fundaron hospicios en Mequinez y, en Tetuán, donde había trescientos cautivos al menos; y así corrieron algún tiempo en paz las misiones de los franciscanos descalzos de Andalucía, hasta que los Padres Trinitarios, dedicados á la redención de cautivos, lograron del sultán que expulsase á la Orden seráfica y los pusiese á ellos en posesión de sus conventos. Pero la nueva Orden se conservó poco tiempo en el imperio y quedaron por algún tiempo abandonadas las misiones, hasta que la Congregación de Propaganda Fide las restableció por medio de un diestro misionero siciliano de la misma Orden de Franciscos descalzos que antes había. Poblóse luego la nueva misión de españoles, y durante los últimos años de Muley Ismael, tenían los Franciscos descalzos de la provincia de San Diego en Andalucía, dos templos en la corte de Mequinez, con la misma formalidad que se pudiera en España, uno en el convento y otro en la iglesia española que servía de parroquia; y había además cuatro capillas, las dos de franceses y de portugueses las otras. En Salé, en Fez y en Tetuán había hospicios con sus capillas y completa tolerancia del culto; y llegó á tanto el respeto que Ismael tuvo á los frailes, que, necesitándose para la fábrica de la alcazaba derribar ciertas paredes del convento de Mequinez, y proponiéndoselo sus cortesanos, cuéntase que exclamó al punto: «No permita Dios que yo toque á ellas». Detalles y pormenores no indignos de memoria en estos Apuntes, por lo que puede importar en adelante la renovación de este medio poderosísimo de influencia en las vecinas provincias de Marruecos.

 Muley Ahmed el Dzahebi ó el Dorado sucedió á Muley Ismael por virtud de la elección de éste, hecha en odio del rebelde Abdemelic, á quien, por ser el primogénito, le tocaba la corona. Dispuso Ismael que se tuviese oculta su muerte para dar tiempo al Dzahebi de asentar su poder; y así se hizo por espacio de dos meses. Al cabo los vecinos de Fez comenzaron á sospechar que esta vez era cierta la muerte del viejo sultán, y hubo que fijar un día en que se dijo que iría Ismael á la mezquita á dar gracias á Dios por su restablecimiento. Salió con efecto un carro cubierto, donde iban los restos del sultán, y al llegar á la mezquita se deshizo el engaño y se comunicó su muerte al pueblo. Lloróle entonces la mayoría del vulgo, no obstante su crueldad inaudita; así Nerón fué llorado por la plebe de Roma; y es que la tiranía iguala en vileza á los hombres en todos los tiempos y en todos los climas. No halló el Dzahebi resistencia alguna en el pueblo de Mequinez para proclamarse sultán; pero su hermano Abdemelic perseveró, como era natural, en la rebelión que había comenzado contra su padre, y Abdallah, otro de sus hermanos que tenía pretensiones al trono, huyó de su presencia por no exponerse á su cólera. Fué, pues, la guerra civil inevitable. Contaba el Dzahebi para sostener su partido con el tesoro que la avaricia y la rapacidad de su padre había juntado en Mequinez, y que se hacía subir á muchos millones de reales, en dinero y alhajas, y además con sus propios ahorros, que eran grandes, porque en rapacidad y avaricia podía competir con su padre. Parecíale poco aún, y dispuso que las últimas ochocientas mujeres de su padre le devolviesen las joyas que habían recibido de él en regalo. Esta sed de oro, y su embriaguez constante, que lo hacía despreciable á los buenos muslimes, precipitaron contra él los sucesos. Negóse la ciudad de Fez á felicitarle por su ascensión al trono bajo frívolos pretextos, y poco después fueron asesinados en sus calles el alcaide que la gobernaba y hasta ochenta personas de su séquito, que se inclinaban al partido del nuevo sultán. Al saberse la rebelión de Fez en Tetuán, los montañeses de las cercanías de esta ciudad, dados siempre á los disturbios, se sublevaron contra el alcaide ó bajá llamado Ahmed, que gobernaba en ella por el Dzahebi, poniendo á su cabeza á un cierto Abu-Laisa, descendiente de los moros de Granada que repoblaron aquella tierra. Quiso reunir el bajá de Tetuán algunos ciudadanos armados para salir á reprimir las insurrectas cabilas de la montaña; pero ellos se negaron á seguirle, so pretexto de que en su ausencia podría ser saqueada la ciudad. Envió entonces el bajá por los soldados que había de guarnición al frente de Ceuta, y se negaron también á obedecerle.

 Al fin, con quinientos hombres que recibió de Tánger, se puso Ahmed en campaña contra los montañeses rebeldes; pero durante su ausencia los tetuaníes se sublevaron contra su hermano, á quien había quedado encomendado el gobierno de la ciudad, y arrollando á su guardia negra le obligaron á salir fugitivo. Prendió fuego el gobernador vencido á un almacén de pólvora que había dentro de la ciudad, para que la confusión favoreciese su retirada, y se volaron hasta sesenta casas, con no poco estrago. Entonces los tetuaníes, para vengarse, destruyeron la casa del bajá, que se tenía por el mejor de los edificios de Berbería, y asolaron los jardines, que eran muy celebrados[53]. A todo esto los tetuaníes y los de Fez, que mantenían estrecha inteligencia por medio de su comercio, enviaban comisionados á Mequinez para entretener al sultán con falsas demostraciones de sumisión, mientras hallaban ocasión de declararse por Abdemelic, á quien preferían. Éste deshizo fácilmente un cuerpo de tropas que el Dzahebi envió contra él, á las órdenes de Alí, su hermano de madre. Pero los frutos de aquella victoria los inutilizó la declaración general de los negros en favor de Muley Ahmed el Dzahebi. Habíanse inclinado á éste los negros desde el principio de la guerra, y aun pudiera sospecharse que la odiosa sultana negra, á quien tanto amó Ismael, había tenido alguna parte en la preferencia que obtuvo sobre sus hermanos. Abdemelic, que era blanco, declaró á los negros una guerra á muerte, ordenando que no se les diese cuartel. Los negros, predominantes durante el imperio de Ismael, unieron su suerte entonces á la de Dzaheli, y comenzó una lucha entre negros y blancos, sangrienta y funesta para el imperio. Habíase apoderado Abdemelic de Marruecos y atraído ya resueltamente los de Fez á su partido. El negro Tarif, mandando un ejército de gente de su color, lo atrajo á una celada, y lo derrotó completamente, escapando él á duras penas con tres heridas. Divulgóse la noticia de su muerte, y los inquietos habitantes de Fez se apresuraron á someterse de nuevo. Tetuán siguió su ejemplo, y recibió con grandes demostraciones á un alcaide llamado Abdemelic-Abu-Safra, que envió el Dzahebi en reemplazo de Ahmed para contentar á aquellos inquietos habitantes. Abu-Safra quiso ejercer ai principio su autoridad con energía, y mandó degollar á un herrero apellidado Baiz, que era el que acaudillaba á los tetuaníes, y hacía de autoridad allí desde que quedó la rebelión triunfante. Resistiéronse osadamente los tetuaníes, y Abu-Safra se convino á vivir en paz con ellos, con tal que le pagasen un sueldo crecido.

 Entretanto el desposeído alcaide Ahmed, favorecido por el Dzahebi, ya descontento de Abu-Safra, se presentó con un cuerpo de tropas que había reunido á su costa delante de Tetuán, arrolló fácilmente á los habitantes que quisieron disputarle la entrada, y entregó las casas al saqueo. De aquí provino su ruina, porque los tetuaníes, desesperados y viendo dispersos á sus enemigos, cayeron sobre ellos desde los terrados de las casas y las angosturas y pasadizos de las calles, y volvieron á echar de la ciudad á los vencedores. En seguida construyeron barricadas, y las guarnecieron con diez y seis cañones que tenían en sus fortificaciones, y de que no habían sabido apoderarse aún los enemigos, con lo cual el pusilánime Ahmed, que había presenciado todos aquellos sucesos desde las alturas vecinas, sin atreverse á entrar en la ciudad, se retiró, renunciando á recobrar su gobierno por fuerza. Abu-Safra en el ínterin había huido de Tetuán, y el sultán Muley Ahmed el Dzahebi nombró al fin otra vez para aquella alcaidía al depuesto Ahmed, que acababa de ser vencido. Llegó á tanto entonces la cólera de los tetuaníes, que en una junta pública acordaron abandonar la ciudad y retirarse todos al campo de Ceuta para someterse al rey de España, antes de obedecer al alcaide que el sultán favorecía. Enviaron mensajeros á Fez, que al fin había sido sitiada por las tropas del Dzahebi, y fué obligada á rendirse después de una larga resistencia. Abdemelic pidió luego la paz á su hermano; y todo parecía perdido para los tetuaníes y fezenos, cuando los vicios y las crueldades del sultán promovieron contra él un levantamiento general. La embriaguez era ya el estado favorito del Dzahebi. Dícese que era amable y gracioso cuando estaba ebrio, cuanto cruel y torpe en su estado natural, por lo cual todos los que le trataban le estimulaban á usar de vino y toda clase de bebidas espirituosas[54]. Cuentan, por ejemplo, de su crueldad, que un día mandó arrojar desde lo alto de un terrado á un negro que le había colocado mal el tabaco en su pipa, y que á una de sus mujeres favoritas le mandó arrancar todos los dientes por una leve disputa, y luego dispuso para consolarla que se los arrancasen también al ejecutor de aquel bárbaro castigo. Llegó al colmo el escándalo un día que estando con toda su corte en la mezquita, le interrumpió sus oraciones un gran vómito de vino. Quisieron aconsejarle alguna más moderación las sultanas, pero él las apaleó en recompensa. Los mismos negros se enfriaron mucho con el sultán, y negociaron con sus enemigos. Al fin en 1728, después de un año de reinado, fué depuesto en Mequinez por una junta de los principales alcaides y proclamado Abdemelic en lugar suyo. Un hijo de éste, que se hallaba en Mequinez, tuvo á su cargo el gobierno hasta que llegó su padre. Abdemelic habría querido comenzar su reinado sacando los ojos á su hermano; pero los doctores muslimes le hicieron presente que no le habían desposeído por criminal, sino por vicioso, y que no merecía castigo alguno. Entonces Abdemelic le envió preso á Tafilete. Pero de una parte Abdemelic comenzó á tratar mal á sus súbditos, y especialmente á los negros, con lo cual renació la enemistad antigua, y éstos se rebelaron, proclamando nuevamente sultán á Dzahebi. Cuarenta mil negros ó más, según algunos, tomaron las armas, y á su frente el Dzahebi, entró en Mequinez por traición de una parte de los soldados que la defendían, y obligó á su hermano á huir y fugarse en Fez. Mandó luego el Dzahebi que todos los principales amigos de su hermano fuesen ajusticiados; y los negros hicieron una gran matanza en sus adversarios blancos, saqueando la ciudad á su placer, durante tres días. En seguida marchó sobre Fez el Dzahebi, y no pudiendo tomarla en varios asaltos por fuerza, la rindió por hambre, á condición de que todos los moradores serían libres con tal que le entregasen á su hermano. Perdonó la vida el Dzahebi al prisionero Abdemelic, contra lo que esperaba todo el mundo, mandándolo custodiar en Mequinez; pero no mucho después, en los primeros meses de 1729, sintiéndose vecino de la muerte por una hidropesía que le ocasionaron sus excesos, lo mandó matar para expirar tranquilo. Tal fin tuvieron estos dos crueles hermanos, de los cuales el primero favoreció mucho á los cristianos, dando libertad por poco precio al mayor número de cautivos que tenía, y recibiendo muy humanamente á los enviados de los príncipes de Europa; y el segundo, que afectaba ser muy rígido mahometano, echó de sus Estados á los padres franceses de la redención que entraron en ellos, amenazándoles con que los haría quemar vivos, y volvió á encadenar á cuantos cristianos halló libres.

 No bien supo la muerte de sus hermanos el fugitivo Abdallah, se hizo proclamar sultán. Pusiéronse de su parte, ganados por dinero, los soldados negros que disponían del imperio. En vano Muley Abu-Fers, hijo del Dzahebi, quiso suceder á su padre. Obligado por el aplauso con que fué recibida la elección de Abdallah por el vulgo y las cabilas que le tenían por justo y benévolo, tuvo aquel pretendiente que refugiarse en las montañas del Sus, asilo ordinario de todos los rebeldes mauritanos. Allí le siguió el tío con numerosas fuerzas, le venció é hizo prisionero y le perdonó la vida, contentándose con mandar cortar la mano á un santón, que pasaba por consejero y ministro principal de su sobrino, y diciendo con menosprecio: «veamos si su santidad le salva de mi justicia». En seguida fué sobre Fez, rebelada contra él, como solía contra todos los nuevos sultanes, y la tomó al cabo de seis meses de sitio. Hubiera querido arrasarla Abdallah por escarmiento, y lo habría ejecutado á no interponerse los santones, representándole el- escándalo de los fieles y la ira de Dios que se seguirían á la desaparición de aquella ciudad donde se encerraban los más venerables santuarios del imperio. Los habitantes del Sus y de Tedia, que fueron los últimos que lo reconocieron, se apresuraron á someterse al saber la rendición de Fez. Nadie más resistió ya el poder de Abdallah por entonces. Pero así como se vio señor absoluto, trocó en rigor la antigua dulzura de carácter que le había ganado tantos prosélitos. Mandó encerrar en el cuero de un buey, para que allí muriese de podredumbre, á un alcaide que se negó á pagarle el debido tributo. Por este estilo practicaba la justicia, imitando los bárbaros hechos de sus antecesores. Su madre Leila Yanet, mujer inglesa de extraordinaria hermosura y de no vulgar espíritu, era quien más influía en la política del sultán recién proclamado. Ella le había proporcionado, con su astucia, que se hiciera dueño del tesoro de Mequinez, y manejando el tósigo con la propia destreza que la palabra, le había allanado mucho el camino para alcanzar el imperio. Fué muy señalada la influencia de Leila Yanet por un suceso extraordinario. Corriendo el año de 1726 cayó del poder en España el famoso barón y luego duque de Ripperdá, hombre incapaz, á juicio de los que le conocieron, por su ligereza é imprudencia, no sólo de gobernar un Estado, sino aun de tratar bien los negocios más leves. No puede negarse, sin embargo, que tenía gran actividad y expedición para los negocios, aunque en España debió su fortuna principalmente á la confianza singular que inspiraban al rey Felipe V los aventureros extranjeros. Ello es que de primer ministro de la monarquía española se vio de repente hecho juguete mísero de la fortuna, destituido, exonerado, desposeído más tarde de sus altos empleos, títulos y rentas; violentamente extraído del asilo diplomático, donde pensó hallar seguro; preso, en fin, y conducido al alcázar de Segovia, de donde sus artes y el amor de una mujer de baja esfera lograron sacarlo á salvo. Refugiado en el Haya, trabó allí amistad con el alcaide Pérez, que allí residía á la sazón en concepto de embajador de Marruecos cerca de las cortes de Inglaterra y Holanda, y el moro, que era sagaz y sabía los deseos que tenía su señor de poseer las plazas españolas de África, fácilmente lo persuadió de que se acogiese á la corte de Abdallah, donde hallaría ocasión de ejecutar los vengativos sentimientos que le animaban. Abdallah, por su parte, consintió en recibir en su imperio á un hombre tan grande y tan útil como Pérez le pintaba á Ripperdá; y, con efecto, la recepción que le hizo á éste en Mequinez fué ostentosa y magnífica. Apenas se conocieron Ripperdá y Leila Yanet, los unió la cultura y el interés, y aun el amor á lo que se supone, de suerte que pronto fué uno mismo el interés de entrambos. Fué Ripperdá nombrado bajá, y al momento hizo reconocer por un criado de su confianza, llamado Martín, los presidios españoles de África, y propuso á Abdallah que se juntase un ejército para abrir él mismo la trinchera delante de Ceuta. Hubo un consejo con diversos pareceres en él; pero al fin triunfó Ripperdá, y en 1732, un cierto Jacobo Vandebas, criado suyo, que se pasó á Ceuta, declaró allí, y luego en Sevilla, donde estaba la corte, que aquel estaba pronto á marchar con treinta y seis mil hombres, la mayor parte negros, y un tren considerable de artillería, ofreciendo tomar la plaza en seis meses ó perder la cabeza. Entonces fué cuando se despojó al traidor ministro por real decreto de sus dignidades y títulos. No tardó en probarse la verdad del aviso. A principios de Octubre se aproximaron los moros á Ceuta, dirigidos por Ripperdá y á las órdenes inmediatas de Alí-Den, renegado y apóstata de la religión de Malta, según parece. Sabido esto por el general don Antonio Manso, que gobernaba en Ceuta, y teniendo noticia cierta por los moros de paz de que la vanguardia de los infieles estaba muy distante del grueso del ejército, y que no pasaba su número de cinco ó seis mil hombres, inclusos setecientos caballos, juntó un consejo de guerra, en el cual propuso salir á sorprenderla. Aprobóse por todos su proyecto; y al alba del 17 de Octubre salió á ejecutarlo el brigadier D. José Aramburu, llevando su gente en cuatro columnas de á doce compañías y seis piquetes cada una, á las órdenes de los coroneles conde de Mahoni, D. José Masones, don Juan Pingarrón y D. Basilio de Gante. Ascendía el total de las tropas que mandaba Aramburu á cinco mil hombres, sin contar quinientos presidiarios, á los cuales ofreció un perdón general el gobernador para animarles más á la empresa. Habían ya comenzado los moros sus trincheras, que abandonaron casi sin resistencia al sentir el inopinado ataque de los españoles. Persiguiéronlos estos hasta llegar al Serrallo, una legua distante de Ceuta, donde estaba alojado Alí-Den, y donde también se hallaba Ripperdá, á lo que parece.

 Allí se renovó el combate, y gracias al valor de la caballería negra, que á costa de grandes pérdidas hizo frente, pudo salvarse alguna parte de la infantería marroquí, que, bisoña y desorganizada, huía sin concierto. Alí-Den y Ripperdá se salvaron á duras penas, casi desnudo el primero, que tal fué la rapidez y sorpresa del ataque. Algunos buques armados, cañoneando las playas, hicieron mayor aún la confusión de los moros, que huían unos á la parte de Tetuán y otros á la de Tánger. Perdimos sólo en esta dichosa sorpresa cuatro oficiales muertos y catorce soldados, y hasta ciento y cincuenta heridos. La pérdida de los moros se calculó en tres mil hombres, aunque en esto y en el número de los que componían el ejército que se acercó á Ceuta, parece que hay exageración notable. Tomáronse á los moros dos cañones de bronce de grueso calibre y un mortero, que se clavaron y arrojaron á un barranco por no poder conducirlos á la plaza. Fueron, además, tomadas por los nuestros cuatro banderas, armas, caballos, arneses y dinero, y algunos moros cautivos. Hallóse, por último, una carta de un mercader inglés establecido en Tetuán, en que éste pedía que se le pagasen las municiones suministradas desde Inglaterra á los moros para aquella guerra; cosa sabida con extrañeza y cólera en España[55]. Esta derrota, dando al traste con todos los proyectos de Abdallah, socabó también la privanza que con él había obtenido Ripperdá. La ruina de éste fué segura, cuando después de varios proyectos osados, y entre otros el de levantar para él un trono en África, perdió el apoyo que su familiaridad con Leila Yanet le ofrecía. Esta, según afirman unos, fué envenenada por orden de la sultana, favorita de su hijo, llamada Leila Genax, celosa tiempo hacía del influjo que ejercía en el gobierno; y, según otros, por librarse de la cólera de Abdallah, indispuesto ya con ella, se ausentó del imperio so pretexto de ir á la Meca. Más autorizada parece la primera versión, y es de todos modos indudable que Ripperdá no pudo sobrevivir á la caída de la sultana madre, y despechado y solo vino á morir en Tetuán, corriendo el mes de Noviembre de 1737.

 Entretanto Abdallah se hacía cada vez más cruel y más odioso á sus vasallos. Rebeláronse contra él los alarbes, y lo derrotaron en campal batalla cerca de Fez. Abdallah, refugiado en aquella antigua capital del imperio, se vengó de la derrota en los inquietos fecenos, ejecutando, casi sin motivo, terribles suplicios. Al fin los alarbes fueron vencidos por los alcaides de Abdallah, y sometidos de nuevo á su obediencia. Cuéntase que en esta ocasión tuvo un arranque de generosidad, en él extraño: habiéndole presentado cuatro mil prisioneros alarbes, enteramente desnudos, mandó que les dieran vestidos y que se les pusiese en libertad sin hacerles daño alguno. Poco después, el alcaide que mandaba los negros, convertidos en una especie de pretorianos, inclinó á éstos á que se rebelasen contra Abdallah, proclamando en su lugar á Muley-Alí, otro hijo del Dzahebi. Abdallah, acobardado, huyó de Mequinez y pidió auxilio á los alarbes, fiado en la clemencia con que acababa de tratarlos. Enviáronle éstos, con efecto, ocho diputados para ofrecerle su ayuda; pero como le diesen algunas quejas acerca de su conducta pasada, no pudo contener su ira, y á todos los mató por sus manos. Hubiérale hecho esto perder el trono para siempre si los mismos negros no se lo hubiesen devuelto de allí á poco. Entró Muley-Alí en Mequinez, y su primera idea fué apoderarse del famoso tesoro que en aquella ciudad se encerraba; pero su sorpresa fué grande al ver que semejante tesoro no existía más que en la memoria del pueblo. Cuantas riquezas había en Mequinez se las había llevado Abdallah en su fuga, y no eran muy considerables. Sin embargo, ellas bastaron á Abdallah para seducir á los principales de los negros, los cuales, pretextando que Alí hacía demasiado uso de aquella hierba narcótica llamada Kiff, que, según los orientales, produce tan placenteros ensueños, y que esto le incapacitaba para ejercer el mando, se decidieron á destronarle. Abdallah, restablecido, hizo degollar á toda la guarnición de Mequinez que no le había defendido, y al menor de los hijos del gobernador que quedaba vivo, porque éste, previendo su suerte, se había ya suicidado después de matar á su mujer y á sus otros hijos para no exponerlos á la crueldad implacable del tirano. No fueron mucho mejor tratados los vecinos de Mequinez, que ninguna culpa tenían en lo que había sucedido. Sólo respetó por de pronto al alcaide de los negros; pero como éste comenzase á conspirar en favor de otro pretendiente al trono, llamado Sidi-Mohammed, los mismos soldados, seducidos por el oro de Abdallah, lo pusieron preso en sus manos. Abdallah lo despojó de la ropa de un santón que se había puesto el negro para infundir veneración en el sultán, y lo atravesó con su lanza. Empeñóse luego el bárbaro en beber la sangre del muerto; y sólo pudo disuadirle de ello uno de sus alcaides, bebiéndola él mismo[56]. Fez entretanto se declaró por Sidi-Mohammed, y, aunque Abdallah la sitió con grande ejército, tuvo al fin que levantar el cerco y huir á las montañas, temeroso del descontento de sus propias tropas. Sidi-Mohammed fué reconocido por un momento como sultán en todo el imperio; pero los negros, siempre infieles, volvieron á dejarse comprar por Abdallah, y éste con su ayuda venció á su rival en batalla y ocupó de nuevo el trono. Sidi-Mohammed, mal herido, huyó, dejando á Abdallah en la posesión pacífica del imperio, que obtuvo desde 1742, en que terminaron las rebeliones, hasta que en Noviembre de 1757 murió en Fez en un palacio por él mismo levantado. Dejó dos hijos: Ahmed, el primogénito, que había tenido en una esclava negra, y le sobrevivió poco, y Sidi-Mohammed, blanco, y asociado ya por él al gobierno, que fué universalmente proclamado sin que su hermano el mulato osase disputarle el trono.

 Después de tantos príncipes incapaces, y tantos tiranos como habían ensangrentado su suelo, el Mogreb-alacsa tuvo al fin un soberano digno por todos conceptos de serlo. No quiso tomar el apelativo de Muley, porque juzgaba que era profanar el nombre del profeta llevarlo con tal apelativo, digno en su concepto únicamente del mediador de los hombres con el Ser Supremo. En cambio, se proclamó Emir almumenin ó príncipe de los creyentes. Tres años después de su ascensión al trono, abrió los cimientos de la ciudad de Mogador, con el fin de dar á Marruecos, primera capital del imperio, fácil comunicación con el Océano. Halló Sidi-Mohammed en buen estado las relaciones diplomáticas con Inglaterra, y afirmada con tratados, por su padre, la paz con Dinamarca y Holanda. Deseoso de estrechar sus relaciones con los europeos, se entendió con España reinando ya Carlos III, y en 1767 firmó en Fez el famoso D. Jorge Juan, teniente general de la Armada, el primer tratado de paz y comercio que hubiese habido entre ambos Estados. No contento aún Sidi-Mahommed, había querido pagar á España la atención que mereció de ella con la embajada de D. Jorge Juan, enviando á nuestra corte por embajador á Sidi Amed-el-gazel con lujoso séquito, el cual fué muy bien recibido y agasajado por el rey, y excitó por algunos días la curiosidad de los madrileños. Mas no impidió esto que entre España y Marruecos se renovasen pronto las hostilidades casi constantes en las plazas que poseíamos en el territorio africano. Sidi-Mohammed, tranquilo y respetado de todos sus súbditos, que gozaban á placer de su dulce y humano gobierno, sintió los impulsos del patrio amor y los estímulos de la gloria, y entró en su ánimo la idea de expulsar las armas europeas de su territorio, á pesar de lo mucho que gustaba del trato y cultura de los cristianos. Lleno de esta noble ambición escribió en 1774 una carta al monarca español noticiándole que se proponía, en unión con los argelinos, atacar todas las plazas cristianas que había en la costa africana, sin entender por esto rota la paz firmada años antes, ni interrumpidas las relaciones mercantiles. Era absurda, sin duda alguna, la pretensión del marroquí en esto de querer la guerra y la paz á un tiempo. Carlos III, en vista de todo, le declaró formalmente la guerra en un decreto fechado en 23 de Octubre de 1774. Dio entonces á luz un manifiesto el de Marruecos, procurando justificar su conducta con decir que las plazas marítimas de África no eran del sultán ni del rey, sino de Dios Todopoderoso, que haría al que se las diese dueño de ellas[57]. Replicó el gobierno español, fundándose en el texto mismo del tratado para rechazar sus pretensiones, y comenzaron las hostilidades al punto. El 9 de Diciembre del propio año se presentaron unos trece mil moros delante de Melilla é intimaron la rendición. Mandaba en la plaza el mariscal de campo D. Juan Sherlok, el cual respondió á la intimación con todo el desdén merecido. Vino el mismo Sidi-Mohammed al sitio con dos hijos suyos, y como tenía muchos renegados cristianos hábiles en el arte militar á su servicio, se comenzaron y llevaron adelante las operaciones con un acierto desusado entre los moros. Abrieron ramales de mina que fueron dichosamente descubiertos y destruidos por los nuestros; y en cuarenta días de asedio arrojaron sobre la plaza hasta nueve mil bombas, que causaron en la guarnición noventa y cuatro muertos y quinientos setenta y cuatro heridos, todo sin que la tropa española desmayase un punto. Pero en el ínterin la costa del Estrecho estaba muy bien bloqueada por una escuadra de dos navíos, seis fragatas y nueve jabeques, que impidió el transporte de cañones de batir y municiones que de Europa aguardaban los moros. Faltaron los proyectiles, á punto que Sidi-Mohammed, desesperado, pensó en el asalto, del cual le disuadieron por inútil los oficiales expertos que tenía consigo. Lo más difícil para los españoles fué socorrer á la numerosa guarnición de la plaza durante los penosos temporales de invierno; y aun por eso fué muy celebrada la hazaña del jefe de escuadra D. Francisco Hidalgo de Cisneros, que en la fragata Santa Lucía logró atracar á tierra y desembarcar las provisiones que se necesitaban, flanqueando al propio tiempo las trincheras de los moros entre la Puntilla y el fuerte de la Victoria, é incendiándolas de manera que el mismo sultán tuvo que abandonar su tienda y trasladarse á otra parte más lejana. Entretanto un cuerpo de moros se situó delante del Peñón de Vélez, y disparó algunas bombas sin éxito y sin que la plaza que gobernaba el coronel D. Florencio Moreno tuviera necesidad de socorro alguno. La esterilidad, pues, de sus esfuerzos redujo á Sidi-Mohammed á solicitar la paz, y Sidi-Ahmed-el-gazel, el mismo que había estado de embajador en España, se encargó de entregar al gobernador de Melilla una carta suya para el Ministro de Estado Grimaldi, en la cual manifestaba deseos de ventilar amistosamente la cuestión promovida, respetando el tratado. En consecuencia de esto, pasó un comisionado español á Tánger, vino otro marroquí á Málaga, y se convino en la paz. Confirmóse ésta definitivamente en el convenio de amistad y comercio concluido en Tánger á 30 de Mayo de 1780 entre el conde de Floridablanca y Sidi-Mohammed-ben-Otoman, nuevo embajador del sultán cerca de la corte de España, y en el arreglo especial de 1782 sobre los límites del campo de Ceuta. Las resultas de esta embajada y de estos tratados, leal y benévolamente cumplidos por el magnánimo sultán y ratificados tal vez por el arreglo de 1785, hoy desconocido, se describen con muy curiosos pormenores en la famosa Representación del ministro Floridablanca á Carlos III. «Se logró, dice, reducir al rey de Marruecos á enviar á V. M. al embajador Ben-Otoman como por una satisfacción ó demostración pública de reconciliación de la parte de aquel soberano, y por este medio se renovó y mejoró el tratado de paz con él y se consiguieron las ventajas que son notorias durante la última guerra con la Inglaterra. Parecería increíble, si no se hubiese visto, lo que aquel príncipe moro ha hecho en obsequio de V. M., franqueando sus puertos á las naves del bloqueo de Gibraltar, permitiéndolas perseguir y detener á las enemigas dentro de ellos, facilitándonos víveres y auxilios para nuestro campo con pocos ó ningunos derechos; y finalmente, depositando en nuestro poder parte de sus tesoros como una prenda de seguridad de su conducta. Con la amistad de aquel monarca pudimos dejar nuestros presidios sin considerables guarniciones, sacar de Ceuta mucha porción de artillería y municiones y vivir sin inquietudes durante la guerra. V. M. comprende mejor que nadie cuántos habrían sido nuestros trabajos, si por no atar este cabo con tiempo, hubieran movido los ingleses al rey de Marruecos al sitio de Ceuta ó Melilla, ó á turbar con »un corso en el estrecho todas las medidas para el bloqueo de Gibraltar, é impedirnos los víveres para nues»tro campo.» De esta relación auténtica del primero de los políticos modernos de España, se deduce todo lo que debimos á la amistad del sultán de Marruecos; pero más aún todo lo que padecieron los ingleses por no haber mantenido á cualquier costa la superioridad de su influjo en el imperio. No era de esperar que aquella lección fuese perdida, ni los sucesos posteriores autorizan seguramente á imaginarlo. Lo cierto es que las relaciones de Sidi-Mohammed con Carlos III merecen detenido estudio por muchos conceptos, sobre todo en nuestros días.

Contribuyeron en gran parte á establecer primero y mantener luego estas relaciones, los misioneros españoles en Marruecos, y sobre todo el viceprefecto de ellas Fray José Bottas, que por sus servicios en el particular fué promovido al obispado de Urgel. Estaban los misioneros españoles en Marruecos más considerados que nunca por el respeto ó la tolerancia de los últimos sultanes, y porque al fin los naturales habían ido familiarizándose con su traje y costumbres, y admirando la virtud que resplandecía en todas sus obras. Como los sultanes empleaban á los cautivos en las obras públicas, que alternaban en los diversos puntos del territorio, y los misioneros no dejaban nunca de acompañar á aquellos en sus trabajos, llegó á ser el hábito franciscano conocido y considerado en la mayor parte del imperio. Continuaban perteneciendo estas misiones á los frailes franciscanos descalzos de la provincia de San Diego de Andalucía, dependientes de un convento de Jerez, como que eran los que después de la última restauración del culto cristiano en el imperio habían tenido valor y constancia para mantenerse en aquellos bárbaros países, y habían alcanzado para ello privilegios especiales de los sultanes reinantes, alguno de los cuales excluía toda otra orden y congregación de la asistencia á los cautivos cristianos. Alimentábanse estas misiones de un situado de 2.228 pesos fuertes anuales que en 1680 les señaló Carlos II, y de las limosnas que se les remitían de la Península. Habíanse establecido en Tánger, y conservado su hospicio de Larache y los demás que ya tenían en el interior del imperio; y en los días de Sidi-Mohammed subió al último punto el respeto de que ya disfrutaban, porque como decía uno de los artículos del tratado que se ajustó algunos años más tarde, «su ministerio y operaciones, lejos de causar disgusto á los marroquíes, les habían sido siempre agradables y beneficiosas por sus conocimientos prácticos en la medicina y por la humanidad con que habían contribuido á sus alivios». Una medida altamente generosa de Sidi-Mohammed minó, sin embargo, por su base la existencia de las misiones. Dio aquel sultán libertad á los cristianos, declarando abolida la piratería y el cautiverio, y desapareció con esto la grave necesidad que, en medio de nuestras vicisitudes políticas, había mantenido vivas las misiones españolas en el interior de África. Desde entonces son más escasas también las noticias que del estado y vicisitudes del imperio se tienen en España y en Europa; porque no había antes otro vínculo que la esclavitud entre Europa y África, y no se han creado después nuevos y más humanos y provechosos vínculos sociales.

 Habríalos creado, seguramente, Sidi-Mohammed si su vida hubiera sido más larga y sus sucesores hubiesen imitado en todo su conducta. Desgraciado en la guerra con los españoles fué feliz contra los portugueses, á los cuales arrancó en 1769 la plaza de Mazagán, última reliquia d-e su poder en África. Pero al propio tiempo que cumplía con sus deberes de soberano, haciendo todo lo posible por echar de su territorio á los extranjeros, nadie más que él admiraba á los europeos ni mantenía con más gusto relaciones con ellos. Señor de vastos Estados y de vasallos numerosos, veía que eran pobres aquéllos, aun donde era rica y fértil la tierra; ignorantes y serviles éstos, sin comercio ni industria ni cultura alguna. Hallaba al imperio sin leyes ni administración por dentro, sin poder ni respeto por fuera; que á tal estado lo habían traído en medio del progreso general, los vicios de su constitución religiosa y política, y la barbarie de sus antecesores. A todo ello intentó poner remedio el ilustrado Mohammed. Dióse prisa á ajustar tratados, además de los que había hecho con España, Francia, Toscana, Portugal, Venecia y el imperio de Austria, y de esta suerte, no sólo aseguró la paz de su reinado, sino que preparó la ejecución de las otras medidas que imaginaba. De ellas fué el abrir las puertas del imperio al comercio de los europeos, honrándoles y protegiéndoles contra el fanatismo de los naturales, y dándoles salarios y considerables ventajas para estimularlos á establecerse en el imperio. Fueron muchos los que con esta ocasión vinieron al Mogreb-alacsa de todas clases y oficios: arquitectos, pintores, lapidarios, jardineros, médicos, matemáticos, industriales y no pocos aventureros y soldados. A todos les aseguraba su religión; pero como era natural, protegía más especialmente á los que se hacían mahometanos y unían su suerte para siempre á la del imperio, llegando á repartir entre ellos los más altos empleos de su casa y Estado. A un cierto Samuel Lumbel, hebreo de Marsella, le tuvo por mucho tiempo como á primer ministro; un francés, llamado Cornut; un triestino, por nombre Ciriaco Petrobelli; un toscano, apellidado Mutti, y Francisco Chiappa, genovés de nación, llegaron á ser también ministros suyos; y ni éstos siquiera dejaron de ser cristianos, ni ocultaron jamás que lo fuesen. Después de dar libertad á los esclavos cristianos, empleó también á muchos, según su clase y condición, en la administración pública. Así fué que con los servicios de tantos europeos, no pudo menos Sidi-Moammed de juntar la imitación de sus costumbres y de sus nombres y empleos. Hubo, pues, por aquel tiempo en Marruecos príncipes imperiales, jueces supremos, generales y aun generales en jefe, ministros y secretarios de Estado, gobernadores, intendentes de provincia, almirantes de mar, guardasellos, chambelanes, gentileshombres de cámara, bibliotecarios, intérpretes, y, en fin, cuanto solía hallarse á la sazón en las principales cortes de Europa[58]. Hasta en sus mujeres prefería á las europeas, de las cuales merece mencionarse una cierta Leila-Zarzet, hija de un renegado inglés, con quien contrajo matrimonio; y otra, por nombre Leila-Duvia, que por los años de 1822 vivía todavía, y era renegada genovesa. Á pesar de todo esto, Sidi-Mohammed era buen muslime y muy celoso del nombre de su patria. Pero su inteligencia le levantaba por encima de la nación que regía; comprendía las artes y la cultura de los europeos, y juzgaba que sólo con su trato y compañía lograrían los rudos habitantes del Mogreb-alacsa recuperar el largo tiempo perdido en el fanatismo y en el ocio. Tal vez se equivocaba el buen príncipe creyendo el progreso conciliable con sus torpes creencias religiosas, y capaces de nueva vida las carcomidas instituciones muslímicas. Tal vez la civilización, mejorando la tierra ingrata de África, habría arruinado, sin embargo, tarde ó temprano su imperio y su culto. Esto es lo que parece más probable ó más cierto; pero juzgando al hombre por su carácter y por sus luces, Sidi-Mohammed merece el aplauso incondicional de la historia.

 Después de edificar á Suira ó Mogador echó los cimientos de Fedala, puerto también importante sobre el Océano, fortaleciendo ambas ciudades con buenos muros y baluartes, y adquiriendo para ellos en el extranjero, y principalmente en Inglaterra, la necesaria artillería. De esta suerte proporcionó mayor comodidad al comercio de las provincias occidentales del imperio, y al propio tiempo puso más bajo su dominio y guarda aquellas costas. No se hallará, en suma, en este soberano cosa que no sea digna de un gran político y propia de un celoso y hábil administrador. En otra nación y en otro tiempo habría sido su reinado famoso en la historia del mundo; en Marruecos fué sólo un relámpago que desapareció al punto en las antiguas y negras sombras del fanatismo mahometano. Amábanle sus vasallos sobremanera, y principalmente los amacirgas, que son la más antigua población de aquella tierra, á pesar de sus atrevidos y para ellos extraños pensamientos, porque su bondad y clemencia le atraían las voluntades, y hacían inquebrantable la confianza que inspiraba su justicia.

 No le faltaron disgustos interiores, no obstante, al fin de sus años. Los negros, predominantes por tanto tiempo en el imperio, y habituados ya á disponer de él á su antojo, le pagaban en odio la poca simpatía que á él le merecía aquella ferocidad que de otros soberanos marroquíes los había hecho tan queridos. Prevalióse de este descontento su hijo primogénito Mohammed-Mahdi Yezidpara sublevarse contra él en 1778, intitulándose rey de Mequinez desde luego. La fidelidad de las demás ciudades y de todas las cabilas y aduares á Sidi-Mohammed, desconcertó al indigno hijo, que fué fácilmente vencido; y su padre se contentó con mandarle que para expiar su delito fuese en peregrinación á la Meca, acompañado de su madre Leila-Zarzet, cuyos ruegos le habían libertado de mayor castigo, de algunos de sus hermanos y buen séquito de moros principales. Con esta caravana iban también ciertos ministros del sultán, que llevaban de su parte ricas ofrendas para los xerifes de la Meca y de Medina. Da curiosas noticias de este viaje y del carácter que demostró en él Muley-el-Yezid la Relación de una residencia de diez años en África ó viaje á Trípoli, escrita por una señora que pertenecía á la familia de Mr. Tully, cónsul inglés á la sazón en aquellos parajes. No bien estuvieron á la mitad del camino, Muley Yezid asaltó á los que llevaban el tesoro, y violentamente arrancó de sus manos la mejor parte. En vano le rogó su madre que no tocase ofrendas que iban consagradas al Profeta, y no fué menos inútil que le conminasen los ministros con la justa cólera del sultán. Esta fué tanta al saber la noticia, que envió á decir al hijo que más no volviese á sus Estados sin haber hecho tres peregrinaciones á la Meca, en desagravio del robo. Muley Yezid, no más obediente á este mandato que á los otros, anduvo recorriendo algún tiempo las regencias berberiscas, ejecutando por todas partes abominables hechos, y dejando triste recuerdo de su nombre. En una ocasión, uno de sus intendentes tardó más que de costumbre en aprontarle cierta cantidad que necesitaba, y el bárbaro príncipe le mandó dar hasta cuatro mil palos, y le obligó á tragar después una gran cantidad de arena, con que se le ocasionó la muerte. Su mayor placer era atormentar á los esclavos cristianos que poseía, y más aún á los que encontraba por las calles de Argel, de Trípoli ó de Túnez. Los mismos cónsules no estaban libres de sus iras; de suerte que ocasionó más de un conflicto á las regencias con los Estados de Europa. Echado de todas partes y aborrecido de todo el mundo, Muley Yezid acibaró largamente los últimos días de su buen padre, tan diferente de él en todas las cosas. Dábase por alguna excusa de su crueldad, que apenas se hallaba hora del día en que no estuviese ebrio; pero lo cierto es que su natural colérico, su codicia y su lujuria le llevaban, no menos que los estímulos de la embriaguez, á igualarse con su abuelo el xerife Ismael, de odiosa memoria. Todavía desde el destierro en que se hallaba, saqueó por dos veces los tesoros que su padre enviaba á la Meca, apostándose en los caminos por donde venían, y prevaliéndose del respeto que sin duda infundía en los moros guardadores su cualidad de primogénito y sucesor en el imperio. Al fin, Sidi-Mohammed, dejando las ternuras de padre, y acordándose de sus deberes de soberano, le desterró para siempre de sus Estados, y llamando á los grandes dignatarios de su corte y á los xeques y cabezas de las tribus, les señaló por su heredero á Muley Abdessalem, su cuarto hijo, que era el que más se le acercaba en virtudes. En cuanto esto supo Muley-el-Yezid, se encaminó rápidamente al Mogreb-alacsa, y tomando asilo en un santuario muy venerado que estaba puesto no lejos de Tetuán, comenzó desde allí á promover el levantamiento de los malhechores y de los más fanáticos de los moros, que eran sus únicos partidarios. A punto llegaron las cosas, que Sidi-Mohammed determinó marchar en persona contra el rebelde hijo y castigarle como sus crímenes merecían. La muerte atajó sus pasos no lejos de Salé, á 11 de Abril del año de 1789, que era el ochenta y uno de su edad, y el treinta y dos de su reinado. Era tal la fama de Muley-el-Yezid, que los ministros de su padre tuvieron por algún tiempo oculta la muerte de éste, y no la noticiaron al pueblo hasta después que estuvo enterrado en Rabat, temerosos de que aquel hijo desnaturalizado lograra apoderarse del cadáver, y cometiera en él alguna profanación horrible. Con la muerte de Sidi-Mohammed cesó el gran movimiento civilizador que comenzaba á sentirse en el imperio; poco á poco fueron desapareciendo las reformas; dejaron los europeos de hallar recompensas y estímulos que les moviesen á llevar sus artes á Marruecos, y casi todas las cosas volvieron á su antiguo estado. Perdióse, en fin, la esperanza que muchos llegaron á concebir de ver entrar á los pueblos de Mogreb-alacsa en el mundo civilizado.






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XV


VOLVIÓ, PUES, el Mogreb-alacsa á su antigua política en 1789. Este año precisamente señala el principio del período histórico que podemos llamar contemporáneo. Distinguelo en Europa y América una sed ardiente de mudanzas y transformaciones y un movimiento constante. Ya avanzando con paso seguro, ya retrocediendo, empujados por pánicos terrores; ora aspirando á realizar ideales políticos, ora tendiendo á reconstruir unidades geográficas borradas por el tiempo; bien agitados de las tempestades morales condensadas por el libre examen en dos siglos, bien impelidos por el rápido progreso de las necesidades materiales en todas las esferas del orden social, ello es que los pueblos sienten actualmente gérmenes extraordinarios de vida, y se mueven, durante el período de que tratamos, con una actividad desconocida hasta el presente en la historia. De los que habitan en las apacibles riberas del Mediterráneo, sólo uno forma excepción en este punto, y es el mauritano. Ni el Egipto, ni la Turquía, ni Túnez, á pesar de ser musulmanes, han dejado de emprender también, como los otros pueblos, su camino. No queremos discutir ahora si estas naciones musulmanas lograron ó no su propósito. Bástenos establecer que tenemos que separarnos de la corriente general de nuestra época para apuntar los sucesos que perezosamente se han sucedido durante los últimos años en aquella otra nación, al parecer petrificada.

 De los hijos de Sidi-Mohammed hubo varios que alcanzaron nombre y poder en África. Era el primogénito Muley-el-Yezid, según queda dicho; llamábase otro Muley-S'lemma ó Assalem, y otro Abderrahman, y hubo uno que tuvo por nombre Muley-Hixem, y otro Muley-Abdessalem, y aún quedó uno apenas adolescente, el cual se llamó Abu-Arrébi-Suleiman. Muley-el-Yezid, de cuyas costumbres hemos hablado ya tanto, rayaba en los cuarenta años cuando heredó el imperio, y era de hermosa persona y muy hábil, aunque tan vicioso y sangriento. No bien se supo la muerte de Sidi-Mohammed, cuando respetando su primogenitura le aclamaron por sultán en Rabat y Salé y en las provincias cercanas, á pesar de la desheredación de su padre. La primera diligencia del nuevo príncipe fué llamar á Tetuán, en donde se hallaba aposentado, á los cónsules europeos, amenazándoles allí con declarar la guerra á sus soberanos si no le pagaban ciertos tributos; de esta amenaza solamente exceptuó á la Inglaterra. La potencia contra quien más especialmente descargó sus iras fué España. Juntó todas las fuerzas que pudo, y con harta menos prudencia que el padre, se vino á sitiar á Ceuta, mandando hostilizar también á las cabilas limítrofes, las demás plazas que en aquel litoral tremolan nuestra bandera. Al mismo tiempo mandó que las pocas galeotas y buques disponibles que había en sus puertos saliesen á cruzar por los dos mares en persecución de los buques mercantes españoles. No lograron nada, como era de esperar, los moros delante de nuestras plazas, sino derramar su sangre inútilmente, siempre que se pusieron á tiro de la artillería, y dos de sus galeotas cayeron bien pronto en poder de nuestra numerosa marina de guerra. Despechado Muley-el-Yezid, descargó la ira en los misioneros españoles, mandando que á todos los encadenasen, y así los hizo conducir á Tetuán, primero, y luego á Tánger, donde los canjeó por las tripulaciones de las dos galeotas apresadas. Pero en tanto graves complicaciones interiores le separaron de sus propósitos belicosos, llamándole á cuidar de sus propios asuntos. Su triste fama y sus primeros pasos, tan contrarios á los del padre, habían suscitado contra él la rabia, ó el descontento cuando menos de sus vasallos. Aprovechando esta coyuntura, se levantó contra él su hermano Abderrahman con Tafilete y Daraa, y el otro hermano Hixem con la ciudad de Marruecos, ayudado éste de Abderrahman-ben-Azar, Abdallah Arrahmani y Yezid-ben-Arrosi, tres de los mejores generales de SidiMoamed. Muley-el-Yezid marcha desde el campo de Ceuta, donde se hallaba, contra Hixem, que parecía al más temible; vence las primeras tropas que se le oponen, y pasa triunfante el río Omm Rebi ó Morbea. Llega luego delante de Marruecos, embiste furiosamente la ciudad y la entra por fuerza, arrojando de ella al rebelde hermano; y desencadenando sus iras contra los rendidos moradores, ejecuta en ellos horribles suplicios y venganzas tales, que espantan el ánimo y hacen que la pluma se resista á relatarlos. No desalentó á Muley-Hixem tan gran desastre; antes, revolviendo sobre Yezid con su ejército, hubo nuevos combates, y en uno de ellos cayó éste mortalmente herido, no habiendo transcurrido sino veintidós meses desde que entró á regir el imperio. Fortuna grande fué para Marruecos; amenazado no solamente de un reinado obscuro y enemigo de los adelantos, sino de una tiranía bestial como la que habían ejercitado muchos de sus bárbaros predecesores. Con su muerte, ocurrida en 1792, el imperio comenzó á disfrutar de una ventaja que aún hoy subsiste en medio del mal gobierno que lo rebaja de día en día, y es de ser humana y dulcemente regido por príncipes blandos y benignos, ya que no inteligentes ó grandes.

 Quedó repartido el Mogreb-alacsa, después de muerto el Yezid, en tres gobiernos diversos: Assalem, que era el heredero más próximo del trono, se proclamó sultán de Vazán, donde residía; Muley-Abderrahman permaneció con las mismas pretensiones en Tafilete; y el vencedor Hixem, entrando otra vez en Marruecos, no pensaba menos sino que tenía seguro el imperio, por el cual había guerreado con tanta fortuna. Abdessalem, cuarto hijo de Sidi-Mohammed, que era á quien éste había elegido por mejor para sucederle en el imperio, según queda dicho, fué el más modesto de todos, puesto que se contentó con servir á su hermano Hixem en el gobierno de Tarudante. Disputáronse el trono aquellos diversos pretendientes, alegando cada cual su derecho, aunque sin llegar á las armas durante algún tiempo. Pero, entretanto, de donde menos se esperaba apareció un nuevo pretendiente, el cual, como fuese más activo y más diestro que los otros, los fué sucesivamente venciendo y despojando de los Estados que poseían, hasta quedarse solo en el imperio. Fué éste aquel adolescente Muley-Suleiman, hijo también de Sidi-Mohammed, el cual residía en Mequinez, de todos, por sus cortos años, puesto al olvido. Las buenas partes del mozo le granjearon el favor de muchas tribus de amazirgas y bereberes, y, levantando en ellas copioso ejército, se vino contra los hermanos. El único que pudo resistirle fué Muley-Hixem, que se mantuvo por rey en Marruecos, mientras Suleiman se enseñoreaba de Fez, Salé y Tánger, y tomaba el nombre de sultán. Pero al fin Hixem, viendo cuan declarado andaba en favor del hermano el afecto de los naturales, se salió de Marruecos, y, encargando sus hijos al vencedor, se fué á vivir en un santuario, donde á poco dejó la vida. Entonces Muley-Suleiman fué aclamado emir almunenin en todo el Mogreb-alacsa, corriendo á la sazón el año 1795 de nuestra era.

 Lo primero que hizo el nuevo príncipe fué ratificar los tratados que había entre Marruecos y otras potencias y celebrarlos nuevos con los Estados Unidos, la Cerdeña y las ciudades anseáticas. Pidió al propio tiempo la paz á España, y á ajustaría fué á Mequinez de los Olivares, donde él residía, el intendente de los reales ejércitos D. Juan Manuel González Salmón, plenipotenciario del rey Carlos IV, que escribió de aquella embajada y viaje una detallada relación, inédita hasta ahora. Sidi-Mohammed-ben-Otoman, primer ministro del nuevo sultán, y el mismo que años antes había sido embajador en España, trató con nuestro plenipotenciario por parte de Marruecos. En su consecuencia, se firmó en 1.° de Marzo de 1799 un tratado entre España y Marruecos, monumento insigne de humanidad por parte del nuevo sultán y de previsión política por parte de nuestro gobierno. Ya en 1794 había arribado á Safi un comisionado español con cuatro misioneros; otros cuatro pasaron á Tánger, y al año siguiente se restablecieron los hospicios de Larache y Mogador,como estaban antes del reinado de Muley-el-Yezid, abandonándose definitivamente los del interior por inútiles, una vez abolido el cautiverio. Todos los competidores de Muley-el-Yezid amaban á los frailes y querían estar bien con España. En el nuevo tratado de 1799 se estipuló por vez primera la seguridad de los misioneros que dependían hasta allí de la tolerancia de los sultanes; ni en 1767 ni en 1780 se hizo de ellas mención alguna.

 Estipulóse al propio tiempo, en este último tratado de 1789, que el culto de la religión católica sería libremente permitido á todos los súbditos del rey de España en los dominios marroquíes, y que se podrían celebrar los oficios propios de ella en las casas-hospicios de los misioneros, reconociéndose en cambio á los moros, existentes en España, el derecho de ejercer privadamente, como lo habían practicado hasta entonces, todos los actos propios de su culto. Previóse el caso de nueva guerra entre ambas naciones, y se acordó que aun entonces conservasen sus establecimientos los misioneros en el imperio. Los moros y los españoles adquirieron también por este tratado el derecho de viajar libremente, por España los unos, y los otros por Marruecos, declarando el sultán que caería en su indignación cualquier jefe que no prestase buena acogida á cualquier vasallo de S. M. Católica que transitase ó residiera en sus dominios. Deseando, además, el sultán que se borrase de la memoria de los hombres el odioso nombre de esclavitud, ofreció que, en el caso de un rompimiento inesperado, reputaría á los oficiales, soldados y marineros españoles, cogidos durante la guerra, como prisioneros de ella, canjeándolos sin distinción de personas, clases ni graduaciones; no considerando como tales prisioneros de guerra á los jóvenes que no tuviesen doce años cumplidos, las mujeres de cualquier edad que fueren, ni los ancianos de sesenta años arriba, que desde luego serían puestos en libertad por no poderse temer de ellos ofensa alguna. Llama la atención justamente en este tratado el artículo correspondiente á las plazas del Peñón, Alhucemas y Melilla. El sultán, de acuerdo con el rey de España, declaraba que, al paso que entre los habitantes de Ceuta y los moros fronterizos había corrido la mejor inteligencia, era notorio cuan inquietos y molestos fuesen los que de éstos vivían al frente de las otras tres plazas citadas, que, á pesar de las reiteradas órdenes de su soberano, no habían dejado de hostilizarlas continuamente, por lo cual, y sin perjuicio de adoptar todas las medidas de prudencia y autoridad convenientes, quedaron autorizadas las guarniciones españolas para rechazar los ataques de que eran objeto con cañón y mortero, ya que la experiencia decía que no era bastante el fuego de fusil para escarmentar á aquella gente. Por último, fueron grandes las ventajas económicas pactadas para España en este tratado. Desde Mogador á Tetuán nuestros buques debían pagar derechos de extracción, sobremanera módicos; la Compañía llamada de los Cinco Gremios mayores de Madrid, fué confirmada en el privilegio exclusivo de extraer granos por el puerto de Darbeyda ó Anafe, y los pescadores de las islas Canarias adquirieron el derecho de ejercitar su industria en las costas marroquíes desde Agher ó Santa Cruz hacia el Norte, ofreciéndose además el sultán á practicar las gestiones más eficaces para rescatar las tripulaciones de los buques que naufragasen en río Num y su cabo y costa, donde él no ejercía ya señorío. De intento hemos hecho alto en este tratado importante, que, bien cumplido por ambas partes, hubiera podido abrir la puerta á nuestro influjo político en Marruecos de un modo profundo y duradero. Nuestras desgracias interiores y la enemiga política de los ingleses estorbaron que nosotros sacásemos los calculados beneficios; y al propio tiempo la ignorancia y pobreza en que volvió á caer el imperio después de la muerte de Sidi-Mohammed cegaron también de por sí, sin necesidad de ajeno impulso, muchos de los manantiales de riqueza que el comercio con las vecinas costas ofrecía. De aquí nació que, lo que España no pudo conseguir, tampoco lo obtuvieron las demás naciones en general, quedando antes de mucho reducido casi solamente al tráfico con Gibraltar el comercio de Marruecos.

 Hubo, sin embargo, poco después del tratado de 1799, bien diferentes esperanzas en España. Corriendo el año de 1801 , un cierto D. Domingo Badía y Leblich, tan desconocido entonces como ha sido después famoso, presentó al gobierno español el proyecto de un viaje científico al interior del África, que debía ejecutar en compañía del célebre naturalista Rojas Clemente. Aprobóse el proyecto, y ambos comisionados fueron á París y Londres á ensayarse y practicar todo lo necesario para poder pasar por verdaderos mahometanos. No tuvo valor Rojas Clemente para someterse á alguna de las prácticas necesarias; pero Badía pasó por todo con singular constancia, y adquirió tales hábitos y conocimientos, que no había forma de conocer su nación y su verdadero culto, realizándose la transformación de un modo casi increíble. De repente, el proyecto de exploración científica se convirtió en un peregrino plan político[59]. Quería el príncipe de la Paz, que á la sazón tenía las riendas del Estado, sacar todo el partido posible del tratado, porque era en él, según cuenta, «idea fija, viva siempre en su espíritu, hasta soñar con ella á menudo, el modo de adquirir para España una parte especialísima del comercio interior del África por conducto de Marruecos»[60]. Para tal empresa no bastaba en su concepto el tratado: era menester poseer puertos y asientos propios y útiles al comercio en las costas marroquíes. Á la sazón el xerife Ahmed tenía levantado en el Sus el estandarte de la rebelión; y se temía que Muley Suleyman, más alfaqui y hombre de letras sagradas que soldado, no lograse vencer á aquel rebelde con la misma fortuna que había tenido para ocupar, en medio de tantos obstáculos, el trono. De aquí nació en Godoy la idea de proponerle un plan de alianza, comprometiéndose él, en cambio de los socorros que le daríamos para conservar su trono, á cedernos dos puertos, en el Estrecho el uno y el otro en el Océano. Sobraban pretextos á la sazón para realizar por fuerza los propósitos del favorito; durante la nueva guerra con los ingleses se habían hecho algunos regalos al sultán, á cambio de los favores que continuamente nos hacia, y como cesasen aquéllos después de hecha la paz, comenzó á tratar con alguna dureza á los negociantes españoles, violando, no sólo el tratado, sino también las costumbres recibidas. Pero el humor pacífico de Carlos IV, y la necesidad de no alarmar á la Inglaterra, fueron causa de que se prefiriese solicitar la alianza en los términos imaginados por el ministro español, según refiere él mismo. Rojas Clemente, que ni se había circuncidado, ni era tan astuto y resuelto como Badía, quedó en España, bien á pesar suyo; y Badía sólo se embarcó en Tarifa, y llegó á Tánger al acabar el mes de Junio de 1803, con el nombre de Ali-bey-el-Abbassi, y el traje y apariencia de un príncipe musulmán que pasaba á visitar á sus hermanos de África. Llevaba una geneología muy completa, que probaba ser él hijo de Otoman-bey, príncipe Abbassida y descendiente del Profeta. Con esto y sus instrumentos, su ciencia, y dinero, bastante para lo que pudiera ofrecerse, dio principio Badía á su expedición, digna de ser minuciosamente descrita en estos Apuntes, no sólo por su importancia política, sino tanto ó más aún por el conocimiento que da del estado interior de Marruecos en aquella época asaz cercana de la actual, para que tal conocimiento no sea útil en nuestros días.

 Fué el fingido Ali-bey muy bien recibido en Tánger. A dicha vino por entonces á aquella ciudad Muley Suleyman; y habiéndosele presentado Ali-bey con algunos regalos, según costumbre del país, lo acogió también con gran benevolencia, tomándole por quien él suponía ser, sin dificultad alguna. Tenía á la sazón aquel príncipe como unos cuarenta años; su talla era alta y su robustez extraordinaria; el rostro, no muy moreno, llevaba impresa la bondad de su carácter, haciéndose notar en él, sobre todo, sus dos grandes ojos llenos de viveza. Hablaba con rapidez y comprendía con facilidad, y su traje era casi ordinario, yendo embozado por lo común en un jaique grosero. Como faqui ó doctor de la ley, su instrucción era puramente musulmana. La corte del sultán no tenía más aparato de brillantez que su persona, y durante todo el tiempo de su permanencia en Tánger, estuvo siempre acampado con su comitiva. Los muebles y utensilios de que se servía eran inferiores á los que gastan las clases medias en Europa; sus noticias científicas extremadamente limitadas, y no por falta de curiosidad ni de buena razón, porque precisamente Ali-bey ganó su gracia enseñándole los instrumentos astronómicos y físicos que llevaba consigo, y el uso que de ellos se hacía. Determinó el sultán agregar al recién llegado á su servicio, y él aceptó el favor como quien no buscaba otra cosa[61]. Después de detenerse en Tánger algunos días á arreglar sus asuntos, marchó, pues, Ali-bey á Mequinez y Fez, y de allí á Marruecos, donde el sultán residía. Hicieron éste y su hermano menor Abdsulem, privado de la vista, pero lleno de generosidad é inteligencia, grandes extremos de júbilo al ver, por fin, al supuesto príncipe árabe en la corte, y el sultán le regaló una casa en la ciudad que había sido edificada á gran costa por Sidi-Ahmed-Duqueli, ministro mucho tiempo del imperio, y una hermosa posesión campestre, llamada Semelalia, que el difunto Sidi-Mohammed había hecho plantar para sus regios desahogos, á no mucha distancia de su corte. Allí residió por algún tiempo ocupado, según él cuenta en sus Memorias, en placeres sencillos y observaciones científicas; pero en realidad poniendo en ejecución los proyectos del príncipe de la Paz con una audacia y una fortuna increíbles. No alcanzó, á la verdad, ni todo aquel favor, ni el grande ascendiente que había adquirido sobre el crédulo y devoto príncipe, que éste se persuadiese de las ventajas de la alianza española. Lejos de eso, comunicó á su confidente Ali-bey que era su intento, así que lograse reducir á los rebeldes que agitaban sus provincias del Atlas, soltar, como él decía, sus perros á los dos mares, y estimular las hostilidades de los moros fronterizos contra nuestros presidios. «Nada llenaría mi alma de contento», le decía el sultán á Badía, transformado en Ali-bey, «como ver cumplida en nuestros días la divina promesa que á este imperio le está hecha de recobrar la España, aunque otro fuese el elegido para tan santa obra, y más que fuese necesario para esto cederle mi corona; tú, mejor que nadie, puedes tomar á tu cargo esta noble empresa»[62]. Radía, colocado en tan extraña situación, entabló tratos entonces con Sidi-Hescham, hijo del xerife Ahmed, y se ofreció á servir de mediador con el gobierno español para que ayudase á éste á conquistar el trono mauritano. Hescham, deseoso de nuestra alianza, llegó á ofrecer, en nombre de su padre, que nos cedería todo el reino de Fez; de suerte, que Tánger, Tetuán, Larache, Arcilla y Salé vendrían desde luego á poder de España. Al mismo tiempo Badía ganó de tal modo la confianza de muchos alcaides y personas principales del imperio, que creyó poder contar con ellas á todo trance. Participó á Qodoy sus adelantos pidiéndole los socorros necesarios, y éste, después de enviar á la costa de Marruecos á cerciorarse en lo posible de la verdad de sus planes á D. Francisco Amorós, persona de mérito no común y uno de los mayores confidentes que tenía, se resolvió á entrar en la conjuración. A mediados de Junio de 1804 se creía llegado el momento de obrar, y Godoy escribió al marqués de la Solana, capitán general de Andalucía, con quien mantenía acerca de este punto una correspondencia, publicada en Francia años hace[63], que «Muley Suleyman, supersticioso, estúpido, vicioso, cobarde y cruel, era aborrecido de sus súbditos, de modo que Ali-bey podía á su arbitrio destronarlo», y que según este mismo le había escrito, «tenía en sus manos un nuevo Motezuma».

 Godoy, comparando con Hernando Cortés á Badía, juzgaba que nada podía oponerse al propósito de éste, porque de los hijos de Suleyman el mayor estaba desterrado, y todos los demás eran justamente aborrecidos por su padre y por el pueblo, á excepción del segundogénito, muy amado del padre, aunque no menos que los demás detestado y despreciado por los vasallos. No se esperaba más resistencia que la de Muley-Abdemelic, gobernador de Mogador; pero Ali-bey no parecía hacer de ello cuenta alguna. Precisamente el vicecónsul español en aquella plaza, D. Antonio Rodríguez Sánchez, era uno de los principales agentes de la conjuración, y se esperaba mucho de su conocimiento y prestigio en los moros. Llegado, pues, según todos indicios, el momento de obrar, Godoy mandó al marqués de la Solana que tuviese preparado secretamente buen número de embarcaciones en Tánger, Algeciras, Sanlúcar y Cádiz; que aumentase progresivamente la guarnición de Ceuta hasta tener allí disponibles nueve ó diez mil hombres, que podrían acamparse fuera de la ciudad con pretexto de maniobrar, llamando hacia aquella parte la atención del sultán, y distrayendo, por consiguiente, sus fuerzas; que fuese remitiendo como pudiese á Ali-Bey el socorro que había pedido, con el objeto sin duda de ponerlo á disposición de Sidi-Hescham, y consistía en veinticuatro artilleros con dos oficiales, tres ingenieros y dos minadores, algunos cirujanos con sus instrumentos y medicinas, algunos cañones de campaña con sus cureñas, dos mil fusiles y municiones, cuatro mil bayonetas y mil pares de pistolas. Acompañaba Godoy sus órdenes con ciertas observaciones prudentes y encaminadas á que no se malograse por precipitación la empresa. No había querido enterarse Carlos IV sino muy sucintamente de esta cuestión, descansando en ella, como en todas, en el juicio de Godoy, y acordando sin examen cuanto le proponía. Habían ya partido precisamente las últimas instrucciones, cuando el rey consintió en que su favorito le enterase sumariamente de aquella empresa gigantesca, y entre los detalles que ofreció éste á su curiosidad, fueron el plano de la posesión de Semelalia y traslado del firman de Muley-Suleyman, por el cual la donó á Badía. Nublóse al contemplarlo la frente del honrado príncipe, y volviéndose á Godoy le dijo estas memorables palabras: «No: en mis días no será esto. Yo he aprobado la guerra porque es justa y provechosa á mis vasallos. He aprobado también que antes de hacerse vaya un explorador, porque esto se acostumbra y es forzoso algunas veces para emprenderla con acierto; pero jamás consentiré que la hospitalidad se vuelva en daño y perdición del que la da benignamente. Con Dios y con el mundo sería yo responsable de tal hecho, siendo un agente mío quien habría obrado de esa suerte.» Inútiles fueron después de estas palabras las observaciones del favorito; el rey se mantuvo firme, y hubo que disponer apresuradamente que se deshiciese lo hecho. Entonces Badía, pretextando el deber de los buenos musulmanes de ir en peregrinación á la Meca, se despidió del sultán, á pesar de los esfuerzos que éste y su hermano Abdsulem hicieron para detenerle, y no sin excitar ya serias sospechas, salió del imperio y continuó su viaje científico al Oriente. No es fácil decidir hoy si era ó no un sueño el proyecto de Godoy y de Badía; pero lo más probable es que lo fuese. Al ver de repente á los cristianos en su territorio los moros, habrían tomado en tropel las armas para defender á su soberano, y éste poseía todos los medios para excitar su fanatismo con sus conocimientos extensos en la teología musulmana, y la regularidad religiosa de su conducta. Sidi-Hescham, ó habría sido abandonado ú obligado á contentarse con el Sus; Badía no habría tardado en ser aborrecido más que el tiempo necesario para persuadirse de su fingimiento y alevosía; y las tropas españolas, lanzadas á deshora sobre el continente africano, no podrían haber obtenido en él más que sangrientos y estériles frutos. Acaso, pues, la bondad de carácter de Carlos IV, tan funesta por lo común á la monarquía, libró á España entonces de un gran desastre. En cuanto á Godoy, merece disculpa en ésta como en otras ocasiones; aquel hombre fué vivo ejemplo de que no es posible con malos principios realizar buenos fines; pero que éstos fueran generalmente patrióticos y generosos, ni puede ni debe negarlo la serena imparcialidad de la historia. Los más de sus pensamientos políticos, en otro que él, habrían merecido general aplauso, y otro que él habría podido ponerlos en ejecución sin excitar la animadversión nacional. Faltábale sólo algún más peso, alguna más experiencia, alguna menos precipitación en ocasiones; y estas cualidades explican lo que había de aventurado y de ilusorio en sus planes sobre el África. Ni era tiempo tampoco de acometer tamaña empresa; que ya las naciones heridas por la fortuna creciente de Bonaparte tenían harto en qué pensar para defender sus propios lares; y en España mismo el sol de Bailen no iba á hacerse esperar muchos años. Era, pues, aquella época de organización, de economía, de guerras de ensayo y no de conquista. El Mobreb-alacsa por entonces, según la descripción que de él nos dejó el falso Ali-Bey, estaba sumido en la mayor pobreza y en la más crasa ignorancia. Pudo juzgar esto perfectamente el emisario español que visitó á Tánger, Tetuán, Alcazarquivir, Mequinez, Fez, Salé, Rabat, Marruecos, Mogador, Ugda y Larache, hallando en todas partes la propia miseria y la misma barbarie en la población musulmana y judía que allí habitaba. En sus viajes de Tánger á Fez por Mequinez, de Fez á Marruecos por Rabat, de Marruecos por Fez á Ugda y Larache, vio siempre campos incultos^ sin otra población que pastores de vacas, cabras y carneros, alojados en pequeños aduares de tiendas ó casas de piedra y lodo, que no pasaban casi nunca de veinte; alguno que otro bosque de encinas, lentiscos, carrascas y mimbres; grandes arenales cubiertos de palmitos y esparto; poca tierra vegetal productiva, y esa cubierta de cardos secos; y unos cuantos olivares en Mequinez, bastantes palmeras en Marruecos, ciertos naranjales en Rabat, algunos sembrados y jardines en Fez, interrumpían sólo la constante desnudez y esterilidad del vasto territorio mauritano. Ni podían cultivarse los campos que eran capaces de producir, porque no existía siquiera la ¡dea de propiedad individual, y se tenía al sultán por dueño de todo; carecían los súbditos de la libertad de vender ó disponer del fruto de su trabajo; nadie se atrevía á gozar de sus riquezas ni á dejar á entender que las tenía; el fanatismo era tal, que sólo en Tafilete había más de dos mil hombres reputados y tenidos por xerifes ó descendientes del Profeta, que era tener abierta una fuente inagotable de rebeliones; ejercitábase el oficio de santo como otro cualquiera, desempeñándolo gente vil ó asquerosa, que no por eso era menos respetada del pueblo; las ciencias estaban reducidas á la teología, la moral y la legislación, todas ellas derivadas del texto del Alcorán, mal entendido por sus comentadores árabes, y peor explicado por los doctores y maestros marroquíes. Nadie sabía en el imperio el uso de unos globos antiguos y una esfera armilar que había en la torre de la principal mezquita de Fez; ni se conocía el modo de arreglar un reloj descompuesto de los que se guardaban en las mezquitas. Euclides y Aristóteles, traducidos al árabe en los buenos tiempos de aquella raza, eran sus únicos textos en las matemáticas y la física; la medicina, la geografía y la química, eran casi desconocidas; la historia nadie la cultivaba, ni era posible averiguar de ellos particularidad alguna notable acerca de sus anales. Hasta el leer era una especie de ejercicio mecánico por lo común, y eran pocos los que comprendían el sentido de las frases. No había, por lo demás, administración, ni ejército permanente, ni pilotos que supieran dirigir un bajel fuera de las costas. Todo lo que se podía, pues, alabar por este tiempo en Marruecos, era la bondad de Muley-Suleyman, injustamente tratado en la correspondencia de Godoy, á que antes se ha hecho referencia; achaque ordinario de la violencia, aunque sea justa, este de justificarse á sí propio, calumniando á la víctima que prepara para el sacrificio. Lo cierto es que todas las naciones cristianas experimentaron la humanidad de Suleyman en gran manera. Más que ninguna la experimentó España, por su vecindad y el aprieto en que se vio luego, recibiendo de él favores singulares, como el de permitir que se abasteciesen de cuanto necesitaban las plazas de nuestro litoral, y señaladamente Cádiz, residencia del gobierno y de las Cortes, y último baluarte de nuestro patriotismo y de nuestro valor. Hubo otras naciones que no pudieron, en medio de revueltas tan grandes como dieron de sí los primeros años del siglo, cumplir los pactos y tributos que con él tenían ajustados, y éstas deben también agradecerle el no haber sido nunca molestadas ni requeridas por semejante falta.

 No será fuera de propósito recordar en este punto que todas las naciones cristianas, así las más poderosas como las más débiles, se habían comprometido, en diversas épocas con el imperio, á pagarle ciertos tributos con nombre de regalos. La facilidad con que los marroquíes pueden ejecutar el pirateo desde las embocaduras de sus ríos y ensenadas de peligrosísimo acceso, cohonestaba un tanto esta costumbre humillante, ya que en nuestra opinión no la justifique. Desde el siglo xvi, en que el comercio europeo adquirió, por el mar principalmente, tan notable prosperidad y ensanche, todos los gobiernos vieron gravemente amenazados los intereses de sus súbditos si no terminaban de alguna manera con el incesante pirateo que hacían los marroquíes, tanto quizá como por su odio al nombre cristiano, por la cuantiosa ganancia que tal ejercicio les ofrecía. Ocasiones hubo, y de alguna queda hecha mención en estos Apuntes, en que los corsarios marroquíes fueron no menos famosos que los de Argel, y no menos fatales que ellos al comercio europeo. Y en la disyuntiva de acabar estas piraterías por las armas, ó acabarlas por medio de tributos, ya que no bastaban los tratados mismos, las naciones cristianas, casi sin excepción, prefirieron lo último, tal vez considerándolo menos costoso y de más fácil logro; pero siempre fué mengua suya el someterse á tales obligaciones. Guarda era de ellas y del pago del tributo la marina marroquí, numerosa y diestra, que siempre á punto de corso, no necesitaba más que una señal del sultán para salir y destruir, entre las opuestas orillas del Estrecho, toda bandera enemiga. De este riesgo y castigo libró Muley-Suleyman durante las guerras de principios del siglo á las naciones, que empobrecidas ú ocupadas en defender su independencia, retardaron el cumplimiento de los tratados. Pero no se contentó con esto el sultán, sino que para cortar de raíz la piratería y asegurar más á las naciones cristianas de sus pacíficos propósitos, mandó desarmar en 1817 toda su marina militar, prohibiendo bajo severas penas el corso y piratería en sus Estados: cosas ambas de buen príncipe, aunque no de gran político. Que si él, en lugar de desarmarla; fomentara y protegiera la marina del imperio, quizás no hubiera sido en nuestros días tan á salvo humillado por las naciones marítimas. Mas el hecho que prueba sobre todos la bondad de alma de Muley-Suleyman es la libertad que mandó dar á todos los cautivos cristianos que halló en sus Estados, á pesar de las primeras medidas de Sidi-Mohammed; y esto sin reclamación ni súplica de nadie, sino de propia voluntad, prohibiendo que en adelante se les pusiese en cadenas, y obligándose aún á rescatar á los que cayesen en poder de los pueblos independientes del Sur y del desierto de Sahara. Notóse en especial en este príncipe una cualidad rarísima entre los habitantes del Mogreb-alacsa, y principalmente entre los sultanes, que era la liberalidad; puesto que el mismo Sidi-Moammed, que tan gran renombre dejó en África, no supo dejar de ser avaro como lo fueron sus predecesores. También fué notable Muley-Suleyman en la equidad y justicia, no pecando de riguroso ni de blando, imponiendo castigos, no para satisfacer la cólera, sino para corregir á los unos y dar á los otros ejemplo. Hombre, en suma, digno de alabanza por sus virtudes, ya que no albergase en su ánimo los altos pensamientos de conquistador y de político que los más quieren ver en los príncipes, ni dejase de participar en algo de los vicios y preocupaciones de sus antepasados y de sus súbditos.

 Veinticinco años se mantuvo en alguna paz el Mogreb bajo el gobierno de este sultán, hasta que conjurados en 1818 todos los azotes que suele enviar el cielo contra las naciones, pusieron al imperio en la mayor desolación y espanto que puede imaginarse. Ya por los años de 1799 y 1800 la peste bubónica había devorado como una cuarta parte de la población del país. Vuelta en 1818 aquella plaga horrible, desoló durante otros dos años las provincias del imperio; al propio tiempo que los campos, en espantosa sequía, no daban producto alguno y tenían hambrientos y estenuados á los pueblos. Nada podía hacer Muley-Suleyman que remediase tamaños males; pero como suele acontecer por lo común, y más en nación tan ignorante y fanática, cayó sobre él la culpa y el castigo. Juntóse, pues, una guerra civil larga y sangrienta con los desastres de la epidemia y del hambre[64]. Comenzó la sublevación negándose á pagar tributos y derramas las tribus amacirgas que pueblan los montes y valles de Zajana y las provincias de Ajana, de Fiedla, de Xiavoia y de Hescura. A la verdad, su miseria era grande, y no parecía ocasión de exigir el pago; pero aquella voz y el descontento y desesperación de los pueblos produjeron un levantamiento terrible, que no tenía razonable disculpa. Derrotaron primero los sublevados á las cáfilas de soldados que andaban cobrando las contribuciones; asaltaron luego y robaron un rico convoy que venía de Fez á Tafilete, y acrecentados y alentados con estas ventajas, se mostraron en campo con todo el aparato de guerra. Muley-Suleyman despachó al punto contra ellos á su hijo Muley-Ibraim, gobernador de Fez, al frente de tropas escogidas, pero no pudo someterlos; antes bien, lograron sorprender y desbaratar la guardia imperial de los ludajas ó árabes del gran desierto. Entonces el sultán determinó marchar en persona contra los rebeldes, acompañándose de ejército formado. Halláronse los dos campos no lejos de Guer, entre el río Guadelabid y el río Seroc; y tanto pudo la presencia del sultán, más aún que por sus virtudes, respetado como xerife, descendiente del Profeta, que depuesta la ira, los sublevados amacirgas y xiloes le ofrecieron la sumisión, conviniendo en pagarle los tributos debidos. A ratificar el tratado, fueron de parte de los rebeldes hacia las tiendas del sultán sesenta de ellos, mitad hombres y mitad mujeres y niños, según la antigua usanza de aquellos pueblos. Y no hay duda que, recibidos por Muley-Suleyman, se acabaran los disturbios en el imperio, si la sed de venganza no precipitara á su hijo Ibrahim en un hecho horrible, que fué mandar disparar á sus soldados sobre el grupo de los mensajeros de paz que venían acercándose para rendir homenaje. Sólo cuatro muchachos pudieron salvar la vida, y huyendo á las montañas donde se apoyaba el bando rebelde, esparcieron la deplorable noticia, que voló por los contornos, infundiendo en todos los ánimos ideas de sangre y de venganza. Al caer la tarde de aquel día, comenzó á descender á la llanura, desde los montes donde estaba asentado el campo rebelde, un escuadrón de hombres escogidos, los cuales, con las armas bajas y cautelosamente andando, se encaminaron á las tiendas del sultán. Noche cerrada era ya cuando á ellas llegaron; de los soldados imperiales, unos comenzaban á disfrutar de las delicias del sueño, otros andaban desparramados por el campo, arrimadas las armas y sin el menor recelo; Muley-Suleyman, traspasado de dolor con el funesto accidente del día, revolvía afanosamente en su cabeza los medios de remediarlo en lo posible, y su hijo Muley-Ibrahim, más inquieto que satisfecho, sentía ya acaso los primeros remordimientos de su despiadada obra. De repente un grito horrible suena en el campo: los soldados, sorprendidos ó soñolientos, van á buscar sus armas; mas antes que con ellas, topan con invisibles hierros, que bárbaramente los destrozan; corre la sangre á ríos por todas partes, arden las tiendas, nada respeta el rencor insaciable del combate. Eran los amacirgas rebeldes, que así tomaban venganza de la muerte de los suyos. Muley-Ibrahim sale despavorido á repelerlos; pero conócenle, hiérenle, y paga con su sangre aquella inocente que había hecho derramar por el día. En lo más revuelto de la refriega entra un xiloe en una tienda que comenzaban á rodear las llamas, y encuentra á un hombre medio desnudo y desesperado, atento sólo al instante de la muerte. «¿quién eres?», le dice. «Suleyman soy», responde el desventurado, que no era otro que el sultán; y fuese piedad, fuese codicia, el alarbe, cogiéndole en sus robustos brazos le saca de entre las llamas, y envuelto en su propio albornoz le lleva fuera del campo, diciendo á los curiosos que hallaba en el camino: «Es uno de mis hermanos que han herido en el combate.» Ya fuera del campo pudo el amazirga encaminarlo hacia su pobre hogar en la montaña, donde el sultán estuvo tres días, refugiándose luego en el venerado santuario de Beni-Nasser y de allí en Mequinez. Con tales hechos no es necesario encarecer cuánto crecería la rebelión por todo el imperio. Alentados los unos, y abandonado el respeto de los otros, llegaron á juntar los rebeldes muy copioso ejército, y dando el mando de él á un cierto Sidi-el-Mehauxe, jefe supremo de los amazirgas, se atrevieron á asediar al sultán dentro de Mequinez, y le tuvieron puesto en peligro por más de año y medio. Tratóse en varias ocasiones de avenencia; pero el sultán, con el dolor de la muerte del hijo y la cólera de su afrenta, no quiso prestar oído á ella. Tanto pudieron en él aquel dolor y cólera, que desmintiendo la humanidad de su condición, mandó matar á los mensajeros que para tratar con él enviaron los rebeldes; cosa que exasperó á éstos hasta el último punto, y juntándose hasta quince mil hombres de pelea, acometieron furiosamente á la ciudad. Defendiéronla valerosamente los soldados de la guardia negra, fieles al sultán todavía, y que podrían contar de siete á ocho mil hombres en sus banderas. Los asaltos fueron muchos, y muchas las salidas y encuentros que hubo delante de la plaza, sin que ninguna de las partes obtuviese notable ventaja. Pero entretanto el desventurado Muley-Suleyman, abandonado de sus mayores amigos, y dominado por la soldadesca bárbara, que á tal precio le defendía, se miraba en la más grande amargura. Llegaron los soldados á matar delante de sus ojos á su favorito Ahmed-Mula-at-Tei ó el Tayi, ministro leal que le había servido con igual celo en la adversa que en la próspera fortuna, y hombre dignísimo de mejor suerte. Aun esto hubo de disimular el sultán, y harto mostraba en sus continuas oraciones que sólo de Dios esperaba ya remedio á sus males,

 En tales circunstancias fué cuando por diversas partes del imperio se aclamaron otros príncipes. Hasta entonces los rebeldes se habían limitado á solicitar su venganza ó contentar su codicia, mas reconociendo y venerando todos ellos en Muley-Suleyman al xerife y al legítimo soberano. Rotos ya los últimos frenos del respeto, se alzaron algunas turbas de sublevados con Fez el nuevo, proclamando por emperador á un cierto Muley-el-Tayib, otro hijo, según dicen algunos, de Sidi-Mohammed, y hermano en tal caso de Muley-Suleyman, mientras que en Tetuán y Tánger y Larache se levantaba con el imperio el príncipe Muley-Ibrahim, hijo de Muley-Yezid, y como tal, legítimo aspirante al trono. Este, que residía en Fez, había sido invitado en otras ocasiones por los revoltosos á levantarse con el imperio; pero él lo había resistido constantemente, ó bien porque fuese de ánimo apocado, ó bien porque quisiese guardar fiel amistad al tío. Mas viendo ahora tan cierta la victoria y tan decaído el partido de Muley-Suleiman, que alguno había de aprovecharse necesariamente de los despojos, cedió á los ruegos de sus partidarios, y se proclamó emperador, con ayuda y favor de dos grandes caudillos, Sidi-el-Arbi, xerife de Vazan el uno, y el otro Sidi-Ahmed-el-Luxi, capitán de los xiloes y hombre valentísimo de su persona, el cual alcanzaba gran prestigio y fama entre todos los naturales del Mogreb-alacsa. Pero atajóle la muerte en lo mejor de estos proyectos, amaneciendo un día cadáver en una casa de Tetuán, si de enfermedad ó de tósigo, no se sabe. Los caudillos de su ejército, harto comprometidos ya, determinaron nombrar por sucesor á un hermano suyo, el cual se llamó Muley-Said, y fué hombre de alientos, aunque no de mucha fortuna. Al frente de un ejército de treinta mil hombres, donde iban muchos buenos guerreros, y, entre otros, aquellos dos, Sidi-Ahmed y Sidi-el-Arbi, á quien debía el ser su partido, marchó contra Muley-el-Tayib, determinado á echarle de Fez y quedarse solo con las pretensiones del imperio. Halláronse los ejércitos no lejos de aquella capital, y hubo una sangrienta batalla, en la cual murió Muley-el-Tayib y fué completamente aniquilado su partido. Entonces el vencedor Muley-Said entró en Fez y se proclamó sultán de todo el Mogreb-alacsa. Pero la prosperidad le acompañó por poco tiempo. Ello fué que, cansadas las tribus amazirgas y xíloes del largo asedio que tenían puesto á Mequinez, y satisfechas ya de su venganza, alzaron el campo y se volvieron á sus hogares, dejando libre á Muley-Suleiman, que al punto salió de allá y se vino con su ejército á Marruecos. Desde aquí atendió á reunir soldados, y armas y tesoros, y, junta crecida hueste, marchó con ella á la vuelta de Fez á combatir á Muley-Said. Diéronse vistas los campos en el lugar de Xeferaz, sobre el río Vargas ó Guerga, y, empeñada la acción, fué roto sin gran dificultad el ejército de Muley-Said, ó bien por azar de la guerra, ó porque le abandonaron en el trance algunos de sus caudillos y parciales. Tal fué la rota, que á él mismo le costó duras penas el refugiarse en Fez el viejo, donde se sostuvo por algún tiempo, mientras el tío, triunfante, volvía á Marruecos. Allí acabó á los pocos días Muley-Suleiman su revuelta vida, á los 28 de Noviembre de 1822, cuando justamente cumplía treinta años de reinado. Sintiendo su fin cercano hizo testamento, y, recordando la promesa que había hecho á su hermano Muley-Hixem de mirar por sus hijos, y movido de la gran fidelidad que le había demostrado en todas ocasiones y de las notables cualidades del mayor de ellos, por nombre Muley-abd-el-rahman ó Abderrahman, le nombró sucesor al trono y heredero de todas sus cosas. Al propio tiempo escribió á los de Fez y á los principales xeques de las tribus, recomendándoles que á aquél prestasen obediencia, como que era el único de la familia imperial que podía ejercer el imperio. De los tres hijos que tuvo en esclavas negras, no se hizo cuenta alguna, considerándoles el padre mismo como indignos de ocupar el trono. Luego murieron todos ellos, uno tras otro, sin causar, como era de temer, disturbios ni guerras civiles, cosa siempre rara en África.

 Muley-Abu-fadhl-Abderrahman-ben-as-Sultán-Muley-Hixem, que con todos estos apelativos fué conocido entre los suyos el padre del actual soberano de Marruecos, nació en 1778 y tenía, por consiguiente, cuarenta y cuatro años cuando sucedió á su tío en el trono. Hallábase de gobernador en Suira ó Mogador cuando recibió las nuevas de la muerte de Muley-Suleiman y de su inesperada fortuna. Al punto se encaminó á Marruecos, en donde fué muy bien recibido y de todos aclamado por soberano. Desde allí puso los ojos en la ciudad de Fez, porque en la parte de ella que se llama Fez el nuevo, separada de la otra, á la cual dicen Fez el viejo por el río Guadilchenhari ó de las Perlas, y tan frecuentemente discorde con ella en sentimientos y opinianes, se hallaba fortalecido Muley-Said, desde que en Xeferaz fué derrotado por Muley-Suleiman; y todavía se mostroba esperanzado en alcanzar el imperio. Escribió Muley-Abderrahman á los de Fez el viejo, preguntándoles si eran gustosos en la designación del tío, y si, tomándole por señor, querían ayudarle á desalojar á su émulo de Fez el nuevo. Contestáronle que, reuniendo todo el ejército que pudiera, se viniera con él para Mequinez, y así lo hizo. Iban juntándosele por el tránsito numerosas cabilas y muchas gentes armadas, que con gran entusiasmo le aclamaban por soberano; y de esta suerte, cuando llegó Muley-Abderrahman á aquella ciudad se encontró con poder para acabar cualquiera empresa. En Mequinez recibió el sultán nuevos mensajeros de Fez el viejo, diciéndole que caminase aún algunas leguas hasta ponerse en la ribera del Guadiemquez, donde saldrían á esperarle, y tendría lugar su proclamación. Es el Guadiemquez río de algún caudal, que, pasando por delante de Fez, á no muy larga distancia de los muros, va á descargar en el Sebú sus aguas. Al llegar Muley-Abderrahman con su ejército á la orilla izquierda del río, le saludaron desde la orilla opuesta millares de hombres, venidos del contorno para verle y aclamarle. Distinguíanse entre todos los habitantes de Fez el viejo, y no pocos de Fez el nuevo, que, unidos ya con sus conciudadanos, mostraban el natural júbilo de la paz, después de tantas discordias; júbilo que más acrecentaba la fama de las buenas partes que asistían al nuevo soberano. El eco de las salvas que allí hicieron millares de espingardas, y el rumor y vocerío de las gentes que corrían al encuentro de Muley-Abderrahman , debieron llegar hasta Muley-Said, sirviéndole de mortales tormentos. Mientras su competidor recibía el homenaje de tantas tribus y cabilas, y era aclamado de ellas como Amir-el-numenin de todo el Mogreb-alacsa, él, abandonado de sus más fieles compañeros, desdeñado de la población que oprimía con su imperio, sin armas ni soldados, no tenía otro recurso que ponerse en manos de su contrario y esperar de su generosidad la vida. Obtúvola, y además una renta proporcionada á su rango, con obligación de no salir de Tafilete, donde permaneció tranquilo el resto de sus días, que no fueron largos. Entretanto Muley-Abderrahman, desde las orillas del Guadiemquez se vino acompañado de innumerable gentío á Fez el viejo, y desde allí á Fez el nuevo, cuyos moradores le abrieron las puertas, recibiéndole también con grandes demostraciones de júbilo. Llegado á la alcazaba recibió en ella el homenaje de todos los alcaides y faquíes, y repartiendo mercedes entre los principales de sus vasallos, y poniendo en orden alguna de las cosas revueltas con la guerra civil, dio principio á su gobierno.

 Fué éste tranquilo como ninguno se hubiese conocido hasta entonces en Marruecos. Un reposo patriarcal, apenas interrumpido por alguna sedición parcial y por la guerra extranjera, habría permitido al imperio desarrollar su prosperidad y su cultura, si esto fuese compatible con su religión y sus instituciones. Pero nadie recordaba ya siquiera las atrevidas reformas de Sidi-Mohammed: el fanatismo musulmán parece que crecía de año en año, según se aumentaba la ignorancia; y con escasa fortificación y armamento las plazas, completamente desorganizada la fuerza militar y desarmada la escasa marina de guerra, Marruecos fué durante el reinado del nuevo sultán una de las más bárbaras y de las más débiles potencias de la tierra. La población, copiosísima en tiempos antiguos, hay quien supone que no pasaría ya de ocho millones y medio de almas, y esas desparramadas en un espacio de más de setenta mil leguas cuadradas. No es fácil tener datos verosímiles ó probables acerca de una población donde la estadística y lo que se entiende por administración en Europa, no existen ni de nombre; pero es indudable la despoblación casi general del imperio. Los límites de éste eran como en tiempo de Boco: el mar Mediterráneo y el Estrecho de Gibraltar al Septentrión, los arenales de Sahara al Mediodía, los cabos de Espartel y de Num con el Océano Atlántico al Occidente, y al Oriente el río Moluca ó Muluya y la antigua Numidia, parte aún de la regencia de Argel. Las rentas del imperio las calculaba Badía en su tiempo en veinticinco millones anuales de francos; y como ni los empleados ni los soldados tenían sueldo, ni disfrutaban más que algunas pequeñas gratificaciones, suponía que la mayor parte de este dinero iba á sepultarse en el tesoro imperial de Marruecos, Fez y Mequinez. Graberg de Hemsoo rebaja á la mitad de aquella suma las rentas anuales del imperio, suponiendo también que con tan cortos medios se cubrían todos los gastos públicos, y aún quedaban en ahorro más de treinta millones de reales al año para aumentar el tesoro imperial, guardado, ó más bien enterrado en Mequinez por la avaricia de los últimos sultanes. Poquísima industria en tanto, menos comercio que nunca; la justicia, como siempre, bárbaramente administrada, sin otras leyes que las del Corán, como en la época de Badía, ni más medio de hacerlas ejecutar que la violencia. Entretanto, los naturales del Mogreb-alacsa, que han solido mostrarse inquietos y amigos de novedades en todos los tiempos, habían recibido con los últimos sucesos mayor estímulo que nunca para seguir los impulsos de su condición y alterar la paz del imperio. Acostumbrados á las libertades de la guerra, movidos además de su codicia y amor al saqueo; los unos con sed de peligros y de combates, con deseo de mandar y no obedecer los otros, sobraban combustibles en Marruecos para que ardiese todo en discordias. Pero Abderramhan, ya que de la prosperidad de sus subditos no se cuidase, por lo menos á la conservación de la paz supo atender, como queda dicho, con oportunidad y acierto. Su primer propósito fué indisponer á las tribus entre sí, evitando sus alianzas, y haciendo de suerte que las unas contuviesen en caso necesario á las otras. Este sistema de divide et impera, pocos lo han sabido llevar tan adelante como el actual sultán de Marruecos. Así fué como logró que el desasosiego en que quedaron las tribus berberiscas á la muerte de Muley-Suleyman se fuese calmando poco á poco, sintiéndose débiles todas ellas para lanzarse á la lucha, temiendo ó desconfiando de las otras y de sus mismos individuos. A pesar de todo esto, se levantaron en 1828 algunos xiloes, y favorecidos por los soldados ludajas de la guardia del sultán, lograron alborotar un tanto el imperio; pero Abderrahman logró fácilmente vencer á los revoltosos, y castigando á los principales, dispersó á los otros en las diversas provincias del Mogreb, por manera que más no volvieron á formar tribus ni familias. Pocos años después se levantó hacia Sugilmesa un impostor que se llamaba Mabdi ó Mesías, prometido de Mahoma, el cual soñaba acaso con seducir á aquellas gentes fanáticas y traerlas á sus banderas, fundando una dinastía por los mismos medios que otro, como él, fundó la de los Almohades. Pero el pasado escarmiento y las artes de Muley-Abderrahman pudieron tanto en las tribus, que abandonaron bien pronto al impostor; de suerte, que vino á morir en el olvido y en el desprecio su intento. De otras rebeliones hay alguna noticia; pero no parecen bien averiguadas ni seguras. La supresión del cautiverio, y por consiguiente de las misiones españolas, inútiles ya en el interior del imperio; el haber fijado á Tánger como punto de residencia para todos los representantes de Europa; la falta de viajeros y de comercio, han acabado ya, en fin, por cerrar el conocimiento de las cosas interiores de Marruecos á los europeos, de manera que hoy se saben menos y mucho más imperfectamente los sucesos particulares del imperio que en los siglos xvi y xvii, cuando tantos infelices cristianos poblaban las mazmorras africanas, y tantos renegados se abrían camino á los más altos empleos del Mogreb-alacsa. Así, pues, como en otro lugar queda ya indicado, lo que es un bien general para el género humano, se ha hecho causa de ignorancia para esta parte de la historia.

 Lo más notable y lo más conocido en el reinado de Muley-Abderrahman son sus contiendas con los europeos. En 1830 tuvo algunos propósitos el sultán de restablecer un tanto la marina marroquí, que era sin duda la base de la importancia política del imperio. Ya tenía puestos á punto de corso algunos buques, con los cuales pensaba acometer primeramente á la bandera napolitana, por hallarse más quejoso que de ninguna otra de esta nación, cuando el rey de las Dos Sicilias, enterado del caso, mandó inmediatamente á vigilarlos una escuadra compuesta de cuatro bajeles de guerra. Emprendiéronse en seguida negociaciones entre el gobierno de Marruecos y el de Nápoles, y al fin ambas potencias hallaron satisfacción á sus mutuas quejas. No dejaba de haber otras naciones contra las cuales se sentía movido el sultán á emplear sus fuerzas marítimas; pero desde 1839 á 1832, en que se ajustaron las paces con Nápoles y se terminaron las diferencias pendientes con otros varios Estados Europeos, habían sucedido tales cosas en África, que obligaron á Muley-Abderrahman á ser muy cauto en su política, consagrándose á una sola cuestión, que podía ser de vida ó muerte para el imperio. No es de nuestro propósito explicar los motivos que tuvo el rey Carlos X para declarar la guerra al bey de Argel, ni relatar los varios sucesos de aquella expedición afortunada que de repente libró al mundo civilizado de tantas afrentas y continuos daños. Ello es que la Francia se apoderó de Argel. En los principios pudo creerse que no trataba de otra cosa que de formar allí un poderoso establecimiento con que impedir las piraterías de los berberiscos y atalayar más de cerca las posiciones inglesas del Mediterráneo; pero antes de mucho hubo de conocerse que los intentos de aquella nación eran más grandes. Tomada Argel, los ejércitos franceses, hábilmente dirigidos, fueron extendiéndose por los anchos territorios de la antigua regencia, rindiendo los pocos lugares fuertes y empujando hacia los desiertos á las tribus y cabilas del país que les oponían constante aunque flaca resistencia. Muley-Abderrahman no tardó en comprender cuánto podía importarle lo que pasaba. A la verdad, los soberanos de Marruecos habían solido mirar con más odio que buena voluntad á los beyes argelinos. Muy en los principios de la regencia fueron aquellas guerras que más arriba relatamos entre Sala-Arraez y el xerife Mohamed, muriendo éste al fin asesinado por orden de uno de los señores argelinos. Más tarde se sabe que en los tratos que mediaron entre Muley-Xeque, el que nos entregó á Larache, y el rey D. Felipe III, se habló de conquistar á Argel, y el xerife manifestó sin rebozo sus deseos al monarca español con estas palabras: «Argel es la puerta de donde nos viene el daño á mí y á V. M., y dándome Dios paz en mi reino, irá V. M. con armas por mar, y yo ayudaré á V. M. por tierra para cerrar esta puerta y quedarnos sosegados de este daño.» También el sanguinario xerife Ismael quiso conquistar á Argel, y fué, como queda dicho, derrotado en una batalla sangrienta; pero ni él ni sus sucesores renunciaron á considerarse como verdaderos señores de aquella parte de África, teniendo sobre el territorio de Oran especialmente continuas pretensiones. Y bien puede asegurarse que los sultanes del Mogreb-alacsa miraron con regocijo en los tiempos posteriores cuantas expediciones dirigieron contra Argel las naciones cristianas. Ni al mismo Muley-Abderrahman causó al principio disgusto la empresa de los franceses y el desastre de Argel, dado que no juzgó que fuesen tan adelante; porque Carlos V no pasó de Túnez, y las demás expediciones dirigidas al África habían solido contentarse con dominar las fortalezas del litoral, sin entrar en los yermos y soledades del interior, ni menos fundaren ellas colonias, como á la sazón estaba aconteciendo.

 Mas viendo en tal punto las cosas, alarmóse Muley-Abderrahman, adivinando que tarde ó temprano podían forzarle aquellos sucesos á luchar con los franceses; y desde entonces comenzó á prepararse para el caso, emprendiendo una marcha política que ha solido desconcertar á los diplomáticos europeos, y que sus mayores adversarios han tenido que calificar de hábil en ocasiones. Comprendió el africano que el interés de la Inglaterra obligaba á aquella potencia á simpatizar con sus propósitos, y redobló para con ella sus atenciones, estrechando la alianza que desde los tiempos de su tío venía establecida entre el mexuar de Marruecos y el gabinete de San James. Afectando luego una neutralidad estricta entre los franceses y los argelinos, abrió paso por sus Estados á las armas y municiones que desde Gibraltar venían para éstos, y no escaseó por su parte ningún género de auxilios para que los ejércitos franceses fueran destruidos en los desiertos donde se hallaban empeñados. La infatigable energía de Abd-el-Kader y sus hazañas, harto encarecidas por la fama y el fanatismo de los naturales, debieron mantenerle por algún tiempo en la esperanza de que al fin los invasores del suelo de África serían aniquilados por los argelinos sin necesidad de que él, manifestando claramente sus simpatías, se expusiese á los azares de la guerra. Pero los recursos inmensos de la Hacienda y de la Marina francesa y la constancia de sus ejércitos, desconcertaron completamente tales esperanzas. Abd-el-Kader, después de haber disputado palmo á palmo el territorio de la antigua regencia, llegó á la frontera de Marruecos, al SO. de Tremecen, en los primeros días de 1844, sin soldados ni recursos con que más sostener la guerra. Había pasado, pues, el tiempo de esperar y mostrarse indiferente; era preciso lanzarse claramente á la contienda, y en Muley-Abderrahman no se sintió punto de irresolución, llegado el trance. No falta quien suponga al sultán arrastrado por sus propios vasallos á la guerra, y por el ascendiente que comenzaba á tomar entre ellos Abd-el-Kader. Pero, si bien se miran las cosas, parece evidente que Muley-Abderrahman obró con harta deliberación y propósito, teniendo muy de antemano imaginados los acontecimientos. Sea lo que quiera del fanatismo de los naturales, quien pudo enfrenarlos durante tantos años hubiera podido acallarlos para siempre, si tal hubiera sido su intento. Ello es que en las negociaciones que precedieron al rompimiento de las hostilidades, y en las que produjeron luego la paz, hubo mayor calma y detenimiento que suele demostrarse en los hechos obligados y precipitados por el ciego empuje de la muchedumbre. Y es seguro que si las tribus hubieran llegado á encenderse por sí solas en fanatismo, y á obrar por su propia voluntad, ni habrían dejado de súbito la guerra, porque el sultán tratase de la paz, ni Abd-el-Kader habría sido expelido tan fácilmente del territorio marroquí, por más que aquél lo pactara con los franceses. Así como los Beni-watases de Fez no pudieron privar á los xerifes del poder que una vez les otorgaron para guerrear contra los cristianos, Muley-Abderrahman no habría sabido separar de Abd-el-Kader á las tribus y cabilas guerreras de sus Estados si éstas hubieran obrado á su albedrío, entregándose ciegamente á su entusiasmo y á su fe. La verdad es que Muley-Abderrahman nunca demostró tanto su sagacidad como en esta ocasión; su principal cuidado fué impedir que las tribus se acostumbraran á mirar la guerra de Argel como cosa propia, y que otro pensamiento que el suyo reinase en el imperio y organizase la resistencia contra los franceses. La independencia anárquica con que viven en el Mogreb-alacsa las diversas tribus y familias, lo díscolo de su natural y los ciegos impulsos de su ignorancia y barbarie, hacen, á la verdad, difícil que el soberano pueda infundirles una idea común, encaminándolas á un propio objeto, mas no es por eso menos cierto que Muley-Abderrahman supo lograrlo, y que Marruecos obró como un verdadero Estado en las circunstancias de que tratamos; mostrando tanta seguridad y desembarazo en las palabras, y tanta unidad y concierto en los hechos, como cualquier nación europea podía mostrar en tal caso.

 Comenzó el sultán por enviar xerifes á las provincias que predicasen la «guerra santa», soliviantando á las tribus guerreras con decirles que era llegado el trance de salir á la defensa del Corán y de los muslimes, aniquilando á los aborrecidos cristianos que habían osado poner el pie en tierra de África. Al propio tiempo sus emisarios en Gibraltar y en Tánger sondeaban las disposiciones de los ingleses, por ver si podían arrastrarlos á alguna demostración contra la Francia. Luego envió un cuerpo de tropas á Ugda, lugar situado en la frontera argelina al mando del alcaide Alí-el-gnaui, para que, juntándose con las que Abd-el-Kader había traído consigo, sirviesen de avanzada al grande ejército que debía reunirse. Alarmados, como era natural, los franceses pidieron explicaciones de aquellos hechos; pero el sultán, lejos de darles satisfacción alguna, reclamó de ellos que abandonasen ciertos territorios del lado de Oran, donde tenían construida una fortaleza. La verdad es que los límites de Argel y de Marruecos no estuvieron nunca bien determinados por aquella parte, y que entre los pueblos del lado allá del Muluya, frontera natural del imperio, solían recabar tributos unas veces los sultanes, y otras los beyes, pudiendo decirse que estaban á merced del primer ocupante. Así, pues, el derecho podía ser igual, y, obrando de buena fe unos y otros, habría podido hallarse fácil avenencia. Pero no era tal el propósito del sultán, y los términos arrogantes y absolutos de su pretensión no dejaban esperar que fuese bien recibida de los franceses. Mientras duraban estas contestaciones iba acrecentándose el campo de Ugda con frecuentes refuerzos. El 30 de Mayo llegaron de Fez numerosas hordas de caballería al mando de Sidi-Almamun-ben-Xerife, otro hijo de la numerosa prole de Sidi-Mohammed, y tío del sultán reinante. No bien llegó al campo Sidi-Almamun, determinó invadir el territorio en cuestión sin declaración ni intimación alguna; atribuyóse este paso al ardor del caudillo y de sus soldados; pero viniendo aquel día de Fez, parece más natural que obrase por instrucciones de la corte que allí residía. Puesto al frente de dos mil caballos escogidos, cruzó Sidi-Almamun el Guadi-mailah en compañía del alcaide Alí-el-gnaui, que tenía el cargo de gobernador de Ugda. Como unas dos leguas habrían andado, cuando tropezaron con las divisiones de los generales Lamoriciére y Bedeau, que estaban en observación del campo africano. El choque fué rudo; los jinetes marroquíes se lanzaron bizarramente sobre los enemigos, creyendo, en su ignorancia de las armas, aniquilarlos de un golpe; pero el fuego certero de la infantería francesa no tardó en ponerlos en desorden, y, antes de mucho, hubieron de volver grupas, repasando de nuevo el Guadi-mailah en dirección á Ugda. Ya estaba arrojado el guante; la Francia no podía menos de levantarlo. A las reclamaciones del cónsul francés en Tánger contestó en los términos más altivos el sultán, por mano del secretario de las órdenes imperiales Sidi-Mohammed-ben-Edris, que hacía las veces de ministro de Estado. Decía éste en sus despachos que los vasallos del sultán, su amo, pedían con espantosos clamores la guerra; que lo de Guadi-mailah fué promovido por los franceses, y que antes debían mostrarse agradecidos, que no quejosos, porque ni uno de ellos habría escapado al justo furor de los muslimes si el alcaide de Ugda, Alí-el-gnaui, no los hubiese contenido piadosamente y apagado su esfuerzo invencible. Al propio tiempo insistió en que las tropas francesas evacuasen el territorio disputado. En vano interpuso su influjo el bajá de las provincias septentrionales del imperio, Sidi-buselam, hombre prudente y muy amigo de los europeos; la corte imperial estaba resuelta á tentar la suerte de las armas.

 El 15 de Junio fueron nuevamente atacadas las tropas francesas, y esta vez con notable alevosía, porque habiendo solicitado el mariscal Bugeaud, gobernador general de la Argelia por los franceses, una entrevista del alcaide Alí-el-guah para tratar de las paces, y viniendo en ello el moro, señalóse por lugar de ella las orillas del Guadi-mailah, y uno y otro acudieron allí, confiados en el seguro que mutuamente se dieran. Pero no bien se avistaron los dos jefes contrarios, cuando la escolta francesa, que había venido á proteger la conferencia, fué atacada vigorosamente por un cuerpo de más de cinco mil marroquíes, que pusieron al principio á los franceses, harto menores en número, en grande aprieto. Vanos fueron los esfuerzos del mismo Alí-el-gnaui para detener á sus soldados; rompióse la conferencia, y, poniéndose Bugeaud al frente de sus tropas, logró rechazar á los marroquíes después de un sangriento combate. Acaso el mismo Sidi-Almamun, que provocó el primer encuentro, fuera autor de esta alevosía; porque, á la verdad, parece inverosímil que un cuerpo tan considerable de tropas pudiera destacarse del campo marroquí sin conocimiento de los jefes, y menos contra su voluntad. Perdidas ya las esperanzas de que la paz se conservase, el mariscal Bugeaud se decidió á obrar enérgicamente. El 16 de Julio, que fué el siguiente del combate, anunció al alcaide de Ugda que invadiría el territorio del imperio si, en el término de cuarenta y ocho horas, no aceptaba, las condiciones de arreglo; desaprobación completa de las agresiones que habían ejecutado las tropas morroquíes contra las francesas; destitución y castigo de los jefes que habían consentido y provocado tales agresiones; disolución de aquel cuerpo de ejército y expulsión de Abd-el-Kader del territorio marroquí. Respondió el alcaide en términos vagos, que si bien no anunciaban una negativa absoluta, menos podían considerarse como bastante satisfacción de los agravios recibidos. El objeto era ganar tiempo, porque mientras estas cosas pasaban en la frontera, se hacían por todo el imperio grandes preparativos de guerra, ayudando en ello al sultán y sirviéndole de ministro y consejero su hijo primogénito Sidi-Mohammed, al cual confió en adelante el mando supremo de los ejércitos; mozo entusiasta y valiente, aunque no apto para tan difícil empleo. Hácense grandes levas en los alrededores de Fez, y las tribus guerreras del O. acuden con numerosos escuadrones á servir en la guerra santa. En el país de Mequinez fué tanto el entusiasmo, que no quedó un hombre útil en los aduares; todos se pusieron en marcha, dejando en ellos solamente á las mujeres, y á los infantes y ancianos. Ábrense los arsenales de Tánger y de Marruecos, y sácanse toda clase de armas y municiones para repartirlas entre la muchedumbre; y, no bastando las rentas del año para gastos tan crecidos como esto originaba, se acude al tesoro imperial encerrado en los palacios de Mequinez, al cual en más de un siglo no se había tocado, y se sacan de él hasta dos millones de reales, cantidad no pequeña en aquellos países. Pero el sultán dilataba acaso el romper las hostilidades, por saber antes el partido que tomaría la Inglaterra. Esta nación, tan interesada en la conservación del imperio, no podía á la verdad dejarlo abandonado en manos de la Francia. No faltaron, pues, amenazas encubiertas y demostraciones de fuerza, y uno de sus ministros llegó á tratar duramente en el Parlamento al gobierno francés. Cruzáronse de una y otra parte despachos y notas diplomáticas, y la Inglaterra obtuvo de la Francia la solemne declaración de que, fuesen cualesquiera las prosperidades y adelantamiento de sus armas, no guardaría para sí la menor parte del territorio de Marruecos, limitándose á conquistar la paz. Con esto quedó tranquilo el gabinete de San James, y el de Francia se halló libre de aquel obstáculo tan temible[65]. A la verdad, los planes del sultán se miraban en parte frustrados; ya sabía que no había de contar con otras fuerzas que las suyas para luchar con los franceses; pero había ido harto adelante para retroceder, y demás de esto, no era causa de poco aliento el saber que en todo trance de fortuna tenía segura la integridad de su territorio. Habíalo invadido al fin el mariscal Bugeaud, entrando el 19 de Junio en Ugda, en cumplimiento de la amenaza que tres días antes había dirigido al alcaide, comandante de las tropas imperiales en la frontera; si bien, contento con aquella demostración y amago, evacuó á los pocos días la ciudad conquistada y entró de nuevo en la Argelia. El sultán, no bien supo esto, hizo marchar á la frontera á su hijo primogénito como comandante en jefe del ejército, y por sus tenientes á los valerosos caudillos de Ben-Amri, Ben-Ugda y Abassi; y para insultar más á la Francia, reclamó de Mr. Nion Doré, su cónsul general en Tánger, el castigo de Bugeaud y de los demás generales que estaban á sus órdenes por haber violado las tierras del imperio. El cónsul le envió por respuesta el ultimatum de la Francia, que contenía las mismas condiciones de paz propuestas por el mariscal Bugeaud al alcaide de Ugda, señalando por término para romper las hostilidades el día 2 de Agosto. Lejos de responder el sultán á tal demanda, envió diversas cabilas de montañeses á guarnecer el litoral, donde ya había aparecido una escuadra francesa, encargada de apoyar y secundar las operaciones del ejército de tierra, y apresuró la marcha de los últimos refuerzos que en hombres y armas enviaba á su hijo, mandándole que comenzase la guerra en cuanto tuviese juntas todas sus fuerzas.

 Cumplido, pues, el término del ultimatum, y rotas definitivamente las negociaciones de paz, los franceses abrieron las hostilidades por mar y por tierra. El príncipe de Joinville, comandante de la escuadra, recibió el 5 de Agosto la orden de destruir las fortificaciones de Tánger y Mogador, puertos principales del imperio. Al amanecer del día 6, la escuadra, anclada delante de la primera de estas plazas, comenzó á hacer sus preparativos para el combate. Estaba Tánger defendida por baterías que montaban unos cincuenta cañones y algunos morteros. Seis vapores franceses tomaron á remolque tres navíos, una fragata de primer orden y tres bergantines, y los pusieron en línea y á corto trecho de aquellas baterías, sin que los marroquíes impidieran esta operación, que era la más importante de la jornada. A las ocho y media rompió el fuego el navío Almirante, que fué seguido por los demás buques, mientras un vapor lanzaba sobre la plaza multitud de cohetes á la congréve. La defensa de los moros fué mayor que podía esperarse, dado que con dejar acercarse á los buques franceses habían perdido todas sus ventajas; pero al cabo de hora y media,. con harto mayor pérdida de ellos que de los contrarios, tuvieron que abandonar las baterías, reducidos á escombros los parapetos y desmontadas las piezas. Al estruendo del combate corrieron á la ciudad los montañeses encargados de guardar la costa, pero como los franceses no desembarcaron, limitaron sus hazañas á saquear las casas abandonadas por los habitantes, y á cometer otras violencias no menos graves. A las pocas horas la escuadra se hizo á la vela para Mogador, donde se presentó el 11 de mañana; pero el mal tiempo que reinaba dilató el ataque hasta el 15. El puerto de Mogador está casi cerrado por una isla de muy cerca de dos millas de bojeo, y aquí habían plantado los marroquíes formidables baterías, las cuales cruzaban sus fuegos con otras situadas dentro del puerto y á lo largo de la costa. No bien estuvo á tiro de cañón la escuadra francesa, los defensores de Mogador, harto más diestros que los de Tánger, rompieron el fuego contra ella; los buques avanzaron en silencio á ocupar cada uno el puesto que le estaba señalado; pero antes de conseguirlo sufrieron graves pérdidas. Particularmente el navío Jemmapes salió muy maltratado por el fuego de la batería llamada Larga, que se extiende por la costa del Oeste; fuego muy bien dirigido y que dilató un poco de tiempo la victoria de los franceses. Después de un vigoroso cañoneo, éstos lograron apagar los tiros de la plaza, y desembarcando en la isla quinientos hombres, conducidos por los vapores de la escuadra, se apoderaron de ella, ganándola palmo á palmo y á costa de mucha sangre. Rendida la isla, el puerto no opuso apenas resistencia, y dejando guarnición en aquélla, la escuadra se hizo á la vela para Cádiz. Y es notable que Mogador, lo propio que Tánger, fué saqueada por las cabilas que debían defenderla. La nueva de estos sucesos no alteró en lo más mínimo al sultán, puesto que desde los principios tenía puesta toda su confianza en el ejército de tierra, que continuaba acampado en las inmediaciones de Ugda. Durante todo el mes de Julio y los principios de Agosto, se habían empeñado diversos combates, aunque sin consecuencia, entre los marroquíes y los franceses. El plan del príncipe Sidi-Mohamed, que mandaba á los marroquíes, era atacar á los franceses por las montañas que corren á uno y otro lado de Ugda con considerables cuerpos de infantes, mientras que por las llanuras que se extienden al frente de aquella plaza hasta Tremecen había de avanzar la caballería, envolviendo entre sus numerosos escuadrones al reducido ejército que los contrarios podían oponerle. En el caso de salir victoriosos del primer encuentro, la población entera del país se habría alzado contra los franceses, y los marroquíes se habrían adelantado á bloquear y asediar á Tremecen, Orán y Mascara, y aun la misma plaza de Argel. Pero todos estos planes y propósitos los desbarató de un golpe la fortuna. El 13 de Agosto el mariscal Bugeaud, determinado á entrar en campaña, levantó su campo en silencio^ fingiendo un gran forrajeo para que los enemigos no se apercibiesen de su movimiento, y vino á alojarse en la ribera del Ysli hacia uno de sus recodos, desde donde caminó hasta dar vista, á cosa de las ocho de la mañana, al campo enemigo. Estaba éste situado detrás de unas colinas que aparecían ocupadas y defendidas por tropas de infantes y de caballos; el grueso de la caballería, repartido en dos divisiones iguales, cubría los flancos ó vertientes de las colinas al Oriente y al Occidente. El campo estaba defendido por once piezas de artillería, que eran las que arrastraba consigo el ejército. Por delante de las colinas formaba el Ysli un nuevo recodo que las servía de foso, aunque entre ellas y el álveo del río quedaba una llanura algo extensa. La infantería de los marroquíes era muy escasa y compuesta de algunos grupos desorganizados; la caballería pasaba de veinticinco mil hombres, según se dice, y eran las verdaderas tropas del imperio. En cuanto al número de los franceses, excedía poco de doce mil hombres; los ocho mil quinientos de infantería, y los otros de caballería regular é irregular, con diez y seis piezas de artillería, cuatro de ellas ligeras. No bien los divisó Muley-Mohamed, cuando mandó á varios escuadrones de caballería que fuesen á disputarles el paso del Ysly, que habían de ejecutar de nuevo para llegar al campo. Bugeaud, al notarlo, envió algunas bandas de tiradores escogidos, que por la certeza de sus tiros y disparos obligaron á los contrarios á desalojar la orilla opuesta. El ejército francés pasó entonces y marchó sobre las colinas. Al verle en la mitad del llano que se extendía al pie de ellas, Sidi-Mohamed mandó salir contra ellos la inmensa caballería que cubría sus flancos. Al punto los batallones franceses forman cuadros, de manera que todos sus cuatro frentes pudiesen responder al enemigo; en los ángulos de los cuadros presentaba sus temibles bocas la artillería, y cincuenta pasos adelante parejas de tiradores esperaban la carga. La caballería y las piezas ligeras y el estado mayor se mostraban como antes, á la cabeza de la formación y en el punto más avanzado hacia las colinas. Al llegar la caballería marroquí fué detenida un tanto por el fuego mortífero de los tiradores avanzados; no obstante, siguen la carga los jinetes más esforzados y algunos llegan á tocar la línea de los tiradores; pero éstos se arrojan repentinamente en el suelo, y los frentes de los cuadros abren entonces el fuego de su terrible artillería. De cuando en cuando la artillería de los ángulos salía algunos pasos adelante y lanzaba de muy cerca la metralla sobre aquellas apiñadas masas de caballería. Sostuvieron el combate los marroquíes con gran valor por algún tiempo, pero era inútil; los fuegos de los soldados á caballo no causaban daño alguno á los franceses; no tenían lanzas ni organización militar que hiciese temible el empuje de la caballería; caían sin defensa los más valientes, y cada instante se señalaba con horribles pérdidas entre sus filas. Entró, pues, el desorden al cabo, y comenzaron los jinetes á desbandarse por uno y otro lado. Bugeaud, que en el ínterin estaba cañoneando las colinas, en cuya cima se miraba á Sidi-Mohamed, que desde allí dirigía la acción, viendo el desconcierto de la caballería enemiga, vuelve contra ella sus cuatro piezas ligeras, y cogiéndola entre dos fuegos, acaba de ponerla en fuga. Entonces la caballería francesa carga por tres partes á un tiempo y completa la derrota de los ya desordenados marroquíes. Los que fueron por el centro tomaron las colinas, y arrojándose en seguida sobre el campamento, se apoderaron de él á pesar de la desesperada resistencia de sus defensores. Los de los costados, hallando partida en dos á la caballería enemiga, fácilmente pudieron arrollarla. Sidi-Mohamed llama á sí los fugitivos, y logra formar todavía á la izquierda del Ysli gruesos escuadrones; algunos cuerpos de caballería francesa que se adelantaron demasiado, se encuentran gravemente comprometidos; pero los vencedores avanzan, su artillería vuelve á lanzar la metralla sobre los indefensos contrarios, su caballería amaga una carga, y entonces, sin más poderlos contener el príncipe, se pone en desordenada retirada todo el ejército marroquí, los unos hacia las montañas, los otros por el camino de Teza. Fué insignificante la pérdida de los franceses, que no sufrieron apenas el fuego del enemigo ni pudieron ser alcanzados por su caballería. Más considerable fué la de los marroquíes, aunque no se les pudo seguir el alcance. La nueva de este suceso, que sólo podía ser inesperado con un absoluto desconocimiento del arte de la guerra, llenó de dolor, pero no desesperó un punto á Muley-Abderraman. Pronto á luchar todavía, y confiado en romper entre los montes y yermos del país á los franceses más tarde ó más temprano, comenzó á juntar nuevas tropas y á preparar nuevos pertrechos y armas. Pero en esto llegaron mensajeros de parte de los franceses pidiéndoles la paz. Ofrecían evacuar á Ugda y todo lo que habían ocupado en el territorio marroquí, con tal de que Muley-Abderrahman se comprometiera á internar á Abd-el-Kader en alguna provincia remota ó á expulsarle del imperio, y á no hostilizar á la Francia. El sultán había ya conocido que sus fuerzas no bastaban para conquistar la Argelia, y que para tal empresa no podía contar con ayuda alguna de los ingleses. Prestó, pues, oído á los tratos, y por medio del bajá Sidi-Bushilan, se ajustaron las paces en Septiembre de aquel año de 1844, sin que exigiesen siquiera indemnización de guerra los franceses, porque, según se dijo entonces en aquel país, «era bastante rica la Francia para pagar su gloria».

 En el mismo año en que se hizo esta paz terminaron las diferencias del imperio con Dinamarca, Suecia y Holanda. Pretendían estas naciones eximirse definitivamenta del tributo que tenían costumbre de pagar al imperio para librar de las piraterías de los moros sus naves mercantes, y apoyaron su pretensión enviando á las vecinas costas algunos buques de guerra; pero todo se arregló pacíficamente por mediación de la Inglaterra, y porque realmente el sultán no tenía recursos marítimos para exigir por fuerza la continuación del tributo. Mayor importancia parecía tener la diferencia que casi al mismo tiempo que la francesa surgió con España. Llevaba ésta con paciencia que el tratado de 1799 no se cumpliese por parte de los marroquíes en ninguna de sus cláusulas; había sufrido que desde 1837 tuviesen usurpado los moros el campo de Ceuta, impidiendo que los ganados de la plaza disfrutasen de él, según la costumbre antigua; y los buques españoles en las costas de Melilla, el Peñón y Alhucemas, habían sido más de una vez acometidos y saqueados por los rifeños, sin que se diese por nuestra parte señal de sentimiento alguno. Verdad es que el despego de las cosas de África había llegado á punto que no faltó quien creyese que debían abandonarse nuestros presidios en aquella costa, sobre todo los menores; pensamiento indicado durante el siglo anterior por el famoso vencedor de Cabo Sicié D. Juan José Navarro, y que en la época de 1820 á 1823 volvió á reproducirse, marchando un comisionado español á Tánger con tal propósito[66]. Pretendíase entonces que el sultán diera á cambio de los presidios menores, que se tenían por inútiles, alguna extensión de territorio por la parte de Ceuta y alguna indemnización en metálico. Desde que la Francia se posesionó de Argel, no debió haber ya ningún hombre de previsión política en España que pensase en la evacuación de Melilla, el Peñón de Vélez y Alhucemas; pero no por eso pudo cuidarse de ponerlos más á salvo que estaban de las hostilidades de los moros. Sólo había sonado en España durante la última guerra civil el nombre de los presidios de África, cuando en ellos tuvo lugar aquella insensata rebelión carlista que pudo arrancarlos impensadamente á nuestro dominio. En tal punto las cosas, fué cuando sobrevino en 1844 la diferencia de que hablamos. Ejercía las funciones de vicecónsul español en Mazagán un hebreo, de nombre Víctor Darmon, nacido en Marsella, de padre tunecino y madre francesa, más bien á título de honor, que porque realmente desempeñase función alguna. Darmon, dedicado al comercio, se indispuso con el bajá ó gobernador del distrito Haggi-Muza-ben-Mohammed-el-Gerbí, con los naturales y con sus mismos correligionarios por sus costumbres un tanto ligeras y poco vistas en África. Un día que Darmon se ausentó de Mazagán con ánimo de salir al encuentro del Haggi-Muza, fueron en su seguimiento algunos moros recelosos de sus intenciones, y originándose algún altercado entre el vicecónsul y ellos, se disparó por casualidad á lo que parece la escopeta de dos cañones que aquél traía consigo, ocasionando á uno de los africanos la muerte. Mandó entonces el bajá que se prendiese á Darmon, y á pesar de las protestas de los agentes extranjeros, y violando la casa del vicecónsul sardo, donde había tomado asilo, fué cargado de cadenas y metido en una mazmorra. Dio parte luego Muza con maliciosas observaciones al sultán, el cual ordenó que inmediatamente se le diese muerte; y representándole el mismo Muza que era agente de España, contestó: «Que él no ignoraba tal calidad, y que aunque hubiera sido cónsul general, debiera haberse cumplido sin tardanza la sentencia»[67]. Sucedía esto á principios de 1844, y la España no se hallaba realmente á la sazón en el caso de castigar aquella arrogancia. Jamás el encono de los partidos políticos había llegado entre nosotros á tan alto punto como llegó entonces. Había prometido, sin embargo, uno de los más autorizados jefes del partido que en 1843 entró á gobernar nuestra patria, que vengaría la afrenta, tomando, después de expulsado el Regente del Reino, cuarteles de invierno en África; pero sólo fué aquella una frase vana. Dispúsose, es cierto, la formación en Algeciras de un cuerpo de tropas, pero tan reducido, que sólo llegó á contar tres ó cuatro mil hombres, con algunas piezas de montaña, al mando del general Villalonga, hoy marqués del Maestrazgo. Dióse prisa á intervenir la Inglaterra en la contienda, y el gobierno español no pudo ni quiso entonces contrarrestar su influjo. Hubo, pues, que pasar por la vergüenza de admitir en Larache un convenio que á 6 de Mayo de 1845 firmaron el mismo Sidi-Busilhan-ben-Alí, que ajustó el tratado con Francia por parte de Marruecos, D. Antonio de Beramendi y Freiré, cónsul general de España, y el cónsul inglés Drummond Hay, como mediador entre ambas potencias independientes. No está impreso ni lo merece este tratado; triste ejemplo por cierto de la decadencia á que puede llevar á las naciones el espíritu de discordia, y de-lo que logran aunados contra su patria los revolucionarios desatentados y los gobiernos intransigentes que no pueden ó no saben contar con el apoyo de la opinión pública, en sus legítimas aspiraciones. Reducíase por parte de los moros el convenio á ofrecer algo para no cumplir nada y á dejar el asesinato del vicecónsul español sin castigo. Sólo salió, pues, con honra de aquel trance la mujer de Darmon , porque, como conviniesen los marroquíes en entregar por desagravio y precio de la sangre derramada la cantidad de 5.000 reales, ella se negó obstinadamente á recibirlos. Si España estimaba en tan poco la sangre de sus servidores por aquel tiempo, la esposa supo mostrarse más digna. La única señal de vida que hasta fines de 1847 dio luego España en la vecina costa africana, fué la ocupación de los islotes peñascosos llamados las Chafarinas, que en aquel mismo año fué á efectuar en persona el general Serrano y Domínguez, que desempeñaba entonces la Capitanía general de Granada, por temor de que se anticipasen á ocuparlos los franceses.

 Estuvo en paz con éstos Marruecos hasta 1851, en que nuevas y graves dificultades se suscitaron entre el sultán y el entonces presidente de la república francesa. Los moros de Salé, fieles á sus antiguas costumbres, robaron un buque francés y atropellaron luego la casa del cónsul, que pidió satisfacción del hecho. El almirante Dubordieu, con un navio y tres vapores, se presentó de improviso delante de aquel puerto el 25 de Diciembre, y exigió una indemnización de 200.000 francos y el castigo de algunos culpables. Ya iban á empezar á bombardear la plaza, cuando los saletinos propusieron algunas dilaciones, y fué fortuna para los franceses, porque las alteraciones de aquel peligroso mar habían puesto á sus buques en una posición poco ventajosa. Al día siguiente se deshicieron los tratos; y roto el fuego á las diez de la mañana, fué vigorosamente contestado por los marroquíes hasta las tres y media de la tarde, en que todos sus cañones quedaron desmontados. Desde aquella hora bástalas cinco y media, los buques franceses bombardearon impíamente á la ciudad, que fué totalmente incendiada. Lo extraño del caso es que desde la vecina plaza de Rabat apenas hostilizaron á los franceses, á pesar de ver tan maltratados á sus hermanos, cuando entre unos y otros, obrando de consuno, pudieran haber puesto en notable aprieto á la escuadra. Trató el almirante francés con los de Rabat una neutraulidad, que no sabemos en qué pudiera justificarse. En seguida la escuadra amagó un nuevo ataque sobre Tánger; pero las autoridades marroquíes cedieron á cuanto se les exigía, y no tuvo lugar el hecho. En cuanto el sultán tuvo noticia de tales acontecimientos, obrando con su ordinaria energía, desaprobó la conducta de sus autoridades en el litoral, é hizo avanzar hacia las ciudades amenazadas considerables cuerpos de tropas. La guerra parecía otra vez inminente, cuando los consejos de los ingleses ó su propia prudencia inspiraron al fin al sultán menos belicosas ideas, y cambiándose mutuas satisfacciones, se conservó la paz entre las dos potencias. Pero al mismo tiempo que sucumbían los marroquíes á las exigencias de los franceses, que habían sabido hacerse respetar de ellos, sus hostilidades á España, y contra Melila especialmente, crecían de día en día. No contentos con haber usurpado los antiguos límites de esta plaza, lo mismo que los de la de Ceuta, molestaban continuamente con disparos de cañón á aquella guarnición y moradores, que en vano empleaban para escarmentarlos el cañón y mortero, según las estipulaciones del tratado vigente todavía. Creóse á fines de 1847 una Capitanía general de África en Ceuta, y al año siguiente se organizaron dos batallones ligeros, compuestos de voluntarios, con destino á las guarniciones de África, y dos escuadrones de caballería ligera con la propia forma y objeto, por manera que hubo razón para esperar mayor energía y más eficacia en lo sucesivo respecto de las cuestiones con tanta frecuencia suscitadas en la costa vecina. Fueron nombrados capitán general D. Antonio Ros de Olano, segundo cabo D. Antonio Ordóñez, y gobernador de Melilla el general D. Ignacio Chacón, todos ellos soldados de buen nombre. No suspendieron por eso sus hostilidades los moros de Melilla. A castigarlos salió de la plaza el general Chacón en Junio de 1849 al frente de setecientos infantes y un escuadrón de caballería, y en tres columnas acometió á los moros en sus ataques ó posiciones contra la plaza, matándoles más de cien hombres y destruyéndoles el cuartel llamado de Santiago, y los parapetos y municiones que tenían preparados. Pero al retirarse á la plaza los españoles, después de cumplido su objeto, fueron vivamente cargados por los moros, y éstos, lejos de desanimarse con aquel ataque, cobraron nuevo aliento tomando por triunfo de sus armas lo que era necesidad indeclinable de la guarnición, destinada sólo á conservar la plaza. Por su parte el general Ros de Olano destruyó con su lealtad el proyecto concebido por algunos intrigantes extranjeros para apoderarse de Ceuta y su castillo de la Almina, durante las revueltas que en aquel año de 1848 azotaron á Europa y á España misma. Poco después dejó el general Ros á Ceuta, y aunque por de pronto tuvo sucesor, no tardó en ser aquella Capitanía general suprimida, y suprimidos también los cuerpos especiales creados para la defensa de las posesiones de África. Hubo, sin embargo, en Agosto de 1849, momentos en que parecía el gobierno español resuelto ya de todo punto á emprender alguna expedición al África. Los moros seguían hostilizando á Melilla, y aunque el cabo de Benisidel, que era el más temible de sus caudillos, se prestó á entrar en tratos con el general Chacón, no tenían éstos, al parecer, otro objeto sino apoderarse alevemente de su persona y sorprender acaso la plaza. El gobierno de aquella época era más fuerte que los que le habían precedido, y tenía un ejército numeroso y disciplinado; de modo que no parecía inverosímil ni descabellado el propósito. El Heraldo, periódico que casi oficialmente lo representaba, llegó á declarar un día que «decididamente se reunían tropas españolas en Ronda y otros puntos de Andalucía cercanos á nuestras posesiones de África, y que en breve pasarían el Estrecho las fuerzas destinadas á la expedición». Pero ni las fuerzas que se mandaron reunir con efecto eran suficientes para emprender operación ninguna en África, ni aquellas palabras sirvieron para otra cosa que para distraer por algunos días á la opinión pública de las ardientes cuestiones interiores que la agitaban. Continuaron, pues, las cosas como estaban, y los moros con su cañón hostilizando á Melilla, hasta que á principios de 1854 se empezó á organizar una expedición extraña al mando del brigadier de marina Pinzón, comandante general de guardacostas, que ni por su fuerza ni por su organización parecía propia tampoco para lograr con ella efecto alguno en África. Deshízose esta expedición bien pronto con los sucesos políticos de aquel año, y desde 1854 á 1856, los moros fronterizos de Melilla se mostraron más audaces y más intratables que nunca. Fué entonces á mandar en la plaza el brigadier Buceta, soldado de valor sin duda alguna, el cual, no pudiendo sufrir con paciencia los ataques de los moros, hizo varias salidas contra ellos, con frutos semejantes á los que de la salida del general Chacón se habían obtenido. Los moros, aunque ahuyentados de sus ataques y puestos en fuga al principio, cargaban luego sobre la guarnición al retirarse á la plaza, la causaban crecidas pérdidas, y luego se aclamaban como siempre vencedores. Fué á dirigir una de estas pequeñas expediciones en persona el general Prim, que desempeñaba entonces la Capitanía general de Granada, y acompañado del gobernador Buceta, acometió á los moros por dos días seguidos, peleando jefes y soldados con el valor de siempre, mas no con mayor fortuna. Ni era posible alcanzarla cuando tales empresas se acometían con fuerzas que no pasaban de ochocientos á mil hombres entre soldados y presidiarios, y sin artillería; y cuando nada se proponían en ellas los españoles sino pelear durante las horas de sol para volverse al obscurecer á sus cuarteles en la plaza. Tornó, pues, el general Prim á España con el convencimiento de la inutilidad de tales salidas, y poco después se prohibieron formalmente, con grande acierto sin duda, porque en las últimas que se hicieron fueron mayores que nunca nuestras pérdidas por la experiencia que iban adquiriendo los moros, y menores aún que de ordinario las ventajas. De esta suerte volvieron á continuar las cosas como estaban durante algún tiempo, sin otros sucesos notables que la sorpresa venturosa que logró cierta noche uno de los gobernadores de la plaza, apoderándose sin pérdida alguna de uno de los cañones de los moros; y la emboscada en que cayó al querer repetir aquella hazaña un destacamento de presidiarios mandado por el ayudante de la plaza, llamado Alvarez, que quedó cautivo por algún tiempo entre los moros.

 Al fin el gobierno, presidido por el conde de Lucena, fijó seriamente su atención en África. Logróse que devolviesen los moros al ayudante cautivo; logróse que el sultán prestase oídos á nuestras reclamaciones, y para apoyarlas se hizo en los primeros meses del pasado año una demostración marítima, que se confió al general don Segundo Díaz Herrera, con siete vapores, los más de ellos de poca fuerza, y destinados á la guarda de las costas. La presencia de esta pequeña escuadra, y las gestiones acertadas del cónsul español en Tánger, don Juan Blanco del Valle, redujeron al sultán á aceptar por primera vez la responsabilidad de los hechos de los moros fronterizos de Melilla y de los demás presidios menores, prestándose á pagar una indemnización conveniente por un buque mercante español, apresado en aquellas costas; y poco después, en 24 de Agosto, el ministro de Relaciones Exteriores del sultán y el cónsul general de España firmaron en Tetuán un convenio relativo á las plazas del Peñón, Alhucemas y Melilla, por el cual se extendían los límites de ésta al alcance del cañón de veinticuatro, y se señalaba luego desde los límites un ancho campo neutral, á fin de separar á los españoles y moros, y quitar la ocasión de las hostilidades. Para que el convenio tuviese cumplimiento en este punto, el sultán se comprometió además á tener constantemente en el confín del campo neutral una guardia de moros de rey, ó soldados regulares, que reprimiera á las feroces cabilas rifeñas. Pero antes de firmarse este ventajoso convenio, había nacido otra ocasión de discordia harto más grave, y que ha tenido tristes consecuencias para el imperio. El gobierno español había proyectado, para asegurar más á Ceuta, construir tres fuertes aislados, el uno al frente, y los otros dos dominando las ensenadas que se forman á ambos lados de la plaza; y á principios de Agosto se comenzó á edificar un cuerpo de guardia en el sitio llamado ataque de Santa Clara, con el fin de proteger los trabajos cuando se empezasen, y vigilar sobretodo á los presidiarios que se habían de emplear en ellos. En la noche del 10 de aquel mes los moros de la vecina tribu de Anghera destruyeron la obra empezada, arrancando y deshaciendo la garita en que se situaba el centinela de caballería de la compañía de lanzas, sobre la altura llamada del Otero. Siguióse á esto una protesta de los moros contra el proyecto de fortificar el campo, que consideraban suyo; y llenos de soberbia con la impunidad pasada, derribaron los pilares que señalaban la línea divisoria, echando por tierra las armas de España que ellos sostenían. Salió la guarnición de Ceuta, que mandaba el brigadier Gómez Pulido, y repuso solemnemente las armas en su lugar; pero fueron derribadas de nuevo durante la noche. En el ínterin, apenas tuvo noticia de la ocurrencia, dirigió el cónsul general D. Juan Blanco del Valle una nota al ministro de Negocios Extranjeros del sultán, residente en Tánger, reclamando satisfacción; y el ministro pidió un plazo para la respuesta. Pero los moros redoblaron al propio tiempo sus insultos, y el gobernador de la plaza, por evitarlos, suspendió las obras comenzadas, dando cuenta al gobierno. Ya habían hecho los moros fuego á la plaza, y había tenido lugar una pequeña escaramuza; ya el gobierno español había mandado reforzar con algunos cuerpos escogidos la guarnición de Ceuta; ya estaba resuelta la formación de un ejército de observación para apoyar de verdad nuestras quejas, cuando la muerte del viejo sultán vino á aplazar un tanto las negociaciones y las medidas de represión que disponía España. Muley Abderrhaman, aquejado tiempo había de una enfermedad, que la falta de medicación oportuna hizo más penosa de lo ordinario, murió en Mequinez de los Olivares á 29 de Agosto del propio año de 1859, contando á la sazón ochenta y uno de edad y treinta y siete de reinado.

 Era este sultán afable como el que más de sus antecesores, y en cambio no afeaban su conducta la mayor parte de los vicios que son comunes á los de su nación y de su ley. Durante sus últimos años disfrutó de una tranquilidad completa el imperio, gracias á su prudencia y su justicia. Sus hijos no le habían dado disgusto alguno, cosa rara en la historia del imperio. Sus vasallos le habrían llorado mucho á no haber sobrevenido sucesos que distrajeron su atención profundamente de los objetos pasados, para no pensar más que en los presentes. La muerte de Muley-Abderrhaman coincidió, como sabemos, con el tantas veces aplazado cumplimiento de las amenazas de España.


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XVI


MUERTO MULEY-ABDERRHAMAN,fué proclamado sultán al día siguiente su hijo Sidi-Mohammed-ben-Abderrhaman, que había señalado por su sucesor el difunto, y que debía ocupar el trono atendiendo al derecho de primogenitura. Fué entonces, á lo que parece, por extremo leal la conducta que tuvo con su hermano primogénito Muley-el-Abbas, que residía á la sazón en Fez, al lado del padre, y que desde el primer momento se declaró por Sidi-Mohammed, disponiendo que fuese proclamado según la costumbre del imperio. Hízose, pues, la proclamación en Fez en la famosa mezquita de Muley-Ydris, con asistencia de todos los faquíes y grandes dignidades mogrebinas; y luego fué reconocido el nuevo sultán en todas las ciudades importantes del territorio. La genealogía de este príncipe, que comienza ahora su reinado, es la siguiente:

 1.° Alí-ben-Abí-Thaleb, muerto en el año 661 de la era cristiana, el cual tuvo por sobrenombre Almortadha, que quiere decir el agradable á Dios, y era árabe de la antigua tribu de Hacem; éste estuvo casado con Fátima, llamada la Perla, por ser hija única del Profeta.

 2.° Hosein ó Husain-as-sebet, que quiere decir el sobrino, muerto en 680, del cual viene el patronímico el hoseinita, que llevan todos los xerifes.

 3.° Hasan-el-Mexua, esto es, el golpeador, que murió en 719, y era hermano de un Mohammed, del cual pretendía descender aquel Mohammed-ben-Tennert-el-Horarghi, que fundó la dinastía de los Almohadas.

 4.° Abdallah-Alcamel ó el perfecto; murió en 752, y fué padre de Ydris, tronco de los idrisitas; sus hermanos fueron seis, á saber: Mohammed, Yahya, Suleiman, Ybrahim, Ysa y Ah.

 5.° Mohammed Almahdi, y por sobrenombre Nefs assaquia, ó alma Justa, el cual murió en 754, y tuvo cinco hijos, troncos luego de numerosas familias. El autor del Nozhat-el-hadi (libro árabe que trata de las dinastías reinantes en el Mogreb-alacsa durante el siglo XI de la egira) supone, apoyándose en ciertos autores que cita, que entre este Mohammed y Alcásim mediaron tres generaciones, á saber: Ahdallah-al-Yxter ó el tuerto, Mohammed-Alcabal ó el corto, y el Massanel-Axir; de éste añade que vinieron Alcásim y otros ciento y cinco hijos.

 6.° Alcásim, muerto en 842; de uno de sus hermanos, llamado Abdallah, se cree que descendían los califas fatimistas que reinaron en el Mogreb y en Egipto.

 7.° Ysmael, que acabó sus días en 890.

 8.° Ahmed, en 901.

 9.° Alhazem, en 940.

 10.° Alí, en 970.

 11.° Abu-Boer, en 996.

 12. Alhasam, en 1012.

 13. Abu-Becr-el-A'arafat, ó el conocedor, en 1043.

 14. Mohammed, en 1071.

 15. Abdallah, en 1109.

 16. Hazem, hermano del anterior Mohammed, muerto en 1132.

 17. Abulcásim-Abd-er-Rahman, en 1207.

 18. Mohammed, en 1236.

 19. Alcásim, en 1271, padre de ocho hijos, de los cuales fué acaso el más joven.

 20. Alhazem, que en 1266 vino al Mogreb-alacsa á instancias de la tribu amazirga de Maghrawa, y se estableció en Sugilmesa y en Daraa, donde se hizo tronco de las dinastías de xerifes que reinaron en el Mogreb-alacsa. Murió en 1326.

 21. Mohammed, en 1361.

 22. Alhazam, que murió en 1391, fué padre de Mohammed y abuelo de Hazem, que en 1507 fundó en el Mogreb-alacsa la primera dinastía de los xerifes hoseinistas, que doce años más tarde se estableció en Marruecos.

 23. Alí, muerto en 1437, fué el primero que tomó el nombre de xerife; pasados los cuarenta años tuvo dos hijos: el primero en una concubina, que se llamó Muley-Mohammed, y el otro en mujer legítima, que tuvo por nombre:

 24. Yusuf, el cual se retiró á la Arabia, en donde murió por los años de 1485. Cuéntase de él, que no habiendo tenido hijo alguno hasta la edad de ochenta años, tuvo luego cinco, siendo el primogénito de ellos

 25. Alí, muerto en 1527, el cual tuvo ochenta hijos varones.

 26. Mohamed, en 1591, fué padre de muchos hijos, y entre otros de

 27. Alí, que vino desde Yambo, en Arabia, al Mogreb-alacsa, y fundó en Tafilete la actual dinastía de los xerifes hoseinistas, apellidados Filelis. Murió en 1632.

 28. Muley-Xerife, que murió en 1652, tuvo ochenta y cuatro hijos y ciento veinticuatro hijas.

 29. Muley-Ismael, muerto en 1729, padre de innumerables hijos.

 30. Muley-Abdallah, muerto en 1757.

 31. Sidi-Mohammed, en 1789.

 32. Muley-Hixem, en 1794.

 33. Muley-Abderrahman, padre del actual reinante.

 Frisa Sidi-Mohammed en los cincuenta años, y es mulato como muchos de sus antepasados. Tiene nueve hermanos, y entre ellos dos de madre, habidos como él por Muley-Abderrhaman, en la sultana Leila-ben-Sidi; uno de los cuales se llama Muley-Suleyman, y Muley el Abbas el otro. Hasta ahora sólo uno de sus primos, llamado Muley-Suleyman, parece que quiere disputarle el imperio, apoyado como todos los pretendientes en las indóciles tribus del Sur del imperio. Sea cualquiera la importancia de estas pretensiones, lo cierto es que en medio de las circunstancias dificilísimas que le rodeaban, Sidi-Mohammed ha subido al trono con una tranquilidad desconocida en tiempo de sus antecesores. Han debido ser parte para ello sus circunstancias personales, porque es generalmente tenido por valiente y sabio; pero además poseía muchas riquezas, había sido califa ó lugarteniente de su padre, y aunque poco afortunado en la guerra con los franceses, tenía siempre partido en el ejército que mandaba, y que sabía, á pesar de su rudeza, que no era á él á quien podía atribuirse la fácil derrota de Ysly, sino á la ineficacia de la caballería sola para combatir con los formidables cuadros de la infantería francesa. Por otra parte, los más de los alcaides, bajas y funcionarios le debían su fortuna, porque él había influido mucho en el imperio durante los últimos años del reinado de su padre. Las cabilas y el vulgo de las poblaciones no parece que le amen mucho sin embargo, y preferirían tener por señor á su hermano Muley-el-Abbas, según ha podido averiguarse en sus recientes relaciones con los españoles. Era ya acusado Sidi-Mohammed, al subir al trono, de ser por extremo severo y algo aficionado á los usos y costumbres de los europeos; suponiéndose que no había introducido aún grandes reformas en Marruecos, su residencia habitual, por no disgustar á su anciano padre, que era muy opuesto á todo género de innovaciones. Ahora el disgusto será mayor en el imperio por los desastres de la guerra con España, y no falta quien diga que comienzan á apellidarle como á Boabdil, el zoigobi ó el desdichado.

 Sobrevino la guerra con España, á pesar de los deseos que realmente tenía el sultán de mantener la paz y de los esfuerzos mayores que hizo para impedirla la diplomacia inglesa. Desde que el general Herrera apareció con su escuadrilla delante de Tánger, el ministerio inglés, alarmado, pidió con su ordinaria altivez explicaciones. A medida que fueron agravándose las circunstancias, fué mayor la inquietud del gobierno y de la nación inglesa, acostumbrada ya á considerarse como señora de la costa de África, y á no ser contradicha por España. Pero el peligroso estado del mundo, la prepotencia adquirida por la Francia en el continente, la debilidad de los actuales ministerios ingleses en medio de las corrientes políticas que agitan en diversos sentidos la carcomida Constitución británica, y el convencimiento de que oponerse á la guerra de Marruecos era renunciar para muchos años á la amistad y alianza de la Península, hicieron al fin á los hombres de Estado de aquella nación ser más prudentes con nosotros que lo habían sido con los franceses en ocasión semejante. Contentáronse, pues, con la vaga declaración de que no ocuparía España punto alguno que estorbase la libre navegación del Estrecho, y abandonaron luego al sultán á su suerte. Era en tanto indecible el entusiasmo en España. No era sólo la afrenta de los últimos días lo que se proponía vengar en África: era la afrenta constante de medio siglo. No era sólo un interés actual el que la movía á la guerra; era también el interés de su honra pasada y de su regeneración futura. La España entera lanzó por lo mismo un grito de indignación al saber el atentado de Ceuta, y engañada tantas veces en sus belicosas esperanzas, pidió resueltamente la guerra. El gobierno, que presidía el conde de Lucena, no pudo entonces oponerse á aquel unánime impulso. Las dilaciones tal vez necesarias, los escrúpulos tal vez excusables de los marroquíes, se tomaron en la Península por nuevos y calculados agravios. No había medio de avenencia: la España quería pelear á toda costa, mientras el nuevo sultán, mal seguro en su trono, deseaba más vivamente cada día la paz. Consintió Marruecos en el castigo de los culpables, consintió en que se fortificase el campo de Ceuta, consintió en dar á esta plaza mayores límites que había tenido aun antes de la usurpación de 1837; y nada bastó, sin embargo, para calmar la justa cólera que excitaba el recuerdo de los insultos hasta aquel momento sufridos. Pidió el gobierno español al sultán por límite de Ceuta las alturas de Sierra Bullones, á manera de indemnización de los sacrificios que sus pasadas hostilidades nos habían impuesto; y como se negasen sus ministros á acceder á la demanda, sin autorización expresa de su soberano, el día 22 de Octubre de 1859 declaró el presidente del Consejo en las Cortes, en medio de un frenético entusiasmo, que la España iba á apelar á las armas. Algunos días después el mismo presidente del Consejo de ministros, nombrado general en jefe del ejército, salió para Cádiz á tomar el mando y disponer la jornada.

 Pocos días hace aún que ha terminado esta guerra con gloria para la nación española, para su ejército y su gobierno; con gloria para la reina Isabel, en quien se personifican naturalmente todos los grandes intereses patrios. Desde que en 19 de Noviembre del año anterior ocupó el general Echagüe el Serrallo y sus inmediaciones, hasta que al amanecer del 25 de Marzo se suspendieron las operaciones militares, la Europa ha presenciado con admiración y aplauso el espectáculo de nuestro patriotismo, de nuestro valor y de nuestra fortuna. A un tiempo mismo la España se ha sentido digna de sí propia, y los nuevos destinos de la monarquía se han dibujado con sonrosadas tintas en el horizonte de la historia. Exponer todas las hazañas, citar todos los nombres que han honrado juntos el valor y la victoria, referir minuciosamente los sucesos políticos, diplomáticos y militares, es tarea que se ajustaría mal al objeto de estas páginas, y que no entra poco ó mucho en nuestro propósito. De la guerra de Marruecos, más feliz que otras en ello, recogerá sin duda la España venidera, curiosas relaciones y Memorias llenas de pasión, de vida, de entusiasmo, de ingenio las más, de verdad todas; y será gran fortuna por cierto para los historiadores futuros tener á mano materiales de tanta importancia. Y aun es de esperar que se escriban también Memorias militares, técnicas, facultativas que aclaren los sucesos, que enseñen á los venideros á reparar las faltas cometidas ahora, que les muestren la senda por donde deben ir para exceder los aciertos presentes. Pero hoy aún no es posible ofrecer en breves páginas la fría y concienzuda apreciación de la historia, y por eso seremos muy sobrios al llegar á este punto. Séanos lícito, sin embargo, recordar algunos hechos y citar algunos nombres con la estimación que hoy unánimemente les consagra la opinión pública. La creación de un ejército de cuarenta mil hombres y más de sesenta cañones en Algeciras, Cádiz, Málaga y sus inmediaciones, ejecutada en breves días por medio de la vía férrea del Mediterráneo y los vapores de guerra y mercantes de la marina nacional; la organización de campaña de este ejército, llevada á término en dos meses escasos, aunque las tropas no habían formado nunca brigadas, divisiones ni cuerpos, desconocían los hábitos y hasta el material de los campamentos, y no tenían trenes de sanidad, ni almacenes, ni transportes, ni nada de lo que necesitaban regimientos dispersos en pequeñas guarniciones, para aventurarse á invadir una tierra extraña y desierta, con el mar á espaldas; la excelente constitución en que se halló á la infantería, y principalmente á los batallones de cazadores; la perfección de la artillería, rayada ya cuando sólo la Francia había puesto en práctica el nuevo sistema; la buena disposición de la caballería, que, aunque en escaso número, se ha mostrado digna de su antiguo nombre en España; la sólida instrucción manifestada por los ingenieros y por el cuerpo sanitario y administrativo; por último, la prontitud con que se regularizaron todos los servicios militares del ejército, son cosas dignas de honrar para siempre, en primer término, al conde de Lucena D. Leopoldo O'Donnell, ministro de la Guerra y general en jefe; y en segundo término al general Mac-crohon, que interinamente desempeñó luego este Ministerio, y á los directores de las armas D. Francisco Serrano y Domínguez, D. Antonio Ros de Olano, D. Juan Zavala, D. Antonio Remón Zarco del Valle, D. Cayetano de Urbina y don Nicolás Briz; cada uno de los cuales ha merecido sobradamente la confianza y la gratitud de su patria. Las hábiles y esforzadas operaciones de desembarque, ejecutadas por la marina de guerra, por primera vez empleada en grande escala desde la ruina de nuestro poder naval, honran de la propia suerte á los generales y jefes que la han dirigido.

 Justo es también, al celebrar los servicios prestados al ejército por la marina de guerra, recordar de nuevo el nombre del general Mac-crohon, activo y celoso ministro del ramo. Y en cuanto á los hechos de armas, son muchos los que sin duda quedarán escritos con caracteres indelebles en nuestra historia[68]. Dignas son de esta honra la reñida acción que entre los espesos bosques que rodeaban la linea del Serrallo y en la linea misma no fortificada todavía, sostuvo contra los moros el 25 de Noviembre la vanguardia del ejército, sola aún en el territorio africano, bajo el mando del general Echagüe, gloriosamente herido, y con un caballo muerto en el choque; la acción del 30 del mismo mes, en que rechazó valientemente un ataque enemigo el propio primer cuerpo ó de vanguardia, bien dirigido por el general Gasset en aquel encuentro; la acción del 9 de Diciembre, en que el general Zavala se mostró digno de su reputación antigua; la esforzada y hábil defensa que hizo de su campamento el general Ros de Olano en varias ocasiones, y principalmente en 30 del mes citado, y aquella serie, en fin, de sangrientos combates que sostuvo el ejército mientras se acostumbraba á la práctica de la guerra, cobraba confianza en sí mismo y en sus caudillos, se endurecía en la fatiga, fortificaba su base de operaciones en las alturas del Serrallo, abría el camino á Tetuán y completaba su aprovisionamiento; trances todos en que lo mismo que los principales caudillos, cumplieron los subalternos generales, jefes y oficiales con su deber, y se señalaron los soldados con hazañas singulares, no diversas de las más preciadas de otros siglos. Al fin, en 1.° de Enero del presente año emprendió la marcha sobre Tetuán el general O'Donnell, conde de Lucena, con los cuerpos de los generales Zavala, Ros y la reserva, al mando del general Prim, conde de Reus, dejando al general Echagüe custodiando con sus tropas la línea del Serrallo; y el mismo día, en el sitio llamado los Castillejos, á poca distancia de Ceuta, se trabó una reñida batalla con los moros que mandaba como califa ó lugarteniente del sultán su hermano Muley-el-Abbas, en la cual fueron los enemigos vencidos, aunque no sin pérdidas sensibles, merced al señalado valor del general Prim y de sus tropas, probado ya en varias escaramuzas sangrientas, y á la ayuda que le prestó con las suyas el general Zavala, que enfermo desde el día siguiente, se despidió del ejército con aquel hecho de armas. No opusieron los moros, escarmentados en aquella ocasión, toda la resistencia que se esperaba en los desfiladeros que hay entre Ceuta y el valle de Tetuán; pero la ofrecieron bastante sin embargo, y el ejército, abriendo como los antiguos romanos el camino por donde iba pasando y seguido á lo largo de la costa por la escuadra que mandaba el general Bustillos, llegó al cabo de quince días de penosa marcha con todo su material á la desembocadura del río Guadaljelú ó Martín, donde le había precedido por mar una nueva división salida de la Península. Esta marcha, ejecutada en medio de temporales furiosos, durante los cuales llegó á estar incomunicado el ejército, y á excitar grande ansiedad en España su suerte, peleando diariamente y venciendo siempre á los marroquíes que le acosaban, luchando con el cólera, que diezmaba en tanto las filas, y con todo género de privaciones, ha sido admirada en Europa y ha señalado un puesto entre los buenos soldados del mundo al general conde de Lucena, y á los individuos de todas clases que la emprendieron á sus órdenes. Ya sobre la ría de Tetuán y mientras se fortificaba y se abastecía de nuevo el ejército, hubo que sostener nuevos combates y otra sangrienta batalla contra los moros, que en número considerable atacaron nuestras posiciones el día 31 de Enero, siendo rechazados como de costumbre, mas no sin gran pérdida por ambas partes. Pero donde realmente se decidió del éxito de la guerra, fué el 4 de Febrero, en la batalla de Tetuán. Los cuerpos segundo y tercero, enérgicamente conducidos por los generales Prim y Ros de Olano[69], y bajo la dirección inmediata del general en jefe, conde de Lucena, destrozaron en este día al ejército moro, que podría ascender á treinta y cinco mil hombres, mandados por Muley-el-Abbas y Sidi Ahmed, otro de sus hermanos, dentro de un campamento fortificado; tomáronles ocho cañones, dos banderas, ochocientas tiendas, camellos y muchos pertrechos de guerra. Dos días después Tetuán abrió sus puertas á los españoles, sin intentar defenderse, á pesar de que se hallaron en su recinto ochenta piezas de artillería, excelentes muchas de ellas, como que habían formado parte de los regalos que en otro tiempo hacían periódicamente las naciones marítimas al imperio. Fué grande el espanto de los moros con estos sucesos. Reconociendo su inferioridad en la lucha, pidió el enemigo el día 11 de Febrero la paz, y el 23 del mismo, el general conde de Lucena, elevado á la dignidad de duque de Tetuán, y el califa Muley-el-Abbas, celebraron una conferencia, en la cual no fué posible entenderse. Rotas, pues, de nuevo las hostilidades, el general Bustillos, con una escuadra compuesta de un navio, dos fragatas de vela y dos de hélice, tres vapores de ruedas de 350 á 500 caballos y otros varios buques, bombardeó los fuertes de Larache y Arcilla. Lo mismo en estas ocasiones que en el bombardeo de los fuertes de la ría de Tetuán, ejecutado por el general Díaz Herrera antes de que saliese el ejército de Ceuta, y en los combates verificados en la costa al alcance de los buques menores de la escuadra, cumplió ésta con su deber, mostrándose digna hermana del ejército. Hubo luego nuevos choques por tierra, de los cuales fué el combate ó batalla de Samsa, en que las tropas de vanguardia á las órdenes del general Echagüe, que habían venido á reforzar el ejército, en las alturas de Tetuán arrollaron valientemente al enemigo, ayudadas con su ordinario esfuerzo por el general Prim y su cuerpo. Hiciéronse luego los preparativos para conducir el tren de sitio que no había sido necesario á Tánger; mandóse reunir en Algeciras la escuadra del general Bustillos, que bien pronto llegó á contar con los refuerzos recibidos, dos navíos de línea y tres fragatas de vela, dos fragatas y cuatro goletas cañoneras de hélice, una fragata de vapor de fuerza de 500 caballos, dos corbetas de 350 y otros cinco ó seis vapores de menos porte, y una división de lanchas cañoneras; y el 23 de Marzo, calmados un tanto los constantes temporales que han acosado al ejército durante la guerra, se puso de nuevo éste en marcha. A una legua de Tetuán lo aguardaba Muley-el-Abbas con treinta y cinco á cuarenta mil hombres, de refresco muchos, y todos resueltos á cerrar el paso ó morir en la demanda. Dióse entonces la batalla de Gualdrás[70], en que tomaron parte los cuerpos de los generales Echagüe, Prim y Ros y el de reserva, mandado por Ríos y por Makenna, inferiores en fuerza al enemigo; pero rivales todos en denuedo, oficiales y soldados; y fué el enemigo completamente derrotado á punto de solicitar de nuevo la paz, que el vencedor duque de Tetuán concedió al califa, que vino á pedirla en persona, después de aceptar sin reserva las condiciones que había rechazado pocos días antes. En los preliminares de paz quedó pactado: que Marruecos cediera á España á perpetuidad, y en pleno dominio y soberanía, todo el territorio comprendido desde el mar, siguiendo las alturas de Sierra Bullones hasta el barranco de Anghera; que Marruecos se aviniese también á conceder á perpetuidad en la costa del Océano, en Santa Cruz la Pequeña, el territorio suficiente para la formación de un establecimiento como el que España tuvo allí anteriormente; que se ratificara á la mayor brevedad posible, el convenio relativo á las plazas de Melilla, el Peñón y Alhucemas, que los plenipotenciarios de España y Marruecos firmaron en Tetuán á 24 de Agosto de 1859; que se pagase á España, como justa indemnización por los gastos de la guerra, la suma de 20 millones de duros, estipulándose la forma del pago de esta suma en el tratado definitivo de paz; que la ciudad de Tetuán, con todo el territorio que formaba el antiguo Bajalato del mismo nombre, quedara en poder de España como garantía, hasta el completo pago de la indemnización de guerra, evacuando enteramente las tropas españolas la ciudad y su territorio, tan luego como dicha obligación se cumpliese; que se celebrara un tratado de comercio, en el cual se estipulasen en favor de España todas las ventajas que se hubieran concedido ó se concediesen en el porvenir á la nación más favorecida; que, á fin de evitar en adelante sucesos como los que dieron ocasión á la guerra actual, pudiera el representante de España residir en Fez ó en el punto más conveniente para la protección de los intereses españoles y mantenimiento de las buenas relaciones entre ambos Estados; que el rey de Marruecos autorizara en Fez el establecimiento de una casa de misioneros españoles, como la existente en Tánger, y, por último, que S. M. la reina de las Españas nombrara desde luego dos plenipotenciarios, para que con otros dos que designase el sultán de Marruecos, extendieran las capitulaciones definitivas de paz; debiéndose reunir dichos plenipotenciarios en la ciudad de Tetuán, y dar por terminados sus trabajos en el plazo más breve posible, que nunca podría exceder de treinta días, á contar desde la fecha en que se firmaron los preliminares. Con arreglo, pues, á estos preliminares, y sin otra circunstancia notable que haberse establecido para el pago de la indemnización de guerra que el primer plazo se pague en 1.° de Julio del presente año, y el último en 28 de Diciembre, se firmó definitivamente el tratado de paz de Tetuán en la noche del 26 de Abril último. Los negociadores por parte de España fueron el general García, jefe del estado mayor del ejército, que se había distinguido en la guerra, y D. Tomás Ligues y Bardají, director de política en el ministerio de Estado. Por parte de los marroquíes fueron Sidi-Mohammed-el-jatib, su ministro, y Ahmed-el-Chablí, otro funcionario importante. Pero no se llevó á cabo la redacción del tratado, sin que tuviese lugar una nueva conferencia de muchas horas entre el califa Muley-el-Abbas y el general duque de Tetuán, en la cual el xerife reconoció lealmente todas las obligaciones que los preliminares le imponían, quejándose de su mala fortuna ó más bien de la desorganización de sus fuerzas, que á pesar del valor de los individuos le obligaba á asentir á tan onerosas condiciones de arreglo. Y lo mismo en esta última conferencia que en las otras, ha llamado la atención de los españoles la urbanidad y dulzura del vencido xerife, y la gravedad y sinceridad de sus capitanes, así como los moros han admirado y aplaudido la cordialidad y gentileza con que han sido recibidos siempre por los caudillos y soldados españoles. La imaginación se complace en estas escenas como en aquellas que recuerda el Romancero, de Sevilla ó Granada, donde competían cristianos y moros en generosidad y bizarría. Hoy, como entonces, los enemigos irreconciliables del día de batalla se han juntado como hermanos á celebrar la paz. Hoy, como entonces, vuelven respetando los vencedores á los vencidos, y los vencidos se van estimando á sus vencedores. Está, pues, reanudada nuestra historia: la historia interrumpida en la desembocadura del Guadalhorce y del Guadalfeo por cerca de cuatro siglos.

 Durante esta guerra sangrienta sólo un desastre ha experimentado nuestra bandera: en una salida ligeramente dispuesta por el gobernador de Melilla, Buceta, que enfermo á la sazón no pudo conservar el mando de la guarnición, fué ésta derrotada y obligada á refugiarse en la plaza. Todos los otros días de lucha se han señalado por nuevos triunfos. Y no sólo el ejército de operaciones ha merecido en tales circunstancias aplauso. Dentro de la Península ha habido generales ilustres, que puestos al frente de los distritos en que con alta previsión se dividieron las fuerzas que quedaban, no sólo han conservado el orden público, sino que han ayudado eficazmente al ejército y á su general en jefe, organizando los hospitales, las reservas, los transportes, y compitiendo en abnegación, ya que no tenían la fortuna de competir en el peligro con sus compañeros de África. El gobierno, y señaladamente el ministro de Hacienda, han puesto de su parte cuanto era posible para el buen éxito de la guerra. Las Diputaciones provinciales, los Ayuntamientos', las Corporaciones de toda especie, el país entero, han ofrecido con profusión donativos para la guerra y para el socorro de los heridos é inutilizados en ella. Los vecinos de Madrid, especialmente, han hecho para este último objeto un donativo cuantioso; y las ciudades de Sevilla, Cádiz, Málaga, Algeciras y Ceuta, donde han estado los hospitales establecidos, se han señalado con hechos de caridad y entusiasmo indecibles. Málaga, sobre todo, donde algunas señoras, más distinguidas por su virtud que por sus riquezas, establecieron un hospital á su costa, se ha hecho acreedora al agradecimiento del ejército y al aplauso de la nación entera. Los partidos todos, menos algunos ilusos carlistas, han depuesto sus discordias en aras de la unión necesaria á la patria para vencer en la contienda. Todo, en fin, ha sido grande y noble; y el día en que se supo la toma de Tetuán especialmente, no se borrará jamás, de seguro, de la memaria de los españoles y de su Reina. Por su parte los marroquíes han defendido con heroico valor, justo es decirlo, sus desiertas montañas; desengañados con el ejemplo terrible de Ysly de la debilidadd de su caballería, han lanzado sobre nuestro ejército, lo mismo en los montes que en los llanos, nubes de infantes y tiradores diestrísimos, que han ensangrentado largamente nuestras victorias. Pocos de sus muertos han quedado en los campos; sólo algunos cuantos heridos hemos llegado á tener prisioneros. Vencidos, han sobrellevado con noble resignación y con intrépida firmeza su desgracia. Después de hecha la paz han cumplido con admirable exactitud la suspensión de hostilidades. Y cuantos los han visto y alternado con ellos, esperan que lealmente cumplirán del mismo modo las condiciones de la paz estipulada. Esto aplazará las probabilidades de una nueva lucha que no dejará, sin embargo, de empeñarse tarde ó temprano, si como es de temer, el mahometismo se hace inaccesible de todo punto á la civilización europea; si no halla otro auxiliar que las armas nuestro legítimo y necesario influjo en la vecina costa africana; si nosotros, ó nuestros hijos y nuestros nietos, necesitamos apelar á la conquista para asegurar nuestra posición en Europa y cumplir en África nuestro destino.



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XVII


EL AUTOR de estos Apuntes, al escribirlos por primera vez en los últimos meses de 1851[71], estampaba por epílogo las siguientes consideraciones: «Nuestra tarea está terminada. No es culpa nuestra si este escrito antes parece una breve crónica que no un compendio filosófico de la historia del Mogreb-alacsa. La historia de esta región está por hacer, y no era posible en tan corto espacio llenar tan lamentable vacío. Los anales y las crónicas aparecen antes que la historia en todas partes; que ésta es como la última expresión, como la fórmula acabada del pensamiento y de la vida de un pueblo. En cuanto á la filosofía de la historia, poco tiene que hacer aquí, como no sea que busque comprobantes para sus teorías sobre las causas y efectos de la barbarie y el fanatismo. El Mogreb-alacsa es la antigua Mauritania tingitana, que aparece en la historia con Boco, y que luego es conquistada por Genserico y por Muza. No se hallará alterado en lo esencial el sistema social y político; no se hallará de seguro reforma ni adelanto en punto á artes y comercio, y agricultura é industria. La grandeza del tiempo de los Almorávides y Almohades, y de los primeros Benimerines, desapareció como un relámpago; sólo quedan de ella algunas mezquitas en África, y algunos pergaminos casi por explorar en las bibliotecas de Europa. Perdióse hasta el nombre de tantos poetas y sabios y artistas; sólo quedan los guerreros, y esos humillados y vencidos, porque en las campañas de nuestros días sirven de más las matemáticas que el valor, y de más los libros que las espadas. Nación idéntica á sí misma en todos los tiempos, cuando las familias que ocupan el litoral flaquean ó se impregnan en las ideas del resto del mundo, nuevas familias, desprendidas como aluvión de los desiertos, se encargan de restablecer las cosas en su prístino estado. Así sucederá por todos los tiempos mientras una nación europea no ponga el pie en esas playas casi indefensas, y ponga un dique invencible á las invasiones de las tribus bárbaras de lo interior. Cuál sea esta nación, no lo sabemos. Pero hay una ley histórica que hemos venido observando al través de los siglos en el Mogreb-alacsa, la cual dice claro que el pueblo conquistador que llegue á dominar en una de las orillas del Estrecho de Gibraltar, antes de mucho tiempo dominará en la orilla opuesta. Esta ley no dejará de cumplirse. Y si no hay en España bastante valor ó bastante inteligencia para anteponerse á las otras naciones en el dominio de las fronteras playas, día ha de llegar en que sucumba nuestra independencia, y nuestra nacionalidad desaparezca quizás para no resucitar nunca. Ahí enfrente hay para nosotros una cuestión de vida ó muerte; no vale olvidarla, no vale volver los ojos á otras partes; el día de la resolución llegará, y si nosotros no atendemos á resolverla, otros se encargarán de ello de muy buena voluntad. En el Atlas está nuestra frontera natural, que no en el canal estrecho que junta el Mediterráneo con el Atlántico; es lección de la antigua Roma.» Había sido éste el primer ensayo del autor en el difícil género de la historia, y luego después dio á luz otro ensayo más extenso, y de alguna mayor importancia, con el título de Historia de la decadencia de España. Esta obra, terminada en los primeros meses de 1854, acaba con una apreciación más lata aún del porvenir de nuestra política. «Con la guerra de la independencia, decía allí el autor, donde el antiguo carácter español se mostró de repente tan poderoso como en sus mejores días; con la última guerra de sucesión, donde también se ha empleado en las opuestas pretensiones algo de la fortaleza y esfuerzo moral del siglo xvi, y con los sacudimientos revolucionarios que han esparcido nuevas ideas y leyes, y necesidades por todas partes, desenvolviendo una gran actividad y un anhelo fructífero de trabajo y de adelantos materiales, se ha inaugurado un nuevo período histórico para España. Período decisivo, cuya responsabilidad no podrá menos de espantar á todos los que, sintiéndola en sí como hijos de esta época, consagren algún culto al deber y al patriotismo, aquellas nobles ideas por las cuales vivieron y murieron nuestros padres. España puede ser todavía una gran nación continental y marítima, uniéndose pacífica y legalmente con Portugal, su hermana, comprando ó conquistando á Gibraltar tarde ó temprano, y extendiéndose por la vecina costa de África. Pero también puede quedar reducida á nulidad vergonzosa, ejecutándose en todo ó en parte aquel antiguo pensamiento de los Bonapartes, que era traer al Ebro la frontera francesa, y, dando á Portugal la Galicia, repartir la Península entre dos coronas casi iguales en poderío. La sabiduría del trono, el patriotismo de la nación, el espíritu de libertad y de gloria, pueden lograr lo primero. La torpeza de los que manden y el envilecimiento de los que obedezcan pueden traernos á lo segundo. Y no hay tanto que esperar como se piensa, porque el mapa de Europa va á constituirse de nuevo.» Eran críticos momentos para la patria, críticos instantes para él mismo aquellos en que el autor de los presentes Apuntes escribía tales palabras. Precisamente el movimiento lógico de las ideas y de las afinidades políticas le había traído á ser entonces uno de los que seguían la suerte y los pensamientos políticos del actual vencedor de Marruecos. Dos cosas presentía ya el obscuro escritor de aquel tiempo: la una, que en medio de las difíciles circunstancias políticas de la época, los nuevos destinos de España estaban próximos á ser iniciados, con buena ó con triste fortuna; la otra, que hoy callaría si no la hubiese dejado entender sobradamente en la ocasión referida, que sólo el sistema político que á la sazón representaba el conde de Lucena, podía poner al país en disposición de acometer empresas grandes con medianas probabilidades de buen éxito. No han engañado al autor ninguno de estos dos presentimientos, y si los recuerda ahora, no es por alarde de previsión seguramente, ni menos aún por ensalzar las ventajas ó los triunfos de un partido político en lo que es sin duda alguna gloria de todos los españoles, sin distinción de opiniones. Su único propósito es dejar establecidos los antecedentes necesarios antes de explicar, siquiera sea en breves palabras, la relación que hay entre las opiniones antes citadas del autor de estos Apuntes, y las que ha profesado durante los últimos sucesos.

 La paz recientemente ajustada con Marruecos ha sido mal acogida, en lo general del país, no hay que dudarlo; se ha pactado el abandono de Tetuán, única conquista importante de la guerra; se han limitado nuestras ventajas actuales á llevar á las vertientes septentrionales de Sierra-Bullones nuestra frontera. ¿Es esto lo que esperaba la nación déla guerra? No, seguramente. ¿Pero es esto lo que debía desear ó esperar de la guerra el escritor que nueve años antes había aspirado á que se llevasen hasta el Atlas los límites de nuestra dominación, reconstituyendo la España de los romanos, de los godos y de los insignes ben-humeyas de Córdoba? Sí, esto esperaba solamente; esto, poco más ó poco menos; y no tiene inconveniente en declararlo el día después de la paz, porque era de los que la víspera de aquel acontecimiento sustentaban esta opinión sin reserva. Por humilde que se considere el que escribe estas líneas, basta que se haya dirigido al público en estas dos distintas ocasiones para que éste tenga derecho á investigar la consecuencia de sus juicios, y para que él se crea en la obligación de demostrarla. La opinión pública procede más por inspiración que por razón; sus sentimientos, respetables siempre, porque son generosos y nobles, deben tenerlos en cuenta todos los gobiernos dignos de tal nombre; sus ideas y sus proyectos deben ser pesados detenidamente en la ejecución por los hombres que están encargados en el orden práctico de las cosas, de realizar con arreglo á la posibilidad y á la conveniencia del momento las generales aspiraciones. La idea de dominar en África y reconstituir allí nuestros antiguos límites es en sí grande, noble, útil, posible en la historia; y como la paz no ha realizado desde luego este fin, tiene fácil y satisfactoria explicación el espontáneo sentimiento que ha motivado el disgusto público. Mas juzgando con frialdad las cosas, no ahora que otros acontecimientos han distraído la atención general, y justificado á los ojos del mayor número la previsión del gobierno, sino cuando era más cruda la guerra, y nadie divisaba su término, ¿debía nadie exigir que hoy mismo, apenas restablecido el país de sus largas discordias, convaleciente la Hacienda, naciente la actividad productora del comercio, la agricultura y la industria, se emprendiese la obra de llevar de una vez al Atlas nuestra frontera? Aunque sean esos los destinos de nuestra raza en su futuro desarrollo histórico, ¿no había hasta el peligro de malograrlos para siempre, pretendiendo su cumplimiento á deshora? ¡Hartas empresas fuera de ocasión, antes ó después de ser posibles, registran nuestros anales patrios! ¡Harto explican ellas la decadencia política que lloramos todavía! La política es la realización en cada momento de la historia, de la parte que en él es posible llevar á cabo de la aspiración ideal de una raza ó de una generación entera de hombres. Sólo la poesía puede prescindir del tiempo y del espacio, del número y de la medida, en la expresión de sus sentimientos. En cuanto á los hombres de Estado, preciso es que sepan que lo son para dirigir la política, y no para realizar las inspiraciones poéticas de las naciones. Desde estos puntos de vista, el escritor de 1851 y el de 1860 pueden aparecer, y aparecen realmente como uno mismo, á pesar de la aparente diversidad de sus apreciaciones.

 No es porque Tetuán sea una mala ciudad, por lo que la evacuación era necesaria á nuestro juicio; como ella es, han sido las mejores ciudades españolas en otro tiempo. No es, ni mucho menos, por evitar al ejército alguna parte de sus dolorosos sacrificios, por lo que la paz debe parecer excusable. ¡Ay de las naciones donde se pese ó se cuente el precio de la gloria, donde los ejércitos escatimen su sangre, donde los pueblos regateen su dinero cuando se trate de grandes intereses morales ó de grandes intereses futuros! Ni al ejército ni á la nación española debe hacerse semejante injuria. ¿Cuántas rocas hay en España que valieran la sangre que costaron á nuestros padres? ¿Qué cosa material buscaban en Mulhberg los soldados de Carlos V? ¿Qué inmediatos frutos esperaban en la mar de Lepanto los marineros de Felipe II? ¿Está bien averiguado que la guerra de la Independencia favoreciese nuestros intereses materiales é inmediatos? ¿No hay á nuestras puertas hoy día quien sabe ir á Sebastopol, sólo por ensayarse á hacer gran papel en Europa? ¡Infelices de los que no sienten estas verdades, más evidentes para los buenos que los más sencillos teoremas geométricos! ¡Ay, volvemos á decir, del país donde pueden pronunciarse siquiera semejantes sentimientos sin vergüenza ó sin escándalo público! Lo que hay es que las obras de la política son por naturaleza, para ser seguras, sucesivas y lentas; que el ano de 1860 ha cumplido con su misión, y que es menester que otros años futuros se encarguen de hacer lo que falta. Lo que hay es que el éxito de mañana exige la paciencia y la espera de ahora. Lo que hay, finalmente, es que con nuestra frontera al pie de Sierra Bullones, podemos esperar á que la conquista ó el influjo pacífico de nuestra cultura, preparen á nuestros hijos ó á nuestros nietos la completa realización de la obra civilizadora que ellos solos deben cumplir, y que el mundo entero está interesado en que tarde ó temprano se cumpla en África. No es posible que la barbarie sea eterna sólo en la España tingitana; no sería digno, ni político, ni posible tampoco, que otra nación que la nuestra se encargase de desterrarla de nuestra vista. Lo mismo decimos hoy que hace algunos años, acerca de este punto. No ha hecho, pues, el duque de Tetuán en África todo lo que está llamada á hacer allí la raza española; esto es para nosotros evidente. Pero ¿habrá quien le dispute en lo porvenir la honra insigne de haber comenzado esta grande empresa? No; es una cosa también evidente á nuestros ojos. Y eso, aunque el porvenir nebuloso del mundo en nuestros días, nada diga á la posteridad en favor de la moderación y de la reserva con que ha iniciado el duque de Tetuán nuestra política en África. Porque no hay que olvidar que los sucesos tienen de tiempo en tiempo semejanzas extrañas. No ha mucho que al saberse las exigencias imperiosas de Inglaterra para que no ocupásemos á Tánger, hemos visto reanimarse en España las muertas cenizas del pacto de familia; la política de Floridablanca y de Godoy parecía justificada de un golpe; no faltó más que una escuadra que juntar á las naves francesas de Algeciras y una señal de las Tullerías para marchar de nuevo á San Vicente, á Trafalgar, á las mares gloriosas que fueron sepulcro de nuestra armada. Mientras Inglaterra temía un nuevo bloqueo de Gibraltar con la sumisión del sultán á la España, la España olvidaba la tradición nefanda del pacto de familia y del tratado de San Ildefonso, y se colocaba en la corriente de aquellos acontecimientos funestos. Y es que en tanto que flote el pabellón inglés sobre la punta de Europa, habrá que esperar siempre que se renueven aquellos desaciertos fatales de nuestra historia. Por más que la Inglaterra y la España sean aliadas naturales en la política general del mundo, son y deben ser mortales irreconciliables, legítimas enemigas ahora y siempre, mientras posea á Gibraltar la primera, mientras tengan ambas contrarios intereses en el Estrecho. Ahora, sin embargo, la moderación de la Inglaterra y la del gobierno español, nos han salvado tal vez de un gran riesgo: Dios quiera que la política de las fronteras naturales no haga más patentes aún las ventajas de esta moderación mutua. Porque nosotros, ¿á qué negarlo?, queremos, respetamos, admiramos á la Francia, pero ni ahora ni nunca perdonaríamos á un gobierno español, que en sus miras políticas y en su conducta, por un momento siquiera olvidase que tenemos vecina á la abierta cumbre de los Pirineos, la más fuerte, la más belicosa, la mejor dirigida por lo común de las naciones continentales. Es reflexión, que sin pensarlo se dibuja en la fantasía, al poner fin á esta relación sucinta de las cosas que en los antiguos y modernos tiempos han ocurrido en la vecina costa del Mogreb-alacsa, Mauritania, ó España tingitana y transfretana, porque la política como la vida se nutre sólo con los elementos y con las circunstancias que la rodean, y no hay en ella detalle que no tenga que subordinarse al punto de vista general del mundo en una época dada de la historia.





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  1. Esta obra, una de las primeras de su autor, se imprimió, por primera vez, en Madrid, el año 1860.
  2. L. Sallustii Crispi: Jugurtha.
  3. Pomponio Mela, traducido por González de Salas.— Sancha, 1789.
  4. De estos Getulios ó Gétulos descienden las gentes de Chazula ó Gazules, conocidos en nuestra historia.
  5. Auli Hircii: De Bello Hispaniensi.
  6. Véase la relación de esta guerra en Tácito.— Anales, libro I.—He seguido en muchas frases la traducción de D. Carlos Coloma.
  7. Lo mismo en Herodiano en la Historia del Imperio, desde Marco Aurelio en adelante, que en Zósimo y en todos los historiadores de segundo orden de Roma, se hallan otros detalles insignificantes de que no parece necesario hacer mención alguna.
  8. Este retrato y la mayor parte de los hechos que siguen están tomados en Jornandes: De Getarum sive Gothorum origine et rebus gestis.
  9. De estos sucesos trata menudamente Procopio en la Guerra de Justiniano contra los vándalos, uno de sus más curiosos libros.
  10. Véase la Descripción de África.
  11. Véase la Descripción de África.
  12. La traducción literal de esta frase es: «no hay más Dios que Alah (es decir, el Dios por excelencia, el Dios que adoran los árabes) y Mahoma es su mensajero».
  13. Estos hechos están extractados de las historias generales de los árabes. En la escritura de los nombres durante todo el período que sigue copio las indicaciones del aplicado orientalista D. Francisco Javier Simonet.
  14. Sigo la traducción portuguesa de Aloura, y doy por supuesto que es el autor de esta obra quien generalmente se cree.
  15. Quiere decir los que viven en las rábitas y hacen la guerra de frontera.
  16. Historia de la dominación de los árabes, tomo ii, capítulo 41.
  17. Véase Faria y Souza, Epítome de las historias portuguesas.
  18. En estas frases no sigo la traducción de Moura, sino la de Bacas Merino, que hay en un tomo de Mss. de la Academia de la Historia.
  19. De esta singular relación del Cartas, cuyo autor recibió fresca todavía la tradición de las Navas de Tolosa, se deduce que ni el Arzobispo D. Rodrigo, ni los demás escritores españoles, exageraron tampoco el estrago que se hizo en aquella ocasión en los musulmanes.
  20. Véase el libro iv del segundo volumen de la Descripción general de África.— De nuestros historiadores, sólo en Gil González Dávila, en su Historia de Enrique III, capítulo 62, he hallado noticia de esta toma de Tetuán, pero evidentemente copiada de Mármol.
  21. Mariana, libro xxix.
  22. Sigo en los hechos y aun en algunas frases á Luis del Mármol Carvajal, en su obra ya varias veces citada, cuyo título es Primera parte de la descripción general de África, con todos los sucesos de guerras que ha habido entre los infieles y el pueblo cristiano, y entre ellos mismos desde que Mahoma inventó su secta hasta el año del Señor mil y quinientos y setenta y uno. Primero y segundo volumen.
  23. Véase Diego de Torres: Relación del origen y sucesos de los xerifes, y del estado de los reinos de Fez y Marruecos y Tarudante, y los demás que tienen ocupados, 1885.
  24. Don Felipe el Prudente, por D. Lorenzo Vander Hammen y León.
  25. Cabrera: D. Felipe II, rey de España, lib. xii.
  26. Herrera, lib. i de la Historia general, cap. xxii.
  27. La más exacta relación de esta batalla es la de Franchi Conestaggio, en la historia Dell'unione del regno di Portogallo, etc. Herrera copia de allí casi todas sus noticias. Se atribuye esta obra á D. Juan de Silva, embajador español herido en la batalla. El Epitome de la vida y hechos de D. Sebastián, etc., de Juan de Baena Parada, que también he consultado, no ofrece curiosidad ninguna.
  28. Véase la cuarta parte, lib. iv, cap. x, de la Historia pontifical.
  29. Lib. v, cap. vii, de la quinta parte de la Historia pontifical.
  30. Quintana: De la antigüedad y grandeza de Madrid. Lib. iii, cap. xxxv.
  31. Tomo casi todas las noticias que siguen acerca del reinado de Muley-Xeque de la Quinta parte de la historia pontifical, del P. F. Marcos de Guadalajara y Xavier, el cual las había ya publicado en un libro aparte, titulado Predición y destierro de los moriscos de Castilla hasta el valle de Ricote, con las disensiones de los hermanos xerifes y presa en Berbería de la fuerza y puerto de Alarache.
  32. Gil González Dávila, Vida y hechos del rey D. Felipe III. Fray Marcos de Guadalajara. Quinta parte de la Historia pontifical.
  33. Estas curiosas negociaciones están muy bien descritas en el precioso Manual del oficial en Marruecos, publicado en 1844 por D. Serafín E. Calderón, libro de grande utilidad para mí en varios lugares de estos Apuntes.
  34. Véase la obra antes citada y que se publicó de Real orden.
  35. Véase el Manual del oficial en Marruecos.
  36. Todas estas luchas con los marroquíes las tomo de este autor en la historia de Felipe III.
  37. Gil González Dávila: Teatro de las grandezas de Madrid: Victorias por la mar.
  38. Véase la Historia Universal publicada por una Sociedad de literatos ingleses. Tomo 26, que comprende la Historia de Berbería y de los reinos de Marruecos y Fez.
  39. Véase le neuvième tome du Mercure français.—París, 1624.
  40. Véase la relación de Davity, citada en la Historia Universal de los literatos ingleses.
  41. Véase la Historia Universal varias veces citada.
  42. Tomo muchas noticias referentes al origen de la actual dinastía y á los hechos de algunos de sus príncipes, señaladamente los más modernos, del libro del Conde Graberg de Hemsóo, titulado Spechio geográfico e statistico dell'impero di Marocco.
  43. Misión historial de Marruecos. Sevilla, 1708, caps, xxxix á xli del libro v. Llámanle en esta obra Muley-Raxet-Arfis.
  44. Francisco Brandano: Dell'Istoria delle guerre di Portogallo che continua quella di Alessandro Brandano. Roma, 1716, L. xiv, segunda parte.
  45. Véase Memorias de la sucesión de Portugal.
  46. Hacia este tiempo vino un príncipe marroquí á España. Véase la edición del P. Mariana, de Gabriel de León. Madrid.
  47. Historia de l'Empire des Cherifs, citada en la Historia Universal inglesa.
  48. Historia de l'Empire des Cherifs.
  49. Tres mil mujeres y cinco mil concubinas supone que tuvo la Historia Universal, de los literatos ingleses, antes citada. Graberg de Hemsóo admite también un número semejante.
  50. La obra de este misionero, ya repetidas veces citada, se intitula «Misión historial de Marruecos, en que se trata de los martirios, persecuciones y trabajos que han padecido los misioneros, y frutos que han cogido los misioneros, que desde sus principios tuvo la orden seráfica en el imperio de Marruecos y continúa la provincia de San Diego de Franciscos Descalzos de Andalucía, en el mismo imperio. Escrita por Fr. Francisco de San Juan del Puerto, chronista general de dichas misiones, etc. Sevilla, 1708».
  51. Macaulay, The Hisiory of England.
  52. Comentarios del marqués de San Felipe. Año 1720.
  53. Braitwait. Révolut. de l'Emp. de Maroc.
  54. Véase Braitwait, antes citado.
  55. Campo-Raso: Memorias políticas y militares.
  56. History of Barbary. London, 1750.
  57. Ferrer del Río: Historia de Carlos III.
  58. Sigo en las particularidades del gobierno interior durante este reinado la relación del conde Graberg de Hemsóo, en su libro antes citado. Publicóse éste en 1833, y su autor había desempeñado por largos años el consulado de Cerdeña en Marruecos. Merecen, pues, sus noticias bastante crédito en esta parte.
  59. Breve noticia de la vida de Ali-bey, que precede á la edición de sus viajes. Tomo iv. Madrid, 1836.
  60. Cuenta dada de su vida política, por D. Manuel Godoy, Príncipe de la Paz. Tomo iv. Madrid, 1837.
  61. Viajes de Ali-bey-el-Abassi, antes citado.
  62. Cuenta dada de su vida política, por D. Manuel Godoy, etc. Obra antes mencionada.
  63. Véanse algunas de las cartas en el Apéndice al tomo iv de la Cuenta dada, etc., del Príncipe de la Paz.
  64. Todos los detalles de esta guerra civil están tomados del Spechio Statitico, del conde Graberg de Hemsoó, digno de crédito en ellos, porque pertenecen al tiempo de su residencia en Marruecos.
  65. Todos estos hechos están tomados de los documentos oficiales publicados por el gobierno francés en aquella época.
  66. En 14 de Febrero de 1811 se empezó á tratar de la cesión de los presidios menores. Véase la Memoria de Comyn.
  67. Véase el Manual del oficial en Marruecos, varias veces citado.
  68. Como nuestro propósito no es describir la guerra, sino apuntar sus más notables hechos, nombraremos sólo á los comandantes generales de los cuerpos y no á los generales de división, jefes de brigada y demás generales y jefes que han coadyuvado á los triunfos obtenidos. La historia detallada de la guerra hará al valor de todos la justicia que no nos es dado hacerles á nosotros en este momento.
  69. Mandaban las cuatro pequeñas divisiones de que se componían estos cuerpos, los generales Orozco, O'Donnell (D. Enrique), Turón y Quesada.
  70. Mandaba la caballería en esta batalla el mariscal de campo D. Félix Alcalá Galiano, que fué levemente herido.
  71. Una parte de estos Apuntes ha sido redactada de nuevo y más extensamente; otra ha quedado como se publicó entonces, con sólo insignificantes variaciones.






APÉNDICE









TRATADO DE PAZ

ENTRE

ESPAÑA Y MARRUECOS


 «En nombre de Dios Todopoderoso. Tratado de paz y amistad entre los muy poderosos príncipes, S. M. doña Isabel II, reina de las Españas, y Sidi-Mohammed, rey de Marruecos, Fez, Mequinez, etc., siendo las partes contratantes por S. M. Católica, sus plenipotenciarios D. Luis García y Miguel, caballero gran cruz de las reales y militares Órdenes de San Fernando y San Hermenegildo, de la distinguida de Carlos III y de la de Isabel la Católica, condecorado con dos cruces de San Fernando de primera clase y otras por acciones de guerra, oficial de la Legión de Honor de Francia, teniente general de los Ejércitos nacionales y jefe de Estado Mayor general del ejército de África, etcétera, etc., y D. Tomás de Ligues y Bardají, mayordomo de semana de S. M. Católica, grefier y rey de armas que ha sido de la insigne Orden del Toisón de Oro, comendador de número de las reales Órdenes de Carlos III é Isabel la Católica, caballero de la ínclita militar de San Juan de Jerusalem, gran oficial de la militar y religiosa de San Mauricio y San Lázaro de Cerdeña, de la del Medjdié de Turquía y de la del Mérito de la Corona de Baviera, comendador de la de Santiago de Aris de Portugal y de la de Francisco I de Ñapóles, ministro residente y director de política en la primera secretaría de Estado, etc., etc.; y por S. M. Marroquí sus plenipotenciarios el siervo del emperador de Marruecos y su territorio, su representante, confidente del emperador, el abogado, el Sid Mohammed-el-Jeetib, y el siervo del emperador de Marruecos y su territorio, jefe de la guarnición de Tánger, caid de la caballería el Sid-el-Hadeh Ajinad, Chabli ben Abd el Melck, los cuales, debidamente autorizados, han convenido en los artículos siguientes:

 Artículo 1.° Habrá perpetua paz y buena amistad entre S. M. la reina de las Españas y S. M. el rey de Marruecos, y entre sus respectivos subditos.

 Art. 2.° Para hacer que desaparezcan las causas que motivaron la guerra, hoy felizmente terminada, S. M. el rey de Marruecos, llevado de su sincero deseo de consolidar la paz, conviene en ampliar el territorio jurisdiccional de la plaza española de Ceuta hasta los parajes más convenientes para la completa seguridad y resguardo de su guarnición, como se determina en el artículo siguiente,

 Art. 3.° Á fin de llevar á efecto lo estipulado en el artículo anterior, S. M. el rey de Marruecos cede á S. M. la reina de las Españas, en pleno dominio y soberanía, el territorio comprendido desde el mar, siguiendo las alturas de Sierra Bullones, hasta el barranco de Anghera.
 Como consecuencia de ello, S. M. el rey de Marruecos cede á S. M. la reina de las Españas, en pleno dominio y soberanía, todo el territorio comprendido desde el mar, partiendo próximamente de la punta oriental de la primera bahía de Handaz Bahma, en la costa Norte de la plaza de Ceuta por el barranco ó arroyo que allí termina, siguiendo luego á la porción oriental del terreno, en donde la prolongación del monte del Renegado, que corre en el mismo sentido de la costa, se deprime más bruscamente para terminar en un escarpado puntiagudo de piedra pizarrosa y desciende costeando desde el boquete ó cuello, que allí se encuentra por la falda ó vertiente de las montañas ó estribos de Sierra Bullones, en cuyas principales cúspides están los reductos de Isabel II, Francisco de Asís, Pinies, Cisneros y Príncipe Alfonso, en árabe Uad-aniat, y termina en el mar formando el todo un arco de círculo que muere en la ensenada del Príncipe Alfonso, en árabe Uad-aniat, en la costa Sur de la mencionada plaza de Ceuta, según ya ha sido reconocido y determinado por los comisionados misionados españoles y marroquíes, con arreglo al acta levantada y firmada por los mismos en 4 de Abril del corriente año.
  Para conservación de estos mismos límites, se establecerá un campo neutral, que partirá de las vertientes opuestas del barranco hasta la cima de las montañas, desde una á otra parte del mar, según se estipula en acta referida en este mismo artículo.

 Art. 4.° Se nombrará seguidamente una Comisión compuesta de ingenieros españoles y marroquíes, los cuales enlazarán con postes y señales las alturas expresadas en el art. 3.°, siguiendo los límites convenidos.
 Esta operación se llevará á efecto en el plazo más breve posible, pero su terminación no será necesaria para que las autoridades españolas ejerzan su jurisdicción en nombre de S. M. Católica en aquel territorio, el cual, como cualesquiera otros que por este tratado ceda S. M. el rey de Marruecos á S. M. Católica, se considerará sometido á la soberanía de S. M. la reina de las Españas desde el día de la firma del presente convenio.

 Art. 5.° S. M. el rey de Marruecos ratificará á la mayor brevedad el convenio que los plenipotenciarios de España y Marruecos firmaron en Tetuán el 24 de Agosto del año próximo pasado de 1859.
 S. M. marroquí confirma desde ahora las cesiones territoriales que por aquel pacto internacional se hicieron en favor de España y las garantías, los privilegios y las guardias de moros de rey otorgados al Peñón y Alhucemas, según se expresa en el artículo 6.° del citado convenio sobre los límites de Melilla.

 Art. 6.° En el límite de los terrenos neutrales concedidos por S. M. el rey de Marruecos á las plazas españolas de Ceuta y Melilla, se colocará por S. M. el rey de Marruecos un caid ó gobernador con tropas regulares, para evitar y reprimir las acometidas de las tribus.
 Las guardias de moros de rey para las plazas españolas del Peñón y Alhucemas, se colocarán á la orilla del mar.

 Art. 7.° S. M. el rey de Marruecos se obliga á hacer respetar por sus propios subditos los territorios que, con arreglo á las estipulaciones del presente tratado, quedan bajo la soberanía de S. M. la reina de las Españas.
 S. M. Católica podrá, sin embargo, adoptar todas las medidas que juzgue adecuadas para la seguridad de los mismos, levantando en cualquier parte de ellos las fortificaciones y defensas que estime convenientes, sin que en ningún tiempo se oponga á ello obstáculo alguno por parte de las autoridades marroquíes.

 Art. 8.° S. M. marroquí se obliga á conceder á perpetuidad á S. M. Católica en la costa del Océano, junto á Santa Cruz la Pequeña, el territorio suficiente para la formación de un establecimiento de pesquería, como el que España tuvo allí antiguamente.
 Para llevar á efecto lo convenido en este artículo, se pondrán previamente de acuerdo los gobiernos de S. M. Católica y Su Majestad marroquí, los cuales deberán nombrar comisionados por una y otra para señalar el terreno y los límites que deba tener el referido establecimiento.

 Art. 9.° S. M. marroquí se obliga á satisfacer á S. M. Católica, como indemnización para los gastos de la guerra, la suma de veinte millones de duros, ó sean cuatrocientos millones de reales de vellón. Esta cantidad se entregará por cuartas partes á la persona que designe S. M. Católica, y en el puerto que designe S. M. el rey de Marruecos, en la forma siguiente: cien millones de reales vellón en 1.° de Julio, cien millones de reales vellón en 29 de Agosto, cien millones de reales vellón en 29 de Octubre y cien millones de reales vellón en 28 de Diciembre del presente año.
 Si S. M. el rey de Marruecos satisfaciese el total de la cantidad primeramente citada antes de los plazos marcados, el ejército español evacuará en el acto la ciudad de Tetuán y su territorio.
 Mientras este pago no tenga lugar, las tropas españolas ocuparán la indicada plaza de Tetuán y el territorio que comprendía el antiguo bajalato de Tetuán.

 Art. 10. S. M. el rey de Marruecos, siguiendo el ejemplo de sus ilustres predecesores que tan eficaz y especial protección concedieron á los misioneros españoles, autoriza el establecimiento en la ciudad de Fez de una casa de misioneros españoles, y confirma en favor de ellos todos los privilegios y las exenciones que concedieron en su favor los anteriores soberanos de Marruecos.
 Dichos misioneros españoles, en cualquier parte del imperio marroquí donde se hallen ó se establezcan, podrán entregarse libremente al ejercicio de su sagrado ministerio, y sus personas, casas y hospicios disfrutarán de toda la seguridad y la protección necesarias.
 S. M. el rey de Marruecos comunicará en este sentido las órdenes oportunas á sus autoridades y delegados para que en todos tiempos se cumplan las estipulaciones contenidas en este artículo.

 Art. 11. Se ha convenido expresamente que cuando las tropas españolas evacúen á Tetuán, podrá adquirirse un espacio proporcionado de terreno próximo al consulado de España para la construcción de una iglesia donde los sacerdotes españoles puedan ejercer el culto católico y celebrar sufragios por los soldados españoles muertos en la guerra.
 S. M. el rey de Marruecos promete que la iglesia, la morada de los sacerdotes y los cementerios de los españoles, serán respetados, para lo que comunicará las órdenes convenientes.

 Art. 12. Á fin de evitar sucesos como los que ocasionaron la última guerra y facilitar en lo posible la buena inteligencia entre ambos gobiernos, se ha convenido que el representante de Su Majestad la reina de las Españas en los dominios marroquíes resida en Fez ó en la ciudad que S. M. la reina de las Españas juzgue más conveniente para la protección de los intereses españoles y el mantenimiento de amistosas relaciones entre ambos Estados.

 Art. 13. Se celebrará á la mayor brevedad posible un tratado de comercio en el cual se concederán á los subditos españoles todas las ventajas que se hayan concedido ó se concedan en el porvenir á la nación más favorecida.
 Persuadido S. M. el rey de Marruecos de la conveniencia de fomentar las relaciones comerciales entre ambos pueblos, ofrece contribuir por su parte á facilitar todo lo posible dichas relaciones, con arreglo á las mutuas necesidades y conveniencia de ambas partes.

 Art. 14. Hasta tanto que se celebre el tratado de comercio á que se refiere el artículo anterior, quedan en su fuerza y vigor los tratados que existían entre las dos naciones antes de la última guerra, en cuanto no sean derogados por el presente.
 En un breve plazo, que no excederá de un mes desde la fecha de la ratificación de este tratado, se reunirán los comisionados nombrados por ambos gobiernos para la celebración del de comercio.

 Art. 15. S. M. el rey de Marruecos concede á los subditos españoles el poder comprar y exportar libremente las maderas de los bosques de sus dominios, satisfaciendo los derechos correspondientes, á menos que por una disposición general crea conveniente prohibir la exportación á todas las naciones, sin que por esto se entienda alterada la concesión hecha á S. M. Católica por el convenio del año de 1799.

 Art. 16. Los prisioneros hechos por las tropas de uno y otro ejército durante la guerra que acaba de terminar, serán inmediatamente puestos en libertad y entregados á las respectivas autoridades de los dos Estados.
 El presente tratado será ratificado á la mayor brevedad posible, y el canje de las ratificaciones se efectuará en Tetuán en el término de veinte días, ó antes si pudiera ser.
 En fe de lo cual , los infrascriptos plenipotenciarios han extendido este tratado en los idiomas español y árabe en cuatro ejemplares, uno para S. M. Católica, otro para S. M. marroquí, otro que ha de quedar en poder del agente diplomático ó del cónsul general de España en Marruecos y otro que ha de quedar en poder del encargado de las Relaciones exteriores de este reino, y los infrascriptos plenipotenciarios los han firmado y sellado con el sello de sus armas en Tetuán á veinte y seis de Abril de mil ochocientos sesenta de la Era cristiana, y cuatro del mes de Chual del año de mil doscientos sesenta y seis de la egira.

 Firmado.—Luis García.

 Firmado.—Tomás de Ligues y Bardají.

 Firmado.—El siervo de su criador, Mohammed el Jetib, á quien sea Dios propicio.

 Firmado.—El siervo de su criador, Ajmad el Chabli, hijo de Abd-el-Melek.

 Está conforme.»