Apuntes sobre los primeros tiempos de la historia romana.

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Apuntes
Sobre los primeros tiempos de la historia romana
 (1870) de Eugenio de Ochoa

Artículo publicado en la revista la Ilustración española y americana en enero de 1870.


APUNTES

SOBRE LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA HISTORIA ROMANA.


I.

La Historia romana se divide naturalmente en tres grandes periodos, o sea en tres grandes cuadros históricos que pudieran titularse Los Reyes. La República, El Imperio. Alcanza el primero desde el año de la fundación de Roma. 753 antes de J. C., hasta el 509. que fue el de la expulsión de Turquino el Soberbio: el segundo, desde esta época, en que se fundó la República, hasta la fundación del imperio por Augusto, 31 años antes de J. C.; y termina la tercera con la invasión de los bárbaros en el ano 476 de nuestra era. Poco más de doce siglos duró pues la Ruina antigua, y en ese largo trascurso de años qué de prodigios, qué de virtudes y qué de crímenes! ¡qué de grandes enseñanzas para los pueblos y los reyes!

No hay para las naciones modernas historia más instructiva que la del pueblo romano. De él proceden nuestros códigos, muchas de nuestras leyes políticas y las más de nuestras costumbres: de la suya proceden nuestras lenguas, quiero decir, las de los pueblos llamados de raza latina. España y Portugal, Francia, Italia y los más de los Estados del Nuevo-Mundo meridional: aun entre las naciones europeas de origen teutónico y eslavo, es visible la influencia del elemento romano en todos los pasos que han dado por el camino de la civilización. Aun más que la soberana, Roma fue desde sus primeros tiempos la luz del mundo. Su destino providencial, anunciado por venerandas profecías, en las obras de grandes filósofos y en los cantos de poetas inmortales, es serlo hasta la consumación de los siglos.


II.

Lo mismo que los de todas las naciones antiguas, los orígenes del pueblo romano se pierden en la noche de los tiempos: esa misma expresión de pueblo romano envuelve una idea muy inexacta de lo que debió ser en su principio la aglomeración de hordas salvajes que andando el tiempo llegó a señorear bajo aquel glorioso nombre la mayor parte del mundo entonces conocido. Nada cierto se sabe de la historia de Italia hasta los tiempos de Rómulo, y aun de esta época y mucho después, son más las fábulas y las tradiciones que los testimonios positivos: pero las más probables conjeturas, fundadas en la configuración misma de su territorio, península limitada al Norte por la cordillera de los Alpes que la separa del resto del continente, autorizan a creer que sus primeros pobladores, celtas, pelasgos e ilirios, penetrarían en ella por las tres principales gargantas de aquella cordillera atraídos por la hermosura y feracidad de su suelo, o arrastrados acaso por el irresistible torrente de alguna irrupción asiática de las muchas que sucesivamente fueron empujando hacia el Occidente a las hordas bárbaras destinadas en los designios de la Providencia a poblar nuestra Europa, penetrando en ella por las vertientes del Cáucaso. Las invasiones por la parte del mar debieron ser muy posteriores, y entre ellas da la tradición, no el primero, pero sí el más importante lugar a la de los Troyanos acaudillados por Eneas.

No fueron, en efecto, el piadoso hijo de Anquises y sus fieles compañeros, quebrantados tan largo tiempo por las iras de Juno, los primeros pobladores llegados a Italia por mar. Según el testimonio de Dionisio de Halicarnaso, de Tito Livio y de Plutarco, mucho antes de la guerra de Troya, el griego Enotro llevó a Italia una colonia de Arcades, y uno de los descendientes de aquel príncipe, Ítalo, fue el que dio nombre a aquella tierra, que antes o no le tenía o no ha llegado hasta nosotros. Tiempos después, algunos Pelasgos, arrojados de Tesalia, se reunieron a los descendientes de los Arcades y expulsaron del territorio donde luego levantó Roma sus altos muros, a los Sículos, que huyeron a Sicilia trocando en este su antiguo nombre de Trinacria. Dos naciones. los Etruscos y los Latinos, de quienes es fama que llegaron a ser bastante poderosas y cultas, en especial la primera, compartían el dominio de Italia en aquellos remotos tiempos, todavía ante-históricos. Los Etruscos ocupaban lo que hoy se llama la Toscana; los Latinos habitaban los actuales Estados romanos y casi todo el Mediodía. Otros muchos pequeños pueblos, deque solo queda rastro en las tradiciones poéticas de la antigüedad, poblaban las faldas de los Alpes y sus gargantas del Apenino. La religión de aquellos pueblos, al decir de Dionisio de Halicarnaso, era la de los Griegos, despojada de muchas de sus más groseras supersticiones, y su forma de gobierno la monárquica, como la más adecuada al estado de continua guerra en que vivían unos contra oíros. Los antiguos monumentos deque aun quedan muchas ruinas en Toscana. y sobre todo los preciosos vasos etruscos que aun hoy son uno de los más preciados ornamentos de nuestros museos, prueban que aquel pueblo hizo señalados adelantos en las artes, y no fallan indicios de que los hizo también en las ciencias y en las letras.


III.

Un siglo próximamente antes de la guerra de Troya, Evandro, desterrado del Peloponeso, llevó consigo a Italia una nueva colonia de Arcades que se establecieron en la parle llamada después el Lacio, y donde fundaron una ciudad en el monte Palatino.

De los humildes principios de aquella ciudad, cuna de la gran Roma, hace Virgilio una encantadora descripción en el libro 8.º de la Eneida.

Por aquella época quiere la tradición que llegase también Hércules a Italia, y cincuenta años después, Latino, hijo de aquel dios, o al decir de Virgilio, de Fauno y de la ninfa Marica, se proclamó rey de todo aquel territorio que, de su nombre, se denominó el Lacio. Rajo su reinado arribó Eneas a Italia, y después de las grandes guerras con los Rótulos y otros pueblos que tan admirablemente canta el Cisne mantuano en los cuatro últimos libros de la Eneida, el héroe troyano se casó con la hija del rey latino, Lavinia, muerto el cual heredó su corona y fundó la gran ciudad de Lavinio, capital de la ya poderosa nación latina. Sucedióle su hijo Ascanio, y reinaron después de éste, al decir de la fama, fundada en vagas tradiciones poéticas y en escasísimos monumentos, Eneas Silvio, Silvio Latino, Alba, Atis, Capis, Capetis, Tiberino, Agripa, Aventino y Procas. Este tuvo dos hijos, Numitor y Amulio, de los cuales el segundo destronó al primero y obligó a su sobrina Rea Silvia, hija de Numitor, a consagrarse al culto de Vesta. Rompiendo sus votos, Rea dió a luz dos hijos gemelos, Rómulo y Remo, cuya paternidad atribuyó al dios Marte, contando sin duda justificar su flaqueza con aquel piadoso fraude. Amulio, sin embargo, la aplicó todo el rigor de la ley que la condenaba a ser enterrada viva» y sus dos hijos fueron arrojados al Tiber: según otra versión, el despiadado monarca los hizo exponer en un bosque para ser pasto de las fieras; allí los encontró el pastor Fáustulo, que los recogió y llevó a su cabaña, donde los dio a criar a su mujer Laurencia, apellidada la Loba, ya porque tal fuese su segundo nombre Lupa, ya porque lo llevase como apodo, en razón tal vez de su desenfrenada vida; de donde tomó origen sin duda la fábula de la loba que amamantó a sus pechos a aquellos primeros fundadores de Roma, Rómulo y Remo; hombres ya, se pusieron al frente de un numeroso partido de descontentos, arrojaron a Amulio del trono y echaron los cimientos de una nueva ciudad en que Rómulo reinó solo, después de haber dado muerte a su hermano en una reyerta suscitada, dicen, con Ocasión de decidir cuál de los dos había de dar su nombre a la nueva ciudad. Excusado es añadir que en todo esto hay evidentemente más de fábula que de historia.

Gracias que podamos apurar la verdad de lo que sucede en nuestros dias; ¿cómo apurarla de lo que pasó... ni aun sabemos cuándo? Por lo demás, en pocas palabras puede condensarse la historia verosímil de aquellas primitivas poblaciones: Movieron mw has guerras entre sí. Con esto dejaría dicho el historiador lo más importante, y sin duda también lo más verdadero de cuanto ocurrió en Italia por aquellos tiempos. La guerra es el estado natural de los pueblos bárbaros, y uno de los más frecuentes por desgracia aun entre los pueblos civilizados.


IV.

Fundada Roma a mediados del octavo siglo antes de J. C., Rómulo, a fin de aumentar el número de sus secuaces, verdadero enjambre de bandidos, ofreció un asilo en ella a los proscritos de todas las naciones circunvecinas, y pronto un censo que le atribuyen todos los historiadores, pero cuya autenticidad es más que dudosa, dió por resultado que aquel primer rey de Roma llegó a reunir un ejército de 3.000 peones V 300 caballos; pero en cambio escaseaban mucho las mujeres en aquella sociedad guerrera, y fue preciso robarlas en los pueblos vecinos, después de haber probado inútilmente a adquirirlas por medio de alianzas amistosas varias veces propuestas y siempre rechazadas. Tal fue el origen del famoso robo de las Sabinas, efectuado mientras se estaban celebrando en la nueva ciudad unos juegos a que Rómulo convidó cautelosamente a los Sabinos. Siguióse de aquí una sangrienta guerra entre las dos naciones, que puso a la naciente monarquía a dos dedos de su ruina, y a que dió feliz término la intervención de las mismas robadas Sabinas, ya convertidas en madres romanas: una estrecha alianza sucedió a los pasados odios; fundiéronse en cierto modo los dos pueblos bajo el cetro común de sus respectivos reyes Tacio y Rómulo, y habiendo muerto el primero cinco años después, Rómulo asumió todo el poder y lo consolidó con sabias leyes que prepararon la vigorosa organización a que debió algún día el pueblo-rey su predominio en el mundo.

Según los más fidedignos testimonios históricos, la forma de gobierno que instituyó fue una monarquía electiva y templada, como hoy diríamos. Un Senado compuesto de 200 individuos compartía con el pueblo el poder legislativo y el derecho de sufragio para la elección del rey y de los magistrados. Dividió el pueblo en dos clases: los patricios, correspondientes a lo que es entre nosotros la nobleza, y los plebeyos: los patricios debían ser los patronos natos de estos, los cuales tenían el derecho de elegirse cada cual un patrono especial entre los individuos del Senado. Instituyó un cuerpo de 300 caballeros, que formaban su guardia, y a que se dio el nombre de quirites: distribuyó el pueblo en tres órdenes o tribus, mandadas por sendos capitanes; cada tribu se dividía en diez secciones, llamadas curias: un sacerdote, llamado curion, tenía a su cargo presidir en cada curia las ceremonias religiosas. Repartiéronse las tierras por igual entre las treinta curias, reservándose empero, una parte para atender con su producto a los gastos públicos, y a medida que la población fue aumentando, se fueron distribuyendo entre los ciudadanos los territorios nuevamente conquistados, pues es de advertir que desde su origen Roma fue una nación esencialmente conquistadora.

¡Su regere imperio populos, Romane, memento!

Fue siempre la divisa de aquel gran pueblo.

Es fama que Rómulo, a pesar de las cortapisas que a si mismo se puso generosamente para el ejercicio del poder, reducido, según lo que podemos llamar su constitución, a hacer ejecutar las leyes! lo cual, sea dicho de paso, parece que debería ser el bello ideal de los pueblos y aun de los mismos reyes, abusó de él como tantos otros, y como tantos otros también lo pagó muy caro. Contando con el ciego apoyo de sus soldados, quiso sacudirse de trabas y prescindir del pueblo y del Senado; pero los senadores cortaron con tiempo aquellos vuelos liberticidas, dándole muerte secretamente y haciendo correr la voz entre el pueblo de que el dios Marte, su presunto padre, lo había arrebatado al cielo en un carro Je fuego durante una tempestad; por lo cual, y también sin duda por sus grandes servicios a la patria, se le adjudicaron los honores divinos bajo el nombre de Quirino. Murió a los cincuenta y cinco años de edad y treinta y siete de reinado.


V.


Ya aquí podemos creer racionalmente que hay una buena parte de historia, pero alguna también debemos dejar a la fábula, y lo mismo en todo lo relativo al pacífico cuanto fecundo reinado de su sucesor Numa Pompilio, personaje demasiado bello para ser enteramente verdadero. Numa Pompilio, después de Rómulo, es el idilio después de la oda: la verdad histórica no suelo proceder con esos tan bruscos contrastes. Comoquiera, he aquí lo que refiere Tito Livio: muerto Rómulo, Romanos y Sabinos, no acertando a ponerse de acuerdo para la elección de un rey, convinieron en la extraña resolución de nombrar un inter-rey que debía renovarse de cinco en cinco días, turnando así el poder entre todos los patricios, pues parece que aquella tan inaudita forma de gobierno, muy grata naturalmente a los senadores, duró un año; pero como no agradase lo mismo al pueblo, harto de obedecer a tantos regulos sucesivos, este eligió por soberano a Numa Pompilio, respetado por muy justo, manso de condición y estremadamente piadoso.

Numa puso todo su conato en moralizar aquella sociedad naciente, que tanto lo había menester sin duda, por medio de la religión; instituyó los sacrificios, las ceremonias del culto, creó los pontífices, los augures, los salios y las demás órdenes sacerdotales. Erigió un altar a la Buena Fe y restableció las fiestas del dios Termino, protector de los límites, verdadera sanción legal del derecho de propiedad, base necesaria de toda organización social; hizo erigir en honor del dios Jano un templo, cuyas puertas debían permanecer cerradas durante la paz y que no se abrieron durante todo su reinado, que duró cuarenta y cuatro años. Él fue quien dividió el año en doce meses, señaló los días faustos y los nefastos, y consagró la institución de las vestales, encargadas de conservar el fuego sagrado, y las ancilas, broqueles benditos hechos a imitación del que se decía caído del cielo para ser el paladio de los Romanos. Para más autorizar sus instituciones, Numa fingió que le habían sido inspiradas por la ninfa Egeria, a quien decía que iba a consultar en un bosque sagrado que todavía se enseña a corta distancia de Roma. La historia y la tradición atribuyen en suma a aquel segundo rey del pueblo romano la gloria de haber difundido en él las primeras semillas de la verdadera civilización, inspirándole ideas religiosas, el amor a las artes, a la paz, y sobre todo a la agricultura, fuente la más fecunda de la prosperidad de los Estados.


VI.

Sucedióle Tulio Hostilio en el año 83 y en su tiempo Tulio Hostilio, a quien sucedió Anco Marcio, nieto de Numa que ensanchó hasta el mar los límites de su imperio, absorbiendo en él varios pueblos circunvecinos, encerrando en el recinto de su capital los montes Aventino y Janiculo y abriendo en la desembocadura del Tíber el puerto de Ostia. Se le atribuye haber introducido en los ejércitos romanos las primeras reglas de la táctica. Reinó veinticuatro años.


VII.


Tarquino Prisco también por nuestros historiadores el Viejo o el Mayor para diferenciarle del otro Tarquinio, el soberbio, último rey de Roma, subió al tronó por elección a la muerte de Anco Marcio» en el 639 y fue no menos batallador y afortunado que sus antecesores. A cada nuevo reinado adquiría Roma nuevos territorios Sus victorias sobre los Etruscos con quienes habían formado alianza los Latinos y los Sabinos, le valieron la gloria de inaugurar lo que luego llegó a ser uno de los más poderosos estímulos del heroísmo romano. Pero de que también, como de todo, se abusó mucho andando el tiempo bajo las ya corrompidas costumbres de los emperadores. Nerón, Calígula y tantos otros alcanzaron el triunfo por hazañas o estériles o imaginarias: pero durante la República, época la más gloriosa de Roma, aquella hermosa recompensa fue siempre merecida o como hoy se dice, fue una verdad. No sólo en la guerra hizo aquel primer Tarquino grandes cosas; no sólo ensanchó y hermoseó la ciudad, sino que él fue quien hizo construir los gigantescos acueductos que todavía subsisten, y quien echó en el monte Tarpeyo los cimientos del Capitolio que dedicó a Júpiter, Juno y Minerva. Después de haber reinado treinta y seis años murió asesinado en su palacio por los hijos de Anco Marcio, en cuyo detrimento había logrado hacerse elegir rey, dicen los historiadores; prueba, o indicio a lo menos de que a pesar del carácter electivo de aquella monarquía, la familia del soberano se consideraba siempre en posesión de algo parecido a un derecho hereditario.

No obstante, también, la pureza tan decantada de aquellos primitivos tiempos, Servio Tulio, hijo de un esclavo y yerno de Tarquino, se apodero del poder supremo con amaños y sobornos, a despecho de la oposición del Senado: pero justificó en cierlo modo aquella usurpación, domando a los Veyenses, a los Etruscos y a otros pueblos rebelados contra Roma, mereciendo por ello tres veces los honores del triunfo, y erigiéndose con estas tres ocasiones tres templos a la Fortuna. Sabedor por experiencia de cuanto aprovecha la largueza, después de haber adquirido el poder a costa de pagar las deudas de la plebe, lo consolidó distribuyendo entre los ciudadanos las tierras de los pueblos vencidos: pero para que no faltase en el la regla constantemente observada, de que todos procuran inutilizar el instrumento de que una vez se han servido para lograr ilícitamente sus fines, Servio Tulio, dotado de más capacidad que gratitud, no paró basta amenguar y casi anular la influencia de la plebe en los comicios. Con la mira aparente de proporcionar los impuestos a las riquezas individuales, y de impedir que los pobres pagasen tanto como los ricos, mandó hacer un nuevo censo de población, base de las grandes reformas que proyectaba. Dividió la población en seis clases: la primera, que comprendía a los ricos, formaba veinte centurias; las cuatro siguientes, cuya riqueza iba disminuyendo proporcionalmente, formaban noventa centurias; la sexta, compuesta de los pobres y de los proletarios, a pesar de ser naturalmente la más numerosa, no formaba más que una centuria; en cambio quedaba exenta de pagar contribuciones y de ir a la guerra, beneficio ilusorio el primero, pues consistiendo entonces el impuesto en frutos de la tierra, claro era que no habían de pagarlos más que los poseedores de tierras, y los pobres no las poseían; y nulo igualmente el segundo, o más bien depresivo y vejatorio, pues despojando a aquella clase del derecho de vestir las armas, no la eximia de la necesidad común a todos los ciudadanos, de acudir a la defensa de la patria en caso de peligro. Como quiera, desde la época de aquella nueva capitación, que por cierto presentó un efectivo de 80.000 hombres hábiles para la guerra, concluyó el antiguo sistema de contarse los votos por cabeza en las asambleas del pueblo, contándose ya sólo por centurias, con lo que los plebeyos perdieron lodo su influjo en la cosa pública, el cual pasó de lleno a los nobles o patricios; efecto natural de una medida tomada so color de mejorar la condición de los plebeyos. Tal ha sido, es, y lleva trazas de ser siempre el mundo. Después de un reinado de cuarenta y cuatro años, Servio murió asesinado por su yerno Tarquino el Soberbio, nieto del otro Tarquino, y es fama que su propia hija Tulia fue la primera en saludar al asesino con el título de rey. Aquella desnaturalizada mujer llevó la maldad, dicen, al inaudito extremo de hacer pisotear por sus caballos el cadáver de su padre.

Eugenio de Ochoa.

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Nota: Se ha preservado la ortografía original, excepto en el caso de algunos acentos.