Armonias a la defensa de Montevideo
PROLOGO
Al emprender esta publicacion hemos juzgado oportuno dar á conocer ciertos datos compendiados sobre su autor—
Don Cipriano Talavera y Patron, doctor en Medicina y natural de Buenos Aires, emigró á Montevideo en 1840, perseguido por los sicarios de la dictadura; en esa ciudad, fiel sus principios, prestó sus servicios, como cirujano en clase de Sarjento Mayor, á la bandera de los libres, que hicieron impotentes los esfuerzos de la tiranía.
En su familia diseminada por la misma mano que en 1840 y 42 estendia un velo mortuorio sobre nuestra tierra, se cuentan ciudadanos eminentes, que aunque no es aquí el caso de traer sus nombres; pero cuyos servicios á la independencia y al pais en general, la historia Argentina colocará entre los mas importantes.
En 1849 un presentimiento fatal que le anunciaba su próximo fin, anticipado por una enfermedad crónica, lo condujo á su patria el 9 de Junio del mismo año, donde cuatro dias despues espiraba en brazos de su anciana madre.
Nos hemos propuesto dar al público estas poesias con la firme esperanza, de que no solamente encontrarán una aceptacion induljente, tanto por ser fruto de la imajinacion y la pluma de uno de tantos arjentinos que sucumbieron luchando contra las adversidades é infortunios de la emigracion, como por ser un deber de conciencia en todo buen ciudadano el contribuir á perpetuar en el presente y en la posteridad el ejemplo de abnegacion y patriotismo que nos han legado esa porcion de compatriotas, que prefirieron el destierro ó la muerte, antes que domeñar la independencia del pensamiento al capricho de los déspotas, confirmando de este modo ser dignos descendientes de los mismos héroes á quienes no supieron detener, ni las nevadas barreras de los colosales Andes, ni las pujantes garras del Leon Ibérico.
Es pues, este deber á que todo arjentino está obligado, por la ley de la conciencia, y al que prestarán su aprobacion unanime los que jamás la hayan hecho tributaria de mezquinos sentimientos.
Debemos tambien hacer presente que no es nuestro objeto la especulacion, y que solamente fines mas dignos son los que nos impulsan á emprender este trabajo, sin mas compensación que la satisfaccion íntima destinada por la Providencia á los que cumplen con una de las mas sagradas obligaciones del hombre para con el hombre, que nosotros llamamos "DEBER MUTUO" y que otros menos justos llaman "CARIDAD.”
"Las murallas de Montevideo fueron de bronce, y altas como los cielos!!"
INVOCACION.
De los libres del Plata!!
Monumento de gloria,
Donde la libertad con fuerte escudo
Su porvenir desata,
Portento de valor, yo te saludo!!
Yo te saludo, sí; siempre mi mente
Te contempló asombrada!
Mi corazon hirviente
Ha latido cien veces á tu lado;
Y la pólvora ardiente
Cien otras y otras cien te ha perfumado.
Cuando de los tiranos
La orgullosa cerviz cayó á tus manos,
Cuando en espesa bruma
Las falanjes del déspota cruzaban
Por el suelo de Oriente,
Y su pendon clavaban,
Sobre el fríjido campo de la muerte,
Tú levantaste audaz la erguida frente,
Y en tu recinto santo,
La hermosa libertad, tendió su manto.
Ay! que de tus cañones
Ha cesado la bélica armonía;
No á espesos batallones,
Ni á la metralla ardiente,
Alumbrará jamás la luz del día,
En la tierra de Oriente.
Dad á mi mente inspiracion divina,
Como al guerrero del arnes deshecho,
De severo valor, nutriste el pecho.
Yo cantaré las merecidas glorias,
El renombre de bravo,
De este pueblo, feliz, que en sus altares,
Por no vivir esclavo,
Marchitando sus palmas y sus glorias,
Dilatando sus venas,
Impávido trozó viles cadenas:
Yo pulsaré mi lira,
Con acordado acento y plectro de oro;
La musa que me inspira,
De altísimo decoro,
Sublimará mi verso,
Con la gloria y valor del pueblo santo;
Y todo el Universo,
Pendiente escuchará mi fuerte canto;
Ven á mis manos, ven, harpa querida!!
Desciende hasta mi sien, númen glorioso.
Delicia de mi vida;
Paladines del Plata victoriosos,
Venid, templad, mi lira;
Venid, venid, vuestro valor me inspira.
ARMONIA PRIMERA.
¡Ah! siempre Buenos Aires á mi mente
Se me agolpa prolija!!
Su imágen siempre fija,
Presente vive en la memoria mia;
Y esta vida que aspiro
Oh! cuánto su sufrir, cuánto maltrata!
Yo siempre un pensamiento de mi frente
Desprendo para tí; siempre te miro
Sobre esa orilla del undoso Plata:
Y cómo nó! si con la luz primera
Con que mis ojos al nacer te vieron
Tu hermosa azul bandera
Daba sombra á mi sien; y refulgente
Un rayo de su sol brilló en mi frente.
Virgen eras entonces
Honor y prez del argentino suelo,
Tú, bella Patria mia,
Eres mas pura que la luz del dia;
Y de soberbios leones,
Por tu constancia y tu valor rendidos,
Cetros y pabellones,
Te inclinaban sus frentes abatidos;
Y en el cristal del Plata recostada,
Eras del Universo respetada.
Mas hoy. . . . . . duelo profundo
Lamenta en tí la redondez del mundo.
II
II
A los que libres por vivir lidiaron!
Coronas de laurel y siempre-vivas,
A los que allí espiraron!
Por eso es que mi lira
Vibra entusiasta á su feliz memoria;
Que el númen que me inspira,
No solo canta la feliz victoria
De los que Patria con morir nos dieron;
¡Vencedores morir, tambien es gloria!
Y aunque en la yerta arena
Tendidos yacen batallones rotos,
La ardiente llama
Que el libre esconde en su robusta vena,
Si tormentas la agitan, mas se inflama.
Que nunca el pensamiento
Se liga vil al despotismo rudo;
Y una derrota, cien y mas derrotas,
Si á la suerte le plugo,
Fueron tambien en vano
Que siempre el libre se levanta ufano.
Vosotros que bebeis esos cristales
Del hermoso Uruguay, viejos palmeros,
Que á su orilla sentados
Conteneis á los vientos desatados;
Vosotros, sí, vosotros
Que al huracan lauzais la cabellera,
Visteis su ardor en la batalla fiera:
Y en ardorosos potros,
El aliento indomable
Los visteis con asombro,
Cruzar el rio, el pabellon al hombro;
Y aliento patrio el corazon guardando,
Nuevas victorias con ardor buscando.
Y hélos de nuevo ahí!.... como el jigante
Que con seguro pić, marcha adelante.
III
III
La marcha einprende y el lindero cruza,
Que la turba guerrera,
Piensa que el tiempo á su ambicion aguarde;
Y espera imbécil que su voz le mande,
O que fuese postrera
La lid sangrienta del Arroyo Grande.
Las orgías brutales
La turba abyecta en su furor buscaba:
Deseos bacanales,
Con insaciable ardor ciega apuraba:
Y en la pintada orilla de cristales,
El caudillo feroz clavó sus reales.
IV
IV
El fiero—"oid mortales".
Que en torno á los colores celestiales
Se elevaban un dia
Sobre el soberbio campo de victoria,
Cuando tú, Patria mia,
Conducias tus hijos á la gloria?
¿Qué se hicieron del bronce los acentos
Anunciando pujantes,
Tus legiones de Union siempre triunfantes?
¿Qué fueron de tus hombres y tus hechos?
¿Qué de tu poderío,
Cuando trepando con robustos pechos
La cima de los Andes, tu bandera,
Llena de gloria un dia,
Hiciste ondear en su penumbre fria?
¡Ah! sí lo sé: ni tus colores bellos,
Ni tú, vírgen del Plata,
Ni esos tus hijos son; frios destellos
Que tu vida maltrata,
Son sus colores los colores de ellos
Que hoy tan oprimida
Tú en prisiones estás, triste, abatida. . . .
Y ese que al aire maldicion desplega,
Ese que insulta tu pasada gloria,
De sangriento Tirano
Pendon maldito de fatal memoria;
Cuando con torpe mano,
Y de sangre sediento,
Rompió atrevido vuestro azul divino,
Ni es pendon de Igualdad, ni es Arjentino.
No es Arjentino, nó; trapo sangriento
Remedo fiel de proscripcion y muerte!
Hermosa y con honor, no pudo verte:
Y en tu inocente seno,
Vertió furioso su fatal veneno:
Y por eso tus hijos
Que en tí mantienen esperanza y vida,
Si hoy te lloran prolijos,
Tienen del porvenir su fé nutrida;
Y al corazon conforta,
Que es rápido el vaiven de tu desgracia,
Que ese que al cuello te ciñó cadenas,
Un estraño pavor nutre en sus venas.
V
V
Jamás pendon estraño
Pisó arrogante el pabellon celeste,
Sin que golpe tamaño,
Con ajustada guerra
Fulminase á la vez, mal que le cueste:
Que jamás esta tierra,
Vió con desden á la coyunda dura
Su cuello domeñar; que hay en su seno,
Recuerdos ágrios del querer ageno:
Y si una vez con fementido lábio,
(Que así pudieran inferirle agravio,)
Víctima fué del estranjero mando,
Menospreciando sus sagradas leyes,
Al impulso oriental, fueron rodando
Cetros y pabellones de los Reyes:
Ábrase el libro misterial del génio,
Alumbre mi memoria,
El fatídico númen del Oriente;
Y en las pájinas de oro de su historia,
Yo encontraré grabadas,
Por el buril severo,
En cifras de oro, indestructibles glorias:
Cuando jóven apenas, del guerrero
Vistió la malla y el tajante acero;
Y al contener la pesadumbre inmensa
De la águila potente,
Coronas de laurel ciñó su frente;
Y cuando de Bretones
Triunfador te miró el estenso mundo
Saludando tu noble valentía,
Al Leon iracundo,
Que tu seno partia,
Con arrogancia estraña,
Tú lo paraste ante la luz del dia,
Y en el inmenso oceano,
Impávido lo hundió tu fuerte mano.
Apostura grandiosa
Que solo el libre á comprender alcanza!!
Sublime, magestuosa,
La de un pueblo pequeño que se lanza
Tras de su libertad; que reta á muerte,
A un poder colosal, inmenso, fuerte,
Que impávido lo alcanza
Y en un combate y mil al mundo muestra,
Que el tener libertad debe á su diestra.
Salud pueblo de Oriente!!
Nada faltó para llenar tu gloria!
Tu nombre, tu memoria,
Asi tambien la de mi patria un dia
Llevó veloz la fama voladora
Del yerto Setentrion al Mediodia;
Grabando con su mano:
¡¡Hélo ya libre á un pueblo americano!!
VI
VI
El ágrio son de los clarines duros
Hizo tu eco gemir; y sus acentos
Diciendo—libertad—llenó los vientos!!
Mas ¿quién se atreve y con la voz de guerra
Te arroja el guante demandando el reto?
¿Qué insensato á esta tierra
Que el soplo solo del honor enciende,
Su gloria y libertad robar pretende?
¿Sabeis su nombre? ¿conoceis la historia
De este pueblo jigante,
Que aun antes de ser hombre,
Ya lo meció la gloria,
Domeñando arrogante
Cetros altivos, conquistando un nombre?
Venid si no sabeis; alzad el velo
Que un pueblo heróico á sus tiranos corre,
Cuando despues que el cielo
Decretó justiciero la victoria,
Generoso y humano,
Despues de libre les tendió la mano;
Venid, corred, y encontrareis unidos,
Y á sus plantas rendidos,
Aguilas y leones,
Cetros despedazados
Y estrellados y verdes pabellones,
Que se fueron de Oriente
Para nunca jamas volver la frente;
Venid si no sabeis; vercis un pueblo
Pequeño, pero fuerte,
Y á quien nunca aterró la eruda mnerte;
Venid y encontrarcis en los umbrales
Del templo de las leyes orientales,
Con nácar y granito
Grabado en bronce—libertad—escrito:
Venid y encontrareis miles y miles
Proscriptos de su patria
Con el sello divino,
Que dice por doquier, soy "arjentino":
Vereis de libertad el terso prisma:
Venid y encontrareis. . . . la tumba misma.
VII
VII
Que el libre al aire en actitud sublime,
Hizo rápido hendir, como el rujido
Del pardo leon que embravecido jime,
Resonó en esta tierra:
Y la chispa de guerra,
La chispa noble que la fibra enciende
En los libres del Plata,
Prendió veloz en sus nutridas venas,
Y el belicoso son apercibiendo
Puestos de pié con la acerada malla,
Esperan impacientes,
El áspero clarin de la batalla,
Y no mentidos los anuncios fueran
De lidiar y morir; la turba esclava
Que ya embriagada empero,
Con la quimera suerte
Del aliento fugaz de la fortuna,
Desdeñaba orgullosa
Con el libre medir su féble acero,
Con aliento de muerte,
Pisaba audaz sin atencion ninguna
Por el suelo de Oriente
Clamando "esclavitud" con voz rujiente:
Tal como el huracan, cuando tremendo
Con silbo aterrador lanza ferviente
Por el blando verjel su soplo airado;
Y al pasar inclemente,
Cual eléctrico rayo,
Quiebra de la azucena el tierno tallo;
Y el pebetero níspero y la palma
Que al aura mece su ramaje inquieta,
Y la rosa de Mayo,
La tímida violeta,
La enredadera espesa,
Son del jigante de los vientos presa;
Así la muchedumbre embravecida
Tala, tala, cruelmente
Las colinas bellísimas de Oriente
Sin que el gemido de la vírgen casta,
Ni la severa lágrima
Del decrépito anciano que la vierte,
Basten para calmar su sed de muerte:
En vano es implorar, en vano el llanto;
Cuando la esclavitud sus grillos ata,
Sus pesadas argollas,
Ahogan la compasion, siembran espanto.
Y como no ha de ser!! si el lazo de oro
Que unen los cielos con el hombre libre,
La virtud, el decoro,
Y la dulce clemencia y la blandura
Al desvalido hermano
El déspota trozó con mano impura;
Y el misterioso arcano
Perdió para los hombres la hermosura,
Y dejólos perdidos
Y en mar sin horizonte confundidos!!. . . .
Todo esto puede la afrentosa mancha
De negra esclavitud; todo eso pide
Un déspota demente,
De la bella República de Oriente. . . .
Pero yo que en mis venas alimento
La hermosa libertad; yo que he nacido
En sus bellos y nítidos albores;
Que fué en mi cuna mi primer sustento,
Que amo la proscripcion y sus dolores
Porque pueda mi frente
Mostrar con libertad mi pensamiento;
Yo que nací arjentino,
Que grillos abomino,
Y esclavitud y despotismo atroz,
Derechos tengo para alzar mi voz:
Ahi, los teneis sobre el querido suelo,
Que fué por vuestros mártires regado,
Miradlos, sí, miradlos,
No son ya los valientes que en un dia,
Unidos á vosotros
Con aliento esforzado,
Domeñaron la ruda tiranía;
Entonces, oh! entonces
Combatiendo á la par, eran hermanos
Mas hora degradados
Bajo ese trapo vil, son ya tiranos:
Hoy los estrechos vínculos que unian,
Los colores de Oriente
Con el blanco y azul del arjentino
Sobre esta hermosa tierra,
De hoy estrechadlos mas; que, dura guerra
Tendreis que sostener, ó de esa frente
Borrad, borrad, ese fulgor divino
Porque el mundo no mire,
A los libres del Plata entre cadenas,
Sin abiertas mirar todas sus venas.
Y tú blanca paloma del Oriente
Cuyas álas el céfiro desata
Bullicioso y sonoro,
Montevideo hermosa!!
Bella como las perlas de ese rio
Donde bañas tus pies, pico de plata!!
Y en cuyo seno de márfil y de oro
Las auras impetuosas,
En su altivo poder humildes cesan,
Y tus formas de amor tímidas besan
¿Tú dejarás que con sangrienta mano
En tú virjíneo seno,
Esconda su puñal un cruel tirano,
Y que tu blanco y delicado cuello
Humilde se le rinda,
Poniéndote de esclavitud el sello?
Tú que eres de sus hijas la mas linda?
¿No guardas, dí, con la armadura fuerte
Esa altivez y brio
Con que de paladin te vió la muerte
Jugando con la gloria á tu albedrio,
Y repartiendo entre tus hijos fieles
Siempre-vivas y palmas y laureles?
¿En tu seno de aromas y de rosas
No guardas con esmero,
Estandartes y cetros
Arrancados de frentes poderosas,
Que con su afan y su feroz demencia
Saborearon tu fuerza y tu clemencia?
Su honor, su nombre, y el feliz destino
¿No guardas, dí, bajo tus alas bellas
De la viuda infeliz del arjentino?
¿Piensas que infiel á su mision sublime
Abandone á su amiga,
Hoy que la libertad opresa jime,
Y que la esclavitud cual nunca fuerte
Quiere, quiere, que siga
Las hórridas pisadas de la muerte?. . . .
Descended y venid á la palestra,
Descended á lidiar pueblo glorioso;
Cuando la libertad sus alas tiende;
Cual rayo abrasador todo lo enciende;
Y en la pujante diestra
Alumbrada por él, un héroe muestra:
Astro de libertad! númen divino!!
Un rayo solo de tu lumbre pura
Dad á mi mústia sien; mi fuego espera!!
Paladines del Plata victoriosos,
Venid templad mi lira;
Templadmela otra vez, que siga el canto
O suelto el plectro que no alcanza á tanto.
VIII
VIII
De la bella ciudad la vida incierta,
Su gloria y porvenir quedó cubierta. . . .
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"¡Oh! que bella ciudad!! que hermosa eres!!
"Cada dia que pasa,
"Mi anhelo por tu amor crece sin tasa:
"Alli sobre esas rocas elevadas,
"Eres la reina del hermoso Plata
"Que tu gentil belleza,
"En sus cristales límpidos retrata:
"Tu frente coronada
"Radiante de esplendor, muestras al viento,
"Y en ondas mil tu cabellera hermosa
"En sus ráfagas meces
"Y con su arrullo blando te adormeces. . . .
"¡Oh! cuan lleno de gozo y placentero
"Abierto el pecho á la esperanza amiga,
"Te mira el marinero:
"Y desde allá dó el horizonte incierto
"Donde su nave gira,
"Embargado de amor, tierno te mira;
"Y blandamente en la corriente suave,
"Seguro y feliz puerto,
"Al besar de tus piés toma su nave.
"¡Oh! qué bella ciudad! cuanto te quiero!!
"Lejos, lejos de tí, sin conocerte,
"Envuelto en los azares de la guerra,
"Allá cuando la gloria
"Seguia en pos de nuestro brazo fuerte;
"Escuché el nombre de una hermosa tierra,
"Tierra que era un Eden, un paraiso,
"Y siempre en mi memoria,
"Ni aun asomó la idea de la muerte,
"Solo sí la inquietud por conocerte.
"Nuestras armas, triunfantes diez ciudades
"Tuvieron á sus pies; ciudades bellas!!
"Allí hartura encontró nuestro deseo. . . .
"Mas ninguna cual tú, Montevideo!
"Tus hijas, celestiales
"Nos brindaron de amor copas bien llenas,
"Y aunque duras cadenas
"Dicen que ató sus cuellos virjinales,
"Dieron con eso que se llama honor,
"Un homenaje digno al vencedor.
"Y tú tambien Montevideo hermosa!
"Tú á quien la suerte de las armas pone
"Bajo nuestro poder; tú nada esquiva,
"Te mostrarás al vencedor que ansioso
"De tu jardin de rosas,
"Pide por su valor linda cautiva;
"Tus hijas son hermosas,
"Su corazon será tierno, amoroso,
"Y aunque rudo soldado
"En escenas de amor poco versado,
"Ellas consentirán nuestro deseo
"Que nunca el vencedor, nunca es tan feo.
"Todo esto que en mí veis, este vestido,
"Esta severidad, esta dureza,
"Y hasta el color tostado,
"Todo es en las batallas adquirido:
"La vida del soldado
"A lidiar y vencer acostumbrado,
"Esa dureza imprime,
"Y ese orgullo tambien, que es permitido,
"A quien con brazo fuerte,
"De contínuo se estrecha con la muerte:
"Mas, pasa el batallar: verdes laureles
"Ciñen la cien del vencedor glorioso;
"Y entonces el rüido
"Del duro combatir, la grita, el choque
"De las templadas armas, y el gemido
"Del que siente su vida
"Escaparse veloz por ancha herida,
"En brazos del amor todo se olvida;
"Y es amante rendido,
"Ese mismo soldado tan temido:
"Mas siempre el vencedor, de su querida,
"Pide docilidad, busca blandura. . . .
"Que á la hermosa doncella
"La humilde rendicion la hace mas bella."
IX
IX
Cuando en la oscuridad el mundo duerme,
Que preñada de fétidos vapores
Desciende á las colinas
En lento giro amenazando horrores,
Y tragarlas parece en globos de humo;
Y si el rayo luciente el Eter dora
El tímido mortal tiembla y se azora;
Mas si el vívido sol, su cabellera
Sacude en el Oriente,
Disípase fugaz por el ambiente,
No de otro modo las falanjes duras
Rápidas descendian;
Y el suelo que pisaban
Con horrísono estruendo conmoviau
Cual sí de su poder despojo fuera
Y humilde á su presencia obedeciera;
Pero el libre se alzó; armó su diestra,
Y la esclava Lejion espanto muestra:
Tal en un tiempo al colosal Ibero
Que á la jóven América oprimia
Súbita ante sus ojos, se alzó un dia
Armada de guerrero;
Y á la voz libertad trozando fuertes
Los duros eslabones
De tres siglos de oprobio y servidumbre,
La vió alzarse con fuertes batallones,
Que á sus cetros, sus armas, y Leones
Atrevida midieron,
Y humildes á sus plantas se rindieron;
Que nunca es el poder, nunca es mas fuerte,
Ni nunca, nunca, la victoria hermosa,
Vistió la sien del que mayores balas
Repartiendo la muerte,
Lanzó feroz en la batalla dura;
El que mejor color, causa mas pura,
Nutrido el corazon, alza arrogante
Con brazo poderoso
La enseña audaz que nuestros padres vieron
Y bajo cuyo azul nunca temieron.
Y hoy con la misma fé, con igual brio
Por defender su libertad amada
Cayó tu puro azul, prez de victoria;
Los libres del Oriente
Agrupados se ven; la diestra armada,
Nutrido el corazon, alta la frente.
Oh! enseña fiel de libertad y gloria
Bandera celestial!! esos colores,
Allá en un tiempo con la Patria mia
Marchaban por doquier puros y bellos,
Hoy que la tirania
Levanta cruel su maldecida frente,
Desplégalos audaz; que en el Oriente
La libertad del portentoso Plata,
La civilizacion prez de sus hijos,
En un combate á muerte
Se va á jugar y su vivir grandioso;
Aquí se trozaran viles cadenas:
Y esas aguas del Plata magestuoso
Teñidas correrán con nuestras venas.
X
X
Mostró terrible aterrador la muerte
Vomitando el acero
Y una víctima fué; corrió la sangre. . . .
Y con saña feroz, negra, implacable,
Víctima sobre víctima inmolando,
En su vientre insondable,
Con estraño furor iba tragando;
Y ni repara quien, ni la señala
Que en su sed de matar, todo se iguala.
De parte á parte, silbador el plomo
Por el espacio rápido cruzaba
De la muerte sediento;
Y el encendido acero á cada instante
Al cruzar por el viento,
El pecho del guerrero atravesaba;
Y el agudo lamento,
El éco del cañon aun mas pujante,
Y el ronco son del atambor severo
Mezclados se confunden,
Y en el espacio azul rápidos se hunden.
Y no hay sinó morir. . . . en sus enojos,
El acerbo rencor, el ódio insano
Que el esclavo feroz pérfido abriga;
La sangre derramada,
Que por mas que corriera
Jamas el libre la miró vengada;
Todo aumenta el furor: y en vano, en vano,
La tierna compasion, la vida amada,
Asoma al corazon del combatiente;
Ya no mira al hermano,
Piensa en su libertad, mira al tirano.
En tanto el libre vacilantes muros
Elevaba solícito entre el humo
De la feroz metralla;
Que ni fueran baluartes, ni murallas
Pero que pechos duros,
Sus débiles cimientos sostenian;
Pechos, cuyos titánicos alientos
Cuando las balas férvidas la abrian,
En anchos boquerones,
Con vivas á la Patria respondian;
Pechos, que cuando el humo del combate
Disipábase un tanto, y por la esfera,
De arjentino color, cenefas bellas
Dibujaba do quier; firmes se halláran:
Y robustos y firmes se mostraran,
Aunque con rudo embate
Todo el poder del déspota embistiera;
Y aunque carros, caballos y cañones
Preñados de metralla, acometieran
Sobre tan débil muro;
Que cuando el libre se levanta ufano,
Amenazas, morir, todo es en vano.
Caian atravesados por el plomo,
Como caen en los montes perfumados
Del gigantesco Líbano, los cedros
Por el poder trozados
Del huracan furiosó,
Con magestad, con pompa, con grandeza,
Sirviendo de espéctaculo grandioso
A la naturaleza,
En el grave momento en que severo
El Hacedor Divino,
Pudiera derribar al mundo entero;
Caian sin vacilar, caian erguidos;
Caian como los libres que á mi patria
Renombre y gloria en Ayacucho dieron,
Con la frente serena,
Como mueren los bravos,
Difundiendo el pavor en los esclavos.
Bello es mirar en bélica apostura
A un Pueblo entusiasmado,
Que de su gloria y libertad celoso
Con aliento esforzado,
Bajo el azul de un pabellon glorioso
Se bate con valor: oh! si, sublime,
Ver á un puñado de los hijos nobles
Del venturoso Mayo,
Lanzando balas á la turba esclava;
Balas que como el rayo,
Matan, destruyen, aniquilan toda
La fétida semilla
Que el despotismo en su locura hiciera,
Cuando un dia fecunda y altanera
Se elevaba inclemente
Contra los libres de la hermosa Oriente.
XI
XI
Y solícitos siempre y valerosos
A los libres del Plata iluminaron:
La muerte en tanto de continuo alerta,
Entre las huestes mueve,
Su descarnado pié, siempre sedienta;
Ora ya mata aleve
Con oculto puñal, ora cruenta
Cuanta vida alcanzó hiere con saña,
Y en su furia maldita,
En la honda eternidad las precipita!!
Allí en la fria realidad unidos,
Alli se miran á la vez, perdidos. . . .
El adusto guerrero
Encanecido bajo el peso duro
Del morrion y la malla,
Y el ájil paladin, el jóven lindo;
Ay! para siempre, para siempre hundidos!!
Corrido el velo, impenetrable, oscuro,
De la terrible duda!
¡Oh! no la interroguemos, no, que es muda!!
No desatentos, su solemne calma
Queramos profanar,
Lloremos sí, la ingratitud de hermanos!
Un hombre solo en su fatal locura,
Raices tan hondas de rencor y saña,
Furioso cimentó; y en rábia ciega
Con homicida mano,
Abrió una ancha, profunda sepultura
En la vasta estension que el Plata riega. . . .
Y aun abierta se vé!! ¡oh Dios! ¿no basta
Para calmar tu brazo y tus enojos,
Tanta sangre vertida,
La terrible orfandad, el llanto amargo,
Que ya ni asoma á los enjutos ojos?
¿Hasta cuando, Señor, llanto tan largo?
¿Donde está tu clemencia y tu dulzura?
Donde tu poderío,
Que no lo alzas doquier con fuerte brio?
¿Hasta cuando, Señor, tanta dureza
Con los que son tu hechura?
Se agotó el manantial de tu grandeza?. . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
XII
XII
Como cuando los cielos se encapotan
Y el relámpago, el trueno, el rayo brotan
Con su ceño iracundo;
Y si un rayo del sol rasga la esfera
Pierde el mortal la timidez austera,
Descendió magestuosa, omnipotente
Bienhechora del mundo,
Y audaz cruzando el impetuoso oceano,
Hé ahí la libertad del Plata bello;
Una hoja sola á su corona falta
Póngasela tu mano,
Y el mundo "vivas" os dará por ello;
Ella es pura, es hermosa, y sus amores
Te llenarán de galas y de flores.
XIII
XIII
Con planta audaz y denodado brio
Las Pirámides, altas, los que un dia,
Atrevidos midieron
Desde el ingrato Polo al Medio-dia
Al toque del tambor; sí, ellos son,
Con fraternales vínculos unidos
A los queridos de la vieja Albion,
Tu estandarte coronan:
Y ah! Cuan hermoso tu celeste ondea!!!
La Inglaterra y la Francia, se blasonan,
Que al mover de tus ondas, los destellos
De ese astro sol tan vívido y hermoso
Como el que al mundo en derredor saludas,
Una arista no mas, toque sobre ellos:
¿Y que no son los mismos que en un dia
De pálido recuerdo
Estraviados y ciegos,
El tierno cuello de la Patria mia
Quisieron abatir? No. . . .No me acuerdo. . . . .
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. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
XIV
XIV
Del hermoso Uruguay, bellos se miran
De Mayo los colores;
Cual los que tú, Montevideo hermosa,
Con palmas y con flores
Por el cañon sahumadas,
En esos dias de renombre y gloria
Desplegastes audaz; ¡oh! sí, la historia
Cuando grabe tu nombre,
Hará que el mundo atónito se asombre;
Hará que las edades venideras,
Cuando del Plata las hazañas cuente
Las glorias y derrotas;
A las otras remotas
Lleguen tambien las glorias del Oriente;
Y letras sobre mármol esculpidas
Esclavos y tiranos
Con espanto y horror sean leidas.
Montevideo—1845.