Así paga el diablo: 02

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Capítulo II
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Así paga el diablo Felipe Trigo


-Siéntese. Ahora saldrá don Juan.

Victorino se sentó y volvió a asombrarse. Un cuarto en toda regla.

¡Caramba! ¡Luego era verdad que era Juan aquello! ¡Luego podía ser verdad que un chico serio y tonto de remate, licenciado en ciencias morales y políticas, y socio del Atenco, por añadidura, podía ser tenido en cuenta para algo!

El comedor, que no debía de estar muy lejos, enviaba emanaciones de jamón, de ternera, de manteca..., de todo eso a que huelen solamente las casas de huéspedes de a tres pesetas para arriba.

Vio sobre la mesa una boquilla de pitillo y la cogió y se la guardó, con un rápido movimiento de la mano. Luego vio un diccionario inglés, nuevo, manuable, y lo cogió también y se lo sepultó en el gabán.

¡Demonio! Pero, ¡si, no era éste su paisano! ¿Confusión de nombres?... La duda acababa de ocasionársela un retrato. Sólo que se parecían, las caras también, y... ¡bah!, ¡sí, Juan! ¡El mismo! ¡Con qué transformación!... Bien peinado, limpio..., casi guapo, en realidad... Si lo ven en Tarragona no lo conoce ni su hermana... ¡Guapo, nada! ¡casi guapo!... ¡Parecía mentira lo que cambia un joven sabio en cuanto come de fonda!

Volvió a sentarse Victorino, y se guardó de paso un lapicero.

No apartaba del retrato la mirada, después de haberla paseado por la sólida mesa de despacho, por la estera, por la buena cama que se veía en la habitación.

Su concepto de la vida trastornábase. La equivocación estaba acaso de su parte. Él, con talento, con más talento cien veces que este Juan, se había propuesto la conquista de Madrid en fuerza de cinismo. Por resumen doloroso de tres años pintorescos, quedábale ahora mismo un gabán roto y el recuerdo de algunos puñetazos dados y recibidos. Verdad es que tenía su nombradía por los cafés...

-¡Hola!

Victorino se volvió, se levantó y fue a recibir al prohombre.

-Hola, chico, ¿cómo estás?

-Bien, ¿Y tú?

-Tirando, hijo. ¡Caracoles, déjame que te felicite!... Llegué anteayer de la Coruña, de dirigir El Demócrata, y me lo dijeron ayer. Vine anoche, y no estabas... Pero, ¡demonio, Juanillo! ¡Cuenta, cuenta! ¿Cómo ha sido esto?... ¡Si estás hecho un marqués!...

Se reportó Victorino. Juan había aumentado su empaque grave con el cambio. Hoy, que Victorino venía a pedirle unas pesetas, favor, algo, debía atemperarse a su «modo», en vez de hacerle objeto de burlas e ironías.

Se sentaron.

-Un momento. Tengo prisa, ¿sabes?... He de volver a casa de Garona hasta las once.

-¡Ah, conque Garona! ¡De modo que Garona! ¡Vaya, cuenta, hombre! ¿Cómo te conoció?

-Pues, nada... ahí verás, querido Victorino, lo que son casualidades. Que acababa él de construir un hotel, y al mudarse necesitaba ordenar su biblioteca. Parece que fue un antiguo y asiduo ateneísta, de los buenos tiempos de la casa. Conoce a Teodoro, y le envió recado una tarde pidiéndole un chico capaz. Teodoro, que me quiere, me buscó, me lo dijo... y llevo dos meses con Garona, y me va tomando estima, y creo que acabaré por ser su secretario...: por lo pronto me ha puesto diez mil reales.

-Bravo, Juan. Eso es suerte. Yo, en cambio, vengo sin un cuarto de Galicia. El Demócrata tronó. Si tú pudieses hacer que Garona me diese un destinejo... ¿Tienes con él confianza?

-Hombre, confianza, no. Me estima... porque ve que soy trabajador y útil. ¡Me quiere, vamos... y se ha propuesto protegerme! Esto es cosa de los libros, de que te reías tú.

-Sí, hijo, en fuerza de machacar...

-Ha visto que los conozco por fuera y por dentro, y confía en mí para que le saque notas y estadísticas, sabes?... Tanto, que el arreglo de la biblioteca, lo que se llama el trabajo manual, de colocación, lo tengo casi interrumpido... Por cierto que... ¡sí, Victorino!... Si tú me prometieses ser formal, ¡bien sabes que te quiero!... en eso podrías desde mañana mismo emplearte. Mira, Garona ha despedido a su secretario cuando ha visto que yo lo puedo ser, y con ventaja. Lo seré. A ti... ya veremos, andando el tiempo. Lo importante es que te hagas grato a Garona. Desde mañana, por lo pronto -terminó Juanito levantándose- puedes ir. Te señalo dos pesetas.

-¿De tu peculio?

-No. Es que ya Garona me ha indicado varias veces que convendría llevar a alguien provisional, hasta terminar la biblioteca. Arreglarás la biblioteca. Realmente a mí me necesita para otra clase de trabajos.

Victorino meditó. Sintió un poco la humillación del escaso sueldo y de la subalternidad que le ofrecía este sabio botarate.

-Bueno, escucha tú -le dijo-; lo que podemos hacer es otra cosa. Yo voy mañana, y me presentas. Se trata de que me dé un destino. Si tú le ves esta noche, le dices de antemano que yo he hecho en El Demócrata furiosas campañas contra él, como es verdad, por eso de las Salinas, y que sabiendo tú que vengo a Madrid dispuesto a continuarlas, no ves manera mejor de desarmarme que...

-¡Quita, hombre! -le interrumpió Juan, asustado.- ¡Digo! Te creerás tú que se puede tratar a un hombre de estos... ¡Si es como mi padre!... ¡Ah, hoy, te lo juro... bailaría de coronilla si él me mandase bailar de coronilla!

-¡Mal hecho!

-¿Cómo?... ¡Le debo cuanto soy... cuanto seré!

-¡No llegarás a arzobispo! ¡Ya verás! Ése no es camino de ir a parte alguna.

-¿Tú crees?

-¡Claro que lo creo!

Juan se volvió, desdeñoso.

-Bien, pues cada cual con su creencia. Por mi parte, me dejaría picar por ese hombre.

-¡Es una acémila!

Juan, esta vez, no respondió. Cogió el sombrero e invitó a salir a Victorino. Por la escalera, en silencio, iba pensando en cómo pudiera a un listo darle Dios tanta torpeza. Él se sentía feliz, orgulloso, al fin, de aquella simplicísima y filosófica bondad que le habían dado los libros. Su tesoro, que se empeñaban en negar los contumaces, descreídos aun ante los más tangibles resultados. Por bueno, por trabajador y por sumiso habíale concedido un prócer su resuelta protección. Y todavía este pobre Victorino escéptico sería capaz de repetirle, como le había repetido tantas veces, que él no conocía ni jota de la vida. ¡Bien, allá el pobre Victorino, que creía ir aprendiéndola en cafés, y por ahí, piropeando a las muchachas!

-Oye, Juan, ¿me das tres duros? -le dijo Victorino en la puerta, al despedirse cada uno para un lado.

Juan se los dió, y aun le hizo comprender por el sonido, con cierta delicia saludable y generosa, que tenía en el portamonedas lo menos otros siete.

-Gracias. Voy a ver si en estos días me meto en alguna redacción. Si no, ya tendré presente tu oferta. Adiós, Juanito.

-Adiós.

El uno se fue por la calle abajo.

El otro, por la calle arriba.

Y Victorino pensaba: «Será capaz este melón de hacer algo de provecho»...


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