Así paga el diablo: 03

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Capítulo III
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Así paga el diablo Felipe Trigo


Trabajaba.

Trabajaba esta mañana en su despacho.

Buscaba, por medio de la estadística, una demostración de que la incultura y la pobreza de un país no guardan relación con el número de crímenes. Si se aumentan las públicas escuelas y se alimentan las clases populares, gracias al abaratamiento de las subsistencias, disminuyen los atentados contra la propiedad, pero crecen en el mismo grado los delitos contra el pudor y los de sangre. Esto era natural, y hacía falta estar ciegos para no verlo: un bruto que no come, roba; pero un bruto que se harta, aunque se le enseñe a leer, mata... por celos, por furias de fiera alimentada, por una simple sinrazón de majería. La idea, o mejor dicho, el «hecho de observación», era de Colajanni o de Trerate, de uno de estos dos sociólogos amigos de Lombroso; pero el propio Juan habíalo comprobado en sí mismo, con un hartazgo de callos: la bestia humana surgió inmediatamente, con sólo haberle visto a una doncella las piernas... Sí, la tarde aquella turbáronle instintos de lascivia.... de irrespetuosidad hacia esta honesta casa de su protector, de crimen moral, por consecuencia... Si tal le sucedía a un culto ateneísta y licenciado, que a fuerza de la conciencia fuerte formada por sus libros supo dominarse, ¿pudiera nadie predecir adónde llegaría un bárbaro cualquiera bien comido, aunque se le enseñase a leer?

¡Bah, leer! ¡Para que leyese periódicos, media docena de folletos que le metiesen el anarquismo en la cabeza!

Inglaterra, Francia, Alemania, los Estados Unidos, con todas sus escuelas y su industria, no habían visto disminuir su criminalidad, sino simplemente transformarse. El apache es un producto parisién: come, lee y escribe.

¡Oh, la dialéctica! Juan, que en sus primeros tiempos de Madrid no sabía si era demócrata, ahora se había hecho conservador, aristocrático, más que Garona aún. Y por si Garona lo quisiese aprovechar, iba a ofrecerle este tema de discurso contundente contra la interpelación que sobre la enseñanza y los consumos anunciaban ciertos diputados radicales: «Las clases pobres, ya que es imposible hacer un doctor de cada ciudadano, deben permanecer en aquella santa ignorancia medioeval que mantuvo un régimen de orden, y comer lo estrictamente necesario. No había otro modo de conservar un pueblo perfectamente dócil, perfectamente gobernable.»

Cogió otro libro y se dispuso a formular la estadística italiana.

Pero cantaba por la calle un ciego, y Juan se levantó con el objeto de cerrarle al balcón las vidrieras. Las había entreabierto para que entrase el sol, en este primer día claro después de tantos días de lluvia.

Cerró. Una visión le detuvo, sin embargo, a través de los visillos. En el mirador del centro, alzado sobre el templete de la entrada principal, cuidaba los canarios la señora. Él veíala casi enfrente, desde este despacho, desde este balcón que estaba en otra de las torretas laterales del hotel.

Suntuoso el mirador, con sus cristales curvos y sus adornos de mármol y de bronce. Grande como una sala; lleno de sol como una gloria. Recogidos a lo alto sus estores, veíanse colgar del techo las canastillas de orquídeas. Dentro, a pesar de ser Noviembre, podía estar la señora de claro, de verano..., según estaba siempre en esta confortable mansión calentada por estufas invisibles. Los canarios pipiaban, saltando en la dorada jaula, magnífica, de soberbio pie, y que parecía propiamente una custodia. La señora, al alzar por los alambres las manos llenas de sortijas, enseñaba ambos brazos hasta el codo, derribadas sus amplias mangas de sedas y de encajes. ¡Oh, qué disparate el socialismo! ¿Cómo iba cada ciudadano a poder tener una jaula como ésta, sólo para canarios, que valdría sus mil pesetas, y un hotel y unos jardines como éstos?

Pero los brazos, la albura y la elegancia de aquella especie de gran bata de la dama, llamaban su atención. Juraría Juan que esta bata fue la misma que le vió en la famosa tarde a la compañera de Gaspar. Y... ¡oh!... ¿era entonces que llevó su avilantez Marieta, la rubia doncellita, hasta adornarse para cosa tal con los lujos de su ama?

Se retiró de los cristales. Volvió a la mesa. Sin embargo, no pudo trabajar, con la obsesión del mirador, que seguía ostensible enfrente. Esta bata clara le inquietaba. En doce días de estar tratando a la señora, veíala por primera vez con el traje que acababa de traerle a la memoria la escena tremebunda. La duda tornaba a acometerle, y rubia también. ¿Fue ella, o fue Marieta?... En fin, sí... ¡fue Marieta!... por más que le tuviesen que caer demasiado holgadas, demasiado grandes, las ropas de tan espléndida mujer...

No lograba persuadirle, a pesar de todo, la afirmación que él quería dejar inconmovible en su conciencia por no profanar ni con sospechas la pureza de este hogar. Contra su voluntad, acordábase de ciertos pormenores observados en su trato con la dama... Sí, sí... de... ciertos pormenores que ella...

«Imbécil» -se injurió a sí propio. Y el disgusto le levantó.

¿Qué, que fuese, como joven, algo alegre y espontánea?... «¡Una santa, una santa! ¡Un modelo de esposas y una verdadera madre de sus hijos!» -según le dijo Martina.

Juan juzgose indigno. Cogió el libro y los papeles y se marchó del despacho. Por un sagrado terror, huía hasta de la distante e ignorada presencia de ella, evitándose las divagaciones injuriosas.

Bajó la escalerilla de caracol que conducía a la biblioteca y se dispuso en una mesita a continuar las estadísticas.

Mas no pudo. Su disgusto interior era muy grande. ¿Por qué insultaba en pensamiento a esta señora? ¿Por qué ofendía a su protector? Se quedó reflexionando... recordando. Al ser presentado a ella por Garona, tuvo el espanto de creer reconocer a la que llevaba abrazada D. Gaspar. Y... ¡oh, qué absurdo! ¡un hombre, D. Gaspar, que debía a Garona cuanto era!, un abolgadillo que también dos años antes había venido de secretario a la casa, y actualmente habíase encaramado ya nada menos que en la embajada de Francia!... Imposible. El concepto de tamaña ingratitud no cabíale a Juan en la conciencia.

A pesar de lo cual, una terquedad estúpida le hacía recordar con recelo ciertas cosas, ciertos «pormenores de su trato con la dama.»

Reíase mucho, ella; era desenvuelta y miraba de un modo singular.

Cuando le encontraba en los pasillos, se le quedaba mirando y sonriendo.

Él almorzó con el matrimonio un día, porque habíase retardado en el trabajo, y no dejó la señora de mirarle ni un segundo desde el frente de la mesa. Además tendría tal hábito de sentarse con las piernas estiradas, que él, por no tocar a los de ella, se vió en la precisión de encoger los pies algunas veces.

Desde entonces, no había tarde ni mañana en que hubiese dejado de entrar con cualquier motivo en el despacho. ¡Mujer más deliciosa, más insinuante!

-«Sí, sí -fue anoche mismo a anunciarle-, ya le he dicho a mi marido que me parece usted inteligente. Le pondrá tres mil pesetas. Al lado suyo usted prosperará con rapidez». -Charlaron, y la dulce bondadosa...

Sonó la puerta.

¡Ella!

Juan se estremeció. Púsose de pie instantáneamente.

-¡Hola! -oyó que saludaba, lanzándole una de sus sonrisas.

-Buenos días, señora -se apresuró Juan a responder con una inclinación.

Dejó ella de sostener con la alhajada mano el portiére, que le había formado un dosel verde-ceniza a su elegancia perla, y, avanzó hacia el interior.

-Siéntese, hágame el favor; y siga, siga su tarea. Yo vengo en busca de unos libros.

-¿Qué libros, señora?

-Oh, nada. ¡Yo los buscaré! Hágame el favor de sentarse y proseguir. No quiero distraerle. ¿Estorbo?

-¡Oh! ¡usted, señora! ¡Encantado!

-Bien. Con su permiso. Gracias.

-¡De nada, señora, por Dios! ¡Usted es muy dueña!

Ella, lanzándole otra sonrisa, se torció hacia la estantería de la derecha. Había caído sobre los lomos rojos de la Revue Diplomatic.

Él se sentó azoradísimo por esta sonrisa, que esta vez había tenido no se supiese qué particular dedicación o qué sorpresa. Quiso trabajar, ruboroso y preocupado. Poco hecho a cortesías, llegaba a dudar si cada vez que metíase en cumplimientos y en frases de etiqueta, por ser fino, no dijera alguna estupidez. Ella habría sonreído por esto. Ella quizás le miraba siempre con curiosidad como... a un bicho raro del Ateneo, incapaz de decirle a una gran dama dos cosas a derechas ni de hacer dos reverencias sin tropezarse con los muebles.

Así, el día que comió con ellos, vertió el vino en el mantel, como entrada!...

Mientras allá lejos, al otro lado de la gran mesa de roble, examinaba ella las monótonas hileras de La Revue Diplomatic, y de la Monitor Financiero, luego, y de la Gaceta de la Banca..., examinaba Juan las frases que acababa de decirla. «¡Usted es muy dueña!», una. ¡Claro!, ¿no iba a ser muy dueña, si era el ama del hotel? Creció el rubor del joven. La majadería de lo que quiso ser cumplido estaba en haberla querido conferir un permiso perfectamente bufo. Debió decir: «La señora manda siempre!» Tragó saliva. ¡Bien! ¿qué hacerle ya?

-¡De nada! -fue otra frase. Y esta sí, caía justa, puesto que habíale dado ella las gracias. Pero, el de nada, substituyendo al no hay de qué... ¿no era una innovación cuya misma sencillez la había vulgarizado?... Oíasele a todos los camareros, a todos los cocheros, a todos los barberos... y a los guardias. Repetirla aquí, con ciertas pretensiones, valdría como ponerse a cantar la Serenata de Schubert... después de haber dado con ella tanta lata por las calles la mujer de la guitarra.

El «de nada», pues, aumentándole ahora el rubor, le sonaba a fineza de barbero.

¡Bah!, ¿y el «encantado»? ¿y aquel dichoso «encantado»?... ¿Tenía tal vez (dicho en esta ocasión de soledad con una dama joven), a más de la cursilería, un tinte de impertinencia?

Juan acabó de sentirse el calor de la sangre en las orejas. El encantado, que él decía por primera vez, y que había escuchado entre amigos, solamente pudiera hacerle vislumbrar a una mujer una osadía amorosa... ¡oh!, ¡oh!... ¡por favor!... ¡y a la esposa de todo un personaje, de todo un... protector!, ¡y a una millonaria con landó de dos caballos y siendo él un mísero empleadote! Comprendía, en fin, que ella se hubiese sonreído y le mirase siem pre de aquel modo. Aparte la facha, debía de resultarle tan divertidamente ridículo como Carreras, el de Apolo, con su torpe timidez...

Volvió a observarla. La veía sacar libros, dejar libros. Ahora iba por los Tratados de Política General, de Campoom. Pensó de pronto que él debiera interrogarla acerca de qué libro buscaba, con el objeto de dárselo; pero pensó también que ella había rehusado antes el mismo ofrecimiento, y que fuese de poco respeto el insistir. Era alta, esbelta, llena de maciza y elástica belleza. Cuando se empinaba hacia los altos anaqueles, quebrábasele gallarda la cintura. Cuando se doblaba hacia los bajos, marcábanse sus caderas deliciosas... Por un momento, volvió a la mente, de Juanito la sospecha de Gaspar: esta mujer, porque creyese que aquí estaban los números corrientes de La Revue Diplomatique y que en ellos hablase de... par, vendría buscando sus noticias... Tal vez el tal Gaspar no la escribiría... con nuevos amores en Francia...

Pero se turbó el joven licenciado. La dama se había vuelto de cara a él, con un brusco girar, y en el más brusco ademán con que el escribiente quiso volver a su escritura, ella debió advertir que había estado contemplándola.

Juan no pudo dejar de notar que la señora sonreía, que sonreía mirándole otra vez, al acercarse a la gran mesa del centro. Y no vio más, después, en tanto la sentía enredar con revistas y papeles.

Al poco, y cuando mas atareado fingíase Juan, ella, llevando en la mano una revista, fue a sentarse en la poltrona. Mejor dicho, fue a tumbarse, fue a tenderse..., como quien con toda cómoda pereza quisiera buscar tenaz algo que le importa.

-¡Encontró el número del mes! -pensó Juanito.

Y se tuvo en seguida que acusar de mal pensado. Gracias a que ella, tan tirada atrás, le ocultaba completamente la faz con el periódico, pudo leer en la cubierta: Ilustración Española y Americana. En aquel número, que había hojeado él, no se hablaba poco ni mucho de Francia. Y Juan era un villano, un vil, con sus sospechas. En su hotel una honesta esposa y madre de familia, bien podía permitirse leer La Ilustración.

Trabajó. Pero le había chocado desde luego ver lo alta que quedábale a la honrada esposa el borde de la falda, y hasta sin querer se fijaba en sus tobillos. La poltrona, lejos, en el otro extremo del salón, estaba enfrente. A menos de cambiar de sitio, Juan tenía que verle los tobillos a la dama. Medias color hueso, caladas desde el mismo arranque del zapato. La piel clareábase entre las mallas y dibujos, ambarina. Sus manos eran muy blancas, y sus brazos, caídas las mangas hasta el codo sobre los brazos del mueble.

Trabajó. Hizo números y números. Llenó de ellos una plana. La lectora, en tanto, y luego de haber vuelto las hojas viendo los grabados, leía... quieta.

Habría encontrado algo interesante.

Nunca se quitaba La Ilustración de ante la faz. Al revés, habíase ido hundiendo en la poltrona y... ¡oh, sí, esto lo divisó Juan con asombro!.., Se le veía más de la mitad la pierna izquierda. Cruzada la otra encima, desde el empiene del pie que estaba en alto formaban un bravo pabellón las sedas de la bata...

¡Oh, Dios! ¡Qué calados y qué pierna! Estallaba la media y parecía estirada por cinco doncellas de servicio. Juan se acordaba de haber oído que a los toreros les ponían la faja tirando de una punta entre otros tres. Y por los ceñidos y sedosos uníanse en su imaginación el talle de los toreros y esta pierna.

¡Bah, claro, más de la mitad!

Descubría hasta la terminación de unos bordados celestes, por arriba... esa plena expansión de la carne firme y poderosa. El bordado celeste, que trazaba una especie de reja como la que gastan los húsares en el calzón los días de gala, no era celeste, en realidad, sino entre azul y verde y amarillo..., un color de esos pálidos de moda, que no se sabe cómo son, quebrados en todos los colores. Así la media podía decirse color hueso, y era más bien entre heliotropo y barquillo.

Además, la señora no debía tener puesta enagua. En el fondo de penumbras marcantes, vislumbrábase el forro rosa de la bata, nada más, y que no era rosa tampoco, sino tirando a limón, o a salmón.

¿Sería una bata, aquello, o un saut de lit, sencillamente?

El pobre Juan no lo sabía.

El tenía noticias vagas de estos lujos.

Ignoraba en absoluto si la dicha prenda servía para dormir, o para salir del lecho hasta arreglarse (como indicaba su nombre), o también como traje casero de mañana.

Quiso continuar su tarea. La dama, absorta en la lectura, hacía subir y bajar rítmicamente el pie de encima, cual si llevase un compás... y a cada revuelo de la falda, veíase el misterio más profundo y tentador en la pierna de debajo.

Se horrorizó.

Hasta en ayunas, hoy, con cuadro semejante, habíase sorprendido la... «delectación morosa» de que hablan los teólogos.

Tratando de enfrascarse en sus cifras se inclinó más sobre el papel.

Se, equivocaba.

Buscábale la explicación a «tal manera de sentarse».

Su acojo de sí mismo creyó encontrarla -y harto natural.

Tan natural, que se acusó inmediatamente de salvaje y mentecato.

Una honrada esposa y una buena madre de sus hijos, siendo aristócrata, podía sentarse, así. Las aristócratas -según él tenía entendido- son por educación despreocupadas: no le dan importancia a las piernas.

«¡Necio! ¡Salvaje!» -se apostrofó.

Sentía vergüenza, por su falta de mundo, lamentable. Era como un lugareño que no hubiese estado nunca en el Real, y que se escandalizase y se excitase viendo los escotes.

Quería escribir, y érale imposible. Copiaba cifras, sin concierto, poniendo a los alcohólicos en la casilla de impulsivos, y la pluma acababa por alzarse del papel, y él acababa por quedarse mirando aquella pierna...

Una de estas veces, la pluma se le cayó de entre los dedos.

Pero había causado un ruido seco y rebotante, y la dama, la ensimismada lectora, abatió la Ilustración, mirando al joven. Rápida, en seguida, descruzó las piernas y arreglóse el vuelo de la bata.

-¡Ah, por Dios, qué tonta! ¡Creíame sola! ¡Me había olvidado de usted!... ¡Perdóneme! ¡Perdóneme!

Juan veíala un poco sofocada, sonriente como en una calma bondadosa de rubor que espera alguna frase de aliento. Él debía de estar como una brasa. No supo contestar. Y entonces, la dama dejó la Ilustración, y se marchó lentamente, púdica, con la cabeza baja, sin desprenderse de los labios aquella sonrisa indescifrable...

¡Indescifrable!

Púdica, ella... e indescifrable, sin embargo, la dichosa sonrisita. Quedose pensativo el licenciado. Perdían firmeza sus ideas.

Habíase equivocado, pues, creyendo que ella enseñase la pierna por despreocupación aristocrática.

Esto no era cierto... Es decir, no existía en las aristócratas tal despreocupación, puesto que dábale a su pierna importancia esta señora. «¡Perdóneme! ¡Perdóneme!» -le había pedido. Luego pensaba ella que algo tenía que perdonar, por su descuido.

En cuanto a él, había sido un grosero. Debió de responderla y no le respondió.

Sí, sí. «¡Perdóneme! ¡Perdóneme!» -pidió ella. Pues bien: -«¡de nada!»- pudo haberla dicho; y mucho mejor que el «¡No hay de qué!», en esta ocasión tan especial.

También habría sido oportuno afirmarla: «¡No he visto nada, señora; tranquilícese!».-Sino que esto hubiésela parecido una falsa candidez llena de malicia, porque mal sabría, de no haber visto, que se tendría que disculpar con no haber visto.

«¡Miserable!» -volvió el licenciado a apostrofarse. Se hallaba torpe y desleal. Achacaba a despreocupación aristocrática la actitud de esta mujer, y resultó que la estaba calumniando, porque demás pudo verla los rubores cuando ella notó su inadvertencia. ¡Qué sencillamente lo explicó: «Me había olvidado de usted!»... ¡Claro! ¿Era que una casta esposa no pudiera distraerse? ¿Era que una honesta esposa, creyéndose en completa soledad, no pudiera tumbarse y cruzar las piernas a su gusto?

«¡Miserable, sí, bien miserable!»... Este descuido de la excelsa dama, habíalo aprovechado él villanamente para solazarse mirándole las piernas -y ella ¡era lo peor! habíalo visto, y no reconocería otra causa la complejidad de aquella sonrisita. -¡Traición y deslealtad! ¡Torpeza, sobre todo, mucha torpeza!

Recobró la pluma y púsose a escribir.

Su torpeza le escocía.

Todo le hacía pensar que esta mujer era una zorra... hasta sus recuerdos del billar.

Todo le hacía creer, no obstante, al mismo tiempo, que esta mujer era una santa... hasta sus cándidos olvidos y descuidos.

En efecto, una mujer que entra y que se sienta a leer donde hay un hombre, ¿podría a los diez minutos haberse olvidado su presencia si no fuese la de ella un alma noble y pura que en nada se preocupa de los hombres?

¿Podría siquiera admitirse, además, que una dama de esta distinción, bella y rica, viniese a provocar a nadie enseñándole las piernas como una friega platos?

¡Oh, y a él.... un humilde serviciario de la casa! Escribió, desechando de la mente tanto absurdo. Se atuvo a su estadística.


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