Así paga el diablo: 04

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Capítulo IV
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Así paga el diablo Felipe Trigo


Terminaba la estadística al día siguiente, En la biblioteca habíase instalado desde luego, tanto por dedicarle hoy un par de horas a los libros, después de este trabajo, como por no ver en el mirador a la señora cuando arreglase la jaula. Eran las once. Garona, después de la firma con él, acababa de partir en el coche. Iría a los ministerios, como siempre. Lo abrumaban con tanta petición.

Sintió un ruido, leve de pasos y de puertas. Tras él, en el fumadero, dijo una voz dulce: -¡Hola, amigo mío!

La señora.

Juan se levantó.

-¡Vaya! -dijo ella.-¿Quiere usted hacerme la partida?

-¿Qué partida?

-De billar.

-¡Oh, señora!

El colmo. Se asombraba el joven. No sabía que al billar jugasen las mujeres.

-Acabo de bañarme y de vestirme, y me he quedado..., así, algo enervada. Puse caliente el baño, demás. Voy a salir en el coche, y necesito antes un poco de reacción, un poco de ejercicio, yo suelo hacerlo con la polea, pero me aburro. ¡Vamos! ¿Quiere?... ¡Oh, no se puede figurar cómo me aplana el baño tan caliente!

-¡Señora!

Juan se inclinaba, sin moverse de su sitio.

-¿Qué? ¿No sabe usted el billar?... ¡Un juego que juega todo el mundo!

-Sí, un poco.

-Pues ¡vamos!

Obedeció.

Pasaron el fumadero, ella delante. Llegaron al billar. Tomó la dama un taco fino hecho con piezas ensambladas de adelfa y de boj y de marfil, y la invitó Juan a la salida.

-Nada de eso. Al que le toque. ¿Juega usted mucho?

-Señora... ¡regular!

-Pues, ¡hala!... A todo rigor, amigo mío.

-A cara de perro, que dicen.

-Justamente.

Ella sonrió, y él tiró, junto a ella, «a mano», conturbado. Temía ya haber dicho una frase de garito de café, impropia de este lugar y de esta distinguida compañera. Aquel «a cara de perro» era una frase de sus tiempos de estudiante, cuando fue casi un maestro al billar en Tarragona.

Su bola quedó más cerca de la banda que la otra. Salió, pues. Hizo la carambola, de tres tablas, y le quedaba reunión. Hizo la segunda, la tercera, la cuarta..., sin más que tocarlas suavemente.

-¡Vaya, vaya un profesor!

-¡Señora!

La señora sonreía. Juan, con un poco de vergüenza, temiendo que le juzgase un tahúr que hubiérase pasado la vida en tal oficio, dispersó las bolas, tirando fuerte. Y a la nueva tacada erró el recodo.

-¡Cinco, apúntese! -dijo la dama haciendo su primera, por una tabla.

Al jugar la segunda, advirtió:

-¡También yo juego, no crea usted! ¡Picó!

Saltó la bola.

-¡Otra vez, señora!

-No. ¡A cara de perro!

-¡Señora!

-Nada, usted. Y no me llame señora: ¡Casilda!

Hizo tres, el licenciado.

Luego, ella, dos -y deploró, en tanto se apuntaba:

-¡A nuevos! ¡Me he vendido!

Juan respiró.

No parecía Casilda jugar mucho, pero conocía el argot de los cafés.

Aun tirando con desgaire, hizo siete seguidas, el joven. Esto le inquietó otro poco, porque así vería la dama que las hacía él por todas partes. No, no quería pasar por un tahúr..., por un estudiante vago y calavera.

-No crea usted, señora, es casualidad. Jugué mucho cuando niño. Luego, en la Universidad, con la carrera...

-¿Qué carrera tiene usted?

-Filosofía.

-Ah, muy bien. ¡Recodo limpio!... y ha sido.

Además quedábale reunión, junto a la banda. Quiso ella aprovecharla, muy despacio. Tuvo que estirarse una vez, desde el lado opuesto, y le vio Juan la pantorrilla. ¡Diablo! Las medias, hoy eran de un tono tabaco... Tuvo otra vez que casi tenderse en el paño, y no sólo le vio Juan el arranque de la bota, nada baja, sino que sólo entonces advirtió que la dama tenía puesto un traje verdoso tan ceñido, de estos de moda, que dibujaba el muslo y la cadera lo mismo que en camisa. Por la campana de la falda asomaban su desorden las rizadas sederías de una enagua oro-naranja.

Mas era la posición tan violenta, así sobre una mano toda en vilo, que, al querer alzarse, se torció y quedó de codo, casi de espaldas en la mesa, derribada. Rió, y se recobró luego por sí misma..., viendo que el susto de Juan se limitaba a una expectación inerte, confusa..., casi llena de los rubores que a ella misma le causó por un momento el desatino de sus pies y de su falda al perder el equilibrio.

-¿Se ha hecho usted daño, señora?

-¡No, bah, ca! ¡Y me he vendido! ¡No podrá usted quejarse, Juan! ¡Así se las ponían a Fernando VII!

Juan no dió bola, azoradísimo. Pero ella se había formalizado de repente, y él pensó que fuese esto la reacción de aquella involuntaria mostración en que la tuvo, un tanto libre. Él no se dio cuenta del todo, porque aquello había sido un remolino de sedas y de cosas...; sin embargo, hasta en la forzadísima postura ella había sabido conservar un aire de recato y de elegancia.

-A veces, amigo mío -la oyó decir, mientras la emprendía él con la reunión- yo he pensado que el billar no sea muy propio de señoras. Por esto, justamente..., porque tiene una que extenderse... ¡A menos de jugar con pantalones! No obstante me he tranquilizado, pensando que más se enseñan las piernas en las playas... ¡Y ya ve usted, hay más gente, porque aquí sólo está usted!

Juan la miró. Volvió a bajar los ojos, viendo cómo ella le miraba y sonreía. Si no era una ladina, esta mujer debía de ser un poco simple. De buena gana la hubiese hecho observar que... estando sola con alguno, era cuando era peor que le viesen las piernas a una dama. Siguió tirando. Siguió haciendo carambolas. Encima sentíase, adivinábase la mirada de ella, como un pesante enigma de doblez o de inocencia.

Y la dama, franca y gentil, dando tiza, proseguía:

-En verdad que son problemas, estos del pudor. En la calle y en visita, no debe verle nadie a una mujer más que la cara y las manos. En un teatro, ya pueden verle los brazos, el pecho. En una playa, las piernas. Y con los besos, lo mismo: Llega uno, me da un beso en la mano, y... cortesía; en cambio, en la cara, sería malo... ¡y todo es piel! Francamente, no lo entiendo. Tenía ganas de hablar alguna vez con un doctor en ciencias para preguntarle de estas cosas... ¿No es usted doctor en ciencias?

-En Letras, en Filosofía y Letras, señora; y nada más que licenciado.

Se le fue la carambola.

Jugó ella, no la hizo, y expresó -sentándose:

-Es igual. Y acaso preferible, porque son cuestiones filosóficas. Varnos a ver: ¿en qué se funda todo esto del pudor?

¡Demonio! Tragó saliva el licenciado. Tiró, dio pifia, y fue a decir frente a ella -que continuaba sentada en el diván y apoyándose en el taco:

-Del... del pudor. ¡No comprendo bien, señora!

-Sí, mire; digo yo: nosotras..., yo, por ejemplo, tengo sitios en mí misma, como acabo de indicar, que todo el mundo puede ver a todas horas: la cara y las manos; otros, como las piernas y los brazos y el escote, que sólo se me deben ver en determinadas circunstancias. Sitios, también, en que puede besarme un extraño, cortés, a guisa de saludo, tal que la punta de los dedos, y sitios que en una fiesta de salón puede tocarme un hombre impunemente, según hacen con mi talle al cogerme para un vals... ¿No es cierto? ¡En todo ello no hay ni sombra de pecado!

-¡Cierto, señora!

-Bien, pues yo he pensado que habría de ser, no curioso solamente, sino hasta necesario para la firme educación moral de una mujer, que alguien que lo sepa le dijese: «mira, lo mismo que en una vaca cuando se vende por kilos hay carne de primera, y de segunda, y de tercera, y hasta despojos que valen poca cosa y que no importa reglar; hay en vuestro cuerpo tales y tales sitios que no afectan al pudor, y cuales y cuales otros completamente reservados. El límite, además, es éste..., y la razón... ¡oh, sí, la razón es lo importante!... ésta que te explico». Es decir, amigo mío, ésta que debe usted explicarme. ¿Cuál?

-¡Ah, señora!...

Juan se sonreía, rojo como un fuego. Fija en el piso la vista, la había girado en torno al taco y parecía incitarla a jugar su carambola.

Pero ella le invitó donosamente:

-¡Siéntese, bah! ¡Siéntese aquí, y, respóndame!... Son cuestiones filosóficas. ¿Es que hay cinco o seis clases de pudor, y que el pudor varía a cada momento? Un pudor de mar, otro de teatro, otro de calle, otro... ¡Usted lo habrá estudiado, claro es!

Por lo pronto, el licenciado no había hecho sino sentarse encogido y respetuoso junto a ella. Luego habló..., requerido en la ciencia de sus libros, como estaba, y sin lograr discernir qué especie de señora fuese esta señora...

-Señora: usted lo ha dicho... yo creo también que los límites y el concepto del pudor se definen por la misma moda de los trajes. En la antigua Grecia, por ejemplo...

Enmudeció. La historia iba a forzarle a hablar de cosas absurdas.

Y la dama, que esperaba, opuso a su argumento:

-El traje, no, bah, tampoco. Aun contando los de teatro y de baño, limítanse a descubrir hasta la rodilla, y los hombros y el escote. No obstante, ya me ha oído que en un baile puede un extraño abrazarme la cintura... ¿Es que toda esta parte de mi espalda no corresponde tampoco al dominio del pudor?... Pues, ¡eso...! ¡la medida! ¡la medida! ¡saber exactamente a cuántos milímetros por encima y por debajo, y por delante y por detrás empieza lo prohibido, y el por qué..., puesto que acabamos de probar que hay sitios inocentes asimismo en lo que ocultan las ropas. Además, hayo otros pudores que se pudieran llamar de médico, de zapatero, de sastre... cuando nos prueba alguna cosa... ¡Oh!, el médico, ya ve usted..., para él no vale reservarse... Y por cierto que si receta un parche, dice claro, cuando menos: aplíqueselo desde aquí hasla aquí, porque más allá pudiera hacerle daño inútilmente. ¿Por qué al aplicarnos sus parches, el pudor no nos marca tan exacto sus regiones.?... y me refiero a los bailes, siempre, por el brazo que nos ciñe y por lo mucho más que se ciñen en plena calle las parejas, con las murgas. No será inmoral esto, tampoco, desde el punto en que los guardias lo consienten. ¿No?

-¡Verdad, señora! Es decir...

Volvió a callarse Juan. Iba a haberla dicho una sandez: que los bailes de la calle son de gente sin vergüenza. Pero ya se lo había invalidado ella, en vista de que lo consentía la autoridad. Parecíale todo esto una discusión estúpida; y tanto más molesta, cuanto que en su misma estupidez estaba oyendo cosas que ponían en un brete al licenciado. ¡El colmo! ¡una señora, con un poco de desaprensión, venciendo a la ciencia de sus libros!... Por otra parte, inquietábale su falta de mundo, que no le permitía conocer si fuesen estas las verdaderas despreocupaciones de las aristócratas o... El coche había rodado y sonaba hacía rato en el jardín.

-Créalo usted, amigo mío -añadió ella con un recogimiento ruboroso. -Lo malo es que damos las mujeres en querer ahondar estos problemas. Lo digo porque, francamente, desde que una cae en la cuenta de que todo lo que tapa es una indecencia, sufre una. Vestida y todo, y aquí mismo, ahora con usted, yo misma pienso, por más que no se vea, que usted puede imaginarse toda la indecencia que en vano ocultan mis vestidos.

«¡Atiza!» Juan se quedó, mirándola, pasmado.

Ella se quedó abismada en su sonrisa triste y dulce, con la barba caída al pecho.

Y como él nada decía, y era trernendo este silencio, ella se levantó:

-Es horrible, horrible esto de saber que lleva una en su ser tanta vergüenza, y que cualquiera puede adivinársela debajo de unas sedas y batistas... Esto es horrible ¿verdad?

-¡Señora! -dijo Juan, sin osar siquiera levantarse.

-Yo le ruego que delante de mí no me deje nunca pensar que me adivina, amigo mío.

-¡Señora, por Dios!... ¡Oh, señora!

-Adiós. Yo se lo ruego. Me haría sufrir.

-Bien, señora.

-Y no me llame «señora» ¿sabe? Prefiero que me llamen Casilda mis amigos. Usted y yo no podemos menos de serlo, después de tanta involuntaria intimidad. ¡Hasta mañana!

Partió.

El joven licenciado quedose en el diván con un taco en cada mano. El de Casilda, al levantarse y dejarlo, había rodado, y lo había cogido él.

En la mesa yacían las tres bolas casi juntas. Había perdido la noción de si le tocaría jugar a ella o si le hubiese tocado a él.

Pero esta reunión le recordó la otra...

«¡Así se las ponían a Fernando VII!»

Bah, sí, concho... ¡Qué frasecita!

Soltó los tacos y quedose entre los dos, recostado en la pared.

No había nadie en el billar y díjose el licenciado que estaban tocando allí una música de Wagner. Tal le había quedado la cabeza. Oía trompas, bombardinos, clarinetes...


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