Así paga el diablo: 05

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Capítulo V
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Así paga el diablo Felipe Trigo


Juan pasaba días de sobresalto.

Había perdido la calma y le atormentaban grandes miedos de conciencia.

Cuando llevábale a Garona la firma, sentía una turbación cruel en las entrañas. Un dolor. Calambres. Porque, sin querer, la imaginación del joven rompía la armónica figura de aquel prócer, de aquel su bondadoso protector, con unos apéndices cónicos y tiernos, como los que les van apuntando a los becerros... ¡Oh, en la noble frente!

Esto era de un triste cómico-trágico espantoso. Hay que saber lo que se sufre viendo caer uno de estos emblemas de ridículo sobre una persona respetable y respetada y bien querida.

Por suerte, la mujer de Garona llevaba siete días ausente de Madrid. Se había marchado al siguiente de la partida de billar. A la boda de una hermana, en Huesca, según dijo.

-Desde este mes -le había manifestado Garona a la entrada de Noviembre- cobrara tres mil pesetas, Juan, y queda nombrado secretario. Me satisface usted. Tiene usted talento, constancia, seriedad. ¡Irá usted lejos!

¡Su padre!

¡Más que su padre! Conmovido, Juan, dio las gracias, a punto de llorar.

¡Oh, y no poder dejar de imaginarle!...

Lo peor era que no sabía si infería este ultraje horrible porque su esposa se hubiese enamorado de él o porque él fuera un mentecato que se lo estaba creyendo... ¡para más grande indignidad de sí mismo y más escarnio de una y otro!

«¿Me quiere ella?» Tal problema constituía la clave de sus dudas y martirios.

En cuanto a este otro punto obscuro: «¿La quiero yo?», tenía menos importancia.

Dormía poco y mal a fuerza de empeñarse en ver claro en las tinieblas de sus noches. Pero las negras tinieblas no le presentaban sino la imagen de Casilda, ya en un blanco resplandor de santidad, ya en fosforescencias diabólicas, sobre la mesa del billar, con las ropas en desorden. Pronto una nueva visión sombría ocultaba a la bella visión de un puntapié: la de Garona. Y en seguida la sombría visión se liaba a puntapiés con el mismo visionario.

Entonces, con sudores fríos y con una contrita angustia hacia la justa furia de Garona, le acudía la persuasión, y repetíase: -«¡No, no; yo no quiero a esa mujer; yo no estoy enamorado!»

¡Ah, si pudiese afirmar lo mismo con respecto a ella!... No podía, y el tormento del recto licenciado tomaba nuevas formas. De semejante pasión, que dibujábales para el porvenir una catástrofe, él tenía la culpa, quizás por echárselas de fino. Así, en la mañana que ella púsose a leer enfrente de él, temía Juan haberla parecido provocador e impertinente. «¡Encantado!», hubo de decirla. Que era como haberla dicho:-«¡Señora, no sólo no me estorba usted, sino que su presencia es para mí el mayor embeleso del mundo!»

¡Horrible! ¡Horrible!

Ahora..., si el enseñar ella luego las piernas fue olvido o fue malicia de una pobre apasionada que no sabe ya lo que se pesca, formaba una cuestión nueva en el embrollo de cuestiones tan complejo. «Que es de vidrio la mujer...»

El más pequeño choque puede echar abajo todas sus purezas.

Y Juan, si estaba comiendo en casa cuando de modo tan feroz le acornetían las reflexiones, bebía vino, buscando el olvidarlas. Si estaba en el hotel hundíase en sus trabajos. Delante seguía siempre la sombra de Garona, increpándole: «¡Traidor, ingrato!... ¿Qué estás a punto de hacer con mi decoro?»

Pero otras veces, viendo el jardín por los balcones, viendo el magnífico landó, viendo en el suntuoso mirador de vidrios curvos y de mármoles y bronces, la jaula de lo menos mil pesetas, que parecía una gótica custodia..., pensaba en su humildad de empleadillo de la casa, con menos sueldo tal vez que el cocinero, y llegaba también a persuadirse de que la bella reina-dueña de tanta maravilla no habríase nunca preocupado de todas estas necedades que él solo, por su cuenta se estaría forjando como un solemne botarate.

Estuvo una noche a visitarle Victorino, completamente desastrado.

-Querido Juan, aquí me tienes. Si es tiempo, llévame a ordenar la biblioteca. No encuentro nada por Madrid... ni la cena de esta noche.

-¡Hombre, sí! ¡Es tiempo todavía! Irás mañana..., pero, ¿no tienes más ropa? Allí quieren gente pulcra bien vestida.

-Hazme un adelanto y desempeño mi traje de invierno y el gabán.

-¿Cuánto?

-Veinte duros. Le debo también a la patrona.

-No; ¡no eres formal, los gastarías! Si quieres..., voy contigo y pago el desempeño.Y ahora mismo. Y cenamos por ahí.

En respuesta, Victorino sacó las papeletas. No había en su vieja cartera sino esto y cartas y retratos de mujeres.

Juan fue al dormitorio por su abrigo. Victorino aprovechó la breve ausencia para cogerle y guardarse un puro y un Método de Ahn.

Partieron. En una peluquería de la calle Ancha, hizo Juan que pelasen y afeitasen a su amigo. Tomaron un simón y recogieron del Monte los efectos empeñados. Había incluso botas y corbatas y camisas, de los tiempos del periodismo coruñés. Pagó Juan medio mes a la patrona del loco Victorino, mientras éste se vestía, y eran ya las diez cuando fueron a cenar.

En Fornos. Sección de vida. El metódico quería darle al golfo ejemplo de las comodidades que ocasionan el orden y el trabajo.

Mas, era lo particular que Victorino conocía mejor que Juan el comedor de Fornos. Apenas entraron, fue Victorino a saludar a una especie de lujosísima cocota y a un señor de frac, que estaban cenando en otra mesa. Además, veía Juan a su paisano completamente transformado con el cambio aquel de indumentaria. Guapo, fino, con un juvenil aspecto de gentileza perversa y diabólica. La cocota le había dado un ramillete de muguet, y traíalo en la solapa.

Durante parte de la cena, Victorino y la cocota se lanzaron miraditas y sonrisas. Juan, viéndose con su compañero reflejado en un espejo, llegó a tener... ¡sí, sí, quién lo dijese!... celos de su galante figura y de su aspecto. Quizás no por la cocota..., sino por aquel concepto nuevo que el rubio secretario había adquirido sobre la necesidad de ser guapo y elegante para llegar a gran orador parlamentario. ¡Victorino, siendo tan guapo como él, era más suelto en sus maneras!... Y comparando, Juan se encontraba su serena expresión y su natural belleza un poco bobas.

Por si acaso, él lo confinaría en la biblioteca, procuranclo que Garona le viese pocas veces. ¡Tendría gracia que se ganase Victorino la preferente protección del protector con esta simpatía que emanaba su persona!

La cocota, a las once, se fue con el del frac; pero dedicándole al lindo golfo saludos y sonrisas.

-¿Quién es? -preguntó Juanito.

-Nadie. Una que baila en los cines. Fue mi querida.

Juan, por rechazo vanidoso, se acordó de Casilda y su problema. ¡Bah, tenía asimismo una mujer que le quisiese y de harta más valía!... Es decir, si él no estaba siendo un visionario al creerse amado por la bella esposa de... ¡oh, de... de su protector..., del que venía a ser como su padre!...

«¡Canalla!» -se apostrofó. -Y el impulso vanidoso redújosele en el alma a tortura de conciencia.

Le asaltó el afán de consultarle sus dudas de una manera indirecta, hábil, delicada, a este amigo tan experto en cosas de mujeres. Necesitábalo para acomodar con ella conscientemente su conducta cuando volviese del viaje.

-Vamos a ver, Victorino -dijo, después de pensarle formas a su argucia.- Ayer estuvo a visitarme un compañero, secretario de otro personaje... y me consultó sus apuros. No, no te digo el nombre, porque es grave la cuestión. Quiero también consultarte. Se trata de saber si la mujer del personaje, que es guapa, se va enamorando de él, o de si es que él se engaña con respecto a esto por simples apariencias. En efecto, esa señora, siendo honradísima, puede parecerle a mi amigo, que no tiene costumbre de tratar con aristócratas, todo lo contrario..., por culpa de la despreocupación aristocrática. El equívoco es, pues, la base del asunto, y surge de las siguientes situaciones:

-Vengan.

-Primera: un día oyó mi amigo besos en una contigua habitación, y vio a otro, amigo del palacio que llevaba en sus brazos a la dama.

-¡Concho, Juanito! ¿A... la honradísima señora?

-No, hombre, no. Le pareció ella por el pelo y por el traje; pero la vio de espaldas y no puede afirmarlo. Quizás fuese una doncella!

-Bueno. Sigue. Segunda situación.

-Segunda y tercera. Escucha. Son las más importantes. Una mañana entró la dama en el despacho de mi amigo y se sentó, y se puso a leer la Ilustración. Leyendo, leyendo, se olvidó de él, cruzó las piernas... y se las veía mi amigo.

-¿Mucho?

-Pse... la mitad próximamente, dice. O acaso algo más de la mitad.

-¿Y qué hizo tu amigo?

Empezar a sospechar que ella hubiese ido a provocarle. Pero, ya verás... al día siguiente, la señora le invitó a jugar a carambolas, solos, y en un billar, naturalmente, del palacio. Ella sube... ¡fíjate, fíjate, que ahora viene el equívoco!... ella se tiende en la mesa, por no coger la mediana, y al volverse cae... sobre la mesa, con las faldas otra vez en algo de desorden. Él, aturdido, la mira. Ella, viendo que no acude a auxiliarla, se baja por sí misma, diciendo porque a la vez se había vendido: «¡Hijo, así se las ponían a Fernando VII!»

-¡Oh!... y va tu amigo..., y ¿qué hace?

-Nada. Sigue sospechando que ella le provoca. ¿Eh?... ¡ya ves qué equívoco, qué doble sentido el de la frase en semejante situación!

-¡Reconcho con los equívocos!

¿No te lo parece?

-Lo que me parece es que ella es una golfa, y tu amigo tonto de remate. Es tonto el pobre, ¿verdad?

-¿Por qué?

-¡Pues hombre, Juan, porque sí! ¡porque hay cosas tan claras como el agua!

-Ten en cuenta que ella es una mujer distinguidísima, riquísima, y... duquesa!

-¡Así fuera emperatriz!

-¿Cabe en cabeza humana que vaya una duquesa a provocar a nadie como una lavandera?

-Si le sale de dentro, ¿por qué no? Puestas a ello, lo mismo da una lavandera que una duquesa. Acuérdate de las que se enredan a sombrillazo limpio por ahí, por esos bars elegantes y por estos restaurants, y de las que se lían con su chauffeur o su cochero!

Juan no replicó. Se inclinó hacia el plato de langosta. Aquella granizada de lógicas crudezas, había ido rompiéndole en el alma los tenues cristales de sus dudas... «¡Me quiere!» pensó, con la tristísima evidencia que le daba el juicio de este conocedor de las mujeres y con el hondo disgusto que causábale su exacta proclamación de tontería.

Al rato, Victorino, que le observaba, preguntó:

-Oye... ¿Sabes que estoy temiendo... ¡sí, sí, te ha enojado mi franqueza, perdóname!... que estoy temiendo que ese otro secretario seas tú mismo?

-¿Yo? -exclamó Juan aterrado.- ¡¡Quita, hombre!!

-¿Es la mujer de Garona... duquesa?

-¡Quita, hombre!... ¡No es duquesa! ¡Qué ha de ser!...

El mismo miedo, el pavor de haber descubierto la deshonra de Garona, habíale dado al rechazo una viveza, que calmó a Juan en lo posible. No quiso añadir ni una palabra.


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