Atalaya de la vida humana: 130

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Atalaya de la vida humana II Mateo Alemán


Otro viaje hice a la Anunciada, iglesia deste nombre, por una imagen que allí está pintada en una pared, que mejor se pudiera llamar cielo, teniendo tal pintura, de la encarnación del hijo de Dios. La cual se tiene por tradición haberla hecho un pintor tan estremado en su arte, como de limpia y santa vida. Pues teniendo acabado ya lo que allí se ve pintado y que sólo restaba por hacer el rostro de la Virgen, señora nuestra, temeroso si por ventura sabría darle aquel vivo que debiera, ya en la edad, en la color, en el semblante honesto, en la postura de los ojos, en esta confusión se adormeció muy poco y, en recordando, queriendo tomar los pinceles para con el favor de Dios poner manos en la obra, la halló hecha. No es necesario aquí mayor encarecimiento, pues ya la hubiese milagrosamente obrado la mano poderosa del Señor o ya los ángeles, ella es angelical pintura. Y a este respeto, considerado lo restante della que el pintor hizo, se deja entender el espíritu que tendrá, por el del artífice que mereció ser ayudado de tales oficiales.

Tantos milagros hace cada día, es tanto el concurso de la gente que le tiene devoción, y tanta la limosna que allí se distribuye a pobres, que me maravillé mucho cómo no eran ricos todos. Por ellos me vino a la memoria entonces el otro, que me dijeron haber dejado la famosa manda de la albarda, haciéndoseme poco cuanto en ella se halló, respeto de lo que pudo ganar y dejar un tal supuesto. Y como sea notoria verdad que el hijo de la gata ratones mata, mil veces me ocurrieron a la memoria cosas de mi mocedad: que si, como llegué a Roma, hubiera venido allí con mis embelecos, tiña, lepra y llagas, pudiera dejar un mayoradgo.

Consideré también qué pocos dellos eran curiosos ni políticos, qué burdos y de poco saber, en respeto de los de mi tiempo. Y como les entrevaba la flor, burlábame dellos. Gustaba de verlos y quisiera de secreto reformarlos de mil imperfeciones que tenían. ¿Quién vio nunca que pobre honrado, buen oficial de su oficio -ni aun razonable-, tuviese, cuando mucho, más de hasta seis o siete maravedís o cosa semejante y no de más valor en el sombrero, ni caudal que se le pudiese decir lo que allí a muchos, que ya les bastaba para comer aquel día con aquello, que se fuesen y dejasen a los otros más pobres? ¿Cuándo cupo en algún entendimiento de pobre, si no fuese pobre del entendimiento, aunque fuese principiante de dos meses de nominativos, tener un pan debajo del brazo ni estar, como vi a otro, con un palillo de dientes en la oreja?


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

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Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX