Atalaya de la vida humana: 173

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Atalaya de la vida humana II Mateo Alemán


Yo tomé otra diferente derrota. Fuime a Barcelona, de donde pasé a Italia con las galeras. Gasté lo que saqué de mi casa. Halléme muy pobre y, como la necesidad obliga muchas veces, como dicen, a lo que el hombre no piensa, rodando y trompicando con la hambre, di comigo en el reino de Nápoles, donde siempre tuve deseo de residir, por lo que de aquella ciudad me decían. Anduve por todo él, gastando de lo que no tenía, hecho un muy gentil pícaro, de donde di en acompañarme con otros como yo; y de uno en otro escalón salí muy gentil oficial de la carda. Híceme camarada con los maestros. Lleguéme a ellos por cubrirme con su sombra en las adversidades. Así les anduve subordinado, porque mi pobreza siempre fue tanta que nunca tuve caudal con que vestirme, para poner tienda de por mí. No por falta de habilidad, que mejor tijera que la mía no la tiene todo el oficio. Pudiera leerles a todos ellos cuatro cursos de latrocinio y dos de pasante. Porque me di tal maña en los estudios, cuando lo aprendí, que salí sacre. Ninguno entendió como yo la cicatería. Fui muy gentil caleta, buzo, cuatrero, maleador y mareador, pala, poleo, escolta, estafa y zorro. Ninguno de mi tamaño ni mayor que yo seis años, en mi presencia dejó de reconocerse bajamanero y baharí. Mas como por antigüedad y reputación tenían tiranizado el nombre de famosos Césares ellos, y a nosotros los pobretos nos traían de casa en casa, fregando la plata, haciendo los ojeos, buscando achaques, preguntando en unas partes: «¿vive aquí el señor Fulano?», «¿han menester vuestras mercedes un mozo?», «¿quieren comprar un estuche fino?», era de los que cortábamos a las mujeres, que, haciéndolos aderezar con cintas nuevas, los íbamos a vender. Otras veces fingíamos entrar a orinar y, si acertábamos con la caballeriza, donde nunca faltaba la manta de la mula, la almohaza o criba, la capa del mozo y el trabón, cuando más no podíamos, y, si acaso allí nos vían, luego bajándonos a el suelo, soltando la cinta de los calzones, nos poníamos a un rincón y, en diciéndonos «Ladrón, ¿y qué hacéis vos aquí?», nos levantábamos atacando y respondíamos: «Mire Vuestra Merced cómo y con quién habla, que no hay aquí algún ladrón; halléme necesitado de la persona y entréme aquí dentro.» Unos lo creían, otros no; empero pasábamos adelante.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

Preliminres:- Censura - Privilegio - Dedicatorias - Al lector - Elogio

Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX