Atalaya de la vida humana: 179

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Atalaya de la vida humana II Mateo Alemán


A éstos llegaban y les decían: «Deje Vuestra Merced a este bellaco ladrón, déle cien coces y no le haga prender; es un pobreto y se comerá en la cárcel de piojos. ¿Qué gana Vuestra Merced en hacerle mal? ¡Tirad de aquí, bellaco!» Y con esto nos daban un rempujón que nos hacían hocicar, por sacarnos de sus brazos. Empero, si todavía porfiaba no queriéndonos largar, hacíamos nuestra diligencia en desasirnos y volvíamoslo pendencia, diciendo que mentía, que tan hombres de bien éramos como él. Ellos en la fuga se metían de por medio, en son de meter paz, ayudándonos a despartir y ponernos en libertad, y si necesario era, cuando no podían, derramaban el poleo: del aire buscaban achaque, incitando con palabras a venir a las obras, hasta que con el alboroto mayor se sosegaba el menor y así nos escabullíamos. Otras veces, que íbamos huyendo con el hurto, si alguno venía corriendo tras de nosotros y dándonos alcance, salíale un compañero de través a detenerlo poniéndosele delante y preguntando sobre qué había sido la pesadumbre, no dejando pasar de allí, a modo de querer poner paz y sosegarlo. Y por muy poquita demora que de cualquier manera hubiese, les tomábamos grandísima ventaja. Porque demás de la que siempre hace quien huye a quien corre, pone alas en los pies el miedo en casos tales. Los que corren se cansan presto naturalmente con el corto ánimo de hacer mal, que los desmaya, no obstante que quieran y lo procuren; mas esles imposible forzar a la naturaleza, la cual siempre favorece a los que desean salvarse. De una o de otra manera, siempre los detenían. Otras veces nos abonaban, cuando había pasado la palabra con el hurto y no se nos hallaba, porque ya lo teníamos de allí tres calles o cuatro. De manera que sus buenas palabras, intercesiones y abonos hacían que fuésemos libres de la mala opinión que se nos achacaba. En todas maneras, por acá o por acullá, hacíamos nuestra hacienda, pesase a quien pesase, que para todo había traza. Mas una vez que me descuidé, saliendo un poco a mariscar sin escolta y por el campo, no me la cubrirá pelo ni se me caerá tan presto de encima. Mis pecados, y otro no, me sacaron a pasear un día por fuera de la ciudad. Y como cerca de un arroyo estuviese sobre la yerba tendida mucha ropa y el dueño della tras de un poco de repecho, a la sombra de una pared, parecióme que ya debía de estar bien enjuta o a lo menos que cuanto para mi menester con aquello bastaba.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

Preliminres:- Censura - Privilegio - Dedicatorias - Al lector - Elogio

Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX