Atalaya de la vida humana: 354

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


¿Amas dije? ¿No sería bueno darles una razonable barajadura o siquiera un repelón? A las de los estudiantes digo, que son una muy honrada gentecilla. ¡Qué liberales y diestras están en hurtar y qué flojas y perezosas para el trabajo! ¡Cómo limpian las arcas y qué sucias tienen las casas! Ama solíamos tener, que sisaba siempre de todo lo que se le daba un tercio, porque del carbón, de las especias, de los garbanzos y de las más cosas, cuando ya no podía hurtar el dinero, guardábalas en especie, y, en teniéndolo junto, nos lo vendían. Pedían para ello y gastaban de lo que habían llegado. Si habían de lavar, hurtaban el jabón y a puros golpes en las piedras, con abundancia del agua del río, hacían blanquear la ropa en detrimento suyo, porque le quitaban dos tercios de la vida. No sólo nos hacían el daño del sisar; empero destruían la ropa. Sabido para qué lo hacían o en qué lo gastaban: era con el capigorrista de sus ojos, a quien traían en los aires. Para ellos hurtaban el pan, cercenaban las ollas, apartando del puchero lo mejor y más florido. Si acaso estaba en casa, le daban el hervor de la olla, sopitas avahadas, carne sin hueso, ropa enjabonada y sobre todo bien remendados de nuestra sustancia. Ellas en fin son perjudiciales, indómitas y sisantes. Peores mucho que un mochilerillo de un soldado, que sisaba, de un pastel y de ocho maravedís, doce: porque del pastel alzaba la tapa y sorbíale todo el caldo, y, enviándolo por vino, se quedaba con los ocho maravedís que le daban para él y, vendiendo el jarro por un cuarto, venía luego llorando y diciendo que se le había quebrado y derramado el vino.

Jamás trujeron a casa carnero que poco a poco no faltase de un cuarto el quinto y con ello el riñón, diciendo que a devoción del bienaventurado San Zoilo, y así nunca se comían. Pero no era tan devoto su estudiante, que a todo hacía y para él no había de haber cosa en que no se le adjudicase su parte y muchas veces todo, diciendo: «Aquí lo puse, allí estaba, el gato lo comió, allí lo dejé.» No le faltaban achaques para sisar y hurtar cuanto querían.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

Preliminres:- Censura - Privilegio - Dedicatorias - Al lector - Elogio

Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX