Atalaya de la vida humana: 377

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


Lo que no era de mucho provecho me causaba mucho enfado. No solamente me contentaba con el sustento y vestido necesario, sino con el regalo extraordinario. Que comprasen a peso de oro la silla que se les daba, la conversación que se les tenía, el buen rostro que se les hacía, el dejarlos entrar en casa y sobre todo la libertad que les quedaba en saliendo yo della. Y esto no podía hacer nuestro buen hombre. Queríanos llevar por el canto llano, que comenzó cuando al principio nos conoció, como si fuera imposición de censo perpetuo, que había siempre de pasar de una misma forma. Ya yo sabía quién con exceso de ventajas era más benemérito y más a mi cuento; empero poníaseme sólo por delante la diferencia que hace tienes a quieres, haberle yo de ir a dar a entender que gustaría de su amistad. Bien sabía y me constaba que la deseaba; mas era estranjero y no se atrevía. Pues acometerle yo fuera estimarnos en poco; dejar a el otro también fuera locura. Porque mejor es pan duro, que ninguno. Ni osaba tomar ni dejar. Desta manera fui algunos días pasando diestramente, hasta ver el mío. Acudía de ordinario a las casas de juego, ya jugando, ya siendo tomajón, pidiendo a mis amigos y conocidos del tiempo pasado, y lo que me daban o juntaba esperaba ocasión y, cuando el ropero estaba en casa, dábaselo a mi mujer para el gasto, por no darle a entender mi flaqueza y que consentía sus visitas por el sustento y, en apartándose de allí, luego a mi mujer le pedía dineros para jugar y volvíamelos a dar y aun otros muchos. De manera que siempre fui para con él señor de mi voluntad, sin darle alguna entrada por donde pudiera perdérseme respeto.

Andaba el estranjero por su parte bebiendo vientos, haciendo grandísimas diligencias por ganarnos la voluntad, y nosotros cada uno entre sí por tener la suya, conociendo las ventajas que se habían de seguir; mas, como yo por mi parte recataba mi casa de algún desastre, temí no la hollasen dos a la par. Que ni sufrió dos cabezas un gobierno ni se anidaron bien dos pájaros juntos en un agujero. Y tampoco mi mujer se atrevía, por no juntar cuadrillas ni ser común de tres, hasta que ya, viendo lo bien que a cuento nos venía y que cuanto el ropero aflojaba la cuerda, el extranjero apretaba más en su negocio, que andaban los presentes, joyas, dineros y banquetes en buen punto, alcéme a mayores, diciendo que no me hallaba en disposición de pagar posada pudiendo sustentar casa.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

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Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX