Atalaya de la vida humana: 380

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


Que de otra manera por maravilla la tomaba en mi presencia en cantar. Que, aunque sabía que yo lo entendía y nada ignoraba, guardábame siempre mucho aquel decoro, recatábase cuanto podía de que yo viese cosa de que me afrentase y quedase obligado a la demonstración del sentimiento.

Cada uno de nosotros nos entendíamos y los unos a los otros, no dándonos por entendidos ni dello jamás tratábamos. Al buen señor le gastábamos muchos de los bellos escudos. Yo me trataba como un príncipe. Rodaban por la casa las piezas de plata, en los cofres no cabían las bordaduras y vestidos de varias telas de oro y seda, los escritorios abundaban de joyas preciosísimas. Nunca me faltó qué jugar, siempre me sobró con qué triunfar. Y con esto gozaban de su libertad. Porque, como yo sintiese que no convenía entrar en casa -lo cual sabía por ver que tenía cerrada la puerta-, pasaba de largo hasta parecerme hora. Y, viendo que la tenían abierta, era señal que pasaban el tiempo en buena conversación: entrábame allá y parlábamos todos.

¿Ves toda esta felicidad, esta serenidad y fresco viento? ¿Ves aquesta fortuna favorable, risueña y franca? Pues no sucedió menos, que como todo lo más en que tuve malos medios. Ni creo que alguno pueda escaparse sin borrascas tales de cuantos navegaren este océano. A la fama de tanta hermosura y de tanta licencia, la tomaron algunos príncipes y caballeros que olieron la boda. Paseos van, recabdos vienen; aunque nunca, según creo, se les hizo amistad ni se dio causa con que nuestro dueño se ofendiese. Con todo eso, viéndose perseguido y conquistado de otros más poderosos en hacienda, linaje y galas, andaba celosísimo, perdía el juicio. Quiso a los principios esforzarse a competir con ellos, haciendo franquezas extraordinarias, con dádivas de mucho precio, que importaron millares de ducados; mas cuando vio que no podía pleitear contra tanto poder ni resistir a tanta fuerza sin hacérsela nadie, sin causa y sin más de su consideración, se fue retirando de sol a una sombra. ¡Qué de veces consideraba yo este necio, qué despepitado iba en seguimiento de una torpeza, con tan estraña costa y tanto sobresalto! Reíame dél y de su poco entendimiento, como si una de las criadas de mi casa llegara pidiéndole cualquiera cosa de mucho valor, se la diera con mucho gusto y, si acaso llegara un pobre a pedirle medio real por Dios, lo negara.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

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Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX