Atalaya de la vida humana: 382

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


Harto lo esperaba yo, cuando tan particulares cosas me decía y señas me daba, y entre mí decía: «¡Todo lo pueden los poderosos!» Y acordéme de cierto juez que, habiendo usado fidelísimamente su judicatura y siendo residenciado, no se le hizo algún cargo de otra cosa que de haber sido humanista. Lo cual, como se le reprehendiese mucho, respondió: «Cuando a mí me ofrecieron este cargo, sólo me mandaron que lo hiciese con rectitud y así lo cumplí. Véase toda la instrución que me dieron y dónde se trata en ella de que fuese casto y háganme dello cargo.» De manera que, porque no lo llevan dicho expresamente, les parece que no van contra su oficio, aunque barran todo un pueblo. Como lo hizo cierto juez que, habiendo estrupado casi treinta doncellas y entre ellas una hija de una pobre mujer, cuando vio el daño hecho, le fue a suplicar que ya, pues la tenía perdida, se la diese, por que no se divulgase su deshonra. Y sacando él un real de a ocho de la bolsa, le dijo: «Hermana, yo no sé de vuestra hija. Veis ahí esos ocho reales. Decidlos de misas a San Antonio de Padua, que os la depare.» Ahora bien, mas yo no sé a quién esto le parece bien; pierdo el seso del poco castigo que se hace por delitos tan graves.

Mandóme ir a mi casa, ofreciéndose de hacerme mucha merced y que tendría mucha cuenta con lo que se me ofreciese. Que bastaba ser de Sevilla y hijo de tales padres, para que con muchas veras acudiese a mis negocios. Con esto me volví, y a pocos días, estábamos a solas mi mujer y yo, bien descuidados, veis aquí una noche que andaba de ronda, se llegó a nuestra puerta y haciendo llamar a ella preguntaron por mí, pidiendo para su merced un jarro de agua. Entendíle la sed que traía. Supliquéle con instancia que me hiciera merced en beberla sentado. Él no deseaba otra cosa. Entró y, dándole una silla, le sirvieron una poca de conserva, con que bebió. Comenzó la conversación de que venía cansadísimo y que había visto aquella noche mujeres muy hermosas, empero que ninguna tanto como la mía. Dijo que la loaban mucho de buena voz. Yo le dije que pidiese la vihuela y, pues dello gustaba su merced, que cantase alguna cosa. Hízolo sin algún melindre, pareciéndonos a entrambos que sería de mucha importancia tener granjeado un tan buen personaje por amigo, para lo que allí se nos pudiese ofrecer. El hombre quedó pasmado de verla y oírla y, cuando se quiso ir, me mandó que lo visitase a menudo. Despidióse y quedámonos tratando de cosas pasadas y cómo para las venideras nos venía tan a buen propósito aquel favor, con quien seríamos tenidos y temidos.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

Preliminres:- Censura - Privilegio - Dedicatorias - Al lector - Elogio

Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX