Atalaya de la vida humana: 388

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Pág. 388 de 442
Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


Representóseme de aquel principio todo el discurso de mi vida, hasta en aquel mismo punto. Acordéme de la ventera y venta, donde me dieron aquella buena tortilla de huevos y el machuelo de Cantillana; mas ya lo había dejado a la mano derecha. Entré por aquella calzada real. Dimos vuelta por el campo, cercando la ciudad hasta el mesón de los carros, donde por fuerza los míos habían de parar. Y como todos aquellos eran pasos muchas veces andados en mi niñez y tierra conocida donde recebí el ser, alegróseme la sangre, como si a mi madre misma viera.

Reposamos allí aquella noche, no muy bien; mas a la mañana me levanté con el sol para buscar posada y despachar mi ropa del aduana y también a procurar si por ventura hubiera quien de mi madre nos dijese. Mas, por buena diligencia que hice, no fue de provecho ni della tuve rastro. Creí hallarlo todo como lo había dejado, mas aun sombra ni memoria dello había. Que unos mudados, ausentes otros y los más muertos, no había piedra sobre piedra. Dejélo hasta más de propósito, por la priesa que tenía entonces de acomodarme. Y andando buscando adónde, vi una cédula sobre la puerta de una casa en los barrios de San Bartolomé. Pedí que me la enseñasen, vila y parecióme buena por entonces. Concertéla por meses y, pagando aquél adelantado, hice pasar a ella toda mi ropa. Descansamos dos días, comiendo y durmiendo, hasta que ya le pareció a Gracia que no era justo haber llegado a ciudad tan ilustre, de tanta fama por todo el mundo, y dejar de salir a pasearla. Fuime a Gradas. Concertéle un escudero de quien se acompañase, por que supiese andar las calles y fuese adonde más gustase, sin rodear o perderse ni andar preguntando, y en más de quince días no dobló el manto, que mañana y tarde siempre salía y nunca se cansaba ni hartaba de ver tantas grandezas. Porque, aunque se había hallado bien todo el tiempo que residió en Madrid y le parecía que hacía la corte ventajas a todo el mundo, con aquella majestad, grandezas de señores, trato gallardo, discreción general y libertad sin segundo, hallaba en Sevilla un olor de ciudad, un otro no sé qué, otras grandezas, aunque no en calidad -por faltar allí reyes, tantos grandes y titulados-, a lo menos en cantidad. Porque había grandísima suma de riquezas y muy en menos estimadas. Pues corría la plata en el trato de la gente, como el cobre por otras partes, y con poca estimación la dispensaban francamente.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

Preliminres:- Censura - Privilegio - Dedicatorias - Al lector - Elogio

Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX