Atalaya de la vida humana: 389

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


A pocos días llegó la cuaresma y vio la semana santa de la manera que allí la celebran, las limosnas [que] se hacen, la cera que se gasta. Quedó pasmada y como fuera de sí, no pareciéndole que aquello pudiera ser y exceder mucho en las obras a lo que antes le habían dicho con palabras. Ya en este tiempo y pocos días después que a la ciudad llegué, con mucha solicitud, por señas y rodeos vine a saber de mi madre y se pudo decir haberla hallado por el rastro de la sangre. Pues tratando mi mujer con otras amigas damas y hermosas, preguntando por ella, vino a saber cómo asistía en compañía de una hermosa moza, de quien se sospechaba ser madre por el buen tratamiento que le hacía y respeto con que la trataba. Mas verdaderamente no lo era ni tuvo más que a mí. Lo que acerca desto hubo sólo fue que, como se viese sola, pobre y que ya entraba en edad, crió aquella muchacha para su servicio. Y salióle acaso de provecho y así se valían las dos como mejor podían. Yo, cuando supe della hice mucha instancia para traerla comigo, por la mala gana con que dejaba su mozuela, tanto por haberla criado, cuanto por no venir a manos de nuera. Y siempre que se lo rogaba, me respondía que dos tocas en un fuego nunca encienden lumbre a derechas; que no era tanto el dolor que con la soledad padecía un solo, cuanto la pena que recibe quien tiene compañía contra su gusto, que, pues, nunca nuera se llevó a derechas con su suegra, que mejor pasaría mi mujer sola comigo que con ella. Mas el amor de hijo pudo tanto, que la hice venir en mi deseo.

Era mi madre, deseaba regalar y darle algún descanso. Que, aunque siempre se me representaba con aquella hermosura y frescura de rostro con que la dejé cuando della me fui, ya estaba tal, que con dificultad la conocieran. Halléla flaca, vieja, sin dientes, arrugada y muy otra en su parecer. Consideraba en ella lo que los años estragan. Volvía los ojos a mi mujer y decía: «Lo mismo será désta dentro de breves días. Y cuando alguna mujer escape de la fealdad que causa la vejez, a lo menos habrá de caer por fuerza en la de la muerte.» De mí figuraba lo mismo; empero, en estas y otras muchas y buenas consideraciones que siempre me ocurrían, hacía como el que se detiene a beber en alguna venta, que luego suelta la taza y pasa su camino. Poco me duraban. Túvelas en pie siempre; nunca les di asiento en que reposasen. Porque las que había en la posada estaban ocupadas de la sensualidad y apetito.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

Preliminres:- Censura - Privilegio - Dedicatorias - Al lector - Elogio

Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX