Atalaya de la vida humana: 416

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


No puedo exagerar el coraje que allí recebí de semejante ingratitud en un hombre a quien yo tanto había regalado siempre, que bocado no comí sin que con él partiese, ni real tuve de que no le diese medio y que también había de tener en aquello su parte, que me negase amistad y lo que le había dado. Él era de mala digestión; alborotóse a mis palabras, desentonó la voz con juramentos y blasfemias, que obligaron a el Comisario a quererlo castigar con un palo. Yo, confiado en la merced que me hacía, le supliqué lo dejase, porque iba enojado. Y queriendo saber la causa de tanta descompostura y viendo que ya se quería quedar con todo, hice mi cuenta: «Si a el Comisario le digo lo que pasa, podrá ser que, ya que no todo, a lo menos partirá comigo y tocaré algo siquiera. No se ha de quedar este ladrón con ello, riéndose de mí.» Determinéme a contarle lo sucedido, que no poco se debió de holgar por la codicia que luego le nació de quitárnoslo a entrambos.

Mandóle a Soto que luego diese lo que le había dado. Nególo valentísimamente. Hizo que las guardas lo buscasen. Hicieron su diligencia y no le hallaron memoria dello. Creí que también él hubiese hecho lo que yo y dádolo a otro. Díjele al Comisario que sin duda lo habría rehundido entre los más que íbamos allí, porque real y verdaderamente yo se los di. Él, viendo que palabras blandas, amenazas ni otro algún remedio era parte a que lo manifestase, mandó hacer alto para hacerle dar tomento. Y como allí no había otros instrumentos más que cordeles, diéronselo en las partes bajas. Y en comenzando a querer apretar, por ser tan delicadas y sensibles y él que siempre fue de poco ánimo, confesó dónde los llevaba. Luego le quitaron el lechón -que aun también se quedó sin él-, y sacados los líos para ver lo que iba en ellos, hallaron en cada uno un rosario de muy gentiles corales, con sus estremos de oro, que debían ser encomiendas diferentes. Él se los echó en la faltriquera, prometiéndome hacer amistad por ello y darme lo que yo quisiere. Soto se indinó contra mí de manera que fue necesario volvernos a dividir, porque, aun divididos, le pusieron guadafiones a los pulgares en cuanto iba caminando, porque cuando hallaba guijarros me los tiraba.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

Preliminres:- Censura - Privilegio - Dedicatorias - Al lector - Elogio

Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX