Atalaya de la vida humana: 420

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


Con esta solicitud caminaba y estuve mucho tiempo, en el cual, como considerase que dondequiera que un hombre se halle tiene forzosa necesidad para sus ocasiones de algún ángel de guarda, puse los ojos en quien pudiera serlo mío; y, después de muy bien considerado, no hallé cosa que tan a cuento me viniese como el cómitre, por más mi dueño. Que, aunque sea verdad que lo es de todos el capitán como señor y cabeza, nunca suele por su autoridad empacharse con la chusma. Son gente principal y de calidad, no tratan de menudencias ni saben quién somos. También porque [lo] tenía por más vecino y como a tal pudiera regalarlo con facilidad, y por ser el que tiene mano y palo. Desta manera me fui poco a poco metiendo cuña en su servicio, ganando siempre tierra, procurando pasar a los demás adelante, tanto en servirlo a la mesa, como en armarle la cama, tenerle aderezada y limpia la ropa, que a pocos días ya ponía los ojos en mí. No pequeña merced recebía que se dignase de verme, pareciéndome cada vez que me miraba una bula o indulto de azotes y que me dejaba con esto absuelto de culpa y de pena. Mas engañarme, porque, como naturalmente son ásperos y se buscan tales para tal oficio, nunca ponen los ojos para considerar ni agradecer lo bueno, sino para castigar lo malo. No son personas que agradecen, porque todo se les debe. Matábale de noche la caspa, traíale las piernas, hacíale aire, quitábale las moscas con tanta puntualidad, que no había príncipe más bien servido, porque, si le sirven a él por amor, a el cómitre por temor del arco de pipa o anguila de cabo, que nunca se les cae de la mano. Y aunque sea verdad que no es aqueste modo de servir tan perfeto y noble como otro, a lo menos pone mayor cuidado el miedo. Entre unas y otras, cuando lo vía desvelado lo entretenía con historias y cuentos de gusto. Siempre le tenía prevenidos dichos graciosos con que provocarle la risa; que no era para mí poco regalo verle alegre la cara. Ventura tuve con él acerca desto y mereciólo mi buen servicio, porque ya no quería que otro le sirviese las cosas de su regalo, sino yo. En especial que tenía sobre ojos a un forzado que antes que yo le había servido. Porque, con tratarlo bien, siempre andaba desmedrado y cada día se iba más consumiendo. Dábale pena verlo, pues con tener mejor vida que los otros y tanto que le daba de comer de su mismo plato y de lo mejor, era como los potros de Gaeta, que, cuanto más bien los piensan, valen menos y son peores. Viéndonos juntos una tarde sirviéndole a la mesa, me dijo:


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

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Libro I:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII

Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX