Atalaya de la vida humana: 431

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Atalaya de la vida humana III Mateo Alemán


Desta manera quedé más ágil para poderle mejor servir, así comiendo a la mesa como dentro del aposento y más partes que se ofrecía de la galera. Entregáronme por inventario su ropa y joyas, de que siempre di muy buena cuenta; y de quien él y yo teníamos menos confianza y más recelaba era de sus criados. Porque, como ya me hubiese hecho cargo de la recámara, con facilidad tendrían escusa en lo que pudiesen hurtarme a su salvo. Ellos dormían con el capellán en el escandelar y el caballero en una banca del escandelarete de popa y yo en la despensilla della, donde tenía guardadas algunas cosas de regalo y bastimento. Yo me hallaba muy bien; bien que trabajaba mucho. Mas érame de mucho gusto tener a la mano algunas cosas con que poder hacer amistades a forzados amigos. Y aunque quisiera hacérselas también a Soto, mi camarada, nunca dio lugar por donde yo pudiera entrarle. Deseábale todo bien y hacíame cuanto mal podía, desacreditándome, diciendo cosas y embelecos del tiempo que fuemos presos y él supo míos en la prisión. De manera que, aunque ya yo, cuanto para comigo, sabía que estaba muy reformado, para los que le oían, cada uno tomaba las cosas como quería y, cuando hiciera milagros, había de ser en virtud de Bercebut. Él era mi cuchillo, sin dejar pasar ocasión en que no lo mostrase; mas no por eso me oyeron decir dél palabra fea ni darme por sentido de cuanto de mí dijese. De todo se me daba un clavo; mi cuidado era sólo atender al servicio de mi amo, por serle agradable, pareciéndome que podría ser -por él o por otro, con mi buen servicio- alcanzar algún tiempo libertad.

Cuando venía de fuera, salíalo a recebir a la escala. Dábale la mano a la salida del esquife. Hacíale palillos para sobremesa de grandísima curiosidad, y tanta, que aun enviaba fuera presentados algunos dellos. Traíale la plata y más vasos de la bebida tan limpios y aseados, que daba contento mirarlos, el vino y agua, fresca, mullida la lana de los traspontines, el rancho tan aseado de manera que no había en todo él ni se hallara una pulga ni otro algún animalejo su semejante. Porque lo que me sobraba del día, me ocupaba en sólo andar a caza dellos, tapando los agujeros de donde aún tenía sospecha que se pudiera criar, no sólo porque careciese dellos, más aun de su mal olor.


Atalaya de la vida humana de Mateo Alemán

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Libro II:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX

Libro III:- Capítulo- I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX