Aves sin nido: Primera parte del XIV al XXVI

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

 Primera parte
Aves sin nido Clorinda Matto de Turner


Capítulo XIV

Tan luego como Marcela salió de la casa parroquial y el cura acabó sus rezos, llamó al pongo y le dijo:

-Pégate una carrerita donde don Sebastián, y dile que precisa mucho que me vea en el momento; que venga con los amigos.

-Sí, tata curay.

-Y después te pasas donde don Estéfano, y le dices que venga; y después pones la calentadora al fogón y la chocolatera al rescoldo, y dices a Manuela y Bernarda que aticen.

-Sí, tata curay -repuso el pongo, y salió con paso de postillón conductor de valija.

Don Sebastián estaba, casualmente, saliendo de su casa embozado en su eterna capa, cuando se le acercó el enviado del párroco, y después de escuchar atento el recado del cura Pascual, dijo al pongo:

-Regrésate de aquí no más; yo diré a los amigos -y dirigió sus pasos hacia la casa de Estéfano.

No obstante, el pongo, para cumplir exactamente con las órdenes de su patrón, fue a casa de Estéfano, y con su andar ligero se puso otra vez, en dos trancos, en la casa parroquial, yéndose en derechura a la cocina, donde cumpliría la segunda parte del mandato.

Cuando Pancorbo entró en casa de Estéfano Benites, éste se encontraba en una sala-tenducho, sentado alrededor de una pequeña mesa cubierta con un poncho de vicuña, jugando a la brisca en compañía de los mismos sujetos que conocimos trincando el morito en casa del gobernador.

Luego que Estéfano oyó el recado del cura Pascual, tiró las barajas sobre la mesa y dijo:

-Vamos, compadres, la iglesia nos llama.

-Y yo que tenía la cala segura -murmuró uno, llamado Escobedo, rascándose la cabeza con la mano izquierda, y acariciando las cartas que tenía abiertas en la diestra.

-¿Cuyo era el dos? -preguntaron varios levantándose simultáneamente, disponiéndose a marchar.

-Si el dos estaba todavía en la basa -contestó Estéfano arreglándose el sombrero que tenía echado hacia la nuca; y todos salieron en grupo, apareciendo don Sebastián que entraba al mismo tiempo, quien saludó diciendo:

-Cuando se mienta al ruin de Roma...

-Luego asoma -concluyeron todos a una voz, y don Sebastián, riendo con jovialidad, contestó:

-Ajá, y me place encontrar a todos ustedes reunidos, francamente, nuestro cura nos necesita.

-Vamos, pues, compadritos, que tal vez falte ayudante para un Dominus vobiscum -agregó con ademán picaresco Benites; y todos, riendo de la ocurrencia, continuaron el camino.

La influencia ejercida por los curas es tal en estos lugares, que su palabra toca los límites del mandato sagrado; y es tanta la docilidad de carácter del indio, que no obstante de que en el fondo de las cabañas, en la intimidad, se critica ciertos actos de los párrocos con palabras veladas, el poder de la superstición conservada por éstos avasalla todo razonamiento y hace de su voz la ley de los feligreses.

La casa de Estéfano Benites dista sólo tres cuadras de la parroquial; así que el cura no tuvo mucho que aguardar, y al oír el tropel salió a la puerta de la vivienda a recibir a sus visitas.

-Santas tardes, caballerazos; así me gusta la gente, cumplida -dijo el cura alargando la mano a unos y otros.

-Para servir a usted, mi señor cura -contestaron todos en coro sacándose los sombreros.

-Tomen ustedes asiento... Por acá, mi don Sebastián... don Estéfano, acomódense, caballeritos -dijo el cura Pascual señalando este y aquel asiento, y haciendo lujo de amabilidad.

-Gracias, así estamos bien.

-Mi cura, francamente, es usted muy amable.

-Pues, señores, las cosas se desgalgan y he tenido que molestar a ustedes -continuó el cura dando una vuelta como quien busca algo.

-No es molestia ninguna, señor cura -repusieron todos con esa manera de hablar en coro que se usa entre la gente de provincia.

-Sí, señores, pero no hemos de hablar a secas -dijo don Pascual sacando una sarta de llaves del bolsillo derecho de la cuasisotana, abriendo el escaparate donde estaban también los cuarenta soles de Marcela, y sacando un par de botellas con unas copitas, y poniéndolas sobre la mesa, agregó:

-Este es un licorcito con escorzonera y anís; no nos hará daño para el flato.

-Es usted muy amable, mi cura, pero francamente, usted se molesta; que sirvan estos jóvenes - dijo don Sebastián; y poniéndose en pie Estéfano corrió a recibir del cura la botella con que principiaba a servir, diciendo:

-Deme usted, señor, yo haré esto.

-Corriente -repuso el cura alargando la botella, y se fue a sentar en su sillón de vaqueta, al lado de don Sebastián.

-A la salud de ustedes.

-A la suya, señor cura.

Fueron las frases cruzadas, y se apuró la primera copa.

Don Sebastián, haciendo el gesto respectivo y escupiendo al rezago, dijo:

-¡Qué traguito tan confortable, francamente, que es... buenazo!

-Buen gusto le da la escorzonera.

-Yo sólo siento el anís.

-Estará con catarro, ¡bah!

Tales fueron las palabras que simultáneamente se dejaron oír, y alcanzando su copa vacía don Pascual, dijo:

-Pues hijos, se me ha humillado como a un cualquiera, haciéndome botar a las barbas los reales que me debía el tal indio Yupanqui, de que ustedes ya tienen noticia por lo que hablamos la otra tarde.

-¿Cómo?

-¿Qué?...

-Ya es insoportable esto, mi cura, francamente; esto mismo ha pasado hoy conmigo -repuso don Sebastián; y Estéfano, siempre listo, dijo:

-Es un ataque directo a nuestro cura y a nuestro gobernador, pero...

-¡No lo consentiremos! -repusieron todos a una.

-Debemos castigarlos, francamente -dijo don Sebastián, y golpeando el suelo con el tacón de la bota, agregó:

-Y estando las cosas calentitas...

-Sí, hijos; lo demás es dejarse meter los dedos a los ojos de la cara y uno no está muerto -apoyó el cura.

-Resolvamos en el acto: ustedes digan qué podemos hacer -dijo Escobedo acercándose a servir una copa, sin dar explicación alguna de este comedimiento, pero diciendo en voz baja a Estéfano:

-¡Qué chambonazo! Dejaste la botella sin tapa.

-Yo dirigiré la campaña, ¡qué caray! -gritó Estéfano ardiendo en entusiasmo.

-Si ustedes quieren, también yo, francamente, estoy listo -observó el gobernador.

-Procedamos por partes -aclaró el cura, recibiendo de Escobedo la copa que le brindaba, y desde aquel momento todos bebían de su cuenta y voluntad, obligando en breve a que se abriese de nuevo el escaparate para sacar las botellas.

El ánimo exaltado por el licor comenzó a producir discursos acelerados, y el cura Pascual, llamando al pongo, le dijo en secreto:

-¿Ya hirvió el agua?

-Sí, tata curay; también la señora ha venido.

-Bueno, dile, pues, que pase a la alcoba, que me aguarde, y tú trae todo listo.

El pongo, ágil como bien ejercitado en esta clase de servicios, no tardó en colocar en la mesa las tazas y una tetera de loza blanca surtida de té en estado de reposo; quedando en la puerta las dos mujeres mitayas, Manuela y Bernarda, de la servidumbre de la casa parroquial.

-Tomaremos una taza de té, caballeros -dijo el cura Pascual.

-Tanta molestia -respondieron varios.

-A ver, yo me encargaré de esto -dijo Escobedo agarrando la tetera por el asa.

-¿Con bastante tranquita raspada30? ¿eh?, hace un friecito, francamente -observó don Sebastián, frotándose las manos y fingiendo cierta tosecita.

-Ahora que vamos a tratar a lo serio, hemos hecho muy mal de venir todos reunidos -hizo notar Estéfano.

-Ciertamente. Es preciso salir disimulando -opinó Escobedo.

-Conviene llamar al campanero para explicarle en falso la cosa -dijo el cura apurando dos tragos de té y colocando la taza sobre el platillo.

-Lo bueno es dar... francamente, golpe final y decisivo.

-Entonces la culpa fue de la mala disposición.

-Sin que nos salga el tiro errado como la vez que atacamos al francés.

-La cosa es atacar y tomarlos sin salida a don Fernando y doña Lucía y...

-¡Matarlos!

-¡Bravo!

El sonido de varias tazas soltadas sobre los platillos formó coro a la última voz de aquel diálogo criminal, de donde salió la sentencia de muerte de don Fernando Marín y su esposa.

El cura dijo:

-Esa prevención al campanero es indispensable para que yo no aparezca, ¿eh?...

-Sí, señor cura; le diremos que se dice que unos bandoleros piensan atacar la —754→ iglesia, y que esté listo para tocar a rebato en el momento necesario -dijo Benites.

-Muy bien. Yo me encargo de la seña -repuso Escobedo dando un salto.

-Lo que conviene es esparcir la noticia en todo el pueblo, en varias formas: francamente, debemos tomar toda precaución para las averiguaciones posteriores -dijo Pancorbo; a lo que siguieron estas frases:

-Yo diré que piensan robar la casa cural.

-Yo que viene un batallón disperso.

-¡Tontos! Yo digo que unos arequipeños se quieren llevar a nuestra Virgen Milagrosa.

-¡Magnífico! Pero, francamente, las gentes irán a la iglesia -observó Pancorbo.

-No, señor- eso es para reunirlas, y después se dice que los asaltadores se han refugiado donde don Fernando, y ¡cataplum! -aclaró Estéfano Benites.

-Sí, está bien así: lo demás se desgalga, porque el pueblo exaltado no razona -reflexionó el cura Pascual alargando una copa a Estéfano y otra a Escobedo.

-No olvidemos comprometer al Juez de Paz.

-Francamente eso, eso es de no descuidarse.

-El Juez de Paz tiene su querencia donde la quiquijaneña31, yo iré por allá ahora, y lo engatuso -ofreció Benites.

-Ahora vamos -dijeron todos, y comenzaron a dar la mano al cura, que los despidió diciéndoles:

-Prudencia, pues, hijos -y salieron uno por uno tomando diferentes direcciones.

El cura se quedó hablando en secreto con el gobernador, no sin menudear el licorcito de su recomendación, y dijo:

-¡Ese muchacho Benites vale plata!, audaz y prevenido.

-Cabales, mi cura; francamente, que eso del Juez de Paz se nos iba escapando.

-Sí, bien dicen que los jóvenes de este tiempo saben mucho.

-Y de seguro que lo halla ahora al turno donde la quiquijaneña, francamente, ¡qué rabisalsera y buena mozota que es! Creo que usted también, mi cura, estaba rondando esos barrios, francamente -dijo con aire de chanzoneta don Sebastián, a lo que él repuso riendo:

-¡Qué, mi gobernador! -y le dio una palmadita en el hombro.

-Adiós, pues, mi cura, es hora de retirarse, y francamente que la noche está friecita como puna.

-A ver un gorrito para la cabecera, usted se irá a roncar -dijo el cura Pascual sirviendo dos copas llenas y alargando una a Pancorbo.

-¡Qué a roncar!, francamente, yo ni voy a mi casa me quedaré por ahí, por donde la Rufa, para ver mejor cómo se portan los muchachos.

-Bueno, bueno, mi don Sebastián; así que, hasta prontito -repuso el cura dándole un apretón de manos a su amigo.

Un cuarto de hora después, en todos los tenducos donde se vendía licor se oía algazara, disputas, glosas de marineras32 con acompañamiento de guitarra y bandurria, y los jaleos del baile, como que corría abundante el zumo de la vid.

Y las víctimas signadas para el sacrificio, con la paz en el alma y la felicidad en sus amantes corazones, se dirigían en aquellas mismas horas a casa de don Sebastián, de su oculto verdugo, en busca de la esposa de éste.


Capítulo XV


El sol de la felicidad alumbraba la casa de doña Petronila con los más puros de sus rayos.

Doña Petronila era la madre venturosa porque había estrechado en sus brazos, después de larga ausencia, a su querido Manuel, al sueño de sus horas dormidas, al delirio de sus días tristes: al hijo de su corazón.

Manuel, que salió niño de Kíllac, había vuelto convertido en todo un hombre de bien, no habiendo perdido un día en las labores escolares.

Manuel se encontraba sentado junto a su madre, teniendo las manos de ésta entre las suyas, contemplándola embelesado de satisfacción y departiendo las confidencias de familia.

Don Fernando y Lucía aparecieron en la puerta y al verlos pusiéronse de pie doña Petronila y Manuel, quien fue presentado por su madre con ese lenguaje inventado por las buenas madres. Así, dijo:

-Señora Lucía, señor Marín; este es, pues, Manuelito, mi niño, tan chiquito como se fue...

-Señora Petronila.

-Señor don Manuel -dijeron a su vez los esposos Marín.

-Señora, a los pies de usted... caballero -repuso Manuel. Y doña Petronila continuó con la llaneza de su alma:

-Ustedes no le conocen; pues, si recién viene después de siete años y ocho días. Tomen, pues, asiento -dijo señalando con ademán el sofá.

-Qué joven tan simpático es su hijo, doña Petronila -repuso Lucía.

-Permítame usted su sombrero, don Fernando -dijo Manuel recibiendo el sombrero que aquél tenía en la mano, y colocándolo sobre la mesa. Todos quedaron sentados, próximos unos a otros, y la conversación comenzó expansiva y franca.

Manuel era un joven de veinte eneros, de estatura competente, es decir, ni alto ni bajo, de semblante dulce y voz cuyo timbre sonoro le atraía las simpatías de sus oyentes. Sus labios rojos y delgados estaban sombreados por un bigote muy negro y sus grandes ojos resaltaban por un círculo ojeroso que los rodeaba. Su palabra fácil y su porte amanerado completaban el conjunto de un joven interesante.

-¿Ha elegido usted profesión? -preguntó don Fernando, dirigiéndose a Manuel.

-Sí, señor Marín, estudio segundo año de Derecho; pienso ser abogado, si la suerte me protege -respondió con modestia el hijo de doña Petronila.

-Le felicito, amigo, el vasto campo de la jurisprudencia ofrece encantos a la inteligencia -dijo don Fernando, a lo que Manuel repuso:

-Cualquiera de las otras profesiones también los ofrece, señor, cuando se les consagra la voluntad y el cariño...

Iba a continuar Manuel, cuando se oyó la detonación de un arma de fuego, que hizo brincar a las señoras, y sobresaltó a los hombres.

Lucía, como herida por un rayo, tomó el brazo de su esposo, y le dijo:

-Vamos, vamos, Fernando.

-Sí, señorita; váyase de ligero, y cierren bien las entradas de su domicilio -dijo confundida doña Petronila.

-¿Y qué puede ser? -preguntó Manuel sin dar mucha importancia.

-Es raro esto acá -repuso don Fernando. A ello Lucía observó:

-¿Si serán ladrones?...

-Vamos, sí -dijo don Fernando, ofreciendo el brazo a Lucía, pero Manuel se interpuso en ese momento, pidiéndole que le permitiese acompañar a su señora, y dando el brazo a ésta, con galante sonrisa, salieron los tres.

Doña Petronila se dijo:

-Mi corazón de madre no puede quedar tranquilo estando fuera de casa mi Manuelito -y se fue siguiendo al grupo a cierta distancia, con paso cauteloso.

Manuel, que desde el primer momento había simpatizado fuertemente con los esposos Marín, dijo a Lucía:

-Señora, yo que al llegar a Kíllac creí morirme de tristeza en este villorrio, lo he encontrado embellecido por la presencia de usted y de su esposo.

-Gracias, caballero; bien ha aprovechado usted las galantes frases de la ciudad -contestó Lucía con amable sonrisa.

-No, señora, mis palabras carecen de esa galantería de fórmula: sin ustedes y sin mi madre, ¿con quién podía yo tratar aquí? -repuso Manuel, y agregó con pena-: Esta tarde he conocido a los vecinos del pueblo y me han dado compasión.

-Eso es muy cierto, don Manuel, pero usted tiene a sus padres y nos tendrá por amigos.

-Sí, don Manuel, para un joven que viene de la ciudad, esto es tristísimo, le doy la razón -dijo a su vez don Fernando, como el marido celoso que notificaba estar prestando atención a lo que conversaba su esposa.

-Sólo siento que tal vez no permanezcamos ya mucho tiempo acá, porque los negocios de Fernando creo que se arreglarán pronto -contestó Lucía.

-Tanto peor para mí, si tuviese que alargar mi permanencia, que sólo debe ser de cuatro o seis meses -repuso Manuel.

Don Fernando adelantó dos pasos, ganando a la pareja para abrir la puerta de la calle; pues ya habían llegado a su casa.

-Pasará usted a descansar, Manuel -dijo Lucía soltando el brazo de su acompañante.

-Gracias, no, señora. Mi madre tendría cuidados si me demorara y quiero ahorrar esas molestias -contestó Manuel sacándose el sombrero en ademán de despedida.

-Pero la casa es muy suya, amigo -ofreció don Fernando.

-Sí, mil gracias, lo sé, y pronto les haré una visita. Buenas noches -repitió Manuel estrechando la mano de sus amigos, y desapareció en las oscuras calles de la villa, transitadas por uno que otro hombre embriagado.

Lucía y don Fernando tomaron algunas precauciones de seguridad como encareció doña Petronila; pero viendo que todo seguía tranquilo, se fueron a dormir.

La superficie de un lago cristalino, donde se retrata la imagen de las gaviotas, no es tan apacible como el sueño con que los narcotizó el Amor, batiendo sus nacaradas alas sobre la frente de Lucía y don Fernando. Sus corazones, estrechados bajo la atmósfera de un solo aliento, latían también acompasados y felices.

Mas ese descanso no fue como el eterno sopor de la materia.

El espíritu, que no duerme y se agita, luchó con la fuerza del presentimiento, ese aviso misterioso de las almas buenas; sacudiendo el organismo de Lucía, la despertó y le inspiró vacilación, temor, duda, todo ese engranaje complicado de sensaciones mixtas que acuden en las noches de insomnio.

Lucía sentía aquellos estremecimientos nerviosos, que no alcanzaba a ver ni a explicarse, ante un peligro para ella desconocido, y su pensamiento voló al recuerdo de aquellos ruidos de medianoche que, semejantes al rozar de alas o crujir de puertas, llevan al temor primero y después al recuerdo de los seres más amados, sea que estén ausentes o estrechen el cuello con el abrazo de sus afectos.

Ella velaba.

El viejo y único reloj del pueblo dio el duodécimo martillazo que marca la medianoche, y en el momento vibró en los espacios la sonora voz de la campana del templo. Su acento de bronce no convocaba a la oración pacífica y al retiro del alma; llamaba al vecindario a la batalla y al asalto con la imponente señal de convenio entre Estéfano y Benites y el campanero que aguardaba en la torre.

Y como el granizo que las negras nubes arrojan en medio de celajes eléctricos, comenzó a llover piedra y bala sobre el indefenso hogar de don Fernando.

Mil sombras cruzaban en diferentes direcciones, y la algazara comenzó a levantarse como la ola gigante que la tempestad alza en el seno de los mares, para romperla en la plaza con un bramido ronco y formidable.

El motín era aterrador.

Las voces de mando, bárbaras y contradictorias, ya en castellano, ya en quechua, se dejaban percibir, no obstante el ruido de las piedras y la fusilería.

-¡Forasteros!

-¡Ladrones!

-¡Súhua! ¡Súhua!33

-¡Entremetidos! -decían éstos y aquéllos.

-¡Mueran! ¡Mueran!

-¡Huañuchiy!34

-¡Matarlos! -repetían mil voces.

Y la acompasada vibración de la campana tocando a rebato era la respuesta a toda la vocería.

Lucía y don Fernando abandonaron el lecho del descanso, cubiertos con sus escasas ropas de dormir y lo poco que tomaron al paso para huir o caer en manos de sus implacables sacrificadores, para encontrar muerte cruel y temprana en medio de esa muchedumbre ebria de alcohol y de ira.


Capítulo XVI


Juan Yupanqui y Marcela, que, después de los sucesos que conocemos, se fueron de casa de Lucía, llegaron, pues, a la suya con Margarita y Rosalía, esas dos estrellas rientes de la choza, cuyos destinos estaban señalados con la marca que Dios pone en cada predestinado en el mapa de las evoluciones sociales.

En el cerebro de Juan Yupanqui no podían ya cobijarse los criminales pensamientos de la víspera. Ya no tocaría el tétrico umbral del suicida, cuya acción cubre de luto el corazón de los que quedan y mata las esperanzas de los que creen.

Dios puso a Lucía para que Juan volviese a confiar en la Providencia, arrancada de su corazón por el cura Pascual, el gobernador y el cobrador o cacique, trinidad aterradora que personificaba una sola injusticia.

Juan creía de nuevo en el bien, estaba rehabilitado, e iba a entrar en la faena de la vida con nuevo afán, para probar gratitud eterna a sus bienhechores.

Marcela ya no sería la viuda de un suicida, de un desertor de la vida, cuyo cadáver, sepultado en la orilla de un río o al borde de un camino solitario, no invocase de los suyos paz, suspiros, ni oraciones.

Sentado en la choza dijo Juan a su mujer:

-Recemos el Alabado, y ahora te juro entregar mis fuerzas y mi vida a nuestros protectores.

-¡Juanuco!... ¿No te dije?, yo también los serviré hasta vieja.

-Y yo también, mama -agregó Margarita.

Y todos tres se pusieron a instruir a Rosalía, explicándole que esos hombres no se la llevaron por la súplica del Wiracocha Fernando y la señora Lucía de la casa grande. Y haciéndola arrodillar en el fondo de la vivienda, con las manitas empalmadas al cielo, le hicieron repetir las sublimes frases del Bendito y Alabado.

-Ahora atiza el fogón -dijo Juan a Margarita.

-Asaremos unas papas, aquí hay ají -repuso Marcela sacando unas hojas de maíz envueltas y atadas con un pedazo de hilo de lana.

-Mañana hemos de matar gallina, Marcela; estoy contentísimo, y nuestro compadre nos ha de prestar unos dos pesitos -dijo alegre Juan.

-Así me gusta, tata. O pediremos el vuelto que tiene el cura -respondió la mujer colocando junto a su marido dos platos de barro vidriados.

-¡Qué vuelto! ¿Para qué tanto? -repuso Yupanqui.

-Qué linda estará nuestra Margarita cuando sea la ahijada de la señorocha Lucía, ¿eh? -dijo la mujer variando el giro de la conversación.

-Ni lo dudes; ¡ay!, ella la vestirá con las ropas que usan.

-Pero me duele el corazón cuando me acuerdo que ya no nos mirará como ahora, cuando Margarita sea una niña -dijo suspirando Marcela y acercándose a poner un palo de leña al fogón.

-¿Qué estás pensando en eso? La señora Lucía le enseñará a respetarnos -respondió el indio.

-¡Bendígala, Pachacamac! -agregó Marcela con recogimiento.

-Mama, ¿y cuando sea mi madrina la señora Lucía, me voy con ella? -preguntó Margarita.

-Sí, hija -contestó la madre.

-¿Y tú, y mi Juan y mi Rosalía? -insistió Margarita.

-Iremos a verte todos los días -repuso Marcela sin dejar de atender a lo que estaba preparando, mientras que Juan acariciaba entre las rodillas a Rosalía, al mismo tiempo que decía a su mujer:

-Parece que se le ha soltado la lengua.

-Así parece -respondió Marcela dando una vuelta a las papas que se asaban; pero Margarita volvió a preguntar:

-¿Y me llevarán las frutas de la mora y los nidos de los gorriones?

-Sí; todo eso te llevaremos si aprendes a coser y tejer las labores tan lindas que dice saber la señora Lucía -respondió Marcela sacando al mismo tiempo las papas y poniéndolas en los platos que estaban junto a su marido.

La cena fue apetitosa y frugal; pero la oración de Rosalía llegó al cielo alcanzando sueño reparador para la familia de Juan Yupanqui, que descansaba sin el comején de las dudas en el humilde lecho de las satisfacciones.

Un profundo bostezo de Juan hizo notar a Marcela que su marido estaba completamente dormido y que las hijas habían seguido su ejemplo, quedándose la choza en silencio absoluto.

Y mientras aquí moran los manes de la Quietud, veremos lo que pasa en la casa parroquial.


Capítulo XVII

Una sombra negra, sobresaltada e impaciente, paseaba de un extremo a otro en la habitación completamente oscura, pues faltó valor para encender la lámpara de aceite de linaza allí usada o la vela de sebo fabricada por el velero lugareño con sus adminículos de arrayán y romero hervido, que da blancura y consistencia a la grasa animal.

El crimen siempre se acomoda con la negrura de la noche.

Al frente casi de una pequeña ventana con balaustres y hojas de madera pintada con tierra amarilla, estaba colocada una antigua cuja35 hecha de madera de zumbaillo con toldilla cubierta por unos cortinajes de damasco de seda, cuya antigüedad explicaba el mismo sitio en que se lucían.

La cama ancha y confortable con su curioso tapador hecho de mil muestras de cachemira de diversos colores, pero ingeniosamente combinadas por la curiosidad de alguna mujer hacendosa, o por la mano de alguna beata de ciudad, estaba entreabierta y en cierto grado de desorden. Junto a ella se hallaba sentada en una banca de madera, y un tanto reclinada hacia las almohadas, una mujer clandestinamente recibida, y a quién anunció el pongo desde las primeras horas de la noche cuando el cura estaba en el conciliábulo.

El cura Pascual esperaba el resultado de las tremendas combinaciones fraguadas por él, y lo aguardaba entre tinieblas, por no arrojar ni la más pequeña sospecha sobre sí, encontrándose despierto y con luz en altas horas de esa noche; y de vez en cuando asomaba el oído a las rendijas de la ventana.

-¿Qué te pasa, hombre de Dios? Nunca te he visto tan desasosegado como ahora -aventuró a decir la mujer.

-¿No oíste ese tiro? -repuso el cura balbuciente, pues el licorcito de escorzonera estaba en acción y la palabra no salía franca.

-Ese tiro; pero si de eso han pasado tantas horas, y todo está en paz -arguyó la mujer.

-Pueden robar la iglesia: malas noticias me han traído esta tarde los vecinos -dijo el cura a secas con propósito de desorientar por completo la malicia de la mujer, pues la idea de aparecer inocente bullía en su cerebro.

-¿Ladrones en Kíllac, ladrones para la iglesia? ¡Jajay! -respondió la mujer en voz bien alta y soltando la risa.

-Calle, mujer de mis pecados -contestó el cura con ira manifiesta golpeando el suelo con el pie.

-Pero, hombre, ven; recuéstate un momento...

-Calla, demonio -interrumpió el cura Pascual.

-No seas torpe otra vez, después de... las torpezas que has hecho -replicó la mujer como deseando armar gresca.

Y el cura no tuvo otro medio de evitar que hablase en voz alta, voz acusadora, que ir a su lado y recostarse junto a ella, sacando del bolsillo un pañuelo de seda con que se amarró la cabeza.

Y un búho cruzó por los tejados de la casa parroquial, dejando percibir su siniestro aleteo, y pregonando el mal agüero con ese lúgubre graznido que es el terror de las gentes sencillas.

Don Sebastián no se había recogido a su casa.

Doña Petronila llamó dos sirvientes para mandarlos en busca de su marido, a fin de que le sirviesen de compañía, pero Manuel dijo tomando su sombrero y un bastón de huarango:

-Yo iré, madre.

-De ningún modo lo consentiré. ¡Ay, hijo!, no sé qué me anuncia el corazón. Ese tiro de escopeta, la ausencia prolongada de tu padre, las andanzas de Estéfano, todo me tiene preocupada -dijo con triste acento doña Petronila; pero Manuel, inspirándose en la nobleza de sus sentimientos y, tal vez en un doble deseo, repuso:

-Por lo mismo, madre, a mí me toca ir en busca de don Sebastián, y alejarlo del peligro y de compromisos...

-Sería inútil, hijo mío; tú no conoces su genio testarudo. ¡Ah! ¡Te ruego, Manuel! -agregó doña Petronila abrazando a su hijo con afecto, el cual se quedó pensativo y taciturno por unos segundos; y doña Petronila, aprovechando del silencio, insistió suplicante:

-Tu deber te manda cuidarme, Manuel. ¡Soy tu madre, no me dejes sola! ¡Por Dios te lo ruego...!

-No saldré, madre -repuso Manuel con energía arrimando a la pared el bastón que levantó y sacándose el sombrero.

-¡Ahora sí, ahora sí, Manuelito! Tal vez podré dormir. Vamos.

-Sí, acuéstate, madre: la noche está muy fría, y la hora avanzada.

-Recógete, pues, a tu cuarto, y hasta tempranito -dijo doña Petronila mirando con satisfacción a su hijo.



Capítulo XVIII


A las primeras campanadas y disparos de armas los capataces de don Fernando huyeron despavoridos en busca de seguridad, porque comprendieron que allí era el ataque.

Don Fernando se preparaba para la defensa, y fue en mangas de camisa a tomar un rifle de caza que tenía bien provisto de municiones; pero Lucía se interpuso suplicante repitiendo angustiada:

-¡No, Fernando mío, no! ¡Sálvate, sálvame, salvémonos...!

-¿Y qué hacer, hija? No hay otro remedio, porque moriremos indefensos -repuso don Fernando intentando calmar las impresiones de su esposa.

-Huyamos, Fernando -dijo Lucía aprovechando de las últimas palabras de su marido.

-¿Por dónde, Lucía querida? Las entradas de la casa están ya ganadas -respondió don Fernando tomando una caja de cápsulas de Remington, y echándosela en el bolsillo del pantalón.

Las voces se repetían en la calle, cada vez más aterradoras e implacables.

-¡Bandoleros!

-¡Advenedizos!

-¡Forasteros!

-Sí, ¡la muerte! ¡la muerte...!

Eran las palabras que se alcanzaban a percibir en ese torbellino de la asonada. De improviso se dejó oír una voz nueva, fresca, sin los gases del alcohol, que, con toda la arrogancia y serenidad del valor, dijo:

-¡Atrás, miserables! ¡Así no se asesina!

Y otra voz apoyó la anterior, diciendo:

-Nos han engañado, ¡miserables!

-No hay tales ladrones -observó la misma voz que apoyó a la primera.

-Por acá la gente honrada -gritó uno con valor.

-¡Vengan por este lado! -ordenó la primera voz, y en aquel momento llegó una mujer con un farol de vidrio provisto de una vela de sebo que proyectaba luz tenue.

Los fuegos y las campanadas habían cesado.

Los pelotones de gente comenzaron a diseminarse en distintas direcciones, y la reacción de la turba fue completa.

La entrada de la casa de don Fernando estaba totalmente destrozada, y grandes piras de piedras formadas al acaso yacían junto a las puertas convertidas en astillas.

-¡A ver ese farol por acá! -gritó un hombre abriéndose paso entre la multitud; y a la escasa luz del farol que llegó, reconoció Manuel a doña Petronila

-Madre, ¿tú aquí? -dijo Manuel con sorpresa.

-¡Hijo, estoy a tu lado! -repuso doña Petronila con el semblante lleno de pavor alcanzando el farol a su hijo, y juntos comenzaron a reconocer a los muertos y heridos.

El primer cadáver que encontraron fue el de un indio, a cuyos pies estaba una mujer bañada también en sangre y lágrimas, gritando con desesperación:

-¡Ay! ¡Han muerto a mi marido! ¡Habrán muerto también a mis protectores!

Juan y Marcela acudieron desde los primeros tiros en auxilio de la casa de don Fernando.

Juan cayó traspasado por una bala que, entrándole por el pulmón derecho, salió rompiendo la segunda costilla y rozando el hígado.

Marcela, con una herida también de bala en el hombro, arrojaba un chorro de sangre, y junto a ella yacían tres cadáveres de indios indefensos.

-¡Madre! -dijo Manuel llamando la atención de doña Petronila-, esta india acabará en algunos momentos más sin asistencia inmediata.

-Separémosla de aquí, que la vea el barchilón -contestó doña Petronila.

-¡A ver unos hombres! -dijo Manuel y varios se presentaron ofreciéndose para conducir a Marcela.

El intrépido joven, que, desafiando la ira de un populacho ebrio, se abrió paso y contuvo el motín, se dijo al ver la solicitud de todos para recoger a los muertos y atender a los heridos:

-¡Está visto! La asonada es fruto de un error más digno de perdón que de castigo.

Varios hombres levantaron a Marcela completamente débil, para llevarla a medicinarse.

-Despacio, con cuidado no más -dijo doña Petronila.

-¡Ay! ¡Ay!..., ¿dónde me llevan? -pregunto Marcela agarrándose la herida con la otra mano, y agregó con lamento:

-¡Mis hijas...! ¡Rosacha! ¡Margarita!

-¿Qué habrá sido de don Fernando y Lucía? -dijo Manuel con interés creciente; y en aquellos momentos asomaba la aurora de un nuevo día para alumbrar la cara de los culpables.

Capítulo XIX


Había alguno interesado como Manuel en saber la suerte que hubo corrido la pareja Marín.

Este era el cura Pascual, quien hizo prodigios de inventiva para allanar explicaciones con doña Melitona, que así se llamaba la mujer que fue a acompañarlo en esa noche siniestra.

Luego que las campanas quedaron mudas y cesaron los disparos, el cura Pascual dijo para sí:

-Esta es la hora en que ya se ha arribado a un resultado cualquiera. -Y dirigiéndose a Melitona, agregó con disimulo:

-Parece que toda esa bulla ha concluido, ¿eh?

-Sí, creo que ha pasado, curay ¡Jesús, y qué sustos los que he tenido! -respondió Melitona haciendo aspavientos, a lo que el cura repuso:

-Y los míos no han sido pocos desde la hora en que sentí el primer disparo, creyendo que atacasen la iglesia, y tú que porfiabas...

-Felizmente nos persuadimos pronto de que era en otra parte, y ¿cómo te hubiese consentido salir?

-¡Jesús me ampare! Bien hecho que me atajaste, Melitonita; si bien dicen que las mujeres...

-Y, ¿qué habrá sido, curay? -preguntó con inocencia la mujer.

-Serán cosas de política: gracias a Dios que no salí, gracias, gracias -repetía el cura en cuyo corazón estaba creciente la ansiedad por saber el resultado, aunque alcanzaba a dominar sus emociones aparentando calma.

Melitona se quedó dormida sin más explicaciones, pero el cura velaba aguardando inquieto la llegada de la aurora.

No bien hubo rayado el crepúsculo matutino y se sintieron los pasos de la gente que transitaba por las calles, tosió fuertemente el cura, desprendiéndose el pañuelo con que había atado su cabeza, y colocándolo debajo de la almohada, dijo:

-Vete, pues, Melitonita; tú que eres mujer debes ser harto curiosa; infórmate de lo que en realidad ha pasado anoche en este vecindario, que, como hemos calculado, ha sido... me parece en la dirección de la casa de don Fernando; yo voy a prepararme para celebrar.

-Ahoritita, curay -respondió doña Melitona dándose por satisfecha de la comisión; santiguose tres veces, se vistió, prendiose el mantón de cachemira morada con guardas negras, y salió.

Las primeras gentes con quienes se encontró le dieron razón casi exacta del asalto a la casa de don Fernando Marín; pero deseosa de llevar a la casa parroquial noticias comprobadas por sus ojos, se introdujo al mismo teatro del suceso.

-¡Jesús! ¡Qué temeridad! ¡Qué herejes habrán hecho esto! ¡Ay, vean, pues, todo pedazos! -decía caminando por entre las ruinas, y contemplando los despojos.

Lucía y don Fernando se encontraban sanos y salvos, rodeados de gente en el gabinete de su casa, y Manuel, con toda la indignación de su corazón puro, y con todo el fuego de su edad, decía en alta voz:

-Es inconcebible iniquidad igual, señor don Fernando. Este pueblo es un pueblo bárbaro, y la salvación de ustedes ha sido milagrosa. Cuéntenos cómo salvaron.

-El milagro es de Lucía -respondió con tono seco don Fernando, anudándose la corbata que por distracción tenía suelta, y dando grandes pasos por la habitación.

-¡Señora Lucía! -dijo por toda respuesta Manuel, dirigiendo la vista hacia el sofá, donde estaba un tanto recostada aquélla, profundamente emocionada; y aspirando de rato en rato sales encerradas en un frasquito de cristal de Bohemia, cuya tapa entreabría con cuidado.

Don Fernando, como siguiendo el curso de sus ideas, dijo:

-¡Qué horror! ¡Muchos sabrán lo que es despertar en la bulla del desorden, el tiroteo y la matanza, porque en el país se soportan y se presencian con frecuencia esos levantamientos y luchas civiles, que ya en nombre de Pezet36, Prado o Piérola37 llevan el terror y el sobresalto, sea en el aura de una revolución, sea en los fortines de una resistencia! ¡Pero lo que pocos sabrán es el despertar del sueño de la felicidad entre el plomo homicida y la voz del degüello lanzados en los muros de su propio dormitorio! -¡Basta, don Fernando! ¡Basta! -gritaron varias voces en coro.

-¡Qué atrocidad! -agregó Manuel pasándose la mano por debajo del pelo, y don Fernando, contestando a la primera pregunta de Manuel, desatendida en medio de ese tumulto natural de pensamientos, dijo:

-Estuve resuelto, Manuel, a ofrecerme al sacrificio y morir matando. Pero las lágrimas de mi buena y santa esposa me hicieron pensar en salvarme para salvarla también. Ambos huimos por la pared de la izquierda y fuimos a refugiarnos detrás de unos cercos de piedra, fronterizos, precisamente, del lugar del ataque, y desde ahí hemos presenciado impasibles el asalto a nuestra casa, el heroísmo de usted, la abnegación maternal de doña Petronila, el fin de nuestro pobre Juan, y la victimación de la desgraciada Marcela.

-¡Pobre Juan!, ¡pobre Marcela!, ahora que la desventura nos ha hermanado, mis afanes serán para ella y sus hijas -dijo Lucía suspirando con profunda pena e interrumpiendo a su marido.

-¡Oh, sí! Margarita, Rosalía, desde hoy esas palomas sin nido hallarán la sombra de su padre en esta casa -afirmó don Fernando.

-Hagamos conducir aquí a Marcela para medicinarla con esmero -dijo Lucía enternecida; y dirigiéndose particularmente al joven, agregó:

-Manuel, se lo suplico en nombre de la amistad. Encárguese usted de eso.

A lo que Manuel respondió con vehemencia juvenil:

-Ahora mismo, señora; usted, ángel de los buenos, restañará las heridas de una madre, y nosotros, don Fernando, tomaremos cuenta a los culpables.

Al decir esta última frase, una palidez mortal bañó su fisonomía, porque el nombre de don Sebastián cruzó por su mente; de don Sebastián, el esposo de su madre, el hombre a quien él daba el nombre de padre.

Tomó su sombrero maquinalmente, se inclinó y salió con paso apresurado, cruzándose en el camino con doña Melitona, que estaba escuchando todo desde la puerta, sin perder palabra.

Don Fernando se sentó junto a Lucía y, sacó un cigarro para fumar.

Como doña Melitona creía saber lo suficiente, volvió a desandar lo andado para informar al cura que esperaba impaciente la llegada de su parientita para irse a celebrar.

Melitona dijo entrando y desprendiéndose del mantón:

-Traigo todo calientito, curay.

-Sí, Melitonita, y ¿cómo había sido eso? -preguntó el cura Pascual.

-Dicen que don Fernando tuvo no sé qué asunto de cuentas con unos laneros, y que don Sebastián metió la mano a favor de no sé quiénes, y luego de ahí vino el disgusto, y se armó gresca, y que otros creyeron que eran ladrones y tocaron las campanas -relató Melitona con ademanes y movimientos de cabeza.

-¿Conque eran asuntos de particulares? Buena raspa he de echarle al campanero para que no sea ligero con sus campanas -repuso el cura con maña.

-Así aseguran, curay, pero el hijo de don Sebastián, un joven recién llegado, está ahí, donde don Fernando, muy de la casa, y ha dicho que él castigará a los culpables -aclaró Melitona.

-¿Eso ha dicho? -preguntó el cura; y mordiéndose el labio, agregó para su capote- ¡Joven imberbe!, y cuando tu padre te diga: «Calla, aquí estoy...», y aun sin esto, quien más vive, más sabe...

Y a poco rato se oyó la campana del pueblo llamando a misa.


Capítulo XX

La entrada de Marcela, conducida en una camilla de palos, herida, viuda y seguida de dos huérfanas, a la misma casa de donde el día anterior salió contenta y feliz impresionó tan vivamente a Lucía, que se hallaba sola en aquellos momentos, que no pudo contener sus lágrimas y se fue llorando hacia Marcela.

Hizo colocar la camilla en una vivienda aseada; tomó entre los brazos a Rosalía, acarició a Margarita y llamó a entrambas, diciéndoles:

-Hijas, pobrecitas, preciosas.

Luego habló a Marcela, sentándose junto a ella, y le dijo:

-¡Oh, hija mía! ¡Cuánta resignación necesitas! Te ruego que te calmes, que tengas paciencia...

-Niñay, ¿no te has asustado de protegernos? -dijo la india con voz y mirada lánguida, pero Lucía, sin contestar a esta pregunta, continuó:

-¡Qué débil estás! -y dirigiéndose a dos sirvientas que estaban hacia la puerta, ordenó-: Que le preparen un poco de caldo de pollo con algunas rebanadas de pan tostado y un huevo batido; ustedes han de cuidarla con todo esmero.

El semblante de Marcela revelaba sus terribles sufrimientos, pero las palabras de Lucía parecían haberle dado alivio. Era tal la influencia benéfica que ante ella ejercía aquella mujer tan llena de bondad, que, a pesar de haber declarado el barchilón de Kíllac que la herida era mortal y, de término inmediato, porque la bala permanecía incrustada en el omóplato, adonde había llegado atravesando el hombro izquierdo, y la fiebre ya invadía el organismo, Marcela fue alentándose visiblemente.

Así transcurrieron dos días, dando ligeras esperanzas de salvar a la enferma.

Acababa de entrar de la calle don Fernando, a quien preguntó Lucía con grande interés:

-Fernando, ¿y los restos de Juan?

-Han sido ya conducidos al camposanto con todos los honores que he podido hacerle tributar, corriendo yo con los gastos, y los han depositado en una sepultura provisional -contestó don Fernando, satisfaciendo con palabra minuciosa la pregunta de Lucía, quien dijo:

-¿Y por qué provisional, hijo?

-Porque es probable que los jueces hagan practicar un nuevo reconocimiento, dudando del que he mandado hacer -contestó don Fernando sacando un papel del bolsillo.

-¡Qué fórmulas, Dios mío! Y, ¿qué dice ese certificado? ¿A ver?

-Aquí consta -repuso don Fernando desdoblando el papel y leyendo- «que Juan Yupanqui sucumbió instantáneamente por la acción del proyectil lanzado de cierta altura, y que, rompiendo la escápula derecha, había atravesado oblicuamente ambos pulmones, destrozando las gruesas arterias del mediastino».

-¿Ese informe arrojará luz para la averiguación y descubrimiento del autor? -preguntó Lucía con intención.

-¡Ay, hija!, poca esperanza debemos abrigar de conseguir nada -repuso don Fernando volviendo a doblar y guardar el papel.

-Y el cura Pascual, ¿qué dice?

-¡Pst! No ha tenido inconveniente en depositar un responso sobre la tumba de Juan Yupanqui, como no lo tuve yo para colocarle su humilde cruz de palo -contestó don Fernando torciéndose el bigote.

-¿Acaso ignorará los pormenores del asalto que hemos sufrido?

-¡Que los ignore! Estás disparatando, hija. Yo lo creo complicado.

-¿Sí? ¡No faltaba más para renegar de estos hombres! ¿Y los jueves? -insistió Lucía indignada.

-Los jueces y las autoridades han tomado algunas medidas, como las de depositar las piedras hacinadas en nuestras puertas como cuerpos del delito -contestó don Fernando riendo y dando en seguida a su fisonomía un gesto de tristeza que revelaba su honda decepción; acaso el escepticismo que todos aquellos acontecimientos hacían nacer en su corazón noble y justiciero.

Conversando así, atravesaron los esposos Marín el pasadizo que conduce de una vivienda a otra, y llegaron al cuarto de Lucía, donde se sentaron fronterizos, Lucía en el sofá y don Fernando en un sillón: recostándose y cruzando las piernas, dijo éste a su esposa:

-Voy a molestarte, hija; creo que hay un poco de chicha de quinua38 con arroz; dame un vaso.

-Al momento, hijito -repuso Lucía poniéndose de pie y saliendo de la habitación.

Un minuto después volvía la señora de Marín con un vaso de cristal colocado en un platillo de loza, conteniendo una leche espesa espolvoreada con canela molida, que provocaba por la vista y el olfato, y lo presentó a su marido.

Don Fernando apuró la chicha con avidez, puso el vaso sobre la mesa, limpió sus bigotes con un pañuelo perfumado y volvió a su primitiva actitud, diciendo a Lucía:

-Qué bebida tan confortable, hija. No sé cómo hay gentes que prefieren a ésta la cerveza del país.

-De veras, hijo; yo no puedo ver esa cerveza que hacen donde Silva y Picado.

-Y volviendo a recordar al pobre Juan, ¿sabes, hija, que ese indio me ha despertado aún mayor interés después de su muerte? Dicen que los indios son ingratos, y Juan Yupanqui ha muerto por gratitud.

-Para mí no se ha extinguido en el Perú esa raza con principios de rectitud y nobleza, que caracterizó a los fundadores del imperio conquistado por Pizarro. Otra cosa es que todos los de la calaña de los notables de aquí hayan puesto al indio en la misma esfera de las bestias productoras -contestó Lucía.

-Hay algo más, hija -dijo don Fernando-; está probado que el sistema de la alimentación ha degenerado las funciones cerebrales de los indios. Como habrás notado ya, estos desheredados rarísima vez comen carne, y los adelantos de la ciencia moderna nos prueban que la actividad cerebral está en relación de su fuerza nutritiva. Condenado el indio a una alimentación vegetal de las más extravagantes, viviendo de hojas de nabo, habas hervidas y hojas de quinua, sin los albuminoides ni sales orgánicas, su cerebro no tiene dónde tomar los fosfatos y la lecitina sin ningún esfuerzo psíquico; sólo va al engorde cerebral, que lo sume en la noche del pensamiento, haciéndole vivir en idéntico nivel que sus animales de labranza.

-Creo como tú, querido Fernando, y te felicito por tu disertación, aunque yo no la entiendo, pero que, a ponerla en inglés, te valdría el dictado de doctor y aun sabio en cualquiera Universidad del mundo -contestó Lucía riendo.

-¡Picarona! Pero aquí sólo me ha valido tu risa -dijo don Fernando coloreándose ligeramente, pues las palabras de su esposa le hicieron notar que había echado un párrafo científico, acaso pedantesco o fuera de lugar.

-No, hijo, ¿qué? si yo me río es sólo... por la formalidad con que hemos venido a disertar acerca de estas cosas sobre la tumba de un indio tan raro como Juan.

-Raro no, Lucía; si algún día rayase la aurora de la verdadera autonomía del indio, por medio del Evangelio de Jesús, presenciaríamos la evolución regeneradora de la raza hoy oprimida y humillada -contestó don Fernando volviendo a su expansión de palabra.

-Tampoco te contradigo, hijito, pero discutiendo aquí sobre los muertos, estamos olvidando a los vivos. Voy a ver si han dado su alimento a Marcela -dijo Lucía, y salió con paso ligero.

Capítulo XXI



Manuel no tuvo ni una hora de descanso verdadero desde que se iniciaron los funestos acontecimientos que traían conmovida a la población de Kíllac.

Luego que ordenó la traslación de Marcela a casa de Lucía y la presenció en parte, se consagró a practicar averiguaciones prudentes, empleando para ello la sagacidad, patrimonio que deja la buena educación de un colegio sistemado y celoso. Por esta misma prudencia, huía de una inmediata explicación con don Sebastián, y se impuso alejamiento momentáneo de casa del señor Marín.

Pero todo acontecimiento va a su desenlace.

Una mañana, al regresar a su casa, taciturno y caviloso, absorbido por una sola idea, halló a su madre preparando unos suches39 que, abiertos medio a medio con su respectiva provisión de pimienta, cebollas picadas, sal, ají y manteca, extendidos en una sartén de barro, aguardaban ir al horno para su cocimiento.

Al ver a su hijo, doña Petronila dijo:

-¡Manuelito, cómo te gustaban los suches asados al horno! ¿recuerdas, tatay? Por eso estoy arreglándolos yo misma. ¿Quién había de cocinar para mi hijo?...

-Gracias, madre. Despacha esa golosina al horno y óyeme en tu cuarto -dijo Manuel, para cuyo corazón fue un bálsamo aquella sencilla escena de familia, diciéndose enseguida al caminar hacia la habitación de doña Petronila:

-¡Benditas las madres! Quien no ha sentido los mimos y las caricias de su madre, ni recibido los besos de la que nos llevó en su seno, ¡oh!, no sabe lo que es amor.

Entrado en la alcoba, arrastró una silleta junto a la mesa, se sentó en ella con fuerza, apoyó los codos y dejó caer la cabeza en la palma de las manos en actitud meditabunda.

¡Qué combinaciones las que hacía!

Todos los hilos que tomó en las investigaciones practicadas con las personas que a él se asociaron le conducían a entrever a los verdaderos autores del asalto de la casa de don Fernando Marín, y allí se destacaban las figuras de don Sebastián, el cura Pascual y Estéfano Benites.

Llegó doña Petronila, y dando una palmada en el hombro de Manuel, dijo:

-¿Te has dormido, Manuelito?

Manuel dejó caer los brazos sobresaltado, alzó los ojos, y fijándolos con cariñosa expresión en su madre se puso de pie y le contestó:

-Nada de eso, madre; el espíritu intranquilo sólo va a la vigilia. Siéntate, hablaremos.

Y arrastrando otra silla junto a la suya, la ofreció a su madre.

-No, hijo, yo me sentaré aquí no más en este banquito; aquí estoy más cómoda -repuso doña Petronila rechazando la silleta, sentándose en un asiento bajo de su preferencia, cubierto con una alfombra, y arreglándose las faldas del vestido.

-Como gustes -dijo Manuel sentándose a su vez.

-Ya adivino de lo que quieres hablar. ¡Jesús, qué cosas las que han pasado! ¿No? Hasta ahora no me vuelve el alma al cuerpo, estoy viendo no más las caras de los indios muertos, bañados en sangre, cubiertos de tierra, ¡Jesús! ¡Jesús!

-¡Ah, madre mía! ¡Con qué fatal estrella he vuelto para presenciar estos sucesos! Pero son lamentaciones inútiles, hagamos de tripas corazón, y vamos a remediar algo y tratar de que don Sebastián salve -contestó Manuel, iniciándose las confidencias entre madre e hijo.

-¡Ay, hijo mío, ay! ¿Para qué te contaría todo? Desde que lo hicieron gobernador a tu padre, se ha vuelto otro, y... ya no puedo con él...

-Sí, lo sé. Todo lo he comprendido, madrecita, desde el primer momento.

-Háblale, pues, tú; a ti te oirá.

-¡Temo que no! Si yo fuese su hijo verdaderamente, hablaría en él la voz del amor paterno, pero... tú... tú lo sabes...

-¿Y para qué traes a colación esas cosas? -dijo doña Petronila enfadada.

-Perdona, madre. Y vamos al grano. Tú tienes que ayudarme, pero con cariño; sin palabras amargas, sin cargo, nada de eso, simplemente debemos hacer que deje la gobernación y, por lo demás, yo echaré sobre mis hombros los resultados; lo tengo meditado. Ahora he de verme con el pícaro cura.

-No hables así de un sacerdote. ¡Jesús! ¡El descomulgado se desgracia!

-Madre, el hombre que prostituye su ministerio merece desprecio; pero no hablemos de él, tratemos de don Sebastián. Entra a verlo a su cuarto y procura hablarle, preparándole el ánimo para que me reciba después.

-¿Ahora mismo? -preguntó doña Petronila levantándose al propio tiempo.

-Sí, madre, no hay horas que perder -repuso Manuel, abrochándose el botón del saco.

Y doña Petronila salió pausadamente. Al llegar a la puerta de la habitación de don Sebastián se detuvo unos segundos, santiguó su frente y entró.

Manuel se quedó dando paseos en el cuarto de su madre, entregado a sus combinaciones, porque la entrevista con don Sebastián tenía que ser algo dura para él.

En el curso de sus paseos, de repente fijó su vista en un vaso de arcilla que estaba colocado en una esquinera, el cual le llamó tan vivamente la atención que, examinándolo, dijo:

-Este debe ser un huaco de mucha importancia: qué tierra tan fina... y estos dibujos tan admirablemente ejecutados, qué bien hechas las labores de la Lliclla de la ccoya y las sombras del manto que lleva flotante el indio, que será algún cacique.

-Manuelito, parece que Chapaco está en su buen rato -dijo doña Petronila, entrando alegre.

-¿Qué le has dicho sobre el asunto? -preguntó con interés Manuel, colocando el huaco en su mismo sitio.

-Yo nada le he querido porfiar, por tus mismos encargos; pero le he dicho que conviene que deje la gobernatura, porque han de venir disgustos con motivo de apresar a los factores de la otra noche y demás.

-¿No le has dicho que él está señalado como partícipe?

-¿Para qué le iba a decir eso? ¡Jesús! Habría brincado de rabia. ¡Yo no me atrevo...!

-Pero, ¿qué respondió al fin?

-«Yo sabré lo que me hago», me ha respondido, pero con buenas mañas. Anda, no más -dijo doña Petronila, tomando la mano de su hijo.

Manuel besó en la frente a su madre y se dirigió a la habitación de don Sebastián Pancorbo, gobernador de Kíllac.

Capítulo XXII

Don Sebastián se encontraba recostado en un sillón, envuelto en un poncho felpado, la cabeza atada con un pañuelo carmesí de seda, cuyas puntas, formando nudo, quedaban hacia la frente. Estaba visiblemente preocupado.

-Buenos días, señor -dijo Manuel al entrar.

-Buenos días. ¿De dónde pareces, Manuel? Francamente, desde que has llegado no nos hemos visto más que tres veces -respondió don Sebastián, disimulando su preocupación.

-La culpa no es mía, señor, usted no ha estado en casa.

-Francamente, estos amigos y el cargo que desempeño; ya uno no se pertenece; tienes razón, Manuelito -dijo el gobernador.

Y como buscando forma de sincerar su conducta, agregó:

-Lo que es la otra noche, francamente, hijo, he estado en mucho peligro, sin poder contener el desorden que hubo. ¿Qué se va a hacer sin fuerza armada?... Pero tú te portaste muy bien..., y, francamente, este don Fernando no más también tiene la culpa.

-Yo vengo a hablar con usted seriamente sobre lo ocurrido la otra noche. Yo no puedo quedarme con los brazos cruzados cuando veo que acusan a usted.

-¿A mí? -dijo Pancorbo, pegando un brinco.

-A usted, señor.

-¿Y quién es ése? A ver, ¿quién? Francamente, quiero conocerlo.

-No se exalte usted, señor; cálmese y hablaremos entre padre e hijo: aquí nadie nos oye -replicó Manuel, mordiéndose los labios.

-Pues y tú, ¿qué dices? ¡Habla! También; francamente, me gusta la ocurrencia.

-De todas las averiguaciones que he practicado, resulta... casi la evidencia de que el cura Pascual, usted y Estéfano Benitos han tramado y dirigido esto contra don Fernando, por devoluciones de dinero de reparto y de entierro.

Don Sebastián iba cambiando de colores a cada palabra de Manuel, y pálido al final, presa de un temblor nervioso, sin poderse ya dominar, dijo:

-¿Eso dicen? Francamente, ¡nos han vendido!

-No eran ustedes solos; otros individuos pertenecían al complot; y las tramas que se hacen entre muchos y entre copas no llevan el sello del secreto -repuso Manuel con calma.

-Será el Escobedito; francamente, a mí me daba mala espina ese mocito.

-Alguno habría sido, don Sebastián; pero ya no es tiempo de conjeturas, sino de poner a usted en salvo.

-¿Y qué cosa has ideado, hijo? -preguntó don Sebastián cambiando de tono.

-Que usted deje la gobernación inmediatamente -repuso el joven.

-¡Eso no, francamente eso no! ¿Dejar de ser yo autoridad en el pueblo donde he nacido? No, no, ni me propongas esas cosas, Manuel -contestó don Sebastián enfadado.

-Pero tendrá usted que hacerlo antes que lo destituyan, y, yo se lo pido, se lo aconsejo; usted ha sido llevado por la corriente, el principal autor es el cura, yo me entenderé con él y usted firma su renuncia, don Sebastián. Desde niño le he dado el nombre de padre, todos me creen su hijo, y usted no puede dudar de mi interés, ni despreciar mis consejos todo lo hago por amor a mi madre, por gratitud a usted -dijo Manuel agotando su arsenal persuasivo y secando su frente, por donde corría el sudor de la discusión en que tuvo que mencionar nuevamente su paternidad desconocida para la sociedad.

Don Sebastián estaba conmovido; abrazó a Manuel, diciéndole:

-Haz, pues, como piensas, francamente... pero, el cura que no se quede sin su ración.

-Todo se arreglará lo mejor posible para usted, señor, y más tarde iremos juntos adonde don Fernando, porque conviene que ustedes queden de acuerdo. Ahora me voy adonde el cura Pascual, hasta luego -dijo Manuel tomando su sombrero.

Y salió en dirección a la casa parroquial, mientras que don Sebastián repetía entre dientes, moviendo la cabeza:

-¡Escobedito, o Benites... mocitos...!

El cura Pascual tomaba en aquellas horas tranquilamente su desayuno, rodeado de dos gatos, uno negro y otro amarillo con blanco; un perro lanudo dormitaba con la cabeza entre las dos patas delanteras, estirado largo a largo en el umbral del cuarto, y el pongo con los brazos cruzados, en ademán humilde, esperaba de pie junto al perro las órdenes de su amo.

Cuando sintió pasos y vio a Manuel, el cura alzó un plato sopero y, volcándolo, tapó otro plano en que había un pichón aderezado a la criolla, con dos tomates partidos sobre las alas y una rama de perejil en el pico.

-Señor cura -dijo Manuel al entrar, descubriéndose con política.

-Jovencito Manuel, ¿a qué feliz casualidad debo el gusto de verlo por acá? -repuso el cura.

-La causa de mi venida no le debe ser desconocida, señor cura -respondió Manuel con sequedad y enfado, pues iba preparado a no usar de cumplimientos con el cura Pascual.

-Caballerito, me sorprende usted -dijo el cura variando de tono y levantando distraído un tenedor de la mesa.

Manuel, que permanecía de pie, tomó el primer asiento y contestó:

-Sin preámbulo, señor cura; la asonada que antenoche ha cubierto de vergüenza y de luto este pueblo es obra de usted...

-¿Qué dice usted, insolentito? -dijo el cura moviéndose en su asiento, sorprendido al oír por primera vez un lenguaje gastado de igual a igual y en tono acusador.

-Nada de calificativos, señor cura; acuérdese usted que no es la sotana la que hace respetar al hombre, sino el hombre quien dignifica ese hábito que así cubre a buenos sacerdotes como a ministros indignos -replicó Manuel.

-¿Y qué pruebas tendrá usted para semejante acusación?

Todas las que un hombre necesita para acusar a otro hombre -repuso con llaneza el joven.

-¿Y si en mi lugar se encontrase usted con otra persona ante cuya presencia tuviese que bajar la cabeza avergonzado? -dijo el cura Pascual, tirando sobre la mesa el tenedor que aún conservaba en la mano y creyendo haber dado un golpe decisivo a Manuel.

Pero éste, sin perder su serenidad, respondió con aplomo:

-Esa persona a quien usted alude, señor cura, ha sido infeliz máquina de usted, como han sido los otros...

-¿Qué dice usted, colegial? -dijo colérico el cura, por cuya mente cruzó la duda de esta forma: «¿Si le habrá revelado el bergante de Pancorbo?»...

-Lo que usted oye, señor cura, y seamos breves -agregó Manuel.

-Más breve será usted marchándose -contestó el cura colérico.

-Antes de tiempo, antes de llenar mis propósitos, no lo espere usted, señor cura.

-¿Y qué es lo que pretende usted? -preguntó el párroco cambiando el tono de la voz y dominando sus ímpetus de cólera.

-Que usted y don Sebastián reparen el daño que han hecho, antes que la justicia reclame a los delincuentes.

-¿Qué oigo? ¡Santo cielo! ¡Don Sebastián, débil y afeminado, me ha vendido...! -exclamó el cura vencido totalmente por Manuel, quien acababa de mencionar a su padre.

Mas como quien encuentra un nuevo reducto de defensa, dijo:

-¿Será usted un hijo desnaturalizado que acusa a su propio padre?

-Claro que no, desde que voy en busca de la reparación prudente y meditada para atenuar la falta, que de todos modos habrá de tenerla, pues nuestras creencias religiosas nos enseñan que sin la previa remisión del mal no hallaremos abiertas las puertas del cielo.

-¡Ajá! ¿Eso le han enseñado a usted sus maestros, para no reparar en la acusación de su padre? -preguntó con ironía el cura, empeñado en su labor de zapa.

-Algo más, señor cura: me han enseñado que sin la rectitud de acción no hay ciudadano, ni habrá patria, ni familia; y le repito que no acuso a don Sebastián; busco satisfacción para atenuar su falta...

Iba a continuar el joven, cuando apareció un sirviente de casa de don Fernando, todo azorado y descompuesto, gritando desde la puerta:

-Señor, señor, auxilios para un moribundo.

-Vaya usted, señor cura, a cumplir esos deberes del sacerdote, y... en seguida hablaremos -dijo Manuel, reparando que había un testigo, e inclinándose salió.

El cura fue a tomar su sombrero, y mirando a Manuel que se marchaba, dijo con desprecio:

-¡Pedazo de masón!

En seguida fue a destapar el plato que había preservado del aire y, oliéndolo, murmuró a media voz:

-Se me ha enfriado el pichoncito... en fin, al regreso lo tomaré.


Capítulo XXIII

Los esposos Marín no omitían gestos ni asistencia esmerada para alcanzar la salvación de la enferma, pero, desgraciadamente, ésta empeoraba por grados, acortándose los momentos de su vida.

Lucía encontrábase en aquella hora junto a don Fernando, con quien platicaba en dulce intimidad, y le dijo:

-¿Qué misterios son éstos, Fernando? ¡Marcela llegó a nuestro hogar tranquilo y dichoso en busca de un amparo que halló en nombre de la caridad; nosotros nos gozamos en el bien, y de estas acciones buenas, elevadas y santas, ha resultado el infortunio de todos!

-Acuérdate, hija, que la faena de la vida es de lucha, y que la sepultura del bien la cava la ignorancia. ¡El triunfo consiste en no dejarse enterrar!...

Margarita apareció en la puerta como un meteoro, gritando:

-Madrina, madrina, mi madre te llama.

-Allá voy -contestó Lucía.

Y dirigiéndose a su marido con una palmadita en el hombro:

-Adiós, hijito -dijo-; y echose a andar hacia la habitación de Marcela.

Esta se encontraba medio sentada, apoyada en varios almohadones de cotí rosado. Al ver a Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas, y con voz desfalleciente y entrecortada, exclamó:

-¡Niñay... voy a... morirme...! ¡Ay...! ¡Mis hijas...! ¡Palomas sin nido... sin árbol... y sin... madre...! ¡Ay!

-¡Pobre Marcela, estás muy débil, no te agites! No quiero ahora repetirte discursos para probarte los misterios de Dios, pero tú eres buena, tú... eres cristiana -dijo Lucía arreglando las cobijas de la cama un tanto rodadas.

-¡Sí... niñay...!

-¡Si te ha llegado tu hora, Marcela, parte tranquila! ¡Tus hijas no son las aves sin nido; ésta es su casa; yo seré su madre...!

-¡Dios... te pague...! Quiero... revelarte... un secreto... para que... se pierda en tu corazón... hasta la hora precisa -dijo la enferma esforzándose para hablar seguido.

-¿Qué? -preguntó Lucía acercándose más.

Y Marcela, aplicando sus labios casi helados a los oídos de la esposa de don Fernando, murmuró frases que por varias veces hicieron volver los ojos a Lucía para fijarlos con asombro en la enferma, quien al terminar preguntó:

-¿Prometes... niñay?

-Sí, te lo juro por Cristo mi Señor muerto en la cruz -respondió Lucía conmovida.

Y la pobre mártir, para quien las horas de agonía se aproximaban, agregó lo que iba a ser su despedida de los negocios del mundo:

-¡Dios te pague...! Ahora... quiero confesarme... después... ¡la muerte ya me... espera!

Anunciaron la llegada del cura Pascual, cuyo saludo correspondió Lucía con frialdad, llevándose de la mano a Rosalía y Margarita, a quienes iba a distraer para que no presenciasen la eterna partida de su madre.

El párroco, llegando al lecho de la moribunda, escuchaba las confidencias sacramentales de su víctima.

Margarita ya no podía dejarse engañar.

Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto.

Tenía que llorar aún, cuando viese sacar a su madre en hombros extraños, para dejarla por siempre en el suelo húmedo del cementerio.

¡Pobre Margarita!

Sin embargo, en su dolor, ella no medía la magnitud de su desventura.

Lucía, al sacar a las muchachitas y entregarlas a una sirviente para que les pusiera los vestidos que les estaban cosiendo en la máquina «Davis», se dijo:

-¡Adorable candidez la de los niños! ¡Ah! La niñez todo lo dora al calor de un sol refulgente, mientras que la vejez todo lo hiela con el frío del escepticismo. ¿Tienen razón de ser escépticos los viejos conociendo a la humanidad? Niñas -agregó en alta voz-, vayan con Manuela, que ha de darles bizcochos y bonitos trajes.

Y se dirigió en busca de don Fernando, que estaba ocupado en su escritorio. Casi al mismo tiempo llegaban Manuel y don Sebastián. Cuando los vio Lucía, estrujándose los dedos entrelazados, se preguntó asombrada:

-¿Qué va a suceder hoy en esta casa, donde en tan pocos días se han desarrollado acontecimientos tan trágicos y cuya extensión aún no es posible medir? ¿Qué nuevo drama va a presentarse en mi hogar, donde una mano invisible reúne ahora a los principales actores, perseguidores y perseguidos, culpables e inocentes, en presencia de una madre que se halla en los bordes del sepulcro abierto por estos notables, que en un supuesto ataque a sus costumbres sólo persiguen fines particulares, sin desdeñar medios inicuos? ¡Dios mío...!

-A los pies de usted, señora Lucía -dijo Manuel encontrando a la esposa del señor Marín casi a la puerta del escritorio, donde entraron seguidos de don Sebastián.

-Caballeros -repuso Lucía con manifiesto desagrado para don Sebastián, quien, descubriéndose, dijo:

-Muy buenos días, señora... señor...

-Hola, don Manuel; adiós, don Sebastián -repuso don Fernando, dominando el mal efecto que le produjo la presencia del segundo.

Pero Manuel, calculando de antemano aquel efecto, y para atenuar las cosas, fue el primero en comenzar la conversación, diciendo:

-Señor don Fernando, hemos venido para acordar con usted la manera como podrá recibir la más explícita satisfacción de un pueblo que le ha ofendido con la misma ignorancia con que ofende un perro rabioso.

-Satisfacerme a mí, don Manuel, no es cosa difícil, a la verdad; yo, más o menos, he estudiado el carácter de este pueblo, que se desarrolla sin los estímulos del buen ejemplo y del sano consejo; que a costa de su propia dignidad va a conservar lo que él llama legendaria costumbre. Pero, ¿cómo se reparan los daños causados en tanta víctima? -contestó el señor Marín, dando a sus palabras la severa acentuación de la verdad y del reproche.

-Y, francamente, ¿cuántos muertos ha habido? -se atrevió a preguntar don Sebastián con voz temblorosa.

-¡Y qué! ¿Usted lo ignora, don Sebastián? ¿Usted que es la autoridad local? ¡Cosa extraña, por demás extraña! -dijo don Fernando por toda respuesta, dando un paso hacia el asiento que ocupaba su esposa.

-Su natural extrañeza -se apresuró a decir Manuel- quedará satisfecha, don Fernando, al saber que mi padre no ha salido de casa después de los sucesos que me cupo la suerte de contener, habiéndose encargado del puesto el teniente gobernador, como llamado por la ley.

-Esa diligencia precautoria y muy pensada no lo pone a salvo de responsabilidades -observó Lucía con su natural vivacidad femenina.

Pero Manuel, siempre listo, repuso:

-Señora, yo que he venido en momentos tan trágicos para Kíllac, para este pueblo de mi nacimiento, no podía permanecer indiferente; debía buscar reparos, prevenir nuevos males, y he persuadido a mi padre de que renuncie el puesto que... no ha sabido sostener. Voy en pos de alguna reparación.

-¿Y va usted a entrar en pugna con vicios que gozan del privilegio de arraigados, con errores que fructifican bajo el árbol de las costumbres, sin modelos, sin estímulos que despierten las almas de la atonía en que las ha sumido el abuso, el deseo de lucro inmoderado y la ignorancia conservada por especulación? Me parece cosa difícil, don Manuel -dijo el señor Marín.

Manuel no estaba ni derrotado ni persuadido, y replicó:

-Esa, precisamente, esa es la lucha de la juventud peruana desterrada en estas regiones. Tengo la esperanza, don Fernando, de que la civilización que se persigue tremolando la bandera del cristianismo puro no tarde en manifestarse, constituyendo la felicidad de la familia y como consecuencia lógica, la felicidad social.

-¿Y sus fuerzas serán suficientes, joven Manuel? ¿Cuenta usted con otros apoyos a más del que le ofrece su madre y le brindamos nosotros, sus amigos? -preguntó don Fernando, deteniendo el paseo que daba en esos momentos y botando a la puerta un pedacito de papel que estaba estrujando como una pelotilla durante la discusión.

Lucía cruzó los brazos como cansada, y don Sebastián permanecía firme como un palo plantado bajo su capa histórica.

-Cuento con que este pueblo no ha tocado en la abyección; sus masas son dóciles, me lo ha probado el suceso mismo que lamentamos, y me parece fácil guiarlo por el buen sendero -repuso Manuel con calor.

-No contradigo a usted, Manuel, pero...

-El error también tiene remedio, francamente, mi señor -aventuró a decir don Sebastián.

-Es claro, cuando ese error no ha traspasado los dinteles de la eternidad, don Sebastián; tenemos siete heridos, cuatro muertos y la desventurada Marcela próxima a expirar, dejando a sus hijas; en suma, huérfanas, viudas...

-¿De qué modo rectificará usted esos errores? -preguntó Lucía, enderezando los pies y saliendo en apoyo de su marido.

Don Sebastián se tapó la cara con ambas manos como un niño; Manuel palideció, secándose el copioso sudor que invadía su frente, y la voz desesperada de Margarita llegó a todos:

-¡Misericordia...! ¡Madrina, padrino, favor...!

-¡Vamos! -dijo Lucía, poniéndose de pie con la velocidad del pensamiento, y ordenando a los presentes con la vista.

Todos corrieron junto al lecho de la esposa mártir, cuya vida se extinguió en un suspiro, resbalando por sus mejillas la última lágrima blanquecina con que se da el adiós al valle del dolor.

Marcela acababa de volar a las serenas regiones de la paz perdurable, dejando su vestidura mortal, para que el hombre discuta en su presencia la teoría de la descomposición orgánica que proclama la Nada y los principios de la perfección mecánica movida por un Algo, cuyo comienzo y cesación de funciones reclama una mano constructora, revelando al Autor de la Naturaleza.

¡Allí estaba el cadáver!

Y don Sebastián y el cura Pascual, los únicos responsables de las calamidades ocurridas en Kíllac, presentes ante los despojos de la muerta.

Capítulo XXIV


La chismografía y los comentarios corrían de boca en boca, exactos unos, desfigurados los más, y los indios, avergonzados de la docilidad con que acudieron al llamamiento de las campanas y cayeron en el engaño para atacar el pacífico hogar de don Fernando Marín, vagaban por los alrededores del pueblo taciturnos y miedosos.

Estéfano Benites reunió a los suyos en el mismo despacho de su casa donde los encontramos jugando a la baraja, y al persuadirse de que sus cómplices vacilaban, les dijo para animarlos:

-Compadrito, a lo hecho, pecho.

-Yo no creí que el tiro saliese sin puntero -respondió Escobedo, sacudiendo un lloqque40 que tenía entre las manos.

-Si vienen las justicias, ya saben ustedes lo que hay que hacer -instruyó Estéfano.

-¿Y qué? ¿Y si nos llevan a declarar con juramento? -observó Escobedo.

-No saber nada, compadre, y... eso lo acordaremos bien cuando comiencen las cosas; vale que soy el secretario del juez de paz.

-Culpemos a los indios muertos -opinó uno.

-Entregaremos al campanero; ese indio tiene vacas y puede pleitear -dijo otro.

-Hombre, ¿y tú hablaste con Rajita esa noche? -preguntó Escobedo al primero de los opinantes.

-Yo, no; el que habló fue don Estéfano -repuso el aludido.

-Sí, yo hablé con él -afirmó Benites.

-¿Y cómo fue eso? Yo pienso citarlo a Rajita, porque es mi amigo, y porque tenemos pendiente un negocio de molienda de trigo -dijo con interés Escobedo.

-Bueno, lo que le dije fue: Santiago, estate sobre aviso, que por unos papeles sé que han llegado unos bandoleros a las cercanías, robando iglesias, y como la custodia del pueblo es rica, hay que guardarla.

-Está bien: Rajita me quiere mucho; es capaz de seguirme al purgatorio -apoyó Escobedo sonriendo y dándose golpecitos en los pies con el lloqque.

-No se descuiden, pues, de averiguar lo que pasa, ¿eh? Yo me voy donde don Sebastián, para que hagamos los apuntes -dijo Benites despidiéndose de sus colegas.

Y cada cual se fue a su mentidero, que así se llaman las esquinas de la plaza, nombre dado por ellos mismos en un momento de inspiración.

La asonada había pasado, pues, tal como se fraguó en la casa parroquial, aunque sin los resultados perseguidos por aquellos ciegos conservadores de sus costumbres viciadas.

Reunidas las gentes, se señaló la casa de don Fernando como el refugio de los supuestos bandoleros, y como los momentos de excitación del populacho nunca son de reflexiones, creyeron y atacaron. Esa fue la tragedia.

Después, la palabra valerosa de un joven casi desconocido en el pueblo, seguido de una mujer tan respetable y querida como doña Petronila, impuso la tregua a que siguió la calma; y luego, con ese cambio rapidísimo de sentimientos populares, vino el arrepentimiento, el horror a lo ya ejecutado, que con los tornasolados celajes de la aurora se contempló como la farsa más inicua.

La autoridad judicial se apersonó en el lugar del siniestro, y dos peritos nombrados ad hoc expidieron su informe en términos tan técnicos como oscuros para llegar a la investigación de la verdad.

A la entrada de don Fernando, Lucía, don Sebastián y Manuel al cuarto de Marcela, que acababa de morir, el cadáver, aún tibio, yacía tendido en un ligero catre de hierro sin toldilla, cubierto con una frazada blanca de listas azules y carmesí, tejida en el lugar, y sus brazos extendidos sobre la cama dejaban descubierta una parte del hombro.

Arrodillado junto al lecho mortuorio, con el rostro escondido entre las manos, estaba el cura Pascual.

Margarita, casi totalmente transformada, con una batita negra de percal, los cabellos sueltos y los ojos reverberantes con las lágrimas que brotaban desde su corazón, agarraba una de las manos de la muerta.

Lucía sacó del bolsillo de su bata un pañuelo blanco, y con él cubrió el rostro de la difunta, con el respeto que le inspiraba aquella mártir de su amor de madre, de su gratitud y de su fe.

En el cerebro de Lucía bullían las revelaciones que Marcela le confió en sus últimos momentos. Don Fernando y don Sebastián se quedaron en medio de la habitación, y Manuel, fijándose en Margarita, sintió agolparse a su corazón toda la sangre de sus venas.

¿Entraba en aquella habitación en el momento psicológico que se revuelven las grandes pasiones del corazón humano? ¿Era que conocía a Margarita en situación tan solemne y cuando su alma estaba predispuesta por tantas sensaciones encontradas al estallido de las más grandes de las pasiones? ¿Era una confusión de sentimientos o la belleza notable de Margarita lo que sojuzgó el corazón del estudiante de segundo año de Derecho?

No lo sabemos, pero el arquero niño infiltró el alma de Margarita en el corazón de Manuel; y junto al lecho de muerte nació el amor que, rodeado de una valla insuperable, iba a conducir a aquel joven, nacido al parecer en esfera superior a la de Margarita, a los umbrales de la felicidad.

En la habitación mortuoria nunca es animada la palabra.

Frases dichas a media voz, pasos cautelosos y cuchicheos, como si todavía se velase a un enfermo; tal es el cuadro donde todos imitan el silencio sepulcral.

Por esta vez fue el cura Pascual quien dejando su actitud de recogimiento, con mirada vaga y voz clara, dijo:

-Alabad todos a Dios, porque, dando hoy la gloria a una santa en el cielo, redime a un pecador en la tierra. ¡Hijos míos! ¡Hijos míos! ¡Perdón! ¡Pues yo prometo en este templo augusto, aquí, frente a las reliquias de una mártir, que para este pecador comenzará una era nueva...!

Todos quedaron estupefactos, y miraban al cura Pascual, creyendo que estaba loco.

Pero él, sin darse cuenta, continuó:

-No creáis que en mí hubiese muerto la semilla del bien que deposita en el corazón del hombre la palabra de la madre cristiana. ¡Desdichado el hombre que es arrojado al desierto del curato sin el amparo de la familia! ¡Perdón! ¡Perdón...!

Y volvió a caer de rodillas, entrelazando las manos en actitud suplicante.

-Desvaría -dijo uno.

-Se ha vuelto loco -observaron otros.

Don Fernando, adelantando varios pasos, tomó del brazo al cura Pascual, lo levantó y le condujo a su escritorio o cuarto de trabajo, para ofrecerle un descanso.

Lucía, dirigiéndose a los presentes, dijo:

-¡Dios mío...! Pero... ¡Vamos! Dejemos en paz a quien no es ya de aquí.

Y señaló el cadáver de Marcela.

Manuel, tomando de un brazo a Margarita, contestó con voz dulce:

-¡Señora, si Marcela ha partido al cielo arrancando lágrimas, esta niña viene de allá infundiendo esperanzas!

-Dice bien Manuel, Margarita, si no pude hacer felices los días de tu madre, haré colmados de dicha los años de tu existencia: ¡tú serás mi hija! -repuso Lucía dirigiéndose a la huérfana.

Aquellas palabras cayeron como lluvia vivificante sobre el joven que, mirando a Margarita, se repetía interiormente:

-¡Qué linda! ¡Es un ángel! ¡Ah!, yo también trabajaré por ella.

-¡Vamos! -repitió Lucía tomando del brazo a don Sebastián, que parecía una estatua de sal-. Tenemos que cumplir los últimos deberes con la que fue Marcela.

Y le sacó, dejando que Manuel llevase a la huérfana, que, por una misteriosa combinación, salía de la vivienda mortuoria de su madre conducida por el hombre que tanto iba a amar en la vida.

Capítulo XXV

Positiva es la influencia simpática que ejerce ante sus semejantes el hombre que, reconociendo la mala senda, se detiene para desandar lo andado y pide el amparo de los buenos.

Por descorazonado y egoísta que sea el actual siglo, es falso que el arrepentimiento no inspire interés y merezca respeto.

Las palabras del cura Pascual habían conmovido los nobles sentimientos de don Fernando Marín, en grado tal, que adquirió completa disposición para apoyar, o mejor dicho, defender al párroco de las complicaciones que sobreviniesen en el curso de los acontecimientos iniciados con la intervención del juzgado; pero el señor Marín era hombre de mundo, conocedor del corazón humano, y en la actitud del cura Pascual vio una faz diferente de la que el vulgo veía, y dijo para sí:

-Esta es la explosión del susto, el sacudimiento nervioso que produce el miedo; yo no puedo tener fe en las palabras de este hombre.

Mientras tanto el cura Pascual, como adivinando por intuición el pensamiento del señor Marín, dijo a éste:

-No quiero detenerme, don Fernando. Las resoluciones acompañadas de vacilación se desvirtúan. He sido más desgraciado que criminal. Mienten los que, sentando una teoría ilusoria, buscan la virtud de los curas lejos de la familia, arrojados en el centro de las cabañas, cuando la práctica y la experiencia, como dos punteros de la esfera que han de señalar con infalibilidad la hora, nos marcan que es imposible conseguir la degeneración de la naturaleza del hombre.

-Usted ha podido ser un sacerdote ejemplar, cura Pascual -contestó el esposo de Lucía, casi apoyando las últimas palabras de su interlocutor.

-Sí, en el seno de la familia, don Fernando, pero hoy, ¡puedo decirlo delante de usted!, solo, en el apartado curato, soy un mal padre de hijos que no han de conocerme, el recuerdo de mujeres que no me han amado nunca, un ejemplo triste para mis feligreses, ¡ah...!

La voz del párroco estaba ahogándose; gruesas gotas de sudor corrían por su frente y su mirada infundía, más que respeto, miedo.

-Cálmese, cura Pascual, ¿a qué tanta exaltación? -dijo don Fernando con ademán compasivo, a la vez que con la fisonomía demudada por la sorpresa, pues aquel que tenía delante no era el cura Pascual que vio y trató tantas veces; era el león despierto del letargo con el dolor de una herida mortal, desgarrándose sus propias entrañas.

-La revelación de Marcela... -dijo el cura por toda respuesta, tapándose la cara con ambas manos y volviéndose a descubrir para levantarlas al cielo como sobrecogido de espanto.

¿Eran horribles, acaso de magnitud y trascendencia, aquellas palabras de la revelación sacramental? Indudablemente.

Cualesquiera que ellas fuesen, cayendo sobre un ánimo ya preparado por el terror que le infundió el resultado de la asonada y la sobreexcitación cerebral producida por el licor y los placeres que apuró en brazos de Melitona, agregándose a esto las palabras que lanzó Manuel como un tremendo reto, todo debía producir su estallido.

En tales situaciones el hombre va a los dos extremos de la vida social: la virtud o el crimen.

Pero el pobre organismo del cura estaba gastado totalmente, y la reacción para el bien no podía ser indicio de perseverancia. Aquél era el delirium tremens que asalta el cerebro, mostrándole fantasmas que hablan y amenazan. Sus labios estaban —779→ secos, su respiración quemada; mas el cura, continuando su discurso interrumpido por una lucha interior, dijo:

-La mujer es como la miel: tomada en cantidad agota la salud... ¡Estoy resuelto, don Fernando...!

El cura Pascual deliraba, y cayó al suelo completamente privado, de donde lo levantaron presa de una fiebre tifoidea, y fue preciso conducirlo a su casa, desierta de los afectos y cuidados de familia y de todo auxilio.

No había para el infeliz más asistentes que su pongo y sus mitayas41 forzosas, ni más cariño que el de su perro.


Capítulo XXVI

Todas las elevadas cumbres de las montañas que rodean Kíllac estaban cubiertas de esa palidez que a veces derrama el astro rey, al hundirse en el ocaso, y, que en el país se ha dado en llamar el sol de los gentiles.

Estaba tranquila la tarde y las cigarras comenzaban a cruzar el espacio, anunciando la llegada de la noche con ese zumbido del qqués-qqués.

Lucía y Manuel, en presencia de don Sebastián, se ocupaban de los últimos arreglos para el entierro de Marcela, cuando entró don Fernando, a quien dijo su esposa:

-¡Fernando! ¡Qué cosas!, ¿no? ¿Sigue el arrepentimiento del pobre cura?

-Hija, el cura Pascual se está muriendo con fiebre, y en el delirio dice cosas que estremecen el alma -contestó don Fernando pasándose la mano por la frente.

-¡Dios me ampare y me favorezca! ¡Ahora no falta más que vengan las justicias francamente, esto es horrible! -repetía golpeándose la frente con la palma de la mano.

-Calma, don Sebastián, no vaya usted a ponerse malo -dijo don Fernando llevando la mano al hombro del gobernador.

En aquel momento lanzó su primer clamor la campana del templo, tocando a muerto y pidiendo en su doble una oración para Marcela, mujer de Yupanqui...

Lucía, que tenía cerca a Margarita, la trajo hacia su corazón, y estrechándola contra su pecho, le dijo:

-Vamos a buscar a tu hermanita Rosalía; hace tantas horas que no la vemos...

Y dirigiéndose a su marido, agregó:

-Fernando, tú entiéndete con ellos; yo voy a preparar el albergue prestado para las dos aves sin nido.

-¡Margarita! ¡Margarita! -murmuró Manuel al oído de la niña-. ¡Lucía es tu madre, yo seré... tu hermano!

Y resbaló una lágrima por el rostro del joven, como la perla valiosa con que su corazón pagaba a Lucía el cariño por la huérfana, cuyo altar de adoración ya estaba levantado en su alma con los lirios virginales del primer amor.

¡Amar es vivir!


<<<
>>>