Ayax (Velasco y García tr.)

VI
Ayax
Atena. |
Un mensajero. |
¡Oh voz de Atena, de aquella de todas las Diosas que me es más querida! ¡Aunque permaneces invisible, tu palabra penetra en mis oídos y resuena en mi espíritu, tal como el sonido estrepitoso de la trompeta de bronce de los tirrenos! Y, ahora, has comprendido bien que rondaba en torno á ese enemigo, Ayax, el que lleva el escudo; porque es él mismo, y no otro, el que vengo espiando hace mucho tiempo. Esta noche, ha cometido contra nosotros una acción perversa que no hemos visto; si es que la ha cometido, sin embargo, porque no sabemos nada de seguro, y andamos vagando inciertos. Por eso me he impuesto la tarea de hacer averiguaciones. Hemos encontrado todo el ganado del botín muerto y degollado por una mano desconocida, juntamente con los guardianes del rebaño. Todos acusan á Ayax de esta acción; y uno de los guardas me ha referido y afirmado que le había visto marchando solo á grandes pasos á través del llano, empuñando una espada recién teñida en sangre. He seguido al punto sus huellas y he aquí que encuentro algunas indudables y otras con las que me hallo turbado, y no sé quién me dará una certidumbre. Así es que vienes á tiempo, porque, para las cosas pasadas y para las futuras, me veo conducido por ti.
Sabía esto, Odiseo, y me he puesto en camino hace largo tiempo para protegerte y favorecer tu caza.
Querida dueña, ¿me he tomado un trabajo que no será inútil?
¡Ciertamente! porque él es quien ha hecho eso.
¿En virtud de qué demencia furiosa ha obrado así?
Y por qué se ha lanzado sobre los rebaños?
Estaba en la creencia de que mojaba sus manos en vuestra sangre.
¿Meditaba, pues, esa matanza contra los argivos?
Y la habría hecho, si yo me hubiera descuidado.
¿Con qué audacia y con qué arrogancia de espíritu?
Por la noche, y furtivamente, ha salido solo contra vosotros.
¿Se ha acercado mucho? ¿Ha alcanzado el término del camino?
Ya tocaba á las tiendas de los dos jefes.
¿Y cómo ha detenido su mano ávida de matanza?
Le he rehusado esa alegría irremediable, habiendo enviado imágenes engañosas á sus ojos. Y le he desviado hacia el ganado del botín, hacia los mezclados rebaños, no repartidos todavía, y que los boyeros guardaban en confusión. Y se ha precipitado, matando á los bueyes portadores de TOMO II cuernos, hiriendo aquí y allá, creyendo matar por su mano á los Atreidas, y lanzándose tan pronto sobre uno, tan pronto sobre otro. Y yo excitaba al hombre acometido por la furiosa demencia y le hacía caer en asechanzas. Al fin, descansando de su faena, ha atado los bueyes sobrevivientes y los demás rebaños, y se los ha llevado todos á sus tiendas, cierto de poseer hombres y no bestias cornudas; y ahora los atormenta, atados en su tienda. Pero yo volveré su mal manifiesto, para que lo veas y lo relates á todos los argivos. Quédate aquí con confianza y no temas nada de ese hombre. Yo volveré sus ojos hacia otro lado, no sea que distinga tu rostro. ¡Hola! ¡Tú que oprimes con ligaduras manos cautivas! ¡Ayax, yo te llamo, ven aquí, sal!
¿Qué haces, Atena? No le llames afuera.
Cállate y no temas nada.
¡Por los Dioses! ¡Que siga más bien en su tienda!
¿Qué tienes, pues? ¿No ha sido éste siempre un hombre?
Es mi enemigo, y ahora más todavía.
¿No es muy agradable reirse de los enemigos?
Me basta con que permanezca en su tienda.
Si tuviera sano el espíritu, no temería mirarle.
Pero, ahora, no te verá, aun estando cerca.
¿Cómo, si mira con los ojos?
Todo puede ser hecho, cuando en ello trabaja un dios.
Ahora sé mudo y quédate donde estás.
Me quedaré. No obstante, mejor querría estar lejos de aquí.
¡Hola! Tú, Ayax, te llamo de nuevo. ¿Por qué haces tan poco caso de tu protectora?
¡Salve, ¡oh Atena! salve, hija de Zeus! ¡Cuán á tiempo vienes! Yo te colmaré de dorados despojos, á cambio de este botín.
De ello puedo gloriarme y no negaré el hecho.
¿Has puesto una mano armada sobre los Atreidas?
De modo que ya no ultrajen á Ayax.
¿Han perecido, si comprendo bien tus palabras? AXAX Muertos son. ¡Que me arranquen ahora mis armas!
Bien. Pero ¿y el hijo de Laertes? ¿Cuál ha sido su suerte? ¿Es que se te ha escapado?
¿Preguntas dónde está ese zorro sutil?
Sin duda: hablo de Odiseo, tu adversario.
Está atado en mi tienda, ¡oh dueña! y es ese un espectáculo muy agradable para mí. No quiero que muera todavía.
Antes, habiéndole atado á una columna de la morada...
Es preciso que tenga, antes de morir, la espalda toda ensangrentada por el látigo.
No desgarres así á ese desdichado.
Yo haré todas las otras cosas que te agraden, Atena; pero sufrirá ese castigo, no otro.
Puesto que te place obrar así, hiere, y no olvides nada de lo que quieres hacer.
Voy á obrar, y te pido que vengas así siempre en mi ayuda.
Mira, Odiseo, cuán grande es el poder de los Dioses. ¿Has encontrado nunca un hombre más sensato y mejor en la acción que lo era éste?
Nadie, en verdad. Tengo piedad de este desventurado, por más que sea mi enemigo, porque es víctima de un destino adverso, y pienso en el mío tanto como en el suyo, porque todos los que vivimos no somos nada más que imágenes y sombras vanas.
Puesto que ves esto, guárdate de hablar jamás con insolencia de los Dioses, y de no henchirte de orgullo, si prevaleces sobre alguno por tu fuerza ó por la abundancia de riquezas. Un solo día abate ó levanta las cosas humanas. Los Dioses aman á los modestos y aborrecen á los impíos.
Compañeros marinos de Ayax, salidos de los Erecteidas nacidos de Gea, nos es preciso gemir, nosotros que tenemos cuidado de la casa de Telamón, porque el terrible, el grande, el vigorosísimo Ayax gime ahora víctima de la violencia del mal.
¿Cómo recordaré esta horrible cosa? Vas á conocer una desgracia no menos terrible que la muerte. Esta noche, el ilustre Ayax, atacado de demencia, se ha cubierto de ignominia. Puedes ver en su tienda los animales degollados y ensangrentados, víctimas del hombre.
¡Ay de mí! Es, pues, de allí, es de allí de donde ha vuelto, trayendo los rebaños llenos de ligaduras; y ha degollado los unos tumbados en la tierra, y ha cortado los otros por el medio, á través de los costados. Y ha cogido dos carneros blancos, y ha cortado la cabeza del uno y el cabo de la lengua que ha arrojado á lo lejos; y el otro lo ha atado de pie una columna con una correa de caballo, golpeándole con un doble látigo y abrumándole á palabras insultantes que sólo un dios, y no un hombre, le ha enseñado.
Pero, si se ha apaciguado, creo que eso es muy beneficioso para él. En efecto, la inquietud de un mal pasado es menor.
¿Qué escogerías, si te fuese dado escoger: ó afligiendo á tus amigos, estar alegre tú mismo, ó sufrir de los mismos males?
Es más amargo, ¡oh mujer! sufrir por los dos lados.
Por más que estemos librados de ese mal, estamos sin embargo expuestos á la desgracia.
¿Cómo has dicho? No comprendo tus palabras.
En verdad, pienso como tú, y temo que esta plaga no haya sido infligida á este hombre por un dios. ¿Cómo, en efecto, puesto que se halla librado de su mal, no está más alegre que cuando estaba enfermo?
Las cosas son así, sábelo bien.
¿Cuáles han sido los comienzos de ese mal que le ha invadido? Dínoslo, á nosotros que gemimos contigo.
Te diré todo lo que ha sucedido, puesto que compartes mi dolor. En plena noche, cuando las antorchas de la velada ya no ardian, habiendo cogido una espada de dos filos, pareció querer salir sin razón. Entonces le interpelé con estas palabras: «¿Qué haces, Ayax? ¿Adónde vas, no llamado, ni apremiado por algún mensaje, ni por el sonido de la trompeta? Ahora, todo el ejército duerme.» Y él me respondió esta breve frase siempre dicha: «Mujer, el sitencio es el honor de las mujeres.» Habiéndole oído, me calléy él se lanzó solo afuera. y no sé lo que ha sucedido en el intervalo. Después, volvió, trayendo á su tienda, atados juntos, toros, perros de pastor y todo un botín cornudo, y cortó la cabeza á los unos, y, derribando á los otros, les degolló y les hizo pedazos; y ató á otros, que desgarró á latigazos, hiriendo aquel ganado como si hiriese á hombres. Después, se lanzó fuera, hablando con voz ronca á no sé qué espectro, insultando, tan pronto á los Atreidas, tan pronto Odiseo, con risas y envaneciéndose de haberse vengado de sus injurias. Después, se precipitó en su tienda, y, volviendo en sí ál cabo de largo rato, cuando vió su morada llena de carnicería por su demencia, se golpeó la cabeza, gritó y se arrojó sobre los cadáveres del rebaño degollado, mesándose los cabellos con las uñas. Y permaneció así largo tiempo mudo. Luego, me amenazó con un gran castigo si no le revelaba todo lo que había ocurrido, y me preguntó por fin en qué estado había caído. Y yo, llena de temor, ¡oh amigo! le referí todo, en cuanto lo sabía. Y al punto se lamentó con alaridos lúgubres tales como jamás había oído salir de él; porque acostumbraba á decir que lamentarse de ese modo era de un hombre cobarde y de un corazón vil.
Por eso, cuando estaba acometido por el dolor, sin gritos ni lamentos, gemía sordamente como un toro que muge. Ahora, abrumado por ese infortunio, sin beber ni comer, permanece sentado é inmóvil en medio de los animales degollados por el hierro; y es evidente que medita algún mal designio, porque lo atestigua con sus palabras y con sus gemidos. Por eso, ¡oh queridos! es por lo que he venido. Entrad, y, si podéis, id en su ayuda, porque los hombres tales como éste suelen ser persuadidos por las palabras de sus amigos.
¡Ay de mí! ¡Ay!
Tecmesa, hija de Teleutas. nos refieres cosas terribles diciéndonos que este hombre está atacado de demencia.
¡Ay de mí!
Parece que su mal va á crecer. ¿No oís cómo Ayax lanza clamores?¡Ay de mí! ¡Hijo, hijo!
¡Otra vez! Parece víctima del mal ó turbado por el recuerdo de los males pasados.
Llamo á Teucro. ¿Dónde está Teucro? ¿Andará siempre buscando botín? En cuanto á mí, yo muero.
Se diría que vuelve en sí. Abrid la entrada. Quizá, si me ve, tendrá alguna vergüenza.
Ya abro. Puedes mirar lo que ha hecho y cómo está él mismo.
¡Oh queridos compañeros marinos, mis únicos amigos, los únicos que me habéis guardado vuestra fe, ved por qué olas de sangrienta tempestad me encuentro rodeado!
¡Ay de mí! No me has atestiguado, Tecmesa, sino cosas demasiado verdaderas. Esto prueba con exceso que se encuentra en estado de demencia.
AXAX¡Oh hábiles marinos, mis compañeros, que, en la nave, movéis el remo, vosotros, vosotros solos, entre los que se cuidaban de mí, estáis prontos á socorrerme! ¡Vamos! ¡matadme!
Veis este hombre audaz, de gran corazón, intrépido otras veces en los combates, atrevido ahora contra pacíficos animales? ¡Oh! ¡qué de risas excitaré! ¡En qué oprobio he caído!
Dueño Ayax, no digas tales cosas, yo te conjuro.
¿No has salido? ¡Vuelve el pie atrás! ¡Ay de mí! ¡Ay!
Por los Dioses, yo te lo suplico, vuelve á la razón.
¡Oh infeliz, que he dejado á esos impíos escapar de mi mano, y que, precipitándome sobre bueyes de retorcidos cuernos y sobre rebaños baladores, he derramado su sangre negra!
¿A qué te atormentas por cosas realizadas? Nada puede hacer que lo que es no sea.
¡Oh tú que todo lo espías, obrero de desdicha, hijo de Laertes, sórdido vagabundo del ejército, cómo debes reir á carcajadas en tu alegría!
¡Que no le vea cara á cara, aunque estoy abrumado de males, ¡ay de mí!
No hables orgullosamente. ¿Olvidas que eres víctima del infortunio?
¡Oh Zeus, primer padre de mis ascendientes! Pueda yo, habiendo muerto á ese charlatán y odioso embustero y á los dos reyes también, morir al fin yo mismo.
Si haces esa imprecación, desea también mi muerte. ¿Qué me importa vivir, muerto tú?
Tin ¡Oh oscuridad, luz mía! ¡Oh Erebo para mí muy espléndido! ¡Recibid, recibidme por habitante, recibidme! ¡porque no soy digno en adelante de ser socorrido ni por los Dioses, ni por la raza de los mortales! La poderosísima hija de Zeus me atormenta hasta la muerte. ¿Adónde huiré? ¿Dónde me detendré? Si todo me falta, amigos, la venganza, siguiendo mis huellas, me verá tendido sobre las víctimas de mi demencia, y ocurrirá seguramente que todo el ejército me matará atacándome por los dos lados.
¡Oh desventurado! ¿Es posible que un hombre tan prudente hable así, cosa que no hubiera jamás querido hacer antes?
¡Oh estrechos y antros donde resuenan las olas del mar, oh prados de la ribera, largo tiempo, largo tiempo me habéis retenido delante de Troya, pero no me veréis en adelante respirando la vida! ¡Que quien lo oye lo sepa! ¡Oh cercanas ondas del Escamandro, benévolas para los argivos, no veréis más á este hombre. lo digo con orgullo, que no ha sido igualado por ninguno de los que han venido de la tierra helénica á Troya! ¡En cuanto á él, ahora yace deshonrado en tierra!
Estás acechado por males tan terribles que no sé si debo contenerte ó dejarte hablar así.
¡Ay, ay! ¿Quién hubiera jamás pensado que mi nombre convendría así á mis males? Ahora, en efecto, ¿por qué no gritaré dos ó tres veces: ¡Ay! ¡Ay! sumido como estoy en semejantes males? Mi padre volvió en otro tiempo de esta misma tierra del Ida, habiendo obtenido los más altos premios de las más grandes acciones guerreras y la más ilustre gloria; y yo, su hijo, que he venido á esta misma Troya con no menor denuedo y que he llevado á cabo acciones igualmente grandes, muero deshonrado entre los argivos. Pero, al menos, tengo por cierto que si Aquileo vivo hubiese discernido sus armas á quien hubiera alcanzado la palma del valor, ninguno las habría tenido mejor que yo. Ahora, por sus astucias, los Atreidas las han entregado, con menosprecio de mis gloriosas acciones, á un hombre sutil é impío.
Y si estos ojos y este espíritu turbado no me hubieran desviado de lo que había resuelto, no podrían en lo sucesivo pronunciar un juicio semejante contra nadie. Pero la hija imponente y no domada de Zeus me ha alucinado, cuando alzaba la mano sobre ellos, y me ha enviado una demencia furiosa que ha hecho que haya manchado mis manos con la sangre de estos animales. Y ahora, habiendo escapado de mí contra mi voluntad, se burlan de mí; pero, cuando un dios lo quiere, el cobarde escapa del más valiente. ¿Qué es preciso, pues, que haga? Soy evidentemente detestado por los Dioses, el ejército de los helenos me aborrece, y soy odioso á Troya entera y á este país. ¿Atravesaré el mar Egeo, volviendo á mi morada, abandonando esta estación de naves y dejando á los Atreidas? Pero ¿con qué cara me presentaré á mi padre Telamón? ¿Cómo sostendrá la vista del que vuelve sin gloria y privado de esos premios al valor de que él había obtenido el honor ilustre? Esto no es soportable. ¿Si, precipitándome contra los muros troyanos, combatiese solo contra todos ellos, y si, llevando á cabo una acción heroica, muriese al fin? Pero haría una cosa útil y agradable á los Atreidas. Esto no me place nada. Es preciso intentar otra vía por la cual pruebe á mi anciano padre que no ha nacido de él un cobarde. En efecto, es vergonzoso para un hombre desear una larga vida si no hay remedio alguno á sus males.
¿Qué es lo que un día añadido á otro día puede traer de felicidad, haciendo retroceder la muerte al siguiente? No estimo en ningún precio al hombre que se lisonjea con una vana esperanza. O vivir gloriosamente ó morir lo mismo conviene á un hombre bien nacido. Esto es todo lo que tengo que decir.
Nadie dirá jamás, Ayax, que ese lenguaje no es tuyo y te ha sido inspirado, porque es propio de tu espíritu. Reprime, sin embargo, esa cólera, y, olvidando tus penas, déjate regir por tus amigos.
¡Oh dueño Ayax! No hay mal más terrible para los hombres que la servidumbre. Yo nací de un padre libre y más poderoso por sus riquezas que ningún otro entre todos los frigios, y ahora soy esclava. Así los Dioses y sobre todo tu brazo lo han querido. Por eso, desde que he entrado en tu lecho, me preocupo de lo que á ti se refiere. Te conjuro, pues, por Zeus que protege el hogar, por tu lecho donde te has unido á mí, no me dejes convertirme en el triste objeto de risa y el juguete de tus enemigos, entregándome al capricho de cada cual. El día en que, muriendo, me abandones con tu muerte, no dudes que, violentamente arrebatada por los argivos, coma, con tu hijo, un alimento servil. Y algún nuevo dueño, insultándome, me dirá tal vez esta frase amarga: «Mirad la esposa de Ayax, que fué el más poderoso del ejército por su fuerza; ved qué servidumbre sufre en lugar del destino envidiable que era el suyo.» Dirá tales palabras, y la dura necesidad me atormentará, y esas palabras deshonrarán á ti y á tu raza. ¡Respeta á tu padre, que abandonarás agobiado por una triste ancianidad; respeta á tu madre cargada de numerosos años, que suplica sin descanso á los Dioses, para que vuelvas sano y salvo á la morada! ¡Oh Rey, ten piedad también de tu hijo, que, privado de los cuidados debidos á su edad, y privado de ti, será maltratado por tutores injustos, tantas miserias nos dejarás á él y á mí, si mueres! No hay nada, en efecto, que yo pueda mirar, si no eres tú, puesto que has destruído mi patria por la lanza, y la Moira ha arrebatado á mi padre y á mi madre, que han muerto y habitan en el Hades. ¿Quién podría, fuera de ti, reemplazar patria y riquezas? Mi única salvación está en ti.
Acuérdate, pues, de mí. Conviene que un hombre se acuerde de lo que le ha agradado, y la gratitud acarrea siempre la gratitud. Aquel en quien se desvanece la memoria de un beneficio, no puede ser tenido por un hombre bien nacido.
Quisiera, Ayax, que fueses tocado de piedad como yo.
Alabarías, en efecto, sus palabras.
Yo le tributaría grandes alabanzas si se atreviese á realizar lo que voy á ordenarle.
¡Oh querido Ayax, te obedeceré en todo!
Tráeme, pues, á mi hijo, para que le vea.
Acometida de temor, le había alejado.
¿Es por terror de mi mal, ó quieres hablar de algún otro temor?
TOMO II
Temía que el desgraciado muriese si te encontraba por casualidad. SÓFOCLES
Ello no hubiera sido imposible á mi Genio.
Así he obrado para arrojar la desgracia lejos de él.
Te alabo por ese proceder y por tu previsión.
¿Qué servicio puedo prestarte ahora?
Haz que le vea frente á frente y que le hable.
Está guardado cerca de aquí por los sirvientes.
AXAX ¿Por qué tarda y no viene con prontitud?
¡Oh hijo! Tu padre te llama. ¡Que aquel de los sirvientes que tiene cuidado de él le traiga aquí!
¿Acude á tus palabras, ó no las ha oído?
Hele aquí: un sirviente le trae.
AXAX Tráele, tráele aquí. No se espantará, á la vista de este degüello, si verdaderamente ha nacido de mí; antes bien, es preciso que, desde muy joven, se haga á las costumbres bravías de su padre, y que tenga un natural semejante al suyo. ¡Oh hijo, plegue á los Dioses que seas más feliz que tu padre y semejante á él por lo demás! Así serás irreprochable. Y, ahora, me es lícito llamarte dichoso, porque no sientes nada de mis males. La vida más dichosa es no saber nada, hasta que se aprende á regocijarse ó á gemir. Cuando hayas llegado á esa edad, es preciso que pienses entonces en mostrar á mis enemigos de qué padre has nacido. Mientras tanto, aliméntate de dulces alientos y deja crecer tu joven vida, delicias de tu madre. Ninguno de los aqueos, lo sé, te insultará con odiosos ultrajes, aun en mi ausencia, porque te dejaré un guardián vigilante, Teucro, que te criará y te educará. Ahora está lejos de aquí, haciendo botín. Pero vosotros, hombres portadores de escudos, pueblo marino, os ordeno, si consentís en ayudarle, que le anunciéis mi voluntad, para que, habiendo conducido este niño á mi morada, le muestre á mi padre Telamón y Eribea, para que sea el sostén de. su vejez. En cuanto á mis armas, que ni los jueces de los juegos ni el que me ha perdido las ofrezcan como premio á los aqueos; antes bien, este escudo, de siete pieles de buey de espesor é impenetrable, del cual has recibido tu nombre, tómalo, hijo Eurisaces, y poséelo, para hacerlo mover con ayuda de la correa. Mis otras armas serán sepultadas conmigo. Mujer, recoge este niño de prisa, cierra la entrada de la morada, y no prorrumpas en gemidos ante la tienda. Ciertamente, la mujer está siempre demasiado pronta á llorar. Te digo que cierres prontamente la puerta. No es de un sabio médico hacer encantaciones para un mal que no pide mas que ser cortadomi madre
Estoy espantado de oir esta violencia apresurada, y tus rudas palabras no me agradan.
¡Oh dueño Ayax! ¿qué meditas en tu espíritu?
¡Ay de mí! ¡Cuán desesperada estoy! ¡Te conjuro por los Dioses, por tu hijo, no nos abandones!
Me importunas demasiado. ¿No sabes que estoy dispensado de todo deber para con los Dioses?
¡Pronuncia palabras de buen augurio!
Habla á quien te oiga.
¿No te persuadirás, pues?
Hablas desmedidamente.
Estoy espantada, en efecto, ¡oh Rey!
¿No la encerraréis prontamente?
¡Por los Dioses, apacíguate!
¡Oh ilustre Salamina rodeada de olas, tú que vives ahora feliz y siempre gloriosa para todos los hombres; en cuanto á mí, desgraciado, espero desde hace mucho tiempo la posesión de las llanuras del Ida, en el transcurso sin fin de los meses, gastado por el curso móvil del tiempo, y alimentando la amarga esperanza de que partiré al fin para el sombrío y odioso Hades!
Y aumenta mis males ver á Ayax que no puede curar, ¡ay de mí! acometido de una demencia divina, él á quien enviaste hace tiempo para que fuera victorioso en las luchas de Ares, y que, ahora, privado de su juicio, causa una amarga aflicción á sus amigos, porque las grandes acciones que ya ha realizado con sus valientes manos son desdeñadas por los ingratos Atreidas.
Ciertamente, cuando su anciana madre, invadida por la blanca vejez, sepa que está acometido de demencia, no exhalará una suave queja, ni un triste canto como el desgraciado ruiseñor, sino que lanzará clamores y alaridos, y su pecho resonará con los golpes de sus manos, y se mesará los blancos cabellos.
Porque valdría más que fuese sepultado en el Hades que estar afligido por un mal irremediable, él que, sobresaliendo sobre los bravos aqueos por la excelencia de su raza, no tiene sus ordinarias costumbres, y cuyo espíritu se halla extraviado. ¡Oh desdichado padre, es preciso que conozcas la calamidad lamentable de tu hijo, tal como la raza de los Eácidas no la ha sufrido jamás, excepto en éste!
El tiempo largo é infinito manifiesta á la luz todas las cosas ocultas y oculta las cosas manifiestas, y no hay nada que no pueda suceder. La santidad de los juramentos sagrados es violada y el rigor de los firmes espíritus es vencido. Yo que, hace poco, resistía á todo victoriosamente, como el hierro aceitado, he aquí que me veo ablandado por esta mujer, y tengo compasión de dejarla viuda y á mi hijo huérfano en medio de mis enemigos. Pero me voy á los baños y á las praderas de la orilla, para, purificado de mis manchas, escapar á la cólera terrible de la Diosa. Cuando llegue á un lugar desierto y no frecuentado, esconderé esta espada, la más odiosa de las armas, en la excavada tierra, allí donde nadie la vea. La noche y Ades la guardarán bajo tierra, porque, desde el día en que la recibí de Héctor. ese enemigo tan mortal, nada bueno me ha venido de los argivos. Y es verdadera esta sentencia que comúnmente se dice: los dones de un enemigo no son ni dones, ni cosas útiles.
Por eso sabremos en lo sucesivo ceder ante los Dioses, aprenderemos á reverenciar á los Atreidas. ¿Por qué no? La grandeza y el poder ceden ante el que manda; los inviernos nivosos ceden el lugar á los estíos fructíferos; el astro de la noche sombría retrocede cuando resplandece el día conducido por sus blancos caballos; y el soplo de los vientos huracanados se apacigua sobre el mar quejumbroso; y el sueño, que domina á todos los vivos, desliga á los que había encadenado, y no los retiene siempre. ¿Por qué nosotros no hemos de aprender á ser más modestos? En cuanto á mí, lo aprenderé al fin, sabiendo ahora que es preciso odiar á nuestro enemigo, como si pudiese amarnos de nuevo; y, por otra parte, he de amar á un amigo y ayudarle con mis servicios, como si, algún día, pudiese convertirse en mi enemigo.
Para el mayor número de los hombres el puerto de la amistad no es seguro. Pero basta. Tú, mujer, entra, y suplica á los Dioses para que realicen lo que deseo. Y vosotros, compañeros, rendidme el mismo honor, y decid á Teucro, en cuanto venga, que se preocupe de nosotros y se tome un interés igual al vuestro. Y yo iré allí donde es preciso que vaya. Vosotros haced lo que he dicho, y tendréis noticia pronto de mi salud, por más desgraciado que ahora sea.
Ahora, de nuevo, ¡oh Zeus! resplandece una luz pura que me deja acercarme á las naves rápidas que corren sobre el mar. puesto que Ayax, habiendo olvidado sus males, ha procedido bien para con los Dioses y obedecido piadosamente sus leyes venerables. El largo tiempo destruye todas las cosas, y no niego que todo no pueda ocurrir, puesto que Ayax ha vuelto de su cólera desesperada y de sus querellas terribles con los Atreidas.
Ante todo, amigos, quiero anunciaros esto: Teucro acaba de llegar de las altas montañas misias. Habiendo venido al medio del campamento, ha sido insultado por la multitud unánime de los argivos! En cuanto le hubieron visto de lejos, se reunieron en torno suyo, y entonces le colmaron de maldiciones, sin que nadie moderase su lengua; y le llamaban el hermano del insensato, del que hacía traición al ejército, y afirmaban que nada le preservaría de morir, aplastado por las piedras; y llegaron á sacar ya sus espadas de las vainas. Sin embargo, la querella, llevada al más alto punto, se ha apaciguado, habiendo sido calmada por las palabras de los ancianos. Pero ¿dónde está Ayax, para que le refiera estas cosas, porque es preciso decirlo todo al que manda?
No está aquí, sino que acaba de salir, teniendo nuevos designios conformes á sus nuevos pensamientos.
¿En qué has faltado á tu misión?
Teucro prohibía que Ayax saliese de su tienda antes de que él mismo estuviese aquí.
Se ha marchado, pero con mejores designios, á fin de sacrificar su cólera á los Dioses.
Esas palabras están llenas de demencia, si Calcas ha pro—fetizado sabiamente.
¿Qué dice, pues, y qué ha manifestado sobre la partida de Ayax?
No sé mas que esto, habiendo estado presente yo mismo.
Calcas, habiendo salido, sin los Atreidas, del círculo en que los reyes deliberaban, y habiendo puesto familiarmente su mano derecha en la mano de Teucro, le dijo y le recomendóque retuviese á Ayax en su tienda, por todos los medios, mientras el sol luciese, y no le dejará escaparse de ella, si quería volverle á ver vivo. Y era hoy solamente, á lo que decía, cuando la cólera de la divina Atena debía perseguir á Ayax. Y el adivino decía también que estos hombres de una talla muy alta eran precipitados por los Dioses en terribles calamidades, porque, siendo hombres, no piensan como conviene á hombres. Desde que abandonó sus moradas, manifestó su demencia no escuchando los prudentes consejos de su padre. Y éste le dijo estas palabras: «Hijo, trata de vencer por medio de tus armas, pero siempre con la ayuda de los Dioses.» Y él respondió arrogante y estúpidamente: «Padre, con la ayuda de los Dioses de nada puede considerarse victorioso un hombre. Yo estoy cierto de obtener esa gloria, aun sin su ayuda.» Así se envanecía con palabras orgullosas. Después, á la divina Atena, que le excitaba y le mandaba descargar una mano terrible sobre los enemigos, respondió estas palabras soberbias é impías: «Reina, socorre á los demás argivos; allí donde yo esté, jamás el enemigo romperá nuestras líneas.» Por estas palabras y llevando su orgullo más allá del destino humano, ha excitado la cólera implacable de la Diosa. Sin embargo, si sobrevive á este día, quizá podremos salvarle, con ayuda de un dios. Así ha hablado el adivino, y Teucro me ha enviado al punto á traerte estas órdenes para que vigiles á Ayax; pero si las he traído en vano, el hombre no vive ya, ó Calcas no ha profetizado nada.
¡Oh desgraciada Tecmesa, oh raza lamentable, sal y oye qué palabras trae! El hiere en lo vivo y rechaza toda alegría.
¿Por qué me haces levantar, á mí, desdichada, que reposo apenas de mis males inagotables?
Oye de boca de este hombre qué triste nueva nos ha sido traída de Ayax.
¡Ay de mí! ¿qué anuncias, hombre? ¿Vamos á perecer?
No sé lo que será de ti, pero temo por Ayax, si ha salido.
Teucro ordena retenerle en su tienda y que le impidáis salir solo.
¿Dónde está Teucro y por qué ha dicho eso?
Acaba de llegar y teme que esa salida de Ayax le sea fatal.
¡Ay de mí! ¡Desventurada! ¿Por qué hombre ha sabido eso?
Por el adivino Testórida que ha dicho que este día mismo había de ver la muerte ó la vida de Ayax.
¡Ay de mí! Amigos, socorredme en esta necesidad que me apremia. ¡Que una parte de vosotros apresure la pronta llegada de Teucro; que los unos vayan hacia las colinas occidentales, los otros hacia las orientales, y que busquen dónde puede estar Ayax que fatalmente ha salido! Veo que me ha engañado y que me ha retirado su antiguo favor. ¡Ay de mí! ¿qué haré, oh hijo? Este no es el momento de quedarse. Iré yo misma con tanta prontitud como piedad. ¡Vamos! Apresurémonos; es preciso no detenerse.
Estoy pronto, y no son solamente palabras: la prontitud de mis pies seguirá de cerca.
La espada mortífera está enderezada de suerte que, aun poniendo cuidado despacio en ello, no podría penetrar mejor. Este don de Héctor, de ese huésped tan detestado y odioso á la vista, está hundido en la tierra enemiga de Troya. Recientemente he aguzado su hierro sobre la piedra, y lo he sujetado y preparado para que sea para mí muy benévolo y yo muera prontamente. Así estamos bien dispuestos. Después de esto, tú, el primero, ¡oh Zeus! ayúdame, como conviene. No te pediré un don considerable. Envía por mí un mensajero que lleve á Teucro la lamentable noticia para que, antes que todos los demás, se apodere de mí, atravesado por esta espada sangrienta, y para evitar que, habiéndome visto desde luego uno de mis enemigos, sea arrojado como presa á los perros y á las aves carnívoras. No te pido mas que esto, ¡oh Zeus! Al mismo tiempo, invoco á Hermes subterráneo, conductor de las almas, para que me duerma dulcemente, y allí donde haya atravesado mi costado con esta espada, muera con una caída fácil y pronta. Llamo también en mi ayuda á las Vírgenes que ven siempre las acciones de los mortales, las venerables Erinias de pies rápidos, para que sepan cómo muero miserable por causa de los Atreidas.
¡Id, oh Erinias vengadoras y rápidas, sacrificad todo el ejército y no perdonéis nada! ¡Y tú, que conduces tu carro á través del alto Urano, Helios, cuando veas la tierra de mi patria, reteniendo un poco tus riendas de oro, anuncia mis calamidades y mi destino á mi anciano padre y á mi madre mísera! Sin duda la infeliz, en cuanto haya oído esta noticia, esparcirá por toda la ciudad un gran alarido. Pero ¿de qué sirve lamentarse en vano? Más bien importa obrar con prontitud. ¡Oh Tanato, Tanato, ven ahora y mírame, aunque deba invocarte también, allí donde ambos habitaremos! ¡Y tú, vivo resplandor del día espléndido, y tú, Helios, conductor de carro, os hablo por última vez, y nunca ya en adelante! ¡Oh luz, oh tierra de la patria, suelo sagrado de Salamina! ¡Oh paterno hogar, ilustre Atenas! ¡Oh generación mía, fuentes, ríos, llanuras troyanas, yo os llamo!
¡Salve, oh criados conmigo! Ayax os dice estas últimas palabras. Yo referiré el resto á las Sombras en el Hades.
Somos nosotros, vuestros compañeros de naves.
¿Qué hay, pues?
SÓFOCLES
He recorrido todo el lado occidental del campo naval.
¿Que has encontrado?
Abundancia de fatiga, y no he visto nada más.
Yo he recorrido el lado oriental, y el hombre no se ha dejado ver por parte alguna.
¡Ay de mí! ¡ay!
¡Ay de mí! ¡Desdichada!
¿Qué ocurre?
Veo á la cautiva Tecmesa, la mujer desventurada, que prorrumpe en gemidos.
Yo perezco, yo muero; esto está concluído, amigos; nada sobrevive de mí.
¡Ved á nuestro Ayax, que yace ahí, con una herida reciente, hecha por la espada, lejos de todos!
¡Ay de mí! ¡ay! Está perdido para mí el regreso. ¡Ay!
Me has matado también, ¡oh Rey! á mí, tu compañero. ¡Oh desgraciado de mí! ¡Oh mujer lamentable!
Puesto que ello es así, ahora conviene lamentarse.
Pero ¿qué miserable mano ha cometido ese crimen?
Su propia mano, sin duda. Esa espada fija en tierra y sobre la cual se ha precipitado lo prueba.
¡Ay de mí! ¡oh infortunio! Hete aquí todo ensangrentado, sin la ayuda de ningún amigo, y yo, estúpido é inerte, he descuidado velar sobre ti. ¿Dónde está tendido el indo—mable Ayax, de nombre desdichado?
SOFOCLES
No permitiré que se le mire, sino que le cubriré enteramente con esta vestidura. Nadie, en efecto, siendo su amigo, soportaría la vista de la sangre negra que corre de su nariz y de la herida que se ha hecho él mismo. ¡Ay de mí! ¿qué haré? ¿Cuál de tus amigos te llevará? ¿Dónde está Teucro?
¡Qué á tiempo vendría si viniese ahora, para honrar á su hermano muerto! ¡Oh desgraciado Ayax, qué hombre has sido, y qué hombre lamentable te veo, en estado para arrancar lágrimas hasta á tus enemigos!
¡Ay de mí!
¡Ay de mí!
Sé que un amargo dolor penetra hasta las entrañas.
No es extraño, mujer, que gimas de nuevo, cuando una desgracia reciente te priva de un amigo semejante. Lo reconozco.
Tú razonas sobre estas cosas, pero yo las siento demasiado.
¡Ay de mí! ¡hijo, qué servidumbre vamos á sufrir! ¡Qué dueños nos están reservados!
¡Ay! ¡ciertamente, prevés, en este duelo, un horrible ultraje de los Atreidas sin piedad; pero que un dios se oponga á ello!
Estas cosas no hubieran sucedido sin la intervención de los Dioses.
Ciertamente, te han reservado una carga harto pesada.
La hija terrible de Zeus, la diosa Palas, ha urdido por completo esta calamidad en favor de Odiseo.
Sin duda ese hombre sutil se burla de nosotros con su astuto espíritu; se ríe á carcajadas de los males que ha causado la demencia de Ayax, ¡ay de mí! Y los dos reyes Atreidas, al conocerlos, se ríen con él.
¡Que se rían y se regocijen, pues, de los males de éste!
Quizá, deseándole menos cuando vivía, le lloren muerto, echando de menos su lanza; porque los insensatos que poseían un bien no lo estiman sino cuando lo han perdido. Es más cruel para mí que haya perecido que ello les es agradable; pero para él esto es dulce, puesto que posee lo que deseaba y ha muerto como ha querido. ¿Qué tienen, pues, ellos que reirse de él? Ha sido muerto por los Dioses, y no, ciertamente, por ellos. ¡Que Odiseo prodigue, pues, sus vanos ultrajes! En lo sucesivo, para ellos, Ayax no existe; sino que ha muerto, dejándome los dolores y las lamentaciones.
¡Desgraciado de mí!
Cállate, porque me parece oir la voz de Teucro profiriendo un clamor que llega á la altura de esta calamidad.
¡Oh queridísimo Ayax, oh querido hermano! ¿todo ha concluído, pues, para ti, como lo dice el rumor de las gentes?
El hombre ha muerto, Teucro, sábelo.
¡Ay! ¡oh infortunio terrible para mí!
Puesto que las cosas son tales...
¡Oh desdichado, desdichado de mí!
no queda mas que gemir. ¡Oh calamidad amarga!
Está solo en la tienda.
¡Demasiado amarga, en verdad, Teucro!
¡Ay de mí! ¡Desventurado! ¿Qué se ha hecho su hijo? ¿En qué lugar de la tierra troyana está?
Tráele prontamente aquí, no sea que uno de los enemigos le arrebate como al cachorro de la leona viuda. ¡Ve!
¡date prisa, corre! porque se suele insultar á los muertos.
En verdad, cuando él vivía, te recomendaba tener cuidado de su hijo, como lo haces.
¡Oh el más amargo de todos los espectáculos que haya visto con mis ojos! ¡Oh el más triste de los caminos que haya hecho jamás, cuando he venido aquí, oh queridísimo Ayax, á la primera noticia de tu fatal desgracia, siguiéndote y buscando tus huellas! En efecto, la rápida fama, tal como la voz misma de un dios, había extendido entre los aqueos el rumor de que habías perecido. Y yo, desdichado, cuando lo supe lejos de aquí, me lamenté; ¡y, ahora que te veo, muero!
¡Ay de mí! ¡Vamos! Descúbrele, para que vea toda mi desventura, y cuán grande es. ¡Oh cosa terrible de mirar! ¡Oh sobrado cruel audacia! ¡Qué amargos cuidados me reserva tu muerte! ¿Dónde, en efecto, y hacia qué hombres podré ir, yo que no he venido á darte ayuda en tus dolores? ¡Ciertamente, Telamón, que es tu padre y el mío, me recibirá con TOMO II semblante dulce y benévolo cuando vuelva sin ti! ¿Por qué no, él que no sonreía siquiera, alegre con una noticia feliz?
¿Qué no dirá, qué perdonará reprochándome, á mí, hijo ilegítimo de una madre cautiva, de haberte traicionado por temor y por cobardía, ¡oh queridísimo Ayax! para poseer por tu muerte tu morada y tus riquezas? Ese hombre lleno de cólera dirá esto, triste por la vejez é irritable como es por la causa más ligera. Al fin, seré arrojado de mi patria, tratado como un esclavo, no como un hombre libre. Estas cosasme están reservadas en mi morada; y, delante de Troya, mis enemigos son numerosos, y pocos otros me sostienen, y todas estas calamidades me han venido de tu muerte. ¡Ay de mí! ¿qué haré? ¿Cómo arrancar de ti esta espada aguda y mortífera por medio de la cual has entregado el alma, desgraciado? ¿Habías previsto que Héctor, muerto como está, te perdería un día? ¡Ved, por los Dioses, el destino de estos dos hombres! Héctor, atado al carro rápido con la misma correa que le había dado Ayax, ha sido destrozado hasta que ha entregado el alma; y Ayax, arrojándose sobre esta espada, presente de Héctor, ha perecido de una herida mortal! ¿No ha forjado Erinia esta espada, y el horrible obrero Ades ese escudo? Por eso diré que los Dioses han urdido esto como todo lo demás contra los hombres. ¿Si este pensamiento parece menos cierto á algún otro, que crea lo que prefiera, y yo lo mismo.
No digas más, sino piensa. más bien en sepultar á este hombre y en la respuesta que debes dar bien pronto. En efecto, veo un enemigo. Viene quizá, malvado como es,para reirse de nuestros males.
¿Qué hombre guerrero es ese que distingues?
Menelao, por quien emprendimos esta navegación...
¡Hola! ¡tú! yo te lo digo: no sepultes ese cadáver y déjale tal como está.
¿Por qué esas palabras insolentes?
Yo lo quiero así, y el que manda el ejército lo ordena.
¿No dirás por qué motivo das esa orden?
Es que habíamos creído traer á los aqueos un compañero y un amigo, y hemos hallado en él un enemigo más funesto que los mismos frigios. Habiendo meditado la matanza del ejército, ha salido de noche para matarnos con la lanza; y, si un dios no hubiera desbaratado su designio, hubiéramos sufrido la suerte que él se ha proporcionado y estaríamos sumidos en una muerte vergonzosa, y él viviría. Pero un dios ha desviado su furor sobre nuestros rebaños. Por eso nadie es bastante poderoso para colocar ese cadáver bajo tierra. Arrojado sobre la arena amarilla de la costa, será pasto de las aves marinas. No dejes, pues, á tu corazón henchirse desmedidamente; porque, si no hemos podido reprimir á Ayax vivo, al menos lo haremos ahora que está muerto, y, si no quieres, te obligaremos por la fuerza. Jamás, vivo, quiso obedecer á mis palabras. Sin embargo, es de un mal espíritu que un simple ciudadano se niegue á obedecer á los magistrados. Jamás serán respetadas las leyes en la ciudad si se sacude el temor, y jamás un ejército obedecerá á las órdenes de los jefes estando libre de temor y de pudor. Antes bien, es preciso que todo hombre, cualquiera fuerza que posea, piense, sin embargo, que puede ser abatido por una pequeña falta. Sabe, pues, que está sano y salvo el que tiene temor y pudor; pero también que la ciudad en que prevalezcan la violencia y la injuria tiene que ser tal como una nave que perece después de una correría feliz. Guardemos una justa medida de temor, y pensemos que á cambio de las cosas que nos regocijan debemos sufrir las que nos afligen. Todas se suceden las unas á las otras. Este hombre era fogoso é injuriador; yo soy orgulloso á mi vez, y te mando no ponerle en la tumba, no sea que mueras tú mismo queriendo sepultarle.
Menelao, después de haber hablado con tanta prudencia, no llegues á ser injuriador para los muertos.
No me asombraré, ¡oh ciudadanos! de ver flaquear á un hombre de raza vil, cuando los que parecen haber salido de una raza ilustre pronuncian palabras tan insensatas. ¡Vamos! Vuelve á empezar todo eso. ¿No dices que trajiste Ayax á los aqueos y que no navegó de su propio impulso y voluntariamente? ¿En qué eres tú su jefe? ¿En qué te es lícito mandar á los que él trajo de la patria? Tú viniste, siendo rey de Esparta, y no teniendo sobre nosotros ningún poder, y no te pertenece darle órdenes más que él mismo tiene derecho para hacerte obedecer á las suyas. Tú viniste aquí sometido á otros; no eres el jefe de todos y no has sido jamás el de Ayax. ¡Manda á los que conduces y háblales arrogantemente! Pero, que lo prohibáis ó no, tú y el otro jefe, encerraré á Ayax en la tumba, como es justo, sin cuidado de tus amenazas. En efecto, jamás combatió por tu esposa, como los que sufren todos los peligros de la guerra.
Estaba ligado por su juramento, y no ha hecho nada por ti, porque no tenía en ninguna estima á los hombres de nada. Ven, pues, aquí, trayendo contigo al jefe mismo seguido de numerosos heraldos, porque no me cuido en modo alguno de tu palabrería, mientras seas lo que eres.
No apruebo, vuelvo á decirlo, que se digan tales palabras en la aflicción, porque son amargas, y ofenden, aunque justas.
Mi destreza tampoco es despreciable.
Tu espíritu se henchiría grandemente si llevases un escudo.
Sin armas bastaría para Menelao armado.
Tu lengua sustenta un gran denuedo.
Con ayuda de la justicia es lícito tener el corazón alto.
¿Encuentras justo que prevalezca el que me ha muerto?
¿Quién te ha muerto? Dices cosas maravillosas. ¿Vives y estás muerto?
Un dios me ha salvado; pero, en cuanto de él dependía, estoy muerto.
Salvado por los Dioses, no ultrajes, pues, á los Dioses.
¿He violado, pues, las leyes de los Dioses?
Lo prohibo para mis enemigos. Eso no conviene.
¿Se ha opuesto, pues, Ayax á ti jamás como enemigo?
Me aborrecía y le aborrecía: eso no se te ha ocultado.
Es que sabía que le habías engañado con un falso sufragio.
Esa falta fué de los jueces, no mía.
Mal puedes ocultar tus numerosas malas acciones.
Esas palabras serán funestas para alguien.
Ciertamente, nosotros sufriremos por ellas menos que tú.
No te diré mas que una palabra: este hombre no será sepultado.
Óyelo á tu vez: será sepultado.
He visto recientemente á un hombre, audaz de lengua, que excitaba á los marineros á navegar, cuando el huracán amenazaba; pero no hubieras oído su voz mientras la tempestad rugía por todas partes; porque, envuelto en su capa, se dejaba pisotear por el primer marinero que pasaba. Así te ocurrirá á ti, cuando una gran tempestad brote de una pequeña nube y reprima fácilmente el clamor odioso de tu boca insolente.
Y yo he visto un hombre, lleno de demencia, que insultaba los males de los demás. Después, alguno, semejante á mí y que tenía el mismo espíritu, habiéndole mirado frente á frente, le dijo estas palabras: «Hombre, no injuries á los muertos. Si obras así, sabe que serás castigado.» Así es como advertía á aquel miserable. Y veo á ese hombre, y si no me engaño, no es otro sino tú. ¿He hablado oscuramente?
Me voy, porque sería vergonzoso que se supiese que ha combatido con palabras el que puede obligar por la fuerza.
Vete, pues, porque es también muy vergonzoso para mí oir á un insensato extenderse en palabras vanas.
He aquí que una gran querella se prepara. Tanto como puedas, Teucro, apresúrate á abrir una fosa profunda donde sea encerrado en la tierra negra, para que obtenga una tumba ilustre entre los mortales.
He aquí que el hijo del hombre y su mujer llegan á tiempo para celebrar los funerales del muerto desgraciado.
¡Oh hijo! Ven aquí, y toca como suplicante al padre que te ha engendrado. Permanece, mirándole y teniendo en tus manos mis cabellos, los de ésta y los tuyos, protección de los suplicantes. ¡Si alguien del ejército te arrastrase por fuerza lejos de estos funerales, que ese hombre malvado muera y quede insepulto lejos de su patria, y que la raíz desu raza sea cortada como yo corto este bucle! Ten á tu padre y guárdale, hijo, y que nada te aleje, sino permanece sentado cerca de él. Y vosotros no estéis como mujeres, en lugar de obrar como hombres. Protegedles hasta que yo vuelva y haya preparado su tumba, incluso si nadie lo permitiera.
¿Cuándo llegará el término de este desarrollo de años que, sin descanso, traen sobre mí las miserias sin fin de los trabajos guerreros, ante esta ancha Troya, oprobio desgraciado de los helenos?
¡Pluguiera á los Dioses que se hubiese desvanecido en los soplos del inmenso Eter, ó que hubiese sufrido el Hades común á todos, el hombre que enseñó á los helenos el uso de las armas lamentables, vueltas las unas contra las otras!
¡Oh fatigas que han precedido á otras fatigas! En efecto,aquel hombre ha perdido á la raza de los hombres.
Él es quien me ha negado la alegría de las coronas y de las anchas copas, y del dulce sonido de las flautas y de las voluptuosidades nocturnas. ¡Ay! ¡El me ha quitado el amor!
¡Y me encuentro tendido, abandonado, mojando mis cabellos rocíos abundantes, recuerdo de la funesta Troya!
Antes el valiente Ayax era mi baluarte contra los terro—res nocturnos y los dardos crueles; pero ha sido entregadoá un Genio odioso. ¿Qué deleite tendré en adelante? ¡Pluguiera á los Dioses que estuviese yo allí donde el promontorio cubierto de bosques de Sunión domina el alto mar, para saludar á la santa Atena!
Me he apresurado, habiendo visto al jefe Agamenón, que viene hacia nosotros con paso rápido. Ciertamente, su boca va á abrirse para mí con palabras siniestras.
Se me anuncia que te atreves á prorrumpir impunemente en insolencias contra nosotros. Sin embargo, has nacido de una cautiva. ¿Cuánto, alzándote sobre la punta de los pies, no te envanecerías orgullosamente, si hubieses sido criado por una madre libre, puesto que, no siendo mas que un hombre de nada, combates por el que no es ya nada, diciendo que no somos los jefes ni de las naves, ni de los aqueos, ni de los tuyos, y que Ayax subió á sus naves por su propia voluntad? ¿No es un gran oprobio oir tales cosas á un esclavo? ¿Y por qué hombre hablas tan insolentemente? ¿Dónde ha ido, dónde se ha detenido, que yo no lo haya hecho también? ¿No hay hombres entre los aqueos, excepto éste?
Hemos hecho mal en proponer las armas de Aquileo como premio á los argivos, si somos declarados inicuos por Teucro, y si no os place, aunque vencidos, acatar el juicio de todos, llenándonos siempre de injurias y atacándonos con pérfidos ardides, porque habéis perdido vuestra causa. Procediendo así, ninguna ley sería estable jamás, si aquellos á quienes la sentencia ha declarado vencedores se ven obligados ceder, y los vencidos desposeen á los primeros.
Antes bien, esto debe ser reprimido. No es por la gran masa del cuerpo y por los anchos hombros por lo que los hombres son los primeros, sino que los que piensan sabiamente son los que prevalecen en todo lugar. El buey de anchos costados es impelido en el recto camino por un pequeño látigo.
Preveo que habrá que usar de ese remedio para ti, si no vuelves á la sana razón, tú que, en favor de un hombre que no vive ya y que ya no es mas que una sombra vana, te atreves á ultrajar y hablar con una boca sin freno. ¿No reprimirás ese espíritu insolente? ¿No puedes, pensando de quién has nacido, traer aquí algún hombre libre que hable por ti? Porque no puedo comprender lo que dices, no entendiendo la lengua bárbara.
Rey Odiseo, sabe que has venido á tiempo, no para cuestionar como ellos, sino para zanjar la cuestión.
¿Qué es eso, hombres? He oído desde lejos la voz de los Atreidas alzarse contra este hombre valiente.
Rey Odiseo, ¿no hemos oído á éste las palabras más afrentosas?
¿Qué palabras? Yo perdono á quien se ve provocado por los ultrajes que responda con ultrajes.
Los ultrajes que ha recibido eran tales como los que me ha lanzado.
¿Qué ha hecho, pues, para que le insultes?
No quiere que ese cadáver quede insepulto, y dice que lo sepultará, á pesar mío.
¿Es permitido á un amigo decirte cosas verdaderas, y, sin embargo, quedar en paz contigo como antes?
Escucha, pues. Te conjuro, por los Dioses, no persistas cruelmente en arrojar allí á este hombre insepulto; que tu violencia no te impulse á tanto odio, que no tengas cuidado alguno de la justicia. Este hombre era el más grande enemigo que yo tuviese en el ejército desde el día en que me fueron discernidas las armas de Aquileo; y, sin embargo, por irritado que haya estado contra mí, no seré inicuo hasta el punto de no reconocer que era el más valiente de los argivos, de todos, tantos cuantos somos, los que hemos venido á Troya, excepto Aquileo. Tú serías, pues, injusto privándole de ese honor, y le ultrajarías menos aún que á las leyes de los Dioses. No es lícito ultrajar á un hombre después de su muerte, aunque se le haya odiado vivo.
Entonces, Odiseo, ¿eres tú el que te me resistes en su favor?
Ciertamente. Le odiaba cuando convenía odiarle.
¿No deberías más bien insultar á ese muerto?
No te regocijes, Atreida, de una ventaja impía.
No es fácil á un rey ser piadoso.
Pero los reyes pueden obedecer á los amigos que les aconsejan bien.
Alto ahí. El que es vencido por un amigo no es menos vencedor.
Acuérdate del hombre para el cual pides esa gracia.
Era mi enemigo, pero había nacido noblemente.
¿Qué te ocurrirá, si respetas así á un enemigo muerto?
La virtud prevalece en mí sobre el odio.
¡Qué móvil tienen el espíritu estos hombres!
Muchos son ahora amigos que más tarde se odiarán.
¿Apruebas que se adquieran tales amigos?
No suelo alabar un alma inflexible.
Harás de modo que se nos tome hoy por cobardes.
¿Me aconsejas, pues, que deje sepultar ese cadáver?
Ciertamente, porque yo también sería reducido á ello.
¡Cómo obra cada uno en su propio interés!
¿Por qué había yo de tener más cuidado de otro que de mí?
Se dirá que esta acción es tuya y no mía.
Cualquiera cosa que hagas, serás alabado por todos.
Sabe, pues, y ten por cierto, que querría concederte una gracia todavía más grande; pero ese hombre, vivo y muerto, no me será menos odioso. Puedes hacer lo que deseas.
Puesto que has tenido ese buen pensamiento, Odiseo, sería un insensato el que dijera que no eres prudente.
Yo declaro esto á Teucro: tanto he sido enemigo, cuanto seré en lo sucesivo un amigo. Quiero sepultar ese cuerpo, venir en vuestra ayuda y no olvidar nada de los honores que conviene rendir á los mejores hombres.
Excelente Odiseo, puedo alabarte de todas las maneras, puesto que has engañado enteramente mi esperanza. Tú que, en efecto, eras, de todos los argivos, el más grande enemigo de Ayax, sólo tú has venido en su ayuda, y, vivo, no has insultado á un muerto, como ese estratega insensato y su hermano lo han hecho queriendo dejarle ignominiosamente insepulto. Por eso, que el padre Zeus, dueño del Olimpo, que la inevitable Erinia y que la Justicia que distribuye los castigos hieran á esos miserables, del mismo modo que ellos han querido llenar de ultrajes á Ayax insepulto. Pero á ti, ¡oh raza del viejo Laertes! temo en verdad dejarte que toques esa tumba, recelando desagradar al muerto. Ayúdanos en las demás cosas, y si quieres que algún otro del ejército venga á los funerales, ello no nos desagradará.
Quería, en efecto, ayudaros, pero si ello no te es agradable, parto, cediendo á tu deseo.
Basta, ha transcurrido ya mucho tiempo. En cuanto á vosotros, que los unos preparen una fosa profunda; que los otros pongan sobre el fuego un alto trípode destinado á los baños piadosos, y que una tropa de hombres traiga de la tienda las armas de Ayax. Tú, hijo, rodea tiernamente con tus brazos el cuerpo de tu padre, tanto como puedas, y levanta sus costados conmigo. En efecto, los brillantes labios de su herida arrojan aún una sangre negra. ¡Vamos! ¡que cualquiera que se llame su amigo venga y se apresure á venir en ayuda de este hombre bueno entre todos y el mejor de los mortales!
Ciertamente, la experiencia enseña muchas cosas á los hombres. Antes de que el acontecimiento nos sea manifies—to, ningún adivino nos dirá lo que ha de ocurrir.

VII
ELECTRA
El pedagogo.
Orestes.
Electra.
Coro de doncellas argivas.
Crisótemis.
Clitemnestra.
Egisto.
¡Oh hijo de Agamenón, del jefe del ejército ante Troya! Ahora te es permitido ver lo que siempre has deseado. Esta es la antigua Argos, el suelo consagrado á la hija aguijoneada de Inaco. He aquí, Orestes, el ágora licia del Dios matador de lobos; luego, á la izquierda, el templo ilustre de Hera. Ves, créelo, la rica Micenas, adonde hemos llegado, y la fatídica mansión de los Pelópidas, donde, en otro tiempo, después de la muerte de tu padre, te recibí de manos de tu hermana, y, habiéndote llevado y salvado, te crié hasta esta edad para vengar la muerte paterna. Ahora, pues, Orestes, y tú, el más querido de los huéspedes, Pílades, se trata de deliberar con prontitud sobre lo que es preciso hacer. Ya el brillante resplandor de Helios despierta los cantos matina— les de las aves y cae la negra Noche llena de astros. Antes de que hombre alguno salga de la morada, celebrad consejo; porque, en el estado de las cosas, no ha ya lugar á vacilar, sino á obrar.
¡Oh el más querido de los servidores, cuántas señales. ciertas me das de tu benevolencia hacia nosotros! En efecto, como un caballo de buena raza, aunque envejezca, no pierde ánimo en el peligro, sino que levanta las orejas, así tú nos excitas y nos sigues de los primeros. Por eso te diré lo que he resuelto. Tú, escuchando mis palabras con toda tu atención, repréndeme si me engaño. Cuando iba á buscar el oráculo pítico, para saber cómo había de castigar á los matadores de mi padre, Febo me respondió lo que vas á oir: «Tú solo, sin armas, sin ejército, secretamente y por medio de emboscadas, debes, por tu propia mano, darles justa muerte.» Así, puesto que hemos oído este oráculo, tú, cuando sea tiempo, entra en la morada, para que, habiendo averiguado lo que allí ocurre, vengas á decírnoslo con certeza. No te reconocerán ni sospecharán de ti, después de tanto tiempo, y habiendo blanqueado tus cabellos. Diles que eres un extranjero focidio, enviado por un hombre llamado Fanoteo. Y, en efecto, éste es su mejor aliado. Anúnciales también, y júrales, que Orestes ha sido víctima del destino por una muerte violenta, habiendo caído de un carro veloz en los Juegos Píticos. ¡Que tales sean tus palabras! Nosotros, después de haber hecho libaciones á mi padre, como está ordenado, y depositado sobre su tumba nuestros cabellos cortados, volveremos aquí, llevando en las manos la urna de bronce que he escondido en las breñas, como sabes, á lo que pienso. Así les engañaremos con falsas palabras, trayéndoles la feliz noticia de que mi cuerpo ya no existe, que está quemado y reducido á ceniza. ¿Por qué, en efecto, me había de ser penoso estar muerto en las palabras, puesto que vivo y adquiriré gloria? Creo que no hay palabra alguna de mal augurio, si ella es útil. He visto ya con mucha frecuencia sabios que se decía muertos volver á su morada y verse más honrados; por lo cual, estoy seguro de que yo también, vivo, apareceré como un astro ante mis enemigos. ¡Oh tierra de la patria! y vosotros, Dioses del país, recibidme favorablemente; y tú también, ¡oh casa paterna! porque vengo, impulsado por los Dioses, para purificarte con la expiación del crimen. No me despidáis deshonrado de esta tierra, sino haced que afirme mi casa y posea las riquezas de mis ascendientes. Basta. Tú, anciano, entra y haz tu oficio. Nosotros, salgamos. La ocasión apremia, en efecto, y ella es la que preside á todas las empresas de los hombres.
¡Ay de mí!
Me parece, ¡oh hijo! que he oído á una de las sirvientes suspirar en la morada.
¿No es la infortunada Electra? ¿Quieres que permanezcamos aquí y escuchemos sus quejas?
No, per cierto. Sin cuidarnos de cosa alguna, nos hemos de apresurar á cumplir las órdenes de Lojias. Debes, sin preocuparte de esto, hacer libaciones á tu padre. Esto nos asegurará la victoria y dará un feliz término á nuestra empresa.
¡Oh Luz sagrada, Aire que llenas tanto espacio como la tierra, cuántas veces habéis oído los gritos innumerables de mis lamentos y los golpes asestados á mi ensangrentado pecho, cuando se va la noche tenebrosa! Y mi lecho odioso, en la morada miserable, sabe las largas vigilias que paso, llorando á mi desgraciado padre, á quien Ares no ha recibido, como un huésped ensangrentado, en una tierra extraña, sino de quien mi madre y su compañero de lecho, Egisto, hendieron la cabeza con un hacha cruenta, como los leñadores hacen con una encina. ¡Y nadie más que yo te compadece, ¡oh padre! víctima de esa muerte indigna y miserable! Pero yo no cesaré de gemir y de lanzar amargos lamentos, mientras vea el fulgor centelleante de los astros, mientras vea la luz del sol; y, semejante al ruiseñor privado de sus pequeñuelos, ante las puertas de las paternas moradas prorrumpiré en mis agudos gritos en presencia de todos. ¡Oh morada de Ades y de Perséfona, Hermes subterráneo y poderosa Imprecación, y vosotras, Erinias, hijas inexorables de los Dioses! venid, socorredme, vengad la muerte de nuestro padre y enviadme á mi hermano; porque, sola, no tengo fuerza para soportar la carga de duelo que me oprime.
¡Oh hija, hija de una madre indignísima, Electra! ¿por qué estás siempre profiriendo los lamentos del pesar insaciable por Agamenón, por aquel que, envuelto en otro tiempo por los lazos de tu madre llena de insidias, fué herido por una mano impía? ¡Que perezca el que hizo eso, si es lícito desearlo!
Hijas de buena raza, vosotras venís á consolar mis penas. Lo sé y lo comprendo, y nada de esto se me escapa; sin embargo, no cesaré de llorar á mi desgraciado padre; antes bien, por esa amistad misma, ofrecida por entero, os conjuro ¡ay de mí! que me dejéis con mi dolor.
Y, sin embargo, ni con tus lamentos, ni con tus súplicas, harás venir á tu padre del pantano de Ades común á todos; sino que, en tu aflicción insensata y sin límites, causará tu pérdida siempre gemir, puesto que no hay término para tu mal. ¿Por qué deseas tantos dolores?
Es insensato quien olvida á sus padres víctimas de una muerte miserable; antes bien, satisface á mi corazón el ave gemebunda y temerosa, mensajera de Zeus, que llora siempre: ¡Itis! ¡Itis! ¡Oh Nioba! ¡oh la más desdichada entre todas! Yo te reverencio, en efecto, como á una diosa, tú que lloras, ¡ay! en tu tumba de piedra.
Sin embargo, hija, esta calamidad no ha alcanzado mas que á ti entre los mortales, y no la sufres con alma ecuánime como los que son tuyos por la sangre y por el origen, Crisótemis, Ifianasa y Orestes, hijo de noble raza, cuya juventud está sepultada en los dolores, y que volverá, dichoso, algún día, á la tierra de la ilustre Micenas, bajo la conducta favorable de Zeus.
¡Yo le espero sin cesar, desventurada, no casada y sin hijos! Y ando siempre errante, anegada en lágrimas y sufriendo las penas sin fin de mis males. Y él no se acuerda ni de mis beneficios, ni de las cosas ciertas de que le he advertido. ¿Qué mensajero me ha enviado, en efecto, que no me haya engañado? ¡Desea siempre volver, y deseándolo, no vuelve jamás!
Tranquilízate, tranquilízate, hija. Todavía está en el Urano el gran Zeus que ve y dirige todas las cosas. Remítele tu venganza amarga y no te irrites demasiado contra tus enemigos, ni les olvides mientras tanto. El tiempo es un dios complaciente, porque el Agamenónida que habita ahora en Crisa abundante en pastos no tardará siempre, ni el Dios que impera cerca del Aquerón.
Pero he aquí que una gran parte de mi vida se ha pasado en vanas esperanzas, y no puedo resistir más, y me consumo, privada de parientes, sin ningún amigo que me proteja; y hasta, como una vil esclava, vivo en las moradas de mi padre, indignamente vestida y manteniéndome de pie junto á las mesas vacías.
Fué lamentable, en efecto, el grito de tu padre, á su vuelta, en la sala del festín, cuando el golpe del hacha de bronce cayó sobre él. La astucia enseñó, el amor mató; ambos concibieron el horrible crimen, ya lo cometiera un dios ó un mortal.
¡Oh el más amargo de todos los días que he vivido! ¡Oh noche! ¡Oh desgracia espantosa del banquete execrable, en que mi padre fué degollado por las manos de los dos matadores que me han arrancado la vida por traición y me han perdido para siempre! ¡Que el gran Dios olímpico les envíe males semejantes! ¡Que nada feliz les suceda jamás, puesto que han cometido un tal crimen!
Trata de no hablar tanto. ¿No sabes tú, caída de tan alto, á qué indignas miserias te entregas así por tu plena voluntad? Has, en efecto, elevado tus males hasta el colmo, excitando siempre querellas con tu alma irritada. Es preciso no provocar querellas con los que son más poderosos que uno.
Te hablo así por benevolencia, aconsejándote como una buena madre, para que no aumentes tu mal con otros males.
¿Hay una medida para mi dolor? ¿Está bien no cuidarse de los muertos? ¿Dónde está el hombre que piensa así? No quiero ni ser honrada por semejantes hombres, ni gozar en paz de la dicha, si se me concede, no acordándome de rendir á mis padres el honor que les es debido, y comprimiendo el ardor de mis agudos gemidos. Porque si el muerto, no siendo nada, yace bajo tierra, si éstos no espían la muerte con la sangre, todo pudor y toda piedad perecerán entre los mortales.
En verdad, ¡oh hija! he venido aquí tanto por ti como por mí. Si no he hablado bien, tú llevas la ventaja y te obedeceremos.
Ciertamente, tengo vergüenza, ¡oh mujeres! de que mis lamentos os parezcan demasiado repetidos; pero perdonadme, la necesidad me obliga á ello. ¿Qué mujer de buena raza no se lamentaría así viendo las desgracias paternas que, día y noche, parecen aumentar más bien que disminuir? En primer lugar, tengo por mi más cruel enemiga á la madre que me concibió; después, yo habito mi propia morada juntamente con los matadores de mi padre; estoy bajo su poder, y depende de ellos que posea alguna cosa ó que carezca de todo. ¿Qué días crees que vivo, cuando veo á Egisto sentarse en el trono de mi padre, y, cubierto con los mismos vestidos, derramar las libaciones en ese hogar ante el que le degolló? ¿Cuando, finalmente, veo este supremo ultraje: el matador acostándose en el lecho de mi padre con mi miserable madre, si es lícito llamar madre á la que se acuesta con ese hombre? Es de tal modo insensata, que habita con él sin temer á las Erinias. Antes bien, por el contrario, como regocijándose del crimen realizado, cuando vuelve el día en que mató á mi padre con ayuda de sus insidias, celebra coros danzantes y ofrece víctimas á los Dioses salvadores. Y yo, desdichada, viendo aquéllo, lloro en la morada, y me consumo, y, sola conmigo misma, deploro esos festines funéstos que llevan el nombre de mi padre; porque no puedo lamentarme abiertamente tanto como quisiera. Entonces, mi madre bien nacida, en alta voz, me llena de injurias tales como éstas: «¡Oh detestada por los Dioses y por mí! ¿eres la única cuyo padre haya muerto? ¿Ningún otro mortal está de duelo? ¡Que tú perezcas miserablemente! ¡Que los Dioses subterráneos no te libren jamás de tus lágrimas!» Ella me llena de estos ultrajes. Pero si alguna vez alguien anuncia que Orestes debe volver, entonces grita, llena de furor: «¿No eres tú causa de esto? ¿No es ésta tu obra, tú que, habiendo arrebatado á Orestes de mis manos, le has hecho criar secretamente? ¡Pero sabe que sufrirás castigos merecidos!» Así ladra, y de pie á su lado, su ilustre amante la excita, él, cobarde y malvado, y que no lucha sino con ayuda de las mujeres! ¡Y yo, esperando siempre que la vuelta de Orestes ponga término á mis males, perezco durante este tiempo, desgraciada de mí! Porque, prometiendo siempre y no cumpliendo nada, destruye mis esperanzas presentes y pasadas. Por eso, amigas, no puedo moderarme en medio de tales miserias, ni respetar fácilmente la piedad. Quien está sin cesar abrumado por el mal, aplica forzosamente al mal su espíritu.
Dime, ¿mientras nos hablas así, Egisto está en la morada ó fuera?
Ha salido. Créeme, si hubiese estado en la morada, yo nohubiera podido traspasar el umbral. Está en el campo.
Si ello es así, te hablaré con más confianza.
Pues, en primer lugar, te pregunto: ¿qué piensas de tu hermano? ¿Debe volver, ó tardará todavía? Deseo saberlo.
Dice que volverá, pero no procede como habla.
Se suele vacilar antes de emprender una cosa difícil.
Pero yo, le he salvado sin vacilar.
Cobra ánimo: es generoso y vendrá en ayuda de sus amigos.
Estoy segura de ello; á no ser así, no hubiera vivido mucho tiempo.
No hables más, porque veo salir de la morada á tu hermana, nacida del mismo padre y de la misma madre, Crisótemis, que lleva ofrendas, tales como se acostumbra hacer á los muertos.
¡Oh hermana! ¿por qué vienes de nuevo á lanzar clamores ante este vestíbulo? ¿No puedes aprender, después de tanto tiempo, á no entregarte á una vana cólera? Ciertamente, yo misma, sé también que el estado de las cosas es cruel, y, si tuviera fuerzas para tanto, mostraría lo que siento por ellos en el corazón; pero, rodeada de males, me es preciso para navegar plegar mis velas, y creo que me está vedado proceder contra los que no puedo alcanzar. Quisiera que tú hicieses lo mismo. Sin embargo, no es justo que obres como te aconsejo y no como juzgues acertado; pero yo, para vivir libre, es preciso que obedezca á quienes tienen la omnipotencia.
¡Es indigno de ti, nacida de tal padre, olvidar de quién eres hija para no inquietarte mas que de tu madre! Porque las palabras que me has dicho, y con las cuales me censuras, te han sido sugeridas por ella. No las dices por tu propio impulso. Por eso, elige: ó eres una insensata, ó, si has hablado con uso de razón, abandonas á tus amigos. Decías que, si tuvieras fuerzas para tanto, mostrarías el odio que sientes por ellos, ¡y te niegas á ayudarme cuando quiero vengar á mi padre, y me exhortas á no hacer nada! ¿No agrega todo esto la cobardía á todos nuestros otros males? Enséñame ó indícame qué provecho obtendría con dar fin á mis gemidos. ¿Es que no vivo? Mal, en verdad, ya lo sé, pero eso me basta. Ahora bien; soy importuna para éstos, y rindo así honor á mi padre muerto, si alguna cosa agrada á los muertos. Pero tú, que dices odiar, no odias mas que con palabras, y haces en realidad causa común con los matadores de tu padre. Si las ventajas que te son otorgadas, y de que gozas, me fuesen ofrecidas, no me sometería. A ti la rica mesa y el alimento abundante; para mí es bastante alimento no ocultar mi dolor. No deseo en modo alguno compartir tus honores. No los desearías tú misma, si fueses discreta. Ahora, cuando podías llamarte hija del más ilustre de los padres, te llamas hija de tu madre. Así es que serás reputada inicua por el mayor número, tú que haces traición á tus amigos y á tu padre muerto.
¡No demasiada cólera, por los Dioses! Vuestras palabras, para ambas, producirán sus frutos, si tú aprendes de ella á hablar bien, y ella de ti.
Hace mucho tiempo, ¡oh mujeres! estoy acostumbrada á tales palabras de ella, y no me acordaría siquiera, si no hubiera sabido que la amenaza un gran infortunio que hará callar sus continuos lamentos.
Habla, pues, di qué grande infortunio es ese, porque si tienes que enseñarme alguna cosa peor que mis males, no volveré á replicar.
Siendo así, te diré todo lo que sé de ello. Han resuelto, si no cesas en tus lamentaciones, enviarte á un lugar donde no volverás á ver el resplandor de Helios. Viva, en el fondo de un antro negro, prorrumpirás en gemidos lejos de esta tierra. Por eso, medítalo, y no me acuses cuando esa desgracia haya llegado. Ahora es tiempo de tomar una prudente resoluciónellol
¿Eso es lo que han decidido hacer conmigo?
Ciertamente, en cuanto Egisto haya vuelto á la morada.
¡Plegue á los Dioses que vuelva con gran prontitud para
¡Oh desgraciada! ¿por qué esa imprecación contra ti misma?
¡Por que venga, si piensa hacer eso!
Es con el fin de huir muy lejos de vosotros.
¿No te cuidas de tu vida?
Ciertamente, mi vida es bella y admirable.
Bella sería, si fueses prudente.
No me enseñes á hacer traición á mis amigos.
No te enseño eso, sino á someterte á los más fuertes.
Halágales con tus palabras; lo que dices no está en tu carácter.
Sin embargo, es bueno no sucumbir por imprudencia.
Sucumbiremos, si es preciso, habiendo vengado á nuestro padre.
Nuestro padre mismo, lo sé, me perdona esto.
¿No cederás? ¿No serás persuadida por mí?
No, por cierto. No soy insensata hasta ese punto.
Iré, pues, allí donde debo ir.
¿Adónde vas? ¿A quién llevas esas ofrendas sagradas?
Mi madre me envía á hacer libaciones á la tumba de mi padre.
¿Qué dices? ¿Al más detestado de los mortales?
Que ella misma mató. Eso es lo que quieres decir.
¿Qué amigo la ha aconsejado? ¿A qué se debe que le haya placido eso?
A un terror nocturno, según me ha parecido.
¡Oh Dioses paternos, venid! ¡venid ahora!
Si me refieres su sueño, te lo diré.
No podré decir de él sino poca cosa.
Di al menos eso. Unas pocas palabras han elevado ó derribado con frecuencia á los hombres.
Se dice que ha visto á tu padre y el mío, vuelto de nuevo á la luz; después, habiendo aparecido en la morada, apoderarse del cetro que llevaba en otro tiempo y que lleva ahora Egisto y hundirlo en tierra, y que entonces un elevado ramo germinó y salió de él, y que toda la tierra de Micenas fué cubierta por su sombra. He oído decir estas cosas á alguien que estaba presente cuando ella refería su sueño á Helios. No sé más, si no es que me ha enviado á causa del terror que le ha causado ese ensueño. Te suplico, pues, por los Dioses de la patria, que me escuches y no te pierdas por imprudencia; porque si, ahora, me rechazas, me llamarás cuando seas víctima de la desdicha.
¡Oh querida! No lleves nada á la tumba de lo que tienes en las manos, porque no te es lícito y no es piadoso llevar á nuestro padre esas ofrendas de una mujer odiosa y derramar esas libaciones. Arrójalas á los vientos ó escóndelas en la tierra profundamente excavada, á fin de que nada se acerque jamás á la tumba de nuestro padre: antes bien, hasta que ella muera, que ese tesoro le esté reservado bajo tierra. En efecto, si esa mujer no hubiera nacido la más audaz de todas, jamás habría destinado esas libaciones detestables á la tumba de aquel á quien mató ella misma. Pregúntate, en efecto, si el muerto encerrado en esa tumba ha de aceptar de buen grado esas ofrendas de aquella por quien fué indignamente degollado, que le cortó la extremidad de los miembros como á un enemigo y que enjugó sobre su cabeza las manchas del asesinato. ¿Crees que esa muerte puede ser expiada con libaciones? No, jamás, eso no es posible. Por eso, no hagas nada. Corta la extremidad de tus trenzas. ¡He aquí las mías, las de esta desgraciada! Es poca cosa, pero no tengo mas que esto. Presenta estos cabellos no cuidados y mi cinturon sin ningún adorno. Dobla las rodillas, suplicante, para que venga á nosotras, propicio, de debajo de tierra, para que nos ayude contra nuestros enemigos, y que, vivo, su hijo Orestes les derribe con mano victoriosa y les pisotee, y para que adornemos después su tumba con más ricos dones y con nuestras propias manos. Creo, en efecto, creo que ha resuelto algún designio enviándola ese sueño espantoso. Así, pues, ¡oh hermana! haz lo que te mando, lo cual servirá para tu venganza y la mía, así como al más querido de los mortales, á nuestro padre, que está ahora bajo tierra.
Ha hablado piadosamente. Si eres prudente, ¡oh querida! la obedecerás.
Lo haré como lo ordena; porque, tratándose de una cosa justa, es preciso no querellarse, sino apresurarse á hacerla. Mientras voy á obrar, os suplico, por los Dioses, ¡oh amigos! guardad silencio, porque si mi madre sabe esto, creo que no sería sin un gran peligro como me habría atrevido á ello.
Vendrá la Erinia de pies de bronce, de pies y de manos innumerables, que se oculta en horribles refugios; porque el deseo impuro de nupcias criminales y mancilladas por el asesinato se apoderó de ellos. Por eso estoy cierta de que ese prodigio que se nos aparece amenaza á los autores del crimen y á sus compañeros. O los mortales no adivinan nada por los sueños y por los oráculos, ó ese espectro nocturno será completamente beneficioso para nosotros.
¡Oh laboriosa cabalgada de Pélope, cuán lamentable has sido para esta tierra! En efecto, desde el día en que Mirtilo pereció, arrancado violenta é ignominiosamente de su carro dorado y precipitado en el mar, horribles miserias han asaltado siempre esta morada.
Parece que vagabundeas de nuevo, y libremente. En efecto, no está aquí Egisto, él que suele retenerte, para que no vayas afuera á difamar á tus parientes. Ahora que ha salido, no me respetas. Y, ciertamente, has dicho con frecuencia y á muchos que yo estaba colérica, mandando contra todo derecho y justicia y llenándoos de ultrajes á ti y á los tuyos. Pero yo no tengo costumbre de ultrajar; si te hablo injuriosamente, es que tú me injurias con más frecuencia todavía. Tu padre, y no tienes otro pretexto de querella, fué muerto por mí, por mí misma, bien lo sé, y no hay ninguna razón para que lo niegue. Porque, no yo sola, sino la Justicia también le hirió; y convenía que tú vinieses en mi ayuda, si hubieras sido prudente, puesto que tu padre, por el que no cesas de gemir, el único de los helenos, se atrevió á sacrificar tu hermana á los Dioses, bien que no hubo sufrido tanto para engendrarla como yo para parirla. Pero ¡sea! dime por qué la degolló. ¿Fué en favor de los argivos? Pues no tenían ningún derecho á matar á mi hija. Si, como creo, la mató por su hermano Menelao, ¿no debía por ello ser castigado por mí? ¿No tenía ese mismo Menelao dos hijos que era más justo hacer morir, nacidos como eran de un padre y de una madre por quienes aquella expedición se emprendía? ¿Deseaba el Hades devorar á mis hijos más bien que á los suyos? ¿Se había extinguido el amor de aquel execrable padre hacia los hijos que yo había concebido, y sentía uno más grande hacia los de Menelao? ¿No son propias estas cosas de un padre malvado é insensato? Yo pienso así, aunque tú pienses lo contrario, y mi hija muerta diría como yo, si pudiese hablar. Por eso no me arrepiento de lo que hice; y tú, si te parece que obré mal, censura también á los otros, como es justo.
Ahora no dirás que me interpelas así, habiendo sido provocada por mis palabras amargas. Pero, si me lo permites, te responderé, como conviene, por mi padre muerto y por mi hermana.
¡Anda! Lo permito. Si siempre me hubieses dirigido palabras tales, jamás hubieras sido ofendida por mis respuestas.
Te hablo, pues. Dices que mataste á mi padre. ¿Qué se puede decir más afrentoso, tuviera él razón ó sinrazón? Pero te diré que le mataste sin derecho alguno. El hombre inicuo con quien vives te persuadió é impulsó. Interroga á la cazadora Artemis, y sabe lo que castigaba cuando retenía todos los vientos en Aulis; ó más bien yo te lo diré, porque no es posible saberlo por ella. Mi padre, en otro tiempo, como he sabido, habiéndose complacido en perseguir, en un bosque sagrado de la Diosa, un hermoso ciervo manchado y de alta cornamenta, dejó escapar, después de haberlo muerto, no sé qué palabra orgullosa. Entonces, la virgen Latoida, irritada, retuvo á los aqueos hasta que mi padre hubo degollado á su propia hija por causa de aquella bestia fiera que había matado. Así es como fué degollada, porque el ejército no podía, por ningún otro medio, partir para Ilión ó volver á sus moradas. Por eso mi padre, constreñido por la fuerza y después de haberse resistido á ello, la sacrificó con dolor, pero no en favor de Menelao. Pero aunque yo dijese como tú que hizo aquello en interés de su hermano, ¿era preciso, pues, que fuese muerto por ti? ¿En nombre de qué ley? Piensa á qué dolor y qué arrepentimiento te entregarías si hicieses semejante ley estable entre los hombres. En efecto, si matamos á uno por haber matado á otro, debes morir tú misma para sufrir la pena merecida. Pero reconoce que alegas un falso pretexto. Dime, en efecto, si puedes, por qué cometes la acción tan vergonzosa de vivir con ese hombre abominable con ayuda del cual mataste tiempo ha á mi padre, y por qué has concebido hijos de él, y por qué rechazas á los hijos legítimos nacidos de legítimas nupcias. ¿Cómo puedo yo aprobar tales cosas? ¿Dirás que vengas así la muerte de tu hija? Si lo dijeras, ciertamente, ello sería vergonzoso. No es honesto que una mujer se despose con sus enemigos por causa de su hija. Pero no me es lícito afirmarlo sin que me acuses por todas partes con gritos de que ultrajo á mi madre. Ahora bien; veo que procedes respecto á nosotros menos como madre que como dueña, yo que llevo una vida miserable en medio de los males continuos con que nos abrumáis tú y tu amante. Pero ese otro, que se ha escapado á duras penas de tus manos, el mísero, Orestes, arrastra una vida desgraciada, él á quien me has acusado con frecuencia de criar para ser tu matador. Y, si pudiese, lo haría, ciertamente, sábelo con seguridad. En lo sucesivo, declara á todos que soy malvada, injuriosa, ó, si lo prefieres, llena de impudencia. Si soy culpable de todos esos vicios, no he degenerado de ti y no te causo deshonor.
Respira cólera, lo veo, pero no veo que se cuide de saber si tiene derecho para ello.
¿Y por qué me había de cuidar de la que dirige á su madre palabras de tal suerte injuriosas, á la edad que tiene? ¿No te parece que ha de atreverse á cualquier mala acción, habiendo desechado todo pudor?
En verdad, sábelo, tengo vergüenza de esto, parézcate lo que quiera; comprendo que estas cosas no convienen ni á mi edad, ni á mí misma; pero tu odio y tus actos me obligan: el mal enseña el mal.
¡Oh insolente bestia! ¿soy yo, son mis palabras y mis actos los que te dan audacia para hablar tanto?
Eres tú misma la que hablas, no yo; porque realizas actos, y los actos hacen nacer las palabras.
Ciertamente, ¡por la dueña Artemis! juro que no escaparás al castigo de tu audacia, en cuanto Egisto haya vuelto á la morada.
¿Ves? Ahora estás inflamada de cólera, después de haberme permitido decir lo que quisiera, y no puedes oirme.
¿No puedes ahorrarme tus clamores y dejarme tranquilamente sacrificar á los Dioses, pues que te he permitido decirlo todo?
Lo permito, lo quiero así; sacrifica, y no acuses á mi boca, porque no diré nada más.
Tú, esclava, que estás aquí, trae esas ofrendas de frutos de toda especie, para que yo haga á este rey votos que disipen los terrores de que estoy turbada. Oye, Febo tutelar, mi plegaria oculta, porque no hablo entre amigos, y no conviene que lo diga todo delante de ésta, no sea que, impulsada por el odio, extienda á grandes gritos vanos rumores por la ciudad. Comprende, pues, así, lo que diré. ¡Si la visión que se me ha aparecido esta noche me anuncia cosas felices, realízalas, rey Licio! Si son funestas, desvíalas sobre mis enemigos. Si ellos me tienden asechanzas, no permitas que me arrebaten mis riquezas, sino concédeme vivir, siempre sana y salva, poseyendo el cetro y la morada de los Atreidas, gozando de un feliz destino en medio de mis amigos y de aquellos de mis hijos que ahora me rodean, que no me aborrecen y no me desean el mal. Escúchanos favorablemente, Apolo Licio, y danos lo que te pedimos. En cuanto á las demás cosas, aunque me calle, creo que, siendo dios, las conoces bien, porque los hijos de Zeus lo ven todo.
Mujeres extranjeras, quisiera saber si esta morada es la del rey Egisto.
Lo es, extranjero, has creído bien.
¿Pienso acertadamente que ésta es su esposa? Efectivamente, su aspecto es el de una reina.
Ciertamente: es ella misma.
Salud, ¡oh Reina! Traigo una buena noticia para ti y para Egisto, de parte de un hombre que os ama.
Fanoteo el focidio, que te anuncia un gran suceso.
¿Cuál, extranjero? Di. Enviado por un amigo, sé suficientemente que tus palabras serán buenas.
Voy a decirlo en pocas palabras: Orestes ha muerto.
¡Ay de mí! ¡Infortunada! Hoy muero.
¿Qué dices, qué dices, extranjero? No escuches á ésta.
Digo y repito que Orestes ha muerto.
¡Yo muero, desdichada! ¡No existo ya!
Piensa en lo que te atañe. Pero tú, extranjero, dime con verdad de qué modo ha perecido.
Para eso soy enviado, y te lo referiré todo. Habiendo venido Orestes á la más noble asamblea de la Hélada, á fin de combatir en los Juegos Délficos, oyó la voz del heraldo anunciar la carrera por la cual se abrían las luchas; y entró, resplandeciente de belleza, y todos le admiraban; y, cuando hubo franqueado el estadio de un extremo á otro, salió, obteniendo el honor de la victoria. No sabría yo decir en pocas palabras las innumerables grandes acciones y la fuerza de un héroe semejante. Sabe únicamente que volvió á alcanzar los premios de la victoria en todos los combates propuestos por los jueces de los juegos. Y todos le llamaban dichoso y proclamaban al argivo Orestes, hijo de Agamenón que reunió en otro tiempo el ilustre ejército de la Hélada. Pero las cosas son así, que, si un dios nos envía una desgracia, nadie es bastante fuerte para escapar á ella. En efecto, el día siguiente, cuando el rápido combate de los carros tuvo lugar al levantarse Helios, entró con numerosos rivales. Uno era acayo, otro de Esparta, y otros dos eran libios y hábiles en conducir un carro de cuatro caballos. Orestes, que era el quinto, llevaba yeguas tesalias; el sexto venía de Etolia con fieros caballos; el séptimo era magneta; el octavo, con caballos blancos, era de Enia; el noveno era de Atenas fundada por los Dioses; en fin, un beocio estaba en el décimo carro. Manteniéndose erguidos, después que los jueces hubieron asignado, según la suerte, el puesto de cada uno de ellos, en cuanto la trompeta de bronce hubo dado la señal, se precipitaron, excitando á sus caballos y sacudiendo las riendas, y todo el estadio se llenó con el estrépito de los carros resonantes; y el polvo se amontonaba en el aire; y todos mezclados juntamente, no ahorraban los aguijones y cada uno quería adelantar á las ruedas y á los caballos agitados del otro; porque éstos arrojaban su espuma y sus ardientes resoplidos sobre las espaldas de los conductores de carros y sobre el círculo de las ruedas. Orestes, acercándose al último límite, lo rozaba con el eje de la rueda, y, soltando las riendas al caballo de la derecha, contenía al de la izquierda. Ahora bien; en aquel momento, todos los carros estaban todavía en pie, pero entonces, los caballos del hombre de Enia, hechos duros de boca, arrastraron el carro con violencia, y, al volver, como, acabada la sexta vuelta, comenzaban la séptima, chocaron de frente con las cuadrigas de los libios. Una rompe á otra y cae con ella, y toda la Ilanura de Crisa se llena con aquel naufragio de carros. El ateniense, habiendo visto esto, se apartó de la vía y contuvo las riendas como hábil conductor, y dejó toda aquella tempestad de carros moverse en la llanura. Durante este tiempo, Orestes, el último de todos, conducía sus caballos, con la esperanza de ser victorioso al fin; pero, viendo que el ateniense había quedado solo, hirió las orejas de sus caballos rápidos con el sonido agudo de su látigo, y lo persiguió. Y los dos carros estaban lanzados sobre una misma línea, y la cabeza de los caballos sobresalía tan pronto de una como de otra cuadriga. El imprudente Orestes había llevado á cabo todas las demás carreras sano y salvo, manteniéndose derecho sobre su carro; pero, entonces, soltando las riendas al caballo de la izquierda, tropezó con el extremo de la meta, y, habiéndose roto el cubo de la rueda, cayó rodando de su carro, enredado entre las riendas, y los caballos, espantados de verle tendido en tierra, se lanzaron á través del estadio. Cuando la multitud le vió caído del carro, se lamentó por aquel hombre joven que, habiendo realizado hermosas acciones, y por un cruel destino, se veía arrastrado tan pronto por el suelo, tan pronto levantando las piernas en el aire, hasta que los conductores de carro, deteniendo trabajosamente los caballos que corrían, le levantaron todo ensangrentado y tal que ninguno de sus amigos hubiera reconocido aquel miserable cuerpo. Y le quemaron al punto sobre una hoguera; y unos hombres focidios, escogidos para ello, trajeron aquí, en una pequeña urna de bronce, las cenizas de aquel gran cuerpo, para que sea sepultado en su patria. He aquí las palabras que tenía que decirte; son tristes, pero el espectáculo que vimos es la cosa más cruel de todas las que hayamos jamás contemplado.
¡Ay de mí! ¡Ay! ¡Toda la raza de nuestros antiguos dueños está, pues, aniquilada radicalmente!
¡Oh Zeus! ¿qué diré de estas cosas? ¿Las llamaré favorables, ó terribles, pero útiles sin embargo? Es triste para mí no salvar mi vida sino por mis propias desventuras.
¿Por qué, ¡oh mujer! después de saber esto, te ves de ese modo atormentada?
La maternidad tiene un gran poderío. En efecto, una madre, aunque se vea ultrajada, no puede aborrecer á sus hijos.
¡A lo que parece, hemos venido aquí inútilmente!
Inútilmente, no. ¿Cómo has de haber hablado inútilmente, si has venido, trayéndome pruebas ciertas de la muerte de aquel que, nacido de mí, huyendo de mis pechos que lenutrieron y de mis cuidados, desterrado, ha llevado una vida apartada, que no me ha visto jamás después que abandonó esta tierra, y que, acusándome de la muerte de su padre, me amenazaba con un castigo horrible? De suerte que, ni durante la noche, ni durante el día, yo no gustaba el dulce sueño, y, por más tiempo que transcurriese, pensaba siempre que iba á morir. Ahora, pues, que me veo libre del peligro y no temo ya nada en adelante de él ni de ésta—porque ella era para mí una calamidad más amarga, viviendo conmigo y consumiendo siempre toda la sangre de mi alma—, llevaremos una vida tranquila, por lo menos en lo que concierne á sus amenazas.
¡Ay de mí! ¡Desdichada! ¡Ahora es, Orestes, cuando deploraré tu destino, puesto que, aun muerto, eres ultrajado por tu madre! ¿No es todo para el mayor bien?
No, por cierto, para ti, sino para él. Lo que le ha sucedido está bien dispuesto.
¡Escucha, Némesis vengadora del que ha muerto!
Insulta, porque ahora eres feliz.
En lo sucesivo, ni Orestes ni tú destruiréis esta felicidad.
Estamos destruídos nosotros mismos, en vez de que podamos destruirte.
Mucho mereces, extranjero, si, trayéndonos esta noticia, has hecho callar sus clamores furiosos.
Me voy, pues, si todo está perfectamente.
No, por cierto, eso no sería digno ni de mí ni del hués—ped que te ha enviado. Entra, pues, y déjala llorar fuera sus propias miserias y las de sus amigos.
¿No os parece que, triste y gemebunda, llora y se lamenta por su hijo herido de muerte miserable? ¡Ha entrado allá riendo! ¡Oh desgraciada de mi! ¡Oh queridísimo Orestes, me has perdido con tu muerte! ¡Has arrancado de mi espíritu la esperanza que me quedaba de que, viviendo, volverías un día á vengar á tu padre y á mí, infortunada! Y ahora, ¿de qué lado volverme, sola y privada de ti y de mi padre? ¡Me es preciso ahora quedar esclava entre los más detestados de los hombres, matadores de mi padre! ¿No tengo la mejor de las suertes? Pero no viviré jamás con ellos, en sus moradas, y me consumiré, prosternada, sin amigos, ante el umbral. ¡Y, si soy una carga para alguno de los que hay en la morada, que me mate! ¡Si no, será el dolor el que me matará, porque no tengo ya deseo alguno de vivir!
¿Dónde están los rayos de Zeus, dónde está el brillante Helios, si, viendo esto, permanecen tranquilos?
¡Ay! ¡ay! ¡Ay de mí! ¡ay de mí!
Hija, ¿por qué lloras?
¡Ay de mí!
No te lamentes demasiado alto.
Me matas.
¿Cómo?
Si me aconsejas esperar en los que han manifiestamente partido para el Hades, me insultas, consumida como estoy de dolor.
Sé, efectivamente, que el rey Anfiarao ha muerto, envuelto en las redes de oro de una mujer, y que, sin embargo, ahora bajo la tierra...
¡Ay! ¡ay! ¡ay de mí!
...reina sobre todas las almas.
¡Ay!
¡Ay! Efectivamente, la mujer execrable...
¿Ha recibido el castigo del crimen?
¡Sí!
Ya sé, ya sé: alguien vino que vengó al que había sufrido; pero nadie sobrevive para mí: el vengador que yo tenía me ha sido arrebatado por el destino.
Eres la más infortunada de todas las mujeres.
Demasiado lo sé, no habiendo sido nunca mi vida sino triste y lamentable.
No me consueles, pues, más, ahora que...
¿Qué dices?
...ninguna esperanza de socorro me queda del eupátrida fraternal.
El destino de todos los hombres es morir.
¡Qué! ¿en una lucha de caballos de pies rápidos, y enredados entre las riendas, como este desgraciado?
¡Calamidad no prevista!
Sin duda, en efecto. En tierra extraña, lejos de mis brazos...
¡Ay!
¿Quién hubiera previsto que sería encerrado en la urna, sin tumba y privado de nuestras lamentaciones?
A causa de mi gozo, ¡oh muy querida! dejando á un lado todo miramiento, llego apresuradamente, porque traigo felices cosas y el reposo de los males que te desgarraban y por los que gemías.
¿Dónde has encontrado un consuelo á mis males, á los que no se podría hallar remedio alguno?
Orestes está cerca de nosotros. Sabe que lo que te digo es seguro, tan cierto como que me ves en este instante.
¿Eres insensata, ¡oh infeliz! y te mofas de tus males y los míos?
¡Pongo por testigo al hogar paterno! Ciertamente, no me burlo al decir esto; antes bien, ten por cierto que él está aquí.
¡Oh desventurada de mí! ¿Y por qué hombre has sabido esa noticia á la que prestas fe tan fácilmente?
Por mí misma, no por otro, he visto las pruebas ciertas de ello, y en esto es en lo que tengo fe.
¡Oh desdichada! ¿Qué prueba has descubierto? ¿Qué has visto que haya encendido en ti una alegría tan insensata?
Habla, si tal es tu gusto.
Voy, pues, á decirte todo lo que he visto. Habiendo llegado á la antigua tumba de mi padre, vi, en la cima, regueros de leche recientemente derramados, y el sepulcro paterno adornado con toda especie de flores. Viendo esto, admirada, observé si se mostraba ante mí algún hombre; pero estando tranquilo todo aquel lugar, me acerqué á la tumba, y vi, en la cima, cabellos recién cortados. En cuanto los hube apercibido, desgraciada, una imagen familiar impresionó mi ánimo, como si viese una señal de Orestes, del más querido de todos los hombres; y los tomé en mis manos, sin decir nada, y derramando lágrimas á causa de mi alegría. Ahora, como antes, es manifiesto para mí que esas ofrendas no han podido ser llevadas mas que por él; porque ello no es cosa de mí ni de ti. Yo no he llevado esas ofrendas, ciertamente, lo sé bien, ni tú, porque ¿podías hacerlo, puesto que no puedes salir libremente de la morada, ni siquiera para suplicar á los Dioses? Tales pensamientos no suelen venir al éspíritu de nuestra madre, y si lo hubiera hecho, ello no se nos hubiera escapado. Sin duda alguna esos presentes fúnebres son de Orestes. Tranquilízate, ¡oh querida! Los mismos no tienen siempre la misma fortuna. En verdad, la nuestra nos ha sido ya contraria, pero puede ser que este día sea el augurio de numerosos bienes.
¡Ay! Tengo desde hace mucho rato piedad de tu demencia.
¡Qué! ¿no te regocija lo que te digo?
¿No sabré lo que he visto claramente yo misma?
¡Ha muerto, oh desdichada! Toda esperanza de salvación, proviniente de él, está perdida para ti. No pretendas ver jamás á Orestes.
¡Infeliz de mí! ¿Por quién has sabido eso?
Por alguien que estaba presente cuando él fué muerto.
¿Dónde está ese? Me quedo estupefacta.
Está en la morada, bien venido para nuestra madre, lejos de serle importuno.
¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿De quién eran, pues, esas ofrendas numerosas sobre la tumba de nuestro padre?
Creo que, seguramente, han sido depositadas allí por alguien, en honor de Orestes muerto.
¡Oh desventurada! ¡yo que, llena de alegría, me apresuraba á traerte una tal noticia, ignorando en qué calamidad estábamos sumidas! ¡Y he aquí que encuentro, al llegar, nuevas miserias añadidas á todas las demás!
Sí, por cierto; pero, si me das crédito, nos libertarás del peso de nuestros males presentes.
¿Puedo yo resucitar á los muertos?
No es eso lo que digo. No estoy de tal modo demente.
¿Qué ordenas, pues, que yo tenga fuerzas para cumplir?
Que te atrevas á lo que yo te aconseje.
Si ello es útil, no me negaré.
¡Mira! Nada se alcanza sin trabajo.
Ya lo sé. Haré lo que pueda.
Sabe, pues, cómo he resuelto obrar. Ya sabes que no contamos con la ayuda de ningún amigo. El Hades, arrebatándolos á todos, nos ha privado de ellos. Estamos solas y abandonadas. En verdad, tanto tiempo como he oído decir que mi hermano estaba entre los vivos y floreciente de juventud, he tenido la esperanza de que vendría un día vengar la muerte paterna; pero, ahora, desde que no existe, pienso en ti, para que vengues la muerte de tu padre y no vaciles en matar á Egisto con la ayuda de tu hermana; porque no me es lícito callarte nada. ¿Hasta cuándo seguirás inactiva, teniendo todavía una firme esperanza, tú, á quien no queda, privada de las riquezas paternas, mas que una abundancia de lamentos y de penas, por todo el tiempo que envejezcas, privada de nupcias? Porque, ciertamente, no esperes casarte algún día. Égisto no es de tal modo estúpido que permita, para su desgracia, que nazca una posteridad de ti ó de mí. Pero, si eres dócil á mis consejos, en primer lugar, serás alabada, por tu piedad, por tu padre muerto y por tu hermano. Luego, lo mismo que has nacido libre, serás Îlamada libre en lo porvenir, y celebrarás nupcias dignas de ti; porque todos suelen admirar las cosas honestas. ¿No ves qué ilustre fama adquiriremos, tú y yo, si me obedeces? ¿Qué ciudadano, en efecto, ó qué extranjero, al vernos, no nos colmará de alabanzas tales como éstas?: «Ved, amigos, esas dos hermanas que han salvado la morada paterna, y que, no economizando su vida, han dado muerte á sus enemigos, poseedores de inmensas riquezas. Es justo que todos las amen y las reverencien; es justo que en las fiestas sagradas de los Dioses y en las asambleas de los ciudadanos, todos las honren á causa de su varonil proceder.» Todos dirán esto de nosotras, mientras vivamos, y, aun después de la muerte, jamás disminuirá nuestra gloria. ¡Oh querida, obedece! Ven en ayuda de tu padre y de tu hermano, libértame de mis miserias, libértate á ti misma, pensando cuán vergonzoso es á los que son bien nacidos vivir en el oprobio.
En tales cosas, la previsión es útil á quien habla y á quien escucha.
Antes de hablar así, ¡oh mujeres! si su espíritu no hubiese estado turbado, hubiera mostrado una prudencia que parece haber rechazado desde entonces. ¿En qué piensas, en efecto, cuando quieres obrar con tanta audacia y me pides que te ayude? ¿No lo ves? Tú eres una mujer, no un hombre, y tienes muchas menos fuerzas que tus enemigos. Su Genio está muy próspero hoy; el nuestro está debilitado, reducido á la nada. Quién, pues, intentaría atacar á un hombre semejante sin incurrir en la mayor desgracia? Piensa en ello, no sea que, agobiadas ya de males, sufriéramos otros más crueles todavía, si alguien oyese tus palabras. No tendremos ni consuelo, ni provecho en merecer una fama gloriosa, si perecemos vergonzosamente. Lo másamargo no es morir, sino desear la muerte y no poderla alcanzar. Por eso, te lo suplico, reprime tu cólera, antesque hayamos enteramente perecido y que toda nuestra raza haya sido aniquilada. Yo tendré por no pronunciado lo que has dicho y te guardaré el secreto. En cuanto á ti, comienza por lo menos á ser prudente, y aprende, encontrándote sin fuerzas, á ceder á los que son más fuertes que tú.
Obedécela. No hay nada de lo más útil para los hombresque no pueda adquirirse con la prudencia y la sabiduría.
No has dicho nada que no esperase de ti. Bien sabía querechazarías mis consejos; pero yo obraré sola y por mi pro—pia mano, y jamás dejaremos esto sin realizar.
¡Ah! ¡Pluguiera á los Dioses que ese espíritu hubiese sido el tuyo, cuando nuestro padre fué muerto! Todo lo hubieras llevado á cabo.
Yo era entonces la misma en cuanto al pensamiento, perotenía el corazón más débil.
Haz de modo que tengas siempre el corazón así.
A mal comienzo, mal fin.
Admiro tu prudencia y aborrezco tu cobardía.
Un día también te oiré alabarme.
Jamás obtendrás eso de mí.
El tiempo será bastante largo para juzgar entre nosotras.
Vete, puesto que no me prestas ayuda alguna.
Así será, pero te falta un espíritu dócil.
Ve á contar todo esto á tu madre.
No estoy inflamada de tal odio contra ti.
Sabe al menos cuánto me cubres de oprobio.
¿Es preciso que me someta á lo que te parece justo?
Cuando seas prudente, entonces nos conducirás.
Es cruel hablar bien y no obtener éxito.
Tú hablas claramente de tu propio defecto.
¿Cómo, pues? ¿Te parece que he hablado mal?
Las acciones más justas dañan algunas veces.
Yo no quiero vivir conforme á tales reglas.
Si procedes así, me alabarás después del suceso.
Obraré así, sin cuidarme de tus amenazas.
¿Es, pues, eso cierto? ¿No cambiarás de propósito?
Parece que no te cuidas de lo que te digo.
He resuelto ya eso desde hace mucho rato.
Me voy, pues, porque tú no habías de aprobar mis palabras, no más que yo apruebo tu resolución.
Vuelve á la morada. No te acompañaré jamás en lo sucesivo, cualquiera que sea tu deseo, porque es grande tu demencia de perseguir lo que no existe.
Si te crees prudente para ti misma, piensa así; pero, cuando hayas caído en la desgracia, aprobarás mis palabras.
¿Por qué, pues, vemos á las aves que más alto vuelan y que son más animosas preocuparse del sustento de aquellos de quienes han nacido y que las han criado, y no obramos del mismo modo? Pero por los rayos de Zeus y de Temis Urania! el castigo no perdonará por mucho tiempo á éstos. ¡Oh Fama de los mortales, voz extendida de los que están bajo la tierra, habla á los Atreidas muertos y anúnciales estos oprobios lamentables!
Diles el abatimiento de su morada, y que sus hijas, divididas por la discordia, no están ya unidas por la amistad. Sola Electra, abandonada, gimiendo por sus males infinitos, combatida por un duelo sin fin, y, como el plañidero ruiseñor, sin tener ningún cuidado por su vida, está pronta á morir con tal que triunfe de esas dos Erinias. ¿Hay una hija tan bien nacida?
Nadie, siendo bien nacido, se resignará á deshonrar su sangre, ni á dejar que la gloria de su nombre perezca. Y por eso, hija, ¡oh hija! has querido mejor el destino común á todos, para merecer la doble alabanza de ser discreta y de ser una hija irreprochable.
¡Plegue á los Dioses que vivas tan superior á tus enemigos por el poder y las riquezas como estás ahora agobiada por ellos! Porque te veo menos abrumada por el destino que excelsa por el respeto que tienes á las leyes sacratísimas que florecen entre los hombres y por la piedad hacia Zeus.
¡Oh mujeres! ¿estamos bien informados? ¿Hemos llegado adonde queríamos ir?
¿Qué buscas, y con qué intención has venido?
Busco hace mucho tiempo dónde habita Egisto.
Has venido completamente en derechura. El que te mostró el camino no te ha engañado.
Esta, si verdaderamente conviene que uno de los allegados por la sangre lleve esa noticia.
¡Ve, mujer! Entra, y di que unos hombres focidios buscan á Egisto.
¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿No traéis las pruebas de eso de que hemos oído hablar?
No sé qué rumor es ese, sino que el anciano Estrofio me ha ordenado traer una noticia que concierne á Orestes.
¿Qué es ello, extranjero? ¡El terror me sobrecoge!
Como ves, traemos lo poco que queda de él en esta pequeña urna.
¡Infortunada de mí! ¡La cosa es, pues, cierta! ¡Veo manifiestamente lo que me abruma!
Si te conmueves por la desgracia de Orestes, sabe que su cuerpo está encerrado en esta urna.
Permíteme, te lo suplico por los Dioses, ¡oh extranjero! tomar esa urna en mis manos, si él está encerrado en ella, para lamentarme por mí y por toda mi raza llorando sobre esas cenizas.
Quienquiera que ella sea, vosotros que conducís esa urna, dádsela, porque no la pide con espíritu enemigo, sino que es de sus amigos ó de su sangre.
¡Oh recuerdo de aquel que fué para mí el más querido de los hombres, lo sólo que quedas de mi alma, Orestes, cuán diferente vuelvo á verte de lo que esperaba de ti cuando te hice marchar! ¡Porque, ahora, te tengo, cosa vana, entre mis manos, y te hice salir de esta morada, ¡oh hijo! todo resplandeciente de juventud! ¡Pluguiera á los Dioses que hubiese muerto cuando te envié á tierra extraña, habiéndote sacado con mis manos y salvado de la muerte! ¡Hubieras muerto aquel día, y habrías tenido la misma tumba que tu padre! Y he aquí que has perecido fuera de la morada, miserablemente desterrado en suelo extranjero, y lejos de tu hermana. Y yo, desventurada, no te he lavado con mis manos, ni retirado esta lamentable carga del fuego voraz, como era justo. ¡Sino que, infeliz, has sido sepultado por manos extrañas, y vuelves, pesando poco, en una estrecha urna! ¡Oh infortunada! ¡Oh cuidados inútiles que tan frecuentemente te he prodigado con tan dulce fatiga! Nunca, en efecto, fuiste más querido para tu madre que para mí. Ninguna otra, en la casa, sino yo sola, era tu protectora, y me llamabas siempre tu hermana. Todome falta á la vez en este día con tu muerte, y, como una tempestad, me lo has arrebatado todo al morir. ¡Mi padre ha perecido, yo soy muerta, tú no existes! Nuestros enemigos ríen; nuestra madre impía está insensata de gozo, porque me habías hecho anunciar frecuentemente que volverías como vengador. Pero un Genio, funesto para ti y para mí, lo ha deshecho todo, y trae aquí, en lugar de tu querida forma, tus cenizas y una sombra vana. ¡Ay de mí! ¡Oh cuerpo mísero! ¡Ay! ¡ay! ¡oh funesto viaje! ¡ay! ¡Lo has hecho, oh queridísimo, para perderme! ¡Sí, me has perdido, oh hermano! Por eso, recíbeme en tu morada, á mí que ya no existo, para que, no siendo ya nada, habite contigo bajo tierra. Cuando estabas entre los vivos, compartíamos el mismo destino, y, ahora que estás muerto, quiero compartir tu tumba, porque no creo que los muertos puedan sufrir.
Tú naciste de un padre mortal, Electra. Piensa en esto. Orestes también era mortal. Reprime, pues, tus gemidos demasiado prolongados. Todos tenemos necesariamante que sufrir.
¡Ay de mí! ¡ay! ¿qué diré? No encuentro palabras, y no puedo ya contener mi lengua.
¿Qué dolor te turba, que hablas así?
¿No es la ilustre Electra la que veo?
Ella misma, y bien desgraciada.
¡Oh destino infelicísimo!
¡Oh extranjero! ¿por qué te lamentas por nosotros?
¡Oh cuerpo indignamente ultrajado!
¡Ay! Tú vives desdichada y sin esposo.
Extranjero, ¿por qué lloras al mirarme?
¡Cuántos de mis males ignoraba todavía!
¿Por qué palabras mías los has sabido?
Te he visto agobiada por numerosos dolores.
Y ciertamente, no ves sino poco de mis males.
¿Cómo se puede ver otros más amargos?
Me veo obligada á vivir con asesinos.
¿De quién? ¿De dónde procede la desgracia de que hablas?
Con los asesinos de mi padre. Y me veo forzada á servirles.
¡Mi madre! Pero no tiene nada de madre.
¿Cómo? ¿Por la violencia ó por el hambre?
Por la violencia, por el hambre, por toda clase de miserias.
Y nadie viene en tu ayuda ni te defiende?
Ciertamente, nadie. No tenía mas que un solo amigo, del cual me has traído las cenizas.
¡Oh desgraciada, mucho rato hace que tengo compasión de ti!
Eres el único de todos los mortales que me tenga piedad.
Sólo sufro yo también de los mismos males.
¿Serás de nuestra familia?
Hablaría si supiese que éstas eran amigas nuestras.
Deja, pues, esa urna, para que lo sepas todo.
¡Te suplico por los Dioses, extranjero, no me la quites!
Obecece á mis palabras, y no te verás defraudada.
¡Por tu barba, no me arrebates esta urna queridísima!
No te es lícito conservarla.
¡Oh! ¡Desdichada, si se me priva de tus cenizas, Orestes!
Habla mejor. No te lamentas justamente.
¿No me lamento justamente por mi hermano muerto?
No conviene que hables así.
¿Debo, pues, ser despreciada por él?
¿Cómo, puesto que llevo las cenizas de Orestes?
Las cenizas de Orestes no están ahí, si no es en palabras.
¿Dónde, pues, está la tumba de ese desgraciado?
En ninguna parte. Los vivos no tienen tumba.
¿Qué dices, hijo?
No digo nada falso.
¿Vive, pues?
Puesto que mi alma está en mí.
¿Eres tú, pues, Orestes?
Mira esta señal de mi padre, y reconoce que digo verdad.
¡Querídisima! Lo atestiguo.
¡Oh voz, ya te oigo!
No me busques, pues, ya.
¡Ya te tengo en mis brazos!
Y me tendrás siempre.
¡Oh queridísimas mujeres, ob ciudadanas, ved á este Orestes que palabras astutas decían muerto y que la misma astucia nos vuelve sano y salvo!
Ya le vemos, ¡oh hija! y, por causa de la alegría de un tan feliz suceso, las lágrimas brotan de nuestros ojos.
¡Oh retoño, retoño de un padre queridísimo, al fin has venido, has vuelto á hallar, te has acercado, has visto á los que deseabas grandemente!
Henos aquí. Pero aguarda en silencio.
Lo mejor es callar, no sea que alguien oiga en la morada.
Pero, por la virgen Artemis que me protege, no hay nada que temer de ese inútil rebaño de mujeres que están en la morada.
Piensa, sin embargo, que el espíritu de Ares está también en las mujeres, como tú misma lo experimentaste en otro tiempo.
¡Ay de mí! ¡ay! Me evocas el claro recuerdo de la desgracia que nos hirió, y que no puede ser ni olvidada ni aniquilada.
Lo sé también, pero no es necesario recordar eso sino en el momento preciso.
¡Ah! Todo momento, todo momento es bueno para decla—rar legítimamente estas cosas, porque he aquí que puedo al cabo hablar con libertad.
Pienso como tú. Así, pues, conserva esa libertad.
¿De qué modo?
¿Quién, pues, pensará que es prudente callar en vez de hablar, cuando me es dado volverte á ver de pronto y contra toda esperanza?
Me has vuelto á ver cuando los Dioses me han ordenado volver.
Me siento llena de una alegría aún más grande al saber que un dios ha hecho que vinieses á esta morada, porque pienso que ello es verdaderamente cosa de un dios.
No quisiera reprimir tu alegría; sin embargo, tengo el temor de que te abandones á ella con exceso.
¡Oh tú que, después de tanto tiempo, has hecho este viaje afortunado, y que te has dignado mostrarte á mí, viéndome agobiada de males! No me...
¿Qué no debo hacer?
No me prohibas gozar del placer de tu presencia.
Me sentiría, por el contrario, muy irritado, si viese que se te prohibía.
¿Por qué no?
¡Oh amigas! Cuando supe esta noticia que jamás había esperado, aunque estaba desesperada, escuché, muda y desventurada. Pero ya te poseo ahora; te me has aparecido, ostentando tu amadísimo rostro que jamás he olvidado, ni aun abrumada por las mayores desdichas.
¡Basta de palabras superfluas! No me digas ni que mi madre es mala, ni que Egisto, agotando la morada de las riquezas paternas, las esparce y las disipa sin medida; porque las palabras inútiles harían perder un tiempo propício. Infórmame más bien acerca de las cosas presentes, di en qué lugar debemos aparecer, ó permanecer ocultos, para que reprimamos con nuestra llegada á nuestros insolentes enemigos. Y ten cuidado, cuando hayas entrado en la morada, con venderte, por tu semblante alegre, ante tu madre cruel; antes bien, laméntate por la falsa desgracia que se te ha anunciado. Cuando la cosa esté felizmente terminada, entonces será lícito reir y regocijarse libremente.
¡Oh hermano! Todo lo que te plazca me placerá igualmente, porque recibo de ti y no de mí misma la dicha de que gozo; y no me atreveré á serte importuna, aun con la mayor ventaja para mí, porque serviría mal así al Genio que nos es ahora propicio. Ya sabes las cosas que pasan aquí; ¿cómo no, en efecto? Has oído que Egisto está ausente de la morada y que mi madre se encuentra en ella; pero no temas que ella vea en míjamás un semblante alegre, porque un viejo odio está inmutable en mí, y, después de haberte visto, no cesaré jamás de derramar lágrimas de alegría. Y ¿cómo he de cesar de llorar, yo que, en un mismo momento, te he visto muerto y vivo? Me has causado una alegría tan inesperada, que, si mi padre volviese vivo, su vuelta no me parecería ya un prodigio, y creería verle, en efecto. Puesto que de este modo has vuelto hacia nosotros, conduce el asunto como es tu propósito; porque, si hubiese estado sola, hubiera alcanzado uno de estos dos objetos: me habría gloriosamente libertado, ó habría sucumbido gloriosamente.
Os aconsejo el silencio, porque oigo que alguien sale dela morada.
¡Entrad, oh extranjeros! Por lo demás, lo que traéis no encontrará nadie en esta morada que lo rechace ó que lo acoja de buen grado.
¡Oh en extremo insensatos é imprevisores! ¿no os cuidáis, pues, de vuestra vida, ó habéis perdido el juicio, que no os apercibís de que la desgracia está cerca, ó que, más bien, estáis sumidos en ella del modo más peligroso? Si yo no vigilase desde hace mucho rato delante de las puertas, los propósitos que meditáis habrían penetrado en la morada antes que vosotros. Pero yo he previsto eso. Así, pues, terminando los largos discursos y los clamores alegres y sin medida, entrad; porque está mal vacilar en una tal empresa, y he aquí la ocasión de obrar con una gran prontitud.
¿Cómo se presentarán las cosas cuando yo haya entrado?
Del mejor modo, pues, por fortuna, nadie te conoce.
Seguramente, has anunciado que había muerto..
¿Se regocijan con esa noticia? ¿Qué dicen?
Ya te responderé, terminado el asunto. Por el momento, todo lo que atañe á ellos va bien, hasta lo que es malo.
¿Quién es éste, hermano? ¡Dímelo, por los Dioses!
¿No le conoces?
No me acude nada de él á la memoria.
¿No te acuerdas ya de aquel en cuyas manos me pusiste en otro tiempo?
¿De quién? ¿qué dices?
¿Cuyas manos, por tu previsión, me llevaron á tierra focidia?
Este es aquél? ¿El único que encontré fiel entre todos, cuando mi padre fué entregado á la muerte?
Este es aquél. No me preguntes más.
¡Oh amadísima luz! ¡Oh único salvador de la casa de Agamenón! ¿cómo has venido aquí? ¿Eres tú el que nos ha salvado, á éste y á mí, de innumerables males? ¡Oh amadísimas manos! ¡Oh tú, cuyos pies nos han prestado un felicísimo servicio! ¿por qué me engañabas, cuando estabas presente, y no te revelabas á mí, sino que, al contrario, me matabas con tus palabras, teniendo por mí tan benévolos designios? Salud, ¡oh padre! porque me parece ver á un padre. ¡Salud! ¡Sabe que, de todos los hombres, eres el que en un mismo día he más aborrecido y más amado!
Basta. Numerosas noches y numerosos días transcurrirían, Electra, si me fuese preciso referirte lo que ha pasado desde aquel tiempo; pero á vosotros dos, que estáis aquí, os digo que ha llegado el tiempo de obrar. Clitemnestra está ahora sola y no hay hombre alguno en la morada; pero, si tardáis, pensad que tendréis que combatir, juntamente con éstos, á otros muchos enemigos más hábiles.
¡No hay necesidad de más largos discursos, Pílades! Es preciso entrar apresuradamente, habiendo saludado primero las imágenes de los Dioses paternos, á todas, tantas cuantas están, bajo este propíleo.
¡Rey Apolo! Escúchanos favorablemente, á ellos y á mi que frecuentemente he tendido hacia ti mis manos llenas de presentes, tanto cuanto he podido. Ahora, ¡oh Apolo Licio! vengo á ti, suplicándote con palabras, la única cosa que poseo; y te pido y te suplico que nos ayudes benévolamente en esta empresa, y que muestres á los hombres qué recompensas reservan los Dioses á la impiedad.
¡Ved adónde se precipita Ares que respira una sangre ineluctable! Entran en la morada, los Perros inevitables, vengadores de los crímenes horribles. Por eso no esperaré más tiempo, pues va á realizarse el acontecimiento que mi espíritu había previsto; porque el Vengador de los muertos entra con pie furtivo en la morada en que están las antiguas riquezas paternas, teniendo en las manos la espada recién aguzada. Y el hijo de Maya, Hermes, cubriéndôle de tinieblas, le lleva á su objeto sin más tardar.
¡Oh queridísimas mujeres! Los hombres van á llevar á cabo su obra, guardad silencio.
¿Cómo? ¿Qué hacen ahora?
Ella prepara la urna funeraria, y ellos están de pie cerca de ella.
¿Por qué has salido?
A fin de vigilar para que Egisto no penetre bajo este techo por nuestra imprudencia.
¡Ay de mí! ¡ay! ¡Oh morada vacía de amigos llena de asesinos!
Alguien grita en la morada. ¿No oís, oh amigas?
¡Desdichada de mí! Egisto, ¿dónde estás?
Alguien grita de nuevo.
¡Oh hijo! ¡ten piedad de tu madre!
Pero tú no tuviste piedad de él en otro tiempo, ni del padre que le engendró.
¡Oh ciudad! ¡Oh raza miserable, tu destino es perecer, perecer á la luz de este día!
¡Desdichada de mí! ¡estoy herida!
Hiérela de nuevo, si puedes.
¡Ay de mí! ¡otra vez!
¡Pluguiera á los Dioses que Egisto lo fuese al mismo tiempo que tú!
Orestes, ¿en qué va vuestra obra?
Todo va bien en la morada, si Apolo ha profetizado bien.
¿Ha muerto la miserable?
No tienes ya que temer en adelante verte ultrajada por las palabras injuriosas de tu madre.
Haced silencio, porque veo á Egisto.
¡Oh hijas! ¿no entraréis?
¿Dónde veis al hombre?
Hele aquí. Viene hacia nosotros, alegre, saliendo del arrabal.
Retiraos prontamente bajo el pórtico; acabad felizmente lo que habéis felizmente realizado ya.
Tranquilízate; lo acabaremos.
Heme aquí.
Yo me ocuparé de lo que es preciso hacer aquí.
Es preciso deslizar algunas dulces palabras en los oídos de este hombre para que se lance imprudentemente en el combate oculto de la justicia.
¿Quién de vosotros sabe dónde están esos extranjeros focidios, que han venido á anunciarnos que Orestes había perdido la vida en un naufragio de carros? Ciertamente, á ti es á quien hablo, á ti, digo, siempre tan tenaz hasta aquí; porque creo que debes estar con gran cuidado por esa noticia y debes saberla perfectamente.
La sé, ¿cómo no había de saberla? Estaría, en efecto, ignorante acerca de lo que me es más querido.
¿Dónde están, pues, esos extranjeros? Dimelo.
En la morada. Han recibido allí una hospitalidad amistosa.
¿Han anunciado que había seguramente muerto?
Podemos, pues, asegurarnos de ello claramente.
Sin duda, y es un espectáculo lamentable.
Ciertamente, contra tu costumbre, me causas una gran alegría.
Regocíjate, si ello es de naturaleza que te regocije.
Ordeno que se calle y que se abran las puertas, para que toda la multitud de los micenios y de los argivos mire, y que, si alguno de ellos estaba todavía lleno de esperanza, desespere de la vuelta de ese hombre viéndole muerto, y, viniendo á sanas resoluciones, acepte mi freno, sin ser obligado á ello por la fuerza ó por el castigo.
He hecho lo que podía ser hecho por mí. He aprendido al fin á ser prudente y á someterme á los más fuertes.
¡Oh Zeus! Veo la forma de un hombre muerto por la envidia de los Dioses. Si no es lícito hablar así, no he dicho nada. Quitad ese velo fuera de mis ojos, para que con mis lamentos honre á mi pariente.
Me aconsejas bien, y haré lo que dices. En cuanto á ti, llama á Clitemnestra, si está en la morada.
Ahí está, cerca de ti. No mires ninguna otra cosa.
¡Desdichado de mí! ¿Qué veo?
¿Qué temes? ¿No la reconoces?
¡Desgraciado! ¿en medio de los lazos de qué hombres he caído?
¿No adivinas que hablas hace largo tiempo á vivos como si estuviesen muertos?
¡Ay! Comprendo esa palabra, y el que me habla no puede ser otro que Orestes.
Aunque seas un excelente adivino, te has engañado largo tiempo.
¡Ay de mí! Soy muerto. Pero permíteme al menos decir algunas palabras.
Por los Dioses, hermano, no permitas que hable más largo tiempo y prolongue sus discursos. ¿Para qué, en efecto, cuando un hombre, presa de la desgracia, debe morir,