Balada XXIII: La cacería feudal

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Baladas españolas
Balada XXIII : La cacería feudal
 de Vicente Barrantes


A D. Eduardo Gasset


Media luna las armas de su frente.
GÓNGORA.


Ya sale la comitiva
¡viva!
de D. Guillén que va a caza:
¡plaza!
Y villanos y monteros,
pajes y palafreneros
con su señor también van;
sin que falte
gerifalte,
ni el beato
fray Torcuato,
capellán.

EL SEÑOR
«Padre, empecemos con modo.
»Todo
»se debe a Dios: ¿no rezamos?

FRAY TORCUATO
»Vamos.
»-Señor, de los mundos eje,
»rey de los bosques, protege
»la caza de D. Guillén;
»caballero
»limosnero,
»que tu ayuda,
»¿quién lo duda?
»paga bien.-»

«Él tiene en nuestra capilla
»silla;
»a tus monges da decoro,
»y oro.
»Cuando mueran sus vasallos
»ricas mandas obligallos
»a que te dejen sabrá.
»Nieto y todo
»de un rey godo,
»es honrado,
»buen casado...

EL SEÑOR
»¡Basta ya!»

Y parte la comitiva:
¡viva!
ya da principio la caza;
¡plaza!
Los villanos y los perros
inundan montes y cerros;-
mientras con trémula voz,
la galana
castellana
desde el puente
dulcemente
grita: -¡Adiós!-

Y D. Guillén lleva el pecho
hecho
añicos por volver pronto...
¡tonto!
Y a gritos por la maleza
desahoga su tristeza
el pobre marido, así:
«-¡Sus, villanos!
»¡sus, alanos!
»presta, presta
»mi ballesta,
»dadme aquí!

«Fray Torcuato, el benedícite,
dícite:
»que hay caza, y non sum modrego
ego.
»¡Mal haya tanta sotana
»como en tierra castellana
»por todas partes se ve!
»A ese fardo
»el tabardo,
»al bonete
»el almete,
»trocaré.»

«¡Mi capellán tan devoto...
»¡voto!...
»¡mi capellán ese sayo...
»¡rayo!...
»Ea: seguidme al escape:
»¡pobre del ciervo que atrape!
»no le alcanza ni la unción.
»Yo me entiendo,
»reverendo.
»Es locura
»que la cura
»un sermón.»

-Villanos y caballeros
fieros
al compás que la trahílla
chilla,
inundan el campo verde
donde la vista se pierde...
¡qué barahúnda! ¡qué afán!
Fieras rugen,
armas crugen;
y corceles
y lebreles,
juntos van.

Las herradas armaduras
duras
brillan como fatuo fuego
luego;
y la serpiente se estira,
y se enrosca, y se retira,
y desparece también.
Solo el eco
en son hueco
trae el grito
del bendito
don Guillén.

»Tras los ciervos, como gamos
»vamos;
»que no quede, por San Bruno,
»uno.
»Mis arqueros, ¡preparaos!
»compañeros, -¡alegraos!
»esta noche gran festín.
»Ciervo asado,
»¡buen bocado!
»y bebida
»sin medida,
»y sin fin.»

Un ciervo como una torre
corre
desde la llanura al cerro...
«-¡Perro!...
»¡Sus! ¡la mitad de mi estado
»al que mate ese venado.
»¡Sus! sigámosle en tropel.
»Dos caballos,
»mil vasallos,
»seis doncellas
»las más bellas,
»doy por él.

»Sus cuernos para trofeo
»deseo
»aunque mi señora Nuña
»me gruña.
»¡Sus!»
Y al escape volando
van, y don Guillén gritando,
en pos del ciervo infeliz,
por llanuras,
espesuras,
arboledas,
y veredas.
de perdiz.

Da el señor tan inauditos
gritos,
que se lo creyera a poco
loco.
Sangre chorrea la espuela;
el corcel no corre, vuela;
ladrando los perros van
y el venado
fatigado
salta y gime
con sublime
vano afán.

¡Ay! que nadie te socorre:
¡corre!
Quiere en sus brazos la muerte
verte.
¿Te ahoga cálido viento?
Es el diabólico aliento
del perro y de su señor.
Ciervo mío,
pasa el río;
nada, avanza,
que te alcanza
el cazador.

No, por Dios, de entre las algas
salgas,
que te aguarda la ballesta
presta.
¡Ay! rey de la verde zona,
has perdido tu corona,
tus pies de rayo también.
A la orilla
la trahílla
te destroza.
¡cuánto goza
don Guillén!

Ya vuelve la comitiva:
¡viva!
ya el señor torna de caza:
¡plaza!
Y villanos y monteros
pajes y palafreneros
haciéndole plaza van
y espirante
jadeante,
el beato
fray Torcuato,
el capellán.

¡Gran presa es el ciervo muerto!
cierto.
Seis lustros su cornamenta
cuenta.
-Entre hachones resplandece
doña Nuña, que aparece
a la ventana ojival,
y admirada
la taimada
con ambaje
dice a un paje
-«¡qué animal!»

Esta noche les das buena
cena;
te ahogarán en el divino
vino;
pero al fin, pobre venado,
doña Nuña te ha vengado...
¡justo castigo de Dios!
El rastrillo
del castillo,
¡linda caza!
de tu raza
pasáis... dos...