Balada XXXI: Un misterio

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Baladas españolas
Balada XXXI : Un misterio
 de Vicente Barrantes


¿Queréis saber un misterio
de los que el mundo no entiende,
porque la fe que le falta
ciego del alma lo tiene?
En los hechos más sencillos
mira el filósofo a veces
la mano de Dios, y entonces
la bendice y los comprende.

¿Queréis saber un misterio
de Dios? escuchad pues éste.

Más que ninguna hermosa,
más que todas feliz,
por el mundo entre flores y gozosa
iba una meretriz.
Era su anhelo el placer,
su vida la bacanal,
y ella creía ¡pobre mujer!
ventura eternal
los halagos del ángel del mal.

Quiso una noche el hado
probarla su rigor,
y un mozalvete que pasó a su lado,
le dijo con amor:
-¿Quién eres, niña donosa?
-Soy una feliz mujer,
que va volando cual mariposa
de placer en placer.
-¿Eres dichosa? -¿No lo he de ser?

«Me duermo entre los besos;
»Mis sueños de oro y luz,
»en deleites me embriagan y embelesos...
»¿Quieres probarlos tú?
»Hago los años instantes,
»eternizo los placeres,
»todos los hombres son mis amantes,
»burlo a las mujeres...
»y... soy dichosa. -«¡Cómo lo eres!...»

»-¿Qué vale la existencia
«de la mujer al fin?
»lo que la rosa de fugaz esencia,
»prez de un jardín.
«Se ve, se coge, se admira,
»se marchita, se deshoja,
»y con desprecio luego se tira...
»la vida me enoja,
»y deshago la flor hoja a hoja.»

Capricho fue sublime
del acaso o de Dios;
un lazo forja Amor y los oprime
con él allí a los dos.
Y ya la horroriza el oro,
y aunque el llorar ignora,
perdido al ver su virginal tesoro
de cuerpo y alma, llora,
para regalo del que la adora.

Duerme al son de los besos
sueños de oro y de luz,
embriagada en deleites y embelesos,
que ignora la virtud.
Pero a veces se despierta
en sobresalto cruel,
sentir creyendo que un alma muerta
es el alma de él,
y que sus besos destilan hiel.

Hubo una noche lúgubre
que a su galán llamó,
sedienta de placer, y un eco tétrico
sólo le respondió.
-«Ángel mío, vida mía,
»¡respóndeme por tu amor!»
pero dormido su amor seguía;
y en tenue vapor
se elevaba su alma al Señor.

«Yo a la implacable muerte
»su presa arrancaré.
»Dormido así en mi seno ¿he de perderte,
»mi único Dios y fe?
»¡Era yo tan venturosa!
»su amor me regeneraba.
»Para los cielos yo soy su esposa,
»desde que él me amaba
»yo en los cielos mi vista fijaba.»

Pero resuena un canto
lúgubre, funeral.
«Ilusiones... amor... ¡ay!... ¡humo! ¡llanto!
»todo aquí es mortal.»
«No turbes ya su reposo
(el sacerdote le grita)
«sólo la esposa llora al esposo;
»tú estás maldita,
»y tu llanto a los cielos irrita.»