Berenice (Poe)

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
 
BERENICE


 Dicebant mihi sodales, si sepulchrum
amicæ visitarem, curas meas aliquantulum
fore levatas

(Ebn Zaiat.)


La miseria es múltiple. La desgracia afecta diversas formas. Extendiéndose por el vasto horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados, tan distintos y hasta tan íntimanente mezclados, como los que presenta ese fenómeno. ¡Extendiéndose por el vasto horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de lo desagradable? ¿del anuncio de paz, un símil de dolor? Pero así como en ética el mal es una consecuencia del bien, en la realidad, es del placer que ha nacido el dolor. Ó la memoria de la dicha pasada es la pena de hoy, ó las agonías presentes tienen su origen en los éxtasis que pueden haber existido.

Mi nombre de bautismo es Egœus; el de mi familia no lo diré. No hay en la tierra mansión más antigua que mi sombrío, gris y hereditario castillo. Nuestra raza ha sido llamada raza de visionarios; y en algunas circuns­tancias extrañas, en el carácter de la casa señorial, en los frescos del salón principal, en las tapicerías de los dormitorios, en el cincel de algunas columnas de la sala de armas, en la forma de la biblioteca, y, en fin, en la naturaleza verdaderamente singular de los libros en­cerrados en ella, hay más que suficiente materia para disculpar esa creencia.

Los recuerdos de mis primeros años datan de ese cuarto y de esos volúmenes. Ahí murió mi madre. Ahí nací yo. Pero sería simplemente una tontería el decir que yo no había vivido antes, que el alma no tiene existencia anterior. ¿Lo negáis? no discutamos sobre este asunto. Convencido yo, no busco convencer á los demás. Existe, sin embargo, un recuerdo de aéreas formas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes; un recuerdo que no quiere abandonarme, una memoria como de una sombra, vaga, variable, indefinida, irregular·; sombra de la que no podré verme libre, mientras brille el sol de mi razón.

En ese cuarto nací. Despertándome así de la larga noche de lo que parecía, pero no era, la no existencia, en medio mismo del país de las hadas, en un palacio imaginario, en el extravagante dominio del pensamiento y la erudición monásticas, no es singular que dirigiera á mi alrededor miradas estremecidas y ardien­tes, que malgastara mi infancia en libros y disipara mi juventud en fantasías; pero es singular que, ha­biendo conocido los años, la virilidad me encontrara to­davía en la mansión de mis padres; es sorprendente que esta estaguación cayera sobre la primavera de mi vida, sorprendente la inversión total que se hizo sitio en el carácter de mis ideas más comunes. Las realida­des del mundo me afectaban como visiones, y como visiones solamente, mientras que los locos pensamien­tos de la tierra de los sueños se convertían, á su turno, no en el alimento de mi vida diaria, sino en mi vida misma.

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Berenice y yo éramos primos, y ambos crecimos en mi casa paterna. Sin embargo, crecimos diferente­mente: yo, débil de salud y sumergido en mi tristeza, ella, ágil, graciosa, dasbordanuo energía; para ella, los paseos en la colonia; para mí, los estudios del claustro; vivía en mi propio corazón, y dedicado en cuerpo y alma á la meditación más penosa; ella, errando descuidada á través de la vida, sin pensar en las sombras de su camino ó el silencioso vuelo del alado cuervo de las horas. ¡Berenice! ¡Invoco su nombre! ¡Berenice! y entre las ruinas de mi memoria se agitan á ese llamado mil tumultuosos recuerdos! ¡Ah! ¡Su imagen está ahora delante de mí, como en los primeros días de su sincero gozo! ¡Oh esplendente, aunque fan­tástica balleza! ¡Oh sílfide de las florestas del Arnheim! ¡Oh náyade de sus fuentes! Y después, después, todo es misterio y terror; una historia que no debía ser narrada. Una enfermedad, una fatal enfermedad cayócomo el simoún sobre su cuerpo; y hasta mientras yo la miraba, el espíritu del cambio se deslizaba en ella, apoderándose da su ánimo, sus trajes y su carácter, y de la manera más sutil y terrible, perturbando hasta su identidad personal. ¡Ay! el destructor iba y venía; y la victima, ¿dónde está? ¡No la conozco, ó no la conozco ya como Berenice!

Entre el numeroso cortejo de enfermedades que si­guieron á la que efectuó tan horrible revolución en el ser moral y físico de mi prima, debe ser mencionada, como la más aflictiva y obstinada en su naturaleza, una espe­cie de epilepsia, que terminaba frecuentemente en cata­lepsia, catalepsia que se parecía muchísimo a la muerte positíva, y de la que volvía, en el mayor número de casos, con un brusco estremecimiento. Mientras tanto, mi propio mal, pues se me ha dicho que no debía lla­marlo con otro nombre, mi propio mal crecía rápidamente, hasta asumir, por último, un carácter mono­maníaco de una nueva y extraordinaria forma, ganando vigor de hora en hora y de momento en momento, y obteniendo, por fin, sobre mí, el más incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si debo llamarla así, consistía en una mórbida irritabilidad de esas cuali­dades del alma, conocidas en la ciencia de la metafísica por cualidades de atención. Es más que probable que no sea entendido; pues temo, á la verdad, que no me sea posible trasmitir á la generalidad de los lectores una idea adecuada de esa nerviosa intensidad de interés, con que en mi caso las potencias meditativas, para no emplear tecnicismos, se hundían en la contemplación de los objetos más comunes del universo.

Cavilar infatigablemente horas enteras, con la aten­ción fija sobre alguna frívola observación encontrada en el margen ó en la tipografía de un libro; quedar ab­sorto, durante la mayor parte de un día de verano, contemplando una fantástica sombra que caía oblicuamente sobre la tapicería ó el pavimento; olvidarme á mí mismo toda una noche, velando la monótona llama de una lámpara ó las chispas del carbón encendido; soñar varios días con el perfume de una flor; repetir, estúpidamente, alguna palabra vulgar, hasta que el sonido, por la frecuente repetición, cesara de represen­tar una idea cualquiera; perder toda conciencia de mo­vimiento ó vida física, por medio de un largo reposo, obstinadamente prolongado; tales eran algunas de las más comunes y menos perniciosas fantasías produci­das por una condición de las facullades mentales, que aunque no sin ejemplo, desafía ciertamente el análisis ó la explicación.

Trataré de hacerme comprender, sin embargo. La irregular, intensa y mórbida atención así excitada por objetos frívolos por naturaleza, no debe ser confundida con esa propensión á meditar, común á toda la humanidad y á la cual se abandonan más especialmente las personas de ardiente imaginación. No era ni siquiera, como se podía haber supuesto al principio, una condi­ción extrema ó exagerada de esa propensión; era,· sobre todo, esencialmente distinta de ella. En gene­ral, el soñador ó entusiasta, estando interesado por un objeto usualmente no frívolo, lo pierde de vista de una manera imperceptible, merced á una multitud de deducciones y sugestiones que proceden del ob­jeto mismo, hasta que al fin, á la conclusión de esa quimera, á menudo llena de lujuria, encuentra el incitamentum, ó causa primera de sus cavilaciones, enteramente desvanecido y olvidado. En mi caso, el objeto primitivo era invariablemente frívolo, aunque asumía, por medio de mi perurbada visión, una importancia imaginada. Pocas deducciones ó ninguna eran hechas; y esas pocas volvían pertinazmente hacia el punto de partida, como á un centro. Las medita­ciones no eran agradables jamás; y á la terminación de la causa primera, lejos de haber sido perdida de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerndo, que era la fisonomía predominanto de la enfermedad. En una palabra, la potencia intelectual más ejercitada en mi, como he dicho antes, era la de la aten­ción, mientras que en el soñador, es la especulativa.

Mis libros en esa época, si no servían para irritar el desorden, participaban, como se verá, por su naturaleza imaginativa é ilógica, de las cualidades características del desorden mismo.

Recuerdo muy bien, entre otros, el tratado del noble italiano Cœlius Secundus Curio, De Amplitudine Beati Regni Dei, la gran obra de San Agustín, La Ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, en la que se encierra la sentencia paradójica: Mortuus est Dei filius; credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit; certum est quia impossibile est, que ocupó todo mi tiempo durante muchas semanas de laboriosas é inútiles investigaciones.

De esta manera, parecerá que, agitada en su ba­lanza sólo por cosas triviales, mí razón tenía similitud con ese peñasco de que habla Ptolomeo Hephestion, fue resistía á los ataques de la violencia humana y á la ciega furia de las aguas y de los vientos, pero tem­blaba al tacto de la flor llamada Asphodel. Y aunque, para un pensador negligente, pueda parecer un asunto fuera de duda, que la alteración pro­ducida en la condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad, me procurara muchos motivos para ejercitar esa intensa y anormal meditación que he tenido tanta pena en explicar, no era eso, sin em­bargo, lo que me acontecía. En los intervalos lúcidos de mi mal, su enfermedad, es cierto, me causaba dolor, y lamentando profundamente aquella desaparición total de su hermosura, y de su vida, no dejaba de re­flexionar, de una manera frecuente y siempre amarga, sobre los maravillosos medios de que se había valido para presentarse una resolución tan extraña. Pero es­tas reflexiones no participaban de la idiosincracia de mi mal, y eran tales como podían haber ocurrido á la masa ordinaria de los hombres. Lógico con su propio carácter, mi desorden se alimentaba con los menos im­portantes, pero más sorprendentes cambios operados en el físico de Berenice, con la singular y espantosa desaparición de su identidad personal.

Durante los más brillantes días de su incomparable belleza, es seguro que yo no la había amado todavía. Á causa de la extraña anomalía de mi existencia, las simpatías no han tenido nunca origen en mi corazón, y mis pasiones han procedido siempre del espiritu.

Á través de las nieblas de la madrugada, entre las cruzadas sombras de la selva, al medio día y en el silencio de mi biblioteca, á la noche, ella había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como la viviente y tangible Berenice, sino como la Berenice de un sueño; no como un ser de la tierra, corpóreo, sino como la abstracción de ese ser; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como un tema de la más oscura é irregular especulación. Y ahora — ahora me estremecía en su presencia y me ponía pálido al sentir que se aproxi­maba; sin embargo, lamentando amargamente su des­consoladora enfermedad, me acordé que ella me había amado mucho tiempo, y, en un mal instante, le hablé de mi matrimonio.

Y al último, el período de nuestras bodas se iba aproximando, cuando, en una tarde de invierno del año — uno de esos días intempestivamente calurosos, tranquilos y nublados, que son las nodrizas de la bella Alción[1] — me senté (y me senté, como pienso, solo) en uno de los salones interiores de la biblioteca. Y levantando los ojos, vi que Berenice estaba delante de mí.

¿Fué mi propia imaginación excitada, ó la influencia de la niebla, ó el incierto crepúsculo del cuarto, ó las sombrías vestiduras que caían á lo largo de su cuerpo — lo que le prestó un contorno tan vacilante y tan indistinto?

No podría decirlo. Berenice no habló una palabra; y yo por nada del mundo hubiera despegado mis labios. Un helado estremecimiento recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de insuperable ansiedad, y una curiosidad consumidora se apoderó de mi alma; y echándome hacia atrás en la silla, permanecí algunos instantes sin aliento ni movimiento, con mis ojos fijos en su persona. ¡Ay! su extenuación era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo quedaba en una sola linea de sus contornos. Mis ardientes miradas cayeron por fin sobre su rostro.

La frente era alta, y muy pálida y singularmente plá­cida; y el cabello, en otro tiempo de azabache, que caía parcialmente sobre ella, sombreando las escavadas sienes con innumerables rizos, era entonces de un rubio vivaz, que reñía discordantemente, en su fantás­tico carácter, con la melancolia dominante del aspecto. Los ojos no tenían vida ni brillo, y hasta parecían sin pupila. Desvié involuntariamente la vista de sus mira­das vidriosas para pasar á la contemplación de sus delgados y encogidos labios. Los abrió, y en medio de una sonrisa de peculiar expresión, los dientes de la cambiada Berenice se presentaron lentamente á mis ojos. ¡Pluguiera á Dios que no los hubiera visto, ó que habiéndolos visto, hubiera muerto!

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El ruido de una puerta que se cerraba interrumpió mi meditación, y levantando los ojos, vi que mi prima había abandonado el cuarto. Pero no había partido del desordenado cuarto de mi cerebro, y no quería salir de él la pálida imagen de los dientes. Ni una mancha en su superficie — ni una sombra en su esmalte — ni una· endentadura en sus aristas — que el breve período de su sonrisa no hubiera bastado para grabar en mi me­moria. Los veía entonces hasta más claramente que cuando los contemplé en realidad. ¡Los dientes! ¡los dientes! — estaban aquí y allí y por todas partes, y visible y palpablemente delante de mi; largos, delga­dos y excesivamente blancos, con los pálidos labios tor­ciéndose por arriba de ellos como en el momento de su primera y terrible exhibición. Entonces hizo presa en mí la plena furia de mi monomanía, y luché en vano contra su extraña é irresistible influencia. En los multiplicados objetos del mundo externo, no tenía pensamientos sino para los dientes. Los deseaba frenéticamente. Todos los otros asuntos y todos los otros intereses llegaban á absorberse en su única contemplación. Ellos, ellos solos estaban presentes á los ojos del espíritu, y ellos, en su individualidad solitaria, se convertían en la esencia de mi vida intelectual. Los sometía á todas las luces. Los volvía en todos sentidos. Examinaba sus caracteres. Detenía mi atención sobre sus peculiari­dades. Reflexionaba respecto á su forma. Cavilaba sobre la alteración de su naturaleza. Me estremecía cuando les prestaba, en mi imaginación, un poder sen­sitivo y sensiente, y hasta sin la ayuda de los libros, una capacidad de expresión moral. De Mademoiselle Salle se ha dicho muy bien: que todos sus pasos eran sentimientos, y de Berenice, yo creía lo más seriamente que todos sus dientes eran ideas. ¡Ideas! ¡ah! aquí está el pensamiento de idiota que me ha perdido! ¡Ideas! — ¡ah! por eso es que yo los codiciaba tan locamente! Sentía que sólo su posesión podía devol­verme á la paz, y restituirme á la razón.

Y la noche me tomó de esa manera—y llegó la oscuridad, se detuvo y se fué — y volvió á amanecer — y las nieblas de una segunda noche se condensaban alrededor — y todavía estaba sentado en aquel soli­tario cuarto — y todavía estaba sentado, sumergido en mi meditación, y todavía el fantasma de los dientes mantenía su terrible influencia, hasta el punto de que con la más vivida y horrorosa distinción, flotaba aquí y allá entre las vacilantes luces y sombras de la pieza. Por último, mis sueños fueron interrumpidos por un grito como de horror y desmayo; y en seguida, des­pués de una pausa, resonaron voces turbadas, á las que se mezclaban sordos gemidos de angustia y de dolor. Me levanté de mi asiento, y empujando una de las puertas de la biblioLeca, vi de pie en la antecámara á una sirvienta, que bañada en lágrimas, me dijo que Berenice ya no existía. Había sido atacada de la epilep­sia por la mañana temprano, y entonces, al cerrar la noche, la sepultura estaba pronta para el huésped y todos los preparativos del entierro estaban concluídos.

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Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo sentado solo. Parecía que hubiese despertado reciente­mente de algún confuso y excitante sueño. Conocí que era entonces media noche, y estaba bien seguro que, después de entrado el sol, había sido enterrada Berenice. Pero de lo que había pasado en ese lúgubre período, no tenía un recuerdo bien positivo, un conocimiento definido. Sin embargo, su memoria estaba repleta de horror — horror más horrible porque era vago, y terror más terrible por su ambigüedad. Era una página si­niestra en los anales de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, horrorosos é ininteligibles. Me esforzaba por descifrarlos, pero en vano; muy á menudo, y como si fuera el alma de un sonido extinguido, me zumbaba en los oídos un grito agudo · y penetrante, una voz de mujer. Yo había hecho una cosa; ¿qué era? Me hacía la pregunta en alta voz, y el eco me contestaba como cuchicheando: ¿Qué era?

En una mesa cerca de mí, ardía una lámpara y podia verse una pequeíla caja. No era de un carácter notable ni extraño; y yo la había visto muchas veces, porque pertenecia al médico de la familia; pero, ¿cómo estaba allí, sobre mi mesa, y por qué me estremecí al mi­rarla? Estas cosas no eran como para preocuparse, y mis ojos, al último, quedaron fijos en las páginas de un libro, sobre una sentencia subrayada. Eran las singulares, aunque simples palabras del poeta Ebn Zaiat: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicæ visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, entonces, al leerlas, los cabellos se me erizaron y la sangre se heló en mis venas?

Golpearon ligeramente á la puerta de la biblíoteca, y pálido como un huésped de la tumba, un criado entró en puntillas. Sus miradas revelaban extravío y terror, y me habló con una voz trémula, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí algunas frases cortadas. Habló de un extraño grito que había interrumpido el silencio de la noche, de la reunión inmediata de los vecinos, de un registro hecho en la dirección del grito; y su voz se hizo aguda y distinta cuando me murmuró de un se­pulcro violado, de un cuerpo desfigurado, todavía res­pirante, palpitando todavía, ¡todavía viva!

Señaló mis vestidos; estaban manchados con sangre coagulada. Yo no hablaba, y él me tomó suavemente la mano; en ella había impresiones de uñas humanas. Llamó mí atención hacia un objeto que estaba apoyado en la pared; era una azada. Arrojando un grito salté sobre la mesa, y así la caja de que he hablado. Pero no pude abrirla; y en mi temblor, se deslizó de mis manos y cayó pesadamente, y se hizo trizas; y entonces se escaparon de ella, rodando con un ruido metálico, algunos instrumentos de cirujía dentaria, mezclados con treinta y dos cositas pequeñas, blancas, al parecer de marfil, las cuales se derramaron acá y allá sobre el pavimento.....


  1. Porque como Júpiter, durante la estación de inviemo, da dos veces siete días de calor, los hombres han llamado á ese clemente y atemperado tiempo, las nodrizas de la bella Alción. (Simónides.)
For works with similar titles, see Berenice.

BERENICE.



Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicæ visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas.—Ebn Zaiat.


Misery is manifold. The wretchedness of earth is multiform. Overreaching the wide horizon as the rainbow, its hues are as various as the hues of that arch—as distinct too, yet as intimately blended. Overreaching the wide horizon as the rainbow! How is it that from beauty I have derived a type of unloveliness?—from the covenant of peace, a simile of sorrow? But as, in ethics, evil is a consequence of good, so, in fact, out of joy is sorrow born. Either the memory of past bliss is the anguish of to-day, or the agonies which are, have their origin in the ecstasies which might have been.

My baptismal name is Egæus; that of my family I will not mention. Yet there are no towers in the land more time-honored than my gloomy, gray, hereditary halls. Our line has been called a race of visionaries; and in many striking particulars—in the character of the family mansion—in the frescos of the chief saloon—in the tapestries of the dormitories—in the chiselling of some buttresses in the armory—but more especially in the gallery of antique paintings—in the fashion of the library chamber—and, lastly, in the very peculiar nature of the library's contents, there is more than sufficient evidence to warrant the belief.

The recollections of my earliest years are connected with that chamber, and with its volumes—of which latter I will say no more. Here died my mother. Herein was I born. But it is mere idleness to say that I had not lived before—that the soul has no previous existence. You deny it?—let us not argue the matter. Convinced myself, I seek not to convince. There is, however, a remembrance of aerial forms—of spiritual and meaning eyes—of sounds, musical yet sad; a remembrance which will not be excluded; a memory like a shadow—vague, variable, indefinite, unsteady; and like a shadow, too, in the impossibility of my getting rid of it while the sunlight of my reason shall exist.

In that chamber was I born. Thus awaking from the long night of what seemed, but was not, nonentity, at once into the very regions of fairy land—into a palace of imagination—into the wild dominions of monastic thought and erudition—it is not singular that I gazed around me with a startled and ardent eye—that I loitered away my boyhood in books, and dissipated my youth in reverie; but it is singular, that as years rolled away, and the noon of manhood found me still in the mansion of my fathers—it is wonderful what stagnation there fell upon the springs of my life—wonderful how total an inversion took place in the character of my commonest thought. The realities of the world affected me as visions, and as visions only, while the wild ideas of the land of dreams became, in turn, not the material of my every-day existence, but in very deed that existence utterly and solely in itself.

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Berenice and I were cousins, and we grew up together in my paternal halls. Yet differently we grew—I, ill of health, and buried in gloom—she, agile, graceful, and overflowing with energy; her's, the ramble on the hill-side—mine, the studies of the cloister—I, living within my own heart, and addicted, body and soul, to the most intense and painful meditation—she, roaming carelessly through life, with no thought of the shadows in her path, or the silent flight of the raven-winged hours. Berenice!—I call upon her name—Berenice!—and from the gray ruins of memory a thousand tumultuous recollections are startled at the sound! Ah, vividly is her image before me now, as in the early days of her light-heartedness and joy! Oh, gorgeous yet fantastic beauty! Oh, sylph amid the shrubberies of Arnheim! Oh, Naiad among its fountains! And then—then all is mystery and terror, and a tale which should not be told. Disease—a fatal disease, fell like the simoon upon her frame; and, even while I gazed upon her, the spirit of change swept over her, pervading her mind, her habits, and her character, and, in a manner the most subtle and terrible, disturbing even the identity of her person! Alas! the destroyer came and went!—and the victim—where is she? I knew her not—or knew her no longer as Berenice!

Among the numerous train of maladies superinduced by that fatal and primary one which effected a revolution of so horrible a kind in the moral and physical being of my cousin, may be mentioned as the most distressing and obstinate in its nature, a species of epilepsy not unfrequently terminating in trance itself—trance very nearly resembling positive dissolution, and from which her manner of recovery was in most instances, startlingly abrupt. In the mean time my own disease—for I have been told that I should call it by no other appelation—my own disease, then, grew rapidly upon me, and assumed finally a monomaniac character of a novel and extraordinary form—hourly and momently gaining vigor—and at length obtaining over me the most incomprehensible ascendency. This monomania, if I must so term it, consisted in a morbid irritability of those properties of the mind in metaphysical science termed the attentive. It is more than probable that I am not understood; but I fear, indeed, that it is in no manner possible to convey to the mind of the merely general reader, an adequate idea of that nervous intensity of interest with which, in my case, the powers of meditation (not to speak technically) busied and buried themselves, in the contemplation of even the most ordinary objects of the universe.

To muse for long unwearied hours, with my attention riveted to some frivolous device on the margin or in the typography of a book; to become absorbed, for the better part of a summer's day, in a quaint shadow falling aslant upon the tapestry or upon the floor; to lose myself, for an entire night, in watching the steady flame of a lamp, or the embers of a fire; to dream away whole days over the perfume of a flower; to repeat, monotonously, some common word, until the sound, by dint of frequent repetition, ceased to convey any idea whatever to the mind; to lose all sense of motion or physical existence, by means of absolute bodily quiescence long and obstinately persevered in: such were a few of the most common and least pernicious vagaries induced by a condition of the mental faculties, not, indeed, altogether unparalleled, but certainly bidding defiance to anything like analysis or explanation.

Yet let me not be misapprehended. The undue, earnest, and morbid attention thus excited by objects in their own nature frivolous, must not be confounded in character with that ruminating propensity common to all mankind, and more especially indulged in by persons of ardent imagination. It was not even, as might be at first supposed, an extreme condition, or exaggeration of such propensity, but primarily and essentially distinct and different. In the one instance, the dreamer, or enthusiast, being interested by an object usually not frivolous, imperceptibly loses sight of this object in a wilderness of deductions and suggestions issuing therefrom, until, at the conclusion of a day-dream often replete with luxury, he finds the incitamentum, or first cause of his musings, entirely vanished and forgotten. In my case, the primary object was invariably frivolous, although assuming, through the medium of my distempered vision, a refracted and unreal importance. Few deductions, if any, were made; and those few pertinaciously returning in upon the original object as a centre. The meditations were never pleasurable; and, at the termination of the revery, the first cause, so far from being out of sight, had attained that supernaturally exaggerated interest which was the prevailing feature of the disease. In a word, the powers of mind more particularly exercised were, with me, as I have said before, the attentive, and are, with the day-dreamer, the speculative.

My books, at this epoch, if they did not actually serve to irritate the disorder, partook, it will be perceived, largely, in their imaginative and inconsequential nature, of the characteristic qualities of the disorder itself. I well remember, among others, the treatise of the noble Italian Cœlius Secundus Curio, "De Amplitudine Beati Regni Dei;" St. Austin's great work, "The City of God;" and Tertullian's "De Carne Christi," in which the paradoxical sentence, "Mortuus est Dei filius; credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit; certum est quia impossibile est," occupied my undivided time, for many weeks of laborious and fruitless investigation.

Thus it will appear that, shaken from its balance only by trivial things, my reason bore resemblance to that ocean-crag spoken of by Ptolemy Hephestion, which steadily resisting the attacks of human violence, and the fiercer fury of the waters and the winds, trembled only to the touch of the flower called Asphodel. And although, to a careless thinker, it might appear a matter beyond doubt, that the alteration produced by her unhappy malady, in the moral condition of Berenice, would afford me many objects for the exercise of that intense and abnormal meditation whose nature I have been at some trouble in explaining, yet such was not in any degree the case. In the lucid intervals of my infirmity, her calamity, indeed, gave me pain, and, taking deeply to heart that total wreck of her fair and gentle life, I did not fail to ponder, frequently and bitterly, upon the wonder-working means by which so strange a revolution had been so suddenly brought to pass. But these reflections partook not of the idiosyncrasy of my disease, and were such as would have occurred, under similar circumstances, to the ordinary mass of mankind. True to its own character, my disorder revelled in the less important but more startling changes wrought in the physical frame of Berenice—in the singular and most appalling distortion of her personal identity.

During the brightest days of her unparalleled beauty, most surely I had never loved her. In the strange anomaly of my existence, feelings with me, had never been of the heart, and my passions always were of the mind. Through the gray of the early morning—among the trellised shadows of the forest at noonday—and in the silence of my library at night—she had flitted by my eyes, and I had seen her—not as the living and breathing Berenice, but as the Berenice of a dream; not as a being of the earth, earthy, but as the abstraction of such a being; not as a thing to admire, but to analyze; not as an object of love, but as the theme of the most abstruse although desultory speculation. And now—now I shuddered in her presence, and grew pale at her approach; yet, bitterly lamenting her fallen and desolate condition, I called to mind that she had loved me long, and, in an evil moment, I spoke to her of marriage.

And at length the period of our nuptials was approaching, when, upon an afternoon in the winter of the year—one of those unseasonably warm, calm, and misty days which are the nurse of the beautiful Halcyon,[1]—I sat, (and sat, as I thought, alone,) in the inner apartment of the library. But uplifting my eyes, I saw that Berenice stood before me.

Was it my own excited imagination—or the misty influence of the atmosphere—or the uncertain twilight of the chamber—or the gray draperies which fell around her figure—that caused in it so vacillating and indistinct an outline? I could not tell. She spoke no word; and I—not for worlds could I have uttered a syllable. An icy chill ran through my frame; a sense of insufferable anxiety oppressed me; a consuming curiosity pervaded my soul; and, sinking back upon the chair, I remained for some time breathless and motionless, with my eyes riveted upon her person. Alas! its emaciation was excessive, and not one vestige of the former being lurked in any single line of the contour. My burning glances at length fell upon the face.

The forehead was high, and very pale, and singularly placid; and the once jetty hair fell partially over it, and overshadowed the hollow temples with innumerable ringlets, now of a vivid yellow, and jarring discordantly, in their fantastic character, with the reigning melancholy of the countenance. The eyes were lifeless, and lustreless, and seemingly pupilless, and I shrank involuntarily from their glassy stare to the contemplation of the thin and shrunken lips. They parted; and in a smile of peculiar meaning, the teeth of the changed Berenice disclosed themselves slowly to my view. Would to God that I had never beheld them, or that, having done so, I had died!

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The shutting of a door disturbed me, and, looking up, I found that my cousin had departed from the chamber. But from the disordered chamber of my brain, had not, alas! departed, and would not be driven away, the white and ghastly spectrum of the teeth. Not a speck on their surface—not a shade on their enamel—not an indenture in their edges—but what that brief period of her smile had sufficed to brand in upon my memory. I saw them now even more unequivocally than I beheld them then. The teeth!—the teeth!—they were here, and there, and everywhere, and visibly and palpably before me; long, narrow, and excessively white, with the pale lips writhing about them, as in the very moment of their first terrible development. Then came the full fury of my monomania, and I struggled in vain against its strange and irresistible influence. In the multiplied objects of the external world I had no thoughts but for the teeth. For these I longed with a frenzied desire. All other matters and all different interests became absorbed in their single contemplation. They—they alone were present to the mental eye, and they, in their sole individuality, became the essence of my mental life. I held them in every light. I turned them in every attitude. I surveyed their characteristics. I dwelt upon their peculiarities. I pondered upon their conformation. I mused upon the alteration in their nature. I shuddered as I assigned to them, in imagination, a sensitive and sentient power, and, even when unassisted by the lips, a capability of moral expression. Of Mademoiselle Salle it has been well said, "Que tous ses pas etaient des sentiments," and of Berenice I more seriously believed que toutes ses dents etaient des idees. Des idees!—ah, here was the idiotic thought that destroyed me! Des idees!—ah, therefore it was that I coveted them so madly! I felt that their possession could alone ever restore me to peace, in giving me back to reason.

And the evening closed in upon me thus—and then the darkness came, and tarried, and went—and the day again dawned—and the mists of a second night were now gathering around—and still I sat motionless in that solitary room— and still I sat buried in meditation—and still the phantasma of the teeth maintained its terrible ascendancy, as, with the most vivid hideous distinctness, it floated about amid the changing lights and shadows of the chamber. At length there broke in upon my dreams a cry as of horror and dismay; and thereunto, after a pause, succeeded the sound of troubled voices, intermingled with many low moanings of sorrow or of pain. I arose from my seat, and throwing open one of the doors of the library, saw standing out in the antechamber a servant maiden, all in tears, who told me that Berenice was—no more! She had been seized with epilepsy in the early morning, and now, at the closing in of the night, the grave was ready for its tenant, and all the preparations for the burial were completed.

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I found myself sitting in the library, and again sitting there alone. It seemed that I had newly awakened from a confused and exciting dream. I knew that it was now midnight, and I was well aware, that since the setting of the sun, Berenice had been interred. But of that dreary period which intervened I had no positive, at least no definite comprehension. Yet its memory was replete with horror—horror more horrible from being vague, and terror more terrible from ambiguity. It was a fearful page in the record of my existence, written all over with dim, and hideous, and unintelligible recollections. I strived to decypher them, but in vain; while ever and anon, like the spirit of a departed sound, the shrill and piercing shriek of a female voice seemed to be ringing in my ears. I had done a deed—what was it? I asked myself the question aloud, and the whispering echoes of the chamber answered me,—"What was it?"

On the table beside me burned a lamp, and near it lay a little box. It was of no remarkable character, and I had seen it frequently before, for it was the property of the family physician; but how came it there, upon my table, and why did I shudder in regarding it? These things were in no manner to be accounted for, and my eyes at length dropped to the open pages of a book, and to a sentence underscored therein. The words were the singular but simple ones of the poet Ebn Zaiat:—"Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas." Why, then, as I perused them, did the hairs of my head erect themselves on end, and the blood of my body become congealed within my veins?

There came a light tap at the library door—and, pale as the tenant of a tomb, a menial entered upon tiptoe. His looks were wild with terror, and he spoke to me in a voice tremulous, husky, and very low. What said he?—some broken sentences I heard. He told of a wild cry disturbing the silence of the night—of the gathering together of the household—of a search in the direction of the sound; and then his tones grew thrillingly distinct as he whispered me of a violated grave—of a disfigured body enshrouded, yet still breathing—still palpitating—still alive!

He pointed to my garments; they were muddy and clotted with gore. I spoke not, and he took me gently by the hand: it was indented with the impress of human nails. He directed my attention to some object against the wall. I looked at it for some minutes: it was a spade. With a shriek I bounded to the table, and grasped the box that lay upon it. But I could not force it open; and, in my tremor, it slipped from my hands, and fell heavily, and burst into pieces; and from it, with a rattling sound, there rolled out some instruments of dental surgery, intermingled with thirty-two small, white and ivory-looking substances that were scattered to and fro about the floor.

  1. For as Jove, during the winter season, gives twice seven days of warmth, men have called this clement and temperate time the nurse of the beautiful Halcyon—Simonides.

This work was published before January 1, 1927, and is in the public domain worldwide because the author died at least 100 years ago.