Bodas reales: IV

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo  IV
Bodas reales Benito Pérez Galdós


Al mismo tiempo que Serrano y González Bravo entraban en Barcelona como chiquillos con zapatos nuevos, desembarcaban en Valencia Narváez, Concha (D. Manuel) y Pezuela, asistidos de varios jefes y oficiales, entre los cuales descollaban Fulgosio, Arizcun y Contreras, y al instante se entendieron con la Junta llamada de Salvación, consagrándose todos con celo entusiasta a llevar adelante la grande aventura del alzamiento. Partió Concha sin perder tiempo hacia las Andalucías, para ponerse al frente de las tropas pronunciadas en Sevilla y Granada, y Narváez recibió de la Junta el mando de las de Valencia. No necesitaba más el guapo de Loja para tener a España por suya: diéranle soldados, una bandera que despertara simpatías circunstanciales en cualquiera región del alborotado país, y ya era el hombre que a todos se les llevaba de calle. No había otro que le igualara en aptitudes para establecer un predominio efectivo, por la sola razón de ser más audaz, más tozudo y más insolente que los demás. Dése a cada cual lo suyo, y resplandezca en la distribución de censuras y elogios la estricta justicia. Narváez supo ser el primer mandón de su época, porque tuvo prendas de carácter de que los otros carecían, porque su tiempo, falto de extraordinarias inteligencias y de firmes voluntades, reclamaba para contener la disolución un hombre de mal genio y de peores pulgas. El cascarrabias que necesitaba el país en momentos de turbación era Narváez, porque no había quien le igualase en las condiciones para cabo de vara o capataz de presidio. El barullo grande. a que nos había traído la coalición; la ceguera de los liberales confabulándose con los moderados para derribar al Regente; la confusión y escándalo inauditos de aquellas Juntas que legislaban en nombre de la Nación y repartían grados, honores y mercedes a paisanos y militares; los actos de imbecilidad o de locura que señalaban el estado epiléptico del país, requerían un baratero que con su cara dura, su genio de mil demonios, sus palabras soeces y su gesto insolente se hiciera dueño de todo el cotarro. El General bonito, como llamaban a Serrano entonces, hombre afectuoso, presumido, de arranques gallardísimos en los campos de batalla, blando en las resoluciones, cuidándose principalmente de ser grato a todo el mundo, mujeres inclusive, no servía para el caso; Prim, nacido del pueblo, tenía gustos y costumbres de aristócrata; aunque adelantado en su carrera militar, no había subido a las más altas jerarquías; si en él descollaba la inteligencia, como en Serrano el don de simpatía, no se encontraba en disposición de levantar el gallo. Concha, con extraordinario talento militar y más sagaces ideas que sus colegas, se reservaba sin duda para mejores días, y en la propia situación expectante se hallaba O'Donnell, cuya mente sajona entreveía sin duda empresas grandes que acometer en días normales. Podían ser estos los hombres del mañana; pero el hombre de aquellos días era Narváez, no embrión, sino personalidad formada, porque el baratero nace, y a poco de nacer, con sólo un par de arranques y el fácil reparto de cuatro bofetadas a tiempo y de otros tantos navajazos oportunos, ya se ha revelado a sí mismo y a los demás, ya es el poeroso ante quien todos tiemblan.

Empezaba D. Ramón revelando su poer con el desapacible y fosco mohín de su cara, de estas caras que no brindan amistad, sino rigor; de estas que sin tener chirlos parece que deben su torcida expresión a un cruce de cicatrices; de estas caras, en fin, que no han sonreído jamás, que fundan su orgullo en ser antipáticas y en hacer temblar a quien las mira. El efecto inicial causado por el rostro lo completaban los hechos, que siempre eran rápidos, ejecutivos, producidos a la menor distancia posible de la voluntad que los determinaba. No daba tiempo al enemigo, o más bien a la víctima, para parar el golpe, y sabía cogerla en el instante peligroso de la sorpresa. Ideas altas de gobierno no las necesitaba en aquella ocasión, porque el mal nacional era tal vez empacho de ideas, manjar y licores exóticos comidos y bebidos antes de tiempo en voraz gula, por lo que no habían sido digeridos. Aunque esto sea violentar el orden histórico, conviene decir ahora que cuando la Nación, gobernada una y otra vez por Narváez, y sintiéndose repuesta de sus indigestiones, le pidió ideas que la llevasen a fines gloriosos y a una existencia fecunda, Narváez no supo dárselas, sencillamente porque no las tenía. Sin poseer nunca la elevación mental que su puesto reclamaba, se murió entrado en años aquel hombre duro, que fue la mitad de un gran dictador, poseyendo en altísimo grado las cualidades del gesto bravucón y de la rapidez del mando, y desconociendo en absoluto la psicología indispensable para guiar a un pueblo. Pero esto no quita que, en ocasiones críticas del desbarajuste hispano, fuera Narváez un brazo eficaz, que supo dar a la sociedad desmandada lo que necesitaba y merecía, por lo cual le corresponde un primer puesto en el panteón de ilustraciones chicas, o de eminencias enanas, como quien dice.

Pues señor, con tantos paladines de empuje, bien armados y ostentando los falsos lemas que al pueblo fascinaban, no tuvo más remedio el Regente que echarse al campo, y así lo hizo después de las indispensables arengas a la Milicia Nacional, en que le cantaba los antiguos y ya sobados himnos militares y liberalescos. Salió el hombre, tomando la vuelta de Albacete, donde se paró en firme, con aquella pachorra fatalista que en otros tiempos había sido la pausa precursora de sus grandes éxitos y ya era como la calma lúgubre que antecede a las tempestades. Poco gratos son para el que los escribe, como para el que los lee, los pormenores de los hechos de armas que precipitaron la caída del Regente, porque ellos ofrecen una triste serie de encuentros deslucidos y de defecciones y actos inspirados por el egoísmo. La militar emulación y las virtudes cívicas estaban dormidas; no velaba más que la conveniencia personal. La oficialidad y jefes de todos los cuerpos llamados leales, a las órdenes de Seoane, Van-Halen, Carratalá y Ena, pesaban en certera balanza las probabilidades de triunfo, y viendo perdida la causa de Espartero, abandonaban las filas. Muchos a quienes repugnara la defección o el pase a las fuerzas pronunciadas, pedían la licencia absoluta, alegando que no combatirían por Espartero ni contra él. Van-Halen, que venía de Cataluña con todas las fuerzas que pudo reunir, se aterró de la merma gradual de su ejército en cada marcha. La opinión se volvía contra el Regente. Se hizo creer al pueblo que venía una época de congratulaciones y de abrazos, de alegría General y de olvido de lo pasado; que daría principio el imperio de la probidad, y que se unirían todos los hombres de corazón recto para labrar la felicidad de España. La prensa coaligada, retrógrados y progresistas, acordes en anunciar la próxima lluvia del maná, el advenimiento de los ángeles y la total regeneración del Reino bajo los auspicios de la inocente Isabel, habían ayudado a la formación de aquel delirio, obra de astutos fariseos ayudados de unos cuantos poetas hueros y de oradores vacíos.

En su parada fatalista de Albacete, Espartero padeció la mayor equivocación de su vida. En vez de empeñarse en una resistencia imposible, debió llamar a los cabezas del pronunciamiento militar y civil, y decirles: «Caballeros, aquí tienen ustedes la Regencia, el Poder y todas las investiduras que, según la opinión flamante, no merezco ya. Dejo el campo libre para que los honrados o los que lo parecen se abracen a su gusto, y para que se efectúe la reconciliación general anunciada por las musas políticas. Nombren nueva Regencia, si así les acomoda, para tirar hasta el 10 de Octubre del año próximo, fecha en que nuestra adorada Reina cumple los catorce años, y si esto no les parece bien y prefieren que la niña gobierne desde ahora, allá se las haya. Cesen ya tanto alboroto y tanta necedad; reciban de mi mano la autoridad suprema y hagan de ella lo que más les agrade, que yo a mi casa me voy, o al extranjero si en mi casa no me dejasen en paz». Esto debió decir, y habría evitado que sus enemigos se dieran luego el falso lustre de ganar batallas que, como la de Torrejón de Ardoz, casi enteramente imaginaria, sólo sirvió para que los prosélitos de Narváez colgaran a este glorias no menos resonantes que las de Aníbal, y para que llovieran las recompensas hasta encharcar todo el suelo de la Patria.

No le faltaron a Su Alteza en Albacete demostraciones de fidelidad desinteresada, y una de las más gratas fue la que hizo el jefe político de Ciudad Real, D. José del Milagro, presentando con sus respetos el homenaje de sus servicios como gobernador y como ciudadano liberal. Con el dicho sujeto venían calificados personajes de la ínsula, de limpia estirpe patriótica, y los jefes de la Milicia de Miguelturra, Daimiel, Tirteafuera y de la propia Granátula, patria del Conde-Duque, a ofrecer incondicionalmente, en defensa del pacificador de España, cuanto poseían, vidas y haciendas. Cariñoso y agradecido acogió D. Baldomero este noble mensaje, y con todos desplegó las galas de su cortesía y miramiento, extremándose en el agasajo del jefe político, a quien, por su consecuencia, colmó de alabanzas. De puro soplado no cabía en su pellejo el bueno de D. José, y se propuso seguir a la Regencia hasta la victoria o la ruina total, que de este modo la rectitud del funcionario había de tener más tarde o más temprano lucida recompensa.

Llegado el día en que Espartero dio por terminado el plantón de Albacete, Milagro le siguió, agarradito a sus faldones y remedando fielmente las diversas caras de alegría o desaliento que iba poniendo el ídolo, según las circunstancias. Tristísima fue la marcha desde Albacete a Sevilla, donde encontraron a Van-Halen asediando la plaza y tratando de obtener la rendición por la buena antes de disparar morteros y obuses. Los sevillanos, viendo ya ganada la partida por la revolución, no querían llegar al fin sin engalanarse con un poquito de heroísmo, ambicionando para su bella ciudad laureles semejantes a los de Zaragoza y Gerona. En dimes y diretes andaban sitiados y sitiadores, cuando llegó al Regente y a su ayacucho General la noticia de la furibunda batalla ganada por Narváez a los ejércitos combinados de Seoane y Zurbano en los campos de Torrejón de Ardoz, victoria que determinaron fácilmente y sin efusión de sangre los resortes estratégicos más elementales y sencillos. Las tropas de Seoane y Zurbano se pasaron al campo de Narváez, dejando a los dos caudillos espantados de su soledad... Empezaban los abrazos.


<<<

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII

XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV

>>>