Bodas reales: VI

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Capítulo  VI
Bodas reales Benito Pérez Galdós


Observó en Madrid el buen Milagro mudanzas y novedades: derribos de casas, edificaciones hermosas, modas y costumbres de importación reciente, y a María Luisa la encontró muy flaca y desmedrada, a Rafaela repuesta de sus destemplanzas con la dichosa viudez y el más dichoso casamiento, a los chicos muy despiertos, adornados de relumbrones de ciencia y de pedantesca verbosidad ostentosa que en el trato escolar iban adquiriendo. Mayor sorpresa que él con estas hechuras del infalible progreso, tuvieron sus hijas viéndole venir de la ínsula sin una mota ni nada que se le pareciese; tampoco traía regalos, que con la visita al Regente tuvo que dejarse allá las ollas de arrope y dos cajitas de bizcochos de Almagro. Creían las chicas que su padre no volvería del Gobierno sin una carga de dinero, producto de su honesto ahorro y de las obvenciones propias del cargo, y les supo mal verle venir a lo náufrago que a duras penas salva la vida y lo puesto. Ciertamente se condolió más de esta desventura María Luisa, por ser pobre, que su hermana Rafaela, la cual, enriquecida por un buen matrimonio, no necesitaba para nada del socorro paterno, y así, mientras la señora de Cavallieri, al notar la vaciedad de bolsa de su señor padre, dejó traslucir su enojo, trocando su afectuoso júbilo en frialdad cercana al menosprecio, la otra, por el contrario, sintió redoblada su piedad (pues era, según dicen, aunque disoluta, mujer de buen corazón), y quiso darle la mejor prueba de su filial cariño, brindándole hospedaje y asistencia por todo el tiempo que quisiera, esto es, hasta que volviese el Duque con la contra-regeneración. Muy buena cara puso Don Frenético al oír las ofertas de su esposa, y accediendo a todo, como marido enamorado que en los ojos de ella se miraba, repitió y extremó la cariñosa protección, con lo que D. José, vencido del agradecimiento y de la ternura, bendijo a la Providencia, después a sus hijos, y se limpió las lágrimas que en tan patética escena brotaron de sus ojos.

Visitado de sus numerosos amigos, frecuentando desde el día de su llegada cafés, círculos y tertulias, entró de lleno en el mar de las conversaciones políticas, sin que ni por casualidad saliese de sus labios palabra sobre otro asunto; que así son los que adquieren ese vicio nefando. Los atacados de él, que eran casi todos los habitantes de las ciudades populosas, no se entretenían tan sólo en discutir y comentar los problemas graves de la cosa pública, sino que principalmente cebaban su apetito en la baja cuestión de personal, caídas y elevaciones de funcionarios, y en otros mil enredos, chismes y menudencias. Componían el Gobierno llamado Provisional las mismas figuras, con corta diferencia, del Gabinete de Mayo, en las postrimerías de la Regencia. Lo presidía el mismo D. Joaquín María López, que con su oratoria musical fue uno de los que más contribuyeron al desastre pasado; a Guerra y a Gobernación habían vuelto Serrano y Caballero, y gobernaba el Tesoro público el Sr. Ayllón. Aunque todos procedían de la vieja cepa progresista, el alma del Gabinete era Narváez, a quien nombraron Capitán General de Madrid. Narváez mangoneaba en lo pequeño como en lo grande, y de su secretaría y tertulia salían las notas para el terrorífico desmoche de empleados.

El angustioso lamentar de los cesantes que iban cayendo, y el bramido triunfal de los nuevos funcionarios que al comedero subían, formaban el coro en las vanas tertulias de los cafés. Otros parroquianos puntuales de aquellas mesas, satisfechos de permanecer en sus destinos, declaraban a boca llena que la última revolución, hecha con tanta limpieza de manos, derramando tan sólo algunas gotitas de sangre, era la admiración del mundo entero. El Ejército estaba contentísimo por la prodigalidad con que se había premiado su patriótico alzamiento, repartiendo sin tasa empleos, grados, honores y cruces; el pueblo bailaba de gusto, viendo a todos reconciliados sin más mira que el bien común, y confiado en que se rebajarían las contribuciones; la Iglesia también se daba la enhorabuena, porque se reanudarían pronto las buenas relaciones con el Papa y se pondría coto al ateísmo y a la impiedad; y en fin, general era el contento, porque bien a la vista estaba que entrábamos en una era de bienandanza, paz y trabajo...

Todo esto lo rebatía con múltiples razones y ejemplos D. José del Milagro, sosteniendo que la era en que estábamos era una era erial, es decir, sin trigo, porque todo el grano de ella era para los gorriones moderados. No nos alababa la Europa: lo que hacía era reírse de nosotros y de la suma necedad de los liberales. En cuanto al Ejército, justo sería pedirle que pusiera las cosas en el estado que tenían antes de los escándalos de Julio, pues bien iban comprendiendo los mismos militares que habían sido instrumento de la más odiosa de las traiciones y de la más vil de las sorpresas, expulsando al libertador de España, para traernos a media docena de generales bonitos y feos, que no eran más que servidores de Cristina y de los Muñoces. La conducta de los progresistas que habían concertado la coalición cayendo como bobos en la trampa moderada, juzgábala el ex-gobernador de la ínsula manchega en los términos más crueles y despreciativos. Con un símil ingenioso representaba el proceder de López, Olózaga, Serrano y Caballero: habían sujetado por brazos y piernas a la Libertad para que los Narváez y Conchas se hartaran de darle de puñaladas... ¡Y luego seguían tan frescos, gobernando al país y hablándonos de voluntad nacional y de reconciliación!

En su propia casa, o sea la de Rafaela, no cesaba el cotorreo de Milagro, porque allá concurrían diferentes personas, como él entregadas al feo vicio de la embriaguez política. Moderados eran algunos y moderado el dueño de la casa, antaño conocido por Don Frenético, hombre fino tolerante, que siempre ponía la cortesía y la amistad sobre las ideas; progresistas eran otros, de los poquitos que cultivaban con esmero las formas sociales, y por esto las discusiones que a cada instante se empeñaban no eran desagradables ni groseras. Entre los asiduos descollaba D. Mariano Centurión, gentilhombre de Palacio en tiempo de la tutoría de Argüelles. Aún sufría dolores agudos en la parte posterior de su individuo, efecto de la violentísima puntera con que le arrojaron del real servicio a los pocos días de la caída de su protector el Serenísimo Regente, y el hombre se llevaba sin cesar la mano, idealmente, a la parte lastimada, discurriendo a qué faldones se agarraría para enderezar de nuevo su persona y procurarse un medio decoroso de vivir. Grande amistad se trabó entre Centurión y Milagro, llegando a la más feliz armonía por la conformidad de sus juicios acerca del presente y por su incondicional adhesión al caído Espartero. Algo dijo el cortesano cesante al cesante gobernador que le obligó a modificar su esperanza en el liberalismo de la Reina. Ciertamente, Isabel era buena, cordial, afabilísima, generosa hasta la disipación, muy amante de su patria, con la cual quería candorosamente identificarse; pero por muchas cualidades nativas que en ella existiesen, imposible parecía que la pobre niña, en tan corta edad y sin adecuada educación seria y verdaderamente Real, se sustrajese a la red con que el moderantismo había cuidado de aprisionar todos y cada uno de los miembros de su juvenil voluntad. «Mire usted, querido Milagro -decía D. Mariano platicando a solas con su amigo-, desde el punto y hora en que fuimos arrojados de Palacio ignominiosamente D. Agustín Argüelles y yo, Quintana y yo, D. Martín de los Heros y yo, la Condesa de Mina y yo, y tras de nosotros bajaron de cinco en cinco peldaños las escaleras, con una mano atrás, los poquísimos liberales que allí servían, la mansión de nuestros Reyes quedó convertida en el nidal de la teocracia cangrejil. Ni allí ha quedado persona de ideas libres, ni volverá a traspasar aquellos umbrales ningún individuo de nuestra comunión. Sin hacer ningún caso del bendito López, que es un angelical marmolillo sonoro, ni de Olózaga, que mira por sí y sus adelantos antes que por el partido, han pergeñado totalmente la servidumbre de Palacio con los elementos muñociles, con los adulones de la Santa Cruz y del Duque de Bailén, con los paniaguados de Narváez, con gentezuela oscura de abolengo absolutista, hechura de los Burgos, Garellys, y aun del propio Calomarde. Han metido a la pobrecita Reina dentro de una redoma en que no puede respirar más que miasmas de retroceso. Nosotros, mirando por el partido y por nuestras posiciones legítimamente ganadas, quisimos imbuir en la Isabel los buenos principios, enseñándole el sistema que tan excelentes frutos da en Inglaterra; pero no nos dejaban los muy perros: noche y día rodeaban a las niñas pasmarotes del bando cristino, vigilándolas sin cesar, dándoles lecciones de despotismo, enseñándoles el desprecio del Progreso, y pintándonos a todos como gente sin educación, mal vestida y que no sabe ponerse la corbata, ni comer con finura, ni andar entre personas elegantes. Por esto, ¡caracoles!, ni Quintana con su gran saber, ni la Mina con su suavidad y agudeza, ni yo haciéndome el tonto para mejor colarme, pudimos llegar a donde queríamos. No cuente usted, pues, con que Palacio vuelva el rostro a la Libertad, que los moderados lo tienen todo bien guarnecido y amazacotado de su influencia, y hasta los ratoncillos roen allí por cuenta de ese gitano de mi tierra, Narváez».


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