Bodas reales: VIII

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Capítulo  VIII
Bodas reales Benito Pérez Galdós


A la siguiente tarde, o mañana, que la hora no consta en los papeles coetáneos del suceso, fue Doña Leandra al encuentro de su amiga, con los espíritus muy abatidos. Rodeada de sombríos nubarrones, la tenaz idea nostálgica volteaba en su magín, como una rueda silenciosa, doliente... El empleo de Bruno no sólo alejaba la ocasión de volver a la Mancha, sino que imponía la necesidad de abandonar aquel barrio, el único de Madrid en que ella con mediano gusto se encontraba. Juntáronse las dos manchegas, y a sus pláticas dieron principio, arrimaditas al muro de las casas, para mejor gozar del sol; mas no habían pasado de los exordios, cuando el pajarero, dejando a un muchacho sirviente el cuidado de la limpieza de jaulas y el suministro de agua y cañamones, acercose a ellas y con pavorosa ronquera les dijo: «Me paiz que no acabará el día sin tremolina. ¿No saben lo que pasa? Pues ahí es nada lo del ojo... La cosa más tremendísima que se ha visto en toda Europa y sus islas alicientes...».

-¡Ay, Dios mío! -exclamó la Torrubia-. ¿Otra revolución? Mal año para el comercio.

-Mal año para todo -repitió Doña Leandra elevando los ojos al cielo-. Y díganme a mí que no están todos locos en esta tierra.

-La circunstancia de ahora -dijo Sacris, pasando de la ronquera al tono profético- será la más funestísima que habéis visto, y correrá la preciosa sangre por las calles, mismamente como en el matadero... Pues ello es que Olózaga... el que rezó la Salve en las Cortes, ahora le ha cantado el Credo a la Reina. Diz que en cuanto cogió el bastón de Ministro quiso volver a poner en pie de guerra a la Milicia Nacional, traernos otra vez al ayacucho y desarmar todo el ejército, lo que a la Reina no le hacía gracia... Llevó el decreto disoluto de quitar Cortes, y la Reina no quiso firmarlo. Furioso el hombre, paiz que cerró las puertas del camerín, y sacó una navaja, otros diz que puñal, de este tamaño, con perdón, y amenazó a la Reina con dejarla en el sitio si no firmaba; y no contento con tan tremendísima peripecia, echole mano a la ropa, la obligó a sentarse en el trono, y allí, amenazada la niña con el puñal apuntado a su tierno pecho, no tuvo más remedio que suministrar la firma... El hombre, una vez conseguida su incumbencia, tomó el portante; mas la Reina y todo el señorío de Palacio salieron dando chillidos tras él, y en la escalera le apresaron los excelentísimos alabarderos... Total, que ya está en capilla, y mañana le ahorcan... Pero andan los del Progreso muy alborotados, y dicen que no hay que colgar a Olózaga, sino a Narváez, que es el causante, pues... Los de tropa van por las calles pidiendo la exterminación de liberales, y se comprometen a estar fusilando desde por la mañana hasta la caída del sol, si la Reina lo quiere... y ved ahí el cataclismo que atravesamos...

-Pues siendo así -dijo Doña Leandra, echándose atrás el pañuelo que la sofocaba-, y si viene tan grande matanza, buen tonto será quien teniendo pueblo tranquilo donde vivir, se quede en este infierno... Voime a mi casa, que Bruno habrá llegado con tan horrendas noticias, y determinará que esta tarde nos pongamos en salvo.

-Sí, hija; didos pronto -indicó la Torrubia-, y llevadme a mí, que como en el barrio me tienen por liberala, motivado a que di muchos vivas en aquellas tardes del mes de Septiembre, cuando tiraron a la Cristina, puede que a mí quieran también colgarme... Aunque para mi sayo digo yo, con perdón del Sr. Sacris, que no será la cosa tan funestísima, ni habrá tantas horcas preparadas, pues desde el amanecer de Dios ando yo en esas calles, y no he oído nada.

Llegaron en esto al grupo dos vecinos, uno de ellos zapatero y miliciano nacional, el otro matarife, muy señalado por su patriotismo, y dieron del suceso versión distinta de la de Sacris. Olózaga llevó a la firma de la Reina el decreto de disolución, y Su Majestad obsequió al Ministro con su cartucho de dulces, después de lo cual firmó sin dificultad. Lo que había era que los despóticos, viendo que Olózaga venía con las intenciones de un jarameño, le armaron esta fea zancadilla en Palacio, figurando que la Reina no firmó de su voluntad, con lo que quitaban de en medio a todo el elemento libre.

En formidable disputa empeñáronse el zapatero y Sacris, esgrimiendo este toda su dialéctica retrógrada y eclesiástica, el otro volviendo por los sagrados fueros de la Libertad y la Milicia, y a punto estaban ya de agarrarse, no ya de lenguas, sino de uñas, cuando Doña Leandra abandonó el grupo de contendientes (que a cada instante se engrosaba con vecinos de ambos sexos), y tiró hacia su casa, donde esperaba que Bruno le daría informes de toda exactitud, y que la familia determinaría por unanimidad ponerse en salvo. Llegó, en efecto, al hogar el buen Carrasco, poco después de su esposa, y a esta y a sus hijas, que ya en la vecindad habían oído alguna vaga indicación del suceso, lo refirió y comentó con sentido, sin dar a entender que ofreciera peligro la residencia en Madrid. Doña Leandra afectó un terrible miedo; las chicas, no menos asustadas, agregaron que convenía mudarse pronto, antes hoy que mañana, porque no había más peligrosa vecindad que los barrios bajos en tiempo de revueltas. Calló la madre tragando saliva, y D. Bruno siguió diciendo que lo de Olózaga era castigo de Dios, porque tanto él como López y Caballero, las primeras figuras entre los libres, se habían mancomunado con la gente tiránica para derribar al Regente, y ya pagaban su culpa, viéndose perseguidos y deshonrados de mala manera por los que se fingieron sus amigos con el único fin de quitarle a la Nación hasta los últimos ápices de libertad.

Por el momento, no podía el Sr. de Carrasco decir más, y al café se largaba, donde fácilmente se enteraría del curso de aquel negocio. Todos los cafés ardían en disputas. Se oían los juicios mas razonables y las aseveraciones más absurdas y locas. La discreción y la demencia chisporroteaban juntas, y el humo de las vacías palabras asfixiaba a las muchedumbres que en lugar cerrado y en la calle, en cuerpos de guardia, en corredores palatinos, en ámbitos del Congreso, y en sacristías, camarines, plazuelas y portales, agitaban sus lenguas y secaban sus gargantas comentando el dramático asunto y desentrañando sus obscuros móviles.

«Señores, señores -decía D. José del Milagro en su gallinero del café, esforzando horriblemente la voz, y dando golpes en la mesa para dominar el tumulto y abrir un hueco de silencio en que depositar su opinión-. Señores... óiganme, por favor... En nombre de la patria, de la familia, del individuo, ¡ah!, les ruego que me oigan, porque si no me oyen reviento, como hay Dios... La única solución, la única solución que veo... lo digo con la mano puesta sobre mi conciencia... la única solución es que le traigamos otra vez... Sí: en este horrible desconcierto, todos los ojos se volverán al fin al héroe desterrado, al ciudadano invicto que hemos perdido porque no le merecemos, al triunfador, al regenerador, al pacificador...».

-Silencio, orden -gritaron varias bocas-, que Milagro está diciendo cosas muy buenas... ¡Silencio!

-Sí, amigos míos, compañeros míos, hermanos míos -prosiguió D. José imitando el estilo de López-: yo sostengo, yo aseguro, yo declaro que en la gravísima situación de la Patria, en el terrible conflicto de la Libertad, en este deplorable caos a que nos han traído los errores de unos y otros, no veo, no vislumbro, no puedo imaginar otro remedio ni otra salvación que la salvación y el remedio que he tenido el honor de exponer... Y la misma Reina, nuestra amadísima Soberana, que alguien quiere convertir en piedra de escándalo y en elemento, señores, en elemento de discordia y enredos... nuestra excelsa Soberana, hija de cien Reyes, será la primera que alargue sus bracitos amorosos hacia Londres, diciendo: «Espartero, ven a salvarme, que sólo en ti y en la Virgen del Pilar veo lealtad y amor verdadero; ven a librarme de esta pillería que me rodea y quiere engañarme, unos para llevarme a la demagogia, otros para vestirme de la piel del despotismo... No, no mil veces, Espartero mío: yo no quiero ser despótica ni parecerlo. Liberal nací, y liberalmente me crié, ¡ah!, entre el estruendo de los himnos populares y del horrísono fuego de cañón con que los campeones del adelanto destruían los odiados alcázares del retroceso, representado por mi señor tío. Yo quiero ser popular y que el pueblo me adore, como yo le adoro a él». Esto dirá nuestra divina Isabel, y el Pacificador oirá su voz suplicante, como la de los buenos que aún quedan aquí, y le veremos venir, tirándole de un brazo los progresistas y de otro los moderados de juicio, y empujándole los decentes de todos los partidos. Creedlo, señores y amigos: si la acusación se formula en las Cortes, si el gran barullo se arma entre olozaguistas y palaciegos, entre milicia y tropa, entre fraques y uniformes, llegará día en que la necesidad de conservar la vida inspire a todos la idea de volver los ojos al hombre de Septiembre en Madrid, al hombre de Diciembre en Luchana, al hombre de Junio en Peñacerrada, al hombre de Mayo en Guardamino; al hombre, en fin, de todos los meses del año en la patria historia... Deseemos, pues, que la confusión aumente, que vengan injurias de unos a otros, bofetadas y palos, y tras los palos, tiros, y tras los tiros, el pronunciamiento decisivo del sentido común contra las tonterías y los crímenes... He dicho».

Aunque no fueron pocos los que tomaron a risa la perorata del sesudo Milagro, escarneciéndola con aplauso burlesco, no dejó de producir su efecto en la mayoría del concurso, y algunos hubo que suspensos y meditabundos la oyeron. ¡Sería chistoso que acertara D. José y saliera para Londres una comisión de tirios y troyanos en busca del Duque para traerle a poner paz en este charco de ranas locas! Abundó Carrasco en las ideas de su amigo, añadiendo que él iría con mucho gusto a Londres para la traída del hombre de todo el año, y por de pronto lanzaría la idea para que fuese cuajando en los cerebros.

El llevar al Congreso la acusación y darle forma parlamentaria fue la más escandalosa pifia de los señores moderados o palatinos: en vez de ahogar el escándalo en su origen, echando tierra sobre el error cometido, fuera obra de quien fuese, empeñáronse en desplegar ante el país toda la malicia y desparpajo de nuestros políticos, entregando la persona de la Reina a la voracidad de las disputas y al manoseo de las opiniones. ¡Bonito principio de reinado; bonito estreno de la Majestad, que representada en una candorosa niña, debió ser resguardada de toda impureza y puesta en un fanal, a donde no llegara el hálito de las ambiciones! Por esto ha podido decir Isabel II que desde su tierna edad le enseñaron el código de las equivocaciones. Pudo añadir también que en cuanto le quitaron los andadores, dejándola correr por las asperezas del Gobierno con sus pasos propios, oyó sin cesar palabras rencorosas de unos españoles contra los otros, y sin quererlo aprendió de memoria el estribillo de que estos súbditos eran buenos, y malos los de más allá. Manos de bandidos la empujaban por estos caminos, dedos negros le señalaban otros no menos obscuros, y con pérfidas lecciones fomentaban en ella todos los defectos de su raza, dejándole el cuidado de conservar por sí misma algunas de sus virtudes. Si algo bueno tuvo no se lo debió a nadie: lo malo no es tan suyo como parece, porque poca defensa contra el mal tiene una pobre niña, gobernante de pueblos, criatura mimada y sin estudios, a quien le ponen de maestros los siete pecados capitales... y no le pusieron más de siete porque no los había.


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