Bodas reales: XV

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Capítulo  XV
Bodas reales Benito Pérez Galdós



-Fíjese usted bien, Eufrasia, en lo que dice el Emperador y Rey...

-Tradúzcamelo si quiere que yo lo entienda, pues no sé más lengua que el castellano.

-Dice: Sposi voi siete...

-En español, cásense ustedes pronto... Ya hablaremos de eso, Estebanito; no sea tan precipitado.

Desde aquel momento, la pizpireta Eufrasia, ya muy corrida en noviazgos, según nos revela la cháchara transcrita, puso sus ojos, amparada del abanico, y con sus ojos su alma toda, en un palco frontero donde apareció Emilio Terry, objeto efectivo de sus ansias amorosas. En relaciones durante año y medio, tan tiernas y sazonadas que tuvo Himeneo encendidas las teas, rompieron inopinadamente por un fútil motivo... Amigas envidiosas llevaron a Eufrasia el cuento de que Terry mariposeaba en el escenario del Circo alrededor de aquel astro, de aquella deidad de la danza, la Guy Stephan, y no fue menester más para que se produjesen recriminaciones y celeras a que siguió un hemos concluido, pronunciado por ambas bocas con entonación solemne. Coincidió tan grave suceso con otro sonadísimo: la tentativa de asesinato del General Narváez. Dirigíase al teatro del Circo, donde bailaba la Stephan en función de gala, con asistencia de Su Majestad y Alteza, cuando unos embozados detuvieron el coche junto a los Basilios, y disparando sus trabucos a boca de jarro por las ventanillas, mataron... al ayudante señor Baseti, el cual, por un caso fortuito, había cambiado de asiento con el General. (Entre paréntesis, dígase que la opinión maliciosa señaló a D. Juan Prim como autor del atentado; pero nada se le pudo probar.) Pues cuando llegó la noticia al teatro del Circo, y se alborotó el sensible público, apartando su atención de las piruetas de la bailarina; cuando entraba el propio Narváez, declarando con su presencia que los asesinos habían errado el golpe, y con aire temerón y cara de mal genio al palco de la Reina se dirigía para recibir graciosos plácemes, precisamente en aquellos minutos estaban Eufrasia y Terry en lo más caluroso de su pelea, sotto voce.

Rodaron días y meses, entre los cuales los hubo de fúnebre tristeza para Eufrasia, que no cesaba de darse grandes atracones de beleño, buscando el olvido, y a cuantos le pedían amores contestaba con un sí como un templo. No se pueden contar los que en aquel período fueron sus novios más o menos formales; pero sí se sabe que ninguno logró rendir su afecto. La primera vez que vio a Terry después de la ruptura fue en el entierro de Argüelles. Iba el galán en la comitiva fúnebre, a pie detrás del féretro, y Eufrasia miraba el paso desde un balcón de la calle de Fuencarral. Viéronse a los pocos días en el estreno del Don Juan Tenorio en el teatro de la Cruz, y sucesivamente en el Prado, en el Liceo; pero uno y otro esquivaban la mirada, agraciándose recíprocamente con un desprecio de buen tono. En los comienzos del 45, las miradas en teatros y paseos revelaban mayor benignidad, y, por fin, eran un saeteo ardiente que llevaba y traía llamaradas... Observadora sagaz, la viuda de Navarro, al retirarse con sus amigas después de la representación de Hernani, dijo a la mancheguita: «Déjate de más tontunas, y no entretengas al pobre Estebanito. Bien a la vista está que tanto Terry como tú rabiáis ya por las paces, que es volver las cosas a su situación natural. Yo sé que Terry está cada día más loco por ti, y harto sabes tú que es el hombre que te conviene. No te digo más, hija; no pierdas tiempo, y a casa con él».

Madurillo ya, Emilio Terry, que pasaba de los treinta y ocho, no podía vencer sus mujeriegas aficiones, y trabajaba en esferas distintas, enamorando por lo bajo cuanto podía, y haciendo seriamente el cadete con las señoritas casaderas, a quienes entretenía y esperanzaba más de lo regular. Era una mariposa jamona y con las alas recompuestas, que iba de flor en flor, y el acogimiento lisonjero que abajo y arriba tenía confirmaba su nativa disposición para las campañas amorosas, lo mismo en el terreno donde no podía quebrantar la ley de honestidad, que en otros terrenos o capas de la galantería libre. No era hermoso, ni mucho menos, y su cara morena y barbuda, de facciones gruesas y ojos terroríficos, una de esas caras que espantarían a quien se la encontrase en camino solitario, habría sido totalmente incompatible con el amor si no la realzase y embelleciese el espíritu, la intención o voluntad que en el mirar penetrante y ardiente se mostraba, la ingeniosa labia con que a las cosas más vulgares daba un interés vivo, y para feliz complemento, la facha, el aire de elegancia no superado por ninguno entre sus contemporáneos. Vestía con suprema corrección inglesa, y tan airoso estaba de tiros largos como al desgaire, vestido de mañana con cualquier levitín suelto y un chaleco de moda pasada. Andaluz de Levante como Salamanca, dueño de un buen capital, y disfrutando la confianza de amigos y parientes malagueños muy ricos, se había lanzado en el vértigo mercantil con inteligencia y fortuna, especulando en jugadas de Bolsa, moviendo el gran mecanismo de las asociaciones mineras, que era la característica de aquellos tiempos en el orden de los negocios, y preparando la introducción de la magna industria del siglo: los ferrocarriles. No era, pues, Terry un farsante, de estos que explotan la credulidad de las gentes, ni un charlatán del capitalismo, que operara en el vacío con moneda figurada: sus negocios eran formales, su riqueza moderada y sólida, su disposición para negociar, seria y limpia, totalmente inglesa como su vestir, como todo su empaque social.

En los negocios solía ir con pies de plomo, atento, previsor y reflexivo, y en las empresas mujeriles con solapadas astucias o con los acometimientos repentinos de un estratégico muy ducho, conocedor de la geografía y de la oportunidad. Explicaba un amigo de Terry, años adelante, las magníficas victorias de este por una razón literaria, o que con la literatura se relaciona. Remitía ya la fiebre romántica; iba pasando la violencia en las pasiones, comúnmente fingida, pues raro era el poeta que sentía tan al vivo lo que expresaba; pasando iban los audaces giros de la expresión, las rebuscadas antítesis, el dilema terrible de amor o muerte, las casualidades fatalistas por las que el socorro de un afligido llegaba siempre tarde; pasaba también la humorada suicida, y la monomanía de poblar de cipreses y sauces el campo de nuestra existencia. Los grandes cerebros del romanticismo habían dado de sí sus últimas flores; D. Juan Tenorio, que apareció en Abril del 44, fue acogido como una obra tardía, que llegaba con dos años de retraso. Tres habían pasado desde la temprana muerte del gran Espronceda, y creyérase que había transcurrido un cuarto de siglo. Los innúmeros poetas que pasaban por sucesores del autor de El Diablo mundo, ya no maldecían desesperados la vida, ya no empleaban los acentos más roncos del alma para expresar una murria que no sentían y una melancolía negra que empezaba a ser de mal gusto.

Tras esta grandiosa procesión romántica que iba pasando y en el ocaso se desvanecía, vino otra procesión cuyas figuras traían menos poder literario, arreos no tan vistosos, vestiduras poco brillantes y armas enteramente flojas, afeminadas y deslucidas. Vino un sentimentalismo baboso que en los años siguientes hubo de dar frutos de notoria insipidez, un suspirar, un quejarse continuos, como expresión única del amor. La suprema fórmula estética fue la languidez: púsose de moda el estar lánguido; languidecían los poetas, languidecían las niñas casaderas y las jamonas que ya habían corrido el ciclo romántico en toda su extensión. En los dramas de asunto moderno, el éxito dependía de que las damas vestidas de muselinas vaporosas, con el pelo a la Cardoville, y los galanes de levita entallada, pantalón de trabillas, chaleco de raso, con la melenita ahuecada sobre la oreja, terminasen sus tiradas melosas expresando una inmensa languidez. Los novios, en sus inflamadas cartas, no hablaban ya de tomar fósforos ni de lo bonito que es pasear de noche por las calles de un cementerio: se entretenían en dar cuenta de suspiros que ahogaban el alma, o de quejidos exánimes inspirados por un deseo. El suspiro, el quejido, el deseo, la languidez, las auras embalsamadas, las noches voluptuosas, los sueños de dicha y placer, eran los chirimbolos con que jugaban constantemente los enamorados y los poetas. Hasta la prensa se veía tocada de esta demencia ñoña, y prodigaba en sus escritos los tropos más ridículos. Publicistas que pasaron por excelentes llamaban a Chateaubriand el Cisne del cristianismo, a la Habana la Virgen de los trópicos... Pues bien: Terry, adelantándose a su época lo menos un cuarto de siglo, hizo pedazos toda esta máquina de afeminación; desterró el suspirar por tiempos, las auras del deseo, y cuando hablaba con mujeres, jamás se ponía lánguido; antes bien, las embestía con un lenguaje humano, recto, sincero, varonil. De aquí sus victorias frecuentes y el partido que tenía.

Volvieron a verse Eufrasia y Terry, y a flecharse con miradas flamígeras en la representación de Maria di Rohan por Ronconi, en el Circo, y allí se tramó, para reconciliarles, la siguiente ingeniosísima combinación. Entre los muchachos que solían ir a la tertulia de la viuda de Navarro, descollaban: Rubí, que de autor de piececillas andaluzas había subido a la jerarquía de dramaturgo famoso; Campoamor, ya célebre como lírico de mucho aquel; Navarrete, escritor de costumbres, y Enrique Gil, poeta y crítico. Íntimos de este eran los Asquerinos, dos hermanos muy simpáticos que hacían dramas. Anunciábase uno de Eusebio en el teatro de Variedades, con el título un tanto estrambótico y trabalenguas de Obrar cual noble con celos, y Jenara alcanzó de Enrique Gil el obsequio de dos palcos para el estreno, comprometiéndose a ejercer de alabarda toda la noche con sus amigos hasta sacar a flote el drama, cualquiera que fuese su mérito. Uno de los palcos ocuparíalo la viuda; el otro sería remitido de parte del autor a unas damas andaluzas que infaliblemente invitarían a sus habituados Terry y Alejandro Llorente, a la sazón inseparables. Una vez colocado a tiro hecho el galán esquivo, Jenara le saludaría, llamándole a su palco para decirle dos palabras, y en el acto, con hábil maniobra, se efectuaría la tangencia de aquellos dos planetas de amor, que andaban despavoridos por los cielos buscando un punto en que juntar sus órbitas. Pero el drama, anunciado con tanto bombo, Obrar cual noble con celos, no llegó a representarse, y el plan quedó diferido en los propios términos para el estreno del drama de Valladares y Saavedra, Para un traidor un leal y Juicios de Dios, en el mismo teatro de Variedades. Todo se preparó hábilmente: Jenara ocupó su palco, escoltada por las manchegas; en el inmediato entraron las andaluzas. Acudieron mas tarde Cueto y Llorente, y por este supieron las vecinas que Terry se había ido a Sierra Almagrera para un negocio minero. El fracaso de la intriga fue tan grande como el del drama, que cayó al foso, sin que salvar pudiera al Traidor el Leal, ni a los dos juntos el Juicio de Dios.


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