Bodas reales: XVIII

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Capítulo  XVIII
Bodas reales Benito Pérez Galdós


Con instintivo saber psicológico pensaba Lea que la lisonjera situación de ánimo en que había de poner a D. Tomás la victoria de su candidato sería favorable al cumplimiento de su promesa, es decir, que impuesto Montemolín por Austria y Roma, bien podía ser que los dos matrimonios, el grande y el chico, no distaran entre sí más que una semanita. De estas esperanzas habló con su madre, guardando reserva sobre lo del Austria; Doña Leandra se distrajo de sus tristezas contemplando el optimismo de su hija, tan parecido a un espectáculo de fuegos artificiales, y aunque la buena señora dudaba, que la duda de todo era en ella ya una segunda naturaleza, fingió creerlo por no marchitar ilusiones consoladoras. Eufrasia estaba también gozosa, porque llegó Terry, y con fácil artificio ideado por Jenara facilitose en casa de esta la tan deseada reconciliación.

Había llegado a tomar por aquellos días la persona de Doña Leandra apariencias de espectro, y la cara y pescuezo, las manos y antebrazos eran como piezas dispuestas para los estudios anatómicos: de tal modo la rugosa piel amarilla dejaba traslucir el cordaje de nervios y músculos, las azules venas y la osamenta desvencijada. La distancia entre el barrio de Peligros y las Cavas no le permitía visitar a la Torrubia con tanta frecuencia como deseara; hacíalo en los días buenos, arrastrándose por las mañanas hasta San Cayetano o la Paloma; y después de oír misa, echaba un párrafo con su amiga en el puesto donde vendía, o en la puerta de la iglesia. Por dicha suya, la Providencia le deparó nuevas amistades, y la más valiosa de aquellos días fue la que contrajo, por mediación de D. Bruno y de D. Serafín, con la tía de este, Doña Cristeta del Socobio, señora muy agradable y bondadosa, que al punto comprendió la profunda dolencia moral de la manchega, y puso de su parte cuanto podía para mitigarla. Desde los primeros instantes de su conocimiento simpatizaron, no teniendo poca parte en el repentino afecto de Doña Leandra por la Socobio la circunstancia de ser esta viuda de un manchego, natural de Piedrabuena; y aunque el difunto salió de su pueblo a los cinco años, y desde tan tierna edad no había vuelto a él, bastaba el origen para que Doña Leandra le tuviese en gran estimación, y mirase a la viuda como amiga predilecta.

Era Doña Cristeta camarista de Palacio, y aunque en el tiempo a que esto se refiere desempeñaba un destino sedentario, porque su edad y cansancio reclamaban vida más sosegada que la del servicio de Etiqueta junto a los Reyes, su personalidad y sus funciones merecen los honores de la Historia. Había entrado en la servidumbre en 1818, y al año siguiente, marcado en los fastos palatinos por el casamiento de D. Francisco de Paula con la Princesa de Nápoles Doña Luisa Carlota, esta la tomó a su inmediato servicio, y a su lado la tuvo hasta 1838, en que pasó Cristeta a la Cámara de Su Majestad. En los duros tiempos de Argüelles y la de Bélgica, fue separada la Socobio, juntamente con otras personas de la familia, por supuestas connivencias con la Gobernadora cesante; pero al ser declarada la Reina mayor de edad, volvieron todos a sus puestos en la Etiqueta, en la Intendencia y Real Capilla; y la Camarera Mayor, marquesa de Santa Cruz, que desde aquella fecha fue la más visible influencia dentro de la casa, dio a la Socobio la Guardarropía de las Reales personas, y el mando de todas las mozas de retrete, guarnecedoras, ayudas y barrenderas.

No tardó en advertir Cristeta la incompatibilidad de su salud y de sus años con aquellos oficios que bajo su mano quiso poner la Santa Cruz, y pidió la jubilación aprovechándose de las favorables circunstancias de su edad y dilatado servicio para proporcionarse una cómoda situación pasiva. Mas ni la Camarera ni la Reinita y su hermana, que la querían entrañablemente, accedieron a la jubilación, y se le concedió el puesto de camarista con todo el sueldo, exenta de servicio, con derecho de habitar en Madrid, esto es, fuera de Palacio, y sin más obligación que acudir en auxilio de las nuevas guardarropas cuando estas lo hubieran menester. Hallábase, pues, Doña Cristeta en la más holgada y feliz situación, disfrutando de las ventajas del cargo y sin la esclavitud y trajines inherentes a este. Entraba y salía en los altos aposentos y en los bajos siempre que le daba la gana; su metimiento era como el de los mejores días y grande su dominio sobre las camaristas jóvenes, sobre las mozas de retrete, mozos de oficio, ayudas de furriera y demás piezas inferiores de tan compleja máquina. Y no sólo tenía fieles amigos en la inmensa colmena, sino también parientes muchos, distribuidos en las distintas funciones y dependencias. D. Serafín era, como se sabe, gentilhombre, y sin salir de la Etiqueta se encontraban dos Socobios más: D. Laureano, ujier, y Don Emigdio, escribiente en la Secretaría de Cámara y Estampilla. En Caballerizas, un Socobio era rey de armas, y otro ayudante del Montero Mayor. Asilo de otros individuos de tan aprovechada familia era la Intendencia, donde se podían contar hasta cinco Socobios: el uno en la Secretaría del Intendente, cargo de cuidado y responsabilidad; otro que era contador general; dos en la Tesorería, y el quinto en la Consultería. Para que no quedase rincón alguno donde no hubiese hecho su nido un Socobio, figuraba entre los capellanes D. Andrés Avelino, primo hermano de D. Serafín, y, por último, las Administraciones patrimoniales de los Reales Sitios hervían de Socobios.

No iba Doña Cristeta a Palacio todos los días, pero sí los más de la semana, y desde que tomó a su cargo el cuidado y esparcimiento de Doña Leandra, oían misa las dos en la Real Capilla; entraban luego a echar su descanso en la sacristía, donde la manchega hizo conocimiento con el capellán Andrés Avelino y con D. Víctor Ibraim, cuyo aspecto y modos de cuadrúpedo con sotana no fueron muy de su agrado. Algunas tardes subían al piso alto y visitaban a distintas personas, con lo que Doña Leandra se distraía y animaba; su familia iba notando en ella menos inapetencia; relataba con interés las magnificencias que en Palacio veía, y mostrábase en extremo cariñosa con su amiga y compañera. A veces dejábala esta en alguna de las habitaciones altas, bien recomendada, para que la entretuviesen dándole conversación, y se iba sola a los regios aposentos del piso principal, permaneciendo allí las horas muertas; volvía gozosa junto a Doña Leandra, y le prometía enseñarle lo de abajo, cuando las Reales personas se fuesen a la Granja o Aranjuez. Por fin, huroneando entre las viviendas de la servidumbre, encontraron manchegos, que fue para la señora de Carrasco gran satisfacción. ¡Vaya que manchegos en aquellas alturas! Pues en Caballerizas, a donde también fueron como visitantes curiosos, encontró Leandra más de lo que quería: carreristas, picadores y mozos que eran de allá, y hasta parientes le salieron. Bien decía ella que había Mancha en todo el mundo, y que Madrid era lo más manchego de las Españas.

¿Y cuál no sería el gozo de la expatriada cuando, metidas las dos una mañana en la Botica de Palacio a pedir varias drogas para sus achaques (las cuales a Doña Cristeta no le costaban un maravedí), topó de manos a boca con el mancebo Vicentillo Sancho, del mismísimo Pozuelo de Calatrava, sobrino segundo de Don Bruno? «Pero, hijo, no te hubiera conocido... ¡Si estás hecho un hombracho! No te he visto desde el día en que saliste del pueblo para venir a estudiar la carrera de boticario... ¡Ay!, déjame que te abrace otra vez... Me parece que estoy allá, y que veo a tu madre, la pobre Bárbara, que el día que tú partiste lloraba como una fuente, y no veíamos modo de consolarla... Pero tú, gran zopenco, ¿no sabías que vivimos aquí hace cinco años, por desinio del Señor? ¿Cómo no has ido a vernos? Ahora te digo que tienes tu casa en la calle Angosta de los Peligros, y que si no vas a vernos pronto, te descomulgamos, y ya no eres ni sobrino ni manchego ni nada». Replicó el mancebo que tenía noticias, sí, de la presencia de sus tíos en Madrid; pero que no había ido a verles por vergüenza y cortedad, pues alguien le dijo que vivían muy a lo grande, y que las niñas estaban hechas unas princesonas. Una tarde, paseando por el Prado, un amigo le enseñó a Eufrasia, que iba con una como Marquesa, y el chico se había maravillado de tanta elegancia y hermosura. Indignose con esto Doña Leandra, y dio un coscorrón al boticario para quitarle la vergüenza: «Anda, mostrenco, que no mereces nuestro cariño. Vete corriendo a mi casa, donde verás a las niñas, que aunque pronto casarán la una con un teniente coronel y la otra con un capitalista, son muy llanotas y no reniegan de su país ni de su parentela».

Con la visita de Vicente Sancho tuvo la señora un grandísimo alivio y días verdaderamente felices. Al propio tiempo aumentaba su afición a las visitas a Palacio, y nada la divertía y consolaba como oír de labios de su amiga relaciones de la vida interior de aquella inmensa casa. «Por no vestirme -le dijo Cristeta una tarde, volviendo las dos de su paseo-, no voy a ninguna ceremonia. Los que presenciaron la de anteayer, la recepción del Embajador de Francia M. de Bresson, me aseguran que nuestra salada Reina fue el encanto de los extranjeros por la divina soltura y gracia con que hizo su difícil papel. A los diez y seis años, esa criatura sin igual no tiene nada que aprender en punto a señorío regio, ni en el arte dificilísimo de ser digna y familiar, de ostentar toda la gracia y afabilidad del mundo, sentadita, como quien no dice nada, en el Trono de San Fernando. Cuentan que cuando bajó las gradas, concluida la ceremonia, y se puso a platicar con todos, diciendo a cada uno palabritas agradables, estaba tan mona, tan Reina, que... vamos... era para comérsela. Bien puede España dar gracias a Dios, pues con esa niña nos ha traído el remedio de todos los males. Y gracias también debemos darle porque con ella empieza el orden, el orden, amiga mía, que es el andar derecho todo el mundo, para que pueda el Gobierno dedicarse al fomento... Ya sabe usted que es necesario el fomento, pues... para que prospere y eche buen pelo la Nación... Y eso que ahora ¡ay!, nos viene una dificultad, la cual dejará de serlo si se hace todo como Dios manda. Hablo del casamiento, que puede ser el sumo bien o el sumo mal. Pero entiendo yo que van las cosas por el mejor camino, y si no meten el rabo las potencias, tendrá Isabel el marido que a ella y a todos nos conviene...».

Expresada por Doña Leandra con la mayor candidez la idea de que era un hecho la elección de Montemolín, pues como cosa de clavo pasado así lo aseguraba su hija primogénita, rompió en risas y burlas la Socobio, diciendo que tal casamiento sería el mayor trastorno de la Real Familia y un terrible desastre para la Nación. Confusa la oyó su amiga; mas no pudo obtener de ella referencia clara del candidato que la gente palaciega tenía por seguro.

Era la camarista de pequeña estatura, entrada en años, de rostro agraciadísimo, las facciones menudas, los ojos muy despiertos y ratoniles, el pelo casi enteramente blanco peinado con gracia, muy amable y nada perezosa, dispuesta siempre a las grandes caminatas y ascensiones de escaleras. Hablaba con tanta soltura como donaire; de su inteligencia no podían hacerse más que elogios; en su conducta matrimonial, mientras le vivió el marido, no había que poner ninguna tacha; de su exactitud y diligencia en el desempeño de su destino durante largos años, no cabía tampoco la menor censura; de su sagacidad y discreción para servicios de un orden familiar y reservado, nada corresponde apuntar al historiador, que además poco sabe de estas cosas. Merece, pues, Doña Cristeta sinceras alabanzas; y si hay necesidad de poner algún defectillo para guardar siquiera las apariencias de imparcialidad, dígase que era la camarista muy golosa, y que toda su vida fue apasionada de las yemas y tocinos del cielo; loca por pastelillos, bollos delicados y fruslerías dulces, así como por las copitas de licores finos y aromáticos. Cuando la edad trajo a su estómago cierta rebeldía contra el dulce, usábalo moderadamente, y retrotraída en su vejez a los gustos y travesuras de la infancia, no podía resistir a la tentación de comprar en la calle torrados, anises o caramelos de la peor calidad: con tales porquerías, que roía y mascaba despacio para no cascar sus hermosos dientes, entretenía el vicio y daba satisfacción al gusto, escupiéndolas después sin dejarlas pasar al buche.


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