Bodas reales: XXI

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Capítulo  XXI
Bodas reales Benito Pérez Galdós



Si el ardiente amor a la tierra natal y la fatalidad de vivir lejos de ella no fueran bastante motivo para que la pobre Doña Leandra aborreciese a Madrid, seríalo la confusión de ideas y el laberinto de opiniones que hacían de la Corte de las Españas un pueblo de locos. Vivían aquí las personas para pelearse de continuo por lo chico y lo grande, disparando unas contra otras fuego mortífero de recriminaciones, ironías y dicharachos, ya por un desacuerdo en el modo de apreciar las piruetas de la Guy Stephan, ya por el problema político y monárquico del casorio de la Reina, y por el valimiento y calidades de cada uno de los novios o candidatos. En su propia casa vio la buena señora una muestra de la general discordia, que fue para ella motivo de gran amargura, porque eran sus hijas las que reñían, y casi casi se tiraron de los pelos en una furiosa Reyerta y examen de pretendientes al regio tálamo. Con autoridad enérgica las hizo callar mandándoles que mirasen a las obligaciones domésticas y no se metieran en lo que no les importaba. Y el mismo día en que estas terribles querellas ocurrían, en ocasión que la señora remendaba su ropa, única labor que aliviaba sus tristezas, llegose a ella Eufrasia, y revolviendo trapos y rebuscando botones, le dijo:

«Ya no volveré a reñir con Lea, porque ella es algo simple de por sí, y ese retrógrado de Tomasito, ahora metido entre carlistones, le ha llenado la cabeza de viento. ¡Miren que hablarnos de D. Carlos Luisito como el único consorte posible! ¡Y salirnos con que así será porque lo quiere el Austria! Yo, que estoy enterada de todo, le contaré a Su Merced lo que hay, si me promete guardar el secreto. No debe conocerlo padre, porque se le escapará decirlo en el café, y corrida la noticia por Madrid antes de tiempo, armarse podría una gran trapatiesta entre las naciones que andan en el ajo... No, no, madre: tengamos reserva, que esto es muy delicado».

-Sí, hija: cada cual calle lo suyo, hasta que venga la verdad a sacarnos a todos de confusiones. ¿Y eso que sabes te lo ha contado Terry? No es mala autoridad la de quien tanto priva en la Embajada del inglés.

-Como que el Embajador es su gran amigo y todo se lo dice. Donde quiera que se encuentran hablan en inglés para que no los entienda nadie. Pues verá Su Merced lo que hay. Ello es ya cosa convenida entre la Corte de Londres y la Corte de Madrid; pero no quieren que se entere la Francia para que ese títere de Bresson no nos arme un enredo. La Reina se casará con Coburgo, el Príncipe D. Leopoldo de Coburgo y Gotha, que así se llama.

-Hija, ¿qué me dices?... ¡Pero si entendía yo que ese duque de la Gota era el más eliminado de todos!

-No haga caso Su Merced. La Inglaterra es la que puede más, y ha dicho el Lord primer Ministro que como casen a Isabel II con un Borbón, habrá la más terrible guerra que se ha visto... Y la Inglaterra está en lo firme, porque el casar a la Reina con uno de la misma familia, en la cual vienen uniéndose ya, de tiempo atrás, primos con primas, y tíos con sobrinas, es traer la degeneración... ¿Su Merced me entiende? Sí, porque nadie sabe mejor que Su Merced que a los ganados de ovejas y cochinos se les muda de padres para que no desmedre la raza.

-Sí, hija; ¿pues no he de entenderlo? Lo mismo que en los animales pasa en las personas, y también en el trigo, que si no mudamos de simiente, pronto empeora la casta... Pero el Sr. Terry me dispense... no van las tornas por el lado de ese Comburgos, o como quiera que se llame.

-Madre, le aseguro a Su Merced que sí. La Gran Bretaña trabaja bajo cuerda por fastidiar al francés, que quiere meternos aquí a uno de sus príncipes, para que luego se alce con el santo y la limosna y nos convierta en provincia francesa... A eso van. Pero los ingleses, que como nosotros tienen Reina, y esta casada con uno de los de Coburgo, no consienten que Francia meta el hocico. Ya se han entendido la Reina Cristina y Mister Bullwer, y concertada tienen la boda. Se cree, esto no lo sabe Terry a punto fijo, que la Inglaterra no ha venido con las manos vacías, y que cede a España unas islas de no sé qué mares... De modo que hasta por ese lado vamos ganando. Y hay más: el príncipe Leopoldo es ilustrado, a diferencia de los de acá y de los de Nápoles, criados en el absolutismo y en las ñoñerías; es un muchachote robusto, que es lo que nos conviene, de ideas liberales...

-Cállate, hija; cállate por Dios, y ¡no hables de liberalismo!... ¡Lucido estaría el Trono si ahora saliéramos con que se sentaba en él un miliciano nacional, que haría de nuestra Reina una miliciana nacionala, y nos metería otra vez en los enredos de los patrióticos y de la libertad de la imprenta...! Quita, quita; el Sr. Terry está soñando. ¡Pues digo, si a más de patriota es hereje, y nos viene acá con la libertad de los cultos, y a predicarnos que seamos ateos...!

-No, madre: eso no puede ser, porque se le ha puesto la condición de que abrace el catolicismo...

-Y ¿qué sacamos de que lo abrace?... Vamos, que le da un abrazo y después se queda tan fresco... ¡Si creerá la Inglaterra que aquí estamos en Babia!... ¿Y el Papa qué haría? Pues descomulgarnos a todos y dejarnos con un pie en el Infierno... Quita, quita: el Sr. Terry ha oído campanas y no sabe dónde. Elegido está ya el marido de Isabel; pero no es extranjero ni Bocurgo, ni nada de eso.

-A Su Merced -dijo Eufrasia con burla respetuosa-, le ha trastornado el seso esa ardilla de Doña Cristeta, haciéndole creer que el esposo elegido es D. Francisquito, el mayor de los chicos del Infante... ¡Pero si la Socobio no sabe más que lo que le cuentan en las cocinas de Palacio, a donde va todos los días en busca de las tajadas de sobra!

-Calla, simple, y no digas tal de Cristeta, que come en el mismo plato de Su Majestad Madre, y esta la convida todos los días a tomar chocolate del que le mandan de Nápoles o de las Sicilias, hecho con más canela que el que aquí gastamos. ¿Quién le pone las medias a Cristina más que Cristeta? ¿Y quién le hace la mascarita a la Reina Isabel cuando ella y su hermana juegan a carnavales? No vuela una mosca en aquellos aposentos sin que se entere mi amiga, y hasta olfatea lo que hablan Cristina y el Embajador de Francia.

-Pues yo le aseguro a Su Merced que el tal Bresson anda de capa caída y ya no le hacen caso, y que el negociado de casamientos está en la casa de míster Bullwer... Dígale Su Merced a la Socobio que vaya recogiendo velas en lo de D. Paquito, que a este, como a su hermano el Enrique, les ha hecho Inglaterra la cruz. En Londres les tienen por poca cosa. Usted no sabe, yo sí lo sé, que D. Francisco pidió al Rey de Francia la mano de su hija la Princesa Clementina, y Luis Felipe se la negó con desprecio. ¡Y ahora le iban a dar la mano de la Reina! Madre, no crea usted las papas que le cuenta Cristeta.

-Para papas las tuyas, Eufrasia. El señor Terry, como todos los españoles de ahora, está trastornado, y el trastorno le hace ver y leer periódicos que no existen. Pero sea lo que quiera, D. Francisco es un joven ilustrado, tan ilustradillo como cualquier otro príncipe, y además un modelo de virtudes... para que lo sepas.

-Sí, madre; es tan virtuoso, que en Pamplona, donde está su regimiento de guarnición, se pasa todo el tiempo en compañía del obispo, que es un carlistón rancio, y en visitas de monjas y frailes.

-¿Y eso qué?

-Nada... Un periódico de Londres ha dicho que en su casa de la calle de la Luna tenía un cuarto con altarito, todo lleno de imágenes y estampas, y que allí se pasaba las horas de rodillas rezando y haciendo novenitas... ¡Bonita cosa para un Rey ocuparse en vestir y desnudar a un Niño Dios de talla! No dice Terry que esto sea verdad; puede que no lo sea; pero en Inglaterra así lo cuentan, y ello basta para que se burlen de los españoles si le tomamos de Rey marido.

-Te prohíbo -dijo Doña Leandra severamente-, que hables del primo hermano de Su Majestad con tan poco miramiento, dando oídos a las calumnias y chismes de esos perros protestantes. Sea o no esposo de la Isabel, es el tal un príncipe español, y los manchegos, como la mejor y más antigua sangre española, le debemos respeto y veneración. Que no vuelva yo a oír en tu boca esos disparates de que viste y desnuda al Niño Jesús, no porque sea razón de que le tengamos en poco, pues tales actos son meritorios, sino porque esas hablillas las echan a volar los ingleses para desacreditarnos y abrirle los caminos al alemanote o animalote.

-Algo habrá de esto -replicó Eufrasia con timidez-, y ya empecé por decir que yo no lo creía, como no creo tampoco lo que se cuenta... ¿lo digo?... pues que entre el Obispo de Pamplona y una monja muy lista, cuyo nombre se me ha ido de la memoria, han inducido al tal Francisco a ver claros los derechos de Don Carlos y turbios los de Isabel... Esto no será verdad; pero la Inglaterra le ha tomado entre ojos, porque hace morisquetas al absolutismo, y antes que consentir que se siente en el Trono, armará una guerra con Francia, y entonces veremos quién puede más.

-Pues en ese caso -dijo Doña Leandra con turbación y enojo, soltando la costura-, las naciones nos ponen la pata en el cuello, y no nos dejan casar a Isabel a nuestro gusto, o al gusto de ella, que es lo natural. Ya veo que hay más mal en el aldegüela del que se suena, y que con tantas querellas y pareceres distintos los españoles corremos a la perdición y al acabamiento. El mejor día, disputándose la mano de la niña, vienen aquí el Austria por un lado, la Inglaterra por otro, de esta parte la Francia, de aquellotra el Papado y las Dos Sicilias, todos armados hasta los dientes, y nos hacen polvo, nos parten y nos reparten, llevándose cada uno el pedazo que le acomode. No dejarán más que la Mancha, que como está en el centro, hasta ella no han de llegar los dientes de esos lobos carniceros... y de ello me huelgo yo, porque así seremos los manchegos los únicos españoles que sostengan la decencia y el punto castellano. Sí, sí: guerras tendremos, por ser aquí tan locos y estar siempre a la greña negros y blancos, ya debajo de la bandera del Progreso, ya de otra bandera, y hoy te pronuncias tú, mañana yo... Razón hay, créelo, hija mía, para que nos merienden las naciones y pongan aquí de Rey a cualquier extranjero hi de tal, atravesado y hereje. Dejémonos quitar a nuestros verdaderos Reyes, dando crédito a la malicia de que aquí los príncipes se entretienen en vestir y desnudar al Niño Jesús... Sí, sí: creamos eso, ayudemos a que corra esa ridiculez, y buenos quedaremos ante el mundo, como quien dice, la Europa, o verbigracia, el universo ilustrado. Mejor estaríamos nosotros en el África que en la Europa, si el África es, como cuentan, tan parecida a la Mancha... y aunque en ella hay moros, mejor nos entenderíamos con estos que con tanto civilizado perverso de las Austrias y de las Inglaterras...

Levantose iracunda la señora, y moviendo sus flacos brazos causó a la hija no poca sorpresa y susto, por ser de grandísima novedad que con tanta vehemencia y criterio tan exclusivo hablase de cosas y personas políticas. Algo más quiso decir Eufrasia, ampliando sus referencias y queriendo echar de sí la responsabilidad que en la difusión de ellas pudiera caberle; pero Doña Leandra, con vivo gesto, le puso en la boca la mano huesuda y en el oído esta terrible admonición:

«Ni una palabra más te consiento, boba, que al no respetar la fama de nuestros Príncipes, faltas al respeto a tus padres, que todo es uno, padres y Reyes, y no siendo así no hay grandeza, no hay poder en la Nación. Guárdate de traerme más cuentos y de marearnos con la Inglaterra, pues si tu novio es inglesado, con su pan se lo coma, y menos mal si es hombre de bien, como creo. Cuando os caséis, hazte tú, si quieres, inglesada, por lo de no con quien naces, sino con quien paces; pero en el entretanto, no nos hurgue el Sr. Terry a los españoles, si no quiere ver el pie de que cojeamos. Y también le dices de mi parte, de mi parte, ¿entiendes?, que aunque deseamos ver bien casada a nuestra querida Reina, para su felicidad y la nuestra, miramos antes por la familia; que no se caliente la cabeza con tantos Coburgos y Cabargos, ni con las intriguillas del Míster de la Inglaterra, sino que piense, pues ya es hora, en cumplir su promesa y determinación de matrimonio, que no es bueno que las muchachas honestas y de buena familia se eternicen en los noviazgos. Si fuera D. Emilio un pelón, no nos quejaríamos de la tardanza; pero bien sabemos que de nadie necesita licencia para casarse, ni es de los que tienen que juntar algunos duros para mercar cuatro sillas y una cama. Con que... que no te entretenga más. Tu padre y yo nos creemos muy honrados con que un señor tan pudiente te tome por mujer; pero no debemos tampoco achicarnos, que si a ti te envidian el esposo que te llevas, él no sale mal librado; y si tu educación no es a lo extranjero, ni sabes lo que otras, le llevas un buen palmito, le llevas tu honestidad, tus cristianos sentimientos y el buen nombre de nuestra casa. Cierto que tu hacienda no iguala con la suya; pero tampoco eres de las que van con lo puesto. Bien puedes apretarle, hija mía, para que se decida pronto, y ponte muy enfurruñada si no lo hace. Ya ves cómo estoy de flaca y consumida; es que no vivo, no puedo vivir mientras mis dos hijas no se coloquen... ¿Llegará ese día, Señor? No lo deseo por vosotras tan sólo, sino por mí, por mi salud, por mi existencia, que no es tan despreciable para que yo no mire un poco por ella. Espero a que os caséis para largarme a la Mancha y llevarme mis pobres huesos, que este Madrid quiere robarme: él a quitármelos, y yo a que no. Veremos quién gana. Decídanlo vuestros novios, hijas mías, y no consientan que me robe mis huesos esta tierra maldita».


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