Bodas reales: XXIII

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Capítulo  XXIII
Bodas reales Benito Pérez Galdós



Quería Nuestro Señor poner a prueba la gran virtud y sublime paciencia de Doña Leandra, privándola de ver los campos manchegos, porque transcurrido el plazo de un mes que se había fijado para emprender el viaje, surgieron nuevas dificultades y entorpecimientos. Quebrantaba la salud de D. Bruno una irritación al hígado, que a más de producirle inapetencia mortal, le ocasionaba tristeza y molestias crueles. Era una razón más para largarse; pero el buen señor, lejos de sentir impaciencia, mostrábase cada día más perezoso y alegaba ocupaciones inopinadas. Veinte veces habían hecho y deshecho los equipajes la hija y la madre, engañando su anhelo con estos trajines, hasta que una mañana volvió D. Bruno a proponer a su esposa que partiera con Lea, dejándole a él en Madrid con los chicos y Eufrasia. Poco le faltó a la señora para caer con un síncope; tales fueron el desagrado y estupor de semejante propuesta; y después de muchas lágrimas y suspiros, hija y madre declararon, la mano puesta sobre los respectivos corazones, que a pesar de sus vehementísimas ganas de ponerse en camino, no lo harían dejando al padre y esposo amagado de cruel enfermedad, la cual requería más que otra alguna la medicina de los aires natales. Pareció flaquear el ánimo del manchego con estas manifestaciones, y pidió dos días más para decidirse, sin dar a conocer los motivos de su inercia ni los negocios cuya tramitación y arreglo le amarraban a Madrid. Llegado el término fijado para partir o explicarse claramente, encerrose D. Bruno con su esposa en el despacho, y se franqueó en los términos que puntualmente se transcriben:

«Vaya, mujer, para que no te devanes los sesos cavilando en los motivos de que yo no tenga prisa por irme con vosotras, voy a poner en tu conocimiento cosas reservadísimas, a condición de que me guardarás el secreto, pase lo que pase y venga lo que viniere».

Tanto se asustó Doña Leandra con este exordio, que hubo de llevarse las manos a la frente viendo venir una noticia muy mala; mas no le dio tiempo Carrasco a formular pregunta ni queja, anticipándose a la curiosidad de su mujer con estas razones: «Bien sabes tú mejor que nadie que un hombre de arraigo se debe a la Patria, a los grandes principios...».

-¡Ay, ay, ay, Bruno mío! -exclamó la pobre mujer tranquilizándose-. Me habías asustado, hijo... Y ahora salimos que ello es cosa de política. ¡Vaya una simpleza! ¿Y qué tenemos nosotros que ver con la muy puerca política?

-Espérate un poco.

-¡Pero tú has perdido el juicio por lo que veo! ¡Que un hombre se debe a su patria! Claro que sí; pero primero se debe a su familia, a sus hijos, a su salud.

-Según y conforme; y tales pueden ser los males de la Nación, que no pueda librarse el buen ciudadano de acudir a ellos antes que a los suyos y a sí mismo. Ejemplo, lo que pasó en la antigüedad, en tiempos de... No recuerdo el nombre de aquel que mandó a sus hijos a perecer... En fin, sea como quiera, yo estoy obligado a prestar mi ayuda a los que intentarán salvarnos de esta ignominia despótica. Habrás visto que el país está perdido.

-Perdido, tan perdido hoy como ayer, y como mañana, si os descolgáis vosotros con otra revolución. Pero dime, desventurado: ¿has vuelto al rebaño del Progreso; te has limpiado ya de la nota cangrejil, como decís en vuestro lenguaje, que parece de presidiarios? Porque los del partido de Milagro te habían puesto el sambenito...

-Ya nos hemos reconciliado; ya los que fuimos víctimas de un error, hemos vuelto al sacrosanto redil de la Libertad.

-Dios nos tenga de su mano.

-Y reunidos varios amigos, que no hay para qué nombrar, hemos acordado mancomunarnos para echarle la zancadilla al despotismo... Mujer, no te asustes... ¿Crees que lo intentaríamos sin contar, como contamos ya, con algunos individuos de nuestro valiente ejército?... Porque digan lo que quieran, Leandra, el ejército español ha sido siempre liberal; el ejército español ha sido el primero en sustentar la soberanía nacional; el ejército español ama al Duque de la Victoria, y si engañado un día por cuatro pillos, pudo hacer lo que hizo, ahora... ahora...

-Bruno, quisiera reírme, y la risa se me convierte en llanto, y las burlas en ira contra ti y toda esa recua de mentecatos que no sueñan más que con trifulcas: esos son los Milagros y Centuriones, que por pescar el pececillo de un destinejo son capaces de secar un río si pueden; y por coger la fruta de un árbol le dan por el tronco... Según veo, Bruno de mi alma, te has metido a conspirar. ¡Bonita cosa! Estamos como queremos. Pero di: ¿El pescuezo no te huele a cáñamo? ¿No temes que tus hijitos se queden sin padre? Ya ves... ¿cómo quieres que yo me vaya tranquila? Esto no puede ser... Aquí me planto, aquí moriremos todos, viéndote metido en esas mojigangas. ¡El Señor tenga piedad de esta pobre familia!

No impresionó a Carrasco la aflicción de su cara esposa tanto como debía, porque confiaba en la eficacia lógica de lo mucho y bueno que aún tenía que decir... «No te aturrulles, mujer -prosiguió sin descanso-, que oyéndome algo más podrá ser que cambien por completo tus pareceres. Para quitarte el susto, sabrás que mi conspirar no es de los que traen peligro, pues no soy yo de los que llevan el hilo con nuestros emigrados, ni me toca el tratar secretamente con los oficiales y sargentos que han de pronunciarse. No sirvo para esto; ni mi figura ni mi carácter son para obra de tapujo, en que tenga yo que disfrazarme y andar, ya por los desagües y alcantarillas, ya por los tejados, burlando a la policía. No: no me den a mí ese trabajo. Para que lo entiendas de una vez, mujer, te diré con la mayor reserva que el partido...».

-Pero si tú me dijiste que ya no hay partido; que los que llamáis corofeos están por extranjis, y aquí sólo quedan unos caballeros que son la ojalatería de la Libertad y no hacen más que decir ojalá, ojalá... preguntando cuándo viene el Duque. Y ese Duque vendrá el día en que yo sepa hablar inglés, o en que me salgan pelos en el cielo de la boca...

-Déjame acabar... Decía que el partido, pues partido hay otra vez, los de acá en perfecto acuerdo con los de allá, y todos en relación con Londres, ha determinado tomar cartas en el asunto del casamiento, rechazando las candidaturas corrientes de Trápani, Coburgo, Montemolín, D. Francisco, y apoyando con todas sus fuerzas la del Infante liberal D. Enrique.

Una cuarta de boca abrió Doña Leandra, y D. Bruno, teniendo por satisfactoria tal demostración de asombro, dijo: «De seguro piensas, como yo, que este candidato es el mejor, el candidato verdaderamente patriótico, dada la ilustración del Príncipe y el amor que ha demostrado a nuestras ideas».

-No sólo creo que no es el mejor -afirmó Doña Leandra-, sino que te sostengo y te apuesto lo que quieras a que ese no cuaja.

-¿Por qué?

-Porque no le tragan en Palacio, porque reniegan de él, motivado a que echó un manifiesto ensalzando el liberalismo.

-Pues por eso, bruta, por eso.

-La Reina madre no le puede ver ni en pintura.

-¿Qué importa que no guste a la madre si gusta a la hija, y de ello hay pruebas, Leandra?

-Si, como dices, a la niña gusta, ya se lo quitarán de la cabeza. Una madre despabilada, como es Doña Cristina, quita y pone en las almas de sus hijas lo que quiere... Y así como te digo que en Palacio no le tragan, también aseguro que no le tragan las Potencias.

-¿Tú qué sabes de potencias? -indicó Don Bruno desdeñoso y enfático-. ¿Has hablado con la Francia, con la Inglaterra?... ¿Crees que tu amiga Cristeta posee los secretos del Gabinete de San James y del Gabinete de las Tullerías?

-Yo no sé lo que son esos gabinetes ni esas alcobas de Tullirías o del Infierno; sí sé que Cristeta está bien enteradita, como quien día y noche tiene metidos los morros en todo el secreteo de Palacio, y lo que ella cuenta óyelo como el mismo Evangelio... Y vamos a ver, ahora que crees estar en autos: ¿qué potencias terrenales apoyan a ese D. Enrique?

-Pues la que menos lo parece, Francia.

-Déjame que me ría, Bruno. Eres un alcornoque. ¿Con que Francia?... Anda, vete al Musiú ese, conde de no sé qué, y pregúntale por la cara que puso el Rey D. Luis Felipe cuando le hablaron de D. Enrique.

-Francia digo; que hay allá un partido democratista que apoya nuestro candidato, y el Rey, con más miedo que vergüenza, no ha tenido otro remedio que hocicar... Dile a Cristeta que se vaya con sus cuentos al Nuncio... Precisamente, querida Leandra, los que acá trabajamos el negocio estamos ahora en relación con personajes muy encopetados de París y de Londres, los cuales nos tienen al corriente de lo que en aquellas Cortes se piensa y se dice. No quiero extenderme en esto, no vaya a escapársete alguna indiscreción, y me comprometas... Lo único que te digo es que quieren a D. Enrique para marido de la Reina la Libertad y el Progresismo, parte del Ejército, la Marina y un poco de clero... Convéncete, mujer, de que ese D. Francisco no puede ser Rey de España. Averiguado está que reconoció secretamente los derechos de D. Carlos a la Corona de España, por pura superstición, que es lo más grave... Ello fue obra de un clérigo llamado el Padre Fulgencio y de una monja medio santa, cuyo nombre se me ha olvidado, los cuales poseían el don de hacerse invisibles, y de pasar de este mundo a los otros, en lenguaje de religión Infierno y Purgatorio...

-Calla, calla, Bruno, y no tomes en tu boca tales disparates... Vele ahí lo que habláis en los cafés, en vuestras tertulias de bigardones holgazanes.

-Aguarda, mujer. Lo que te cuento es para que sepas por qué teocracia vino D. Francisco a reconocer los derechos de su tío... Pues la monja y el fraile, cuando no tenían gran cosa que hacer en este mundo, se ponían en éxtasis, y extasiaditos se iban de paseo al Purgatorio, donde echaban un párrafo con la infanta Carlota, y esta les decía: «Hacedme el favor de veros con mis queridos hijos, y advertidles que reconozcan a mi cuñado Carlos Isidro como legítimo Rey de España, pues si así no lo hicieren no saldré nunca de estas llamas. Ordenado está que mientras no se dé al buen Rey la reparación debida, no acabaré de purgar mi grandísimo pecado de La Granja, cuando le aticé la bofetada al Ministro y deshice la trama salvadora por la cual mi cuñado Fernando, moribundo, determinó que no reinasen las hembras. Llevadles, por amor de Dios, esta súplica de su madre, que si escapó del Infierno por el arrepentimiento que tuvo en sus últimos instantes de vida, no acabará de purificarse mientras su descendencia no restablezca la verdad y el derecho en la Real Familia».

-¡Jesús!, da miedo eso, aunque bien sabe una que es un cuento ridículo.

-Volvían al mundo los viajeros, fraile y monjita, se desextasiaban, que era como limpiarse el polvo del camino, y presentándose al punto a los dos Infantes, les comunicaban la embajada que de su mamá traían. La miga del cuento es que D. Francisco daba crédito a la historia, y el D. Enrique no... Ahí tienes la diferencia: el uno, como dice Centurión, es un cerebro fácilmente accesible a las paparruchas teocráticas; el otro, como dice Milagro, es un caletre robusto, educado en lo que llaman el Enciclopedismo... Sean o no verdad estas públicas referencias, existan o no ese fraile y esa monja que con sortilegios vanos quieren embaucar a nuestros príncipes, ello es que la corriente de maquiavelismo milagrero es un hecho, querida Leandra, y que se ha trabajado y se trabaja por poner en el Trono a Montemolín... Probado está que D. Francisco se cartea con su primo, y que anda muy alborotadillo de la conciencia, creyendo que Doña Isabel II usurpa el Trono, y que Dios desatará sobre el país todas las calamidades mientras no se dé a cada uno lo suyo y no reine quien debe reinar. Con que ya ves si puede ser marido de Isabel un joven que tal piensa, aunque adornado esté, como dices, de tantas virtudes y sea tan piadoso... También te digo que mejor le sienta a un Rey el coraje que la devoción, y que eso de pasarse las horas adorando a la Virgen del Olvido será muy bueno para ganar el Cielo; pero a mí no me des Reyes de esta condición santurrona, porque los Reyes, hija, aun siendo maridos o consortes, han de ser capitanes Generales y han de mandar tropas, y figurar como ejemplo de valentía y de calzones muy apretados... Pues esto es nuestro D. Enrique, al cual verás en su bergantín Manzanares, hecho un marino intrépido, desafiando las olas. Además de bravo es liberal, y más se entretiene en lecturas de filósofos, como dice Milagro, que en libros de religión y de mística; y no le verás haciendo novenas, sino echando discursos muy avanzados, y en los puertos donde su barco fondea, le verás platicando con los hombres del Progreso y rodeado de patriotas. Este es D. Enrique, este es nuestro candidato al Tálamo, y hemos de poder poco, o al Tálamo ha de ir ¡ajo!, para que veamos a un hombre en el pináculo de la Nación.

No se dio por convencida Doña Leandra, y sostuvo con enérgicas razones la primacía de D. Francisco sobre su hermano, fundada en las cristianas virtudes con que agraciado le había Nuestro Señor.



I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII

XIX - XX - XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX

XXXI - XXXII - XXXIII - XXXIV - XXXV