Bodas reales: XXXIII

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Capítulo  XXXIII
Bodas reales Benito Pérez Galdós



Vieron los chicos, no muchos días después, que entraba en la casa el clérigo de más exigua talla que sin duda existía en toda la cristiandad, D. Ventura Gavilanes, y al punto comprendieron que era el confesor manchego solicitado por su buena madre con tanta piedad como patriotismo. Mantuviéronse los muchachos silenciosos en su habitación, mientras Doña Leandra, que ya no salía del lecho, confesaba con el cura minúsculo; y cuando su hermana Lea les dijo que muy pronto se traería el Viático, hicieron sus cálculos para la distribución del tiempo en aquella tarde, pues no podían ni querían dejar de asistir a la piadosa ceremonia en su casa y al propio tiempo deseaban echar un vistazo a los Príncipes franceses, Aumale y Montpensier, que harían su entrada solemne en la Corte; suceso extraordinario y aparatoso que despertaba curiosidad vivísima en el vecindario de los Madriles. Pensaba Mateo que si el Señor no se retrasaba en salir de la parroquia y permanecía en la casa el tiempo preciso, sin que sobreviniera contingencia dilatoria, podrían los dos hermanos alcanzar la entrada de los Príncipes, apretando el paso desde Peligros a la Era del Mico y Mala de Francia. Menos callejero y menos vivo que su hermano, Bruno había hecho también propósito de no perder la fiesta del día; pero cuando llegó el momento de traer al Señor y se llenó la casa de aquel místico, solemne, imponentísimo aparato, fue tal su aflicción y de tal modo se vio sobrecogido y dominado por el acto religioso, que se le fueron de la mente las ideas del espectáculo que a Madrid prometía tanto regocijo. Mateo, que a más de travieso y juguetón era de una sensibilidad extrema, lloró a moco y baba cuando sonaron en la escalera los toques de campanilla, y su emoción fue más intensa cuando vio entrar al sacerdote arropando las Sagradas Formas, y oyó los graves rezos, y se le fue metiendo en el alma la hermosura del acto, así como la triste realidad de la ocasión en que se efectuaba. Pero en medio de esta grande emoción, y sin que disminuyese su pena ni amenguara el amor a su madre, iba tomando medida del tiempo hasta calcular si quedaría espacio útil entre el recogimiento de su familia y el festejo de las calles. Naturalmente, era un chiquillo: a sus años, sobre toda facultad y sentimiento domina el irresistible estímulo de ver y apreciar las cosas humanas, de cualquier orden que sean. Pareciole a Mateo que tardaba mucho el santo Viático en salir de la casa; en cambio, Bruno, más sereno y menos impaciente, apreció, sin oír ni ver relojes, que habría tiempo para todo, siempre que no les entretuviesen...

Concluido el acto, uno y otro hermanito vieron surgir una dificultad con la cual Mateo en su irreflexión no había contado. No parecía correcto ni decoroso que los hijos de la señora viaticada se marcharan pisando los talones al cura y monaguillo; ni era cosa de ir con estos hasta la parroquia y desfilar luego como unos pilluelos descastados y sin conducta. ¿Con qué pretexto saldrían de la casa en ocasión tan crítica, cuando su obligación filial allí les sujetaba y en torno a su madre les retenía? Nada, nada: locura era pensar en echarse fuera tan a destiempo, y en esta idea les confirmó la cara de D. Bruno, la cual vieron tan afligida, ceñuda y patética, que se exponían al más terrible de los sofiones si se aventuraban a pedir permiso para una salidita. Felizmente, su madre, con suprema piedad y discreción, adivinó el conflicto en que las juveniles almas se encontraban, y llamándoles a su lado y besándoles cariñosamente, les dijo: «Chicos, yo me encuentro ahora muy bien, mejor que nunca... Pueden creerme que siento un alivio ¡ay!, grandísimo... ¡Y qué hacéis aquí aburridos y sin tener con quién hablar de vuestras cosas? ¿Por qué no os vais a dar una vueltecita por las calles, donde no faltará, según creo, algo que ver? Díjome el bendito Gavilanes que hoy entraban los Príncipes franceses, y como dicho por boca tan santa, pareciome el caso digno de todo respeto. Idos a verlo, bobalicones, y luego contaréis a vuestro padre y a Cristeta lo que hayáis visto».

Con cierta expresión de envidia no bien disimulada, dio Carrasco su asentimiento a esta suelta de presos, y los chicos salieron como exhalaciones, bajando Mateo la escalera de tres en tres peldaños. Aunque Bruno aseguraba que no les faltaría tiempo, el pequeño veía tan mermado el espacio entre su curiosidad y el objeto de ella, que no pudo contenerse; y una vez en la calle, sintiendo que en los pies le nacían alas, apretó a correr, dejando atrás a su hermano, que no creía decoroso salir del habitual paso vivo de una persona regular. Jadeante llegó Mateo a lo alto de la calle de Fuencarral, donde no le permitió correr el gentío que la ocupaba. Buscó a sus amigos, que era como buscar una aguja en un pajar, y no encontrando caras conocidas, se acomodó en el sitio que mejor le parecía para verlo todo sin que ningún detalle se le escapara. Media hora larga hubo de esperar todavía, y por fin vio venir una polvareda, entre ella chacós y lanzas relucientes... Un rumor vivo surgía delante, corriendo por toda la masa de espectadores: «Ya vienen, ya están aquí...». Y llegaron y pasaron... visión fugaz, tránsito de comparsería teatral, que desilusionó a Mateo. Los Príncipes no tenían nada de particular ni por sus caras ni por sus uniformes, menos bonitos que los de acá: el llamado Aumale, airoso y elegante; el Montpensier, que iba a ser nuestro, delgadito y como asustado... La comitiva francesa y española, y el sin fin de coches, pasaron como un vértigo... Viéronse perfiles risueños o graves... bigotes blancos, narices de variadas formas, y bandas azules y blancas, rojas o de otros colorines... Pasó todo, y queriendo Mateíllo verlo segunda vez, corrió entre manadas de ligerísimos chicuelos, cortando por calles laterales para coger la vuelta a la procesión antes de que a Palacio llegara. Mas ni aun los más veloces, que se lanzaron desempedrando calles por la Corredera y Tudescos, llegaron a tiempo de gozar segunda vez del espectáculo. Metiéndose y sacándose entre el gentío que llenaba la Plaza de Oriente, Mateo Carrasco, con la cara como un cangrejo, chorreando sudor, dolorido de los pies, buscó caras de amigos sin resultado alguno. Halló, sí, una banda de muchachos conocidos, y agregose a ellos determinando emplear el resto de la tarde en la inspección de las soberbias obras que se hacían en Madrid para iluminaciones, decorado de plazas, triunfales arcos y demás festejos.

Revuelta estaba toda la Villa: aquí y allí palos clavados en el suelo, y hombres subidos en luengas escaleras poniendo lonas o percales, o dándoles manos sobre manos de pintura. Jamás se había visto en Madrid tal profusión de ornatos: el derroche de dinero para poblar de lamparillas los improvisados monumentos, y el río de aceite que para encenderlas se preparaba, no cabían en las presunciones y cálculos de la mente humana. Lo primero que visitaron los chicos, consagrándole su atención y cierto patriótico entusiasmo, fue la obra del Buen Suceso. ¡Vaya una obra, compadre! La raquítica y casi asquerosa fachada de la iglesia Patriarcal desaparecía bajo una construcción suntuosa: un basamento de piedra berroqueña, roto en el centro por la escalinata, sostenía seis columnas de mármol rojo con dóricos capiteles, las cuales cargaban el formidable peso de un ático inmenso de blanca piedra de Colmenar, decorado con bajo-relieves, esculturas y flameros. Todo ello no pasaba de una figuración arquitectónica y académica, pues la berroqueña, el mármol rojo y la caliza de Colmenar eran de tela pintada, al modo de teatro, y el adorno escultórico era yeso, cartón o pasta imitando mármol con admirable ilusión de verdad. Pues toda aquella máquina corpulenta, maravilla de la figuración, debía ser perfilada de luces en sus totales líneas y contornos, de modo que semejase fantástica creación de un cerebro delirante. Corriéronse de allí los mozuelos por la Carrera de San Jerónimo, donde inspeccionaron lo que preparaba en su palacio el marqués de Miraflores, y dado el visto bueno, bajó la cuadrilla hacia la calle de Alcalá para consagrar todo su examen y su admiración sin límites al incomparable ornato de la Inspección de Milicias, cuya ruin arquitectura había sido trocada, por la virtud de los pintados bastidores, en el más espléndido palacio gótico que podía soñar la fantasía. Esbeltas torres con elevados pináculos se alzaban en sus costados y en el centro. Lo más extraordinario de tal fábrica era que todo debía iluminarse al transparente, con lo que resultaría un efecto de ensueño, romántico poema arquitectónico, según la feliz expresión de un cronista de aquellas soberanas fiestas. Detrás, en la eminente altura, Buenavista preparaba también un adorno espléndido. Por la virtud de las combinadas luces, cubriría el edificio su ancha faz con inmensas ringleras de topacios, rubíes, esmeraldas, amatistas, diamantes y zafiros... Pero lo que dejó a los chicos con medio palmo de boca abierta fue lo que en el Salón del Prado estaban armando. Un mediano ejército de operarios, a las órdenes de aparejadores y arquitectos, habían levantado, y a la sazón remataban, un extenso paralelogramo de arcos muy lucidos entre Cibeles y Neptuno por la parte mayor, entre la verja del Retiro y San Fermín por la menor. Los bien dispuestos palitroques representaban soles, lunas, estrellas, constelaciones, como una parodia del sistema planetario transportado del cielo a la tierra. El adorno de follaje en las armaduras inferiores completaba la espléndida visualidad de aquel mágico aparato, que una vez encendido había de ser el mayor portento que a humanos ojos pudiera ofrecerse. Discutieron los chicos entre sí, con prolija erudición, a qué género de fantásticas concepciones el tal palacio de las luces pertenecía, y unos sostenían que era chinesco, otros del orden oriental; mas los distintos pareceres concordaban en admirar el superior talento de quien ideó tanta belleza. Puede anticiparse la idea de que encendido el paralelogramo en la noche de las Velaciones, resultó de un efecto que trastornaba el sentido. Los madrileños tuviéronlo por la mayor maravilla de la iluminación, y los extranjeros declararon que no habían visto nada semejante. ¿Qué menos podía hacer España, el país del aceite?

Ya de noche encontró Mateo a sus amigos y a su hermano; continuó la inspección, el cambio de impresiones y noticias, y bastante después de la hora marcada para la cena entraron los Carrasquillos en su casa, ganándose un buen réspice de D. Bruno, que apremiado por la obligación de asistir a una junta de los del partido, no podía esperar a la cena de familia y estaba cenando solo. Doña Leandra dormía: Vicente y los muchachos hablaron de los festejos y de la riqueza y suntuosidad que desplegaba Madrid en aquella ocasión de grande alborozo para todo el Reino. Cuando los chicos cenaban (y en ello, por causa del enorme trajín de aquella tarde, hicieron gala de un apetito monumental) entró Lea en el comedor muy asustada, diciendo que su madre no se movía y apenas respiraba, que sus manos estaban yertas, los ojos fijos y cuajados con expresión más de muerte que de vida. Corrieron todos allá, Bruno y Mateo atragantándose por querer pasar pronto lo que tenían en la boca. Vicente, tras rápida inspección, declaró que la enferma sufría un síncope de mayor intensidad que el que le diera por la tarde, a poco de salir los chicos. Con friegas y con revulsivos brutalmente aplicados, lograron reanimar la suspensa y como amortiguada vida de Doña Leandra, y esta, recobrando el brillo de sus ojos, se sonrió y dijo con torpe lengua: «¡Vaya con lo que me cuenta este Gavilanes!... Que todos tenemos que gritar: '¡Vivan Isabel y Francisco!' ¡A mí con esas!... ¿Cómo he de gritar yo tal cosa, si lo que me sale de dentro... y lo que me manda el corazón es lo otro... que no vivan, sino que mueran y se les lleven los demonios... pues ellos y su casamiento son la causa de que yo esté como me veo?... Voy a deciros un secreto, hijos míos. Acercaos a mí... ¡Isabel y Francisco!... ¿eh?... me dan de cara... No me les traigáis aquí... y si vienen, metedles debajo de la mesa...».


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