Bodas reales: XXXIV

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Capítulo  XXXIV
Bodas reales Benito Pérez Galdós



Ya desde aquella noche fue de mal en peor la inválida señora, y ni Lea con su dulce autoridad, ni Gavilanes con su grave discurso, pudieron contener el desorden de aquella moribunda inteligencia. «Mira lo que te encargo -dijo por la mañana a la Maritornes, tomándola por Lea-: en cuanto llegues a Peralvillo, lo primero que haces es enterrarme... pero ello ha de ser en el soto de Claveros, para que yo tenga sobre mi corazón todo el día las patadas de mis ovejitas... A Perantón que no deje de echar el mosto en el sombrero de Bruno, que bien tendrá cabimento de siete tinajas de las grandes... Tú te vas en la burra de la Tomasa, y yo, como alma que soy, iré... ya lo sabes, en el coche-estufa de Palacio, ese que dice Cristeta es todo de carey y nácaras; el cochero lleva en la mano la bandera de la Mancha, que es el pañal en que envolvimos a Isabel el día en que la tuve...». Una hora después, hablando con Gavilanes, en quien veía la persona de Eufrasia reducida de tamaño, le dijo: «¡Vaya unas horas de venir a casa, niña!... ¿Y dónde has dejado a Francisco?... Él y tú estáis un par de cañamones buenos. No levantáis media vara del suelo... ¿Le has dejado en Palacio, o le traes metidito en el ridículo, entre algodones?... Dios os bendiga y prospere vuestro casamiento... Pero a mí no me pidáis que os eche el grito de ¡viva, viva!... Yo muero por vuestra causa, y os deseo un reinado tan chico como vuestras estaturas, y tan feo como la porquería que me has hecho, Eufrasia II, saliéndote a merendar con Terry, mientras yo descuidada platicaba de mis males con la señora monja, amiga de Cristeta... Vete de mi casa, y buen trono te dé Dios, blando como montón de cardos borriqueros... Adiós, hija; que reines y triunfes... De la boca me sale un flato... ¡ay!, en él te va la maldición de tu madre... que lo es... Leandra Quijada...».

Sobre las dos de la tarde se agravó considerablemente; por mandado de Gavilanes hubo de salir Brunito en busca de Vicente y Cristeta, y Mateíto corrió a la penosa encomienda de avisar a la parroquia para la Extremaunción... Volvía el chico muy afligido por la calle de Alcalá, cuando pasaron bandas militares tocando alegre música, y delante y detrás muchedumbre de paisanos con banderas, dando vivas a Isabel, a Francisco y aun al mismísimo Montpensier. Los ojos y los oídos se le fueron a Mateo tras de las músicas, y el corazón con ellos; mas no se atrevió a seguirlas, que toda desviación del camino conducente a su casa le parecía criminal. No obstante, cogido por dos de sus compinches, los más queridos para él, no pudo eximirse de seguir un buen trecho, calle abajo, entre la regocijada turba de ociosos; contra su voluntad, los pies le bailaban, y toda la sangre se le enardecía corriendo por las venas, como una sangre que ha perdido el juicio; le zumbaban los oídos, se le encandilaban los ojos... Pero ya cerca del Carmen Calzado, pudo más el sentimiento de su obligación filial que el estímulo de jarana. «Chicos -dijo a sus amigos-, me voy... dejadme... Por Dios, dadme un estacazo para que me vaya... Mi madre se muere... adiós...».

Bruno llegó diciendo que Cristeta no podía venir: aquella noche se casaban Su Majestad y Alteza, y aunque la camarista jubilada no tenía oficial puesto en la ceremonia, era su deber personarse en Palacio desde media tarde, atenta a cualquier incumbencia que a las señoras pudiera ocurrirles. Vicente llegó poco después que Bruno, y el cabeza de familia, que no había salido en todo el día, iba sin cesar de un lado a otro de la casa, en zapatillas, esparciendo su pena y colocando en cada pieza y en los pasillos suspiros sacados de lo más hondo. Llegó el médico, y en su breve visita recogió con frase lacónica todas las esperanzas que había en la casa, para llevárselas como un alquilador que retira los objetos de su pertenencia después que han prestado servicio por la estipulación y tiempo convenidos. No eran las tres y media cuando se administró a la moribunda la Extremaunción; a las cuatro se le demudó notoriamente el rostro, y su cuerpo quedó inerte y rígido, menos el brazo derecho, que movía con alguna dificultad, acariciando sucesivamente a Lea y a los chicos. Tal fue la aflicción de estos, que D. Bruno les hizo salir de la triste alcoba. Metiéronse en su cuarto, que tenía ventana al patio, y llorando allí oyeron el restallido de cohetes en los aires como una carcajada de las nubes. En tanto Lea limpiaba el sudor frío de Doña Leandra, D. Bruno, sentado junto al lecho, humillaba su frente de hombre público contra la colcha rameada y el mantón de su esposa, que como suplemento de abrigo hasta la altura del seno la cubría, y Gavilanes, casi imperceptible por el lado de la pared, rezaba las oraciones de encomendar el alma. Un momento no más de lucidez y palabra inteligible tuvo la señora, y ello no duró más que el tiempo no preciso para la expresión de estos conceptos vagos: «También os digo que os vayáis a Peralvillo por San Martín, por San Rafael... Llevaos toda mi ropa, y en el patio grande de casa la colgáis para que le dé bien el aire y el sol... y los zapatos y este pañuelo que tengo en la mano... y el dedal con que coso... y colgaréis también mis ligas y medias... y también mis anteojos, para que aquellos vidrios vean lo que aquí no ven... Toda mi ropa colgada en los aires de allá, menos la que dejo a María... Y que no se os olvide colgar también mi rosario... mi rosario... que no se os olvide... todo al aire y al sol...».

Ya no se entendió más. Minutos faltaban para las cinco, cuando creyeron que Doña Leandra no existía; pero por viva la dio Vicente. La moribunda movió los labios con mohín desdeñoso. Minutos después de las cinco, ya era cadáver... la desdeñosa expresión se hizo más notoria en la yerta boca y en el rostro amarillo. Pasado el primer espasmo de dolor, que estalló formidable en D. Bruno y en Lea, hubieron estos de pensar en las últimas obligaciones que era forzoso cumplir... No hallándose Carrasco, por la desordenada intensidad de su pena, en disposición de tomar las medidas más apremiantes, Vicente mandó a la criada que avisase a un establecimiento próximo de servicios fúnebres, y obligó a su futuro suegro con reiteradas exhortaciones a que saliera de la estancia mortuoria. En su despacho se metió el pobre señor, y acompañado de los chicos dieron los tres rienda suelta a las manifestaciones de su angustia. Agradeciendo mucho las ofertas misericordiosas de algunas vecinas, Lea quiso ser sola en la sagrada obligación de disponer el cuerpo de su madre para ser conducida a la tierra. Hízolo con cariño y devoción, sin apartar el pensamiento de la desgraciada Eufrasia, que seguramente, de no haberse lanzado a la perdición, habría sabido cumplir aquellos últimos deberes lo mismo que su hermana los cumplía. «¡Oh -pensaba Lea, las manos en la mortaja-, dónde estará esa loca! Cuando sepa esto, ¡cómo lo ha de llorar, Dios mío! Lo llorará como hija y como pecadora, que son dos maneras de orfandad... ¡No sé qué daría yo por verla en el momento de saber que ha muerto madre, que no existe madre!...».

Poco después de anochecido llegó Milagro, que no se había enterado del suceso hasta que entró en su casa. Carrasco y él, al abrazarse silenciosos, estuvieron palmeteándose en los hombros largo espacio de tiempo. Más tarde apareció Centurión sumamente afligido, y luego otros amigos; retiráronse algunos a la hora de cenar, anunciando que volverían a dar compañía y consuelos al viudo. Fuera de aquella casa y de otras que en circunstancias de tristeza se hallaban sin duda, la noche no convidaba ciertamente a las sensaciones fúnebres. Madrid era un ascua de oro, el ámbito del júbilo, del entusiasmo, de las cívicas esperanzas. Signo de este contento era el esplendor de las luminarias, que convertía calles y plazas en encantados paraísos de oro, fuego y piedras preciosas; signo también el chispear de los artificios pirotécnicos y las vistosas perspectivas de llamaradas, destellos y lluvias lumínicas de mil colores; signo el son alegre de las músicas y el reír de la gente que en tropel corría bulliciosa soltando también chispas, como si las almas fueran pólvora y las palabras lumbre. Todos los que llegaban a la triste casa de Carrasco, en la calle de los Peligros, traían en sus caras algo del general contento exterior, por más que quisieran poner en ellas la aflicción de rúbrica; todos traían un reflejo de la espléndida y nunca vista iluminación; algunos quizás el olor del aceite que en millones de lucecillas se quemaba, o el tufo de la pólvora que restallaba en juguetona artillería. Cuidaban de no aludir a los festejos, y con la mejor intención del mundo tenían que mencionarlos. «Hubiera venido antes, mi querido Carrasco -decía uno-; pero no tiene usted idea de cómo está esa calle de Alcalá». Y otro: «No hay menos de veinte mil personas en el crucero entre la calle y el Prado y Recoletos...». Y el estruendo de los cohetes y de las piezas pirotécnicas a la casa mortuoria llegaba como el rumor cercano de una batalla... «Parece que nos están bombardeando -decían en la fúnebre tertulia-. Pues por Palacio es tal el golpe de gente, que ha tenido que cargar la caballería para dar paso a los coches del Cuerpo Diplomático...».

De la fuerza de su pena, del no comer, del ruido quizás, se puso tan malo D. Bruno al filo de las diez de la noche, que Vicente, oficiando de médico, temió un arrebato de sangre a la cabeza. Ordenó al viudo que se acostara; lo mismo recomendaron los amigos, que ya tenían ganas de desfilar, y solo quedó Milagro a la cabecera del afligido señor. Mandado por Sancho fue Mateo a la botica de la calle del Príncipe por un par de sinapismos. ¡Pobre chico!, al verse en la calle, no pudo menos de pedir licencia a su filial dolor para echar unas miraditas hacia el punto más resplandeciente de la iluminación y de los fuegos. ¡Ay!, desde la esquina de Vallecas vio el gran templete que ardía, y ruedas y espirales, y una fuente mágica, y cataratas de luz y disparos de bombas que surcando el espacio derramaban al estallar puñados de rubíes y esmeraldas; vio el humo enrojecido por las bengalas, y gozó de uno de los más espléndidos números de la función pirotécnica, que era la imitación de una aurora boreal. ¡Hasta los tejados de las casas se pusieron colorados, y el cielo todo y las personas!... Pero no podía entretenerse, y aunque una parte del alma se le iba con irresistible impulso a la contemplación de tantas maravillas, la mejor parte siguió fiel a sus deberes, y el hombre, cerrando los ojos y llenándose de dignidad, echó a correr en busca de los sinapismos.

No quiso Cristeta retirarse a su casa, concluida en Palacio la ceremonia, sin rendir a su amiga difunta el tributo de sus lágrimas. Franqueada la puerta por el sereno, entró y subió la camarista en traje de corte, arrastrando su cola por aquellas nada limpias escaleras. Dio a Lea un abrazo apretadísimo; en el llanto y en los suspiros acompañola, y luego rezó un rato junto al féretro, de rodillas, ajándose el vestido y descomponiéndose el escote, del cual se escapaban los mal aprisionados pellejos que un día fueron lucidas carnes. Anunció después a todos los presentes su propósito y gusto de velar el cadáver de su amiga en lo restante de la noche. Daría un saltito a su casa para cambiarse de ropa, y pronto estaría de vuelta. Así lo hizo, saliendo y regresando en menos de media hora, acompañada de Mateíllo, que no le agradeció poco la breve excursión desde los Peligros al Caballero de Gracia, y viceversa. A la vuelta de la Socobio, ya Lea tenía dispuesto el chocolate para la camarista, su sobrino D. Serafín de Socobio y D. José del Milagro. En el comedor, delante de los pocillos, a que daban guardia de honor bollos y ensaimadas, no pudo contener Cristeta su ardoroso afán de echar de sus labios un par de renglones de página histórica: «En el momento de dar el señor Patriarca la bendición nupcial a Su Majestad, marcaba el reloj de Palacio las once menos veintitrés minutos, y las once menos diez y ocho minutos eran en el momento de quedar casada con Montpensier la señora Infanta... Son datos precisos, de una exactitud matemática, como deben ser en estos casos los datos históricos. Si alguno de los que han de escribir de tan gran suceso quiere esta noticia y otras, véngase a mí, y cosas le contaré que no me agradecerá poco la posteridad... Vamos, la Reina más parecía divina que humana... dijo el sí quiero con voz muy apagada, D. Francisco con voz entera... Aumale, muy gallardo; su hermano, siempre tan asustadico... En la comitiva de estos viene un mulato, con el pelo como un escobillón: le llaman Alejandro Dumas...».


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