Brenda : 13

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Brenda : 13
Crepúsculo de la tarde

de Eduardo Acevedo Díaz


Desde algunos años atrás llamaba la atención en la sociedad de Montevideo cierto médico, a quien habían dado fama algunos triunfos relativos a su profesión. Se le concedían cualidades superiores, y esto era bastante para asignársele un puesto distinguido en los buenos círculos sociales, que en realidad ocupaba, con el brillo propio de quien había venido con diploma de Europa y escuchado en la cátedra la palabra de Brocca y otros sabios notables, y recibido de ellos elogios y frases de aliento. En verdad, el doctor Lastener de Selis era un hombre feliz: lo que Juvenal llamaría hijo de gallina blanca.

Al principio había vivido obscuro, enmedio de esas medias tintas del retraimiento que parecen favorecer el desarrollo gradual y paulatino de los gérmenes de ambición y profundos anhelos, especie de bómbices laboriosos que en el silencio y la sombra van fabricando lentamente, y sirviéndose hasta de la misma retama, sus admirables capullos color de oro. Nada se decía de ese período más o menos largo de su primer profesorado, y la novedad debió empezar desde su iniciación en los centros de buen tono, que no acostumbran a indagar el pasado cuando les interesa o seduce el esplendor del momento. De Selis sabía que el desliz o la caída una vez desvanecido el prestigio, es lo único que puede inducirles a mirar atrás para recoger lo que de ilícito o reprochable se ha sembrado en el camino, y acumularlo sin piedad sobre el que ha decaído en el favor. El criterio común suele así fascinarse o sentirse deslumbrado ante lo que cree una fuerza en acción, un poder prestigioso, una superioridad consagrada; sella el labio en presencia del mérito que se le impone sin esfuerzo, y sólo lo despliega azuzado por los émulos y por el goce del instinto maligno que vegeta en el fondo de la naturaleza humana, así que el hechizo se evapora, el talento se humilla y el carácter se quiebra. ¡Recién entonces se recuerda, se comenta y se ríe con franca ironía!

El doctor de Selis, personaje obligado, estaba tranquilo a este respecto, persiguiendo con hábiles combinaciones el medio eficiente de conservar la supremacía conquistada, por un enlace ventajoso y envidiable que diera mayor solidez a su posición social. De este criterio frío y positivo, sin atmósfera de ilusiones pueriles, prometíase resultados matemáticos; nada había para él como la realidad de las cosas, es decir, lo que se ve y se palpa, ni método más acertado que el experimental, partiendo del concepto de que basta un buen procedimiento científico para rendir un corazón, pasando por encima de sus inocentes ensueños y de sus ideales candorosos.

Para encontrar la verdad, como el amor, el sistema era infalible, aun cuando había que proceder conforme a reglas y leyes, por medios delicados y tacto exquisito, especialmente en el último caso, a fin de no comprometer el éxito, estudiar el carácter, los sentimientos, los deseos, avanzando como en la disección que descubre poco a poco la estructura de un organismo, sus partes constitutivas, el secreto de sus relaciones recíprocas y el de las circunstancias diversas que se vinculan a la vida fisiológica; y ceñir al resultado sus pruebas ingeniosas de amante, lo mismo que ajustaba su habilidad facultativa a los preceptos anatómicos teórico-prácticos al sondar la fuente misteriosa de los males. La panacea aplicada a un caso patológico, debía concordar moralmente, según su sistema, con el medio de vencer repugnancias y escrúpulos pueriles. El corazón de una mujer virgen, dulce y sencilla no podía ofrecer al doctor de Selis más resistencia que la de un músculo; las grandes palpitaciones del sentimiento no eran sino movimientos más o menos acelerados de la sangre, que podían regularse fácilmente; los blancos ensueños que todo lo llenan en las profundidades del alma, y fuera de ella, en la atmósfera saturada de aromas que rodea la cabeza poética de una bella enamorada, eran entusiasmos de la imaginación que recién empieza a sentir las engañosas caricias exteriores, sin deleite más verdadero que el de la flor de nieve en cuyo cáliz se anida por vez primera un rayo de sol primaveral; la voluntad de querer, la elección en el amar, esa fuerza de irresistible simpatía que arrastra un corazón a entregarse a un dueño soñado y apetecido con toda la ternura extrema que ha aumentado la ilusión, era una facultad ficticia que cedería por sugestión al desvanecerse los mirajes de la fantasía inocente y sobrevenir la amarga realidad del mundo por una de las puertas secretas del desencanto.

Una hipnotización recíproca: ¡tal vez eso sea el amor! Pero, en el fenómeno no entra por nada el fluido de unos ojos cuya expresión no se busca o es indiferente; ni suplanta el yo frío y apático del que calcula a la fuerza irresistible del que siente, ni alumbra otra lámpara de magnesio que la que arde en el altar de dos almas apasionadas, invisible para todos menos para aquellos que se buscan entre la muchedumbre y se creen solos, confundiendo al mirarse en un solo hilo de luz sus vínculos de atracción, por donde se envían latidos, ternuras, cariños, adioses inefables, en raudo vuelo, más trémulos y ardientes que los átomos del aire.

El doctor de Selis tenía buen cuidado de no divulgar sus teorías sobre el amor, resguardándose de toda sospecha con ese aspecto grave y reposado que caracteriza a casi todas las profesiones liberales, y que no excluía en sus maneras la distinción peculiar que interesa, ni el decir ingenioso que seduce. Era hombre de escuela, o de sistema, si se quiere, diestro en dominar situaciones y en hallar la solución airosa en los casos difíciles. Un raciocinio maduro precedía todos sus actos de importancia, y aparentaba convicciones que estaba lejos de abrigar, sobre todo en política, escollo de los médicos que no han estudiado nunca ninguna enfermedad social, y que difícilmente encuentran alteración en el pulso del ente colectivo, aunque la fiebre pase de cuarenta grados. No se daba cuenta de que el anfiteatro era distinto, que el enfermo era invisible, y el remedio una idea, más o menos oportuna y feliz. ¡La idea en acción contra otras ideas, también es una medicina eficiente en casos determinados! Esto no privaba que el doctor de Selis ocupase una senaturía y salvara el decoro del gremio, manteniéndose serio e inconmovible enmedio de todos los cambios de situación que él atribuía a las pasiones malsanas, demagógicas o guerreras, naturales en un temperamento nacional reacio a la disciplina, cuya modificación en sentido favorable, esperaba de los gobiernos paternales que suprimen toda libertad para salvar mejor los derechos del hombre, y toda ley tutelar, para salvar sus principios genitores.

En política, salvo excepciones, estos médicos no curan. Son los médicos que enferman. Su ciencia desaparece ante los espasmos o delirios de la opinión, que ellos consideraban como una burbuja de lucientes colores, antes de conocerla y experimentar el vigor de sus aplausos o protestas.

El doctor Lastener de Selis frisaba en los treinta años, estatura regular, cabello castaño, rostro de piel blanca y tersa, un tanto espartano de bigote, nariz de noble curvatura, y ojos pardos, vivaces y penetrantes. Tenía el defecto de contemplarse mucho en sus frases y opiniones, creyendo que era condición precisa de su profesión el abusar en cierto grado de conocimientos poco vulgares. Su boca de labios finos y delgados, recogida en sus extremos, en forma de abrazadera musical, denotaba esa expresión volteriana, que en determinadas y análogas entidades parece manifestarse con una especie de silbido tenue por las pequeñas y cerradas curvas de los lados, cuando conversan y sonríen nerviosamente. Diríase a veces, que por esas válvulas estrechas se escapa un aire envenenado. En cambio, el conjunto de sus dotes, la elocuencia del concepto y el arte de agradar, disimulaban bien las cualidades poco simpáticas de su carácter o de su físico.

Era este caballero el que, en la tarde del mismo día en que Raúl hiciera su excursión a los esteros, se encontraba en la quinta de la señora de Nerva, en compañía de las dos jóvenes, y en el mismo sitio en que las dejamos por la mañana. Después de su concierto de piano y canto, y de algunos desahogos expansivos, las dos amigas habían resuelto pasear por la quinta, recorrer sus sitios más pintorescos y la choza de Zambique, eligiendo a su regreso como punto de descanso el del banco de piedra. El doctor de Selis, que había reconocido a su enferma y dispuesto lo conveniente a su estado actual, se sintió con excelentes disposiciones para el paseo a que fuera invitado, y del que se prometió agradables resultados.

Habíase formado grupo junto a los naranjos.

Brenda estaba cavilosa y seria, y entretenía sus lindas manos modificando a capricho una piocha de plumas de garza.

Areba debatía con el doctor de Selis la procedencia de unos huevos de diferentes formas y tamaños, distribuidos en un collar curioso, regalo de Zambique, de matices muy hermosos y extraños. Los había esféricos, ovales, ovados y ovicónicos, percibiéndose apenas el paso de la hebra.

-Parece un rosario de bruja -decía Areba-. Ya sé que éste es de perdiz; tal vez de una que hemos visto morir esta mañana, y que causó a Brenda mucha pena. Diga usted, doctor, ¿de qué ave será éste, oval? Parece que fuera de pájaro selvático...

-Es de gavilán, señorita.

-Poco simpática es esa especie -repuso Areba con sorna-, nunca dejan en paz a las palomas más jóvenes. Vea usted este globular... y este otro de tinte rosado.

-Más bello es ese pequeñito, que se pierde en el conjunto como una perla oblonga. Si lo coloca usted en el hueco de su mano, producirá la ilusión completa, pareciéndonos verla en su concha de nácar, recogida.

-Gracias por el molusco, doctor; que el nácar nada gana. Es de colibrí.

Brenda puso a un lado la piocha, y mirando al caballero, preguntó con aire candoroso:

-¿Y qué es una ilusión?

El doctor de Selis se puso sobre sí, un tanto contrariado, y preparábase a contestar, cuando Brenda se levantó de pronto y corrió hacia el seto, exclamando con infantil regocijo:

-¡Mira Areba, qué bellas mariposas! ¡Nunca he podido hacerme dueña de una celeste!... Pero esta vez no escapará...

En ese instante habían cruzado, en efecto, en graciosos volteos por el aire, juguetonas o irritadas, confundiendo sus diminutos cuerpos en estrechos abrazos, una danaís color café con manchas rojas y blancas en el festón, y otra del género morfo de un celeste suave y delicado.

Riose Areba sin escrúpulo y murmuró:

-¡Rara coincidencia!

Sin esperar la respuesta del doctor de Selis, Brenda se lanzó tras ellas llena de entusiasmo; los brillantes lepidópteros se separaron, quedando sólo la danaís al alcance de la joven. La mariposa hacía esfuerzos rápidos y violentos para huir, ora ondulando hacia arriba, ora descendiendo en desesperados volteos, hasta rozarse con las altas yerbas que bordeaban el seto; pero al fin, ya fatigada y rendida, fue presa de sus temblorosas manos, merced a una red tendida con el tul. Volviose Brenda jadeante y encendida, con el sombrerillo de paja casi suspendido de sus doradas crenchas en desorden; mas, al mirar por entre sus dedos de marfil el extremo de un ala, ya sin el destellante polvo que constituía su primitivo encanto, escapó a sus rojos labios una expresión entre alegre y pesarosa:

-¡Ay, qué mustia está!

-¿Cuál fue la víctima? -preguntó Areba riendo todavía, pero de una manera extraña.

-La de color café, que yo no quería.

El doctor de Selis, que se había avanzado unos pasos al encuentro de la joven, pareció satisfecho del desengaño, y dijo con acento sentencioso, en el que iba envuelto el amor propio herido:

-¿No quería usted, señorita, saber lo que era una ilusión? La respuesta es elocuente, y decirse puede que palpa usted la realidad.

Brenda volvió a mirar con tristeza a la pobre prisionera, y levantando el brazo la lanzó con fuerza al espacio. Como azorado de su corta esclavitud, el lepidóptero se remontó a grande altura en prolongada espiral, perdiéndose entre la arboleda.

La joven se frotó las manos con suavidad, elevando sus ojos al doctor de Selis.

-¿Esa es una ilusión? -preguntó con voz mesurada y grave.

-Al menos, de las que menos viven.

Brenda volvió lentamente su cabeza encantadora hacia la morada de Raúl, como si buscara el azul del mar, y moviéndola con una gracia que no se define, dijo dando un golpecito con su menudo pie en el césped:

-¡Ah, no!

El doctor de Selis aventuró una sonrisa.

Areba sintió una punzada enmedio del pecho,

Caía ya la tarde, llena de lejanos y confusos, rumores, una de esas tardes melancólicas, de sombras vagas y flotantes, y uno que otro canto alegre enmedio de las oscilaciones de la luz moribunda.

Los árboles duplicaban en el suelo su gigantesca estatura, en fantásticas siluetas; plegaban sus corolas las moradas campanillas de las trepadoras del seto; y en lo alto de las pitas, inmóvil y esponjado, el chingolo solitario repetía sus monótonas notas, como una oración del crepúsculo.

Areba dijo:

-Ya es hora. ¿Volveremos?

El doctor de Selis se inclinó.

-Como gustes -contestó Brenda-. Si parece a ustedes bien, daremos la vuelta al estanque, ese sitio que tanto te ha agradado, Areba.

-Convenido, querida amiga. Suplico el favor de su brazo, doctor, pues la falta de costumbre me hace fatigoso el ejercicio.

-Entonces no...

-Al contrario: quiero adquirir el hábito.

-Excelente resolución -repuso el doctor de Selis, ofreciendo galantemente su brazo a la joven-. Eso hará, a usted bien, en definitiva. Puede usted observarlo en Brenda, que en este momento nos da una nueva prueba de su actividad infatigable.

-Así es -dijo Areba con gesto risueño, viendo a la joven alejarse un poco, en pos de algún brillante insecto alado-. Conserva aún sus aficiones de niña.

-Algo, sin embargo, denuncia ya sus graves preocupaciones de mujer -replicó de Selis pensativo.

-¿Lo ha advertido usted? Paréceme que eso tiene mucho de cierto.

-Feliz del que pudiera penetrar sus secretos sin pecar de imprudente.

-No es tan difícil. Hay cosas que se denuncian por sí mismas, como usted lo ha observado.

-¿Será que ella sienta amor?

-Quizás. La habilidad estaría en cortar la corriente antes que desborde.

Areba sintió un rápido temblor en el brazo de su caballero.

-Entonces ¿hay un principio de vida nueva cuyo origen podría buscarse fuera de las relaciones de familia?

-Eso creo. Un ingeniero ha tendido sus hilos telefónicos por estas cercanías, y entiendo que no es de los que quedarían rezagados para echar un puente sobre el abismo.

-Lo presumía, sin atreverme a manifestarlo.

-El amor con ayuda de la ciencia se hace muy refinado e ingenioso, según he oído decir a usted; y es el caso que el rival no ha hecho otra cosa que aguzar el ingenio toda su vida. Esto duplica en mi opinión la potencia y justifica de la otra parte una alianza que mantenga el equilibrio de la lucha, con la igualdad de condiciones.

-Estoy dispuesto a sellarla, si la potencia amiga ha de ser usted.

-No veo inconveniente en que la concertemos -repuso Areba con una sonrisa forzada, y sintiendo en el fondo una angustia indecible-. Pero parta usted del concepto de que no se van a contrariar simples devaneos juveniles, y que es preciso tomar en cuenta el corazón, cuyos impulsos no se aquilatan, ni se miden en su intensidad profunda, por más que los que piensan como usted no crean en las pasiones insondables y duraderas.

-Empezaré por modificar mis ideas al respecto, como una concesión al aliado.

Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de la joven.

-¡Siempre el cálculo en el fondo! -se dijo. La mano descarnada oculta bien sus dedos armados de ventosas bajo el guante, y el ojo, el fulgor de la ambición en la retina.

Luego, con la vista fija en Brenda, que se acercaba, agregó con firmeza:

-Concesión a la verdad.

-Sea.

Aproximose Brenda radiante de placer, y apartándose las guedejas de la frente húmeda:

-¡Me burlan las mariposas! -exclamó, respirando buena porción de perfumado ambiente, de modo que al entreabrir su boca deliciosa, quedó al descubierto un correcto arco dentario, de una blancura que hacía resaltar aún más el coral de sus encías.

Cogiola Areba de la mano, diciendo:

-¡Eres infatigable, amiga mía! A fin de que no vuelvas a abandonarnos, colocaremos al doctor de Selis en el medio. Apelo a su galantería.

-Perfectamente -repuso Brenda con sencillez-. Haremos columna por esta callecita de arena.

Apresurose de Selis a tomar la posición designada, y marcharon breves instantes en silencio.

Recayó luego la conversación sobre la señora de Nerva, cuya dolencia resistía al régimen, si bien no revistiera una gravedad alarmante.

El doctor de Selis aprovechó la oportunidad para disertar acerca de la influencia de las fuertes impresiones morales en el ánimo de la enferma, y de la necesidad de evitarle toda desazón inconveniente. El estado de su salud era delicado, y exigía un tacto exquisito para prevenir que se alterase por cualquier motivo, teniéndose muy presente lo avanzado de su edad y la naturaleza de la dolencia.

-Felizmente -prosiguió-, el cariño filial siempre afectuoso, tierno y esmerado, tiene una participación activa y eficaz en toda mejoría radical, especialmente en casos como éste, por la solicitud extrema que provoca en los nobles seres la conservación del vínculo irreemplazable que amenaza romperse. Una anciana enferma reclama en el afecto y en la cura, la misma contemplación y la misma delicadeza de cuidados que un niño anémico; y mayor todavía aparecerá el celo, si no se olvida que la reconstitución es lenta y difícil, dadas las condiciones del organismo que ha pasado por todas las crisis, y abandonado a períodos gran parte de sus fuerzas, como un tributo rendido a los años y vicisitudes violentas de la vida. El espíritu de la ancianidad doliente exige, pues, halagos, ternuras y complacencias, en razón directa de la dosis considerable de natural egoísmo que domina y acalla todos los sentimientos, concentrando como en un foco que le dará dulce calor, necesario al frío de sus venas, las caricias inagotables de esa pasión filial, honda y sincera, que no la contraría, y que todo lo sacrifica al deber y al culto del hogar, deshojando hasta su misma corona de esperanzas en aras de la gratitud y del amor.

Las jóvenes escuchaban silenciosas, con esa atención respetuosa que se dispensa al que tiene alguna autoridad para merecerla.

Cuando el doctor de Selis hizo una pausa, Areba miró con rapidez y al soslayo a su amiga, oprimiendo suavemente el brazo del caballero.

Brenda seguía el paso, con dignidad y rostro tranquilo. Ni una sombra leve obscurecía su frente.

Dieron vuelta por el estanque, lleno de pececillos de vivos colores, cuyas escamas relucían en el agua serena; mientras se deslizaban en otro compartimiento, separado de aquél por una división de alambre de finísima trama -como elegantes esquifes alados, provistos de timón que jamás conduce al escollo-, algunos gansos blancos manchados de canela, y dos cisnes de cuello negro, cuyos plumones habían sido retaceados por la tijera de Zambique.

Al dirigirse hacia la casa, Brenda dejó resbalar por la barandilla de hierro su mano izquierda, acortando el paso, con la mirada perdida en las doradas copas de los árboles.

Areba fijó sus ojos en el doctor de Selis, de una manera significativa e insinuante.

De Selis volvió sobre el tema, con acento suave y persuasivo. Sus palabras eran discretas y elocuentes, fluyendo llenas de brillo y colorido; alguna vez atrajo sobre sí aquellos relámpagos azules que nunca buscaban el verdoso resplandor de sus pupilas.

-Bella piedad la del amor filial, que así se sobrepone a las mismas seducciones de una dicha incierta, aunque brindada quién sabe por qué labio pérfido, para consagrarse por entero al deber y al reconocimiento, como se sustrae al halago de las ficciones que la fantasía aumenta y reviste de lucientes galas, al influjo de una sonrisa o de una frase calculada para sembrar estériles ensueños en el fertilísimo campo de la inocencia, y feliz de la madre tierna a quien tal amor evita penas en el descenso de la vida, fiel a sus mandatos, accesible a los deseos, dócil al consejo elevado, y concienzudo, que señala al candor los peligros, su puerto seguro a la esperanza, a la mujer lo augusto de su destino, revelando a su corazón sensible o inexperto, el secreto de paz y de ventura.

En el poema de la familia, todo esto constituye, cuando el culto es sincero, esa belleza y esa bondad selectas que los bardos creen sólo patrimonio de sus heroínas místicas e ideales.

-Como en la leyenda de Locki y Según, por ejemplo -prorrumpió Areba con un dedo en el labio.

-Exactamente.

-¡Oh, alma carnal! -pensó la joven- ¡cómo mientes y te engañas!

-En el caso que nos interesa -continuó de Selis, procurando disimular la emoción de su voz-, el facultativo reposa por completo en la enfermera: la panacea apenas devuelve la salud; pero es ella quien puede prolongar una existencia que ve el cielo en sus ojos, luz en sus cabellos y absorbe aroma en sus palabras.

-Gracias por ella -dijo Brenda con dulzura-. Las daría también por mí, si me reconociera en esa hada tan bella que usted ha esbozado con poéticos conceptos.

-Esbozo, en verdad, Brenda: difícilmente se conocería bien en él al modelo.

-¡Cómo canta el cardenal! -exclamó Areba mordiéndose los labios y volviendo el oído en dirección a la casa-. ¿No le sientes, amiga mía, gorjear con entusiasmo?

-Sí que le oigo -respondió la joven sonriéndose a su pesar-; las atenciones que con él se guardan lo estimulan. Razón hay para esperar que se prodigue.

-Luego, ¿ha logrado hacerse querer? -preguntó el doctor de Selis con finura-. ¡Cierto que canta con primor!

Las jóvenes guardaron silencio. Entraban ya en la arcada que conducía al patio. La señora de Nerva ocupaba una silla de hamaca en el corredor del frente, descansando su cabeza en lo alto del respaldo.

Incorporose con visible contento para recibir un beso de Brenda, e investigar con la mirada el semblante de Areba. Le pareció indiferente y frío.

En ese instante cambiaba algunas frases rápidas y enmedio tono con de Selis: era sin duda la ratificación del pacto.

-Celebraremos conferencia en el día indicado, -concluyó diciendo Areba-. La tarea es ardua.

El doctor de Selis se inclinó en señal de asentimiento, y despidiose enseguida de las damas, recomendando a la enferma el mayor cuidado de su persona.

Momentos después, apoyada en Areba y Brenda, la anciana se dirigía a la sala de recibo.

-Antes de irme, querida amiga -decía Areba-, deseo oír nuevamente el Ständchen de Schubert. No sé por qué me parece que no hay sitios más hermosos y solitarios que estos, y por lo mismo más escogidos, para deleitarse sin perder una nota, con las brillantes armonías de esa serenata, que se creería compuesta para reunir en tu vergel todas las hadas del silencio.

-¡Ay! más bellas son las arpas de la noche, que ellas pulsan cuando una está dormida -respondió Brenda con un aire dulce o ingenuo.

-¡Anda, soñadora, que tienes la cabeza toda llena de visiones! -exclamó Areba entre risas armoniosas.

-Así es -repuso la anciana, reprimiendo un acceso de tos-. ¡La juventud!... Usted debería comunicarle un poco de su criterio tan sensato e inteligente, que le sentaría muy bien.

-¡Ah! ¿que me sienta mal eso, madre? yo creía que no era triste pensar en lo que deberíamos ser, después de habernos preocupado en las horas de afán de lo que puede afligir a los que amamos.

-Calla, mi corazón, esas cosas que no entiendes; y siéntate al piano, que no es la hora de tus hadas.

Brenda obedeció. La anciana y Areba ocuparon un canapé colocado junto a la ojiva que daba al jardín.

Resonaron preludios raros y caprichosos. A poco las teclas dieron trinos; sucediéronse luego los primeros compases, melancólicos y graves; después un raudal armónico, como un hervor de intensos anhelos que se elevaran en coro y rozasen al vibrar la dormida fibra del sentir profundo.

Areba miraba las plantas, la mano puesta en la mejilla, absorta al parecer en sus recuerdos. La anciana seguía el compás con un movimiento imperceptible de los dedos, la cabeza baja y el gesto triste.

De pronto salió de esa abstracción, como de un sueño, volviéndose hacia su joven amiga.

-¡Y bien! -susurró muy bajo.

Areba desahogó su pecho, y movió la cabeza de uno a otro lado.

-Las cosas están al principio -respondió en el mismo tono, arrellanándose en el canapé.

-¿Será inútil todo, entonces?

-No me atrevería a suponer tanto. La obra es del tiempo y de la reflexión.

Siguiose un breve intervalo de silencio.

La serenata tocaba a su fin, y empezaban a descender las sombras.

La joven se acercó a la señora de Nerva, y resbaló a su oído estas palabras:

-Haré cuanto pueda... Por el momento, la vigilancia debe recaer en la choza; Zambique dijo hoy algo a Brenda que le produjo emoción, pero en ese lenguaje raro que le es peculiar. El pobre negro adora a la que él llama su reina. Esas tristes almas se dan por entero a la dicha de las que veneran, y cierran sus labios con la llave de las tumbas. Ya me comprende usted. Sería un Galeoto temible.

Las escasas cejas de la anciana se contrajeron con una expresión de enojo, y un ligero temblor agitó sus labios secos e incoloros.

Perdíanse en el aire tranquilo, flébiles y dulces, a manera de súplicas envueltas en una ilusión que se renueva, las últimas notas del Ständchen.



Brenda de Eduardo Acevedo Díaz

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