Brenda : 2

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Brenda : 2
Paso del molino

de Eduardo Acevedo Díaz


Encontrábase Raúl Henares inclinado sobre su mesa de estudio, en el gabinete del fondo, observando ciertos diseños y dibujos, cuando Zelmar entró ruidosamente según era su costumbre, exclamando con una voz de un precioso timbre claro y vibrante:

-¡Te haces más misántropo cada día! Deja libros y planos, que la hora de la labor debe haber pasado ya en tu reloj; y vámonos a dar una gira por el camino del puente. La tarde está espléndida, y no acepto excusas.

Sonriose Raúl, doblando lentamente un plano topográfico que había absorbido hasta ese momento su atención, después de oprimir con fuerza la mano de su amigo. Levantose luego y contestó:

-No puedo rehusarme, pues a la par que placer en acompañarte, siento en realidad deseos de movimiento. ¡A tus órdenes!

-Seguiré haciéndote presentaciones de simple vista, y al trote largo del tronco, como quien se limita a indicar los detalles resaltantes de una feria. Ya sabes que nuestros círculos son reducidos, y que no se trata de recorrer aquellas avenidas parisienses en que los rostros diferentes aparecen y se ocultan en un torbellino cada vez más vertiginoso y creciente, enmedio del cual uno concluye por aturdirse. Aquí, el conjunto, por seductor que sea, no absorbe los detalles, y las cabezas encantadoras sobresalen en la confusión, a manera de las altivas copas de palmas diseminadas a lo largo de los bosques que festonean nuestros ríos. Las hay tan erguidas, que para cogerles el fruto, puedo asegurarte que es necesario atacarlas por la base o escalar las cimas con riesgo de vértigo.

-Alguna te obliga a ese criterio.

-Tal vez. No ignoras cuánto me halaga lo difícil.

El break que estaba a la puerta lucía un tronco de magníficos alazanes, primorosamente enjaezados, que Selim tenía de las riendas, reprimiendo sus impaciencias y escarceos. Los dos jóvenes se colocaron en la delantera. Zelmar cogió las bridas, agitó el látigo, y la pareja arrancó veloz sacudiendo con brío las crines.

En poco tiempo recorrieron el trayecto que separaba la quinta de la calle de la Agraciada, aun cuando el espacio era considerable. Allí hubo que moderar el paso, ante un crecido número de jinetes, tílburis, landós, cupés y americanas que en pintoresco desorden se dirigían al Paso del Molino.

El break se detuvo junto a un landó ocupado por dos damas, con quienes cambió Zelmar atento saludo. La una de fisonomía semejante a muchas, no preocupó la mirada de los jóvenes; la otra despertó interés en Raúl por más de un concepto. Presentaba una carta de introducción demasiado estimable en su figura.

Era una joven de rostro hermoso y expresivo, cuya mirada viva y brillante partiendo como flecha de luz de dos pupilas negras y profundas, revelaba un pensamiento altivo y una imaginación inquieta; como algo de orgullo y soberbia su labio inferior un tanto saliente, de un encarnado subido, al recogerse para dar paso a alguna sonrisa fugaz y fría, que formaba graciosos hoyuelos en las mejillas tersas de un tinte purísimo, en notable contraste con las obscuras ondas de su cabello.

Elegante, airosa y esbelta, de movimientos rápidos y desenvueltos, esta joven parecía deber atraer, más que por las condiciones de su belleza, por la fuerza y los arranques de su carácter que se reflejaban en el rostro móvil e inteligente cual brillos misteriosos en la superficie de un alma diáfana e insondable. Estas irradiaciones externas de un alma ardiente, hacen presentir a veces un exceso de energía en las pasiones. Imponen o subyugan.

Cuando el carruaje ya se movía, acercó ella su mano blanca de afilados dedos al seno alto y turgente, como para aproximar a su rostro la perfumada flor que habíase honrado con tan delicioso nido; y detuvo sus ojos llenos de reflejos en el compañero de Zelmar con aire de viva curiosidad. Enseguida, la visión pasó.

-Interesante mujer -dijo Raúl-. A juzgar por su figura, creo que de ella me has hablado alguna vez.

-En efecto -contestó Bafil, azuzando el brioso tronco-. Es Areba Linares, sobrado ingeniosa y rara para ser muy sensible.

-No lo parece, y tu frase encierra historia. Concluye el esbozo.

-Siempre que en Areba ha nacido o alboreado siquiera un sentimiento de amor, dícese que ha hecho intervenir una reflexión fría, y ahogádole en germen. De ahí que se le considere como una Medea a su manera, que sofoca sin piedad los ensueños o impulsos de su ser. Sus íntimos no la extrañan. Has visto que esa joven es hermosa, atrayente, de luces y sombras dignas de una tela de mérito; debo, por mi parte, añadir que es espiritual, de gustos artísticos y capaz de narrar con talento ciertas historias del centro elegante en que se agita.

-Rasgos de mujer dominante.

-Exactamente. Pero a pesar de todo, ha resistido siempre a la lisonja y al halago, estrellándose las pretensiones de muchos admiradores en su desdén o indiferencia. Esto ha exacerbado todos los anhelos y apetitos, como puedes suponerlo, y preparado campañas cuyo éxito nadie se aventura a presagiar. Ella ríe, y lo hace bien; la escena del mundo es de máscaras. Bajo ese aspecto de su carácter, que es el principal, podría servir de modelo a un literato en libro de sensación.

Conoces el dicho de Rabelais: más vale escribir risas que lágrimas, porque lo propio del hombre es la risa.

-Debería serlo; el error está en atribuirle en propiedad lo que no posee, sino a intervalos, como la naturaleza sus aromas y colores.

-¡Empezó la geometría en el espacio!

-¿Quién es ése que cabalga en dirección a nosotros? -preguntó Raúl volviendo la cabeza hacia un jinete de garbo y brío que sujetaba su corcel junto a un carruaje, en ese instante.

-¡Ah! Ése es mi conocido el doctor Lastener de Selis, que cursó en el extranjero y ahora es médico de moda.

-¿Cirujano notable?

-No diré yo tanto; la preocupación, más que la ciencia, suele hacer la fama de un facultativo. Bien sabes que el hombre de calidades se ve siempre, aunque no se exhiba: me lo figuro delante de una linterna de Rhumkorff bañado de arriba abajo por el chorro de luz eléctrica, y a la muchedumbre en la sombra. Ahí le tienes. No ignoras tampoco que son muchos comúnmente los que se acogen a una profesión cualquiera, con aptitudes o no para su ejercicio o apostolado; no siendo pocos los casos en que los más ineptos llegan a adquirir una posición espectable sobre los idóneos y dignos. Nada sería esto, si la patente no exonerara de reproche serio a la insuficiencia, como la bandera neutral de todo peligro a la mercancía; y de aquí que acaezca que con mejores títulos no otorgados en parte por autoridad falible, véanse algunos en la necesidad de elevar a la altura del mérito propio, a otros de haldas largas y poca ciencia.

Y ¿por qué extrañarlo, si rara vez es la calidad la que se impone? Dicen que en las democracias la mayoría hace ley; pero el beneficio común de las instituciones acarrea facilidades que impiden sobresalir una o más espigas a las otras en el campo de la labor, al menos sin ajarlas, y éste es el efecto pernicioso del exceso de virtud que en sí contiene el principio de la igualdad. Así como es de raro el talento de iniciativa y audacia, es de vulgar la acción osada de lo mediocre, a quien auxilia un favoritismo inevitable de circunstancias, o una blandura caritativa y piadosa. Recorre sino la escala de las actividades humanas, desde la política, que se va haciendo una ciencia lucrativa, hasta la última profesión útil, y dime si en rigor predomina o no en cada una de ellas el elemento que reemplaza con el tanteo y la osadía la falta de otros medios superiores en el combate por la existencia. Y volviendo al caso, puedo asegurarte que en su profesión, éste de que te hablo, favorecido en algo por facultades de relativo valor, y en algo por el error común de apreciación, se ha visto de repente en el cuadro de luz, y en él se mantendrá hasta que la novedad de la moda pase. Es rico y ha ocupado elevados puestos. La posición equivale a medio talento.

Henares escuchaba al parecer atentamente, pero en realidad preocupado con algún recuerdo surgido por las palabras de Zelmar. El nombre de Lastener de Selis se mezclaba en su memoria a algún hecho particular de su vida, antes de su viaje a París, de una manera vaga y obscura...

Rodaba el break por un declive cubierto de arena y conchilla, a lo largo de las quintas y caprichosos palacios de verano, siguiendo precisamente la huella que dejaba el landó de Areba: Lastener de Selis pasó a largo galope, sujetó bridas delante del landó y descubriose, para seguir luego su carrera hacia el puente.

-¿Inicia él también campaña? -preguntó Raúl.

-Por ahora se reserva. Hay quien le atribuye una pasión vehemente por una bellísima joven llamada a heredar una gran fortuna, calculada en millones. Aparece recién y llamase Brenda Delfor. Te advierto que es huérfana y se halla bajo la tutela de una anciana viuda que la ha adoptado como hija.

Es amiga de Areba, aun cuando difieren notablemente en carácter e inclinaciones. En verdad afirmo que no concibo la alianza de un carácter tan realista con otro sentimental, aun bajo la forma de simple vínculo amistoso. El hecho es que se estiman mucho y se quieren en la misma medida.

-Azuza los caballos -dijo Raúl-, ya que has azuzado mi curiosidad. Deseo encontrar nuevamente los ojos de esa mujer.

Zelmar movió el látigo, riendo en silencio. Los fuertes alazanes en soberbio balance tomaron el gran trote y fueron a detenerse al costado izquierdo del landó.

Ofrecíanse a la vista por todos lados deliciosas perspectivas. Parecían rebosar la animación y el placer en las hermosas casas que convierten en un edén aquellos lugares predilectos.

Enmedio de la espléndida vegetación, ornada con las galas primorosas del estío, surgían las delicadas creaciones del arte en forma de elegantes torrecillas, atrevidas agujas, blancas pilastras, airosos pabellones, columnas y capiteles, cuyas formas esbeltas doraba el sol poniente, formando en los cristales de los miradores como enormes planchas de oro con sus fantásticos reflejos. Y más altos que las copas de los grandes árboles cruzados por una banda de luz, distinguíanse los mástiles de cien naves adornados de vistosos gallardetes, meciéndose en suave columpio sobre las aguas de la bahía.

El antiguo puente del Molino y todas las próximas avenidas, puntos concéntricos de la cita, presentaban una animada escena en que se detenían o cruzaban jinetes, carretelas y victorias en perpetua agitación.

El landó de Areba se detuvo breves instantes en el centro de la bulliciosa escena. Luego siguió hacia el Prado, llevando a Lastener de Selis junto a la portezuela. Gran parte de la concurrencia empezó a afluir hacia aquel sitio, en brillante oleada.

El break de Zelmar se estacionó a un lado de la avenida.

-¿No has observado -decía el joven- la expresión rara de sus ojos cuando en ti se fijaron? Paréceme que empiezas a herir el sensorio.

-Me exhibo recién, y por el hecho ha de favorecérseme con algunas miradas de curiosidad. Las mujeres están siempre dispuestas a observar con benevolencia lo desconocido; y por otra parte tú has negado a esa joven la facilidad de impresionarse como las demás.

-Así es -replicó Bafil, encendiendo un cigarro habano, después de brindar con otro a su amigo-. La novedad tiene su atractivo. Pero, pensando a veces si Areba sería capaz de alimentar un ideal, me he contestado que en todo caso lo sería un hombre como tú.

-Gracias: ¿volvemos a las singularidades opuestas?

- Precisamente, aquí sucedería lo que en los fenómenos físicos: fuerzas contrarias se atraen. Lo dudoso sería que, por lo mismo, el estrago no fuera la consecuencia final.

-Desecha toda inquietud; el lance parece reservado al doctor de Selis.

Al pronunciar estas palabras, Raúl púsose de pie mirando al extremo de la vía, y añadió:

-Algo grave ocurre allá, pues noto tumulto y dispersión de carruajes y jinetes.

-¡De Selis corre junto a un coche desbocado! -exclamó Zelmar. Vas acertando.

-Vienen hacia aquí. Preparémonos.

En el fondo de la avenida, en efecto, se había producido extraordinario desorden. El landó de Areba, saliendo de la confusión con terrible celeridad, hasta el punto de percibirse apenas los rayos de las ruedas y las llantas bruñidas que lanzaban chispas entre una nube de arena, se precipitaba con furia en la avenida, arrollándolo todo al esfuerzo de dos tordillos negros llenos de espuma y de pavor. El conductor había sido lanzado violentamente a una orilla del camino, y rótose la lanza en su delantera en el choque contra el poste de hierro de una encrucijada.

El vehículo, fino y elegante, crujía en el furor de la carrera, a los botes vigorosos de los caballos, despidiendo astillas. Parecía que iba a quebrarse por completo a una nueva sacudida, concluyendo a la vez con la existencia de las dos damas aterradas, que con los brazos enlazados al cuello y la cintura, lívidas y temblorosas, esperaban el minuto fatal del desastre.

A la derecha del landó abríase un foso algo profundo, lleno de agua, y de poca extensión, que precedía a una tapia de escasa altura, cubierta de enredaderas silvestres. Los caballos asustados y heridos en el pecho por las duras astillas del rejón, se dirigieron con ímpetu terrible a la parte del foso, precipitados por las voces y galopes de los que venían detrás.

El doctor Lastener de Selis, a fuer de buen jinete, había logrado por dos veces echar mano del rendaje del tronco desviándolo un tanto del peligro, y desgarrándose con el guante la piel; pero en una nueva tentativa, su palafrén cogido por las ruedas se encabritó, negándose a la brida y al látigo.

Todos los ojos anhelantes y los labios trémulos, indicaban la violencia de la emoción. Presentíase un desenlace desastroso. El carruaje rodaba sobre los guijarros con espantosa rapidez y el vuelco era inminente al borde del foso, en donde el más atlético esfuerzo muscular no sería bastante a detener la furiosa carrera.

La desesperación y el vértigo dominaban ya a las dos jóvenes. Una ansiedad profunda, de esas que obligan a velar las pupilas a impulsos del terror, oprimía todos los ánimos. Parecía que todo iba a concluir.

De repente Areba desprendió sus brazos del cuello de su amiga, y arrojó un grito ahogado, extendiendo las manos crispadas y temblorosas hacia adelante...

El break de Zelmar había sido lanzado a escape.

Momentos antes, Raúl había empuñado las riendas con vigor, murmurando:

-¡Van a sucumbir!

-¿Y qué piensas hacer?

- Evitarlo de cualquier modo...

-¡El choque puede ser funesto!

-Verás que no... Fustiga y déjame obrar.

-¡Me vences por esta vez! -exclamó Bafil-. Y bien: ¡sea!

Arrojó un grito enérgico, y descargó el látigo.

La fogosa pareja arrancó como una centella, en formidables sacudidas, bajo la fuerte mano de Raúl, y se dirigió con la violencia de un ariete sobre el tronco de tordillos negros, cogiéndolo por un flanco, con los pechos y la lanza, antes que el landó llegase a la hondonada. El choque fue terrible: uno de los tordillos se desplomó ensangrentado, trabando al otro con el correaje, mientras saltaba en astillas con los bujes y la loriga la delantera del landó ya detenido, y los poderosos alazanes rechazados por el choque, hacían retroceder el break en parte destrozado, para rodar por el suelo destilando, por las narices una espuma de sangre.

La violencia arrancó a los jóvenes de sus asientos, haciéndoles caer de rodillas sobre la arena; pero sólo los valerosos tiros sufrieron los efectos de la fuerte colisión.

Mientras Areba y su amiga recibían oportuno auxilio, ambos jóvenes pusiéronse de pie, estrechándose las manos con cariño. Algunos ligeros rancajos habían dejado en ellas surcos sangrientos.

Zelmar pasose un pañuelo por la frente, y dijo con gravedad:

-Ahora afirmo que eres recalcitrante.



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